| Es
apropiado comenzar exponiéndome. Estoy delante de ustedes
inspirado en la virtud de Juan Germán Roscio, principal
redactor del acta de nuestra Independencia. Era Roscio un pardo,
hijo de india, cuya sangre mestiza le valió la negativa
del Colegio de Abogados para recibirlo entre sus miembros. Su
habilidad intelectual fue el instrumento fundamental que utilizó
para defender sus derechos y lograr incorporarse, después
de un largo proceso, a ese Colegio. Juan Germán Roscio
fue un hombre del pueblo, cristiano y de profundas convicciones
republicanas. Se atrevió, desde la hondura de su fe,
a dialogar con su republicanismo y con sus adversarios, sumidos
en un cristianismo acomodado a sus intereses particulares y
circunstancias sociales y políticas. Su brillante obra
titulada "El triunfo de la libertad sobre el despotismo," impresa
en 1817, es la exposición de la convicción intelectual
de un hombre que escucha honestamente la Palabra de Dios y desde
allí examina e ilumina su comprensión de la República
y su responsabilidad para con ella.
Hoy también
está delante de ustedes un hijo del pueblo, uno de esos
muchos venezolanos que no tiene ni apellido, ni abolengo de
clase noble, que ha intentado vivir su vida al servicio de la
gente más humilde y necesitada del país, que ha
tenido la oportunidad de luchar junto al pueblo en la defensa
y reconocimiento de sus derechos fundamentales y ver con alegría
y satisfacción que cuando esa lucha se emprende con tenacidad
y coraje se impone contundentemente la razón de la justicia.
En mi memoria está viva la experiencia compartida con
la comunidad de Catuche, un barrio pobre de Caracas, cuando
el pasado 13 de noviembre, la Corte Primera de lo Contencioso
Administrativo concedió un Amparo Constitucional solicitado
por esta comunidad para hacer valer sus derechos a la vivienda
y a la participación, frente a la arbitrariedad y abuso
de poder de algunos funcionarios del Estado.
He tratado
de vivir mi historia como hombre de fe, que se confiesa pecador
pero llamado a seguir a Jesús de Nazaret, el Hijo de
Dios. Una fe que crece al calor de una Iglesia, que con sus
luces y sombras, intenta hacer suyos los gozos y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, especialmente de los más pobres, como nos lo
enseñó el Concilio Vaticano II.
Estoy en
esta tribuna como un cristiano, que busca vivir su fe junto
a otros hermanos y hermanas, para ser ayudado por ellos en el
arte de servir lo más solidariamente posible a este pueblo
en esta difícil hora de la República. Como mestizo,
como hijo de la Iglesia Católica, como venezolano apasionado
por la suerte de los más pobres, como sacerdote jesuita,
vengo hoy a celebrar con ustedes el día en que nacimos
como sociedad libre e independiente, a buscar en ese acontecimiento
luces y alimentar la esperanza para seguir construyendo la República,
a mirar nuestro presente desde ese pasado tan aleccionador y,
sobre todo, a hacer resonar ante ustedes, con mi palabra, en
esta oportunidad que inmerecidamente se me ha concedido, la
palabra de buena voluntad de tantos hombres y mujeres de este
país, que luchan día a día en la construcción
de la paz y la felicidad pública.
Desde
aquí observo la Republica libre, soberana e independiente,
que nace desde el seno de aquel "Supremo Congreso de Venezuela,"
instalado el 2 de marzo de 1811, como representante de la soberanía
popular, que el 5 de julio siguiente da inicio a nuestra historia
republicana con la Declaración de Independencia de las
Provincias Unidas que conformaban la antigua Capitanía
General de Venezuela, dependiente del reino español.
En aquella
oportunidad tomamos la decisión de conformarnos como
un Estado libre, con pleno poder para darnos una forma de gobierno
según la voluntad general y para entrar a formar parte,
en condiciones de igualdad, en el concierto de las naciones
libres del mundo. Pero este no fue más que el acto primero
de nuestra condición republicana. Una vez aprobada la
Independencia, el Congreso se abocó, a partir de agosto,
al estudio y discusión del proyecto de Constitución,
que se aprobó definitivamente el 21 de diciembre de 1811,
como la primea Constitución de Venezuela y también
de toda Hispanoamérica e incluso Ibero América.
El nacimiento
de la República de Venezuela fue una auténtica
creación histórica. No había precedentes
en la América Española, sólo los EE.UU.
de América y la región de Haití se mostraban
como referencias cercanas, pero inscritas en contextos y realidades
muy distintas a las nuestras. Además, el Congreso que
toma la decisión de autodeterminación nace con
la misión de conservar los derechos de Fernando VII,
siguiendo el proceso iniciado el 19 de abril de 1810. Sin embargo,
aquellos hombres se atrevieron a salir del estrecho margen de
posibilidades abiertas para instaurar un amplio horizonte de
futuro, totalmente nuevo, inédito, para vivir en una
sociedad libre, desde la seguridad que brota de la conciencia
adquirida de saberse poseedor de los derechos fundamentales
del hombre y del ciudadano.
El nacimiento
de la República de Venezuela rompió con el axioma
de una extensa literatura antropológica que describía
a nuestro pueblo, sus razas y su mezcla, caracterizado por la
incapacidad radical para gobernarse por sí mismo como
correspondía a hombres libres. Una manera de ver y evaluar
la historia, de cierta filosofía de las luces, nos excluía
del lugar privilegiado desde donde podían gestarse las
virtualidades del progreso como República independiente.
Se suponía que las costumbres y el carácter heredados
de nuestros antepasados eran la causa de la falta de hábitos
institucionales y de autogobierno. Por lo tanto, la decisión
del 5 de julio de 1811 fue una victoria del espíritu,
un canto a las nuevas posibilidades de convivencia en medio
de la penumbra, una búsqueda arriesgada pero digna y
sobre todo humana, plenamente humana.
Aquella sociedad
republicana piensa sus posibilidades desde la libertad, la virtud
y la ley. La historiografía de la época da cuenta
de la existencia de un amplio debate, no sólo en el seno
del Congreso, sino en la prensa, las asociaciones, la universidad,
los claustros de los conventos y los púlpitos de las
Iglesias. Se debatía con mucha pasión e interés
acerca de la libertad que queríamos darnos, sobre la
virtud que necesitábamos para conformarnos como polis
soberana y la ley que debía regirnos. Pocos momentos
de la historia venezolana registran un período de debate
intelectual tan fecundo y variado. Podríamos decir que
en aquella oportunidad se creó no sólo la República
sino la misma Ciencia Política entre nosotros, entendida
como la capacidad de pensar nuestras costumbres, nuestra forma
de ser y nuestro modo de obrar para vivir en sociedad a partir
de nuestra propia responsabilidad y autodeterminación.
Hoy celebramos
entonces un acontecimiento cívico y civilista. Un día
como hoy se fundó la posibilidad de vivir como "civis",
como ciudadano, es decir perteneciendo a una sociedad que construye
su voluntad general desde la participación de todos sus
integrantes en lo público, considerado como lo suyo,
como lo más propio, como el ámbito de posibilidades
para el desarrollo personal, familiar y privado. Un día
como hoy, los venezolanos decidimos hacernos responsables de
nuestro destino colectivo, de decidir y cargar con nuestras
decisiones acerca de qué nos conviene y cómo conseguirlo.
Un día como hoy nació la posibilidad de dirigir
nuestros propios destinos sobre la base de la corresponsabilidad
que implica la responsabilidad moral de cada uno. Un día
como hoy nació el republicanismo cívico, aquella
forma de concebir la vida pública, en línea con
la tradición clásica, como el ámbito por
excelencia para hacer realidad histórica la libertad
y sus posibilidades humanizadoras. Un día como hoy nació
el ciudadano republicano, que compromete moralmente su libertad
en hacer de lo público el hogar común. Un día
como hoy nació en Venezuela el título de ciudadano,
que Bolívar prefería al de libertador, porque
este segundo proviene de la guerra, mientras que la ciudadanía
proviene de las leyes y la majestad de la República.
El 5 de julio
de 1811 se eligió este camino dejando atrás otros
modos de pensar la libertad y sus implicaciones para el ejercicio
de la ciudadanía en la vida pública, como el aquel
que considera lo público en función de lo privado
y que la ley sólo sirve para garantizar que el mérito
y la excelencia sean premiados. Es esta una perspectiva que
supone que la sociedad no es un cuerpo social, valga la metáfora,
sino un agregado cuya finalidad es asegurar el éxito
del individuo y estorbarlo lo menos posible con responsabilidades
colectivas. Libertad de los antiguos o libertad de los modernos
contraponía Benjamín Constant, pensador contemporáneo
a Bolívar.
El debate
sólo ha sido superado en el siglo XX con la idea de democracia.
Esta, además de ser una forma de gobierno representativa,
participativa y alternativa, es una forma de organización
social que reconoce por igual la dignidad a cada persona, sean
cuales sean sus condiciones culturales, grado de instrucción,
convicciones ideológicas o situación económica.
Por ello reclama igualdad y justicia social como algo propiamente
suyo. En la democracia así concebida, no hay lugar a
las falsas dicotomías entre lo público y lo privado.
En ella, cada quien pone en común lo suyo para integrar
un nosotros, un pueblo, desde las posibilidades de su singularidad.
Lo público, lo colectivo, lo social, no es una totalidad
que se impone al individuo, ni el individuo es una cápsula
cerrada y aislada que utiliza lo público a modo de paraguas
para defender sus derechos. Lo público es una construcción
que se hace desde lo que cada quien es y tiene, para formar
un pueblo de ciudadanos. Por ello, la democracia vive la pluralidad
como necesaria, porque la diversidad es la clave de su riqueza
social y política. La democracia es una forma de tomar
decisiones mediante el diálogo y la negociación,
porque esa dinámica, y sólo esa, es la que da
garantías a la compleja realidad de la libertad, que
naciendo en la individualidad de cada persona, sólo puede
actualizar sus posibilidades en el seno de un colectivo, organizado
de tal manera que se convierte en una invitación permanente
a cada uno por igual a dar de sí lo mejor que posee.
Aquel
magno acontecimiento que fundó la vida cívica
de la historia republicana venezolana terminó en el más
rotundo fracaso. Se impuso la agenda de la guerra larga y cruenta
que duró en forma continua hasta 1821. Al recordar esta
fecha vale la pena preguntarse: ¿Por qué fracasó
la República? ¿Por qué se impuso la guerra
y la violencia? ¿Esa historia nuestra tiene algo que
enseñarnos para construir el futuro que soñamos
desde las dificultades del presente?
Desde su
conocido Manifiesto de Cartagena del 15 de diciembre de 1812
Bolívar nos dice:
... "permítanme
indicarles ligeramente las causas que condujeron a Venezuela
a su destrucción (...) los códigos que consultaban
nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles
la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado
ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas
aéreas han procurado alcanzar la perfección política
(...) De manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía
por legislación, dialéctica por táctica
y sofistas por soldados. Con semejante subversión de
principios y de cosas, el orden social se sintió extremadamente
conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados
a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada."
Bolívar
señala la ineficiencia gubernamental de quienes dirigían
aquella Primera República como una de las causas fundamentales
del derrumbe de aquel primer intento por constituirnos en una
sociedad libre. Ayer como hoy la solidez institucional es directamente
proporcional a la salud de la República. Esto es así
porque sólo el establecimiento de instituciones eficientes,
ágiles, prácticas, con capacidades reales para
conseguir los objetivos que se proponen, dispuestas siempre
al cambio y a la innovación, sin rigideces burocráticas,
pueden efectivamente hacer viable la gestión de gobierno
de sus representantes.
¿Cuándo
aprenderemos la lección? ¿Cuándo será
que en esta tierra nuestra dejaremos de pensar que se puede
gobernar sin instituciones, que es posible hacerlo con instituciones
ineficientes o inadaptadas?
Se puede
hacer un balance histórico de las crisis políticas
sufridas en el país y, como Bolívar, concluir
que la disolución de las instituciones públicas
ha estado a la raíz de esas crisis. El Estado gigante,
el Estado desdibujado, el Estado colapsado, son figuras que
hemos visto sucumbir pero no reconstruir. La ineficiencia institucional
del Estado es una enfermedad crónica que sigue destruyendo
sin misericordia los más hermosos andamiajes constitucionales
aéreos.
Es una verdad
evidente decir que toda sociedad requiere de instituciones,
pero toda sociedad republicana y democrática, en la medida
en que su gobierno no es más que la representación
de la voluntad ciudadana, requiere para ser expresión
de ella, de la existencia de canales, métodos y procedimientos,
que permitan al gobernante dirigir al Estado obedeciendo esa
voluntad. Sólo así se hace verdad el gobierno
del pueblo, la participación ciudadana, la representación
responsable, y se puede conducir eficientemente a la sociedad
bajo la autodeterminación de la libertad de sus miembros.
En este orden
de ideas, una de las causas que anota Bolívar en la caída
de la Primera República es, según dice textualmente
en su manifiesto de Cartagena: ... "La disipación de
las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales,
y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas, secretarios,
jueces, magistrados, legisladores provinciales y federales,
dio un golpe mortal a la República, porque la obligó
a recurrir al peligroso excedente de establecer el papel moneda,
sin otras garantías que las fuerzas y las rentas imaginarias
de la Confederación. Esta nueva moneda apareció
a los ojos de los más, una violación manifiesta
del derecho de propiedad (...) El papel moneda remató
el descontento de los estólidos pueblos interinos, que
llamaron al comandante de las tropas españolas para que
viniese a liberarlos de una moneda que veían con más
horror que la servidumbre."
Bolívar
señala también el descalabro financiero de la
República como causa mortal de su derrumbe. Hoy, como
ayer, la salud de la República descansa en su fortaleza
económica, en la transparencia de las cuentas de la Administración
Pública, en la confianza que generan el diseño
y reglamentación de las políticas públicas
para el desarrollo económico, junto a las medidas concretas
para apoyarlo desde el Estado. Hoy, como ayer, hay quienes exigen
al Estado de la República un eficiente comportamiento
económico al mismo tiempo que son capaces de mantener
paralizadas sus inversiones, jugar al desconcierto, no pagar
impuestos o sacar sus capitales del país. Hoy, como ayer,
quienes pagan las consecuencias de las crisis son los más
pobres y necesitados.
La República
está herida de muerte si no genera a través de
sus instituciones, planes y políticas económicas,
la suficiente confianza entre todos para producir riqueza; y
está herida de muerte también si hay quienes inescrupulosamente
arriesgan la libertad y el bienestar de la nación para
proteger sus intereses al amparo de la servidumbre más
conveniente.
Un error,
sólo reconocido mucho más tarde, fue que aquella
Primera República excluyó a los más desposeídos,
a los esclavos y pardos, a los que no poseían educación,
ni linaje, ni cultura, ni propiedad. La República se
comportó, a la usanza liberal del momento, aceptando
que sólo podrían ser libres quienes podrían
saber serlo, es decir, en la práctica quienes tuviesen
suficientes medios para poder ser propietarios o dieran pruebas
de ser independientes de fortuna. Al mismo tiempo, el liberalismo
de nuestros patricios temía que se repitiese en Venezuela
el horror de la rebelión negra del Guarico o Haití,
o que se instaurara en Venezuela una revolución jacobina
que diera al traste con la rígida estructura de castas.
Debemos a
Laureano Vallenilla Lanz la originalidad intelectual de ayudarnos
a comprender el carácter social del conflicto que trajo
consigo la ruptura del viejo orden colonial y sus equilibrios
al proclamar la independencia e instaurar la República.
Sostiene Vallenilla Lanz en su obra Cesarismo Democrático
que: "Parece imposible, después de leer la cuantiosa
documentación existente en el Archivo Nacional, que haya
en Venezuela quien se empeñe en negar todavía
la jerarquización de las clases sociales en la Colonia
y las luchas a las que daban lugar los prejuicios y las preocupaciones
que de manera tan trágica repercutieron en las luchas
de independencia. No eran clases en realidad las que existían,
sino verdaderas castas, con todos los caracteres de repulsión,
de exclusión y de antagonismo feroz que tienen hoy mismo
en la India."
Basta pensar
en todas las circunstancias apuntadas para comprender las profundas
repercusiones que debería tener en el proceso de independencia
aquella estratificación social de castas caracterizada
por la pugna secular entre ellas, la repulsión por una
parte y el odio profundo e implacable por la otra. Cuando el
grito de libertad destruyó el inmovilismo y puso en crisis
las costumbres y las sujeciones ideológicas, los más
desfavorecidos del orden social encontraron que su grito de
libertad no era reconocido ni incluido y a un buen contingente
de aquellos compatriotas no les quedó más que
la rebelión al lado de los enemigos que se levantaron
contra la República.
Hoy como
ayer no puede haber República si hay exclusión
y marginamiento, si medio país excluye al otro medio,
si los pobres y excluidos no son llamados a formar la República
como ciudadanos, que a través de sus propias organizaciones
de base se constituyen en actores sociales relevantes. No puede
haber República si estos mismos pobres no son incluidos
como productores con verdaderas oportunidades para serlo, si
los derechos sociales se quedan en una pura proclama o su implementación
se utiliza con fines populistas y demagógicos. Al mismo
tiempo, la salud de la república radica en que los pobres
sientan efectivamente que los empresarios y cuadros profesionales
pueden y deben ser sus aliados incondicionales y viceversa.
No puede haber República mientras todos: gobierno, capitalistas
y trabajadores, hagan de la superación de la pobreza
la meta colectiva más digna de alcanzar, el objetivo
que nos beneficiará a todos, la base de la justicia,
de la sustentabilidad y la paz.
La Primera
República desembocó en la guerra, una guerra civil
y fraticida, una guerra muy larga, que destruyó todo
y que generó una espiral de violencia que se desarrolló
a lo largo de todo el siglo XIX.
Detengámonos
aquí. Se ha dicho que la guerra es la continuación
de la política por otros medios. Cuando se analiza la
historia no se puede menos que estar en profundo desacuerdo
con esa interpretación. La política es el reinado
de la palabra reconocida de cada ciudadano, que busca mediante
la razón establecer objetivos comunes y medios adecuados
para convertirlos en realidades. La política es diálogo
y negociación, es búsqueda de la máxima
felicidad porque busca poner los medios para alcanzar y poseer
lo que es sentido como bueno, útil y necesario para todos.
La Política es una actividad que nos humaniza porque
permite la concurrencia de todos en justicia, paz y armonía.
La guerra es exactamente lo contrario, la guerra es la puesta
en escena de la irracionalidad a través de la fuerza
que se impone y del poder arbitrario que reduce al adversario
porque lo elimina o lo esclaviza. La guerra es siempre injusta
porque nace del odio y produce muerte y sufrimiento a vencidos
y vencedores. La guerra es inhumana.
Después
de haber experimentado los estragos de la violencia en las muchas
guerras, revueltas y revoluciones que se han dado en Venezuela
y en la dilatada historia latinoamericana, antigua y reciente,
hay quienes en la Venezuela de nuestros días siguen invocando
sus demonios para regenerar la República. ¿Será
que hemos desviado tanto nuestra conciencia cívico-republicana
como para creer en las inexistentes posibilidades regeneradoras
de la violencia política o social?
El republicanismo
latinoamericano tomó desde sus inicios la idea de patriotismo
como síntesis conceptual, moral y sentimental del sentido
último de lo que significa la virtud republicana. Un
patriota es alguien que liberalmente da su sangre, sus miembros,
su vida, por la causa de la Patria. Se pensó y se sigue
pensando que amar a la propia nación con celo es estar
consciente y dispuesto a mantenerse firme, gracias a la fuerza
de las impresiones recibidas o padecidas, en la idea de que
la libertad es una necesidad. Y si la libertad no quiere ser
libre, hay que obligarla, tal y como diría Rousseau.
El amor a esa patria libre, hecha de leyes y lealtades cívicas,
se expresa en la disposición al heroísmo y al
sacrificio por asegurar el reino de la libertad. La principal
ocupación de un patriota es la construcción celosa
de la nación. Ha de luchar primero por la posibilidad
histórica de hacerla libre, lo que usualmente significa
guerrear espoleado por el afán de asegurar la independencia.
Debe hacerlo a expensas de su vida y de su muerte, luego ha
de seguir adelante y, si tiene éxito, preservar la conquista
de sus armas por los diversos medios que se le ofrecen, esto
es, la obediencia a la ley, la educación cívica,
el progreso económico y la igualdad social.
El primer
patriota venezolano fue Simón Bolívar, no en balde
le hemos llamado el Padre de la Patria. Pero también
fue el primero que reconoció al final de su vida, después
de muchas frustraciones, que la Patria no estaba hecha y que
en vez de conquistarse la libertad se había introducido,
para instalarse definitivamente, el virus de la anarquía,
de la desunión, de la violencia, que la hacía
totalmente ingobernable. Al final se sumió en la desesperación.
En 1828 escribía al General Pedro Briceño, diciendo:
" la América o el Nuevo Mundo es un medio globo que se
ha vuelto loco"... Y finaliza dramáticamente con la expresión
"todos aquellos que sirven a una revolución aran en el
mar."
¿Será
que no somos capaces de aprender la lección que Bolívar
nos dejó? ¿Por qué seguimos ilusionándonos
con la idea de que es posible encauzar mediante instituciones
dirigidas a través del imperio de las leyes una libertad
nacida de la espada, la guerra o los golpes militares?
Nuevamente
evoco las ideas de Laureano Vallenilla Lanz para decir que la
guerra de independencia fue, desde sus mismos inicios, una guerra
civil, una guerra entre venezolanos, una guerra mediante la
cual se intentó resolver los muchos conflictos que suponía
superar el antiguo orden colonial para establecer un nuevo orden
social sustentado en la libertad, en la autodeterminación,
en el gobierno participativo, en la igualdad frente a la ley,
en la supresión de castas y privilegios. La historiografía
señala bastante bien que sólo con la restauración
de la Monarquía española en 1815 y su envío
de ejércitos a América, así como con la
incorporación de los llaneros a los ejércitos
patriotas fue como la guerra dejó de ser civil para convertirse
en una guerra internacional. ¿Hubiera sido posible conquistar
la independencia sin la guerra? Probablemente, si la Primera
y la Segunda República hubieran sido capaces de ser Repúblicas
consistentes, no aéreas, con la suficiente capacidad
para establecer un horizonte común compartido, incluyendo
las diferencias, con una administración eficiente, honesta
y transparente, habríamos consolidado la patria libre
y hubiéramos contado con las condiciones y fortalezas
para enfrentar las apetencias coloniales del imperio restaurado.
La historia
tomó otros derroteros y no está en nuestras manos
cambiar el pasado, pero sí podemos aprender de él,
soñar otro futuro y construirlo consistentemente desde
el presente. Y ese futuro no es otro que una República
que haya recogido en sus políticas, instituciones, leyes
y costumbres los cambios que esperamos y deseamos la mayoría
de los venezolanos y que son la garantía de nuestro desarrollo
y progreso. Esos cambios deseados, que hemos esperado durante
muchos años, tienen un punto de apoyo en firme en la
Constitución de 1999, fruto de un proceso constituyente
que recogió en buena medida esas expectativas.
Sin embargo,
parece que nos hemos olvidado de que el cambio lleva en sus
entrañas la semilla de la crisis, que al crecer, nos
coloca ante la sensación del vértigo que produce
el tránsito de una realidad a otra, ante la agonía
del parto por la nueva vida que va nacer, ante la incertidumbre
que trae la novedad, ante el desconcierto porque los primeros
experimentos no logran construir lo que no se tiene ni siquiera
claro en la imaginación. Y es aquí donde hay que
recoger el pasado y aprender de él. La crisis que suponen
los cambios no la vamos a resolver con la guerra que cree que
eliminando al adversario se allanó el camino. No y mil
veces no. Las crisis que nacen del deseo de cambio sólo
se resolverán mediante el ensayo de fórmulas que
intentan responder adecuadamente a las expectativas en cuestión.
Digo ensayos, porque en una situación de crisis, todas
las respuestas siempre tendrán un carácter preliminar
y tentativo, deberán estar sujetas a la crítica
y a la evaluación, deberán buscar los acuerdos
necesarios de todos los actores, hasta que se llegue a la solución
deseada. Mientras tanto, no queda más que agotar el ingenio,
la palabra y la iniciativa, sin dejarse llevar de la impaciencia
o dejarse vencer por el desánimo, en la búsqueda
de las respuestas más acertadas.
Hasta
ahora he hablado como republicano, como demócrata, como
hombre del pueblo. Pero siento que les debo mi palabra como
discípulo y seguidor de Jesucristo, como hombre de una
Iglesia que busca desde su fe servir a todos. En esta hora de
crisis, suenan en mis oídos las palabras que en este
mismo lugar dijera el Dr. Luis Castro Leiva, en 1998: "¡Malhaya
esta hora de confusiones!" Y en medio de las confusiones pienso
y siento que nuestras convicciones espirituales pueden ser guía
segura, luz que alumbra en la oscuridad, fuerza que robustece
nuestra humanidad.
Desde mi
fe en la palabra del maestro Jesús de Nazaret tengo que
decir que sólo saldremos de la crisis que vive la república
si arrancamos de raíz el odio que las diferencias y conflictos
políticos han sembrado en nuestro corazón. "Cuando
el odio del otro origina el nacimiento del odio en nosotros,
somos nosotros los vencidos, a pesar de que consigamos aplastar
al adversario. [1] " El odio cierra el corazón, nubla
la mente, nos divide y separa, causa la muerte. El odio irremediablemente
lleva a la guerra y a la destrucción. Las iniciativas
de diálogo que se están desarrollando en el país,
las llamadas a la rectificación y su puesta en práctica
a través de varias iniciativas que ha impulsado el propio
Presidente de la República y las voces que exigen leal
y honestamente cambios y reformas, sólo podrán
encontrarse si son capaces de emanciparse de la influencia negativa
y perversa que ejercen en el ambiente social y en los propios
corazones las voces timbradas por el odio y el deseo de venganza.
Jesús lo recordó en el Sermón de la Montaña:
"Felices los que trabajan por la paz".
Pero la paz
de la que Jesús habla, esa paz que trasciende los odios
y las diferencias en busca de los acuerdos que en nuestro caso
nos permitan construir la República, no es un estado
de ánimo o una especie de transacción en medio
de los desacuerdos para mantener a toda costa la tranquilidad
y el equilibrio o la paz de los cementerios. La paz que nos
hace felices, la paz del Evangelio de Jesús, es la paz
fruto de la justicia, que busca responder a las exigencias de
dignidad de las mayorías, que supone un arduo proceso
de reconciliación personal, política y social
y, que como bien decía Pablo VI, busca transformar las
estructuras sociales para crear un orden social en donde podamos
avanzar de condiciones menos humanas a condiciones más
humanas. Condiciones más humanas son aquellas que aseguran
un desarrollo integral y solidario, que proporcionan el bienestar
necesario a cada persona, que propician la participación
en la toma de decisiones políticas, que promueven la
incorporación a la producción y que fomentan el
cultivo de la propia humanidad a través de un adecuado
acceso a la cultura y la educación.
La paz que
buscamos en Venezuela, a través del diálogo y
la conciliación, no puede ser otra que el acuerdo consensualmente
producido en una franca negociación entre todas las partes
involucradas; mediante el cual la República se compromete
a satisfacer su débito con las mayorías empobrecidas
del país. Consensualmente quiere decir que cada actor
asume su tarea responsablemente y desde su compromiso ético
con la República. El Estado procurando establecerse como
una red de instituciones eficientes, reglamentadas conforme
a la ley, y procurando servir de vehículo para garantizar
los derechos sociales; el capital invirtiendo, el trabajo produciendo,
el mercado intercambiando bienes y servicios bajo una lógica
que busca superar la salvaje maximización de ganancias
a toda costa, y los poderes públicos asegurando que los
objetivos que se ha propuesto la sociedad se ejecuten fielmente.
Para lograr
esa concurrencia de actores a favor del bien común es
necesario que la sociedad misma promueva su existencia en el
marco que propicia la Constitución Nacional. Requerimos
de un Estado descentralizado para que cada rincón del
país se encuentre debidamente integrado en la estructura
institucional de la nación. Una Descentralización
que llega hasta las propias comunidades delegando en ellas poderes
públicos. Requerimos de nuevos partidos políticos
que hagan su tarea de agregar intereses sociales y políticos
y que respondan con novedad a las urgencias planteadas, superando
las antiguas trabas que los caracterizaron. Necesitamos de sociedad
civil, es decir de un tejido de organizaciones sociales, que
asumen la responsabilidad ciudadana de intervenir en la vida
pública, desde el esfuerzo de situarse en el horizonte
de la universalidad, no queriendo subsumir este horizonte en
la estrecha perspectiva del propio punto de vista. Requerimos
de medios de comunicación éticamente responsables
ante la sociedad de su función comunicadora.
Esta sociedad
ideal sólo puede existir si hacemos de la educación
el instrumento privilegiado para formar el talento, cultivar
el espíritu, forjar el carácter, templar las virtudes
y desarrollar las capacidades. Una educación de calidad
para todos, que nos abra a la excelencia, que permita construir
los actores personales y colectivos que requiere la República,
es una urgencia prioritaria que viene reclamando la tradición
republicana del país desde sus mismos inicios. Y esta
prioridad nos convierte en sociedad docente, en la cual todos
estamos obligados a contribuir para responder eficazmente a
este requerimiento.
En lenguaje
cristiano, una paz así sólo se puede conseguir
mediante la conversión. Conversión de estructuras,
del desorden social, de costumbres, de culturas, también
de corazones. Conversión que es la traducción
cristiana del cambio que aspiramos y deseamos, que exige que
todos reconozcamos nuestros fallos, errores y omisiones, porque
es verdad que todos tenemos que hacerlo, que nadie está
exento. Conversión que exige buscar la verdad, la verdad
que nos hace libres. Conversión en fin que sólo
lograremos si somos honestos con la realidad, si dejamos que
desde ella lleguen a nuestros oídos los lamentos de quienes
sufren y padecen
Para unos
lo que precede será tildado de ingenuidad, otros lo sentirán
como una voz bien intencionada pero poco eficaz. Aun así
mantengo lo dicho, porque creo en Venezuela y su gente, porque
creo que aún la República cuenta con grandes reservas
morales para buscar el bien común, olvidar la guerra,
guardar la espada y sacar el arado, porque creo en el pueblo
venezolano, en la mucha gente que a pesar de sufrir los estragos
de la pobreza no quiere la guerra, la anarquía y la desunión,
sino que busca la paz y la oportunidad para demostrar la riqueza
de sus haberes y la grandeza de su cultura.
Porque creo
en los poderes creadores del pueblo los invito a que vayamos
juntos hacer realidad la esperanza de una patria libre, justa,
soberana y democrática, para completar aquel sueño
que comenzó el 5 de julio de 1811.
En Caracas, a los 5 días
del mes de julio de 2002. |