A N D R E S B E L L OPor: Arturo Uslar Pietri |
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las Academias, el 21 de octubre de 1965.
Presentes están la Academia Venezolana de la Lengua correspondiente de la Real Española, la Academia Nacional de la Historia, la Academia Nacional de Medicina, la Academia de Ciencias Políticas y Sociales y la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, formando cuerpo de suprema personería de la cultura patria, para montar guardia de honor y renovar promesa de continuidad ante el recuerdo venerable del varón insigne, maestro de naciones. Por un acto de ilimitada benevolencia, las ilustres corporaciones me han escogido a mí de entre sus individuos para llevar por ellas la palabra de este acto. Invoco los manes de Andrés para que me asistan y me sostengan en el cumplimiento del honroso encargo que constituye sagrado deber para un intelectual venezolano. No acaba de llegarnos, en toda su inmensa magnitud, la noticia de la muerte de Andrés Bello. No sabemos todavía plenamente lo que con él tuvimos y lo que con él perdimos y, lo que es peor, todo lo que de viviente y válido sigue sin reclamar de su continental herencia de creador, de fundador y de encaminador. Estamos aún frente a él como frente al Orinoco, en desproporcionado asombro de grandeza y en mezquina capacidad de aprovechamiento. Todavía
balbuceamos su nombre y palpamos el vacío que su inmensa ausencia ha
dejado en la vastedad americana, sin saber mucho a lo que estamos
obligados, ni las tareas que nos impone el hecho portentoso de ser
los hijos y poder reclamar la herencia ponderosa de Andrés Bello.
Aún estamos, un poco, como aquella Caracas afligida y temerosa de la
tarde del 24 de noviembre de 1865 cuando, después de atravesar medio
continente en casi cuarenta días de compungida posta de lamentos,
llegó al valle del A Sentía Juan Vicente González que Bello había muerto lejos. No sólo en la lenta distancia de las millas náuticas de los veleros del Pacífico, al otro lado de la cordillera ingente, en la lueñe y generosa Santiago de los chilenos, tan distinta y tan distante de la otra Santiago natal, sino lejos de la hora y del drama de aquella Venezuela dividida, desangrada y arruinada que se recogía a rumiar pasiones y rencores insaciables, al abrigo de las viejas casonas incendiadas, ante el panorama de un porvenir de amenazas y de incertidumbres. Había salido cincuenta y cinco años antes del valle risueño "donde emboza su doble cima el Ávila entre nubes", en la madurez de la treintena, mirado por contemporáneos y mayores, casi desde la adolescencia, como el más culto, el más universal, el más penetrante de los venezolanos de su día. Iba con la misión auroral de anunciar y recabar para la Independencia recién nacida el respeto y la benevolencia de la Inglaterra señora de océanos, fundadora de parlamentos y maestra de poetas. A su lado bullía el temperamento visionario y piafante de Simón Bolívar. Es simbólico y al mismo tiempo asombroso que en el momento mismo en que la pobre y despoblada Capitanía General quiere asumir la plenitud del rango de nación independiente y anunciar a la humanidad su presencia, escoja y delegue para representarla a los dos hombres que con más altos e indiscutibles títulos podían asumir la personería histórica del Nuevo Mundo: Bolívar y Bello. No había de volver. Fueron los veinte años de Londres, los treinta y cinco de Chile, el medio siglo largo de empeñosa y creadora existencia, en el que, en toda la variada extensión de las Humanidades señaló la presencia nueva y marcó los rumbos de la comunidad cultural y del destino propio de los pueblos hispánicos de América. Tal vez, como diría Juan Vicente González, acongojado y enardecido: "Salvóse el Néstor de las letras de la gloria del martirio"; acaso Chile pudo ofrecerle la paz, el respeto y el ambiente que su propia tierra agitada no podía brindarle, para que realizase a plenitud y sin trabas la enorme obra de creación y enseñanza, que ante el presente doloroso podía echar las bases de un futuro de laboriosa y segura grandeza. En su bufete de Chile, en su cátedra, en su poesía, en su prosa, en su palabra estaba haciendo una América, una Venezuela, un Chile, un México, más perdurables y grandes que los que los demagogos y los guerrilleros pretendían alcanzar en la dolorosa algarabía de sus revueltas y asaltos. La corbeta británica que zarpó de La Guaira en junio de 1810 llevaba mucho más que los encargados de gestionar los asuntos de la Junta recién instalada ante la Corte de Saint James. Llevaba, sin que nadie pudiera adivinarlo, la máxima representación histórica de la América Hispana ante el universo y ante la posteridad. Durante tres siglos de silenciosa confrontación, encuentro y trabajo,
se creó un Nuevo Mundo en las vastedades del continente americano. Surgió una sociedad, una cultura,
una conciencia que ya no era ni podía ser la de los españoles que habían venido a la aventura
de la conquista, ni la de los indios aislados y prisioneros de sus hieráticos y sangrientos despotismos,
ni la que los negros encadenados y humillados habían dejado en las selvas de África. Un mundo que
Ese nuevo ser, hijo y hacedor de ese Nuevo Mundo, empieza a tener conciencia de su individualidad cuando el siglo xviii concluye entre tertulias de conspiradores, libros secretos y herejías políticas y religiosas. Adivina y siente que es distinto y que ha de tener un destino propio. Están en el ambiente de cada día los temas que van a ser formulados y las tareas creadoras que habrán de realizar para no seguir siendo meros establecimientos dependientes y pasivos. Sienten ya que son como "un pequeño género humano" aunque no hayan tenido todavía quien lo haya expresado, saben que son "viejos en los usos de la sociedad civil" pero que les falta la experiencia del Gobierno propio, comprenden que ya es llegada la hora de ensayar con más libertad y osadía los instrumentos de creación cultural y de hacer en las comunidades de América y para ellas, lo que un Virgilio hizo para los antiguos romanos. Ha llegado la hora de atreverse a invitar a la Poesía a abandonar a la vetusta Europa para venir a las playas americanas "a otro cielo, a otro mundo, a otras gentes". Lo que estaba planteado como ingente tarea de historia viva era darle independencia política al Nuevo Mundo, para que pudiera crear sus instituciones libres, incorporarse a la obra universal de la creación de una humanidad mejor y dar al espíritu, al arte y a las ciencias el aporte insustituible del pensamiento y la sensibilidad del ser americano. Para esa inmensa empresa de creación de todo un mundo, la olvidada y pobre Venezuela de 1810 delega y presenta a los dos grandes hombres que estaban llamados a emprenderla y adelantarla en grado heroico y definitivo: Bolívar y Bello. Había que mover el pueblo de las Américas para el logro desesperado de la Independencia, había que ganar los combates en páramos, esteros y selvas, había que crear los nuevos Estados y sus instituciones, había que darle un proyecto, un destino y un sentido a la revolución, había que hacer libre, ilustrada y soberana la patria de los americanos. Esa fue la empresa de Bolívar: la acción dirigida por el pensamiento, hacia la creación en el ámbito del Imperio Español de una comunidad civilizada, independiente y poderosa de naciones que pudieran ser "la esperanza del Universo". Pero había también, y no en menor grado de necesidad vital, que salvar y labrar el patrimonio cultural recibido del pasado, incorporar las nuevas naciones no sólo a la dignidad de la soberanía, sino a la labor de la continuidad creadora de la civilización, tomar parte ilustrada en el quehacer humano del presente y el futuro y alzar "ante el atónito Occidente" en las ciencias, las artes y las letras, las credenciales al reconocimiento de igualdad de las nuevas patrias. Esa fue la empresa de Andrés Bello: la del pensamiento dirigido a la acción de continuar las tareas superiores de la civilización en la América Hispana. A ese trabajo ciclópeo consagra Bello sus laboriosos e iluminados días. Hay que poner en el presente de la creación y de la historia a los pueblos americanos, incorporarlos a la maravillosa tarea de la forja del porvenir de los hombres, revelarles el sentido y las vías del porvenir, hacerlos cultos y sabios para que puedan ser libres y respetados. Del pueblo de los muertos tenía el sentido activo de la manda y el legado. En la apacible Caracas de su juventud se había asomado con avidez a recoger la flor de la cultura a la vez barroca y neoclásica de las Indias de Carlos IV En el hogar le había formado el oído a la melodía recatada de la música religiosa, la flauta asordinada de Bartolomé Bello, su padre. Había penetrado, con asombrada curiosidad de niño, al taller afanado del maestro Juan Pedro López, su abuelo materno, pintor, escultor y dorador que puso en el lienzo larga familia de Inmaculadas, Arcángeles y Santos extáticos, salidos de la larga y venerable tradición de los imagineros españoles, pero tocados por el calor y por la sensibilidad del artista criollo. Alguna vez debió sonreír complacido al reconocer en algún querubín de Nuestra Señora o de la Santísima Trinidad sus propias facciones infantiles, puestas, como maravilloso juguete de regalo, por su abuelo en el suntuoso escenario de los misterios teológicos. Había leído a Calderón, a Lope, a Garcilaso. Se hizo al latín en la églogas de Virgilio. Pudo leer pronto las gacetas inglesas y francesas llenas de las increíbles novedades del siglo de las revoluciones que comenzaba. A los dieciocho años había acompañado por las calles y por los campos de Caracas a Alejandro de Humboldt. Allí le fue revelado el sentido de la unidad de la vida natural, cómo los animales, las plantas, la tierra y los climas están indisolublemente unidos en una profunda y poderosa armonía y, acaso también los nuevos rumbos que en su Alemania natal y en Francia tomaban los estudios filológicos, cómo la literatura y las artes se estaban convirtiendo en una parte de la historia, cómo la vida estaba en las letras más allá de las normas y cómo empezaba a agitar a Europa el grito fáustico de la plenitud del ser en la pasión y en la libertad. En los años de Londres su actividad estudiosa se divide en dos vías paralelas: ponerse al tanto de las novedades científicas y literarias del momento y aprovechar los invalorables repositorios del Museo Británico para ahondar en el pasado del alma hispánica y del mundo occidental. Lee o traduce las tormentosas novedades de Byron, las obras de Bentham y de Mill y estudia el Poema del Cid, la Crónica de Turpin, las Rimas de San Columbano y el inagotable tesoro de lengua, historia y cultura de Las Siete Partidas. Pero no es esta una solitaria pasión de erudito; no tuvo nunca Bello el narcisismo del saber, sino un empeño tenaz de reunir ciencia y conocimiento para decirle a los pueblos hispanoamericanos de dónde venían, con cuáles recursos contaban y el panorama del mundo en que les tocaba afirmarse y actuar. Se ha encomendado la inmensa e irrenunciable carga de adoctrinar y encaminar a sus "hermanos, los habitantes de Hispanoamérica". Aprende para enseñar y para servir. No hay un momento de egoísta devaneo o de complacida despreocupación en toda su larga obra. Basta hojear aquellas publicaciones que inicia en Londres, la Biblioteca Americana y el Repertorio Americano, para percatarse del propósito de servir a la ilustración de los hispanoamericanos. Todo lo que allí se publica lleva una finalidad aleccionadora y ejemplar. Piensa que la América de lengua española tiene que afirmarse en una literatura propia que no sea imitación de ninguna otra. Es la misma preocupación que manifestará veinte años más tarde en Chile cuando exclama con patética convicción: "...o es falso que la literatura es el reflejo de la vida de un pueblo, o es preciso admitir que cada pueblo de los que no están sumidos en la barbarie es llamado a reflejarse en una literatura propia y a estampar en ella sus formas". Es entonces cuando concibe la idea de un vasto poema capital que, bajo el título de América fuera como el pórtico triunfal de la literatura de las nuevas naciones. Allí estaría la descripción de la tierra y de la naturaleza, de la vida y las labores del criollo, de las ciudades y los campos, de las gloriosas luchas por la independencia, del pasado indígena y colonial y de las fecundas y pacíficas tareas del porvenir. Piensa que Roma accedió a la plenitud de su ser en el mundo antiguo no sólo por el esfuerzo de los soldados, de los legisladores y de los labradores, sino por la obra de Virgilio. Mientras Roma no tuviera voz que alzar frente a la de Homero, estaba incompleta y muda. Fueron la Eneida, las Bucólicas y las Geórgicas las que le revelaron su propia identidad y le señalaron el camino de la grandeza y de la plenitud de la tarea histórica. Era necesario que viniera Virgilio a anunciar: "Tu regere imperio populos" para que Roma adquiriera no sólo el sentido de su misión, sino la seguridad de pervivir más allá de la dispersión y la muerte de las legiones y de la ruina del Capitolio. Sentía que el mundo americano estaba en la tensa espera de su Virgilio. Alcanza a publicar dos largos fragmentos o estados del poema bajo los nombres de Alocución a la poesía y Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida. Entre la niebla del Támesis alza la queda voz cadenciosa que ha de cubrir las vastedades geográficas y sobrepasar los siglos para saludar a la gran misión del porvenir Salve, fecunda zona, Virgilio le había enseñado el destino de Eneas, que consistió en llevar hacia la ribera de otro mundo las reliquias paternas para resucitar el imperio de Troya. Era esa también la hazaña que le estaba asignada a Bello. Traer al nuevo tiempo del mundo americano las fabulosas reliquias del pasado para comenzar una nueva historia. Todo el pasado era la herencia de nuestros padres y nos pertenecía, no para gozarlo perezosa y estérilmente, sino para emplearlo sin tregua en la empresa de hacer el porvenir. Bello sabe que "todos los pueblos han trabajado para nosotros", pero que la obra del porvenir no puede surgir sino de nuestro trabajo y nuestra inteligencia. No es por azar que en aquel tiempo, en que el neoclasicismo había enseñado a mirar con tanto desdén la poesía de la Edad Media, Bello dedica largos años de paciente y erudita labor a estudiar, interpretar y reconstruir el Poema del Cid. Estaba allí la raíz del alma colectiva que continuaba su historia ahora en tierra americana. Ruy Díaz y Alvar Fáñez estaban ganando la tierra. Ganar la tierra para un espíritu y para un destino era la empresa del Nuevo Mundo. El Campeador se había ido lejos de Castilla para completarla y hacerla mejor, y lejos del terrón nativo Bello buscaba y allegaba los testimonios irrecusables del ser histórico que seguía su camino, en otras circunstancias y con otros actores, en tierra americana. A ratos debió sentir la alegría del encuentro en la profundidad con lo raigalmente propio y decir a la soledad silenciosa, mudo anticipo de la posteridad que lo aguardaba: "Albrizias, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra". Ese ganar la tierra para el espíritu, para la cultura y para la misión histórica del Nuevo Mundo es la empresa de Bello. A ella se entrega de manera tenaz y luminosa en la Caracas del alba, en el Londres de la madurez, en el Chile de la realización. Cuando escribe poesía se propone abrir el camino de una poesía americana; cuando formula principios filosóficos piensa en los conceptos que más pueden convenir a la afirmación de un pueblo joven; cuando se acerca a las ciencias solicita las aplicaciones prácticas que puedan favorecer el progreso de los nuevos países. Su erudición jurídica no es la del ahogado ni la del glosador, sino la del fundador de las instituciones más adecuadas para asegurar la paz, la libertad y la justicia en una sociedad heterogénea y nueva. No pertenece a la familia de los Paulos y los Papinianos, sino a la otra formadora y fundadora de los Solones y Licurgos. Su Código Civil es piedra ciclópea para la fundación de una conciencia nacional. En el libro, en la cátedra, en el poema, en el discurso parlamentario, no formula palabra que no sea de servicio para las nuevas nacionalidades. Aun en aquella parte de su obra que más pudiera parecer inspirada en el gusto personal y en el propio placer estético, como es la constituida por sus admirables traducciones, es posible ver el propósito de enseñar y encaminar a sus hermanos. Traduce lo que puede ser ejemplo y enseñanza para los poetas que han de venir, les propone, en esa forma, temas y modelos para acicatear la voluntad creadora y les ofrece el conocimiento de lo más nuevo de la poesía de su hora junto con los grandes testimonios del pasado. Traduce a Byron, a Victor Hugo y a Lamartine para abrir los ojos mal despiertos de los criollos a la gran novedad del romanticismo. El desbordado lujo fantasioso de Sardanápalo para mostrarles la libre abundancia del sentimiento y del colorido, y Los Duendes para sorprenderlos con las audacias estróficas y métricas de la revolución literaria. En ciertos momentos, el trasplante parece injerto, para hacer más viva y fecunda la incorporación de la nueva poesía, como en La Oración por Todos, donde la campiña francesa de Hugo y los campanarios góticos de las aldeas normandas se transforman en torreón de trapiche, en camino de chirriantes, carretas y arrieros y en atardecido campo de caña, café y bucares. Pero también traduce a Tasso, a Boyardo y a Petrarca, para que la acordada música y la educación cortesana del Renacimiento, sus mitologías y su visión del hombre, puedan llegar hasta los estudiantes de las Regias y Pontificias Universidades y Colegios del continente nuevo. No deja de traducir a Delille, no porque su gusto le engañe en cuanto a su muy relativo valor poético, sino porque piensa que una poesía descriptiva de la naturaleza, cargada de intenciones pedagógicas, ha de ser una de las primeras pruebas de la literatura criolla. Y, por supuesto, no olvida, no puede olvidar, no ha de olvidar nunca a Horacio y a Virgilio, maestros de severidad y mesura para sesenta generaciones de poetas. Bello es esencialmente y en el más alto sentido de la palabra, un educador. Se propone enseñar y encaminar hacia una civilización propia y activa a los pueblos hispánicos de América. Su aula es un continente y su tema son las creaciones de la vida y del porvenir Hay que lograr incorporar plenamente a sus hermanos a la viviente empresa de la creación de la cultura para todos los hombres. En el cimero momento de la instalación de la Universidad de Chile, en 1843, aureolada la frente por el resplandor del talento y de la bondad, dice para todo el siglo lo que debe ser nuestra Universidad. Quiere una casa laboriosa, esperanzada y abierta a la libertad del pensamiento, que trabaje para aumentar el caudal común de los conocimientos, que enseñe, que ilumine, que forje y que tenga como fin supremo el servicio de las nuevas sociedades: "Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un centro: la patria". Mira a la Universidad como el grande e insustituible centro del espíritu, del progreso y de las luces para las recién independizadas naciones. Una Universidad no pasiva y repitiente, sino activa y creadora, sabedora del pasado, pero vuelta con todo el poder de la energía y de sus luces hacia el presente y el porvenir. Todo esto es la gloria apostólica de Bello, del varón dador y dispensador, del otro Andrés que salió de Caracas, como también salió el otro Simón, a encaminar, conducir y enseñar a los pueblos. Junto con la vastedad sobrecoge la unidad del propósito de su inmensa obra. Cualquiera de sus partes daría gloria al filólogo, al poeta, al jurista, al filósofo, al historiador, al pedagogo. Todas ellas juntas hacen el increíble caudal del insigne caraqueño. Pero, acaso, sobre todas estas facetas extraordinarias haya una que estuvo más en el meollo de su alma y de su obra, que fue su devoción por la lengua que nos hizo y que hacemos. Si miramos la rica y varia extensión de los diez siglos de la lengua castellana, hallaremos dos momentos cruciales cargados de destino. El bajo latín corrompido de un pequeño reino peninsular, habla de mercado, de campamento y de feligresía, similar a las otras hablas que en reinos y condados medievales se fue formando por estancamiento y descomposición, como restos de agua de inundación retenidos en navas y valles, va a llegar a convertirse en el lenguaje de un Estado universal. En agosto de 1492, pocos meses después de la rendición de Granada y al tiempo en que se hallaban en el océano las tres carabelas en el viaje del descubrimiento, publica Antonio de Nebrija su Gramática de la Lengua Castellana. El insigne humanista del Renacimiento intuye, con su fino sentido hecho a la historia clásica, que va a comenzar un nuevo tiempo y que el reino peninsular está llamado a convertirse en una nueva Roma con las más remotas y extrañas provincias. Hace esa primera Gramática de una lengua vulgar, porque sabe que "siempre la lengua fue compañera del imperio", a fin de que lo que "agora y de aquí en adelante en él se escriviere pueda quedar en un tenor y estenderse por toda la duración de los tiempos". El glorioso humanista, con su gesto, fija para la historia por venir la lengua, sin la cual no hubiera podido haber unidad cultural y hace del castellano el latín del nuevo imperio. La ruptura y desmembración del imperio español en América hace surgir otro momento preñado de inmensas consecuencias. Andrés Bello, el más grande humanista hispánico de su hora, advierte el sentido y el riesgo del tiempo como Nebrija lo hizo en el suyo. Hay el peligro cierto de que los nuevos países, separados y aislados, caigan en la corrupción y partición de la lengua y pierdan ese medio providencial de cultura común y de comunicación. La Gramática de Bello es la respuesta cabal y extraordinaria al grave signo de la hora. Ese monumento insigne de sabiduría y sentido histórico que es todavía, pese al siglo largo corrido desde su publicación, la mejor gramática de nuestra lengua, es la hercúlea empresa del caraqueño para salvar la unidad del idioma. No es Bello un purista, sino un atrevido y genial innovador. Busca en el espíritu de la lengua su propia naturaleza y define el buen hablar no como la imitación servil de reglas académicas o de maneras de otras regiones, sino como "el uso general de la gente, educada". Piensa, con increíble modernidad, que los hombres hacen el idioma y que por un sostenido esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad es perfectamente posible evitar que se repita entre nosotros "la tenebrosa época de la corrupción del latín". Lo que se propone es asegurar para la dilatada posteridad de los pueblos hispánicos la totalidad del mutuo comercio y de la mutua historia, darles la posesión sin trabas de todo el espacio geográfico desde Aragón hasta la Patagonia y todo el ámbito histórico desde la Crónica General de Alfonso el Sabio hasta los diarios noticiosos de hoy, con una sola y misma lengua, la lengua viviente, propia y creadora de americanos y de españoles. De ese tamaño es la significación y la empresa del hombre que murió en Santiago de Chile hace cien años. Podríamos tener los venezolanos un Orinoco más grande que el Orinoco, unos Andes más grandes que los Andes, más costas, más selvas, más tierras, más oro, hierro y petróleo en el subsuelo, más habitantes, pero con sólo eso no seríamos una nación con verdadero rango histórico. Porque además de todo eso y para darle sentido a todo eso, tuvimos a Bolívar y a Bello, entre una pléyade de excepcionales hombres, somos una gran nación histórica. Es la noche del 14 al 15 de octubre. Ante la angustiada vigilia de la familia y los amigos, en la alcoba de su casa de Chile, Andrés Bello agoniza. Parece que de un momento a otro va a terminar aquella larga vida de servicio y de creación. El noble rostro demacrado está sereno, los ojos semicerrados parecen perdidos en visiones y a ratos se le oye murmurar entrecortadamente algunas frases. En el febril delirio pasan las imágenes de su fatigosa jornada: la pequeña Caracas perdida de su madre y sus hermanos, el Samán de La Trinidad, las galerías del Museo Británico, las cuestas de maíz y los valles de caña y de cacao, las altas palmeras, la giba azul del Ávila y las horas serenas de hacer y de fundar en aquel "suelo de libertad y de paz" que le brindó Chile al adoptarlo como hijo. Murmura, y los que se inclinan reverentes para tratar de oírlo, advierten con emoción que dice versos de Virgilio. En cadencioso latín, los versos del encuentro de Eneas con Dido. Acaso sin buscarlo advertía la semejanza de sus destinos. No pudo Eneas entregarse al encanto amoroso de Dido porque la imperiosa empresa de fundar un pueblo lo llamaba. No pudo Bello, tampoco, abandonarse al encanto de las letras y de la erudición, porque lo reclamaba la tarea creadora del Nuevo Mundo. Un Nuevo Mundo de paz, de ley, de civilización, de virtudes, presidido por la sabiduría y el trabajo: Así tendrán en vos perpetuamente Allí están todos los que lo quieren, los que lo necesitan, los que no pueden renunciar a él. Hijos, parientes, discípulos. Esperando que siga con ellos. Allí está la posteridad. Allí estamos nosotros, en tensa espera de promesas y de temores. No lo dejemos morir. Por: Arturo Uslar Pietri. |
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