Señoras
y Señores:
El principio
del fin monárquico para muchos países de América fue el juramento a las
grandes y hasta ahora muchas de ellas inéditas decisiones:
“Juro delante
de Ud., -- le dice el joven Bolívar a su maestro Simón Rodríguez — juro
por el Dios de mis padres; juro por ellos, juro por mi honor, y juro por
la Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta
que no haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder
español”.
Pero la América
toda —Norte, Centro y Sur — por ese impulso vital de las necesidades
impostergables de transformaciones propias de los pueblos sojuzgados,
avasallados 300 años, busca la luz de la libertad sin haber alcanzado
tampoco la madurez que lleva a las naciones por los caminos conscientes de
los esfuerzos y sacrificios requeridos por las sociedades necesariamente
maduras. Son esta clase de conglomerado humano la que con el sacrificio
lleva invívita la dirección que ha de tomar el grupo dirigente, lo
suficientemente diestro para arribar a posiciones de éxito; situación que
no podría tener ninguna nación americana; quedando pequeños núcleos
aztecas, mayas, incas y chibchas, sobrevivientes del exterminio europeo de
los siglos XVI, XVII y XVIII, con el respectivo saqueo respaldado o
tolerado por los grandes imperios europeos empeñados en lograr fieramente
las tierras y riquezas americanas, con el forzado trabajo, de sus antiguos
dueños.
Ni México ni
Perú —las dos más poderosas colonias continentales—podían haber conservado
y menos adelantar en la preparación de clase dirigente alguna, pues las
órdenes venían de España o de otros imperios para su mera aplicación en la
América; subsistiendo esta modalidad hasta el primer tercio del siglo
XVIII, fueron precisamente objeto de escarnio de los pueblos que
atravesaron el Atlántico.
Desaparecieron,
pues, las más connotadas culturas americanas con las triples invectivas
político-económicas, sociales y también religiosas; invectivas culminadas
por atroces atropellos. Tales fueron las barbaridades generalizadas que en
el virreinato peruano calcúlase una población inicial del oleaje invasor
del siglo XVI en 10 o 12 millones de seres humanos en prosperidad,
reducidos —no aumentados como debiera ser— a la cantidad de un millón
doscientos mil seres vivos, lo que simultáneamente significa un gravísimo
fenómeno de empobrecimiento general: sino también un descomunal esfuerzo
para los seres sobrevivientes de la hecatombe y —por cierto también-- para
las nuevas generaciones agobiadas por la labor productiva, en especial la
que debe cumplirse diariamente y de por vida en los socavones mineros,
cuya extirpación o mejoramiento humano clamó Tupa Amaro, y que fue una de
las más enérgicas protestas de quien era probadamente descendiente de los
incas.
Esta
introducción era necesaria recordarla en este ilustre escenario, al que
auguramos sea potente luz que ilumine a los pueblos que lo han creado, los
que deben mantenerse alertas contra vientos huracanados —si no en
contra—sí para minimizar su rol protagónico de la más excelsa y urgente
necesidad de mejor vida deseada y prevista.
Es, pues de
admirar que en estas condiciones deprimentes para la América —sobre todo
para la del Sur—haya surgido una personalidad genial como ninguna otra
hasta el presente, que es en verdad El genio de América, Simón Bolívar,
faro orientador, seguro, humano y grandioso.
Rogamos al
distinguido auditorio que se permita al orador brevísima digresión, que se
encontrará justificada: en el Perú, cargado de cadenas, aparecen en 1748
un predecesor de Bolívar, que es don Juan Pablo Viscardo y Guzmán,
celebrado autor de la célebre Carta a los Españoles Americanos”, publicada
en Londres —aunque con pie de imprenta de Nueva York, para evitar
persecuciones personales y la consiguiente fogata de papeles enérgicos de
la historia-- Es uno de los semidesconocidos defensores de la
Independencia y aun de la integración de todo el Continente, que va del
polo norte a las cercanías de la Antártida; y que con su hermano Josef
Anselmo peregrinaron por Europa, terminando sus existencias por terrible
hambre que no pudieron saciar! Partían heroicamente del principio
humanitario y también político de que “La América es una sola grande
familia de hermanos”. Así lo afirmaban en 1791 cuando escriben en Francia
y en francés su celebre Carta a los Españoles Americanos.
Bolívar se
estrena como gran figura intelectual de amplísimo espectro y acciona
consiguientemente como sociólogo, político, filósofo, estratega,
economista y estadista, con su famosa ‘Carta de Jamaica” (1815), con
apenas 32 años de edad y ya con el grado máximo militar de capitán general
de Nueva Granada.
Ahora bien, el
concepto “bolivarismo” es la admiración que se exterioriza hacia la obra y
el pensamiento de Simón Bolívar, según postula Enrique D. Tovar. Pero,
como también hay una segunda y mejor acepción, que dice que es la
“Doctrina de política internacional que preconiza la unión de las
repúblicas latinoamericanas, como un medio de afianzar la independencia y
desterrar cualquier pretensión extranjera que pueda lesionarla”(l) Se le
ha opuesto el “monroísmo”(2), pero Bolívar va más lejos con objetiva
realidad, pues tiene una posición diferente y radical al respecto, cuando
dice: “Los americanos del norte y los de Haití, por solo ser extranjeros,
tienen el carácter de heterogéneos para nosotros. Por lo mismo jamás seré
de opinión de que los consideremos para nuestros arreglos americanos (3).
Y agregaba “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para
plagar la América de miserias a nombre de la libertad”.
No olvidemos ni
separemos los dos grandes conceptos, que son secuenciales: la
Independencia y la Integración. El primero es imposible de subsistir sin
la garantía, que es el segundo.
Y un egregio
peruano corno don Francisco García Calderón hijo, reforzando los dichos
del Genio de América nos dice que “Bolívar es el más grande de los
Libertadores:
Es el
Libertador” ¡Hay entonces que seguir los dictados del gran Venezolano!