La Batalla de Santa Inés
PLANES DE CAMPAÑA DEL GRAL. EZEQUIEL ZAMORA
PARA LA BATALLA DE SANTA INÉS.

Tomado de de: Sitio de la Presidencia de la
República Bolivariana de Venezuela

DISPOSITIVO DE LOS FEDERALES.
ESQUEMA DE MANIOBRA

Zamora, artífice de la Guerra

Por extrapolación de conceptos de la cadena de hechos militares sucesivos desencadenados violentamente en Santa Inés y culminados en la trágica persecución de Curbatí (ver fig. 1), se puede colegir que el general Zamora planteó ante su Estado Mayor el esquema general de su idea de maniobra, es decir, un Plan de Campaña estructurado en una serie de operaciones militares relacionadas entre sí, a los fines de alcanzar, dentro de períodos de tiempo y espacio limitados, el objetivo que le bullía en su mente desde hacía algún tiempo: ¡Destruir a las fuerzas oligarcas!, ¡destruir a los causantes “de los males de la Patria”!

Ese hombre, manojo de nervios a quien el bravo pueblo bautizó con el nombre de “Valiente Ciudadano”, estudió muy poco la abstracta teoría de la ciencia militar; por oposición, era más bien un Comandante práctico y dinámico; sus investigaciones militares eran de campo, no bibliográficas. No obstante, tuvo excepcionales dotes de mando y singular imaginación creadora para realizar operaciones tácticas que resultaron victoriosas. De sus fulgurantes campañas militares se deduce que había guardado en su pupila de soldado y grabado en su mente maniobrista muchas clásicas jugadas con que algunos grandes capitanes coronaron sus victorias, esas trampas mortales en que habrían caído los más avisados conductores de tropas de otros tiempos. ¿Quién desconoce la pericia de ese hombre que en la guerra del 59 burló la experiencia de excelentes Comandantes como Cordero, Silva, Andrade, Casas y Meneses...?

Para analizar objetivamente y entender el Plan de Campaña aplicado en Santa Inés -Acción Retardatriz-, es preciso recordar lo siguiente: cuando un Comandante estudia y planifica desarrollar una operación táctica, el aspecto que surge como verdadera creación, síntesis artístico-científica de su trabajo, es el “Concepto de la Operación”, de cuya aplicación depende en sumo grado la victoria o la derrota de la unidad bajo su mando. Al respecto, si examináramos al detalle el desarrollo de la batalla de Santa Inés en las fuentes históricas más serias, tendríamos que reconocer que Zamora debió haber esbozado un extraordinario “Concepto de la Operación” fundamentado, sin duda, en un análisis exhaustivo del poder relativo de combate. Ello se deduce del progreso operacional muy bien coordinado donde combinó sabiamente tanto las tácticas ofensivas como las defensivas y de retardo.

El proceso dinámico de esas maniobras federales dejaron claramente configurada para la historia la idea del caudillo: una singular Operación Retardatriz magistralmente planificada, excelentemente organizada y agresivamente ejecutada.
Dispositivo de los Federales

La geografía nos presenta a Santa Inés como una pequeña aldea a dos jornadas de Barinas, a la margen derecha del río Santo Domingo (fig. 2). Zamora tenía en su mente todo el esquema de esa área de operaciones. ¿Cuáles fueron sus primeras órdenes?... Emitir una especie de guía de planeamiento y asignar sectores de responsabilidad a los comandantes subordinados a fin de que interpretaran y desarrollaran su idea de maniobra. Luego designó a un liberal muy enérgico e inteligente -José Ignacio Chaquert- para que al mando de varios pelotones construyera a derecha e izquierda del camino, desde la salida de la aldea y en dirección hacia Las Palmas, un sistema de atrincheramientos que permitiera aprovechar juiciosamente los bosques, pantanos y alturas del área de operaciones (fig. 3). Con ello obtendría buena observación, cobertura y abrigo, buenos campos de tiro y vías de repliegue cubiertas entre las posiciones retardatrices donde pensaba destruir al enemigo. Se concluyeron once trincheras; una de ellas a la entrada del pueblo y las demás, en forma de trapecio, fueron construidas de trecho en trecho, aprovechando las zonas pantanosas y los bosques del área.

Dispositivo General del Ejército Federal

a) Escalón de Seguridad

El Comando federal organizó en profundidad las trincheras de su escalón de seguridad a cuyos comandantes asignó las misiones siguientes:

1. Empeñar al enemigo a larga distancia (a partir de Las Palmas), para hostigarle y causarle el mayor número de bajas.
2. Obligarlo a realizar reconocimientos del terreno, a maniobrar y desplegarse antes de tiempo y a lanzar ataques al vacío sobre la fuerza retardatriz, que a toda costa debería evitar ser enganchada.
3. Engañarlo en lo que respecta a la orientación y ubicación del área defensiva.
4. Llevarlo y colocarlo en una posición desfavorable delante de la primera línea de defensa (el célebre trapiche).

b) Escalón de Defensa Avanzada

Detrás del escalón de seguridad se organizaron cuatro poderosas líneas defensivas. Las tres primeras tenían un dispositivo y constitución tales que permitían cumplir con las siguientes misiones:
1. Adoptar una agresiva acción ofensiva con todas las fuerzas disponibles o parte de ellas y aplicarlas en cualquier punto débil del enemigo (Principio de la Masa). Para ello se usaría, entre posición y posición, una muy bien organizada red de caminos construidos al efecto.
2. Llevar al enemigo de posición en posición hasta las denominadas “áreas de matanza”, donde sería paulatina y sucesivamente destruido.

c) Escalón de Reserva

La cuarta y última línea defensiva conformaba virtualmente la reserva de Zamora. Con ella -reforzada poderosamente con las unidades replegadas- recobraría Zamora toda su libertad de acción. Desde allí planificaba lanzar una potente contraofensiva, sin duda, impresionante.

Concepto de la operación;
esquema de maniobra



En ese orden de ideas el Comandante Zamora planificaría desarrollar su operación en las dos fases siguientes:

1. Realizar un movimiento retrógrado -similar al que la disciplina militar moderna ha denominado Acción Retardatriz (retardo en posiciones sucesivas y en posiciones alternas)- desde Las Palmas hasta la cuarta línea defensiva.

2. Pasar a la contraofensiva desde esta posición, donde se habrían replegado las unidades que estaban en las tres líneas defensivas de adelante. Para cumplir con ese propósito dividiría el Ejército en dos alas a fin de envolver al enemigo, cortarle la retirada y destruirlo.

Analizando las evoluciones tácticas practicadas por las fuerzas contendientes podemos deducir las ideas fundamentales del esquema de maniobra de Zamora:

1. Retardar desde Las Palmas -posición ultra avanzada del escalón de seguridad- hasta una primera posición retardatriz situada a ambos lados del camino real de Santa Inés. Allí se construyó el precitado sistema de trincheras, que debía ser defendido por regular número de fuerzas incluyendo las replegadas de Las Palmas. Estas fuerzas apoyarían su flanco derecho en el río Santo Domingo, mientras que su flanco izquierdo, identificable por un caney y una casa de trapiche, se afincaría en un bosque infranqueable.

2. Continuar la acción retardatriz desde la posición anterior hasta una segunda línea defensiva, haciendo uso máximo del terreno, especialmente obstáculos naturales, cubiertas, abrigos y campos de tiro, a fin de agotar y someter al máximo castigo al enemigo y causarle fuertes pérdidas.

3. Después de cumplida esa misión, las unidades se replegarían a través de pasos construidos al efecto dentro del bosque, hacia una tercera posición muy bien atrincherada y seleccionada a tal distancia de Santa Inés, que facilitaba buena observación y adecuados campos de tiro, especialmente sobre la encrucijada de caminos que conducen a la entrada de esa aldea. Además, debido a que esta línea defensiva podía ser envuelta por el flanco derecho por cruce de la quebrada El Palito, se protegería con una unidad móvil que además de actuar sobre la penetración prevista, pudiese, en caso de envolvimiento, repeler el ataque y retardar hacia la última posición. Esta se montaría sobre el poblado de Santa Inés, desde donde pensaba Zamora realizar una acción ofensiva, bien planificada y violentamente ejecutada.

EL DESARROLLO DE LAS OPERACIONES

En torno al progreso de las operaciones militares iniciadas en Santa Inés y prolongadas a través de otros cinco combates sucesivos, creemos conveniente que sea el lector quien analice directamente algunos extractos objetivos de la fuente histórica más adecuada a nuestro trabajo. (*) Sólo así podrá inferir sus propias conclusiones y darse cuenta de la extraordinaria imaginación creadora del Comandante Zamora.

LA BATALLA DE SANTA INÉS

“El ejército oligarca había pernoctado el día 8 en el pueblo de San Lorenzo, á las orillas del río Santo Domingo por su ribera izquierda; en la mañana del 9 realizó un cruce improvisado del dicho río, aunque con algunas dificultades, marchando á vanguardia la primera división mandada por el coronel Jelambi, y comenzaron á llegar á La Palma las tropas de aquel ejército: aquí estaba una gran avanzada, ó sea la vanguardia de los federales, á las órdenes de los coroneles León Colina y Jesús M. Hernández. Se rompieron los fuegos y se trabó un combate parcial que no habría de tener significación, porque los federales debían retirarse, después de una pequeña resistencia”.

“En el ataque y defensa que constituyera el combate de Santa Inés, se realizó cuanto había previsto el General Zamora. El ejército enemigo pernoctó el 9 en La Palma y al siguiente día, al aclarar, se puso en marcha, avanzando sobre aquel poblado, por lo cual se tropezó inmediatamente con las primeras fuerzas federales en sus respectivas trincheras, y comenzó el combate. Las guerrillas federales resisten poco y repliegan combatiendo en orden y conduciendo al trapiche al enemigo (**) que ya había perdido algunos hombres y seguía perdiendo más: llegan las fuerzas del gobierno al trapiche y sus inmediaciones y allí se traba un combate esforzado por ambas partes, comprometiendo en él los oligarcas toda la primera división y parte de la segunda; al fin la posición cede y es ocupada por los que la atacan creyendo éstos haber obtenido un triunfo”.

«Una vez tomado el trapiche, el ejército del gobierno continúa avanzando, más de seguida vuelve á encontrarse con las trincheras federales y con un terreno fangoso é intransitable, y el combate crece y se hace reñido, recibiendo las fuerzas de dicho ejército fuegos de frente y por los flancos que le matan y hieren muchos hombres (*) cuando los federales no sufren sino insignificantes pérdidas; y combatiendo así y avanzando, llegan aquellas fuerzas á la segunda línea fuerte de los federales: la primera había sido el trapiche, defendida por el General Ortiz y por los Coroneles Mora y Franco”.

“En esa segunda línea, de la cual era jefe el General Rafael Petit, el ataque y la defensa son formidables, y hacen uso de su artillería los defensores del gobierno; se combate en este punto una hora, flanqueando por la derecha la brigada Caracas que junto con las demás fuerzas del ejército oligarca, comprometidas allí, combaten duramente; logran hacer replegar las emboscadas federales y toman posesión de dicha línea, que se les abandona. En este reñido y sangriento combate pierde el ejército del gobierno, entre muertos y heridos de tropa, unos ciento cincuenta hombres, y veinticinco jefes y oficiales heridos, de éstos el Coronel Jelambi, cuando los federales no perdieron sino poquísimos hombres, resguardados como estaban por sus trincheras. El trapiche y el canei, quedaron convertidos en hospital de sangre y se llenaron”.

“Seguidamente al combate que hemos referido se efectuó otro ataque á la derecha del camino, contra una trinchera que podría decirse hacía parte de la segunda línea, la cual se consideraba muy fuerte: la ataca el comandante Pérez Arroyo con la columna Carabobo de su división, y la toma”.

“Faltaba á los oligarcas atacar y tomar lo más difícil: la tercera línea de los federales, cuya base y punto más fuerte era la trinchera de la encrucijada, muy bien apoyada por sus flancos: y tomada esta línea irían á caer de seguida sobre la última, casi inexpugnable, en el propio poblado”.

“El ejército del gobierno, aunque un tanto desalentado ya á causa de las pérdidas sufridas y de combates tan continuados en los cuales no obtenía otra ventaja que la de ir avanzando para perderse (**), siguió adelante, yendo á vanguardia la segunda división y una brigada de la tercera; -la primera estaba destrozada- y estas fuerzas se encontraron con la gran trinchera de la encrucijada y con sus puntos de apoyo. Allí se libra un combate terrible: los fuegos federales, de frente y por los flancos, derriban unos tras otros á muchísimos de las fuerzas del gobierno, de las que, compañías casi enteras, perecían haciendo esfuerzos inauditos”.

“Y como en el ataque a la trinchera de la encrucijada, infantes y artilleros cayesen heridos ó muertos por los fuegos federales, una de sus piezas de artillería quedó sola, abandonada, en el camino real: sus defensores habían tenido que plegar un poco para guarecerse de los mortíferos fuegos de sus contrarios, más, al plegar, lo hicieron quedando en capacidad de defender, aunque á distancia, la pieza abandonada”.

“En esa situación, comenzaron a trabarse sangrientos combates parciales, porque los federales trataban de apoderarse de dicha pieza y sus contrarios se esforzaban para no perderla”.

“Combatiendo de la manera más esforzada sobre la gran trinchera, fuerzas del gobierno hicieron un movimiento por su flanco izquierdo en terreno cenagoso, movimiento éste previsto por el General
Zamora, quien había situado por esa parte en el bosque, algunas fuerzas con los Generales Trías y Aranguren: aquellas atacaron á éstas rudamente, pero sin éxito, y también tuvieron que replegar habiendo sufrido grandes pérdidas. A la media noche, el Comandante Rubín, que peleaba á vanguardia desde la tarde, recibió orden del Coronel Casas para que hiciesen esfuerzos y se apoderara del cañón, ‘porque estando resuelta la retirada, que comenzaría á hacerse de seguida, sería una vergüenza dejárselo al enemigo ’.

“Sabía Rubín que combatiendo á guerra galana no recuperaría aquella pieza sino á costa de muchas vidas, ocurrió á un expediente que le dio el resultado á que aspiraba, sin perder más hombres: de sus tropas escogió dos ó tres soldados de los más negros, los hizo desnudar, y en momentos en que se habían interrumpido los fuegos los mandó á que amarrasen el cañón con unas largas sogas para después tirar de lejos y sacar la pieza rodada por el camino, sin peligros. A favor de la oscuridad aquellos negros desnudos no debían ser vistos ni aún sospechados á causa de sombra alguna; pudieron por consiguiente, cumplir su cometido, y de este modo lograron los defensores del gobierno recuperar, poco después de media noche, aquel cañón que tanta sangre había costado”.

“El General
Zamora, se preparaba para entregarle á los enemigos, en la mañana siguiente, aquella tercera línea en la que tanto se había combatido quedando destrozadas las tropas del gobierno; pero como lo hemos dicho, Zamora se proponía no sólo vencer al ejército enemigo, sino también coger prisioneros los restos que de él quedasen después de tanto combatir, y para ello necesitaba llevarlo al propio poblado de Santa Inés donde debería librarse el último combate”


“El plan de Zamora quedó frustrado en su última parte, á causa de haber ordenado la retirada los jefes enemigos, retirada que determinaron, por una parte las grandes pérdidas sufridas, y por otra el hecho de no tener ya con qué alimentarse, porque los ganados que llevó á Santa Inés el ejército del gobierno se perdieron durante el combate”.

“En la madrugada del 11, el General Zamora no sabía que el enemigo se había retirado; fue poco antes de aclarar que lo supo, y como él mismo saliese fuera de trincheras para persuadirse de la verdad, al convencerse de que la retirada era un hecho, se dispuso para la persecución, comenzando por decirle á uno de sus ayudantes: “Díganle a Juan (se refería al General Falcón) que persiga volando y sin descanso á los godos con toda la infantería, que les pique la retaguardia y los cargue, que yo me voy con la caballería á salirles delante y que por allá nos reuniremos”.

COMBATE DE “EL BOSTERO”

“Una parte de las infanterías federales, á las órdenes de los Generales Aranguren y Calderón, alcanzó las fuerzas contrarias á la entrada de un monte en el punto llamado El Bostero; antes les había alcanzado Zamora con sus jinetes y las entretenía cargándolas á veces, mientras llegaban sus infanterías; al llegar éstas toma dicho general algunos de los soldados de vanguardia, los monta á la grupa de sus jinetes y se avanza á situarlos en El Bostero, protegidos por el monte; seguidamente se comienza allí un combate entre la retaguardia del ejército del gobierno y la vanguardia de los federales el cual se hace muy reñido, pues de un lado estaban Aranguren, Calderón y otros valientes federales, y por el otro se encontraban el General Ramos, Casas, Rubín y Meneses. Federales y godos tienen pérdidas considerables, particularmente los últimos, quienes rechazados pliegan al fin y continúan su retirada dejando en el campo sus heridos y algunos prisioneros, entre éstos el Comandante O. Meneses, y perdiendo banderas y cargas. Allí fue herido, aunque levemente, el General Ramos, quien siguió con sus tropas á Barinas”.

COMBATE DE “EL MAPORAL”

“Continuando la retirada, continúa también la persecución, y otra vez la retaguardia del ejército del gobierno es alcanzada, á las cinco de la tarde; allí se traba un nuevo combate en el que se encuentra el General Falcón, y se pelea duramente por espacio de una hora, no habiendo salido peor librados los defensores del gobierno porque ocupaban en un monte espeso ventajosa posición; de ahí que las pérdidas fueron casi iguales de ambas partes. Se continúa la retirada y los restos de aquel ejército perseguido pasan por Toruno al obscurecer y siguen á Barinas, a donde entraron á las siete de la mañana del 12 de diciembre”.

EL SITIO DE BARINAS

“El mismo día 12, formando todo el ejército federal en La Sabana, á la vista de Barinas, apoyado su flanco derecho en el río Santo Domingo y cubierto el izquierdo por las caballerías, ofreció combate, pero no fue ni debió ser aceptado, por lo cual Zamora acampó sus tropas, casi en el mismo punto, pero entre el monte de las orillas del río”.
“Este General se proponía desprender, como lo hizo, fuerzas considerables de su ejército para que fueran a ocupar las vías que de Barinas conducen a Guanare y á Barinitas, á fin de contener el enemigo si intentaba marcharse por una de dichas vías”.

“Los sitiados -porque así quedaron los restos del ejército del gobierno- salían á las orillas del río á buscar algunos recursos y hojas para alimentar sus bestias que morían de hambre. Y como también se les quitara en ocasiones el agua por la parte alta de la ciudad, allí también se combatía, y comenzaron aquellos restos á sufrir grandes privaciones y necesidades”.

“El General
Zamora pretendía obligarlos á salir de la ciudad, seguro como estaba de exterminarlos en la persecución; pero los defensores del gobierno hacían grandes esfuerzos para sostenerse y salvarse”.

“Para el día 19 ya se habían agotado los recursos que existían en Barinas. En los días 21 y 22 se declaró una fiebre perniciosa entre las tropas del gobierno, y naturalmente se alarmaron sus jefes; de ahí que el General Ramos reuniese una junta de los principales del Ejército y que en ella se resolviese abandonar la ciudad y retirarse por la vía de Pedraza á Mérida, única que estaba libre: debía efectuarse la retirada en la noche del 24, con el mayor sigilo”.

“El General Zamora tendría frente á Barinas como novecientos infantes y cerca de trescientos jinetes; levantó el campamento, formó las fuerzas y entre las tres y cuatro de la madrugada se puso en marcha con ellas y entró en la ciudad poco después de las cuatro. El enemigo llevaba dos horas de ventaja, pero no sabía
Zamora la dirección que aquél había tomado, por lo cual hizo un pequeño alto, fuera de la ciudad. Al fin, antes de aclarar, se encontró Zamora con ciertos efectos de soldados y algunos rastros”.

COMBATE DE «EL COROZO»

“Antes de las nueve de la mañana, las caballerías federales habían alcanzado la retaguardia enemiga, como á tres leguas de Barinas; y á poco comenzaron á llegar las infanterías; naturalmente se rompieron los fuegos, comenzándose el combate llamado de “El Corozo”, entre fuerzas casi iguales en número”. (Fig. 9).
“Combatiendo personalmente el General Falcón, primero en un flanco y luego en el centro, á la cabeza de algunas fuerzas, á éstas se les agotaron las municiones”.
 

“Los rechazos sufridos por las infanterías federales, se debieron no tanto al empuje de sus contrarios cuanto á la falta absoluta de municiones; y de tal modo fue así, que grandes columnas enteras, como las tropas de Aranguren y de Calderón, estaban dos horas y media después de comenzado el combate, formadas en batalla, sin un cartucho, a cierta distancia, porque habían agotado sus municiones combatiendo”.
“Rechazados los federales en todos los puntos, durante aquel combate, porque se les agotara el pertrecho, lo que no sabían sus contrarios, atribuyéndolo al empuje de sus tropas, á aquellos no les quedó más esperanza de salvación que la llegada inmediata de las fuerzas federales que el General
Zamora había situado días antes en los caminos de Barinas á Guanare y á Barinitas, á las cuales desde aquella ciudad les había mandado órdenes para que marchando rápidamente, se le incorporasen. En tal expectativa se le ocurrió al General Zamora prender las sabanas de El Corozo sembradas de paja alta y seca, para interponer así una columna de fuego y humo entre sus tropas impotentes por falta de municiones, y las fuerzas enemigas. Los centralistas no pudieron seguir atacando y menos perseguir á los federales á causa de aquel gran fuego que así devoraba los pajales como los muertos y a algunos heridos”.
“Cuando llegaron a El Corozo los refuerzos, el General Zamora comenzó de nuevo a perseguir al enemigo con su sorprendente actividad. A las cinco de la tarde ya las caballerías federales habían alcanzado la retaguardia enemiga, hostigándola hasta las seis, que pasó el río Paguey, en donde el Coronel Casas, á pesar de una herida que recibió en El Corozo, se había situado con una fuerza para proteger la llegada y el paso de sus compañeros que habían quedado atrás”.

COMBATE DE CURBATI

“Aquellos restos del ejército del gobierno anduvieron casi toda la noche del 24 y llegaron á Curbatí; no habían acabado de pasar el río de este lugar cuando les rompieron los fuegos los federales, que otra vez les habían dado alcance”.

“Desde Curbatí en adelante fue cuando los restos del ejército del gobierno comenzaron á perder más hombres por dispersión, los que en su mayor parte iban cayendo prisioneros. De Curbatí continuó la retirada y siguió la persecución siempre activísima y dirigida en persona por el General
Zamora”.

“Hasta un poco más allá de Curbatí hubo alguna disciplina, subordinación y orden en la retirada, pero de allí en adelante ya el pánico se había apoderado de aquellos destrozados restos, y cada cual hacía lo que quería. El 26 de diciembre fue el último encuentro de los federales con un grupo de sus contrarios, pero no hubo sino tiros sueltos y aprehensión de dispersos, entre éstos algunos jefes y muchos oficiales, en su mayor parte personas notables de Caracas, de Carabobo y Coro. Cesó la persecución, como á cuatro o cinco leguas de Curbatí, en plena montaña, en la vía tan difícil y escabrosa que por los Apartaderos conduce á Mucuchíes y á Mérida”.

“Los federales, y á su frente Zamora, el héroe de aquellas brillantísimas jornadas que causaron asombro, realizadas en diez y seis días, volvieron á Barinas cubiertos de gloria. El Ejército vencido había perdido en los distintos combates entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos, dos mil quinientos hombres; y perdió también su artillería, bestias, cargas, equipajes, archivo, instrumentos, banderas, botiquines y más de dos mil fusiles. Apenas si llegaron á la ciudad de Mérida, del ejército que fue a Santa Inés, poco más de cuatrocientas personas, jefes, oficiales y tropa, de las cuales había algunos heridos”.

“Al ejército del gobierno le faltó general, jefes principales, y por consiguiente habilidad y previsión, en cambio les sobró valor; más esta gran dote, sin las otras, no puede producir sino derramamiento de sangre y el sacrificio de la causa que se defiende”

ANÁLISIS DE LA BATALLA,
LA EXPLOTACIÓN DEL ÉXITO Y
LA PERSECUCIÓN. LA IMAGINACIÓN CREADORA DE ZAMORA

Pocos documentos permiten conocer lo que sobrevino en Santa Inés en base a los planes emitidos por Zamora; no existen “partes” de batalla (*). los testimonios existentes son exclusivamente narrativos, escritos a posteriori, evidentemente afectados por juicios de valor, con escasa explicación disciplinada.

Cotejando e interpretando los precipitados documentos al calor del momento psicológico de entonces hemos obtenido las siguientes conclusiones:

-El Comandante Zamora planificó y ejecutó la acción retardatriz de Santa Inés en forma magistral: la ubicación, distribución y coordinación que hizo de todas y cada una de las posiciones de retardo, le permitieron burlar al enemigo y enardecerlo para después infligirle el máximo castigo.

-El Comandante
Zamora estudió militarmente el terreno donde pensaba ejecutar su plan de operaciones; inferimos que tomó su decisión luego de repasar mentalmente todas las áreas posibles y de efectuar reconocimientos exhaustivos en muchas de ellas. A la postre se quedaría con la mejor.

Las fuentes históricas coinciden en que explotó al máximo los obstáculos naturales del terreno tales como bosques, áreas pantanosas y quebradas y, donde no existían aquellos, ordenó construir trincheras que en conjunto le permitieron estructurar un laberinto inexpugnable únicamente descifrable por él y sus Comandantes subordinados.

Es muy probable, según análisis de resultados parciales de la operación, que Zamora hubiese planificado incluso hasta el tiempo que el enemigo debía ser detenido delante de cada una de las trincheras que estructuró como posiciones retardatrices.
En lo que se refiere a la organización de su unidad para el combate, el Comandante
Zamora se ciñó -seguramente por paralelismo cultural que evidencia su imaginación creadora- a ciertas reglas que conocemos hoy como postulados de la disciplina militar:

a) En primer lugar combinó caballería e infantería para formar unidades tácticas que distribuyó en función del poder relativo de combate y de su idea de maniobra; las unidades de adelante, fuertes en infantería, y las de atrás, fuertes en caballería.
He aquí la organización inicial para el combate.
-Escalón de seguridad (Trincheras de La Palma).
Formado por dos unidades de combate al mando de los Coroneles León Colina y Jesús María Hernández.
-Primera posición retardatriz (Trinchera del Trapiche).
Constituida por una unidad de combate a las órdenes del General Ortiz, y sendos batallones reforzados, al mando de los Coroneles Mora y Franco.
-Segunda posición retardatriz (Trincheras del caño El Palito).
Formada por una unidad de combate al mando del General Rafael Petit y dos batallones reforzados bajo la dirección del Coronel Armas y del Ingeniero Chaquert.
-Tercera posición retardatriz (Trinchera de La Encrucijada).
Defendida por una unidad combinada de combate al mando de Calderón, Vásquez y Aranguren.
-Cuarta posición (Reserva móvil).
Conformada por una unidad de caballería (colocada inicialmente al SO del poblado) bajo el control de Zamora, y un batallón de infantería (300 hombres) dispuesto en la plaza de Santa Inés.
Según lo previsto por
Zamora, la organización para el combate se iría modificando a medida que progresara el ataque enemigo. Su plan era muy simple: las posiciones retardatrices posteriores debían reforzarse con las unidades replegadas de las anteriores, lo que traducía un debilitamiento progresivo de las fuerzas atacantes a medida que avanzaran.

La distribución equilibrada de sus piezas de maniobra permitieron desarrollar la operación sin perder el ímpetu ofensivo el cual mantuvo desde el mismo momento en que los enemigos, que nunca pudieron descifrar sus jugadas, pisaron el peine atreviéndose a seguirlo donde él quería llevarlos: a Santa Inés.
A partir de las posiciones iniciales de La Palma y, a medida que retrogradaba, fue reforzando sucesivamente las posiciones de atrás, asegurando con ello, al final, su capacidad contraofensiva.

b) En segundo lugar, resulta asombroso su planificación de la reserva, al coincidir con los postulados que establece la disciplina militar moderna en casos similares. (*) Zamora la organizó versátil, pequeña y móvil -unidad equivalente a un escuadrón de caballería bajo su control- para ejecutar contraataques y proteger los flancos, especialmente el derecho, en caso de que el enemigo cruzara la quebrada El Palito.

Si creemos a Laureano Villanueva quien afirma que la última fase de la operación planificada por
Zamora era dividir su ejército en dos alas para lanzarse a la contraofensiva y, si observamos cómo quedaron potencialmente las cosas en la tercera posición retardatriz de Santa Inés -cuando los centralistas, espantados por sus bajas decidieron la retirada- tenemos que admitir que Zamora iba a lanzar su ofensiva momentos antes de que el enemigo lanzara su ataque a la cuarta posición donde él habría concentrado, por reflujo, todas las fuerzas replegadas de las posiciones retardatrices anteriores. Esto significa que Zamora planificaría una variante de la operación que hoy conocemos como ataque de desarticulación.

Según vimos, esta fase operacional quedó inconclusa por la entrada de la noche en el campo de batalla. Al filo de la madrugada los centralistas, diezmados en su empeño por penetrar la tercera posición, agotados por tantos golpes que lanzaron al vacío, sorprendidos por una estrategia desconocida, emprendieron sigilosamente la retirada. Empero, ya no tenían salvación: su incapacidad para retirarse en orden fue aprovechada por
Zamora quien emprendería tras de ellos una persecución sin vacilación, sin disminuir la presión sobre flancos y retaguardia. En efecto, el caudillo federal trató a toda costa de cortar las líneas de comunicaciones del enemigo; de rodearlo, como en El Bostero; de negarle rutas de escape, como en Barinas; sin exponerse en ningún momento a perder la iniciativa. Esto último le llevaría, correlativamente, a aceptar grandes riesgos como cuando atacó en El Corozo donde, sin municiones, prendió fuego a La Sabana en el momento preciso para ganar espacio y tiempo.

Fueron, pues, los ataques persistentes de Zamora los que permitieron estructurar una persecución tan eficaz, ataques que aisladamente lucían sin importancia pero que al final de la contienda la acumulación de sus efectos resultaría tan alienante que de aquel soberbio ejército oligarca sólo pudieron escapar 300 moribundos : en Curbatí habían desfilado “de uno en fondo y sin aliento”. Aranguren hizo prisioneras las últimas columnas. Rubín, Casas, Michelena y otros se arrojaron de sus bestias y se internaron en la espesura. El parque había sido arrojado a las ondas del Curbatí.

La estrategia inaugurada por
Zamora en Santa Inés y seguidamente el ímpetu de su feroz persecución habían transformado el miedo del enemigo en terror.

EL SITIO DE SAN CARLOS.
MUERTE DE ZAMORA


Los defensores de San Carlos, avanzada de seguridad de Caracas, se enteran del desastre del Ejército constitucional, analizan la situación y estiman que no hay más alternativa que apresurar la defensa; han procesado información y saben que Zamora se acerca. En efecto, éste se ha fijado que necesita consolidar el triunfo de Barinas: infatigable, se dirige en marcha de aproximación en dirección general de Guanare-Araure-San Carlos para conquistar esta última ciudad, en cuyas inmediaciones acampa en la noche del 9 de enero.

Esa noche Zamora no duerme: hay intensa actividad guerrillera y, además, debe supervisar el cumplimiento de las órdenes que ha impartido: cortar las comunicaciones enemigas y evitar que refuercen San Carlos. El sitio ha comenzado. Las horas discurren muy lentas mientras su mente estructura una idea de maniobra que permita tomar la plaza de San Carlos, seguir a Valencia y después -¡por fin!- hasta Caracas. Sus labios apenas se mueven con este murmullo: “¡Horror a la oligarquía!” Ese es su leit-motiv; está poseído por un sueño implacable que se quedará inconcluso...

En la madrugada se acerca a San Carlos. Atrás se va quedando la seguridad del monte que circunda al enemigo. Desafiante penetra en el peligro. Amanece. Raudo como el viento flanquea la ciudad al galope: las avanzadas federales, orgullosas, le miran pasar como a un Fauno impenitente. El crepúsculo náutico matutino le sorprende enarbolando su bandera de siempre, la invencible bandera amarilla de los liberales. Sus planes contemplan una infiltración hasta la plazoleta de San Juan. Sigiloso como la sombra sube a la torre de la iglesia para estudiar el terreno y el dispositivo enemigo; los ojos vivaces le brillan como ascuas debajo de las espesas cejas mientras escruta encrucijadas y puntos claves del poblado. Acto seguido se apresura a reconocer su propia posición, mejorar el dispositivo y reorganizar sus tropas. Un inconveniente -¿real o fingido?- entre dos oficiales federales le lleva a introducirse en el solar de una casa. Intrigado, avanza con decisión para interceder en el problema. Acaso piensa, recordando a Bolívar, que es preferible un combate contra los centralistas, a estos disgustos entre los federales. Recorta el paso mientras alguien se acerca... Un halo misterioso se desprende del ambiente; no lo percibe. En el aire vibra la traición; no la siente. Está obnubilado. Piensa que nada podría sucederle después de haber salido ileso de esas increíbles batallas anteriores, de ese elipse infernal cuyos focos de Santa Inés y Curbatí llenaron de estupor a Venezuela y le inmortalizaron. Craso error del gran caudillo federal al confiar ciegamente en los suyos... Guzmán Blanco ha dejado a Falcón y le acompaña. No muy lejos las regiones circundantes se estremecen con detonaciones aisladas. Extrañamente un disparo retumba muy cercano y Zamora se detiene de repente;... con el asombro estampado en su rostro extiende los brazos y da unos breves pasos mientras la sangre rebelde va abotonando su ojo derecho... sus piernas arqueadas se doblan en un ángulo imposible... y luego, de súbito, se desploma de bruces hundiendo su revolucionaria imagen entre la tierra, su bien amada: una bala ha traspasado la cabeza del “Valiente Ciudadano” dejándole sin vida. ¡Balazo traicionero! El general Falcón queda petrificado cuando Guzmán le da el parte militar... y el apóstrofe de un ¡Qué! doloroso, largísimo, censurante le brota desde adentro como interrogante que persiste hasta hoy.

Ciertos hombres del Estado Mayor Federal pretenden silenciar el hecho ocultando el cadáver pero ya no es posible: una tristísima noticia se repite y se repite sin cesar: ¡Zamora ha sido asesinado! ¡Zamora ha sido asesinado! De inmediato se produce un vacío de mando y de poder... la indisciplina se extiende como la sombra... queda interrumpido el campo psico-físico dentro del esquema militar por el derrumbamiento del Jefe. La piramidal estructura se ha quebrado. Los soldados no pueden entender ni aceptar la muerte de Zamora: ¡Imposible! ¡Imposible...!

La vida de Zamora ha concluido como un triste poema de dolor, una elegía; la razón de su muerte, esa muerte increíble, la recibe su tropa como absurda herejía.
El ambiente comenzó a violentarse, a cargarse de dudas. En las trincheras, en los fosos de tiradores, en plena operación militar, la enardecida tropa se consume en reflexiones:
¿Hubo algún señuelo para el crimen de San Carlos?
¿Qué factores coadyuvaron para que el disparo no fallara: para que fuese tan bien dirigido hacia el quepis (*) que cubría la cabeza de un hombre tan astuto y prevenido como el líder federal?

¿Por qué enterraron en secreto su cadáver?

Y si la bala partió de filas enemigas, como pretenden hacer creer, ¿por qué no salieron “héroes” centralistas a disputarse su muerte? ¿Es que no se dieron cuenta del prestigio que ganaba el hombre que matara al general Zamora?
¿A quién estorbaba Zamora? ¿Quién salía beneficiado con el atentado?
La duda de los soldados federales era tremendamente razonable: veintiún días después del asesinato revelaba Juan Vicente González en “El Heraldo”: “¡Bala afortunada! ¡Bendita sea mil veces la mano que la dirigió...!” Prudentemente no apareció el hombre dueño de esa mano. Con él desaparecería un nuevo judas que no podía cobrar el precio de su traición. Con él se perdería la huella de los autores intelectuales del crimen.

A posteriori se aclararía el panorama del trágico suceso: un oficial federal de apellido Morón sirvió de cándido instrumento para la infeliz coartada. El asesinato tuvo un designio preconcebido, una finalidad concreta y una trayectoria clandestinamente organizada: el camino hacia el poder estaba ahora despejado. Este hecho anuncia históricamente la falsificación de la revolución.

La trágica desaparición del más egregio militar federal llena de dolor, desconcierto y pánico a la tropa cuyo espíritu se pierde. La consecuencia inmediata no es la finalización de la revolución, pero la victoria se ensombrece y se torna más y más lejana porque se prolongarán inútilmente los combates... El Mando Federal está desesperado: Ya no habrá quien pueda comunicar con pasión aquella mística profesional que transformaba las bandas anarquizadas en unidades efectivas, en batallones homogéneos con sentido de organización. Ahora será difícil el cumplimiento de la misión. Ya no habrá quien pueda ejecutar ni dar continuidad al esquema de maniobra estratégica que se había planificado (*). Y no se equivocan. La secreta jugada del jaque mate quedará enterrada con Zamora en el suelo de San Carlos, el 10 de enero de 1860. El Centralismo tambaleante -fracturado en Santa Inés - se derrumbará muy tarde, por su propio peso.

El asesinato del héroe popular cambia por completo el sentido de la historia del país; empero, a pesar de ello, la superestructura de la godarria explotadora se hundirá en la guerra civil con la fusión de los átomos sociales que, debajo, cristalizados en castas, la sostenían. Apreciamos que con Zamora, con Zamora que amó como nadie al bravo pueblo; que luchó hasta la muerte para mejorar su condición; que se entregó a él sin hipocresías partidistas; con Zamora no se habría enquistado Guzmán, autócrata usurpador de la síntesis de la revolución. Con él en el gobierno se habrían hecho singulares reformas que los godos, carentes de moral, no pudieron promover. Si el hijo infinito de Paula Correa hubiese sobrevivido a la oscura celada de San Carlos, probablemente nuestro igualitarismo no tendría como hoy esa enfermedad transculturizada de la dinero manía, ni el atávico complejo de querer ser importante; si la mano de Dios no se hubiese endurecido sobre su horizonte revolucionario, nuestro pueblo tendría acendrado en su inconsciente colectivo la idea de la Justicia Social, la honesta idea de la cesión voluntaria de la riqueza superflua. Con el vencedor de Santa Inés no sólo tendríamos, como hoy tenemos, el más claro igualitarismo de América, sino que habríamos ascendido a síntesis dialécticas superiores; hegeliana y paradójicamente. Pero era pedir demasiado; el Dios de los Ejércitos había sido muy generoso con Venezuela...

Cada día aparece uno que despierta a los dormidos... Con la vida de Zamora, con su muerte, con el profundo y sublime misterio de su muerte puso a vivir a su patria sobre libros auténticos, turgentes de historia. A caballo de esa historia, a campo traviesa de montañas y llanuras infinitas ha seguido cabalgando en pos de su norte y su destino porque sus ideales están siendo tomados muy en cuenta; la semilla sembrada en la conciencia de los hombres no ha desaparecido definitivamente:

“¿Era rojo Zamora? Yo lo miro Valiente
El orgullo del pueblo en la raza llanera,
fue doctrina y escuela, sigue siendo bandera,
el amor de los suyos, el horror de otra gente
El maestro me dijo que Catire; lo he leído...
revolución y Dios de lo venezolano
Sin reservas algunas le habría dado esta mano
y en las filas de entonces ¡Sargento hubiera sido!”

Entretanto. ¿qué había sucedido en el campo de la política después del derrocamiento de Julián Castro?, ¿qué hay detrás del interregno?
Un desastre similar al del campo militar, como preludio, confrontaba el gobierno central: Pedro Gual, quien se había ocultado durante el golpe de Estado, es buscado afanosamente para que se encargue del poder ya que el Vicepresidente Tovar también se había escondido (en Puerto Cabello), temeroso de ser prisionero de sus enemigos. Gual es localizado e impuesto de la situación y del deber de asumir la presidencia provisional: entonces, de acuerdo a sus planes, decide adoptar una conducta ecléctica entre lo que recomienda su propia ideología y la desazón que produce el pronunciamiento del pánico desatado por la furiosa acometida de los federales: cauteloso, trata de ganar la voluntad de éstos e incluye en su tambaleante gobierno a ciertos personeros del partido amarillo, pero los revolucionarios se dan cuenta del engaño y responden agresivamente. A lo largo y ancho del territorio las facciones subversivas incendian las mentes de los hombres; Pedro Vicente Aguado se alza en Maiquetía proclamando una como especie de guerra a muerte contra los godos: “Sea cual fuere la conducta que ellos han observado, siempre que de ello se derive hostilidad directa o indirecta a los principios federales que sostenemos, los hace acreedores del último suplicio”. Desasistidos de la razón y carentes de coraje para ejercer el mando, los gobernantes han abierto aún más la ya desvencijada puerta de la violencia, transformando a Venezuela en volcán de pasiones incontroladas.

En este ambiente endurecido ¿qué puede hacer Tovar? Ha recibido mensaje de Gual: ahora es presidente. Tiene una sola opción: resarcir su conducta y drenar su vergüenza: cuando sale de su escondite y regresa a la capital, asume el poder urgentemente camuflando su vergüenza con represalias; envanecido, adopta enérgicas pero inútiles medidas cuando ordena levantar un fuerte ejército -¡como si la fortaleza de éste pudiese lograrse de la noche a la mañana!- para proteger al gobierno y dar al traste con las aspiraciones federales; luego llena las cárceles de prisioneros y, no conforme aún, ratifica el juicio que por traición hablase iniciado al ex-presidente Castro. Pero sus precauciones resultarán inútiles, pues no pasará mucho tiempo sin que Páez le cobre el no haberle preferido para dirigir la revolución de marzo. El país nacional retrocede ante este ambiente sombrío: desorden, traición, confusión, venganza, odio y componendas. Los Jefes de Estado no pueden hacer nada que permita modificar esta angustiosa situación; a excepción del Gran Majadero, que rigió los destinos de la patria sin mandarla, todos siguen siendo inferiores a sus circunstancias y a sus pueblos.

El 28 de julio de 1860 Julián Castro es declarado “culpable del delito de traición” a instancias del Congreso, organismo que también intercederá para que no se le aplique pena alguna. ¿Componenda política? Indudable. En la lucha por el poder, liberales y conservadores habíanse detectado sus recíprocas traiciones. Casi todos los parlamentarios, a pesar de sus mecanismos de defensa reconocían que sus propias actitudes pasadas habían coincidido en apoyar y complementar las del ahora prisionero, pero el país político estaba sediento de sangre y por tanto debía buscarse una víctima expiatoria. Por eso los golpes maquiavélicos que liberales y conservadores no pudieron darse por temor de no tener la suficiente fortaleza para acabar con el contrario, se los propinaron a Castro. En esta hora de cobardías, de venganzas y de ambiciones de poder, pocos hombres asumen la responsabilidad de sus actos y sólo dos de ellos se dejan oír: Carlos Soublette y Fermín Toro, cuyas palabras encendidas de justicia y de razón serán apagadas por aquella vorágine de sentimientos subalternos.

En los mandos federales también se deterioran las cosas, porque después de la dramática muerte de Zamora sobreviene el desbarajuste del ejército, y la Federación comienza a perder aquel espíritu maravilloso con que sus hombres afrontaron empresas por encima de sus fuerzas naturales.

Falcón ha asumido el mando de las tropas y continúa sitiando a San Carlos, ciudad defendida por débiles fuerzas centralistas que capitulan el 16 de enero de 1860. Sin embargo, este triunfo es sólo un espejismo militar y Falcón lo sabe; se da cuenta claramente del vía crucis que le espera: no está empapado de los planes de campaña ni entiende el manejo de los resortes de la organización, pues el desaparecido estratega había sido muy absorbente en el mando. No sabe qué hacer; el momento psicológico es negativo y muchos dudan de él: sin presentar combate se encuentra estratégicamente derrotado; no obstante, confía que en el campo de batalla podrá demostrar su visión táctica y derrochar el coraje necesario para cambiar cualquier derrota estratégica en hábil y ordenada retirada. El análisis del Poder Relativo de Combate le arroja resultados desesperanzadores, sobre todo en el poder moral, porque ha sentido en carne propia que el misticismo de la tropa, fruto del magnetismo y victorias de
Zamora, se ha esfumado con su muerte. Su situación es muy difícil. Hay muchas deserciones. No tiene municiones. No tiene pólvora; lo único que está cargado -de tensiones y dudas- es el ambiente. Los soldados piden decisión. Entonces se arriesga y marcha a Valencia para intimar a Febres Cordero a una rendición prácticamente imposible porque éste, que ha procesado información y no ignora cómo han quedado las municiones de los federales después del desgaste de Santa Inés, y el espíritu combativo de las tropas después del vacío dejado por Zamora, no le contesta y prepara la ofensiva para una batalla que ya estaba ganada. Falcón se sabe perdido; a toda prisa se dirige hacia los llanos apureños con la intención de obtener municiones y pertrechos de parte de los neogranadinos que también ensayaban su guerra federal, pero parece ser tarde para el “mendigo de pólvora...”

Tomado de de: Sitio de la Presidencia de la
 República Bolivariana de Venezuela

Nota: Las figuras indicadas y la aclaratoria a las llamadas, y que faltan en el presente artículo, faltan también en el sitio original.

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004