Discurso del señor Fernando Peñalver en la discusión del Congreso sobre la naturaleza (civil o religiosa) del Senado Constituyente convocada por el Libertador Simón Bolívar, en 1819.

Copiado de facsímile del Correo del Orinoco Nº 34, Tomo
II, del sábado 24 de julio de 1819, 9º. Compilación parcial
realizada por el profesor: Luis Salazar Martínez

La Libertad o la Esclavitud de una Nación dependen de su estado moral. Si es ignorante y corrompida no puede ser libre; si es ilustrada y de buenas costumbres puede y debe serlo.

Los Reyes de España que sostenían su poder por las riquezas que recibían de la América, y la posesión de esta opulenta parte del Globo por embrutecimiento de sus Vasallos, se sirvieron del tribunal terrible de la Inquisición para impedir que penetrasen en sus dominios las luces, que mejoraban las instituciones de otros Pueblos.

En poco tiempo no podía ilustrarse una nación, que la horrorosa política del Trono y del Altar había entorpecido, y no fueron bastante seis años de guerra de exterminio y desolación por liberar a un tirano ingrato, ni los esfuerzos de las Cortes para persuadir al Pueblo Español que debía recobrar los derechos usurpados por sus monarcas desde Carlos V. En tal estado de estolidez le habían puesto el despotismo y la superstición, protectores de la ignorancia.

Venezuela tan supersticiosa y ciega como la España, y más despotizada que ella, ha sacudido y sacude aún el yugo con que la ha oprimido trescientos años su cruel y orgullosa Madrastra, no porque conociese el mayor número de los venezolanos su humillante servidumbre, sino por los esfuerzos, de pocos más ilustrados y de algunos que dotados por la naturaleza de espíritus fuertes, arrostraron con extraordinaria entereza el poder y la fuerza de las preocupaciones; ¿pero cuanta sangre y sacrificios no han costado a Venezuela este triunfo del entendimiento sobre el despotismo apoyado por la superstición? Nuestros nietos se estremecerán al leer en la historia de horrores y de sangre, que el venezolano preocupado extermina a su hermano civilizado porque le dice: "La España no nos ama como hijos, y nos maltrata como esclavos. No es su Rey sólo nuestro amo: cada comerciante, y todo español nos consideran como sus súbditos. Los gobernadores, las audiencias, y todos los empleados nos roban, y nos hacen sufrir todo género de vejaciones. Estamos cargados de impuestos que diariamente nos empobrecen para enriquecer a la España, y a los españoles, que quieren hayamos nacido sólo para que seamos los instrumentos de su poder y de su riqueza, y no para dividir con ellos la riqueza y el poder. ¿Hasta cuando hemos de sufrir esta vergonzosa esclavitud? "Ya es tiempo de levantaros para pertenecer a nosotros mismos, y ya es tiempo de emanciparnos de la tutela de una Madrastra cruel, que envía a sus hijos para que nos humillen y nos roben. Nuestras fuerzas son más que suficientes para defender nuestros derechos; armémonos todos y resistamos el desprecio, la tiranía y la codicia; establezcamos en nuestro país la justicia, y la igualdad entre los hombres; no reconozcamos otra Soberanía sino la de nuestra voluntad, dictada por a pluralidad de nuestros votos; seamos hombres libres, y dejemos de ser esclavos del español supersticioso, cruel, desconfiado e inhumano: no pertenezcamos más a una nación que ha consentido y sufrido un tribunal que persigue la razón y la libertad".

Lejos de unir a los venezolanos quejas y motivos tan justos para sacudir el yugo de la España, los fanáticos se levantan y dicen: "A las armas hermanos, exterminemos estos herejes enemigos del Rey que Dios nos dio", y el Sacerdote desde la cátedra del Señor de las Misericordias les grita: "Degolladlos a todos, no perdonéis a mi padre, ni a mi hermano, si son rebeldes, y conspiradores contra el Rey, y sus leyes, a cuyo cumplimiento nadie puede oponerse sin incurrir en la pena de muerte y de una condenación eterna. El infierno está abierto para estos malvados y para vosotros el cielo a donde hallaréis el galardón que merezca vuestra fidelidad al Soberano".

El poder del fanatismo radicado desde la más tierna infancia por una educación torpe establecida para fortificar y hacer eternas las cadenas de los imbéciles que degrada, dividió al hijo del padre, la esposa del esposo, al amigo de su amigo, y con furor hizo correr una multitud de venezolanos empuñar sus lanzas y sus espadas para traspasar con ellas el corazón de sus parientes, amigos y compatriotas que defendían sus derechos con la firmeza que inspiran la verdad y la justicia.

Tales han sido las consecuencias de nuestra repentina y prematura Independencia: ninguna idea tenía de ella la generalidad de los venezolanos, que creían la tiranía del Gobierno español legítimamente autorizada por Dios para disponer de la suerte de los país y de los hombres a su antojo, y cuando la injusticia irritaba su razón, la conciencia que les había formado la educación les representaba al infierno y a la Inquisición, inventada para encadenar el entendimiento y la lengua.

Un pueblo tan atrasado en la civilización era imposible que dejase de sufrir desastres en una revolución que las luces debían haber preparado antes de recibir el inesperado impuso que la hizo reventar; pero el tiempo de la Independencia había llegado y para que se cumpliesen sus destinos, era necesario que los mismos españoles por su bárbara conducta en los cuatro años de terror y de sangre desengañasen los fanáticos y abriesen un vasto campo a la esperanza de los amigos de la libertad. De esta manera ha labrado la razón, que mucho tiempo fu ofuscada, y poco a poco se ha afirmado la Independencia, que terribles preocupaciones y funestos acontecimientos por dos veces hicieron desaparecer de Venezuela.

¿Y bastará para que los venezolanos sean libres y felices, que su independencia sea reconocida? Cuando en Venezuela no haya que temer de la España, entonces será el tiempo de las facciones de las intrigas y de los partidos. Y el bálsamo de la paz se convertirá en un cáustico maligno que gangrenará para siempre el cuerpo de la República, si con mucha circunspección no se organiza ahora un Gobierno de tal manera proporcionado la naturaleza de las circunstancias particulares al parís, que lo salve de nuevos desastres y de una nueva esclavitud.

¿Y cómo acertar con las instituciones convenientes a la felicidad de un pueblo, que ha roto repentinamente los lazos que lo ataban a una Monarquía absoluta, y busca la liberta d sin poseer las costumbres, y las luces que exige una República?

Legisladores, consultad la filosofía y la historia, y hallaréis en la primera, teorías abstractas, cuya imprudente aplicación conducirá el Estado a la anarquía, y en la segunda, lecciones de práctica y ejemplos que os enseñarán a moderar pensamientos de la filosofía, para hacerlos compatibles con el estado de la civilización y las costumbres de la nación que vaís a regenerar. Cada pueblo tiene sus vicios y sus virtudes particulares, y por esta razón en todos tiempos los Legisladores sabios han constituido su patria sobre bases diferentes, aunque dirigidos por unos mismos sentimientos, y a un mismo fin. Que su ejemplo os sirva de modelo, si deseáis que la fama lleve el recuerdo de vuestros talentos y virtudes a los siglos venideros.

Los nombres de Licurgo, de Solón, de Rómulo y de Numa se han inmortalizado, y las leyes de Esparta se parecían bien poco a las de Atenas, y las de estas dos Repúblicas eran bien diferentes de las de Roma; más o por eso estaban en oposición con la libertad, y la gloria que las Naciones modernas apenas han podido alcanzar.

Sin buscar en la historia de los tiempos remotos, hallaremos en las recientes y modernas revoluciones política, hechos que demuestran con evidencia, cuan difícil es a un pueblo que rompe de un golpe los hierros del despotismo conservar su libertad, cuando las nuevas instituciones que adoptan sus Legisladores, se apartan demasiado de sus preocupaciones, costumbres y carácter.

Los ingleses sobre la ruina de la Monarquía, y la sangre de Carlos I levantaron una República Democrática, cuyos principios exaltados muy pronto la hicieron caer en el despotismo de Cromwell. Los ingleses cansados de buscar la libertad, que n encontraron en la democracia, restablecieron la monarquía constituida sobre leyes que afortunadamente conciliaron las preocupaciones y los intereses de la nobleza con los derechos y la libertad del pueblo.

La República francesa se levantó como la inglesa, y después de haber derramado torrentes de sangre por una libertad exagerada por los filósofos, los ambiciosos y los malvados, se entregó a Napoleón para que la salvase de la anarquía y la esclavitud con que la amenazaban los Reyes.

Los españoles pensaron constituir una monarquía con las leyes propias de una República, y muy impropias para un pueblo lleno de nobleza, de un clero poderoso, y acostumbrado al Gobierno absoluto. La suerte de su constitución y su libertad nos es bien conocida.

Los venezolanos y granadinos inflamados como los españoles por la libertad inesperada en que los uso el cautiverio y abdicaciones de Fernando y su padre Carlos IV, no fueron más prudentes que las Cortes en sus instituciones políticas. Se propusieron sus representantes por modelo la de los Estados Unidos del Norte de la América, y quisieron imitarlas exactamente, sin reparar que las circunstancias en que se hallaban los pueblos de Venezuela y la Nueva Granada no eran las mismas que aseguraron a los del Norte su Constitución Federal dictada por una dilatada posesión de la libertad y libre uso de la razón y de la imprenta.

Los Estados del Norte conocían teorías y prácticamente los principios sobre que se apoya su libertad. El pueblo había sido educado con ellos; la libertad de cultos, sus costumbres, sus usos y hasta sus preocupaciones contribuían a consolidarla. Ellos se hallaron en el tiempo de su emancipación en el mismo estado que los romanos cuando expulsaron...

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