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Bolívar el mito |
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| Venezolanidad | ||||||
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Por:
Rafael Marrón González |
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Bolívar el mito
La realidad de este "destino manifiesto" es que fue conformado en la mente del pueblo, durante generaciones, por homéricos maestros, historiadores de exacerbado nacionalismo mojigato y poetas deificadores que así lograron masificar un infalible Bolívar sobrehumano, invencible y delirante a cuya visionaria elocuencia temblarían los anales del futuro cuyos siglos asombrados penderían de la profusa dimensión de sus pensamientos validados en broncíneas citas indiscutibles, que, como triste resultado, lo alejó del pueblo y lo colocó en inútil adoración perpetua, al servicio de los intereses políticos de las ambiciones de turno, de ayer y de hoy. El bronce ocultó al Bolívar humano El bronce y el mármol y el sortilegio de los mitos divinizantes transmigraron la dimensión demasiado humana del Bolívar real, altivo, humilde, vengativo, autoritario, cruel, bondadoso, inquieto, justo, injusto, enamorado, inflexible, terco y genial. Sencillamente un hombre de carne y hueso, con debilidades, fortalezas, defectos y virtudes, al que los llaneros llamaban "culo e' fierro" y los granadinos "longaniza"; el que se impuso al resto de los prohombres de la independencia americana, por la lucidez y coherencia de su pensamiento y acción dirigidos hacia un objetivo irrenunciable; el de la indoblegable persistencia, fortaleza de carácter, capacidad de sacrificio e indomable fuerza de voluntad; el romántico revolucionario de profundas contradicciones que aprendió en la amargura que una cosa es el ideal y otra muy distinta la realidad; el que se sacudía el polvo de las derrotas para levantarse al aliento de su humana voluntad y continuar la lucha a pesar del alerta de las heridas, convencido de que "Dios concede la victoria a la constancia". Este es el Bolívar, que despojado del oropel artificioso del altar, es útil al pueblo como egregia referencia de la capacidad del hombre, varón y varona, para llevar a cabo aquello que como tal se propone. Una estatua para el Bolívar derrotado No existe una sola estatua que recuerde al Bolívar derrotado del año 14, al de la Emigración a Oriente, al del exilio de Jamaica, al abandonado de Ocumare, al desorientado del Rincón de los toros, al desconsolado viudo de 20 años o al moribundo de Santa Marta que como Alonso Quijano deliraba "Vámonos, vámonos, que esta gente no nos quiere". Todos quieren al Bolívar triunfador, de cegante mirada alucinada, fulgurante de medallas que jamás usó. El Bolívar de la frente abatida por el dolor y el fracaso a nadie interesa, sin entender que el Bolívar de la estrella centellante surgió del Bolívar derrotado y fugitivo de la Carta de Jamaica que en Cartagena expresara: "...El que lo abandona todo por ser útil a su país no pierde nada y gana cuanto le consagra (...) Me iré a vivir lejos de mis amigos y de mis compatriotas, y no moriré por la patria (...) infeliz de mí que voy a morir lejos de Venezuela, en climas remotos...". Se inicia el mito Los mitos que rodearán la biografía escolar de Bolívar comienzan en su estadía en México, camino a España, en 1799, a los 16 años, negando su incultura y defectuosa educación evidenciada en aquella su primera carta desde el puerto de Veracruz que muy mal parados deja a sus maestros de entonces. Según versión difundida por O'Leary, oyó en la casa del Virrey Asanza, hablar de la Revolución Francesa y emitió una opinión que ofendió al Virrey que molesto suspendió la conversación y aconsejó al Oidor "que hiciera seguir su viaje a aquel muchacho", y debió partir inmediatamente para Veracruz. Resulta muy difícil de creer que un adolescente de dieciséis años, sin títulos nobiliarios por añadidura, pudiera discutir de alta política nada menos que con un Virrey, en pleno absolutismo. El historiador Augusto Mijares opina en su obra "El Libertador": "Aunque esta anécdota es muy seductora, nos parece absolutamente inadmisible. Es preciso ignorar la cautela con que se habla en los regímenes despóticos sobre cualquier tema que toque la política, para aceptar que en el palacio del virrey de México, y ante personas de paso, se promoviera ese tema de la revolución francesa. Menos verosímil aún es que el niño Bolívar, que pasaba tantos trabajos para escribir una carta a su tío, se atreviera a opinar a lengua suelta, sobre acontecimientos que apenas se conocían en América por algunas publicaciones clandestinas; y finalmente, llega al absurdo suponer que dentro de la rígida etiqueta de la época se le permitiera hacer aquello ante personas mayores y de tal jerarquía, sin que a lo menos se recurriera a cambiar inmediatamente la conversación a las primeras palabras del entremetido forastero". Mitos para el orgullo de la clase dominante Otra de estas leyendas lo sitúa jugando pelota con el príncipe de Austria, futuro Fernando VII, tres años mayor que él, y especulan que en una jugada le tumbó el sombrero de un pelotazo, y pretenden ver en este accidente un augurio de lo que en el futuro perdería Fernando, ya rey, con Bolívar. También se le coloca en la Guardia de Honor de la princesa María Luisa, futura reina de Etruria, pero tampoco existe evidencia alguna de esta posición en la corte. Además es difícil aceptar que un desconocido de ultramar, indiano para más señas, pudiera desplazar en tan disputado cargo a los hijos y protegidos de los nobles españoles. Estas anécdotas falsas que colocan al futuro Libertador en íntima relación con la corte española, son producto de la mentalidad aristocrática pueblerina que trata de imponer la tesis del Bolívar redentor de los oprimidos, pero manteniéndose como digno exponente de la superioridad de su clase. Bolívar no era aristócrata Olvidan que Bolívar no fue aristócrata, su familia era de antigua prosapia caraqueña, descendiente de encomenderos, fundadores y funcionarios provinciales, y poseía bienes de fortuna que la nivelaba económicamente con la nobleza, pero que provenía de provincias pobres de España. Eran funcionarios de la corona en Venezuela que, a diferencia de la Nueva Granada, Perú, México, o Argentina, que eran virreinatos, era una humilde Capitanía General. En aquella época el dinero sin sangre azul de nada servía, mientras que la sangre azul, aunque sin dinero, obtenía siempre privilegios. Bolívar, por lo tanto, no tenía el libre acceso a los privilegios cortesanos que se le adjudican; y no sólo él, tampoco los tenían sus tíos Palacios y Blanco, furibundos realistas. Y más mitos En diciembre de 1804, según otro mito de O'leary, Bolívar y que recibió del embajador español una invitación para asistir a la coronación de Napoleón en la Catedral de Notre Dame, se dice que la rechazó y se encerró en un cuarto. Imagínense ustedes, por lo selectivo que es en sus invitaciones un tropical acto protocolar de la toma de posesión de un intrascendente Presidente latinoamericano, como sería lo difícil de lograr una invitación para la coronación de un megalómano emperador victorioso como Napoleón. Los más conspicuos nobles y jefes de Estado se disputaban el derecho a estar presentes, y va a recibir un joven indiano sin relaciones con el Estado una invitación nada menos que del Embajador de España en Francia. Bolívar sí presenció la coronación pero confundido entre el público callejero. Refiriéndose al acto, posteriormente diría el 10 de mayo de 1828 a Perú de Lacroix: "Vi en París, en el último mes del año 1804, la coronación de Napoleón. Aquel acto magnífico me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba por el héroe. (...) La corona que se puso Napoleón sobre la cabeza la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que conquistaría el que lo libertase; pero cuán lejos me hallaba de imaginar que tal fortuna me aguardaba". Otra leyenda Otra leyenda de O'Leary, que no dudamos en considerar falsa, cuenta que durante su estancia en Roma, Bolívar, también y que por invitación de la embajada española, visita al Papa Pío VII quien le tiende el pie derecho calzado con una lujosa sandalia con la Cruz bordada en oro, para que se lo besara, Bolívar se niega indignado, el Papa desairado dice "dejen al indiano hacer lo que le plazca". Augusto Mijares, pionero en estas lides desmitificadoras, opina que lo que narra O'Leary sobre la actitud de Bolívar frente a Napoleón y esta anécdota tienen semejanza muy sospechosa, y acota: "...es imposible admitir que el joven caraqueño, sin ninguna categoría especial, ocupara el primer puesto al lado del embajador". El mito se torna religión Estos mitos exacerbados por Guzmán Blanco, quien creó la primera República Bolivariana, de hecho sin apoyo constitucional, al decretar que la plaza mayor de Caracas se convirtiera en Plaza Bolívar para honrar al héroe, lo que le ocasionó no pocas críticas de la sociedad caraqueña de la época que todavía guardaba resquemor por la actuación de Bolívar en su última estadía en Caracas. También decretó Guzmán que en todo pueblo de Venezuela su calle principal y su plaza mayor se llamaran Bolívar, y en 1873 se acuñaron las primeras monedas de cinco reales con la efigie de Bolívar y para 1879 la primera moneda que se llamará "Bolívar". Y así, escuela mediante, se fue alejando Bolívar de su condición mortal para tornarse religión que ha servido de sustento panfletario a cuanto ignaro militarista ha puesto sus garras en la Presidencia de la República. Hoy es imperativo separar al Bolívar histórico del Bolívar político para rescatar la verdadera síntesis de sus ejecutorias para que sirva de estímulo al progreso de la nación por el desarrollo de sus individuos. Si son dioses los paradigmas del pueblo más reducida será su autoestima. Mitos, mitos que deifican las acciones superiores del hombre, condenando al héroe a un eterno gravitar sobre pueblos encadenados por la ignorancia y los vicios estimulados por la recurrente demagogia, con la promesa imposible de una redención que en realidad está en la voluntad individual como ejemplifica magistralmente la inmensa obra del Bolívar humano. |
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Por: Rafael Marrón González |
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