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ANÉCDOTAS DE BOLÍVAR |
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LOS BURROS DE AQUÍ Y |
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| Hacía rato que dos acompañantes del Libertador se habían trabado en una lucha “sin cuartel” en el Cuartel General de Huamachuco. Se trataba de un duelo de remoquetes entre el doctor Bernardo Monteagudo y Sánchez Carrión, quien por el incidente de Angasmarca había quedado dueño del campo en el que los había colocado el “gran quema sangre” de Bolívar. Pero si Dios es grande, el diablo es de buen tamaño; y se presentó la ocasión para apagarle el farol a Sánchez Carrión. Hasta hoy se está dilucidando quien debe pagar los platos rotos de una rivalidad entre Huamachuco y Cajabamba. Sin embargo, esclareciendo el momento en que se produce esta anécdota, Huamachuco, o mejor su gente, lo ofrendaba todo en aras de la patria; mientras los cajabambinos, como don Miguel de Escalante a la cabeza, hacían de las suyas por el rey y su Corona. Debido a uno de los acostumbrados paseos que Bolívar hacía en compañía de ambos “contendientes”, en esta ocasión con Sánchez Carrión y acompañados por el invitado cajabambino (quien había llegado a Huamachuco para presentar sus respetos al Libertador), Bolívar apreció no tan sólo la adhesión de Cajabamba a la causa libertadora, sino también la agudeza e ingenio que demostró en las veladas y sobremesas en las que participó el cajabambino. Entonces, la invitación que le hizo para el paseo tenía su “porqué”; llevar a cabo un nuevo duelo entre el cajabambino y Sánchez Carrión, valiéndose de comparanzas entre los dos pueblos “rivales”. Después de un gran recorrido por el camino que iba a Cajabamba llegaron al río Negro, límite entre Huamachuco y Cajabamba -dato que le hicieron conocer los acompañantes-, Sánchez Carrión con un inadecuado gesto y creyéndose triunfador sobre Monteagudo pretendió sellar su prestigio aplastante, y dirigiéndose al Libertador exclamó: Desengáñese vuestra excelencia... “desde este río hasta Cajabamba ni los burros son buenos”; a lo que contestó el cajabambino: “desde este río hasta Huamachuco que buenos burros”. Bolívar ensayó una mueca burlona por unos instantes, regresando a Huamachuco en ambiente de compungidas y veladas sonrisas. Llegados a Huamachuco y noticiado Monteagudo del incidente del río Negro, no hay para que decir el “gustazo” que tuvo de la estocada aplicada, sin ánimo de venganza, por el cajabambino. |
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LA CENICIENTA DE BOLÍVAR |
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| En el año 1824 el párroco de Cajabamba, don José Perea, y los coadjutores de la parroquia, como don Manuel José Carbajal y don Nicolás Vereau (estos últimos vinculados con el parentesco de varias familias cajabambinas y ayudados por el general La Mar), en vista de la generosidad y atención de los lugareños lograron desagraviar al Libertador que, desde su llegada, está incómodo entre “godos” y “realistas”, convenciéndolo por fin de la sincera adhesión de Cajabamba a la causa emancipadora por los doce mil pesos contantes y sonantes reunidos, los cuales tuvieron la virtud de hacerlo cambiar de talento. Por esto y mucho más decidió permanecer algún tiempo en Gloriabamba, pues la excelencia de su clima muy bien le asentaba a su organismo. Habiendo llegado a mediados de 1824 Simón Bolívar permaneció hasta fines del mes de julio, fecha en que salió de nuestra provincia para enfrentarse al poderío español en Junín (se dice que desde esta tierra escribió una carta al general Antonio José de Sucre). Bolívar estuvo en Cajabamba en los meses de mayo y junio, época de las clásicas “saca de papas” y de las “trillas”, las cuales traducen su colorido folklórico y vernacular. En estos días hubo fiestas, comidas y saraos en honor al Libertador. En la Pampa Grande, lugar ameno, poético y de bello paisaje, situado a kilómetro y medio de la Plaza de Armas, se había organizado un festín campestre con motivo de una “saca de papas”; y como la “trilla” conserva entre nosotros el nombre típico de “minga”, era deseo de sus anfitriones hacer participar a don Simón Bolívar como invitado de honor. Asistió a dicho acto festivo la flor y nata de la sociedad cajabambina. Entre las damas resaltaba por su lozanía juvenil y deslumbrante belleza doña Josefa Ramírez, a quien cariñosamente en sociedad llamaban “Chepita”, y cuyo padre, no obstante el notorio hispanismo de Cajabamba realista, era decidido partidario de la causa de la Independencia, pues había estado en comunicación secreta con Bolívar. Allí estaban las damas haciendo derroche de galanura, distinción y lujo desbordante, ataviadas con amplias faldas armadas de “crinolinas” y “categorías” que llevaban el nombre de “sayas culecas”; altas peinetas con tembleques o gusanillos de oro y perlas; las manos exornadas con joyas diamantinas, esmeraldas y zafiros; los ricos mantones de Manila tornasolados, policromáticos y sugestivos; las finas medias y los zapatos de rostro bajo, hechos de raso de seda con hebilla de oro, cubrían los delicados pies. Bolívar se encontraba presente con el general José de La Mar y su Estado Mayor, todos con gran uniforme. Y mientras en la chacra los peones hacían centellear a los “chiguacos” o lampillas, hurgando el surco terroso y pródigo de tubérculos, los olores de fritangas de gran cantidad de cuyes y gallinas, patos y carneros infestaban el ambiente; a la par que la bien preparada chicha de jora cajabambina circulaba en vajillas de plata repujada, irrumpiendo los El Libertador para actuar libremente se despojó de la histórica y victoriosa espada de Caracas, sobre los españoles y Canario en los llanos del Orinoco venezolano, que llevaba ceñida y la colgó en la rama de una planta de capulí, cuyo tronco añoso y más que centenario se ve aún en un solar al norte del campo de aviación; casa-quinta que a fines del siglo XIX perteneció al señor David Figueroa, luego al señor José Espinoza (quien en 1883 participó en la batalla de Huamachuco), y, finalmente, a los señores Alcalde, cuyos herederos hasta ahora lo poseen. El Libertador, ante quien temblaba España y se posternó la América toda, paró en seco, hincó rodilla en tierra y la calzó por su propia mano abrochando la dorada hebilla. Es la réplica fiel del Príncipe Legendario calzando los pies de porcelana de la bella Cenicienta. |
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BUEN GALLO ES USÍA |
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| Una mañana de junio (buena época para los gallos) se realizaba una riña de gallos “de a pico” en el atrio del templo, a la que fueron invitados, para presenciarla, elementos godos y simpatizantes de la causa libertadora. Esperaban que la invitación hecha a Bolívar sea aceptada, tanto por ser ya una afición americana venida de Cádiz, como que, para él, el espectáculo era un permanente recado de heroísmo. La afición a la crianza y a la lidia de gallos jugaba esa mañana, y casi en honor a Bolívar, los personajes: un “ají seco”, con parche blanco, y un “francolino”, los que careados en los recursos de la experiencia en este caso, quedaban listos para el inicio de la pelea. El “juez” en su respectivo sitio para conducir el desarrollo del espectáculo y, desde luego, para dictar su fallo si es que uno de los contendientes enterraba el pico. Dábase los primeros aletazos y picotones, cuando el ayudante de Bolívar abría la puerta del convento -así se nombraba a la casa del cura- para dar paso a los generales La Mar, Miller y Gamarra, seguidamente al Libertador, quienes se dieron con una nutrida concurrencia, en la que se encontraba gente respetable y lo verdadero del pueblo (realistas y los que querían la Independencia). La jugada avanzaba y cerca del final se arrimó a Bolívar un personaje popular apellidado Briceño y conocido como el “boludo” (debido a una prominencia en el cuello que le daba particular aspecto). Este personaje fue abrazado por el Libertador, nadie podía imaginárselo, ganándose por esta actitud un aplauso general, engrosándose la concurrencia que abarcaba todas las gradas del atrio y formándose un bolivarianismo total. Los generales del Estado Mayor mostraban indiferencia para con el “boludo”, pues hacían manifestaciones de azareo. La jugada daba los últimos golpes, y el “boludo” valido de gran olfato gallístico, maliciando del que iba a ganar, expresó a Bolívar esta frase: “Buen gallo es Usía”; así, sin coma o descanso en la pronunciación y repitiéndola por cuatro veces bien calculadas. El Usía y la falta de la coma lo mordió a Bolívar. También lo zarandeaba el apelativo de “gallo”, pero más lo intrigó la supresión del título de Libertador. Y sin disminuir su irritación se volvió contra el “boludo” y le indagó: -¿Conoce Ud. al Libertador? -No lo conozco Usía, sino que tengo su retrato y también el de su madre -contestó el “boludo”-. -Si no me enseña esos retratos, lo hago fusilar -le replicó Bolívar, encendido de una cólera muy bien disimulada-. -Están en mi casa Usía -dijo Briceño-. -Vamos a su casa -nuevamente replicó Bolívar-. Demás está decir que la jugada acabó a capazos. Por su parte, los godos aplaudían íntimamente la intervención del “boludo”. Bolívar acompañado por sus generales y buena parte del público tomaron el camino a la Pampa; estando en el habitáculo del “boludo”, éste sacó de su baúl dos estampas. -Aquí tiene Usía, al Libertador y a su madre -Eran Jesucristo y la Virgen María- Bolívar comprendió la idiosincrasia de Briceño, hizo la venia a las estampas y con este acto terminó por ganarse la simpatía de los circundantes. Posteriormente pasó muchos días dedicado a sus labores y gozando con familias y amistades que lo iban conociendo sucesivamente. |
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| Luis Alfredo Eslava Iparraguirre |
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| Jr. O'donovan 889 - Cajabamba (Cajamarca) |
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| PADRES |
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| HERMANOS | |||||||
Felipe Alfonso, Wálter Leoncio, Raquel Estela, José Manuel, María Gloriosa y Carlos Francisco. |
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| ESPOSA E HIJOS | |||||||
Elena Jesús Ramírez de la Cruz. |
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| LUGARES DE TRABAJO Y TIEMPO DE SERVICIO | |||||||
Trabajó en el magisterio durante 30 años, 3 meses y 25 días; en los lugares de Sitacocha, Cauday, Tacshana y Cajabamba. |
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| OBRAS Y OTROS ESCRITOS | |||||||
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| CARGOS EJERCIDOS DURANTE ESTOS AÑOS | |||||||
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