Un hombre llamado
Simón Bolívar

Autor: Historiador Jorge Núñez

Parecía un latinoamericano de tantos: bajo, delgado, de tez morena, de ojos oscuros y vivaces, de agradable conversación y apasionado por el baile. Pero ciertamente era distinto a la mayoría. Tras su apariencia de hombre común había un ser de inteligencia superior y voluntad excepcional, que había llegado a recoger y conjugar en su alma todos los sentimientos de su nación y las mejores ideas de su tiempo. Un hombre que había puesto su esfuerzo y sus múltiples talentos al servicio de la más noble causa de cualquier época: la independencia de los pueblos y la libertad de los hombres. Por eso las gentes de la tierra americana le habían puesto un sobrenombre que a él le gustaba y del que decía que lo prefería a cualquier título o condecoración: Libertador.

Los retratos y descripciones oficiales lo pintan casi siempre como no fue en realidad: alto, blanco, acuerpado, hermoso jinete en espléndido caballo blanco. Son descripciones deformantes, que tratan de ocultar al hombre para mitificar al héroe. Además, en el fondo de ellas late un prejuicio racista, que considera inferior a todo hombre de piel morena y más aún a quien, como Bolívar, tuvo una abuela con sangre negra. Así, el ser que muestran esos retratos es un héroe digno de la historia de Europa y de la raza europea, cuando ciertamente fue todo lo contrario: el héroe de un mundo nuevo, que buscaba negar a Europa para nacer a la historia. En cuanto a su raza, él mismo se proclamó mestizo y muchas veces explicitó su repudio al racismo y a toda forma concreta de segregación racial.

Y es que en su propio ser circulaban sangres de distintos orígenes, como lo revelaban los colores de su cuerpo: su piel aceitunada era herencia de su bisabuela Josefa de Narváez, que había nacido hija natural y tenía color de “café con leche”, pero que aportó como dote matrimonial las minas auríferas de Aroa; y su barba y bigote rubios eran herencia de su abuela Isabel Zedler, descendiente de alemanes.

De temperamento nervioso y genio vivaz, el Libertador tenía siempre el espíritu listo para la acción, fuese esta militar o política, social o diplomática. En el combate, se destacaba entre sus hombres por su impetuosidad y arrojo temerario, y también porque era ambidextro y usaba alternativamente las dos manos para manejar la espada. En la única batalla que dirigió en el actual Ecuador, fue su ímpetu personal lo que decidió el triunfo. El se hallaba reposando de sus pasadas campañas y gozando del amor exultante de Manuela Sáenz cuando fue informado de que una montonera de pastusos, dirigidos por el indomable Agustín Agualongo, avanzaba como una tromba hacia Quito. De inmediato, se puso al frente de las pocas tropas que había a mano y se dirigió a marchas forzadas hacia el norte. Al llegar a Ibarra, encontró que la ciudad estaba en manos de los pastusos, que se habían fortificado en ella. Era alrededor del mediodía y su cocinero empezó a servir un frugal almuerzo, que incluía una botella de vino de Madeira. Apenas hubo probado unos bocados y un par de copas de vino, cuando decidió lanzar un ataque frontal contra las posiciones enemigas. “Empecé el combate, dirigí yo mismo los varios movimientos y se ganó la acción”, relató años después.

Empero, ese hombre nervioso, cuya sensibilidad se tensaba como la cuerda de un violín, había aprendido a domeñar su natural temperamento y a cultivar los dones andinos de la paciencia y la constancia, cualidades que terminaron por garantizarle el triunfo y la gloria. Así lo vio el capitán Wevel en 1818:

“Tenía 35 años pero representaba siete u ocho más. Su faz enflaquecida expresaba paciencia y resignación, virtudes de las que ha dado muchas pruebas durante su larga carrera política, y le hacen tanto más honor cuanto su carácter es naturalmente impetuoso.”

A su vez, Luis Perú de Lacroix, un oficial francés incorporado al ejército de la independencia, que hacia 1828 servía con el grado de coronel en el Estado Mayor de Bolívar, dejó consignado un retrato moral del héroe en su cautivante “Diario de Bucaramanga”, en el que recogió las opiniones privadas expresadas por el Libertador en sus múltiples conversaciones habidas entre el 1º de abril y el 9 de junio de aquel año. Este es el retrato:

“El Libertador es enérgico, sus resoluciones férreas, y sabe sostenerlas; sus ideas jamás comunes: siempre grandes, elevadas y originales. Sus modales afables, con el buen tono de los europeos de la alta sociedad. Practica la sencillez y modestia republicanas, pero tiene el orgullo de un alma noble y elevada, la dignidad de su rango y el amor propio que da el mérito y conduce al hombre a las grandes acciones. La gloria es su ambición, sus laureles haber libertado diez millones de hombres y haber fundado tres repúblicas. Su genio es emprendedor, y une a esta calidad la actividad, la viveza, infinitos recursos en las ideas y la constancia necesaria para la realización de sus proyectos. Es superior a las desgracias, al infortunio y a los reveses; su filosofía lo consuela y su espíritu le suministra medios para repararlos; sabe aprovecharse y valerse de ellos, cualesquiera que sean; su política no perdona ninguno, pero, como conoce a fondo el corazón humano, sabe dar o negar su estimación... Es susceptible de mucho entusiasmo. Grande y constantemente generoso, su desinterés es igual a su generosidad. Le gusta la discusión; domina en ella por la superioridad de su espíritu, pero se muestra algunas veces demasiado absoluto, y no es siempre bastante tolerante con lo que le contradicen. Desprecia la vil lisonja y los bajos aduladores; la crítica de sus hechos lo afecta; la calumnia lo irrita vivamente, y nadie es más amante de su reputación que el Libertador. Pero su corazón es mejor que su cabeza. La ira nunca es en él duradera; cuando ésta se manifiesta, se apodera de la cabeza y nunca del corazón, y luego vuelve éste a tomar su imperio y destruye al instante el mal que la otra pudo hacer”.

Bolívar tenía una cabeza formidablemente organizada. Cada idea, cada opinión, cada disposición que salía de sus labios o de su pluma, correspondía en teoría a uno de los principios filosóficos que normaban su vida y en la práctica a uno de los requerimientos militares o administrativos de su acción política. Entre sus miles de órdenes, decretos o resoluciones gubernamentales no hubo ninguno hecho al azar o que no poseyera un destino preciso; hubo, sí, disposiciones erradas, producidas por una equivocada apreciación de la realidad o de las circunstancias que la rodeaban, pero jamás resoluciones titubeantes e inseguras, sueltas o descoordinados de la totalidad. Todo ello era, en síntesis, la

manifestación exterior de su solidez de principios y de su clara conciencia sobre la realidad del mundo que le tocó vivir.

También tenía siempre la palabra precisa para cada circunstancia, igual cuando daba órdenes a sus soldados que cuando galanteaba a una mujer, cuando escribía un trascendental discurso político que cuando redactaba una carta de amor. Manuela Sáenz, su amante quiteña y probablemente la persona que lo conoció más a fondo, relató en sus memorias que hablaba de modo cautivante y tenía una cultura excepcional, pudiendo hablar igual en francés que en español y citar con soltura a autores clásicos o contemporáneos. Es así que en sus escritos hay numerosas referencias a autores griegos como Aristóteles, Demóstenes, Diógenes, Dionisio de Siracusa, Epaminondas, Homero, Licurgo, Pericles, Pisístrato y Sócrates, y también romanos: César, Cicerón, Fabio, Horacio, Marco Bruto, Nerón y Sila. Entre los autores contemporáneos prefería a los franceses e ingleses, aunque también le atraía la literatura española. Hijo de la Ilustración, gustaba mucho de leer y citar a Voltaire, Montesquieu y Rousseau, así como a Racine, Boileau y D’Alembert.

Su afamado “Discurso de Angostura”, por ejemplo, es una notable muestra de cuan profundamente se hallaba influido por el pensamiento liberal europeo y de cuan creativamente había procesado en favor de su causa las ideas más avanzadas de todos los tiempos; por ahí circulan como en fuente propia las ideas de Rousseau sobre la libertad, los planteamientos de Montesquieu sobre la organización del poder público, las reflexiones de Solón sobre los escollos de la democracia, los principios legislativos de Licurgo, las preocupaciones históricas de Volney, las experiencias educativas de Atenas, Roma y Esparta.

En la vida social tenía la palabra pronta, la risa fácil, el pie ligero para el baile. No bebía, pero tomaba una o dos copas de vino en la comida, con las que gustaba de brindar; con frecuencia aprovechaba los banquetes o comidas para hacer uno o varios brindis, muchas veces subiéndose entusiastamente a la silla o a la mesa. Pero lo suyo no era el brindis por el brindis, sino el ejercicio de la oratoria como una cátedra de civismo y de enseñanza política: en cada uno de sus brindis, según el uso masónico, rendía culto a una alta entidad, exaltaba una idea, proclamaba un mérito o invitaba a un esfuerzo. Era un modo muy suyo de educar al pueblo, de comunicar sus ideas, de convocar a las voluntades individuales para los grandes empeños nacionales. En Santa Ana, el 27 de noviembre de 1820, durante el banquete que le ofreció el jefe español Pablo Morillo, tras la firma de los Tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra, el Libertador hizo este brindis:

“A la heroica firmeza de los combatientes de uno y otro ejército: a la constancia, sufrimiento y valor sin ejemplo; a los hombres dignos que, a través de males horrorosos, sostienen y defienden la libertad; a los que han muerto gloriosamente en defensa de su patria o de su gobierno; a los heridos de ambos ejércitos, que han mostrado su intrepidez, su dignidad y su carácter... ¡Odio eterno a los que deseen sangre y la derramen injustamente!”.

Hombre del trópico americano, al fin, gustaba del constante contacto social, de la música y de las fiestas. Ahí donde pernoctaba su ejército, inmediatamente se armaban bailes nocturnos, en los que el héroe y sus oficiales se divertían, además de tomar contacto próximo con la población local y establecer lazos de fraternidad con ella. Muchos años después, recordaba esas experiencias entre las más gratas de su vida militar:

“En mis épocas de campaña, cuando mi cuartel general se hallaba en alguna ciudad, villa o pueblo, siempre se bailaba casi todas las noches; entonces, mi gusto era hacer un vals, ir a dictar algunas órdenes u oficios y volver a bailar y trabajar. Mis ideas eran entonces más claras, más fuertes y mi estilo más elocuente; en fin, el baile me inspiraba y excitaba mi imaginación”.

Empero, mientras los demás se divertían llanamente, Bolívar pensaba, planificaba y concebía acciones políticas y militares:

“Hay hombres que necesitan estar solos y retirados de todo ruido para poder pensar y meditar -le confió a Perú de Lacroix-; yo pensaba, reflexionaba y meditaba en medio de la vida social, de los placeres, del ruido y de las balas. Sí, me hallaba solo en medio de mucha gente, porque me hallaba con mis ideas, y sin distracción.”

La verdad es que le encantaba el baile y él mismo se consideraba un gran bailarín. “El baile es la poesía del movimiento”, decía, e instruía que se enseñase a los jóvenes su práctica, aduciendo que “da la gracia y la soltura a la persona, a la vez que es un ejercicio higiénico en climas templados”. En otra ocasión relataba: “Siempre he preferido el vals y hasta locuras he hecho, bailando de seguido horas enteras, cuando me ha tocado en suerte una buena pareja.”

Cabe en este punto una digresión: ¿qué tipo de vals se tocaba en Colombia y a qué vals se refería Bolívar? Por lo que se conoce, el baile de moda en los salones neogranadinos de la época era el llamado “vals colombiano” o “pasillo”, un valse más rápido que el europeo. Este ritmo se bailaba con pasos cortos o “pasillos” y una de sus derivaciones, llamada “capuchinada”, culminaba en un rapidísimo zapateado, que entusiasmaba a las gentes jóvenes. William Duane, en su obra “Una visita a Colombia en los años 1822 y 1823”, describió un baile al que asistió en el país y en el que se tocaron el fandango, el bolero, la capuchinada y el galerón llanero. Así, pues, lo que el Libertador gustaba de bailar eran pasillos de ritmo alegre, parecidos a nuestros viejos pasillos costeños.

Volviendo al Libertador, digamos que sin habérselo propuesto fue un notable intelectual y que sus innumerables apreciaciones del mundo de su tiempo lo revelan paralelamente como un político sagaz, como un acucioso sociólogo y como un formidable escritor, a la vez realista y utopista. Y eso que nunca tuvo tiempo para deleitarse en escoger las palabras y pulir los conceptos, pues todos sus escritos estuvieron inspirados por la urgencia de la lucha o la prisa de la creación. Ya vendrían luego los tiempos de la paz y de la tranquila creación intelectual. Pero los suyos eran otros. Eran los tiempos de la guerra a muerte contra el dominio colonial y del esfuerzo inacabable por crear un mundo nuevo y libre, republicano y democrático, donde no hubiesen reyes y vasallos, sino ciudadanos conscientes de sus responsabilidades y derechos.

Era un adelantado de la democracia en medio de las ruinas del absolutismo. Pudo haber optado por otra vía para la consecución de sus fines libertarios. En una sociedad acostumbrada a obedecer a un soberano absoluto, simplemente pudo haberse proclamado emperador, como lo hicieron Napoleón en Francia e Iturbide en México, y como lo sugerían

sus mismos colaboradores. O pudo haber impuesto un despotismo ilustrado y magnánimo, recibiendo a cambio la fidelidad y gratitud de su pueblo.

Pero no. El era un republicano a muerte, un hijo de la revolución y no estaba dispuesto a ceñirse una corona y a fundar una monarquía del trópico, con corte ostentosa y profusión de lacayos y bufones. Así que escogió el camino más difícil, para él y para los pueblos: el camino de la democracia. Difícil porque, tras siglos de absolutismo, los pueblos carecían de todo asomo de civismo, de toda capacidad de auto conducción. Como dijo él mismo,

“acostumbrados a obedecer mansamente a nuestros amos, aún habíamos perdido la capacidad de raciocinio”. Y había que comenzar de cero, enseñando a las gentes unos derechos hasta entonces inexistentes y unos deberes absolutamente desconocidos, todo con el afán de formar ciudadanos capaces de sostener responsablemente una república. Por eso puso especial interés en la educación del pueblo, convencido de que “un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”.

Pero, ¿cómo educar para la libertad? ¿Qué pedagogía seguir para erradicar del alma de los pueblos el ánimo servil, apocado y fanático que les habían implantado el colonialismo y la Inquisición? ¿Qué modelo educativo utilizar para crear escuelas de pensamiento libre, donde se formaran ciudadanos capaces de ejercitar responsablemente sus derechos y deberes republicanos?

Bolívar fue a la historia en busca de esa pedagogía de libertad. Le cautivaron las experiencias del Areópago griego, de los censores y tribunales domésticos romanos, de la austeridad formativa de Esparta, y concluyó por proponer que se formara “de estos tres manantiales una fuente de virtud” y se creara un nuevo Areópago republicano, que fuera una suerte de cuarto poder del Estado “cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana.” “He sentido la audacia de inventar un Poder Moral”, agregaba, precisando que ese nuevo poder debía estar destinado a “regenerar el carácter y las costumbres que la tiranía y la guerra nos han dado” y a promover permanentemente el cultivo de la virtud entre los ciudadanos.

“Constituyamos -decía al Congreso de Colombia- este Areópago para que vele sobre la educación de los niños, sobre la instrucción nacional; para que purifique lo que se haya corrompido en la República; que acuse la ingratitud, el egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio, la negligencia de los ciudadanos; que juzgue de los principios de corrupción, de los ejemplos perniciosos; debiendo corregir las costumbres con penas morales, como las leyes castigan los delitos con penas aflictivas, y no solamente lo que choca contra ellas, sino lo que las burla; no solamente lo que las ataca, sino lo que las debilita; no solamente lo que viola la Constitución, sino lo que viola el respeto público. ... Una institución semejante, por más que parezca quimérica, es infinitamente más realizable que otras que algunos legisladores antiguos y modernos han establecido con menos utilidad del género humano”.

Alguien podrá preguntarse: ¿por qué esa preocupación de Bolívar por regenerar el espíritu público y por lograr que los ciudadanos abandonasen el vicio y cultivasen la virtud? Hay

varias respuestas, que se complementan mutuamente. Por una parte, Bolívar poseía una formación masónica, centrada en la doctrina de la auto perfección espiritual del hombre, y de ella había aprendido a combatir la corrupción y el fanatismo, y a cultivar la justicia, el altruismo y la solidaridad humana. Siendo él mismo un “hombre libre y de buenas costumbres”, aspiraba a que los demás hombres también lo fueran, tanto por su propio esfuerzo como por la acción de la sociedad y del Estado. Por otra parte, el Libertador estaba convencido de que la moralización del espíritu ciudadano era indispensable para el sustento y progreso del país. “Moral y luces son los polos de una República -decía-; moral y luces son nuestras primeras necesidades”. Y agregaba que un Estado no se sustentaba en las leyes sino en el espíritu de los hombres, por lo que debía cultivarse éste para alcanzar el verdadero progreso material y moral de la nación.

Mencionemos, por fin, que la democracia entrañaba también graves dificultades para el emergente poder republicano. Destruidas las viejas estructuras por la fuerza de las espadas, estas se convirtieron inevitablemente en la única base cierta e insoslayable del poder, por lo que muchos generales y caudillos se creyeron con derecho al mando supremo. ¿Cómo conciliar esos intereses particulares del poder militar con los mayores de la democracia? ¿Cómo pedir a esos héroes y caudillos que resignaran sus ambiciones para dar lugar a la institución de la democracia y a la participación del pueblo? ¿Cómo enseñarles que el poder republicano, que había nacido del fusil, no debía depender en el futuro de las armas sino de la voluntad ciudadana? Bolívar tomó posición frente al problema, pese al costo político que ello podía acarrearle -y que efectivamente le acarreó- entre sus compañeros de armas; lo hizo con estas tajantes, pero también proféticas palabras:

“No es el despotismo militar el que puede hacer la felicidad de un pueblo. Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del Gobierno; es el defensor de su libertad.”

Hombre de carne y hueso, también tuvo defectos, aunque sus virtudes los superaban largamente. Era en extremo tolerante con los humildes y débiles, a los que buscaba ayudar y proteger, pero era duro e intolerante con los déspotas, prepotentes y fatuos, y también con los inmorales e irresponsables. Despreciaba en extremo a los viciosos, especialmente a los ebrios y jugadores, de los que decía que estaban dispuestos a causar su propia destrucción y la ruina de sus familias con tal de mantener su vicio. No fumaba ni permitía que se fumara en su presencia.

Como guerrero era temible y no cejaba hasta derrotar al enemigo. En la terrible época inicial de la independencia, derrotado sucesivamente por las tropas realistas y acosado por la feroz insurrección social de los llaneros, que masacraban a todo aquel que tuviera la cara blanca, impuso la norma de no dar ni pedir cuartel al enemigo. Y finalmente decretó la política de “guerra a muerte”, contra los españoles y canarios que no lucharan bajo sus banderas. Eso le ganó el calificativo de cruel y sanguinario, pero la verdad es que no lo fue más que los jefes realistas a los que combatía. Al fin, cuando sus ejércitos de soldados harapientos lograron liberar parte del territorio venezolano y los jefes enemigos dejaron de masacrar a la población civil, él mismo propuso al general español Pablo Morillo la firma del “Tratado de Regularización de la Guerra”, cuyo texto fue redactado por el magnánimo y humanísimo Antonio José de Sucre.

Era vanidoso en extremo, pero cultivaba una vanidad muy singular, que no radicaba en la apariencia personal o la ostentación de la riqueza, sino en la permanente búsqueda de gloria. A veces, eso lo hacía aparecer como un ambicioso e incluso como un loco, puesto que el héroe de Colombia la Grande no andaba tras las ventajas comunes de un vencedor –la riqueza, la molicie– sino tras gloria y más gloria.

“El loco”, le decían sus enemigos. Como “el loco de Colombia” lo conocían los diplomáticos norteamericanos, que estimulaban a esos enemigos. Pero los pueblos le decían “Padre”, “Libertador”, “Protector” y confiaban ciegamente en sus orientaciones, porque lo sabían noble y desinteresado hasta el extremo límite.

En fin, esa ansia de gloria lo protegió de las tremendas ambiciones con que lo tentaron sus esbirros y aun muchos de sus buenos amigos, que buscaban coronarlo como emperador. Entonces fue que dijo que no iba a cambiar el título de Libertador que le habían concedido los pueblos, “el más alto posible de la especie humana”, por una corona cualquiera.

¿Y qué decir de su proverbial generosidad, de ese desinterés por la riqueza que le hizo renunciar a las haciendas, dinero y joyas que le obsequiaron los pueblos agradecidos? Baste señalar que inició la guerra de independencia siendo uno de los hombres más ricos de Hispanoamérica, propietario de haciendas, plantaciones, esclavos y minas de oro, y que terminó sus días en total pobreza, al punto de ser amortajado con una camisa ajena.

EL JOVEN SIMÓN BOLÍVAR

Huérfano de padre y madre a los nueve años, el pequeño criollo caraqueño quedó bajo la protección de su abuelo materno Feliciano Palacios y Sojo, quien se preocupó de cuidarlo y encargó la educación de su nieto a su secretario particular, el maestro Simón Rodríguez.

Pedagogo genial y absolutamente libertario, apasionado de las ideas educativas de Rousseau, Rodríguez analizó a fondo el alma de aquel chiquillo inquieto y concibió para su primera formación un método absolutamente revolucionario: no enseñarle nada y estimularle a practicar todos los juegos y ejercicios capaces de desarrollar su cuerpo y sus sentidos, de modo que estos quedaran aptos para la posterior asimilación de conocimientos.

Años después, Bolívar rememoraba con alegría esos lejanos días de su infancia, vividos bajo la dúctil conducción de Rodríguez, quien se propuso enseñarle a conocer la naturaleza exterior y a descubrir las potencias y limitaciones de la propia naturaleza humana, antes de darle ninguna educación formal. El resultado de ese método educativo fue excelente. Cuatro años después, Bolívar era un adolescente fuerte y sagaz, naturalmente inquieto por todas las cuestiones del mundo y de la naturaleza. Y entonces, culminada la etapa de su libre formación, empezó la de su información. El mismo Simón Rodríguez, que era uno de los más brillantes y creativos “Ilustrados” americanos, fue su profesor de ciencias sociales y naturales; sobre todo, le inculcó su amor por las ideas libertarias de Rousseau y otros pensadores liberales europeos, y le abrió los ojos a las realidades evidentes y ocultas del mundo natural, poniendo énfasis en la enseñanza de la Botánica, la Física, la Química y la Matemática. Por otra parte, el brillante joven Andrés Bello, apenas un poco mayor que su discípulo, fue su maestro de Gramática y Literatura.

El mismo Bolívar, en carta escrita en 1825 al general Francisco de Paula Santander, describió su formación educativa en estos términos:

“No he dejado de ser educado como un niño de distinción podía serlo en América bajo el poder español... No es cierto que mi educación fue muy descuidada, puesto que mi madre y mis tutores hicieron cuanto era posible porque yo aprendiese; me buscaron maestros de primer orden en mi país.

Robinson (Simón Rodríguez) ...fue mi maestro de primeras letras; de bellas letras y geografía, nuestro famoso Bello; se puso una academia de matemáticas solo para mí por el padre Andújar, que estimó mucho el barón de Humboldt. Después me mandaron a Europa a continuar mis matemáticas en la Academia de San Fernando; y aprendía los idiomas extranjeros con maestros selectos de Madrid; todo bajo la dirección del sabio marqués de Ustariz, en cuya casa vivía. Todavía muy niño, quizá sin aprender, se me dieron lecciones de esgrima, de baile, y de equitación. Ciertamente que no aprendí ni la Filosofía de Aristóteles, ni los códigos del crimen y del error; pero puede ser que M. de Mollien no haya estudiado como yo a Locke, Condillac, Buffon, Dalembert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthot y todos los clásicos de la Antigüedad, así filósofos, historiadores, oradores y poetas; y todos los clásicos modernos de España, Francia, Italia y gran parte de los ingleses...”

Obviamente, todos esos estudios y lecturas no debió hacerlos solo en su infancia sino también a lo largo de su juventud, pero la suma final no deja de ser admirable. Comentando esa primera etapa de la vida de Bolívar, el escritor y militar francés Peru de Lacroix, quien durante la común estancia en Bucaramanga fue confidente de los más notables y secretos recuerdos del Libertador, consignó a este propósito:

“Nació el general Bolívar con un genio fecundo y ardiente, con una inteligencia inmensa y proporcionada al órgano cerebral que le dio la naturaleza. Una primera educación, no brillante, pero esmerada y de caballero, desarrolló temprano aquellas facultades naturales, las dirigió hacia todos los conocimientos y todas las instrucciones y luces, así es que el talento y el espíritu del Libertador, cultivados y auxiliados por una memoria admirable, han podido abrazar fácilmente y ejercitarse a la vez en las ciencias, las artes, la literatura, y dedicarse, más profundamente, a la ciencia política y al arte de la guerra, como también al oratorio y al de escribir en los diferentes estilos que debe emplear el hombre público, el militar y el hombre privado.”

Tras su primera formación en Caracas, Bolívar fue enviado por su familia a España, en donde cursó estudios en el Colegio de Nobles, de Madrid. Ahí conoció a dos personas que influirían decisivamente en su vida: al viejo e ilustrado don Francisco Javier, marqués de Ustariz, en cuya casa se alojó, y a la sobrina de éste, la joven caraqueña María Teresa Toro y Alayza, hija de Bernardo Rodríguez del Toro, un caraqueño de mediana fortuna, hermano del Marqués del Toro, que residía hacía tiempo en España. La segunda etapa de su formación se desenvolvería precisamente en Madrid, bajo la sombra generosa y paternal del marqués de Ustariz

Muchos años después, enfermo y tempranamente envejecido, Bolívar evaluaría esa su primera estancia madrileña como decisiva en su formación intelectual y política, e insistiría en atribuir al marqués de Ustariz un papel relevante en ella. Confiaría a su confidente que fue este notable personaje –un típico hombre de la Ilustración– quien le introdujo en el conocimiento de las ideas enciclopedistas de Francia.

El marqués, hombre de gran cultura, le puso también al tanto del sentido profundo que inspiraba al arte español: el espíritu bravío de Goya, quien concebía la vida como un teatro cotidiano y buscaba retratar el alma de los actores individuales y colectivos en sus pinturas y grabados; la mirada fiel de Velásquez, quien pintaba con demasiado realismo a los personajes de sus retratos, sin hacerles concesión alguna. Le instruyó también acerca de las ideas y gestiones del liberalismo español, que conocía de cerca, en especial de de las gestiones y proyectos de los ministros liberales de Carlos III y Carlos IV, que ejercitaron el "Despotismo ilustrado" y buscaron liberar a la sociedad española del atraso feudal, el dominio clerical y el terrorismo de la Inquisición. En fin, el marqués le habló de las expediciones científicas europeas hacia el Nuevo Mundo y particularmente de la labor de Humboldt y Bompland, que informaron a la Europa ilustrada acerca de las nuevas realidades existentes en la América española.

Para entonces, había surgido un ardoroso amor entre el joven caraqueño y su jovencísima prima María Teresa Toro y Alayza. Siguiendo los usos tradicionales, todo se habría encaminado a un pronto matrimonio, bien visto por todas las partes interesadas. Pero al viejo

marqués de Ustariz no le satisfacía esa perspectiva, tanto por la extrema juventud de los contrayentes como porque estimaba conveniente que su joven protegido, dueño de una inteligencia superior y un espíritu libertario, fuese primero a París y se pusiese a tono con las nuevas ideas de su tiempo.

Tiempo más tarde, Bolívar recordaría vívidamente lo sucedido entonces y cómo su ilustrado tutor buscó evitar que el explosivo amor de aquellos dos jóvenes tuviera un desenlace precipitado, estimulándolo a que viajara a Francia y adquiriera mayor contacto con el mundo.

Bajo tal estímulo, Simón partió a Francia por la ruta del País Vasco, donde quería visitar la tierra de sus antepasados. Estuvo en Bilbao y luego siguió hacia París, donde lo sorprendió gratamente el ambiente espiritual heredado de la revolución y pudo empaparse del espíritu de los nuevos tiempos. Mas un día de esos se cansó de París y abandonó la observación del mundo para acudir ansioso a Madrid, donde lo reclamaba el amor de María Teresa. En breve tiempo se preparó y ejecutó la boda, luego de lo cual los jóvenes esposos emprendieron viaje hacia Caracas, donde Simón debía cuidar de sus propiedades y velar por los intereses de su familia. Era el año de 1802.

Sin embargo, la felicidad le sería esquiva. Tras poco tiempo de feliz amor conyugal, María Teresa murió y Simón juró ante su cadáver no volver a casarse jamás. La muerte de su esposa supuso un golpe fue terrible para el joven Simón. Agobiado de dolor y tempranamente viudo, retornó a Europa, en busca de alivio y desahogo emocional. Visitó otra vez España y luego retornó a París, donde tomó contacto con la nueva elite francesa, llegando a ser personaje popular de los salones parisinos, en los que llegó a imponer la moda de un tipo de sombrero alón conocido como “Bollivar”.

Empero, detrás de ese joven aristócrata de apellido vasco, que buscaba olvidar su dolor viviendo una despreocupada juventud, se agitaba un hombre nuevo, que seguía con fervorosa atención los acontecimientos políticos y sociales de Europa, y que, siguiendo las orientaciones de sus maestros y amigos, asistía a los más selectos cenáculos liberales.

Capítulo importante de su segunda estancia parisina fue su ingreso a la francmasonería, en la que llegó a alcanzar el grado de maestro. Se inició francmasón en la logia "St. Alexandrie de Escocia", a la que también pertenecieran Vicente Rocafuerte, Carlos Montúfar y Fernando Toro Rodríguez. La masonería era entonces un espacio de avanzada del pensamiento progresista y su pertenencia a ella sin duda marcó profundamente el espíritu de Bolívar y lo inflamó en el culto a la trilogía de Libertad, Igualdad y Fraternidad, pero también le permitió establecer estrechas relaciones de amistad con otros jóvenes liberales hispanoamericanos, con los que discutió abiertamente sobre la vil dependencia colonial que ataba a Hispanoamérica, lo que necesariamente los llevó a planear acciones en favor de la independencia de su común patria americana.

Recordando ese fervor libertario que compartiera con Bolívar en los clubes masónicos parisinos, el guayaquileño Vicente Rocafuerte escribiría en sus memorias:

“Todos los americanos que nos encontramos reunidos en ese brillante asilo de la gloria militar de Napoleón, estábamos íntimamente unidos por los lazos de la más franca amistad, y por la grandiosa perspectiva que se vislumbraba ya de la independencia de la América española.”

Ciertamente no todo lo vivido en esos años se redujo a asistir a asociaciones secretas, clubes intelectuales y salones de sociedad. Hubo ocasión en que, invitado desde Viena por su genial y excéntrico maestro Simón Rodríguez, entonces autobautizado como Samuel Robinson, recorrió a pie los caminos de Austria, Francia e Italia, observando analíticamente las condiciones y modo de vida de las gentes del campo y la ciudad, todo ello mientras los dos viajeros analizaban interminablemente la situación del mundo y Rodríguez le ponía al tanto de sus bellas y audaces utopías socialistas: educar a la juventud de América para la libertad y la prosperidad, de modo de contar en el futuro con un continente poblado de buenos ciudadanos, buenos artesanos y notables científicos, que reemplazaran en el manejo de su país a los ignorantes burócratas coloniales.

En Roma, su viaje tuvo una suerte de culminación ideológica. Por una parte, el joven librepensador se negó a besar la sandalia del Papa, lo que le ganó un duro enfrentamiento con el embajador español en el Vaticano y a renglón seguido "una diatriba con el máximo consejo clerical", que se había reunido para excomulgarlo. Por otra, subió al cerro Aventino y allí, ante su maestro Robinson, juró luchar por la libertad de su patria y no descansar hasta haberla visto concluida.

Después de tan interesante gira en compañía de su amado maestro y amigo, Bolívar volvió a París, para encontrarse de nuevo con su círculo de amigos progresistas. Para su formación intelectual y política había sido de gran interés ese círculo de jóvenes amigos, con los que compartió largas veladas de tertulia y generosos vinos, al calor de las nuevas ideas políticas y estéticas que florecían en la Europa napoleónica. Entre esos “afables y queridos amigos” que recordaba el Libertador de Colombia estaban el aristócrata e intelectual germano Guillermo de Humboldt, futuro Primer Ministro prusiano, y su sabio hermano Alejandro, quien poco antes había culminado su afamado viaje de estudios naturales a la América Meridional; el naturalista francés Aimé Bompland, que acompañara a Humboldt en su viaje por América; el actor de teatro Francois Talma, el físico y académico Joseph Louis Gay-Lussac y el literato romántico Francois-René de Chateubriand. Cabe precisar que Bolívar asistía a esa tertulia tanto por la grata compañía de sus amigos como por la afectuosa presencia de su prima Fanny Du Villars, esposa de un general del emperador y dueña de un elegante salón literario, con la que mantenía un discreto pero apasionado romance.

En esa su segunda estancia en Europa, Bolívar sería testigo privilegiado de algunos notables sucesos históricos, que dejarían huella en su espíritu: la coronación y proclamación de Napoleón como emperador de los franceses, ocurrida en París, en 1804, y la nueva coronación de Napoleón en Milán, en 1805.

Al fin, tras alrededor de cuatro años de estancia en Europa, volvería a Venezuela en 1807, pasando antes por Hamburgo y los Estados Unidos. Desde entonces y hasta 1810 se dedicaría al cuidado de sus haciendas, residiendo en San Mateo, la mejor de ellas. Pero su vida estaba a punto de tener un vuelco decisivo: el 19 de abril de 1810, el Cabildo de Santiago de León de Caracas desconoció la autoridad del Capitán General de Venezuela, don Vicente Emparán, y

formó una Junta autónoma de Gobierno, similar a las que se habían formado en España para resistir a la dominación napoleónica. Como una de sus más audaces medidas, esa Junta envió una misión a Londres, con el objeto de sondear la posibilidad de un apoyo británico ante una eventual independencia de Venezuela. Figuraban como comisionados los caraqueños Simón Bolívar y Andrés Bello.

Aunque la misión resultó finalmente frustrada, Bolívar adquirió en ella algunos vínculos y experiencias que ligarían definitivamente su suerte a la causa de la independencia americana. Ahí pudo observar de cerca el funcionamiento de la democracia parlamentaria inglesa, que tanto influiría luego en sus propias concepciones políticas. Pero lo más importante fue el trato directo y confidencial que tuvo entonces con Francisco de Miranda, el gran Precursor de la independencia hispanoamericana, quien lo inició en los secretos de la “Gran Reunión

Americana”, organización masónica operativa que había formado en 1797, para promover la independencia de la América española.1 El Consejo Supremo tuvo como sede la residencia de Miranda (Frafton Street 27, Fitzroy Square, Londres) y esta gran logia fundó filiales en varias partes, entre ellas Cádiz, donde funcionaba la Logia Lautaro, de tan importante actuación en la campaña por la libertad del Río de la Plata, Chile y Perú. Además de Bolívar, ante Miranda juraron entregar sus vidas por los ideales de la Logia Americana otros americanos que luego alcanzarían justa fama: San Martín, Moreno y Alvear, de Buenos Aires; O’ Higgins y Carrera, de Chile; Montúfar y Rocafuerte, de Ecuador; Valle, de Guatemala; Mier, de México; Nariño, de Nueva Granada; Monteagudo, del Alto Perú, y muchos más. Todos ellos prestaron al iniciarse en ella un solemne juramento masónico que decía:

"Nunca reconoceré por gobierno legítimo de mi patria sino aquel que sea elegido por la libre y espontánea voluntad de los pueblos; y siendo el sistema republicano el mas adaptable al gobierno de las Américas, propenderé, por cuantos medios estén a mi alcance, a que los pueblos se decidan por él".

Al regresar de la misión a Londres, Bolívar estaba listo para emprender su gran obra, aquella por la que había jurado en Roma: luchar por la independencia de su patria americana y llevarla a una gloriosa culminación.

EL ABANDERADO DEL CRIOLLISMO

Los franceses de Haití inventaron por el siglo XVII una palabra curiosa: “créole”, que sus vecinos insulares, los españoles de Santo Domingo, tradujeron como “criollo”. Servía para designar a los mulares, es decir, a los animales nacidos de la cruza o mestizaje de asnos y yeguas. Así, pues, “criollo” quería decir “mestizo”. Y el término tuvo tanto éxito que pronto se empezó a usar por los españoles y franceses para designar también a las demás especies naturales híbridas o mestizas, tanto se tratase de animales como de plantas o de gentes.

Difundido el uso del vocablo a partir del Caribe, en la América Española pasó a ser usado para designar a los colonos descendientes de los conquistadores ibéricos, quienes se autodenominaban “españoles americanos”, pero a quienes el chapetón llamaba despectivamente "criollos".

Para completar su tabla de clasificación racial de los mestizos americanos, los españoles utilizaron otros términos curiosos. Uno de ellos fue el de "mulato", usado para nombrar a los mestizos de blanco y negro. Y también esta palabra era una derivación del término zoológico "mulo".

En cuanto a los mestizos de blanco e indio, el español no halló mejor término para definirlos que el de "chulo", significando con ello que los mestizos eran pícaros, bribones, alcahuetes y rufianes. Luego, por una deformación de la palabra "chulo" surgió la palabra "cholo", con que hoy mismo son llamados estos seres mestizos.

Disquisiciones aparte, queda por averiguar cuan mestizos eran, en verdad, los "criollos" hispanoamericanos. Descendientes de conquistadores europeos que vinieron a América sin sus esposas, algunos ciertamente tenían entre sus antepasados a indios o negros, y más precisamente a una abuela india o negra, pero no es menos cierto que otros habían conservado su pureza racial blanca gracias a una cerrada endogamia. En todo caso, habían ciertas realidades inobjetables que unificaban a todos los criollos, cualquiera fuese su condición biológica, y eran su obvio mestizaje cultural, su similar condición de propietarios y sus comunes aspiraciones políticas. Y todas ellas los diferenciaban inequívocamente de sus odiados rivales "chapetones".

Hemos mencionado adrede el mestizaje cultural, porque este fenómeno existía ya en la Hispanoamérica colonial, aunque ni teórica ni prácticamente hubiese sido reconocida su existencia. En realidad, la única forma de mestizaje que la cultura reconocía entonces era el de la sangre, que no interesaba tanto como fenómeno biológico cuanto como forma de clasificación social o segregación racial. Y es que, para la mentalidad colonial, el mestizo era un ser esencialmente impuro, indigno, deshonroso, manchado por el signo de la bastardía y la permanente sospecha de la infidelidad; de ahí que fuese legalmente marginado del acceso a títulos nobiliarios, mercedes reales e inclusive cargos públicos, reservados en exclusividad para españoles, tanto peninsulares como americanos, que probasen tener “pureza de sangre”, descender de “cristianos viejos” y haber prestado destacados servicios a la corona.

Pero ese otro mestizaje, el resultante de la mezcla y mutua estimulación de culturas contrapuestas, era más difícil de marginar, aunque estaba también presente en la vida social de la colonia y contribuía a marcar las humanas diferencias entre chapetones y criollos. Así,

por ejemplo, mientras los peninsulares consumían exclusivamente vestidos y alimentos europeos, los criollos vestían en público como europeos, pero en su vida privada o en las labores del campo usaban prendas de origen y elaboración indígena, tales como el poncho, el zamarro o el chullo. A su vez, en la alimentación mostraban regularmente predilección por los frutos y viandas nativas, aunque sin excluir los propios de Europa.

Esta larga disquisición sobre el criollismo apunta a demostrar que Simón Bolívar era un criollo, y no un criollo cualquiera. Había nacido en una rica y aristocrática familia mantuana de Venezuela, propietaria de minas, haciendas, trapiches y plantaciones cacaoteras, y su padre, don Juan Vicente Bolívar, había sido tan rico que llegó a hacer un significativo aporte monetario al Rey de España, en busca de que se le otorgase el título de Marqués de San Luis. Pero además de ser "criollo" o mestizo cultural, era también, como hemos dicho antes, un mestizo biológico, en cuyas venas circulaban sangres de varios orígenes: vasco, castellano, alemán y africano. En síntesis, era un notable ejemplar del mestizaje americano, que proclamaba con sincero orgullo sus gustos culinarios como prueba de su íntima americanidad:

“Prefiero las arepas o tortillas de maíz al mejor pan. Como más legumbres que carne, casi nunca pruebo los dulces, pero me gustan mucho las frutas. ... Me gustan mucho el ají y las pimientas, pero prefiro el ají”.

Verdadero adelantado de la sociología y la antropología, Bolívar sería el primer americano en reflexionar sobre la esencia cultural del mestizaje y en establecer el carácter histórico del criollismo, al que veía como avanzada de una nueva escala de lo humano. En su archifamosa “Carta de Jamaica” hizo una singular revaloración del nuevo ser americano, diciendo:

“Nosotros somos un pequeño género humano. ... No somos indios ni europeos, sino una especie intermedia entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado...”

Asumiendo, pues, su condición de criollo hispanoamericano y el papel de representante de los demás mestizos de América, Bolívar planteaba su lucha emancipadora en nombre de esa nueva especie antropológica que había aparecido como consecuencia de la universalización del hombre, y que lanzaba al universo, por medio de su voz, una matinal y primigenia declaración de derechos de las naciones y pueblos oprimidos.

Pero este criollo lúcido iba más allá: reclamando tácitamente para su “pequeño género humano” un papel de vanguardia en la liberación americana, asumía expresamente la defensa de todos los demás “pequeños géneros humanos” oprimidos en América por el colonialismo español: los indios, los negros y los blancos pobres. Y lo hacía denunciando

“los tributos que pagan los indígenas; las penalidades de los esclavos; las primicias, diezmos y derechos que pesan sobre los labradores y otros accidentes (que) alejan de sus hogares a los pobres americanos”.

Con ello, a la real diferencia antropológica entre los americanos y sus dominadores europeos, él sumaba las razones económicas y sociológicas, que justificaban la lucha por la independencia. Además, como si todas esas razones no bastaran, Bolívar describió con lujo de detalles las razones históricas que habían acumulado en el alma de los americanos, y particularmente de los criollos, el ansia de libertad:

“La posición de los moradores del hemisferio americano ha sido, por siglos, puramente pasiva: su existencia política era nula. nosotros estábamos en un grado todavía más bajo de la servidumbre, y por lo mismo con más dificultad para elevarnos al goce de la libertad. ... Se nos vejaba con una conducta que además de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de infancia permanente con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos siquiera manejado nuestro asuntos domésticos en nuestra administración interior, conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo, y gozaríamos también de la consideración personal que impone a los ojos del pueblo cierto respeto...”

Larga era la lista de reclamos que los criollos tenían en mente frente a la metrópoli española. Unos eran políticos y tenían que ver con su participación en el manejo de los asuntos públicos de su país. Otros eran económicos y hacían referencia a las marginaciones que se les imponían y a los absorbentes monopolios y estancos que mantenía la corona en su particular provecho:

“Los americanos, en el sistema español que está en vigor,... no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones chocantes: tales son las restricciones del cultivo de frutos de Europa, el estanco de las producciones que el Rey monopoliza, el impedimento de la fábricas que la misma Península no posee, los privilegios exclusivos del comercio hasta de los objetos de primera necesidad, las trabas entre provincias y provincias americanas, para que no se traten, entiendan, ni negocien; en fin, ¿quiere usted saber cuál es nuestro destino?

los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón, las llanuras solitarias para criar ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro que no puede saciar a esa nación avarienta.”

Pero Bolívar no formulaba ese memorial de agravios únicamente para justificar la insurgencia de los pueblos americanos contra España. Por este medio también se explicaba, y explicaba a otros, las limitaciones y torpezas mostradas por los nuevos países americanos durante su esfuerzo constitutivo:

“Los americanos -escribía- han subido de repente y sin los conocimientos previos, y, lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores del erario, diplomáticos, generales y cuantas autoridades supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con regularidad.”

Así, con esa aguda visión de la realidad, este abanderado del criollismo se revelaba también como un temprano sociólogo e inauguraba un nuevo modo de enfocar y pensar los problemas de la sociedad americana.

EL LIBERTADOR

Si hubiese necesidad de definir a Simón Bolívar con una sola palabra, esta sería indudablemente la de “Libertador”. Y es que toda su vida, su lucha, sus sueños y ambiciones tuvieron como objetivo el servicio a la libertad de los pueblos americanos.

Cierto es que Simón Bolívar no fue el único libertador de la América española y que compartió esa gloria con hombres de similar talla moral y política, tales como Francisco de Miranda, José de San Martín, Carlos Montúfar, Antonio José de Sucre, Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos, José Manuel Carrera, Bernardo O’Higgins, José Gervasio Artigas y otros muchos. Pero no es menos cierto que él resumió en grado superlativo las glorias y virtudes de todos ellos, siendo además el principal vencedor del poder colonial español en América, el mayor fundador de repúblicas y el abanderado de la unidad continental.

Pero ganar ese título, que le fue concedido espontáneamente por los pueblos liberados, le significó un esfuerzo casi sobrehumano, que bien merece ser destacado ante las nuevas generaciones, al menos en sus realizaciones y logros generales.

Bolívar inició su lucha libertaria en Venezuela, en 1810, como miembro de la "Sociedad Patriótica", club de estilo francés en el que participaban hombres de todos los colores y también mujeres, identificados por su pensamiento radicalizado. Desde este club político, fue uno de los que presionaron al Congreso de diputados de la Capitanía General de Venezuela para que proclamara la independencia, cosa que finalmente hizo éste, el 5 de julio de 1811. Luego, cuando el Congreso dictó una constitución casi copiada de la norteamericana, fue uno de los que criticaron el sistema federal y el gobierno rotativo creado por ésta, por considerarlo demasiado débil para enfrentar las circunstancias que se vivían. Más tarde, cuando algunas provincias pusieron en duda la legitimidad del Congreso y se pronunciaron a favor de la unidad con España, Bolívar se ubicó en el bando independentista, bajo el mando de Francisco de Miranda, para enfrentar a las fuerzas realistas que venían desde Valencia y Coro, bajo el mando de Domingo Monteverde. Bolívar, encargado de defender la plaza de Puerto Cabello, fue traicionado y perdió la posición, mientras que su jefe, Miranda, capitulaba ante Monteverde, frente a la posibilidad de enfrentarlo exitosamente con su ejército joven e indisciplinado. Esa terrible circunstancia culminó con la insubordinación de Bolívar y otros patriotas contra el Precursor, al que capturaron y entregaron a los españoles, en un acto sombrío y rayano en la traición.

Derrotada esa primera República de Venezuela, muchos patriotas caraqueños terminaron en prisión, huyeron o lograron escapar con pasaporte legal de las autoridades, como fue el caso de Bolívar, quien se dirigió primero a Curaçao y luego a Cartagena de Indias. En esta ciudad logró un limitado apoyo del Congreso de la Nueva Granada, que le proporcionó 70 hombres, con los cuales se lanzó a la audaz empresa de liberar el bajo Magdalena, abrir el camino a Cúcuta y llegar hasta Caracas. En apenas siete semanas cruzó los mil kilómetros que separan a Cartagena de Caracas y el 7 de agosto de 1813 culminó triunfalmente esa que se ha llamado "Campaña admirable". En el interín, decretó la "Guerra a muerte" contra españoles y canarios, que buscaba definir claramente los campos del enfrentamiento armado y sentar las bases para una toma de conciencia nacional entre los criollos.

Pero la guerra apenas comenzaba y los españoles hallaron un formidable aliado en los llaneros venezolanos, en su mayoría pardos, que se nuclearon bajo el mando del marino asturiano José Tomás Boves y se lanzaron a luchar contra esa independencia que promovía la oligarquía criolla de Caracas. Fue una guerra terrible, en la que las capas más bajas de la sociedad venezolana enarbolaron las banderas de España y destrozaron en varios encuentros a las fuerzas criollas, al grito de ¡Viva el rey y mueran los blancos!. Así, para 1814 las huestes de Boves ahogaron en sangre a la segunda República de Venezuela. Tras huir de Caracas hacia el Oriente, junto a toda la población de la capital, asediada por los llaneros, Bolívar debió enfrentar las disputas de los jefes patriotas por el mando. Al fin, marchó nuevamente hacia la Nueva Granada, para informar al Congreso de los sucesos de Venezuela y pedir nuevas fuerzas para la guerra. Logró ser nombrado General en Jefe de las Fuerzas de la Unión, pero no pudo superar las divisiones internas del bando patriota, ante lo cual marchó a Jamaica en mayo de 1815. Entre tanto, llegó a Venezuela el "Pacificador" Pablo Morillo, al mando de un ejército español de 15 mil hombres, con el que pronto reconquistó las regiones liberadas por los insurgentes y restableció el poder español en todo el Virreinato de Nueva Granada.

Bolívar, por su parte, inició desde Jamaica una activa campaña de propaganda a favor de la causa emancipadora de Hispanoamérica, que parecía no tener ya ningún apoyo en la sombría Europa de la Restauración, donde la Santa Alianza perseguía como peligrosa a toda idea revolucionaria y combatía activamente todo intento de desestabilización del orden internacional. Fue entonces que Bolívar escribió sus famosas Cartas de Jamaica, fechadas en septiembre de 1815 y que tuvieron como destinatarios al editor de la "Gaceta Real de Jamaica", Alejandro Aikman, y a alguien definido como "un caballero de esta isla", que lo fuera en realidad Henry Cullen, agente político del gobierno británico. En ellas, el agitador caraqueño analizó con notable profundidad la situación étnica, social y política de la América hispana y trazó el horizonte previsible del porvenir del continente, buscando indirectamente mostrar a Inglaterra los beneficios que para ella tendría la independencia de las colonias españolas.

Luego, sin haber obtenido pronta respuesta británica a sus gestiones de apoyo, se trasladó a Haití, la primera república negra del mundo, donde obtuvo el apoyo económico y militar del presidente Alejandro Pétion a cambio de su promesa de liberar a los esclavos negros de Venezuela. Gracias a esa ayuda generosa, pudo volver a Venezuela a mediados de 1816, al mando de una nueva expedición libertadora. Pero esta vez Bolívar reorientó el sentido de su lucha, buscando atraer a los llaneros y otros sectores populares mediante concretas ofertas de reforma social, tales como la liberación de los esclavos y el reparto de tierras a los campesinos pobres. Carentes de su antiguo liderazgo (Boves había muerto tiempo atrás) y convencidos por la prédica de Bolívar sobre reformas sociales, los llaneros apoyaron al bando patriota y ello cambió radicalmente el curso de la guerra de independencia. Sobre la marcha, el Libertador dictó entonces las primeras reformas sociales, una de las cuales fue la "Ley de Repartición de Bienes Nacionales", por la que dispuso la repartición de propiedades "secuestradas y confiscadas a los españoles y americanos realistas", así como de terrenos baldíos, en favor de los jefes, oficiales y soldados de la república.

Tres años más tarde, con el territorio venezolano liberado en su mayor parte, los independientes reunieron en Angostura un Congreso Constituyente, ante el cual Bolívar pronunció un admirable discurso político el 15 de febrero de 1819. En esa pieza, el

Libertador expuso en detalle su ideario político, profundamente democrático y cabalmente republicano. Es el ideario de un político acabado, en el que las ideas de Montesquieu, Voltaire y Rousseau han cobrado vida propia y desarrollo independiente, al punto de corregir el planteamiento europeo de un gobierno dividido en tres poderes, añadiéndole un cuarto poder, el electoral, que Bolívar –con una sorprendente modernidad– concebía como indispensable para el equilibrio democrático y necesariamente independiente de los demás. En esa pieza oratoria hace otra corrección sustantiva al ideario liberal, al insistir en la necesidad de la libertad absoluta de los esclavos, asunto del que los pensadores liberales de Europa se habían desentendido. En fin, analiza en todas sus perspectivas de futuro a la unidad entre Venezuela y la Nueva Granada, que entrevé como el punto de partida de la unidad de los americanos y el lazo de unión de la familia humana.

Nombrado Presidente de la República de Venezuela por el Congreso, Bolívar se lanzaría entonces a una nueva y más audaz campaña: la liberación de la Nueva Granada. En un movimiento inesperado por los españoles, a fines de julio cruzó los Andes por el páramo de Pisba, con un ejército hambriento y cubierto de harapos, llegando finalmente a la Sierra neogranadina, donde inmediatamente atacó y venció a las fuerzas realistas en la batalla de Boyacá (7 de agosto de 1819), tras lo cual liberó a Bogotá (10 de agosto). Con su conocida celeridad, en septiembre estableció una Vicepresidencia en la Nueva Granada y de inmediato regresó a Venezuela, donde las divisiones internas amenazaban con romper el bando independiente. Apenas llegar a Angostura, en diciembre, propuso al Congreso la creación de la República de Colombia, con los tres distritos que hasta entonces habían integrado el Virreinato de la Nueva Granada: Venezuela, Cundinamarca y Quito.

Pero la liberación de Venezuela estaba todavía por completar, pues el Pacificador Morillo controlaba aún importantes zonas del país y esperaba que llegase de España un gran ejército de refuerzo. Mas ese ejército no salió nunca hacia Sudamérica: el 1º de enero de 1820, cuando las tropas se hallaban ya en Cádiz, listas para embarcar hacia el Nuevo Mundo, se produjo el alzamiento liberal del coronel Rafael Riego contra el absolutismo de Fernando

VII. A consecuencia de ello, Morillo se quedó sin refuerzos y más bien recibió órdenes de negociar la paz con los insurgentes. Entre tanto, Bolívar iba otra vez hasta Bogotá, para organizar el gobierno y preparar fuerzas para la continuación de la guerra, mientras que sus tropas de Venezuela, siguiendo una estrategia previamente trazada, evitaban choques decisivos con las fuerzas españolas y más bien acosaban insistentemente a éstas mediante ataques sorpresivos. Al fin, Morillo propuso la suspensión de hostilidades, a lo que Bolívar respondió planteando un Tratado de Regularización de la Guerra, cuya redacción encargó al magnánimo general Antonio José de Sucre. El tratado se firmó en Santa Ana, el 27 de noviembre.

Tras ello, Bolívar marchó nuevamente hacia Bogotá, a donde llegó en enero de 1821. Aquí recibió el pedido de ayuda de la Junta de Gobierno de Guayaquil, que se empeñaba en liberar prontamente el interior del país quiteño. Bolívar dispuso entonces el envío a Guayaquil, por vía marítima, de una pequeña fuerza expedicionaria colombiana, a lo cual siguió luego el envío de un contingente mayor, dirigido por el general Sucre.

En marzo, Bolívar volvió a Venezuela y en abril se produjo la ruptura del armisticio, a lo que siguió una fulgurante campaña que culminó en Carabobo, el 24 de junio, con la derrota total de las fuerzas españolas. Cinco días más tarde Bolívar entraba en Caracas, su ciudad natal,

tras siete largos años de ausencia. En agosto, el Libertador se hallaba ya Maracaibo y en septiembre era designado Presidente de Colombia por el Congreso Constituyente de la nueva república, reunido en Cúcuta.

Para fines de 1821, se había consolidado la independencia de Venezuela y la Nueva Granada, pero todavía faltaba por liberar el interior de la antigua Audiencia de Quito. Fue así que el Libertador emprendió en diciembre de ese mismo año la "Campaña del Sur", marchando desde Bogotá hacia Pasto, donde su avance fue detenido por los indomables pastusos, fieles al rey de España. Empero, en abril logró romper las defensas enemigas y venció a los pastusos en la batalla de Bomboná, casi al mismo tiempo que Sucre avanzaba por el sur de la Sierra quiteña y vencía finalmente a los realistas en la batalla de Pichincha (24 de mayo de 1822). El 16 de junio, Bolívar hacía su entrada triunfal en Quito y de inmediato marchaba hacia Guayaquil, con el fin de instaurar su poder en ese puerto colombiano, ambicionado también por el gobierno republicano del Perú, que encabezaba el Protector José de San Martín.

Tras la entrevista de los dos libertadores en Guayaquil, San Martín regresó al Perú y se retiró del mando, mientras que Bolívar se preparaba para su última y más gloriosa campaña: la del Perú. En marzo de 1823, atendiendo a un pedido de auxilio del gobierno peruano, envió un contingente de tropas a ese país, bajo el mando de Sucre. Y en septiembre, tras recibir autorización del Congreso colombiano, aceptó el llamado del Congreso peruano y marchó a dirigir la campaña de independencia de ese país.

Una vez en el Perú, Bolívar debió desarrollar una guerra en dos frentes: por una parte, contra los españoles situados en la Sierra; por otra, contra la oligarquía peruana, dirigida por el marqués de Torre Tagle y atrincherada con sus fuerzas en la Costa Norte. Apoyado por el Congreso peruano, que lo proclamó dictador del país, el Libertador logró derrotar primero a la oligarquía y luego abrió campaña contra los realistas. El 6 de agosto, su caballería triunfó sobre la brillante caballería española en la batalla de Junín. Entre tanto, sus enemigos lograban que el Congreso colombiano le privara de sus facultades para dirigir la guerra en el Perú, ante lo cual Bolívar las delegó en el general Sucre. Pese a ello, en diciembre liberó a Lima y entró triunfalmente en ella, poco antes de que el ejército libertador, comandado por Sucre, derrotara a los ejércitos realistas en la memorable batalla de Ayacucho, que puso fin al dominio español en América (10 de diciembre de 1824). Antes de terminar el año, el Libertador convocó a los demás países de América al Congreso Anfictiónico de Panamá, a la vez que –dolido por las acciones de sus enemigos políticos– enviaba al Congreso colombiano su renuncia a la Presidencia de Colombia, que éste no aceptó.

No terminaría ahí su vida de combates. En enero de 1825, apenas liberado el Perú, iniciaría sus recorridos por el país, marchando luego hacia el sur peruano y avanzando por el Cuzco y Puno (julio–agosto) hacia la antigua Charcas, donde ascendería al "cerro rico" de Potosí (septiembre) y contribuiría con los patriotas de ese país a la fundación de la República de Bolivia, todo ello mientras dictaba disposiciones de reforma social en los lugares de su paso. En enero de 1826 bajaría hacia Arica (actual Chile) y desde ahí viajaría a Lima, desde donde enviaría a Sucre su proyecto de Constitución para Bolivia (mayo).

Poco le duró el descanso limeño. Pocos meses después, alarmado por la agitación política colombiana y atendiendo al llamado de los pueblos, emprendió el regreso hacia Colombia

(septiembre), para retomar las duras tareas propias del gobernante de un país en crisis. Zarpó de El Callao hacia Guayaquil y de ahí marchó por tierra hacia Quito, donde tomó medidas en beneficio de la industria nacional y creó una Junta Superior de promoción de los intereses nacionales. Luego montó otra vez a caballo y marchó hacia Bogotá, a donde llegó en noviembre.

Tras retomar formalmente la Presidencia del país, dictó urgentes de promoción económica y salió inmediatamente hacia Caracas, en donde el separatismo venezolano había creado una suerte de gobierno paralelo al de Bogotá. En diciembre pasó por Maracaibo, Coro y Puerto Cabello y en enero llegó a Caracas. Buscando restablecer la paz entre los colombianos, amnistió a los jefes venezolanos alzados contra el régimen bogotano de Santander y dictó importantes medidas administrativas, pero ello avivó la oposición del bando santanderista, que exigía mano dura contra los jefes venezolanos. En julio emprendió el regreso a Bogotá, viajando por vía marítima hacia Cartagena y desde ahí por el río Magdalena y luego por vía terrestre hacia la capital colombiana, a donde llegó en septiembre.

En abril de 1828 se reunió en Ocaña la Convención Nacional, encargada de salvar a Colombia de la desintegración que se veía venir. Buscando estar más cerca del teatro de los acontecimientos, el Libertador–Presidente se trasladó a Bucaramanga (en el Noreste de Cundinamarca), en donde permaneció hasta el mes de junio. Mientras los bandos políticos colombianos (bolivarista, santanderista y separatista venezolano) se trenzaban en una cerrada pugna, que agravaba la crisis política en vez de resolverla, Bolívar mantenía una serie de entrevistas con Luis Peru de Lacroix –un jefe militar colombiano de origen francés– en las que revelaba con entera franqueza los recuerdos de su vida personal y militar, sus sentimientos íntimos y sus opiniones político–filosóficas.

En junio regresó a Bogotá y en agosto, enfrentado al hecho de la autodisolución de la Convención de Ocaña, que ponía al país al borde de una guerra civil, el Libertador asumió la dictadura que le habían conferido cientos de actas públicas procedentes de ciudades y pueblos de Colombia. Lo hizo mediante un Decreto Orgánico, en el que normaba su propia conducta y garantizaba plenamente las libertades y derechos de los ciudadanos (28 de agosto de 1828). Un mes después (26 de septiembre), un grupo de conjurados intentó asesinarlo, pero fue salvado por la valerosa acción de su compañera, Manuela Sáenz; si bien fracasaron en su objetivo, los conjurados asesinaron a los edecanes del Libertador. Tras haberse instaurado los consejos de guerra para juzgar a los conspiradores y haber conmutado la pena de muerte a que fueron condenados varios de ellos, Bolívar se refugió en la paz del campo. Poco después convocaba a un nuevo Congreso Constituyente, a reunirse en Bogotá en enero de 1830.

No terminaría ahí su vida de combates. Derrotados políticamente por Bolívar y fracasados en su proyecto de asesinarlo, los santanderistas dirigieron los alzamientos de las guarniciones de Popayán y Pasto, y además estimularon y fomentaron una invasión militar peruana a Colombia, que estaba comandada por el mariscal José de Lamar y tenía como objetivo separar el Distrito del Sur y formar con él la República del Ecuador. Minado por la tuberculosis y herido en el alma por la furia del canibalismo político desatado en Colombia, el Libertador todavía tuvo fuerzas para montar a caballo y salir a combatir a sus enemigos (enero de 1829), al tiempo que daba órdenes para repeler la agresión peruana.

Luego de someter a las fuerzas insurrectas de López y Obando, avanzó hacia Quito, a donde llegó poco después que Sucre derrotara a los peruanos en Saraguro y los venciera decisivamente en Tarqui (27 de febrero de 1829). De inmediato avanzó a Riobamba, Guaranda y Guayaquil, en donde recuperó el puerto por un armisticio y dirigió las negociaciones que llevaron a la firma del Tratado de Guayaquil (septiembre de 1829). En octubre, acosado gravemente por la enfermedad, montó otra vez a caballo y se dirigió a Quito y luego a Bogotá, a donde llegó en enero de 1830.

Tras atender asuntos oficiales en la capital, en marzo se retiró a descansar en Fucha y en abril envió al Congreso su renuncia a la Jefatura Suprema. Al fin, en mayo, inició el largo periplo que lo llevaría a Cartagena, Turbaco, Soledad, Barranquilla y otros pueblos de la costa atlántica, en desesperada búsqueda de paz y salud, pero con la aspiración final de irse a Europa. Entre tanto, numerosos pronunciamientos populares y militares exigían su vuelta al poder y se instauraba en Bogotá un gobierno bolivarista, presidido por el general Rafael Urdaneta. Mas ya era tarde: cada vez más enfermo y decepcionado de los hombres, el Libertador llegó en diciembre a Santa Marta y se hospedó en la quinta de San Pedro Alejandrino. Ahí falleció el 17 de diciembre de 1830.

Se había pasado la vida combatiendo aquí y allá, marchando una y otra vez sobre los Andes infinitos, cruzando a caballo la mayor parte de la geografía sudamericana. A caballo hizo la independencia de Venezuela y la Nueva Granada. A caballo vino a liberar a Quito y avanzó luego hacia Guayaquil. A caballo marchó al Perú y recorrió todo ese país, antes de subir hasta el cerro rico de Potosí y tomar posesión simbólica, para la república, de esa montaña que había enriquecido a España durante tres siglos. A caballo volvió a la costa peruana, regresó más tarde a Bogotá, marchó a Venezuela, volvió a viajar a Quito y Guayaquil y retornó otra vez a Bogotá. Pasó media vida a lomos de un caballo o de una mula, marchando hacia donde la libertad lo reclamaba. Tanto tiempo permaneció montado que se le formó un enorme callo entre los muslos y las posaderas. "Culo de fierro" le llamaban sus soldados, con un mezcla de admiración y broma. Cuando murió, el médico francés Próspero Révérend revisó el cuerpo del difunto Libertador y se sorprendió al encontrar el enorme callo trasero, de cuya presencia dejó constancia en el protocolo de la autopsia.

EL DEMÓCRATA

Uno de los problemas fundamentales que nuestros libertadores debieron afrontar fue el de la organización política de los nuevos Estados independientes. Durante tres siglos los países hispanoamericanos habían sido colonias de una potencia europea y ahora, cuando se empeñaban en conquistar su independencia nacional, debían definir cual sería su destino político.

En realidad, había varias opciones para la emancipación americana. La primera había sido planteada precisamente por los liberales españoles y en particular por algunos ministros del rey Carlos III, y consistía en la división del imperio español en varias monarquías independientes, presididas por príncipes de la casa real española. Esta opción, planteada por el Conde de Floridablanca en 1778, buscaba evitar que las colonias españolas de América se independizasen radicalmente, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, y se orientaba a darles una emancipación limitada, que las dejase de todos modos bajo la influencia española.

A su vez, algunos liberales americanos que actuaron en las Cortes Constitucionales de Cádiz, como José Mejía Lequerica y José Joaquín Olmedo, llegaron a plantear una idea que tuvo mucha acogida entre el liberalismo español de su tiempo: la de que los países hispanoamericanos dejaran de ser colonias ibéricas y se convirtieran en “provincias ultramarinas de España”, con iguales derechos que los territorios españoles de la península. Esta fórmula, al igual que la anterior, buscaba liquidar el estatus colonial pero preservando el vínculo entre España e Hispanoamérica.

En tercer lugar estaba la opción de establecer monarquías americanas totalmente independientes de España. Conceptuando que el sistema monárquico estaba afincado moral y políticamente en Hispanoamérica, esta propuesta buscaba una total independencia frente a España, por medio de la instauración de monarquías propias. Esto, a su vez, planteaba dos opciones adicionales: las nuevas monarquías podían estar presididas por príncipes de casas reales europeas o por monarcas surgidos de la propia tierra americana. Entre los más entusiastas seguidores de esta opción se contaban los gobiernos inglés y francés, que aspiraban a que príncipes de su respectivo país fuesen coronados en América, y también algunos políticos liberales europeos, como el abate De Pradt, que planteaba que América se dividiese

en diecisiete Estados independientes, gobernados por similar número de monarcas. Igualmente participaban de ella algunos líderes de la independencia, que estaban tentados por la idea de su propia coronación, como el argentino José de San Martín y el mexicano Agustín de Iturbide; San Martín, víctima de sus fracasos políticos y sus propias vacilaciones, terminó sus días exiliado en Francia, mientras que Iturbide concluyó por ser coronado Emperador de México.

La cuarta opción emancipadora era la republicana, que buscaba tanto una total eliminación del colonialismo europeo en América como una cabal renovación interna de nuestros países. Era la opción verdaderamente revolucionaria, pues su ejecución implicaba la liquidación del dominio español y del sistema monárquico para sustituirlos por unas repúblicas independientes, organizadas internamente sobre una base democrática. Era también la opción de más difícil aplicación, puesto que su consecución conllevaba el desarrollo de dos guerras paralelas: una por la independencia, contra las fuerzas colonialistas españolas, y otra por la democracia, contra la aristocracia colonial y el conservadurismo de la Iglesia.

Sin duda, era la más audaz y hermosa de las opciones emancipadoras, pues se encaminaba a liquidar tres siglos de dominación extranjera y de injusticia colonial, en busca de crear un mundo nuevo, en el cual se ejercitasen todas las utopías políticas de Locke, Montesquieu, Rousseau y Voltaire, en el cual se encarnasen todos los altos principios de la gran revolución burguesa de Francia, desde la proclama de “Libertad, igualdad y fraternidad” hasta la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”. Esa fue la opción que escogió Simón Bolívar.

Desde luego, el escogitamiento de opciones no fue fácil para él, como no lo fue para ningún otro de los líderes de la emancipación. Republicano y liberal acendrado, Bolívar tuvo sin embargo que sufrir casi desde el comienzo de su acción las consecuencias de los dos mayores males republicanos: el sectarismo partidario y la demagogia, que finalmente provocaron la destrucción de la primera República de Venezuela. Fue entonces, al calor de esos trágicos acontecimientos, que redactó su notable “Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño”, también conocida como “Manifiesto de Cartagena”. En ese documento fijó su vocación definidamente republicana, “siempre fiel al sistema liberal y justo”, pero, por otra parte, alertó sobre los riesgos de una democracia sin límites y de un

gobierno débil, como los que llevaron al fracaso la experiencia republicana de su patria. Revisando las causas de ese fracaso, escribió entonces:

“Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del Gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios y de cosas, el orden social se sintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada”.

Otro de los males notorios que halló en su revisión teórica de la experiencia venezolana fue el federalismo, que en su opinión llevaba a las naciones a una anarquía total, en la que cada provincia o ciudad pretendía gobernarse independientemente, “alegando la teoría de que todos los hombres y todos los pueblos gozan de la prerrogativa de instituir a su antojo el gobierno que les acomode”. Agregaba que

“el sistema federal, bien que sea el más perfecto y más capaz de proporcionar la felicidad humana en sociedad, es, no obstante, el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes estados. Generalmente hablando, -apuntaba- todavía no se hallan en aptitud de ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos; porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero republicano; virtudes que no se adquieren en los gobiernos absolutos, en donde se desconocen los derechos y deberes del ciudadano.”

A su vez, al analizar la debilidad mostrada por el gobierno republicano de Venezuela frente a los embates de la agresión externa y las facciones internas, Bolívar fijó una adecuada vinculación entre la teoría liberal y la práctica política. Así surgió su idea de que nuestros pueblos recién independizados carecían de “virtudes republicanas” y de plena capacidad para ejercer sus derechos, idea que sería repetida una y otra vez, mostrando así que se trataba de una convicción profundamente arraigada en el espíritu del Libertador. Consta también en la archifamosa “Carta de Jamaica”, escrita por éste en respuesta a las inquietudes de Henry Cullen, un caballero británico residente en la isla de Jamaica, quien manifestó a Bolívar su deseo de saber sobre “la política de cada provincia, ... si desean repúblicas o monarquías, si formarán una gran república o una gran monarquía”. La respuesta decía al respecto:

“Todavía es más difícil establecer la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política y casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. ¿Se pudo prever cuando el género humano se hallaba en su infancia, rodeada de tanta incertidumbre, ignorancia y error, cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación? (...) Yo considero el estado actual de la América, como cuando desplomado el Imperio Romano cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses o situación siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones; con esta notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros, ... apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles...”

Sociólogo penetrante, Bolívar entendía a la política y al mismo sistema de gobierno como emanaciones de la voluntad popular, es decir, como creaciones intelectuales que debían surgir de la misma realidad social y estar en permanente sintonía con ella, so pena de convertirse en entelequias vanas. Es así que, juzgando las circunstancias prevalecientes en la Venezuela y Nueva Granada de entonces, las hallaba poco aptas para el florecimiento de una democracia ilimitada:

“Los acontecimientos de Tierra Firme -decía- nos han probado que las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales. (...) En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina. (...) Los meridionales de este continente han manifestado el conato de conseguir instituciones liberales y aun perfectas, sin duda, por efecto del instinto que tienen todos los hombres de aspirar a su mejor felicidad posible; la que se alcanza, infaliblemente, en las sociedades civiles, cuando ellas están fundadas sobre las bases de la justicia, de la libertad y de la igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces de mantener en su verdadero equilibrio la difícil carga de una república? ¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado se lance a la esfera de la libertad sin que, como a Ícaro, se le deshagan las alas y recaiga en el abismo?”

Desde luego, es imprescindible precisar que quien así opinaba era un hombre zarandeado por la adversidad, un exiliado que, al decir de Parra Pérez, había sido “vencido por los españoles, expulsado de su patria por la insubordinación y la discordia, paupérrimo después de haber sido millonario, hasta el punto de verse injuriado por su criada ‘maldiciente, perversa y habladora’, a quien no paga los gastos extraordinarios ‘porque no tengo un maravedí’ ”.2

Sus opiniones estaban, pues, inevitablemente influidas por las duras circunstancias del momento, salvo su profunda convicción republicana, que Bolívar expuso detalladamente en la misma “Carta de Jamaica”. En tal documento, al juzgar comparativamente los sistemas monárquico y republicano, optó claramente por el segundo, diciendo:

“No soy de la opinión de (establecer) monarquías americanas. He aquí mis razones: el interés bien entendido de una república se circunscribe en la esfera de su conservación, prosperidad y gloria. No ejerciendo la libertad imperio, porque es precisamente su opuesto, ningún estímulo excita a los republicanos a extender los términos de su nación... Ningún derecho adquieren, ninguna ventaja sacan venciéndolos (a sus vecinos); a menos que los reduzcan a colonias, conquistas o aliados, siguiendo el ejemplo de Roma. Máximas y ejemplos tales, están en oposición directa con los principios de justicia de los sistemas republicanos. (...) Muy contraria es la política de un rey, cuya inclinación constante se dirige al aumento de sus posesiones, riquezas y facultades: con razón, porque su autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con respecto a sus vecinos como a sus propios vasallos, que temen en él un poder tan formidable cuanto es su imperio, que se conserva por medio de la guerra y de las conquistas”.

Por todo lo expuesto, llegaba a la conclusión de que “los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos...”

¿De dónde procedía esa profunda convicción republicana del Libertador? ¿En qué fuentes había bebido tan apasionada e irreducible lección de republicanismo? Las respuestas apuntan en un triple sentido: primero, hacia su maestro Simón Rodríguez, hombre de pensamiento totalmente libertario, quien le inculcara el más cabal desprecio por el absolutismo monárquico y en general por toda forma de despotismo o tiranía; segundo, hacia la Gran Logia Americana, fundada por Miranda en Londres, donde Bolívar se iniciara como masón prestando un juramento de primer grado que lo comprometía a “luchar por la independencia y promover la forma republicana de gobierno”; y, tercero, hacia su propia experiencia en Europa, donde palpó de cerca el autoritarismo monárquico y fue impactado negativamente por la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador de los franceses.

Al fin, teorías políticas y experiencias vitales terminaron por amalgamarse para formar en Bolívar un espíritu hondamente republicano, que no lo abandonaría jamás. Fue ese espíritu el que, en la entrevista de Guayaquil, lo hizo rechazar

tajantemente el proyecto monárquico del libertador del sur y Protector del Perú, general José de San Martín, que apuntaba al establecimiento de un Imperio de los Andes bajo el cetro de un príncipe europeo.

Esas mismas convicciones serían puestas otra vez a prueba en el futuro y resistirían con éxito los embates del adulo y la lisonja, que, tanto en el Perú como en Colombia, pretendieron inclinar la voluntad del Libertador hacia su auto coronación como emperador y la instauración de un Imperio Americano.

LA BÚSQUEDA DE UN MODELO DEMOCRÁTICO

A partir de esas concepciones y experiencias fundamentales se iniciaría en Bolívar, hacia 1815, un largo período de reflexión sobre la democracia republicana y sus formas políticas, período que concluiría cuatro años más tarde, el 15 de febrero de 1819, con la exposición de su brillante “Discurso de Angostura”, en el que renunció en manos del congreso la autoridad absoluta que le habían confiado los pueblos y delineó definitivamente sus ideas respecto de la forma de gobierno y del poder público.

Pero a Bolívar no le bastaba el gesto de renunciamiento, con todo lo trascendental que este podía ser, para transmitir al pueblo una cabal lección de civismo democrático. Por ello, al gesto unió la palabra adecuada, el concepto político preciso sobre las relaciones entre gobernantes y gobernados, buscando sentar cátedra en lo concerniente a la necesaria alternabilidad del poder republicano:

“La continuación de la autoridad es un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”.