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Bolívar, crítico literario |
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Como una "renovación" en su tiempo, califica Harold Alvarado Tenorio la "gigantesca obra literaria" de Simón Bolívar, representada en discursos, proclamas y cartas, que muestra un temperamento de artista, su voluntad de estilo. He allí, entre otros, los textos críticos (dos cartas) del Libertador que responden al canto La victoria de Junín del político y poeta ecuatoriano José Joaquín Olmedo: "Vd. debió haber borrado muchos versos que yo encuentro prosaicos y vulgares: o yo no tengo oído musical o son renglones oratorios" |
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Por: Harold Alvarado Tenorio. |
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La
inmensa obra guerrera y política de Simón Bolívar (Caracas, 1783-1830) no
tendría la misma significación de haber desaparecido su no menos gigantesca
obra literaria, representada en los discursos, proclamas y cartas, que
Vicente Lecuna recopiló a través de veinte años. Pocas veces redactados por su propia mano, asombra sin embargo cómo, en medio de las batallas, en el destierro, entre las hostilidades de los varios climas o la navegación por mares y ríos, nunca descuidara en la composición de sus escritos. Se trata, aquí también, de productos nacidos en una mente excepcional, de un pensador y orador de primer orden en su tiempo. Si se compara su estilo con los de Belgrano, Bello, Bretón de los Herreros, Caldas, Estébanez Calderón, Feijoo, Fernández de Lizardi, Jovellanos, Lafinur, Larra, Mesonero Romanos, Mexía, Miranda, Moreno, Nariño, O´Higgins, Rodríguez o San Martín, cabe hablar de una renovación literaria bolivariana. Mientras en algunos de sus contemporáneos domina el tono neoclásico y en otros, la anacronía, en el Libertador hay desde sus inicios un temperamento de artista y una voluntad de estilo nuevos, regidos por su alma extraordinaria, para expresar ideas y actitudes revolucionarias con un lenguaje fulgurante de frases cortas y apasionadas, con adjetivos, imágenes y tropos espontáneos que inflaman o enfrían el tono de acuerdo a las necesidades. Sus cartas, el más vasto mural de sucesos y personajes de veinte años de acción y reflexión sobre el destino de América, tocan las melodías de los afectos, del odio a la amistad, de la tristeza a la resignación. Como crítico literario dejó dos de ellas, escritas en Cuzco en 1825, sobre el canto La victoria de Junín (1824) de José Joaquín Olmedo (Guayaquil, 1780-1845), que inauguran la crítica moderna. Olmedo escribió pocos poemas de
valor, pero la figura del Libertador y la poca calidad de los poemas
dedicados al héroe le han permitido figurar en antologías y programas
escolares. Tuvo mayor entusiasmo por la política. Fue diputado en las Cortes
de Cádiz, Triunviro, Ministro plenipotenciario en Londres y París, primer
vicepresidente del Ecuador, candidato a la presidencia, etcétera, y puso
luego su estro al servicio de la gloria del general Juan José Flórez,
primero de los presidentes del Ecuador independiente de Gran Colombia,
proclamación que él mismo hizo el 13 de mayo de 1830, siete meses antes de
la muerte del Libertador.
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Después de esto, Vd. debió haber
dejado este canto reposar como el vino en fermentación para encontrarlo
frío, gustarlo y apreciarlo. La precipitación es un gran delito en un poeta.
Racine gastaba dos años en hacer menos versos que Vd., y por eso es el más
puro versificador de los tiempos modernos. El plan del poema, aunque en
realidad es bueno, tiene un defecto capital en su diseño. Lo cierto es que desde el título del Canto a Junín, una serie de equivocaciones en la composición de este tipo de poemas dan razón al Libertador, así se apuntale en las ideas de Horacio y Boileau. Según Horacio, en la poesía, como en la pintura, debía haber unidad y simplicidad; el poeta tenía que elegir temas adecuados a sus capacidades; las cosas deben decirse oportunas en el momento oportuno; Homero demostró que al tratar de reyes y guerras, los tonos elegíacos, cómico y trágico debían permanecer separados; la elección de un personaje real o inventado se correspondería con sus acciones y palabras; la fuente y manantial del buen escribir es la sabiduría, etcétera. Vd. ha trazado un cuadro muy pequeño para colocar dentro un coloso que ocupa todo el ámbito y cubre con su sombra a los demás personajes. El Inca Huaina-Cápac parece que es el asunto del poema; él es el genio, él la sabiduría, él es el héroe, en fin. Por otra parte, no parece propio que alabe indirectamente a la religión que lo destruyó; y menos parece propio aún que no quiera el restablecimiento de su trono por dar preferencia a extranjeros intrusos, que aunque vengadores de su sangre, siempre son descendientes de los que aniquilaron su imperio: este desprendimiento no se lo pasa a Vd. nadie. La naturaleza debe presidir a todas las reglas, y esto no está en la naturaleza. También me permitirá Vd. que le observe que este genio Inca, que debía ser más leve que el éter, pues que viene del cielo, se muestra un poco hablador y embrollón, lo que no le han perdonado los poetas al buen Enrique en su arenga a la reina Isabel, y ya Vd. sabe que Voltaire tenía sus títulos a la indulgencia, y, sin embargo, no escapó de la crítica. La introducción del canto es rimbombante: es el rayo de Júpiter que parte a la tierra a atronar a los Andes que deben sufrir la sin igual fazaña de Junín. Aquí de un precepto de Boileau, que alaba la modestia con que empieza Homero su divina Ilíada; promete poco y da mucho. Los valles y las sierras proclaman a la tierra: el sonsonete no es lindo; y los soldados proclaman al general, pues que los valles y la sierra son los muy humildes servidores de la tierra. [...] Siendo el asunto "real" del poema la libertad del Perú, decidida en Ayacucho, donde no estuvo el Libertador, pero anunciada en Junín, Olmedo, con la ayuda del delirio de Huaina-Cápac diluye tanto las supuestas acciones extraordinarias de las batallas como la gloria del Libertador. Para el lector de su tiempo era imposible crear unidad de lugar con un personaje histórico que sólo había estado en uno de los lugares, en batallas que se habían realizado a seis meses de distancia una de otra, en parajes distintos y al mando de diferentes generales. La aparición del Inca, como bien anota el Libertador, no puede ser tomada en serio, máxime si este considera a los Criollos en lucha contra el Peninsular, vengadores de los conquistados, a quienes en ese momento, ignoraban. Los Incas no triunfaron en Junín ni en Ayacucho. De allí de nuevo la sorna del Libertador al recomendar a Olmedo enterarse de cómo Milton y Pope habían compuesto sus obras basados en el conocimiento de Homero, Horacio y Virgilio: La torre de San Pablo será el Pindo de Vd. y el caudaloso Támesis se convertirá en Helicona: allí encontrará Vd. su canto de esplín, y consultando la sombra de Milton hará una bella aplicación de sus diablos a nosotros. Con las sombras de otros muchos ínclitos poetas, Vd. se hallará mejor inspirado que por el Inca, que, a la verdad, no sabría cantar más que yaravís. Pope, el poeta del culto de Vd., le dará algunas lecciones para que corrija ciertas caídas de que no pudo escaparse ni el mismo Homero. Vd. me perdonará que me meta tras de Horacio para dar mis oráculos: este criticón se me indignaba de que durmiese el autor de la Ilíada, y Vd. sabe muy bien que Virgilio estaba arrepentido de haber hecho una hija tan divina como la Eneida después de nueve a diez años de estarla engendrando; así, amigo mío, lima y más lima para pulir las obras de los hombres. […] Al final reconoce el esfuerzo del guayaquileño para versificar, arrebatado tanto por las musas, que confunde, como buen romántico en abuso de "neoclasicismo" y carente de sabiduría, los actos de Sucre con los de Aquiles, los gestos del Libertador con los de Turno y Eneas, y el elogio al soldado La Mar con el que hizo Homero al civil Mentor, -viejo amigo, protector, maestro y guía de Telémaco-, ahondando, así, en las críticas que había hecho el 27 de junio: Confieso a Vd. humildemente que la versificación de su poema me parece sublime: un genio lo arrebató a Vd. a los cielos. Vd. conserva en la mayor parte del canto un calor vivificante y continuo; algunas de las inspiraciones son originales; los pensamientos nobles y hermosos; el rayo que el héroe de Vd. presta Sucre es superior a la cesión de las armas que hizo Aquiles a Patroclo. La esfrofa 130 es bellísima: oigo rodar los torbellinos y veo arder los ejes: aquello es griego, homérico. En la presentación de Bolívar en Junín se ve, aunque de perfil, el momento antes de acometerse Turno y Eneas. La parte que Vd. da a Sucre es guerrera y grande. Y cuando habla de La Mar, me acuerdo de Homero cantando a su amigo Mentor: aunque los caracteres son diferentes, el caso es semejante; y, por otra parte, ¿no será La Mar un Mentor guerrero? [...] "Una parodia de la Ilíada con los héroes de nuestra pobre farsa.." es hoy el poema de Olmedo. Todo en él está envejecido, su retórica era ya caduca en su tiempo, y sus alegorías, símbolos ilegibles del ayer. |
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Por: Harold Alvarado Tenorio. |
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