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PAPELES DE CLAUDIO. |
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Ayacucho
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Ayacucho fue el momento de mayor gloria en la vida de Bolívar. La campaña del Perú había terminado, alcanzándose, finalmente, la independencia del último y más antiguo dominio español. El ejército multinacional que Bolívar había constituido no le había fallado en su ausencia, y el comandante a quien él había inspirado y entrenado había mostrado la lealtad y devoción que se esperaba de él. "Por sobre todo", escribía Sucre después de la batalla, "estoy feliz de haber cumplido sus órdenes. Esta carta está mal escrita y las ideas aparecen confusas. Pero tiene algún valor ya que trae las nuevas de una gran victoria y de la liberación de Perú. Como recompensa, sólo pido conservar su amistad."
Bolívar convocó al Congreso. Este le otorgó unos poderes dictatoriales que no quería y un millón de pesos que rechazó. El congreso habló de estatuas, medallas, inscripciones conmemorativas. Al final, Bolívar, que había gastado la mayor parte de su fortuna personal en obras públicas y liberado miles de esclavos que eran de su propiedad, sugirió que el millón de pesos fuese destinado para obras de caridad en pueblos de la Gran Colombia. Este millón nunca fue cancelado.
El Libertador pasó los primeros ocho meses de su dictadura viajando a través de las diferentes provincias de Perú, examinando los gobiernos locales, fundando escuelas y tratando de mejorar las condiciones de vida de los indios. Algunas alcaldías estaban más dispuestas a dar regalos que a hacer reformas. En Arequipa, al pie del volcán cubierto de nieve, le regalaron un fino caballo, cuya brida, espuelas y otras obras de orfebrería eran de oro sólido. Desde Cuzco, la antigua capital Inca, a 4,572 metros de altura sobre el nivel del mar, Bolívar se desplazó en dirección sur-este a Puno, 300 metros más alto, en la costa del gran lago de Titicaca, sede de la más antigua civilización peruana. Navegó el lago en una de las características balsas indígenas, hechas de cañas, y luego cabalgó hasta La Paz, la moderna capital de Bolivia, a Chiquisaca, la antigua capital india, y a Potosí, la famosa montaña de plata.
Todos estos lugares están en lo que es hoy la moderna nación de Bolivia, llamada así en honor a Bolívar, aunque originalmente formaban parte de las provincias de Alto Perú, y fueron, más tarde, transferidos al Virreinato de Río de la Plata. La Paz es, en realidad, el primer pueblo de América del Sur que se rebeló contra el gobierno español el 16 de julio de 1809, cuando un cabildo abierto destituyó a las autoridades españoles y formó una junta independiente. Poco les acompañó la suerte: la junta fue suprimida y sólo pudieron asegurar su independencia definitiva después de Ayacucho, cuando la asamblea del Alto Perú fundó una república, bautizada con el nombre del Libertador, al cual eligió presidente y pidió que redactara una constitución para ellos. Bolívar nombró al Mariscal Sucre como su sustituto... Sucre había sido promovido a Mariscal de Campo después de Ayacucho y se trasladó a Lima.
Esta Constitución no es una más entre tantas constituciones románticas, sino que constituye uno de las más importantes declaraciones políticas del Libertador. La Asamblea Boliviana la adoptó con pequeñas modificaciones, la más notable entre ellas es el artículo que se refiere a la religión de la nueva república, que Bolívar había dejado sin definir pero que la Asamblea declaró ser la religión católica, excluyendo a todas las demás. Deliberadamente, y de la misma manera como lo había hecho en la anterior constitución de Angostura, Bolívar se había eximido de establecer una religión de Estado. Bolívar consideraba la constitución como un garante de los derechos civiles y políticos. Su única relación con la religión debería ser para proteger el derecho de todo hombre a practicar la religión que le dicte su consciencia. Imponer una religión por ley era desvirtuarla. La imposición de necesidad sobre deber, despojaba a la fe de todo el significado sobre el cual descansa cada religión. Era una cuestión moral, no política.
"¿Debe el Estado controlar la consciencia de sus súbditos?", preguntaba, "¿vigilar por el cumplimiento de las leyes religiosas y decretar premios y castigos en materia de fe? Los tribunales para estas funciones están en el cielo y Dios es su Juez. Sólo la Inquisición podría actuar en su nombre en este mundo, pero ¿restaurará un Estado moderno la Inquisición y las quemas en la hoguera?"
La Constitución de Bolívar para Bolivia, al igual que la que hizo para Angostura, es un documento de gran interés, y aunque después de varios años demostró ser impracticable, todavía se considera una de las más notables contribuciones americanas al pensamiento político. En Angostura, en 1819, Bolívar estaba fascinado por la práctica constitucional de Inglaterra, pero su constitución boliviana parece estar más influenciada por el Primer Consulado Francés. De nuevo, en Angostura, Bolívar era poco más que el comandante de unas tropas Republicanas en lucha desordenada contra los realistas españoles, con una capital que acababa de ocupar y un congreso que, como regla, simplemente aprobaba lo que él había ya hecho. De esta manera, él podía formular sus teorías políticas como le apeteciera, atento a las susceptibilidades monárquicas de Europa. Pero en 1826, muchas cosas habían cambiado. En Perú, Bolívar no era tan libre como lo había sido en Angostura.
De acuerdo a la nueva constitución, el poder supremo estaba dividido en cuatro ramas, en lugar de tres: el Cuerpo Electoral, el Legislativo (el Congreso), el Ejecutivo (el Presidente), y el Judicial (las Cortes de ley). El poder Electoral era ejercido por todos los ciudadanos bolivianos mayores de 21 años de edad, capaces de leer y escribir. Este último requisito excluía a los indígenas y muchos ciudadanos de origen étnico mixto, además se exigía estar libre de obligaciones de servicio a otros. Además de garantizar la libertad religiosa, la constitución boliviana abolía la esclavitud. El privilegio del voto no requería de títulos de propiedad ni de la posesión de medios de fortuna privados. "El ejercicio del poder público", señalaba Bolívar, "demanda conocimiento y honestidad, no dinero". Cada cuatro años, los ciudadanos escogerían un cuerpo electoral, con un elector por cada diez ciudadanos, un plan que puede ser relacionado a la constitución Napoleónica de los años VIII y IX. Este cuerpo elegiría a la Asamblea Legislativa, incluyendo gobernadores de provincia y oficiales subordinados... prefectos, mayores, magistrados, senadores y párrocos. El Congreso consistía de tres cámaras, en lugar de dos, Tribunos, Senadores y Censores. "Se necesitan dos para pelear", era el mensaje de Bolívar, "pero un tercero generalmente puede hacer las paces". El rechazó la Cámara única que proponía Sieyes en Francia. Tribunos y Senadores serían elegidos por períodos de cuatro y ocho años, respectivamente, pero los Censores serían electos de por vida. Ellos ejercerían el poder político y moral que Bolívar había propuesto en Angostura.
El poder Ejecutivo residía en el Presidente, asistido por tres secretarios de Estado, era un nombramiento de por vida, con la prerrogativa de poder nombrar a su sucesor. "La autoridad del Presidente debe ser permanente", declaraba Bolívar, "porque en países donde no existen distinciones sociales, es necesario tener un eje alrededor del cual todo gire". Pero como un freno a la tiranía, el presidente vitalicio carecía de toda influencia directa, y no hacía nombramientos judiciales o eclesiásticos. El presidente vitalicio está previsto en la Carta de Jamaica, mientras que en la Constitución de Angostura aparece la figura de un presidente con un período largo y con la posibilidad de nombramiento vitalicio. La Gran Colombia tenía un presidente vitalicio en lugar del monarca constitucional inglés, pero Bolivia tiene un Cónsul vitalicio con características napoleónicas y con poder para nombrar a su sucesor. Bolívar no admitió el origen de este modelo, y antes que a Napoleón, prefería otorgarle el crédito a Petión, el presidente vitalicio de Haití, quien lo había ayudado en 1815. Bolívar tuvo cuidado en propagar la idea en el exterior de que un presidente vitalicio no llevaría, eventualmente, a una monarquía. Una restauración es imposible en América, decía, un rey no duraría sin nobles ni altos dignatarios de la iglesia.
Los cuatro poderes en el Estado que propone Bolívar han sido comparados por Benjamín Constant con los cinco poderes de la restaurada monarquía francesa. Ambos sistemas buscaban un firme fundamento para la libertad, y Constant deseaba añadir un quinto poder a los cuatro que proponía Montesquieu, dividiendo el gobierno en legislativo, real, ejecutivo, judicial y municipal. Bolívar concebía el poder público de una manera más compleja y exacta. El lo dividía en cuatro ramas: las tres tradicionalmente reconocidas y el poder electoral. También esperaba que su plan por una Constitución Boliviana fuese una fuente de unión para los gobiernos de la América Hispana. Era, clamaba Bolívar, tan popular como cualquier otra, y por la importancia que otorgaba a los cuerpos electorales, confería soberanía al pueblo en el acto por el cual la soberanía popular dependía más directamente, en el acto de votar. Con su presidente vitalicio, debería ser lo suficientemente fuerte y estable como para resistir las sacudidas y los sobresaltos, así como las súbitas oscilaciones a las que se ve sometida una nueva nación. No había gobierno representativo con mayor libertad popular, declaró Bolívar, ni con tanta intervención directa de los ciudadanos o con tanto poder en manos del presidente. Combinaba una justa presentación del sistema federal, con la solidaridad de una administración centralizada y la estabilidad de una monarquía. La Constitución Boliviana, tenía, en efecto, todas las ventajas de una monarquía limitada y de una república, "un trono envuelto en colores republicanos", como la describió un diplomático francés. "Los colores", añadía, "son una ilusión, pero Bolívar piensa que toda su gloria proviene de ellos". La verdad es que la nueva constitución no era adecuada para las condiciones sociales de la gente para la cual estaba dirigida, la cual, al final sacrificaría toda esperanza de paz y prosperidad por la ambición personal de numerosos caudillos y se vería envuelta en una sucesión de guerras civiles. "El destino de la Constitución Boliviana", escribe el historiador Gil Fortuol, "sería igual al de otras constituciones en la América Hispana. Terminaría en un tumulto y sería reemplazada por otra que resultaría aún peor."
El primer presidente vitalicio nombrado fue Sucre, pero éste aceptó sólo con la condición de que se le permitiese, si así lo deseaba, renunciar después de dos años. Su gobierno fue "ilustrado, progresista, liberal y débil".
Mientras tanto, disturbios domésticos en Colombia en 1826, obligaron al Libertador a regresar desde Perú. Su presencia parecía ser necesaria en todos sitios para inspirar la lealtad y el sentido común necesarios para el funcionamiento de sus planes, pero ni siquiera Bolívar fue capaz de prevenir la eventual disolución de la Gran Colombia en sus componentes originales. A pesar de 300 años de gobierno colonial español, cada virreinato, Capitanía General o Presidencia se había convertido en una nación extraña para su vecino inmediato y las esperanzas de unión entre los países de habla hispana eran ya remotas.
Para muchos observadores, particularmente aquellos en Londres, las principales dificultades de la Gran Colombia eran financieras. Los primeros préstamos al seis por ciento habían sido ávidamente otorgados, pero el gobierno grancolombiano no fue nunca capaz de efectuar los pagos regulares de este interés, y los representantes que Colombia y Venezuela habían enviado a Londres, o eran demasiado inexpertos en materias financieras como para inspirar confianza, o no dominaban suficientemente el idioma inglés como para mantenerla. La mayoría de ellos, Francisco Zea, por ejemplo, eran hombres de indiscutible integridad, pero incompetentes en asuntos financieros, y muchas veces se vieron ellos mismos envueltos en problemas por deudas. En Colombia, era necesario mantener un ejército relativamente grande, en prevención a un reinicio de la guerra por parte de España o para enfrentar disturbios domésticos. Esta condición imponía demandas sobre el Tesoro nacional que amenazaron la precaria composición de la Gran Colombia hasta que ésta se disolvió. Andrés Bello, quien fue tutor de Bolívar, y secretario de la delegación colombiana en Londres, escribió a Bolívar el 23 de marzo de 1827, en los siguientes términos:
"Algo que merece vuestra atención por sobre todas las cosas es el crédito público de Colombia. Al otro lado del Atlántico, quizás no es tan clara como aquí la imposibilidad de obtener otro préstamo en Londres. Digo imposible porque aunque se lograse hacer arreglos ahora, el sacrificio sería enorme, y nuestro gobierno se vería obligado a negociar con especuladores de dudoso carácter. Pero aún si pudiésemos cerrar los ojos a todo, a fin de obtener otro préstamo, Su Excelencia conoce bien que haciéndolo no sólo no recuperaríamos nuestro crédito, sino que lo disminuiríamos más aún... Créame, tal propuesta crearía una desafortunada impresión en Londres contra nuestro gobierno. Por otro lado, uno de los métodos que con toda seguridad nos ganaría la buena voluntad de personajes de gran influencia en el mundo, sería el pago religioso de todas nuestras obligaciones contraídas".
En 1829, Belford Wilson, ayudante de campo de Bolívar, escribió en términos similares. La técnica de bancarrotas alternas y adquisición de préstamos ya no daba resultados.
Tan pronto Bolívar llegó a Lima, de regreso del sur, el 10 de febrero de 1826, llamó al Cónsul General Británico y mantuvo con él una larga conversación. Los historiadores se han preocupado, excesivamente quizás, con la actitud de Bolívar hacia la monarquía. En norte y sur América, sus supuestas tendencias monárquicas han generado suspicacias, en tanto que en Inglaterra... Testimonios de esos tiempos, así como el conocimiento que tenía Bolívar sobre la monarquía no parecen haber llegado muy lejos. El aspecto más interesante del pensamiento de Bolívar es su amistad hacia Inglaterra. Su admiración por las instituciones británicas y por las políticas británicas no ha sido justamente apreciada. No cabe duda de su sinceridad, y hasta contagió algo de este entusiasmo a sus agentes diplomáticos en el exterior. En la Casa de los Loores, Bolívar fue descrito como la base de la unión que daba apoyo y seguridad a la libertad de la América Hispana.
Amable con los extranjeros, y en particular con los diplomáticos extranjeros, admirador del idealismo norteamericano y aún más del estilo de vida francés, Bolívar daba a todos los que lo conocieron la impresión de que entendía sus angustias y no ofendería nunca sus sensibilidades. Sin embargo, teniendo en cuenta todos sus pronunciamientos, la conclusión de un historiador venezolano es que "a pesar de su alma española y de su cultura francesa, hubiese dado a su América, si hubiese podido, la institución, el carácter y las virtudes políticas de los habitantes de Inglaterra". Apoyo británico fue una de las cosas que Bolívar deseaba más fervientemente y tuvo especial cuidado en adaptar su conversación a los oficiales británicos y dejar en claro a todo representante de Inglaterra que él no era un "republicano rojo". El no tenía, decía Bolívar, ninguna objeción hacia la monarquía en el sentido abstracto. No le importaban las monarquías en otros sitios, siempre y cuando no hubiese intento de introducirlas a la América Hispana. Había, es cierto, un emperador en Brasil, y había habido un emperador en México, pero una corona en el Nuevo Mundo era suficiente. América no estaba hecha para monarquías.
Los oficiales británicos quedaron agradablemente sorprendidos. Lo que los atrajo a Bolívar no era tanto su real admiración y amistad hacia Inglaterra, sus ideas por un presidente vitalicio no les lucían muy republicanas a los marineros y oficiales consulares. Comenzaron sus reportes de forma cautelosa, con referencias a "el comandante extranjero de una fuerza extranjera". Así describe el Cónsul General en Lima, Thomas Rowcroft, al Libertador en una carta a Canning el 19 de julio de 1824, y se refiere en una forma desdeñosa a "la guerra que supuestamente el General Bolívar lleva a cabo contra quien se considera a sí mismo el Virrey del Rey de España". El envió un aviso formal de su llegada a Bolívar, quien estaba en Huancayo, en los Andes, con su tropa, adjuntándole una copia del Memorando de Polignac, un recuento de una conversación que tuvo lugar en la primavera de 1823 entre Canning y el Embajador francés en Londres, el Príncipe de Polignac, cuando este último había recibido garantías de que las fuerzas francesas no serían usadas contra los nuevos estados americanos para apoyar cualquier intento de la corona española para recuperarlas.
Se considera que este documento, que mostraba tan claramente las intenciones del gobierno británico respecto al futuro de la América Hispánica y la posición de Inglaterra hacia la independencia, hizo más para prevenir la intervención europea que la famosa declaración del Presidente Monroe conocida como la "Doctrina Monroe". Para comparar, vale la pena citar algunas de las palabras de la declaración presidencial:
"La ocasión se considera apropiada para asegurar... que el continente Americano, en virtud de la condición de libertad e independencia que ha asumido y se ha propuesto mantener, no puede ser objeto de futura colonización por los poderes europeos... Consideraríamos cualquier intento de su parte para extender su sistema a cualquier región de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad."
El mensaje del presidente Monroe fue publicado el 2 de Diciembre de 1823, pero la conversación a la cual se refiere el memorando Polignac, aunque no publicada hasta marzo de 1824, había tenido lugar antes de que la declaración del Presidente fuese hecha, y Canning sugiere (Agosto 1823) que Inglaterra y los Estados Unidos de América hagan una declaración conjunta contra la intervención europea en América. Esta idea fue rechazada, basada en el argumento de que Inglaterra y los Estados Unidos de América no estaban al mismo nivel. Los Estados Unidos (1823) ya habían reconocido a los gobiernos independientes de Río de La Plata, Chile, Perú, Colombia y México, mientras que Inglaterra todavía no lo había hecho. No podía haber declaración conjunta porque Inglaterra y los Estados Unidos no tenían la misma posición en la materia. Canning no logró darse cuenta, pero John Quincy Adams si vio la oportunidad para los Estados Unidos y la declaración de la Doctrina Monroe fue el resultado. La ocasión sido había, en efecto, "considerada apropiada". En ese momento, la declaración tuvo poco peso, pero su significado completo no fue aparente. Fue sólo más tarde que, por ironía, la Doctrina Monroe fue restregada en las narices de los pueblos a los que predicaba proteger. Esto fue en 1889, cuando el Panamericanismo (como se llamaba) se había convertido en una marca registrada de la diplomacia para la exportación de los Estados Unidos, y cuando el Presidente Theodore Roosevelt asumió, como corolario a la Doctrina Monroe, el derecho a prevenir ocupación europea asumiendo la recolección de las deudas americanas a los acreedores europeos.
De hecho, la política británica se había movido en la dirección de la no-intervención, como lo demuestra la historia del reconocimiento británico a la independencia de la América Hispánica. Lo que realmente Inglaterra buscaba era obtener el derecho a comerciar y los gobiernos británicos estaban pendientes ante cualquier acción de cualquier potencia europea que pudiese interferir con sus privilegios comerciales. El reino de Inglaterra sobre los mares era absoluto. No había flota que pudiese moverse contra la América Hispánica a menos que Inglaterra lo dejase pasar. En efecto, sólo con la ayuda o la aquiescencia de la Flota Británica podría España haber re-establecido su imperio. Bolívar reconocía agradecidamente este hecho en una carta en 1823:
"Sólo Inglaterra, soberana de los mares, puede protegernos contra las fuerzas unidas de la Europa reaccionaria"
Los estadistas británicos, por supuesto, estaban guiados por motivos de interés propio, que, al fin y al cabo es "el factor determinante de la política de todas las naciones". Pero, del lado de Bolívar y de los ejércitos de liberación estaban las poderosas corrientes de la opinión británica, y cuando se conoció que Fernando VII había re-establecido la Inquisición Española, su gobierno absolutista y perseguidor se hizo extremadamente impopular. Este sentimiento, al igual que la indignación expresada por Wordsworth en la Convención de Cintra en 1807, o, para tomar un punto de vista moderno, el disgusto que sintió la opinión pública británica en el tratamiento de la república española después de 1936, era también derivado de los intereses comerciales y de otra índole que influyeron y, eventualmente dictaron, la política externa. La opinión pública en Inglaterra en el tiempo de Bolívar tenía más en común con aquella justicia visionaria de Byron y Shelley que con los fríos cálculos de Castlereagh y Canning, y esta opinión fue reforzada por el sentimiento que consiguió expresión en el movimiento de abolición de la esclavitud. Un sentimiento estrictamente Protestante y Liberal.
En 1813, Inglaterra había protestado por la expedición de Morillo y Catlereagh pensaba que las antiguas colonias españolas deberían auto-gobernarse, aunque fuese sólo para poder comerciar libremente con el resto del mundo. En 1817, Catlereagh favorecía la mediación británica entre España y sus antiguas colonias. España se negó a aceptar los términos, y ese momento nada pudo hacerse. Sin embargo, para Catlereagh la independencia de la América Hispánica era una conclusión inevitable. En 1822, cuando los Estados Unidos reconocieron Colombia, el gobierno colombiano amenazó con cerrar sus puertos al comercio con todos los otros países. Los comerciantes británicos se alarmaron grandemente. Hubo protestas, y una petición ciudadana que llamaba a cierto reconocimiento fue esencial. Catlereagh reconoció las banderas de los barcos de Sur América, un acto que equivale a un reconocimiento, de facto, de su gobierno.
El interés de Canning en la América Hispánica era debido a su importancia para el comercio británico. Canning comenzó enviando agentes consulares, pero falló en evitar que Francia invadiese España en 1823, y el aislamiento de Inglaterra que siguió lo hizo dirigirse a los Estados Unidos. Este acercamiento, justo en ese momento, disolvió las últimas reservas de América respecto a una invasión europea, y proporcionó la oportunidad para la declaración de la Doctrina Monroe. Sin embargo, en lo que concernía a la América Hispana, el principal punto ya había sido ganado antes de la publicación del mensaje del presidente Monroe. Canning había obtenido, en la entrevista con Polignac, "una promesa de que no se utilizaría la fuerza contra los nuevos estados", y sus agentes en América Hispánica la habían usado con gran efecto para demostrar que Inglaterra había sido la primera en protestar contra un ataque europeo. El resultado fue que cuando llegó el reconocimiento británico, parecía que para los pueblos de la América Hispánica éste era aún más importante que el reconocimiento de los Estados Unidos. El método de reconocimiento adoptado fue la negociación de tratados comerciales.
Estos son antecedentes del señor Thomas Rowcroft Such y la carta que le envió a Bolívar en los Andes. La carta del Cónsul-General había sido entregada por el Teniente Kelly, del buque Cambridge de la Armada Real, enviado por el más alto oficial británico al mando de la estación, el Capitán Maling. Kelly halló a Bolívar "muy contento por la atención prodigada, muy unido a Inglaterra y con muchos prejuicios contra los Estados Unidos y Francia". La guerra parecía ir bien. El Libertador consideraba "más difícil cruzar el país y llegar hasta donde está el enemigo que luchar contra éste", pero esto era natural en un país lleno de "montañas, rocas, arenas; sin caminos, ríos, canales o ruedas".
Más tarde, el mismo Capitán Maling, tuvo una conversación con Bolívar que fue debidamente reportada al Ministerio de Relaciones Exteriores, pero con el comentario de que quizás "el Capitán Maling no alcanzó plenamente los objetivos deseados". Hizo lucir al Libertador tan monárquico y antidemocrático que probablemente estaba expresando más sus propios sentimientos que las ideas que le había comunicado Bolívar.
C.M. Rickettes, quien fue más tarde Cónsul General en Perú, le escribía a Canning el 18 de febrero de 1826, presentando un Bolívar más sobrio. Quizás lo entendió mejor que el Capitán Maling, ya que conversaron en el idioma francés, el cual hablaba fluidamente.
"No tenía nada que ver, como personaje público, con ninguno de los sistemas europeos, aunque podría respetar más a unos que otros, y, en esta coyuntura, no consideraba que el sistema republicano de gobierno fuese superior a ningún otro, ya que estaba consciente de que, con materiales imperfectos, podría convertirse en un sistema despótico o tiránico. Lo único que buscaba era liberarse de España, pues los sudamericanos se consideraban lo suficientemente fuertes como para zafarse del yugo extranjero y gobernarse a si mismos... Las circunstancias pueden modificar las formas, y un Emperador no sería sometido a objeción en Brasil, ni un Gobierno Federal en la hermana nación de Argentina, pero él tenía sus propias ideas para el gobierno de Colombia y otras para el Alto y el Bajo Perú".
"Son estos los sentimientos" añadía, "que le hubiese gustado que el Capitán Maling os hiciese llegar".
"En esos momentos, sentía gran aprehensión por una súbita incursión de Francia en los mares, porque la Alianza Soberana estuviese preparándose para unirse a España bajo la falsa premisa de que un espíritu radical se había levantado en América del Sur y que no descansaría hasta que su influencia no cesara".
Bolívar no consideraba que el sistema de gobierno federal fuera el mejor para estos "estados nacientes", ya que "las mentes de sus gentes no estaban preparadas para tomar un activo rol en la administración de los asuntos públicos". Los Estados Unidos eran un ejemplo solitario de una nación formándose e inmediatamente estableciendo un Estado Federal sin anarquía y sobre una base justa y sólida. En América del Sur, por el contrario, los habitantes acababan de salir de la esclavitud, y era absurdo esperar buen orden y disciplina de tal material humano. Algunos gobiernos, en particular mencionó el de Buenos Aires, habían logrado anular este resultado, pero desafortunadamente cada provincia estaba tan ocupada discutiendo libertad, justicia y derechos regionales, que:
"aunque pocos de ellos pueden leer, cada uno tiene su propio Sancho de gobernador... y todos piensan que hablan de libertad, que son libres y sabios y que por haber armado una pequeña fuerza, se han convertido en una entre las naciones poderosas y bien constituidas de esta tierra."
Bolívar añadió que su propio principio era estimular la educación y la industria, y formular reglas y leyes basadas en los más simples y básicos principios, para lo cual tomaría como guía el "Código Napoleónico" civil, la única cosa inteligente que llegó a hacer Bonaparte. Ciertamente, estaba ansioso por obtener apoyo británico, y necesitaba este apoyo para la realización de uno de sus grandes proyectos, el Congreso Internacional Americano en Panamá. El parecía ante ellos como una gran paradoja: un general revolucionario que no estaba convirtiéndose, y que resistiría la tentación de convertirse, en un Emperador. |
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| Versión en Inglés.... | ||||||
| Traducción al Castellano por: Maria Cecilia Vale. | ||||||
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