Apuntes sobre la historia de
ECUADOR

Tomado de: Revista Diners No. 226 - marzo 2001

(I) ¿Qué nos une a los ecuatorianos?

La historia da algunas claves.

¿El Ecuador está condenado a la desaparición, después de haber fallado en todos sus intentos integradores a lo largo de ciento setenta años de vida independiente, o, por el contrario, ha superado ya tantos episodios de fractura y separación que su destino histórico como unidad política está para siempre por encima de todo riesgo? Más concretamente: ¿las autonomías provinciales son el toque de clarín para secesiones e independencias o, más bien, son el heraldo que llega con las buenas nuevas de un país descentralizado en su administración y armónico en su progreso?

La Nariz del Diablo, en la Provincia de Bolívar, lugar emblemático del ferrocarril que une la Costa y la Sierra.

Buenas preguntas, sin duda, pero lamentablemente nadie tiene todavía las respuestas. Sólo Dios las tiene, y las guarda en el futuro. Lo que está claro, en el presente, es que si el Ecuador se guiara por las proclamas de los autonomistas más duros, lo lógico sería que se lanzara de inmediato a un proceso rápido, resuelto y sin regreso de descentralización, hasta quebrar el sistema de decisiones y asignaciones centralizadas, dividiéndolas de urgencia entre las provincias, para que cada una sepa hacer con ellas lo que más convenga, interese y sirva a sus habitantes.

Pero si el Ecuador se guiara por las admoniciones de los centralistas más terminantes, lo obvio sería que detuviera en el acto, sin correr más riesgos, un proceso de autonomías cuyo resultado final podría ser la ruptura total, a corto plazo, del Estado Ecuatoriano, una posición impensable y torpe en la época de la economía de mercado y de la producción en escala, cuando todo el planeta tiende a integrarse, a tumbar fronteras y a cerrar aduanas. ¿Quiénes tienen la razón? ¿Qué intereses, nobles o perversos, se agazapan en cada trinchera? ¿Quiénes, en definitiva, prevalecerán?
Una vez más: nadie tiene todavía las respuestas. Pero, por ventura, la historia tiene algunas claves que darle a este Ecuador desgarrado por una división regional que no es nueva, por cierto, ni es necesariamente destructiva, pero que ahora está llevando al país a una hora crucial de decisiones difíciles, en que la sabiduría de gobernantes y gobernados será puesta a prueba con exigencias máximas. ¿Acertaremos, al fin? ¿Nos equivocaremos, una vez más?

Tres historiadores, con todo el rigor de su investigación seria y de su reflexión cuidadosa, aportan aquí, a continuación, algunas claves para comprender cómo la división regional influyó en tres episodios culminantes de la vida de este país: su independencia, la gran crisis de 1859-1860 y la revolución liberal. Cómo esa división regional influirá en el momento culminante que ahora se aproxima, con velocidad de vértigo, todavía nadie lo sabe. Paciencia. Pero, desde luego, el futuro se bosqueja con lo que va dejando el pasado. Dejemos, pues, que hable la historia.
(J.O.)

(II)  La Independencia: el gran momento de la unidad

Por Juan J. Paz y Miño Cepeda, Historiador

El proceso de independencia del actual Ecuador no fue un fenómeno aislado, de naturaleza estrictamente interna. Se produjo en la época de las llamadas "revoluciones burguesas", cuyas máximas expresiones fueron la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (1776) y, ante todo, la Revolución Francesa (1789), ambas, a su vez, producidas en el contexto de la primera revolución industrial, que encumbró el poder político de la burguesía, como nueva clase dominante del sistema capitalista. Sin embargo, las revoluciones de independencia en América Latina no fueron revoluciones burguesas, sino criollas. Pero en ellas tuvo indudable influjo el pensamiento ilustrado y revolucionario de las burguesías europeas. La independencia del Ecuador se inscribió en el proceso independentista de todas las colonias españolas del continente americano, que ocurrió cuando se creó una coyuntura favorable a consecuencia de las reformas introducidas por los Borbones, las perspectivas del libre comercio y, sobre todo, la invasión de Napoleón a España (1808).

Matanza de los patriotas en los calabozos del Cuartel Real, en Quito, el 2 de agosto de 1810. Estas figuras de cera pueden observarse en el lugar del suceso.

Revolución de los criollos

Únicamente en Haití y en México la independencia tuvo un carácter eminentemente popular. El proceso haitiano (1790-1804), el primero en alcanzar la liberación en la región latinoamericana, movilizó a la población negra esclava. En México (1810), fueron los indios, campesinos y mestizos los que se movilizaron tras el liderazgo inicial de los curas Hidalgo y Morelos. En Bolivia, los primeros pronunciamientos autonomistas (1809) de Chuquisaca y La Paz, anteriores al de Quito, fueron encabezados por los criollos medios. Pero, finalmente, el proceso independista hispanoamericano se caracterizó por la dirección política de los criollos altos, capa social que adquirió conciencia de sus intereses y aspiraciones durante el último siglo colonial, cuando consolidó su hegemonía en el poder de las tierras, las minas y el comercio. En el momento decisivo, la independencia expresó, en definitiva, la confrontación de los criollos (poder económico) con las autoridades españolas (poder político) por el control del Estado. Las otras capas sociales coloniales y especialmente los indios, se subordinaron a la movilización impuesta por las elites en conflicto.

En 15 años de confrontaciones políticas y de guerra civil (1809-1824), los criollos lograron la independencia de la América antes española y fundaron las nuevas repúblicas. En la fase de inicio del proceso, los criollos hicieron movimientos "fidelistas", es decir, se pronunciaron a favor de los derechos del destronado Rey Fernando VII, pero en contra del "mal gobierno" de los virreinatos y audiencias. Les bastaba obtener la autonomía político-administrativa, sin necesidad de romper con la corona legítima de España. La reacción de las autoridades y la represión contra los líderes criollos, muchos de los cuales fueron encarcelados y hasta fusilados, definieron la posición final de los americanos por la independencia total de las colonias, alentada, además, por Inglaterra y Francia, potencias enemigas de España.
La "revolución de los marqueses" de Quito

El 10 de agosto de 1809, un grupo de criollos pertenecientes a la aristocracia de Quito, varios de ellos discípulos de Eugenio Espejo y filosóficamente identificados con la ilustración católica, desconocieron a las autoridades de la Audiencia de Quito y constituyeron una Junta Soberana, defensora de los derechos de "nuestro amado Rey Fernando Séptimo". Ese fidelismo fue idéntico al de similares Juntas instaladas en 1810 en Caracas, Bogotá, Buenos Aires y Santiago de Chile.

Periódico Vengador, No 1, 21 de noviembre de 1810, que circuló durante la Guerra de la Independencia.

Pero el temprano movimiento de Quito fue cercado, sus líderes perseguidos y sus dirigentes encarcelados. El 2 de agosto del siguiente año, un intento por liberarlos fracasó, provocando que la soldadesca del Cuartel Real hiciera una horrorosa matanza de los patriotas. Quito perdió a un valioso núcleo intelectual, que podría haber contado para la organización del nuevo Estado.

Precisamente por ese trágico fin, la Revolución de Quito despertó el espíritu revolucionario. En 1812 se reunieron los autodenominados "Diputados de las Provincias libres" que forman "el Pueblo Soberano del Estado de Quito" y decidieron: "darse una nueva forma de Gobierno", reasumir la soberanía, realizar un pacto solemne y dictar la "Constitución de este Estado" (1812), que fue la primera carta política con sentido de autonomía gubernamental, a pesar de la proclama de fidelidad que todavía hizo. Pero tampoco hubo éxito, pues restaurada la monarquía, España impuso una feroz represión en las colonias, que controló cualquier intento subversivo en la Audiencia de Quito.

La guerra y la libertad

Sobre la propaganda, el flujo de ideas y la labor de próceres, intelectuales y patriotas, el proceso final de la independencia encumbró, inevitablemente, a los caudillos militares y a los soldados, convertidos en "libertadores" por la necesidad de derrotar a las autoridades y milicias españolas. Destacaron militares ilustrados como Simón Bolívar y San Martín, que encabezaron la guerra de independencia de Sudamérica, junto a una generación de jóvenes oficiales patriotas.

En la Audiencia de Quito, la segunda y definitiva fase de la liberación arrancó únicamente cuando el contexto generalizado de lucha continental posibilitó el éxito del pronunciamiento libertario de los patricios y notables criollos de Guayaquil, el 9 de octubre de 1820. Organizada la liberación del interior andino, gracias al auxilio de las tropas grancolombianas enviadas por Bolívar al mando del General Antonio José de Sucre, la guerra revolucionaria culminó en la Batalla del Pichincha (24/05/1822), con la que alcanzó su independencia total la Audiencia, que enseguida se incorporó a la Magna Colombia fundada por Bolívar, de la cual se separó en 1830 para constituir el Estado del Ecuador, con una organización republicana.

El sentido de unidad nacional

Como en toda Hispanoamérica, si bien el movimiento independista fue dirigido por los criollos y realizado en función de sus intereses, se identificó, al mismo tiempo, con la toma de conciencia sobre las identidades nacionales. En cada región se alimentó el valor de lo propio americano y la capacidad de autonomía para dirigir los propios destinos. A pesar de los vaivenes iniciales y de los altibajos del proceso, la revolución de independencia consiguió, finalmente, la convergencia de las distintas capas sociales bajo el criterio unitario de la ruptura con el régimen colonial y de la soberanía frente a España.

Fue un momento crítico, porque la Independencia implicó la disgregación de un continente, que durante tres siglos había permanecido bajo un mismo gobierno central. Pero fue, al mismo tiempo, un momento de unión y convergencia de voluntades para construir los nuevos países precisamente con el criterio de las identidades nacionales en nacimiento. También fue un momento de solidaridad "internacional", pues comprometió en la causa libertaria a los hombres y mujeres de las más distantes regiones coloniales. Los revolucionarios de la Audiencia de Quito, en los distintos momentos del proceso, lograron afirmar el objetivo común por la libertad y la soberanía de las diversas regiones audienciales. Por todo ello, el proceso de la independencia del Ecuador se ha constituido en un elemento central de la identidad histórica y unitaria del país.

(III) El período de crisis 1859-1860

Por Jorge Núñez Sánchez, Historiador

A los 30 años de haberse fundado, el Ecuador estuvo a punto de desaparecer, devorado por una brutal crisis política, alimentada por las pasiones partidarias y los apetitos regionalistas.

La causa más visible de esa crisis fue la resistencia de las oligarquías regionales de la Sierra a las reformas político-sociales emprendidas por los gobiernos liberales de Urbina y Robles. Estos habían tomado medidas para democratizar la vida política, ampliando la base de participación electoral. (Hasta entonces, con variados pretextos, la ley marginaba del voto a más del 90% de los adultos del país). También decretaron la manumisión de los esclavos y la eliminación del tributo personal de los indios. Y dictaron un nuevo Código Civil, de corte liberal, inspirado en el proyecto de Andrés Bello.

El presidente Gabriel García Moreno, la figura descollante de un período que fue decisivo en el surgimiento de la nacionalidad ecuatoriana. Foto hacia 1875.

Esas medidas fueron claramente favorables a los intereses de la burguesía comercial costeña, pero afectaron a la oligarquía terrateniente de la Sierra.

Urbina y Robles trataron de resolver audazmente otros dos graves problemas nacionales: la falta de ocupación del territorio amazónico y el pago de la deuda externa. Para ello negociaron el convenio Icaza-Pritchett (1857), por el que se entregaba a los acreedores ingleses 2 millones de cuadras en el oriente (Zamora y Canelos) y 620 mil cuadras en la Costa, para que fueran trabajadas por colonos ingleses bajo soberanía ecuatoriana. Y buscaron que los Estados Unidos garantizaran la integridad territorial del Ecuador, mediante el arrendamiento de las Islas Galápagos a ese país, que las codiciaba como base de abastecimiento para su fuerza naval.

Obviamente, el convenio Icaza-Pritchett provocó la protesta del Perú, que reclamaba como suyos los territorios orientales mencionados, y dio pretexto al expansionista gobierno del mariscal Ramón Castilla para preparar una guerra contra el Ecuador. A su vez, el plan de arrendamiento de las Galápagos a los Estados Unidos creó una justa inquietud en los países sudamericanos.
Al interior del país, mostró radical oposición al régimen de Robles el grupo católico-terrateniente de la Sierra, liderado por Gabriel García Moreno, senador por Quito y rector de la Universidad Central. En esas circunstancias, el Perú decretó el bloqueo de los puertos ecuatorianos, y el Congreso del Ecuador, bajo la influencia de García Moreno, negó los poderes extraordinarios que requería el presidente Robles para afrontar la situación de guerra. Luego, mientras se desataba una creciente agitación popular en Quito, hábilmente articulada por la oposición, Robles abandonó la capital, desconociendo al Congreso y fijando su sede de operaciones en Guayaquil.

Juan José Flores, venezolano, fue el primer presidente del Ecuador y, además, tuvo un papel decisivo en la crisis de 1859-1860. Postal hecha sobre un óleo de Villacrés.
En mayo de 1859, los conservadores de Quito se alzaron en armas y formaron un Gobierno Provisorio liderado por García Moreno. Reapareció entonces el fantasma del federalismo: el vicepresidente Jerónimo Carrión formó gobierno propio en Cuenca, apoyado por la oligarquía azuaya, mientras que los terratenientes lojanos, deseosos de liberarse de la tutela cuencana, organizaron el Gobierno Federal de Loja, presidido por Manuel Carrión Pinzano.

Iniciada la guerra civil y derrotado el Gobierno Provisorio de Quito por las fuerzas oficiales que dirigía Urbina, García Moreno fue hasta Lima y se alió con Castilla, en busca de apoyo para derrotar a sus enemigos. Luego regresó al Ecuador en un barco de guerra peruano e incitó al general Guillermo Franco, jefe de la guarnición de Guayaquil, a derrocar a Robles, proclamarse Jefe Supremo de la Costa y firmar un armisticio con Castilla. Robles hizo lo que le pedían, pero fue todavía más allá: entró por su cuenta en tratos territoriales con los peruanos y al fin firmó el inicuo Tratado de Mapasingue (que luego fue rechazado por el mismo congreso peruano, estimándolo abusivo).

Eso indignó a García Moreno, que rompió con sus aliados de ayer y se proclamó líder de la defensa nacional contra los invasores. Se inició, así, su gran momento político. Mientras el país se deshacía en pedazos (había cuatro gobiernos ecuatorianos y una zona de ocupación militar peruana), levantó desde Quito la bandera del patriotismo y concitó un intenso clamor nacionalista a lo largo de todo el territorio ecuatoriano. Así, logró que los gobiernos regionales de Loja y Cuenca lo reconocieran como único líder nacional. Y ante la carencia de un buen jefe militar, llamó a colaborar con él a Juan José Flores, a quien ofreció la Jefatura Suprema del Ejército y el cumplimiento de los pagos acordados en el Convenio de La Virginia.

Flores se puso al frente de las tropas nacionales y, en una brillante maniobra militar, derrotó a las fuerzas de la liga Franco-Castilla y entró en Guayaquil. Guillermo Franco logró huir precipitadamente hacia el Perú, mientras el nuevo gobierno ecuatoriano, presidido por García Moreno, restituía en el puerto la bandera tricolor de Colombia, que había sido reemplazada desde 1845 por la bandera azul y blanco de Guayaquil independiente.
El Jefe Supremo convocó de inmediato a una Convención Nacional, con representantes elegidos por provincias y no por departamentos, la cual en 1861 lo nombró Presidente Constitucional del Ecuador.

La crisis de 1859-1860 reveló cuan débiles eran las bases de sustentación de la nación ecuatoriana, principalmente por la acción de poderosas oligarquías regionales que aún veían al país con ojos coloniales: como un simple territorio resultante de la suma de sus haciendas y poblado por peones indios, esclavos negros y siervos mestizos.

 Foto pedida por una comisión española, que se llamó Comisión Científica del Pacífico y llegó al Ecuador en 1864.

La misma idea de nación no había arraigado en esos grupos feudales, que se sentían extranjeros en su propio país y habían buscado sustituir el colonialismo externo de España por su propio colonialismo interno. Y las ideas republicanas de democracia, igualdad de derechos y servicio público les parecían totalmente extrañas, cuando no peligrosas para esa sociedad racista y excluyente que habían construido para su particular beneficio.

¿Cuánto hemos cambiado desde entonces? ¿Cuánto les importa el Ecuador a las actuales oligarquías, que tienen sus propiedades y sus capitales fuera del país, educan a sus hijos en el exterior y anhelan vivir en el extranjero? ¿Y cuánta conciencia tienen de la crisis los sectores populares, convertidos por el hambre, la ignorancia y la demagogia en masas arrebañadas o simples comparsas electorales? En fin, a la sombra de las autonomías, ¿estaremos otra vez a las puertas de la disolución nacional y de la guerra civil?

(IV) Dimensión regional de la revolución liberal

Por Enrique Ayala Mora, PhD, Historiador

La "invasión" de la Sierra

Era el año 1895. El 5 de junio se había realizado el pronunciamiento de Guayaquil que proclamó la jefatura suprema de Eloy Alfaro, líder del liberalismo radical. En julio y agosto la guerra civil estaba en auge. Alfaro avanzaba desde la costa hacia el interior con un ejército que intentaba imponer la transformación liberal en todo el país. El gobierno conservador de Quito, por su parte, se aprestaba a sofocar la insurrección.

En medio del conflicto, Alfaro le propuso al general Sarasti, jefe del ejército gubernamental, que tratara de "suavizar" los rigores de la guerra. Sarasti contestó que no podía declinar sus obligaciones y añadió, seguro sobre su victoria: "No dudo será del ejército que va a combatir por sus hogares, en una comarca invadida por agresores, a quienes no han inferido el menor agravio los pacíficos, pero valerosos habitantes de la sierra."
El General Eloy Alfaro, que presidió al Ecuador en los años tumultuosos de la gran transformación liberal. Foto hacia 1910.
Al ser calificado de "invasor", Alfaro respondió rechazando el "provincialismo intruso" de su adversario. Declaró que su causa era la de la honra nacional, que no podía ser considerada "más bien costeña que interiorana". Don Eloy reivindicaba la revolución liberal como un hecho de alcance nacional. Así lo fue; pero no cabe duda de que ésta como todas las grandes transformaciones del país tuvo una fuerte dimensión regional.

Durante el siglo XIX, las insurrecciones y las guerras tuvieron una base regional. En 1845, Guayaquil fue el centro de la reacción antifloreana, que cuando triunfó, incluso cambió el tricolor colombiano por la bandera de Guayaquil como símbolo del país. En 1860, en cambio, el poder quiteño con García Moreno a la cabeza, tomó Guayaquil e impuso un nuevo régimen que volvió a adoptar el tricolor. En 1876, la revuelta y la guerra civil vinieron de Guayaquil y la costa. Entonces, Quito fue derrotada y ocupada posteriormente. El 95 se repetía el enfrentamiento político con su carga de tensión regional.

Desde fines de la Colonia se había consolidado una organización económica y política regionalizada. Quito, Guayaquil y Cuenca fueron ejes de esas regiones que por décadas coexistieron en medio de conflictos y acuerdos. La Sierra Centro-Norte y la Sierra Sur, dominadas por el latifundismo tradicional, eran predominantemente conservadoras. En tanto que la Costa, vinculada al comercio internacional, era el centro de la agitación liberal.
El carácter de la revolución

El sostenido incremento de la exportación cacaotera y del comercio de importación, trajo consigo un proceso de acumulación de capital cada vez más significativo, al mismo tiempo que más estrechas vinculaciones con el mercado mundial.
Tren descarrilado cerca de Riobamba, hacia 1926.
Se consolidó así el predominio de los sectores capitalistas dinámicos de la economía nacional y la implantación de lo que se ha dado en llamar el "modelo primario agroexportador", bajo el que se mantuvo la regionalización del país, pero se rearticularon diversas formas de producción, desde las más tradicionales hasta las más modernas, que significaron la ampliación de relaciones de tipo salarial no solo en las ciudades, especialmente en Guayaquil, sino también en algunos espacios rurales.

El auge de las exportaciones cacaoteras provocó la consolidación, al interior de la oligarquía costeña, de una fracción de comerciantes y banqueros, diferenciada de los propietarios rurales. Ese grupo, al que podemos llamar con propiedad burguesía comercial, fue el sector que logró la dirección política con la "transformación" liberal. En el golpe de estado y la Guerra Civil de 1895, sin embargo, aunque el beneficiario político fue la burguesía, los sectores sociales más dinámicos fueron el campesinado costeño, movilizado en las montoneras, los artesanos, especialmente de Guayaquil, y la intelectualidad media liberal divulgadora de las ideas radicales.

Esta fue una etapa de consolidación del Estado Nacional en el Ecuador. Ello supuso, por una parte, un programa orientado a la integración económica de las regiones naturales mediante obras como el Ferrocarril Guayaquil-Quito. Por otra parte, el proyecto liberal trajo también la transformación político-ideológica de mayores proporciones registrada en el país. El Estado recobró el control sobre amplias esferas de la sociedad civil; la regulación del contrato matrimonial, la beneficencia, etc., fueron violentamente arrebatadas de manos clericales y confiadas a una nueva burocracia seglar. Del mismo modo, la Iglesia fue despojada de una buena parte de sus latifundios, mediante la llamada Ley de Manos Muertas.
La revolución liberal significó un gran salto. El predominio político e ideológico de la oligarquía clerical-reaccionaria fue desmontado por la burguesía y sus aliados, cuyos mecanismos de dominación y reproducción ideológica suponían el establecimiento, al menos en principio, de ciertas garantías de libertad de conciencia y de educación. Empero, no puede hablarse de una "transformación frustrada" o de una "traición al credo liberal". La revolución halló sus límites en los de su principal protagonista. Es decir, estuvo determinada por los intereses de la burguesía, que ni necesitaba arremeter contra la estructura latifundista de la Sierra, ni podía abolir el poder regional terrateniente.
 
Inauguración de una estación del ferrocarril, con la presencia de Eloy Alfaro.
Derrotadas, pero no destruidas en su base económica fundamental, las fuerzas del latifundismo cerraron filas alrededor de la Iglesia Católica, afectadas en sus más caros intereses. De este modo, el conflicto político de la época se dio entre el Estado Liberal, que expresaba los intereses de la burguesía y consolidaba su poder gracias al soporte del ejército y grupos medios, y la Iglesia Católica, dirigida por el clero y la vieja aristocracia, respaldados por sectores artesanales organizados.

El General Eloy Alfaro se había vuelto una figura legendaria del movimiento radical. Combatió por años en el campo y en la prensa contra el régimen, hasta que fue nombrado, en su ausencia, Jefe Supremo por el pronunciamiento del 5 de junio de 1895. Como tal dirigió la campaña militar triunfante que instauró el liberalismo en el poder. Conforme las iniciales reformas fueron implantadas, los conflictos con la Iglesia arreciaron. La conspiración conservadora mantuvo en alerta al Gobierno, empeñado en fundar centros de educación laica y construir el ferrocarril. En 1901 se patentizó la división liberal. El General Plaza, elegido Presidente de la República, fue constituyendo su fuerza propia. El alfarismo tenía cierto sesgo popular, tanto que el placismo venía a ser la alternativa oligárquica.

Plaza llevó a cabo las reformas liberales más radicales. Al fin de su gobierno intentó impedir la vuelta de Alfaro, pero el viejo caudillo llegó una vez más al poder, por vía del golpe. En la segunda administración alfarista (1906-1911) se emitió la Constitución de 1906, la Carta Magna liberal, y se concluyó la titánica obra del Ferrocarril Transandino. Luego de dejar el poder en 1911, y de una efímera ausencia en Centroamérica, Alfaro volvió al Ecuador intentando ejercer el arbitraje en una situación conflictiva. Tomado preso luego de una derrota militar, se lo condujo a Quito junto con varios tenientes, en enero de 1912. Allí fueron bárbaramente asesinados y sus cadáveres incinerados por las turbas, agitadas por una oscura alianza de adversarios liberales y derechistas furibundos.

Las transformaciones implantadas por el liberalismo (separación de la Iglesia y el Estado, educación laica, libertades de conciencia y culto, etc.) fueron innovaciones políticas e ideológicas, orientadas a consolidar mecanismos de reproducción del sistema capitalista en ascenso. Con ellas la burguesía comercial aseguró su control del Estado, garantizando condiciones favorables a la integración de los mercados internos y a la vinculación cada vez más estrecha con el capital monopólico internacional. Con ello se acentuaba la situación dependiente del país respecto al imperialismo. Creadas estas condiciones, el impulso ascendente de la revolución liberal se volvió peligroso para las estructuras de dominación. El asesinato de Alfaro coincide con una campaña de los sectores oligárquicos por frenar su impulso.

Desplazamiento regional del poder

La revolución liberal fue consecuencia del conflicto social y político, de la modernización de la economía y la sociedad ecuatorianas, de los cambios internacionales y de la realidad regionalizada del Ecuador. Pero, a su vez, tuvo efectos en la estructura de las regiones y su relación mutua.

El comercio entre la Sierra y la Costa fue intensivo en los primeros años del siglo XX. Foto hacia 1910.

Como se ha sugerido ya en este artículo y lo han afirmado muchos de los estudios históricos del país, la consecuencia regional más visible fue un desplazamiento del poder político. En efecto, con la "transformación" del 95, la dirección política pasó a la alianza liderada por la burguesía comercial y bancaria de Guayaquil, que articuló al latifundismo y campesinado costeños, artesanos, grupos medios. El poder del Estado se desplazó regionalmente a la Costa, en especial a Guayaquil, pero el régimen liberal buscó alianzas en la Sierra con sectores terratenientes y medios que, junto a la intelectualidad radical del interior del país, fueron sustento regional de la transformación.

También se ha hablado del gran triunfo que significó la construcción del ferrocarril Guayaquil-Quito, que unió en forma permanente a las dos regiones del país y, con el tiempo, logró intensificar el comercio interregional. Aunque nunca fue rentable, el ferrocarril fue un elemento articulador de la nación.

Hay otros rasgos regionales de la revolución de los que, en cambio, se ha hablado poco. Por ejemplo, la elevación de los ingresos públicos, originada en los impuestos a las importaciones, trajo consigo un gran crecimiento del servicio público tanto en la Sierra como en la Costa. Pero, en la práctica, este hecho, sumado al desarrollo del telégrafo, acentuó el control desde la capital de los puntos más alejados del país, especialmente del Litoral.

La revolución liberal trajo una acelerada modernización del Ecuador. En el Estado laico, como en el resto del mundo, la modernización estatal se entendía como centralización. Entre 1895-1912 se centralizaron con fuerza y rapidez el Estado y la sociedad. Y, aunque esto pueda extrañar a muchos, el más entusiasta centralista fue don Eloy Alfaro.

Al desplazar del poder central al latifundismo tradicional y trasladarlo a la burguesía y sus aliados, la revolución liberal alteró el esquema político y centralizó el poder económico y político en Guayaquil. Pero al mismo tiempo, al desarrollar el aparato burocrático estatal, robusteció a Quito como capital. Fue así como ambas ciudades ganaron y se consolidó el bicentralismo económico y político que caracterizó al país durante todo el siglo XX.

Quito se consolidó como la "capital política" donde se centralizó la administración pública. Guayaquil, en cambio, fue la "capital económica" del país. Allí se asentaban los bancos más poderosos, monopolistas de la emisión y acreedores del fisco, y la aduana, la oficina pública más grande del Ecuador.
 En 1915, un tren llevando caña de azúcar hacia la Sierra, simboliza la fuerza de intercambio entre las regiones.
Con el liberalismo se dio un giro poco estudiado en el desarrollo estatal. En el siglo XIX, el Ejército fue predominantemente serrano, pero la mayoría de sus efectivos estaban asentados en la Costa para controlar la agitación liberal. Luego del 95 muchos radicales y montoneros se incorporaron al Ejército Nacional, que se volvió predominantemente liberal y costeño. Pero su distribución regional varió, porque se hizo necesario establecer guarniciones en las capitales serranas para prevenir la reacción conservadora. Así, con el tiempo, la mayoría de la oficialidad y la tropa volvieron a ser serranas.

El régimen liberal impulsó la secularización de la beneficencia, pero lo hizo con una diferenciación regional: apoyó en la Costa el funcionamiento de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, que era impulsada por el municipio y legalmente privada. En la Sierra, en cambio, creó la "Asistencia Pública" con los bienes eclesiásticos estatizados. También promovió el desarrollo de las organizaciones de trabajadores. En la Costa se alinearon con el liberalismo. En la Sierra, en cambio, apuntalaron la reacción conservadora clerical.

La revolución, en fin, profundizó el enfrentamiento liberal-conservador y puso las bases para el surgimiento de los modernos partidos políticos en la década de los veinte. El Partido Liberal predominó en la Costa, en tanto que el Conservador era fuerte en la Sierra. Y ese fue uno de los rasgos más visibles de la política ecuatoriana hasta la segunda mitad del siglo XX, que concluyó dejando a nuestro país regionalizado, pobre y convulsionado, pero unido al fin y al cabo como proyecto nacional.

Tomado de: Revista Diners No. 226 - marzo 2001

 

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004