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Bolívar y las Castas,
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GENERALIDADES Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, el más completo de los americanos, libertador por antonomasia, creador de Bolivia, fundador de la primera Colombia, héroe máximo de la independencia de seis repúblicas de hoy, no nació ni pobre ni revolucionario, sino en una cuna aristocrática (mantuana), dueño de una rica fortuna entonces representada por minas, haciendas cacaoteras y cientos de esclavos, y en circunstancias tan distanciadas de la insurgencia de los pueblos, que bien pudo ser un representante del poder colonial español y un desalmado explotador del pueblo, pero su desinterés, inteligencia y rebeldía hicieron que, a la vuelta de pocos años y después de unas cuantas decisiones radicales, se pusiera a la cabeza del más profundo y vigoroso movimiento insurreccional llevado a cabo en el sur de América.
En la Caracas colonial cuya población no sobrepasaba unos treinta mil habitantes, Simoncito creció como todos los niños de su rango social; mecido en los brazos de una esclava negra llamada Hipólita. Su nodriza, es quien amaba como a una segunda madre, acompañando a sus padres en sus oficios religiosos, jugando con otros niños de su edad en el patio perfumado de granadas de su casa natal y recibiendo las enseñanzas de sus primeros maestros. Los Valles de Aragua eran entonces las tierras más fértiles de Venezuela. Allí en la pequeña población de San Mateo, la familia Bolívar poseía una hacienda. Los cuatro hermanos solían viajar a ella de vez en cuando. Les gustaba ver como cantaban en los terneros o fiestas patronales. Juan Vicente Bolívar y Ponce, padre de el Libertador, murió el 19 de Enero de 1.786, a la edad de 60 años y su esposa Maria de la Concepción Palacios de Bolívar, falleció después el 6 de Julio de 1.792, a la temprana edad de 34 años. De consiguiente, Simón Bolívar tenía apenas dos años y medio de edad cuando perdió a su padre y 9 cuando quedó huérfano al perder también a su Madre. Simón a pesar de ser el menor siempre era líder o cabecilla. Preferiría irse con los esclavos y mestizos que trabajaban en la plantación. Con ellos se bañaba en el río y con ellos jugaba al trompo y subía a los árboles. Allí también aprendió a montar a caballo. A los 8 años tenía ya fama de ser estupendo jinete. Pero a pesar de estos respiraderos la infancia de Simón fue muy dolorosa. Un día, estando en Caracas la Mamá se pone muy triste. Los niños reciben orden de no alborotar en casa. Se entornan las ventanas. El médico de la familia va diariamente para tratar la enfermedad del Papá. María Antonia la mayor lo comprende antes que los otros. “Papá está muriendo - dice en voz bajita a los demás hermanos.” Toda la familia se vistió de lutos. Los numerosos amigos y parientes desfilaron antes del féretro. Doña Concepción reunió a los cuatro hijos. Los besó en silencio y luego con lágrimas muy limpias en los ojos les dice: “Papá ha muerto. Papá ha ido al cielo. Desde ahora yo sabré darles el cariño de su ausencia”. Quizá el pequeño Simón no logra entender la muerte de su padre apenas tenía 3 años. Don Feliciano Palacios, padre de Doña María de la Concepción queda como tutor de los niños, pero murió al año siguiente. Después de la muerte del abuelo Simón quedó bajo el cuidado de su tío Carlos Palacios, quien se hace cargo de el y sus hermanos. El ambiente familiar termina desmoronándose con el casamiento de sus hermanas y la salida de Juan Vicente al cargo de otro tutor. Este cambio de ambiente influye sobre Simón, quien al poco tiempo huyó de la casa del tío y pretendió vivir en la casa de su hermana Maria Antonia. Esta dio origen a un pleito judicial entre su tutor y el matrimonio Clemente Bolívar; la pareja alegó todas las razones que le asistían a fin de que la Real Audiencia permitiera que el joven viniera con ellos, pero la Audiencia falló en favor del tío Carlos Palacios, y Simón debió obedecer, no sin antes dejar en claro su opinión sobre el hecho, la cual fue asentada en el expediente del juicio, dijo, entre otras cosas "si a los esclavos se les permite cambiar de dueño cuando eran objeto de malos tratos, ¿Por qué no se le permite a él vivir con la gente que más le agradaba?; que el tribunal podía disponer de sus bienes, mas no de una persona. A raíz de este incidente, el joven Simón ha sido confiado a Simón Rodríguez quien dirigía en esa época una escuela de primeras letras en Caracas. Pedagogo Liberal y excéntrico, de vasto pensamiento universalista, supo sembrar en el alma de su alumno el germen de las ideas nuevas "Usted formó mi corazón para la libertad, para la grandeza, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló; escribió Bolívar a su maestro Rodríguez muchos años más tarde. Otros de sus profesores fue el célebre Andrés Bello, conocido como el maestro de América y el más grande humanista del continente. A los 14 años, Simón ingresó con el rango de Cadete en el batallón de milicias de Blancos de los Valles de Aragua, y un año más tarde era ascendido a Subteniente. Su hoja de servicios rezaba entonces: "Valor: conocido: aplicación sobresaliente" pero no será nunca militar de escuela. El lo será de todas y su arte de la guerra, a pesar de todos los manuales que había leído y asimilado saldrá más bien del fulgor de su genio de su constancia de sus cualidades de caudillo excepcional que conducirá a la victoria a las multitudes enardecidas por su verbo, por su patriotismo y por su amor a la libertad.
Cada uno de los viajes que Simón Bolívar realizó durante su juventud y su adultez, le ofreció un cúmulo de conocimientos sobre los valores sociales, culturales, sistemas políticos, criterios ideológicos, potencial humano y situaciones económicas. Esto le permitió el poder actuar y hablar de acuerdo a las circunstancias no en forma superficial sino precisa y objetivamente. El Libertador asigna a los viajes una importancia fundamental en su carrera tres viajes realizó Bolívar a Europa con motivos diversos, pero fácilmente con un solo fin: construcción de su personalidad, búsqueda y acumulación de experiencias elaboración de un destino. El primer viaje a Europa lo realizó cuando apenas tenía 15 años y medio en el que se encuentra con su tío Esteban, le permite recibir una cultura general de diferentes maestros hasta que los problemas políticos ocasionaron la desgracia de su tío, fue a vivir a la casa del Marqués De Ustariz, allí el conocimiento general dio poco al conocimiento profundo, fundamentado en un intenso e interesado estudio. Convirtió allí en el ávido lector que fue durante su vida. Durante este primer viaje también conoce al amor de su vida: María Teresa Rodríguez del Toro, con quien se casa luego de cumplir un sin número de requisitos entre lo que se encontraba el permiso del Rey, no obstante la juventud de los dos, ella de 21 y él un poco menor, de 19. Su proyecto de vida era el propio de un heredero de ricas haciendas: fundar un hogar, tener hijos, acrecentar las propiedades. Pero la suerte les dio otro destino, porque a los pocos meses de llegados a Venezuela, María Teresa murió de fiebre amarilla, muere entre asombro y consternación de la familia. La prematura viudez fue un suceso decisivo en la vida de Bolívar, el mismo comprendió así: “Miren ustedes lo que son las cosas; si no hubiera enviudado quizá mi vida hubiera sido otra; no sería el General Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo en que mi genio no era para ser Alcalde de San Mateo”. Nuevamente el corazón de Simón Bolívar sufre un golpe de amarga soledad. Más tarde diría a un amigo: "Quise mucho a mí esposa y su muerte me hizo jurar que no volvería a casarme". Y lo he cumplido. La necesidad de olvidar el luto abatimiento y la soledad afectiva le impusieron a planificar otro viaje a Europa. Nunca más buscó otro amor como este, que le exigió constancia y pureza. Bolívar tuvo otras mujeres a las cuales amó de paso, sin concederles la importancia aún con la fascinadora Manuelita Sáenz, que muerto el, debía darle conmovedora prueba de abnegación y amor, fue justo en ese sentido que tuvo con ella la lealtad acaso más egoísta que conocemos aunque parezca lo contrario de ponerle que se separaran, por que "nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y del honor" y solía llamar la amable loca, aunque ella merecía mucho más. En la vida de Bolívar se conoce otra mujer que la llamaba "Mi gloriosa" cuyo nombre verdadero era Joaquina Garioca y que, firmaba "Gloriosa Simona Joaquina Trinidad y Bolívar". Bolívar también pasó por México y Cuba se sitúa en España y conoce Francia. El segundo viaje llega por propósito la distracción de la viudez temprana dura 3 años en los cuales disipa una cuantiosa fortuna material, en su segundo viaje también se observa una faceta diferente a la del primer viaje; aquí el interés era evidentemente político, le atrae el dominio en el manejo de los bienes del estado y el bienestar de su patria. Puso especial atención a la relación de influjo y veneración que había logrado Napoleón con el pueblo Francés en esos días de gloria. De Francia, Bolívar pasó a Italia, y en Roma rodeado de los recuerdos de la época republicana se consolidó su convicción plena de que debía lucha por la libertad de los pueblos americanos y de que esa tarea a ejecutar de ahí en adelante. El tercer viaje a Europa, va de diplomático a la Gran Bretaña, como interprete de una de las primeras embajadas venezolanas. Bolívar tiene ocasión de degustar calmadamente la vida Inglesa, siente una admiración extraordinaria por el pueblo ingles y también estabilidad, respeto, dignidad, sensatez, sentido práctico, le produce la más alta y viva impresión. Al comienzo de 1.799 viajó a España. En Madrid, bajo la dirección de sus tíos Esteban y Pedro Palacios y la reataría moral e intelectual del sabio Marqués de Ustariz se entrega a los estudios. Bolívar encontró muy agradables amistades en Paris, se tropezó con otros jóvenes criollos americanos como los ecuatorianos, los Montujar y Vicente Rocafuerte y volvió a reunirse con su querido Maestro Simón Rodríguez. Otro motivo grato que distrajo al joven viudo en Paris fue una amistad íntima con su prima "Fanny Du Villars". Bolívar realizó otro viaje de estudio por América en Compañía de otro sabio naturalista de origen Francés, el botánico Bonpland. La vida de Bolívar entre 1802, antes de su matrimonio, y 1806, está caracterizada por el despilfarro y la banalidad. Los placeres de la vida fácil en Europa para quien es rico y los mil atractivos del esplendor napoleónico pudieron fascinar a Bolívar por un tiempo, el suficiente para hartarse. Pero no todo el tiempo. Hay constancia de sus críticas ponzoñosas al boato del Consulado y a la corrupción que se adueñaba de París, de su deseo de hacer algo útil por su patria, así fuera dedicarse a las ciencias físico-químicas, y del trato no muy frecuente pero suficiente con sabios como el barón Von Humboldt, Aimé Bonpland y otros, lo que demuestra que a la par que Bolívar se divertía con holgura, también maduraba proyectos superiores.
Estando en Roma un día de agosto de 1805, en el Monte Aventino juró, ante su maestro Simón Rodríguez, regresar a América y prestarle apoyo a la lucha armada, en la mas hermosa promesa que un joven haya hecho jamás a su patria:
Por entonces muchas ideas políticas de avanzada ya eran del dominio público: la república electiva, la igualdad ante la ley, la abolición de la esclavitud, la separación de la Iglesia y el Estado, la tripartición de poderes, la libertad de cultos y el derecho de gentes (los derechos humanos) constituían, por así decirlo, el consenso americano, pero faltaba quien hiciera realidad, acto de gobierno, todo ese proyecto liberador. Y era imposible hacerlo en una colonia, puesto que no se trataba de cambiar de rey, sino de abolir la monarquía; ni de discutir los yerros de la dominación española, sino de imponer la soberanía del pueblo. Por todo eso se debía hacer la guerra. A fines de 1806, al saber que Francisco de Miranda (1750-1816) se dedicaba a fomentar la guerra en Venezuela, Bolívar decidió regresar, y después de un recorrido por Estados Unidos, llegó a su patria a mediados de 1807.
Es verdad que Bolívar regresó a Venezuela para administrar sus fincas, pero también es cierto que en las reuniones que se llevaban a cabo en su quinta de recreo, a orillas del río Guaire, más que tertulias literarias se tramaban conspiraciones. Por eso al estallar la chispa insurreccional en Caracas, el 19 de abril de 1810, cuando el pueblo desconoció al gobierno colonial de Vicente Emparán, Bolívar, en compañía de Andrés Bello y Luís López Méndez, fue nombrado por la junta revolucionaria comisionado ante el gobierno británico, con la exacta instrucción de convencer al ministro de Asuntos Exteriores, Lord Wellesley, de apoyar la insurrección caraqueña. En diciembre de 1810 regresó Bolívar a Caracas con pocos triunfos diplomáticos, porque el gobierno inglés, aunque simpatizaba con los actos independentistas de los americanos, como una manera de socavar la hegemonía española en este continente, estaba unido a España por un tratado de alianza. Mientras tanto, Bolívar había convencido a Miranda para que lo acompañara en un nuevo esfuerzo por consolidar la independencia de su patria. En 1811 Bolívar, con el grado de coronel que le concedió la Sociedad Patriótica de Caracas y bajo las órdenes de Miranda, contribuyó a someter a Valencia, que no obedecía a la Sociedad, y en 1812, a pesar de sus esfuerzos por defender la plaza de Puerto Cabello, a él confiada, no logró evitar que cayera en manos de los realistas debido a una traición. Desilusionado ante la rendición del generalísimo Miranda ante el jefe español Domingo de Monteverde, pero deseoso de continuar la lucha, Bolívar decidió, en unión de otros jóvenes oficiales, apresar a Miranda. Aunque Bolívar no lo entregó a los españoles, otros sí lo hicieron, y el infortunado precursor fue embarcado preso hacia Cádiz, donde murió poco después. Todos perdieron aquella vez, y Bolívar apenas logró un salvoconducto para emigrar, gracias a su amigo Francisco Iturbide. Se trasladó a Curazao y luego a Cartagena de Indias, donde escribió uno de sus más célebres documentos, la "Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño", conocido también como Manifiesto de Cartagena (diciembre 15 de 1812). Allí se opuso a la copia acrítica de fórmulas políticas buenas para «repúblicas aéreas», criticó el federalismo como inadecuado para los nuevos Estados emergentes, sugirió la formación de un ejército profesional en vez de milicias indisciplinadas, proclamó la necesidad de centralizar los gobiernos americanos y propuso una acción militar inmediata para asegurar la independencia de Nueva Granada, consistente en reconquistar a Caracas, que era, a su sentir, la puerta de toda la América meridional. Propuso, en fin, pasar a la ofensiva estratégica. En la práctica, esa fue la campaña que de inmediato llevó Bolívar a cabo con éxito notable, acrecentando su prestigio de supremo director de la guerra. Así pues, a la cabeza de un pequeño ejército, limpió de enemigos los márgenes del Magdalena, ocupó en febrero de 1813 a Cúcuta, y en sólo 90 días, entre mayo y agosto, liberó a Venezuela en una rápida y fulgurante sucesión de batallas. Por eso esta campaña recibió el nombre de Admirable y Bolívar fue aclamado por vez primera como Libertador, título oficial que le concedió la ciudad de Caracas en octubre de ese año y con el que será universalmente reconocido. Casi a la vez, ocurrió otro suceso memorable: en junio, al pasar por Trujillo, Bolívar decretó la guerra a muerte, con lo que consiguió solucionar el problema fundamental en toda guerra, que es hacer el deslinde político-ideológico entre amigos y enemigos y sentar un elemental principio de identidad nacional y de clase. Afirmó que eran americanos los que luchaban por su independencia sin importar país de nacimiento ni color de la piel; y que eran enemigos los que aunque nacidos en América, no hicieran nada por la libertad del Nuevo Mundo. Con ese decreto, tan vituperado incluso por bolivarianos de nota, Bolívar logró separar, tajantemente, los dos campos, evitando el apoyo que mantuanos y hacendados criollos daban a los realistas; creó condiciones para la guerra de todo el pueblo, en la que nadie podía permanecer indiferente; y atrajo a llaneros, cimarrones, indios y esclavos al ejército patriota. En el decreto de Guerra a Muerte está el secreto de la Campaña Admirable, que es, a su vez, la clave de la libertad de Venezuela. Sin embargo, el establecimiento, por segunda vez, de la república en Venezuela no duró mucho tiempo. A pesar de triunfos en batallas como las de Araure, Bocachica o la primera de Carabobo, y de resistencia, heroica como la defensa de San Mateo, Bolívar en el occidente del país y Santiago Mariño en el oriente se vieron obligados a cederle el terreno al sanguinario asturiano realista José Tomás, Boves (1782-1814), quien al vencer a los patriotas en el combate de La Puerta (Junio de 1814), los obligó a evacuar la ciudad de Caracas. Se produjo, entonces, la patética emigración de veinte mil habitantes hacia Barcelona y Cumaná huyendo de la persecución de Boves. Con otros oficiales, Bolívar logró escaparse a Cartagena otra vez, donde podía hallar refugio y renovados apoyos. Cuando todo parecía llegar a su fin, derrotado y desconocido por sus antiguos partidarios, Bolívar lanzó en Carúpano (septiembre de 1814) un manifiesto lleno de serenidad, con la mirada puesta en el futuro, superando las aciagas circunstancias momentáneas. Propuso algo más que la independencia, que es la libertad, se declaró culpable de los errores cometidos pero inocente de corazón, y se sometió al juicio del Congreso soberano: «Libertador o muerto dijo- mereceré el honor que me habéis hecho, puesto que ninguna potestad humana podrá detenerme hasta volver segundamente a libertaros».
Al servicio de la Nueva Granada, Bolívar recibió la orden del Congreso de ocupar la provincia disidente de Cundinamarca para incorporarla a las Provincias Unidas. Cercó entonces a Bogotá, la que pese a la excomunión eclesiástica, logró tomar sin derramamiento de sangre. De esta manera, en enero de 1815, se pudo trasladar el Congreso de Tunja a Santa fe. Enseguida partió el Libertador a Santa Marta, pero en Cartagena se encontró con la hostilidad de Manuel del Castillo, que aunque del ejército patriota, abrigaba de tiempo atrás resentimientos contra Bolívar. Bolívar había decidido poner sitio a Cartagena, pero desistió para evitar el enfrentamiento armado que hubiera sido el comienzo de una guerra civil cuando más se necesitaba la unión, porque se acercaba la reconquista española de Pablo Morillo, al frente de 15 mil veteranos. Bolívar emigró a Jamaica, el 14 de mayo de 1815. Ante tan desesperada situación, Cartagena, asediada por Morillo, proclamó en octubre su anexión a Inglaterra en busca del apoyo británico. El duque de Manchester, gobernador de Jamaica, hizo caso omiso de la solicitud cartagenera. Bolívar se dedicó en Kingston a una intensa campaña publicitaria en The Royal Gazette. Escribió varias cartas públicas a comerciantes ingleses, describiendo la situación de América en su conjunto, con realismo, ecuanimidad y clarividencia, a tal punto que todo lo allí indicado se cumplió cabalmente a lo largo del siglo XIX. Por eso han sido llamadas proféticas esas cartas, en especial la firmada el 6 de septiembre de 1815, dirigida a Henry Cullen, "Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla" Nuevamente la estrategia integracionista de Bolívar para hacer de América una respetable «nación de repúblicas» tuvo aquí su presencia. Otra carta firmada por "El Americano", menos conocida, es una vívida descripción y diagnóstico de la plural identidad latinoamericana, con fundamento en su diversidad étnica. Tal vez en la vida de Bolívar no hubo otro año más desastroso que 1815, pues no sólo se vio exiliado y sin recursos, sino que fue víctima de un intento de asesinato a manos de su antiguo criado Pío, sobornado por los agentes de Salvador de Moxó, gobernador realista de Caracas. Se trasladó entonces a la República de Haití, donde su presidente, Alejandro Pétion, le proporcionó magnánima ayuda con la condición única de que otorgara la libertad a los esclavos negros. Al poco tiempo salió de Los Cayos una magnífica expedición al mando de Bolívar, que llegó en mayo de 1816 a la isla de Margarita y tomó Carúpano por asalto. Bolívar decretó el 2 de junio la libertad de los esclavos. Ese mismo año retornó a Haití, donde se pertrechó por segunda vez y volvió a la carga. A comienzos de 1817 encontramos a Bolívar en Barcelona, trabajando para hacer de la provincia de Guayana un bastión en la liberación de Venezuela: había comprendido que debía hacerse fuerte donde el enemigo es débil y modificar la estrategia de ocupar las principales ciudades costeras. De esta manera, en julio tomó la capital principal, Angostura (hoy ciudad Bolívar); en Octubre organizó el Consejo de Estado, y en noviembre el Consejo de Gobierno, el Consejo Superior de Guerra, la Alta Corte de Justicia, el Consulado, el Concejo Municipal, y dio pasos para editar su propio órgano de prensa, El Correo del Orinoco, que apareció en junio de 1818. En aquella época no sólo se le oponían los españoles: también uno de sus generales, Manuel Piar, quien prevalido de su segundo nivel jerárquico y de ser negro, trató de resucitar la guerra de razas de la época de Boves, aunque esta vez en el espacio republicano: Bolívar lo paró en seco, y ante su deserción, ordenó su prisión y juicio. Piar, lamentablemente, fue condenado al fusilamiento por el Consejo de Guerra, sentencia que se cumplió el 16 de octubre, consolidando, a tan alto precio, la autoridad de Bolívar y evitando así una inaudita guerra de razas.
El año de 1819 fue dedicado a la planeación de una gran estrategia libertadora. Ahora, ya arraigados los patriotas en el oriente venezolano, con el Orinoco como vía regia para comunicarse con los proveedores de armas y hombres del exterior con los llanos del Apure al centro y la selva virgen a la espalda, se podía diseñar una campaña a mediano plazo. Bolívar logró sorprender a Morillo en Calabozo, aunque los patriotas perdieron la batalla en Semén. En Rincón de los Toros una patrulla realista casi descubre a Bolívar, y se salvó por un golpe de suerte. Pero estas eran contingencias de la guerra. Lo principal era que se tenía una gran base patriota y que se había revertido la geografía de la revolución, cuando en 1814 los realistas eran dueños de los llanos y las selvas y los insurgentes de las costas y ciudades. La nueva estrategia, pues, daba sus frutos. En febrero de 1819 Bolívar convocó y logró reunir un congreso en Angostura, donde pronunció un discurso considerado después como el más importante documento político de su carrera de magistrado. Presentó también un proyecto de Constitución. Mientras tanto, uno de sus generales, Francisco de Paula Santander (1792-1840) había organizado un considerable ejército en los llanos orientales neogranadinos. A su vez, el general llanero José Antonio Páez (1790-1883), que le juró obediencia, había levantado un temible ejército de lanceros. En circunstancias diferentes los dos habían dado pruebas de fuerza, éste de valor temerario y aquél de meticulosa preparación. Por ejemplo, en Las Queseras del Medio, Páez había sido rodeado por Morillo, quien tenía cerca de seis mil soldados, mientras él sólo tenía unos cuarenta jinetes; atrajo a mil soldados realistas llano adentro aparentando retirada, y cuando los españoles le daban alcance Páez gritó «¡Vuelvan caras!»; los terribles lanceros le hicieron a Morillo 400 bajas entre muertos y heridos, provocando la desbandada realista (abril de 1819). A su vez, Santander, con inacabable paciencia, había entrenado en Casanare y en pocos meses, un ejército de alrededor de 1300 soldados. En mayo de 1819, Bolívar le confió al vicepresidente nombrado en Angostura, Francisco Antonio Zea, que desde hacía mucho había meditado una empresa que «sorprenderá a todos porque nadie está preparado para oponérsele». A Santander le había ordenado días antes que concentrara «todas sus fuerzas en el punto más cómodo y favorable para entrar al interior» de la Nueva Granada. Envió a Páez a los valles de Cúcuta como táctica de distracción; pues siempre pensó sorprender al general José María Barreiro y sus 4500 hombres, penetrando al territorio realista por el lugar menos propicio. Con los 2100 hombres que llevó Bolívar y los 1300 que tenía Santander, se llevó a cabo el epopéyico tramonte de los Andes. Hombres todos de tierras calientes y bajas fueron impelidos a subir a páramos de cuatro mil metros de altura, por caminos inciertos y precipicios de espanto, llevando armas, cabalgaduras, vituallas y parque. Rápidos combates en Pisba, Gámeza y el Pantano de Vargas pusieron a los españoles a la defensiva, aunque los patriotas se vieron por momentos en serios peligros de perder la iniciativa. El 7 de agosto se dio la batalla
del Puente de Boyacá que, siendo de menor importancia militar que la del
Pantano de Vargas, tuvo mayor repercusión política, pues los restos del
ejército español fueron derrotados y el propio Barreiro y su alta
oficialidad cayeron prisioneros. A consecuencia de esta batalla de cuatro
horas, el oriente de América meridional quedó liberado, incluyendo a Santa
fe, su capital. Las bajas españolas fueron entre 400 muertos y heridos,
además de la pérdida total de los pertrechos de guerra, gran parte de la
caballería y 1600 prisioneros. Por si fuera poco, el virrey Juan Sámano, al
enterarse del desastre, huyó de Santa fe dejando intacto el tesoro real,
calculado en un millón de pesos de oro. Morillo escribió al rey de España:
«Bolívar en un solo día acaba con el fruto de cinco años de campaña y en una
sola batalla reconquista lo que las tropas del Rey ganaron en muchos
combates». Dejó Bolívar el mando de la Nueva Granada al general Santander, y
sin pérdida de tiempo tornó a Venezuela. En Angostura, a propuesta suya, el
Congreso expidió la Ley Fundamental de la República de Colombia (diciembre
17 de 1819). Aunque por corto tiempo, el ideal integrador de una gran nación
americana inició así su hermosa realidad. A la fundación de la Magna Colombia se agregó otro hecho feliz: en Enero de 1820 estalló en España la revolución del general Rafael Riego, quien se opuso a la reconquista americana y facilitó la firma en Trujillo, Venezuela, de un armisticio y un tratado para la regulación de la guerra. Bolívar y Morillo, enemigos ayer, se entrevistaron en el pueblo de Santa Ana. Al cese de la tregua, los ejércitos patriotas reiniciaron con renovadas fuerzas la lucha independentista, lográndose la victoria el 24 de junio de 1821 en la sabana de Carabobo. Los restos del ejército español se refugiaron en Puerto Cabello, y en 1823 se rindieron incondicionalmente. Ahora Venezuela quedó libre y sólo faltaba Ecuador, donde aún permanecían los realistas. Después de breve estadía en Cúcuta, donde se reunieron los congresistas para aprobar una nueva Constitución, Bolívar se encaminó por Bogotá hacia el sur, mientras el general Antonio José de Sucre (1795-1830) hacía lo mismo desde Guayaquil. En Bomboná se venció la resistencia de los pastusos y en Pichincha, el 24 de mayo de 1823, se liberó definitivamente al Ecuador, quedando así integrado el bloque de países grancolombianos. Pero los españoles eran todavía fuertes y dominaban en tierra peruana, constituyendo una seria amenaza no sólo para Colombia, sino para la sobrevivencia del sistema democrático y republicano en toda la América. Además, todavía allí existían ideas monarquistas, que ataban a muchos patriotas a la vieja sociedad. Para discutir esos y otros proyectos libertarios se reunieron en Guayaquil (puerto recién liberado por Colombia) Bolívar y el general José de San Martín (1777-1850), libertador de Argentina y Chile y protector del Perú. Se ha dicho que lo hablado a solas entre los dos constituye un misterio indescifrable hasta hoy, pero a juzgar por lo que sucedió inmediatamente después, se puede colegir lo pactado: San Martín reconoció la soberanía colombiana en Guayaquil, solicitó y obtuvo el apoyo militar de Bolívar para avanzar al sur del continente con sus veteranas tropas, y él mismo ofreció irse de América para no crear conflicto de poderes con los colombianos. Bolívar, a su vez, vio la gran oportunidad para asegurar la independencia de Colombia y prestar al mismo tiempo concurso decisivo a la liberación suramericana. En 1823 la situación político-militar de Perú distaba mucho de ser apacible. Las divergencias entre el presidente José Riva Agüero y el Congreso dividieron la nación, mientras los españoles seguían intactos en la sierra. Las tropas de auxilio argentinas, chilenas y las colombianas, recién llegadas, se habían cansado de esperar una resolución definitiva. Los propios realistas estaban también divididos entre monarquistas recalcitrantes y liberales. Perú parecía un caso perdido. En tan crítica situación, Bolívar fue llamado formalmente por el Congreso, con facultades para reorganizar el ejército. Cuando se aprestaba a ocupar el Perú, la guarnición de El Callao se pasó a los realistas y Lima pasó a manos españolas. Entonces el Congreso se disolvió a sí mismo y designó a Bolívar dictador, como en la antigua Roma, entregándole todos los poderes para salvar al país. Pero contra los que pensaron que Bolívar se contentaría con asumir su autoridad de manera apenas circunstancial, se sorprendieron cuando un poderoso ejército multinacional de colombianos, argentinos, peruanos e incluso europeos, emprendió la ofensiva estratégica. El 6 de agosto de 1824 Bolívar derrotó en Junín al Ejército Real, en una brillante operación con armas blancas, la última gran batalla que así se dio en la historia mundial. Y pocos meses después, siguiendo la estrategia bolivariana, se dio el 9 de diciembre la batalla de Ayacucho, el más grande enfrentamiento de tropas que ha habido en toda la historia de América hasta hoy, pues pelearon 5780 aliados americanos contra 9320 realistas. Casi todos, el virrey, todo el Estado Mayor, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 468 oficiales y los generales José de Canterac y Zerónimo Valdés, así como la gran mayoría de la tropa, quedaron prisioneros. Los datos son útiles, porque con la batalla de Ayacucho terminó la etapa militar de la independencia americana y las iniciativas estratégica y táctica pasaron definitivamente a los ejércitos patriotas. Dos días antes del triunfo, el 7 de diciembre, el dictador Bolívar y su secretario José Faustino Sánchez Carrión, a nombre del Perú, cursaron una invitación a los gobiernos independientes de Colombia, México, Centroamérica, Chile y La Plata, es decir, que así quedaba reunida toda la América antes española. Aunque el Imperio del Brasil también fue invitado y aceptó participar, no asistió. Chile tampoco porque el Congreso no se había reunido para aprobar el viaje de sus delegados, y cuando lo pudo hacer, ya había concluido la reunión en Panamá. Las Provincias Unidas del Río de la Plata, bajo la presidencia de Bernardino Rivadavia, por distintas causas dejaron de asistir. Bolivia nombró delegados, pero no pudieron viajar oportunamente. Los Países Bajos fueron invitados como observadores, pero su delegado olvidó las credenciales y el Congreso no pudo habilitarlo. Francia, todavía comprometida con España, declinó la invitación. Paraguay no fue invitado porque la gobernaba el doctor José Gaspar Rodríguez Francia y estaba aislado de todo contacto exterior. Haití fue discriminado por el vicepresidente de Colombia, Santander, quien, en cambio, contra expresas instrucciones de Bolívar; invitó a Estados Unidos. Pero ninguno de los tres delegados norteamericanos pudo asistir a Panamá: Ricardo C. Anderson murió durante el viaje, John Sargeant llegó tarde y Poinsett esperó inútilmente el traslado del Congreso Americano de Panamá a Tacubaya, en México. Gran Bretaña fue invitada y asistió como observador. En resumen, el 22 de junio de 1826 lograron reunirse en la ciudad colombiana de Panamá, ocho delegados de cuatro países: Centroamérica, Colombia, México y Perú: Sesionaron en 10 ocasiones y aprobaron dos documentos trascendentales: el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua y la Convención de Contingentes Militares y Navales. También se discutió el problema de la esclavitud de los negros, la independencia de Cuba y de Puerto Rico y se creó un ejército de 60 mil soldados, una flota y un comando naval. Pero muchas intrigas políticas y saboteos más o menos encubiertos, malograron el espléndido proyecto anticolonial americano. Sin embargo, el teatro de la guerra pudo crecer después de Ayacucho por las amenazas de la Santa Alianza europea monarquista, para intervenir con 100 mil hombres en América, según la oferta de Francia a España. El 8 de marzo de 1825, en carta a Santander, Bolívar expuso su idea de una guerra popular prolongada como freno eficaz a la intervención europea. Su estrategia era permitir la invasión, dejarlos entrar, cerrarles las salidas y los suministros en Cartagena y Puerto Cabello, y atacarlos por partes mediante la guerra de guerrillas. No dudó en que ésta sería una gran guerra mundial desatada por los tronos contra las nuevas repúblicas liberales. De un lado estarían la Santa Alianza y las monarquías europeas, y del otro, Inglaterra y la América entera.
Igualitarismo: Simón Bolívar pensaba que la libertad debía envolver a todos los hombres, sin discriminación de razas o creencias; esto no era una concepción derivadas de sus lecturas, ni de la preocupación de su maestro Simón Rodríguez quien lo llevó a jurarla sobre el Monte Sacro, sino que su propia experiencia, adquirida frente a las injusticias observadas en el viejo y nuevo mundo, lo hacen tomar providencia para considerarla en el área geográfica americana, la cual servirá de escenario a su lucha revolucionaria. Bolívar provenía de una clase social aristocrática, que gracias a su riqueza podía adquirir a través del impuesto "lanzas de castilla" (título mobiliario), pero su decisión de luchar por el bien común, lo llevó a dejar de lado posiciones privilegiadas. Para enfrentarse con decisión a todo de dificultades y privaciones. Para él, la República no podía ser mobiliaria, ni selectiva, sino amplia y popular en la cual el individuo, sea cual fuere, atenderá a la denominación de ciudadano. En Venezuela, donde pudo palpar las injusticias que afectaban a los esclavos, indios y pardos, propicios la desaparición de los privilegios tal como lo determinó en Angostura y luego liderizando la gesta emancipadora. Otros hechos importantes es que en 1.827 pone en práctica su influencia para que su familia deje que su sobrina Felicia Bolívar, hija de su hermano Juan Vicente, contraiga matrimonio con el moreno General José Laureano Silva, demostrando así que era un hombre que cumplía lo que pregonaba como líder igualitario. Opinión Pública: periodismo o libertad de expresión. El libertador utilizó la prensa como arma eficaz dirigida a la promoción de sus convicciones de reformador social, y se distinguió por esto a lo largo de su vida. Bolívar emitía un mensaje diáfano a la opinión pública con lo que conseguía el respaldo necesario para la causa revolucionaria Bolívar logra, entre 1.818 y 1.821, contar con un vocero propio de la revolución, es el Correo del Orinoco, en el cual se dedicó a publicar sus pensamientos junto a los de la más brillantes mentes de la época como Francisco Antonio Zea, Manuel Palacios Fajardo, Juan Germán Roscio, José Rafael Revenga y José Luís Ramos. Al tener este equipo, el Libertador se lanzó en lucha contra la Gaceta de Caracas, dirigida por José Domingo Díaz, implacable enemigo de los patriotas, para así lograr el apoyo de la colectividad, para el libertador lo más importante era la opinión pública, a la cual consideraba como una de las primeras armas en contra de la tiranía y hace referencia a la misma así: “se me olvidaba decir a usted que indispensable oír a la opinión pública que si se quiere saber lo que desea, para que se adopte un gobierno provisorio que prepare la adopción de un nuevo gobierno legal".
Si el Libertador marcó pauta como estratega en la dura faena militar, igualmente brilló en el difícil cometido de estructurar políticamente los estados surgidos de las antiguas áreas geográficas coloniales, Bolívar siempre tuvo vigente su preocupación por la administración de la justicia; en Caracas en 1.813 y hasta el Congreso Admirable de 1.830, insistió en una u otra forma, en destacar la importancia de la administración de justicia como una actividad funcional del estado y en su proyecto constitucional en Angostura. El carácter social de la lucha obligó al libertador a establecer la justicia para tratar de dar seguridad al pueblo, ya que ahora, siente más de cerca el dolor popular y entiende sus aspiraciones. El sentir revolucionario de Bolívar se afianza al convencer se de que sin pueblo no había de garantía de triunfo. Según Bolívar, la propiedad era uno de los derechos del hombre, y se basaba para eso en los principios filosóficos y económicos sostenidos por el Liberalismo francés del siglo XVIII. En Bolívar encontramos frente a la propiedad privada, un estado regulador que debía intervenir en favor de los desposeídos. Simón Bolívar, el reformador
social, conforme a la ley, distribuyó bienes entre los hombres que hicieron
posible que sur -América quedara libre. CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
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