SIMÓN
BOLÍVAR - EL LIBERTADOR
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El día 22 de noviembre de 1842 fueron entregados por la Nueva Granada, cuyos destinos regía el General Pedro Alcántara Herrán, a los señores comisionados por el gobierno de Venezuela; José Vargas, José María Carreño y Mariano Ustáriz para la traslación a Caracas, los restos de Don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios, dando así cumplimiento a la cláusula décima de su testamento en la que manifestaba: "Es mi voluntad que después de mi fallecimiento, mis restos sean depositados en la ciudad de Caracas, mi país natal". Habían transcurrido doce años desde el fallecimiento del Genio de América y si en vida fue el hombre de las dificultades, después de muerto puede decirse que fue el hombre de la ingratitud. Después de efectuadas las exequias del Libertador el día 20 de diciembre de 1830, ni la paz ni la gratitud llegaron al sepulcro del Héroe; habiendo fallecido por su carencia de recursos en casa prestada por un español que en sus días aciagos le acogió generosamente; habiendo sido amortajado con camisa ajena y sepultado en bóveda de la familia Díaz Granados, y para llevar a cabo sus exequias fue necesario recurrir a la colecta pública para recaudar los 253 pesos 7 reales y 3/4 de la época (estos son pesos de 80 céntimos) que costaron los funerales del hombre que había dado la libertad a cuatro naciones y creado una. Su primera tumba al pie del altar de San José, en la nave derecha de la Iglesia Catedral de Santa Marta permaneció durante mucho tiempo sin una lápida sepulcral que indicara de quién eran los restos que allí reposaban y ello ocurría por temor a que los partidarios del gobierno santanderista profanaran la tumba del grande hombre. Se cuenta en Santa Marta y así lo refiere en su libro "Manuel Ujueta y Bisais", doña Nicolasa Ujueta de Hamilton, que el General Santander, nombrado por la Convención, Presidente de la República en 1832, al volver al país y llegar a Santa Marta se hizo conducir a la Catedral y allí al lugar de reposo del Libertador y el General Santander que aun se encontraba airado con el General Bolívar, al pisar la tumba la golpeó con el pie y exclamó "Aquí está enterrado . . .". En la misma obra relata la señora Ujueta de Hamilton que los enemigos del Libertador llegaron a concebir el proyecto de apoderarse del cadáver para arrojarlo al mar, junto al morro, para que las profundidades que allí tienen las aguas hicieran imposible extraerlo en ningún tiempo. Sólo años después de su muerte, en 1837 cuando termina el gobierno del General Santander y el 10 de abril asume la presidencia el doctor José Ignacio de Márquez, como candidato triunfante del partido moderado y amigo de los Bolivarianos, cesa la persecución a estos y regresa al país don Manuel Ujueta y Bisais, quien en unión de su familia había cuidado celosamente la tumba del Libertador. A su regreso de Jamaica, se encuentra el señor Ujueta con que la tumba no tenía aun leyenda conmemorativa y como en 1834 a raíz del terremoto que asoló a Santa Marta se agrietó la tumba y no se hicieron los arreglos correspondientes, ello fue motivo para que más tarde en 1838, se hundiera y algunos enemigos del Libertador hicieran arrojar tierra y escombros sobre el ataúd que ya se veía por entre las ruinas, y así macizar la fosa; exhuma don Manuel de Ujueta los venerables restos y los lleva reverente a su casa situada en la Calle Grande, en donde los conserva hasta que la bóveda de la familia Díaz Granados es reparada y cuando esto ocurre vuelve a colocarlos respetuosamente. En esta tumba permanecen aun dos años los restos del Libertador. En 1839 regresa a Santa Marta, su tierra natal, el General Joaquín Anastasio Márquez, y dispone de su cuenta la construcción de un segundo sepulcro para el Libertador, situado en un lugar más digno dentro de la Catedral; lo hace construir en la nave central bajo la cúpula dando frente al presbiterio y allí se pasan los restos, cubriéndose la fosa con una gran losa con epitafio que el mismo General Márquez había mandado grabar; allí reposan los restos del Héroe durante tres años y medio hasta su traslación a Caracas. Sobre el traslado de los restos a su segunda tumba se conoce el acta correspondiente suscrita por Francisco J. Osuna, escribano público, la que registramos a continuación: "Yo, el infrascrito, escribano público del número y del juzgado de Hacienda de la Provincia, certifico: Que a invitación del señor Joaquín Anastasio Márquez me presenté en la santa Iglesia Catedral, entre las doce y una del día veinte y cuatro del corriente mes con el objeto de que diese fe y verdadero testimonio de la traslación de los últimos restos del Libertador de Colombia Simón Bolívar y en efecto, presentes los señores Canónigo Penitenciario de la misma santa Iglesia Catedral, Santiago Pérez Mazenet, el sargento mayor de artillería Gabriel de Vega, Juan y Andrés Obregón que manifestaron concurrían al acto por su tío legítimo el señor Manuel Ujueta B., y la concurrencia de otras muchas personas, se destapó una bóveda situada en la nave del lado del Evangelio y al fin del altar de San José, en la cual se encontraron dos féretros, uno grande y otro pequeño, conteniendo un forro de madera y otro de plomo, los que se sacaron de allí y se trasladaron a otra bóveda, a inmediaciones del Altar Mayor de la dicha Iglesia, fabricada a expensas del señor Márquez, la que fue cubierta con una lápida de mármol que contiene el siguiente epígrafe: BOLÍVAR LIBERTADOR DE COLOMBIA Y PERÚ Y FUNDADOR DE BOLIVIA. DEDÍCALE ESTE PEQUEÑO TRIBUTO UN OFICIAL DEL BATALLÓN RIFLES 1o. DE LA GUARDIA. - J. A. MÁRQUEZ, y asegurado por cierto lo referido y que en el lugar citado existen hoy los restos del benemérito Libertador, extiendo la presente, que signo y firmo en Santa Marta, a veintiséis de julio de 1839. (Fdo. ) FRANCISCO J. DE OSUNA".
Entre tanto en Venezuela sus enemigos continuaban reacios a reconocer la grandeza del General Bolívar y sólo en 1833 el General Páez recomienda muy discretamente al Congreso se decreten honores al Libertador y se de cumplimiento a la cláusula décima de su testamento y se efectúe la traslación de sus restos; pero el odio y las pasiones de los venezolanos hacia el gran libertador no permitieron que aquella recomendación surtiera efecto. Cinco años después, en abril de 1838 siendo vicepresidente, encargado del poder ejecutivo de Venezuela el General Carlos Soublette, doña María Antonia Bolívar le escribe: San Mateo, 14 de abril de 1838 Excelentísimo Señor General Carlos Soublette Muy señor mío: Mi hermano Simón dejó dispuesto en su testamento o última voluntad que sus restos mortales fuesen depositados en Caracas, en la capilla de la Santísima Trinidad. Cerca de ocho años hace que falleció; sus cenizas yacen en países extranjeros, no porque nosotros sus hermanas no hayamos hecho toda especie de gestiones y esfuerzos por cumplir con un deber sagrado, sino porque siempre hemos encontrado un obstáculo, casi insuperable, en las circunstancias políticas que en diferentes épocas han agitado a Venezuela. Creo que el tiempo transcurrido desde el fallecimiento de Simón, hasta la fecha, es más que suficiente para que se hayan calmado, si no extinguido, las pasiones de los hombres; y yo por mi, y a nombre de los demás herederos, hago a usted con encarecimiento la súplica de que nos conceda el permiso de trasladar a Caracas las cenizas de mi hermano, sirviéndose dar, para que no se nos estorbe o coarte el uso de aquel, las órdenes que usted crea más oportunas y convenientes; protestándoles que ninguna consideración nos mueve, más que la que se deriva de un sentimiento de fraternidad y del deseo de llenar una obligación de cuyo cumplimiento no resulta a la sociedad el más leve inconveniente, y en que se interesan la gratitud, la piedad y la justicia. Soy de usted muy atenta y S. S. MARIA ANTONIA BOLÍVAR Ante esta misiva el General Soublette convencido igualmente del deber y la obligación que tenía la República de Venezuela con la memoria del Libertador exhortó en su mensaje al congreso de 1839 a proceder a la repatriación de sus restos. Pero sólo en 1842 el General Páez logró finalmente que el congreso, venciendo el odio y el rencor que durante doce años habían acompañado a los legisladores de Venezuela, estos comenzaron a discutir un decreto de honores al Libertador, en el cual en su artículo segundo consignaba: "Art. 2o. El gobierno hará trasladar sus cenizas desde Santa Marta a esta capital, con el decoro propio y previa participación al gobierno de la Nueva Granada". Venezuela procede de inmediato a nombrar las comisiones encargadas de dar cumplimiento al decreto del 30 de abril de 1842 que darán término a doce años de ingratitud para con el hijo que le dio grandeza dentro del concierto de las naciones. Y así termina con estos doce años, la permanencia física del Libertador entre nosotros. Sigue después, la Apoteosis. |
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BIBLIOGRAFIA
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© Copyright Johannes W. de Wekker marzo 2009 |