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Bolívar de izquierda
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| Nación y construcción discursiva | ||||||
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Por: Inés Quintero |
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"…Si algunas personas
interpretan mi modo de pensar |
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| El 4 de febrero
ocurrió un intento de golpe de estado en Venezuela. Ese día los venezolanos
nos enteramos de la existencia en nuestras Fuerzas Armadas de una agrupación
que llevaba por nombre Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200).
Sus integrantes, hasta ese momento absolutamente desconocidos, asumían la
responsabilidad de la asonada. Según manifestaban los promotores de la rebelión, la matriz ideológica del movimiento tenía su origen en el pensamiento de Bolívar y se proponía rescatar su nombre de las manipulaciones terribles de la historiografía y devolverle su verdadero carácter revolucionario. El golpe fracasó y sus dirigentes fueron sometidos a prisión.[2] Dos años más tarde, el 5 de diciembre de 1993, triunfaba en las elecciones presidenciales el Dr. Rafael Caldera. Una de sus primeras resoluciones fue adelantar el sobreseimiento de la causa a los comprometidos en la insurgencia del 4 de febrero. En marzo de 1994 ya no se encontraba en prisión ninguno de ellos. Transcurridos seis años del golpe, el 6 de diciembre de 1998, el comandante Hugo Chávez Frías, fundador del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, se convertía en Presidente de la República. Su candidatura había sido lanzada por el Movimiento Quinta República, organización política surgida del MBR-200, y apoyada por diferentes partidos, en su mayoría de la vieja izquierda venezolana. El 2 de febrero, día de su toma de posesión convocó a un acto de masas en el Paseo de los Próceres. Allí volvió sobre uno de los temas recurrentes de su campaña electoral: la recuperación del ideario bolivariano para ponerlo al servicio de la revolución. Manifestaba ante la concurrencia que había llegado la hora de la resurrección de la patria de Simón Bolívar y que, a partir de esa fecha, se ponía en marcha un proceso revolucionario el cual llevaba en sus entrañas el mismo signo de la gesta independentista de 1810 [3]. Pocos minutos más tarde en el discurso oficial de toma de posesión iniciaba sus palabras citando a Bolívar en su Discurso de Angostura: “…«Dichoso el ciudadano que bajo el
escudo de las armas de su mando convoca a la soberanía nacional para que
ejerza su voluntad absoluta». Por mil pueblos, por mil caminos, durante
miles de días recorriendo el país durante estos últimos casi cinco años, yo
repetí delante de muchísimos venezolanos esta frase pronunciada por nuestro
Padre infinito, El Libertador”.[4] En ese discurso hubo, aproximadamente, veinticuatro menciones al ideario del Libertador, guía fundamental de la revolución que adelantaría desde la primera magistratura. Desde ese día hasta el presente no ha faltado la mención a Bolívar en los discursos oficiales y en los actos públicos de masas convocados por el Presidente. Desde la óptica de Chávez, el pensamiento y la figura del héroe constituyen el soporte ideológico fundamental de los propósitos revolucionarios de su gobierno. En su afán de colocar a su régimen y a la patria entera bajo la tutela del Libertador se le cambió el nombre a la República. En una acción sin precedentes, la Asamblea Nacional Constituyente, integrada mayoritariamente por representantes afectos al gobierno y obsecuentes a los designios de Chávez, después de haberse manifestado reacia a complacer al Presidente en su deseo de modificarle el nombre del país, le añadió el adjetivo de “bolivariana” a la República de Venezuela y sancionó el nuevo nombre en el texto constitucional. Nos encontramos, entonces, ante un gobierno presidido por un hombre que se propuso llevar a cabo un golpe de estado inspirado en el ideario revolucionario de Bolívar y que, desde su condición de Jefe de Estado, se conduce de manera declarativa como el líder de un proceso bolivariano, revolucionario, nacionalista y de izquierda. Luego de tres años de gobierno, el “bolivarianismo” presidencial no ha disminuido. Por el contrario, se recurre de manera insistente al ideario de Bolívar como soporte de la revolución, en sucesivas declaraciones el presidente ha manifestado su interés en resucitar el Movimiento Bolivariano 200 y en atención a su llamado, se han organizado en todo el país los llamados “Círculos Bolivarianos” cuyo móvil político es la defensa de la revolución. Lo llamativo del asunto es que, en Venezuela, no es la primera vez que un Jefe de Estado se ha empeñado en promoverse y presentarse ante los venezolanos como el genuino y consecuente seguidor del ideario bolivariano, con la única diferencia de que, cuando esto ocurrió, la orientación que se le dio al pensamiento de Bolívar fue de signo absolutamente contrario. El precedente más cercano de Chávez en su entusiasmo bolivariano es el General Juan Vicente Gómez, también proveniente de nuestras Fuerzas Armadas, fundador del Ejército Nacional, Presidente de la República y Comandante en Jefe del Ejército desde el 19 de diciembre de 1908 hasta el 17 de diciembre de 1935, fecha de su muerte. Antes que Gómez, ya lo había hecho otro autócrata, pero en el siglo pasado: el general Antonio Guzmán Blanco. Desde el comienzo de su mandato asoció su gobierno a la hazaña libertadora y a la figura de su máximo héroe, el Libertador[5]. Durante su segundo mandato, conocido como el Quinquenio (1779-1884), se celebró la primera gran apoteosis bolivariana al conmemorarse el primer centenario del natalicio del Libertador, las analogías entre el prócer de la Patria y el “Ilustre Americano”, título concedido por el Congreso al Presidente, fueron ingrediente frecuente en el festejo y en los discursos, una amplia documentación da cuenta de ello[6] Tres décadas más tarde, en tiempos del General Gómez, se estableció un paralelo entre su ascenso al poder y el “..resurgimiento definitivo de la Patria”; momento de ruptura con un pasado que había puesto “…al borde de la ruina la obra misma de los libertadores”[7]. Otra fecha centenaria fue propicia para vincular de manera directa la administración “Rehabilitadora” que recién comenzaba con el aniversario de la Independencia en 1910. Parco en el discurso pero pragmático en el accionar, su régimen se presenta como la continuación efectiva de las conquistas alcanzadas cien años atrás y como expresión de la doctrina política de su figura máxima: Simón Bolívar. La diferencia con la época de Guzmán radica en que la recuperación y utilización de la emancipación y de Bolívar se hace a partir de una argumentación que justifica y refrenda la figura de un gobierno autoritario y personalista como instrumento necesario para la consecución del orden y el progreso. En ello se funda la ruptura con épocas pretéritas[8]. Durante el régimen de Gómez se difundió y popularizó la tesis del “gendarme necesario” según la cual, un gobierno fuerte y sujeto a los designios de un solo hombre era el único que podía conducir a la felicidad de la nación. El fundamento de tal argumentación se extraía, ni más ni menos, que del pensamiento de Simón Bolívar y el artífice de la operación fue Laureano Vallenilla Lanz, sobre ello volveremos más adelante. Gómez, al erigirse en el “dictador necesario” de los venezolanos según expresaban sus acólitos, no hacía otra cosa que seguir y ejecutar de manera fiel el pensamiento y la doctrina de Bolívar. Además, quiso la naturaleza dar una contundente demostración de la afinidad entre ambos: el General Gómez, al igual que Bolívar, nació un 24 de julio y murió un 17 de diciembre, también el mismo día que el Libertador. La feliz coincidencia favoreció la elaboración de apologías y semblanzas de ambos personajes en las cuales se hacía alusión a las afinidades entre el creador de la nacionalidad y su más fiel seguidor, el General Gómez, quien nació y falleció en las mismas fechas de aquel que había servido de inspiración y guía al régimen “rehabilitador”. Coinciden, pues en el siglo XX, dos regímenes de orientación política absolutamente opuestas, cuyos jefes -uno en el pasado y otro en el presente-, se han erigido ante los venezolanos como continuadores de la gesta emancipadora y como fieles seguidores del pensamiento de Bolívar. La paradoja es el resultado de un fenómeno tempranamente vislumbrado por el propio Bolívar: el de los usos equívocos e interesados de su nombre y sus ideas. Según advertía Bolívar en una carta escrita un año antes de morir y dirigida a Antonio Leocadio Guzmán, con su nombre se haría en Colombia "el bien y el mal"; y muchos lo invocarían "como el texto de sus disparates"[9]. No andaba descaminado en esto el Libertador. En vida, sus detractores utilizaron sus palabras e iniciativas para condenarlo; sus aliados hicieron lo mismo, pero para avalarlo. Después de muerto, el asunto adquirió proporciones dramáticas. No han sido, pues, Chávez y Gómez los únicos en apropiarse de las palabras de Bolívar para validar sus designios políticos, los más variados disparates se han cometido en su nombre y a partir de sus discursos. Una síntesis elocuente la registra el folleto titulado Bolívar Polifacético Su autor, el Capitán de Navío Bernardo Jurado Toro, nos lo presenta desde "…las múltiples aristas de su personalidad, cual caleidoscopio fulgurante"[10]. Del registro pormenorizado que realiza se desprende, no solamente lo que es consustancial a su trayectoria de hombre público y figura estelar de la épica americana, esto es, su condición de político, estadista y militar, sino toda una suerte de curiosas virtudes y versátiles iniciativas. Así, junto al Bolívar militar y político, está el Bolívar turista, periodista, internacionalista, hacendista, conservacionista, promotor de la agricultura, defensor de la industria textil, pionero de la zona franca de Margarita, enemigo de los reposeros, adalid en la lucha contra la corrupción y defensor de los huérfanos. Según los hagiógrafos, nada escapa a la visión planetaria del grande hombre de América. Al punto que uno de sus más conspicuos panegiristas contemporáneos, el doctor Vinicio Romero, con el fin de hacer viable la masiva utilización del mensaje "polifacético" e imperecedero del Libertador, elaboró un Diccionario del Pensamiento Bolivariano[11] del cual se puede extraer casi cualquier palabra y establecer su asociación con alguna de las frases presentes en la vastísima correspondencia de Bolívar o en cualquiera de sus numerosos discursos y proclamas, verbigracia: Amistad: "La amistad es mi pasión" Bien: "Hacer bien no cuesta nada y vale mucho" Casabe: "Ha durado tanto como casabe en caldo caliente" Dios: "Dios es el autor de todos nuestros sucesos" Invencibles: "Unámonos y seremos invencibles" Malvados: "Sólo los malvados pueden profesar odio a la virtud". Estamos, pues, frente a una práctica que nos ofrece a Bolívar desde las más variadas y extravagantes interpretaciones. Este tipo de ejercicio no es exclusivo de una peculiar idiosincracia venezolana, propia de quienes tuvimos la fortuna de ver nacer en estas tierras al padre de la independencia. En Colombia también se han hecho esfuerzos por popularizar el pensamiento del padre de la patria. En el año 2000 bajo el sello editorial Planeta salió una obra preparada por dos colombianos, tan bolivarianos como el doctor Vinicio Romero, son ellos el abogado Octavio Arizmendi Posada y el químico Carlos Gómez Botero. De la misma manera que lo hizo el diligente autor venezolano, los colombianos ofrecen a sus lectores una selección de palabras y temas ordenados alfabéticamente que nos remiten directamente al ideario de Bolívar. Así se puede identificar con extraordinaria rapidez qué pensaba el fundador de Colombia sobre la “ambición”, el “amor”, la “audacia”, el “bien y el mal”; la “confianza en Dios”, la “crisis social”, el “decoro”, el “desprendimiento”, la “gratitud”, la “hipocresía”, la “laboriosidad”, la “moderación”, la “paz”, la “religión”, Etc. Etc. Etc. El interesado en hacer uso del sugerente acopio de referencias que ofrece el pensamiento de Bolívar no tiene sino que buscar la palabra de su interés y conocer inmediatamente el sentido que tenía ésta para el Libertador.[12] Pero, sin lugar a dudas que, de toda la gama de posibilidades que nos plantea el tema de los usos y abusos del nombre y la palabra de Bolívar, dos de los más significativos por su contenido polarizador y excluyente han sido, uno: convertirlo en ideólogo de la derecha; el otro, asimilarlo al ideario revolucionario de la izquierda. Si bien la derecha lo vio primero y desde el siglo XIX se dio a la tarea de elaborar una interpretación de Bolívar que se acomodara a sus propósitos políticos, la izquierda, aunque mucho más tarde, no se quedó atrás y se ocupó de hacer ingresar a Bolívar al inventario de los adalides revolucionarios y de izquierda de América Latina. En ambos casos los forjadores de los dos Bolívar, uno de derecha y otro de izquierda, desarrollaron el mismo método: la arbitraria e interesada selección de sus palabras con el fin de armar la visión que se ajustaba a sus propósitos políticos. El resultado del ejercicio fue la construcción de dos versiones absolutamente contrarias de quien fuera un solo e indivisible individuo. El Bolívar de Derecha se nos presenta como un individuo autoritario, dictatorial, personalista y con profundas reservas frente a la igualdad; mientras que el Bolívar de Izquierda es un revolucionario, demócrata, popular, integracionista, adalid de la igualdad y antiimperialista. A la luz de los acontecimientos recientes el asunto merece atención especial. No solamente el presidente venezolano se ha convertido en el mayor propagandista de un Bolívar revolucionario y de izquierda, sino que en la vecina Colombia, las FARC lanzaron el 29 de abril del año 2000 el llamado Movimiento Bolivariano como instrumento político de la organización armada. La finalidad de esta agrupación es “….recoger los intereses y aspiraciones de los sectores populares y darle a sus luchas un carácter más organizado”. En opinión de uno de los voceros de la FARC, Alfonso Cano, miembro del secretario que se encuentra al frente del clandestino Movimiento Bolivariano, se trata de ofrecer a los colombianos una nueva concepción del Estado, democrática, que permita avanzar hacia formas de colectivización socialista, con el auxilio de una organización poli clasista. En ello consiste el movimiento político de la FARC que se define a sí mismo como bolivariano.[13] Si bien la utilización de Bolívar ha sido una práctica común entre nosotros desde el siglo pasado y en el presente, otorgándole las más diversas connotaciones -tal como lo señalara el propio Bolívar-, nos enfrentamos a una situación en la cual la figura de Bolívar ha sido incorporada al debate político de ambos países de manera interesada y con propósitos excluyentes y polarizadores en lo político y lo social. Lo delicado del asunto no es que se utilice de manera equívoca e interesada la palabra del Libertador con el propósito de convencernos de que ella encierra una temprana vocación izquierdista y revolucionaria, sino que, exactamente de la misma manera, puede realizarse el ejercicio contrario con el fin de adelantar y justificar desviaciones de clara orientación autoritaria, personalistas y de derecha argumentando, como se hizo en el pasado, que se trata de la verdadera y fidedigna interpretación del ideario bolivariano. En ambos casos se trata del mismo acto arbitrario y manipulador del pensamiento de Bolívar y ninguna de las dos atiende a las circunstancias históricas, ni a las delimitadas y específicas condiciones en las cuales actuó Bolívar, fundamentales a la hora de analizar y comprender el contenido, la orientación y la originalidad de la vasta y compleja producción intelectual y política del Libertador En las páginas que siguen se ofrece
una breve relación histórica del origen y la trayectoria de ambas
interpretaciones a fin de que el lector pueda conocer cómo se gestó en cada
caso la idea de un “Bolívar de Derecha” y de un “Bolívar de Izquierda” y
cuáles han sido sus expresiones en Venezuela y más allá de nuestras
fronteras. |
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| Indiscutiblemente,
el autor que elaboró la más importante y popular interpretación de un
Bolívar de derecha, conservador, autoritario y personalista fue el
venezolano Laureano Vallenilla Lanz. Nació Vallenilla Lanz en 1870 en Barcelona y se inició en la vida pública como diplomático en el gobierno de Cipriano Castro. Sin embargo, su figuración política e intelectual tiene lugar durante el gobierno de Juan Vicente Gómez. En 1911 se encarga por breves meses de la Superintendencia de Instrucción y luego es nombrado Director del Archivo General de la Nación. En 1915 acepta la dirección de El Nuevo Diario, periódico oficial del gomecismo. Luego de dieciséis años de activa labor como editorialista y publicista del régimen, es nombrado Ministro Plenipotenciario del gobierno venezolano en París. En diciembre de 1919 se editaba por primera vez su obra más controversial titulada Cesarismo Democrático. El libro recogía diversos ensayos del autor publicados originalmente en El Cojo Ilustrado, El Nuevo Diario y la Revista Cultura Venezolana entre los años 1905 y 1919. En octubre de 1911, ocho años antes de que apareciera su libro Cesarismo Democrático, Vallenilla había dado a conocer en las páginas de El Cojo Ilustrado la primera versión de "El gendarme necesario", polémico artículo en el cual exponía por primera vez su tesis acerca de la inevitabilidad del hombre fuerte en las sociedades de Hispanoamérica. Según argumentaba Vallenilla en las naciones hispanoamericanas "…condenadas por causas complejas a una vida turbulenta, el caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social"[14]. En el mismo artículo alegaba que, en el caso particular de Venezuela, la preservación social no podía en ningún caso encomendarse a las leyes sino a los caudillos más prestigiosos y temibles, tal como había ocurrido en los campamentos. Apuntalaba su argumentación con citas de la teoría sociológica europea. Hippolyte Taine y Herbert Spencer lo expresaban claramente en sus tratados. El primero hablaba de la necesidad fatal del gendarme electivo o hereditario, de ojo avizor y mano dura, que por las vías de hecho inspira el temor y que por el temor mantiene la paz; el segundo establecía que en los estados guerreros la preservación de la vida social contra las agresiones incesantes, exigía la subordinación obligatoria a un jefe. Una mirada a la realidad hispanoamericana de su época no hacía sino refrendar las afirmaciones elaboradas por los estudiosos en el Viejo Mundo. La situación de Venezuela, concluida la guerra, era desastrosa: miseria, desaparición física de las clases elevadas e ilustradas, una masa en desbandada que asolaba los campos, saqueaba, vejaba a las autoridades y asesinaba a los blancos. No era, pues, difícil admitir la inevitable supremacía de los más valientes, de los más temidos, del más fuerte, apuntaba Vallenilla. Para demostrar su aseveración recurría a la palabra del Libertador. Frente al desafuero, ante la anarquía desbordada, no podía Bolívar responder con lenidad. Por el contrario, tal como expresaba en su correspondencia a José Antonio Páez y a Rafael Urdaneta, Bolívar estaba convencido de que era necesario desplegar una "energía cruel para entonar el Gobierno". Si por libertar a su patria había declarado la guerra a muerte, de ninguna manera podía abandonar a Venezuela al cuchillo de la anarquía[15]. La represión y el castigo, la imposición de la fuerza, eran una exigencia del momento. Si hasta 1824 la necesidad primordial de Bolívar había sido obtener la Independencia, a partir de esa fecha lo que prevalece en su pensamiento, según señala Vallenilla, es la reorganización social, la necesidad de refrenar la anarquía, establecer el orden e imponer el respeto a la autoridad, aun cuando ello tuviese como contrapartida la pérdida irremediable de su popularidad.[16] Será precisamente de esta convicción acerca de la necesidad de contener la disolución social y la anarquía de la cual nace su proyecto constitucional para Bolivia. Es este texto constitucional el que le sirve a Vallenilla para completar su argumentación respecto a la inevitabilidad del hombre fuerte como una premisa y cuyo propiciador más destacado es el propio Bolívar. En 1917, en un artículo publicado en El Nuevo Diario y que también forma parte de su obra Cesarismo Democrático, se refiere a los principios constitucionales de Bolívar expuestos en su Constitución Boliviana. Del conjunto extrae Vallenilla solamente la figura del presidente vitalicio, de un Ejecutivo fuerte y lo sintetiza en su propuesta del “Presidente Boliviano" . De acuerdo a la interpretación de Vallenilla, en ninguno de los componentes de nuestra sociedad política había encontrado Bolívar los instintos que pudiesen conducir a los legisladores a adoptar los principios republicanos [17]. De allí la necesidad imperiosa de la institución del Presidente Boliviano, piedra angular de su proyecto para Bolivia, expresada tempranamente como "gobierno tutelar" en la Carta de Jamaica y de manera más clara en el discurso de Angostura con la figura del Presidente Vitalicio. La historia de Hispanoamérica, insiste Vallenilla, es la comprobación más elocuente del cumplimiento de esta ley; ninguna de nuestras democracias logró librarse de la anarquía sino bajo la autoridad de un hombre representativo, capaz de imponer su voluntad, dominar todos los egoísmos rivales y de ser, el dictador necesario, como también lo vio el peruano Francisco García Calderón. Los ejemplos sobraban. En México, Porfirio Díaz; en Argentina, Juan Manuel de Rosas; en Paraguay, el Doctor Francia; en Chile, Diego Portales; en Perú, el general Ramón Castilla; en Ecuador, García Moreno; en Colombia Rafael Núñez; en Venezuela, el general José Antonio Páez. En cada caso, el orden social, la estabilidad política, el progreso y la prosperidad económica no fueron efectivas sino cuando preponderó por largos años un hombre prestigioso, consciente de las necesidades de su pueblo, fundador de la paz y sostenido por la voluntad de la mayoría, a despecho del principio alternativo[18]. La génesis del ineludible mandato, insiste Vallenilla, se encuentra en el genio penetrante de Bolívar quien solicitó en su Constitución Boliviana la presidencia vitalicia con facultad de elegir sucesor, una monarquía sin corona, como el único recurso para alcanzar el orden y la estabilidad. La tesis esgrimida en su libro Cesarismo Democrático fue defendida en más de una ocasión frente a las críticas que desataron sus planteamientos entre políticos e intelectuales hispanoamericanos. En cada una de sus respuestas Vallenilla insistió en su argumentación y expuso su entusiasta defensa del régimen de Juan Vicente Gómez como el único que convenía a la evolución de Venezuela. Insistía, entonces, en la pertinencia que seguía teniendo la palabra de Bolívar: "…las palabras del Libertador, debieran estar grabadas en el cerebro de todos los hombres políticos de Hispano-América; el discurso de Angostura, debiera ser el credo constitucional de todas estas democracias en agraz[19]", era su respuesta a Eduardo Santos, director del periódico El Tiempo, de Bogotá. En términos similares le replicaba al doctor Laureano Gómez quien lo había calificado como "el inescrupuloso apologista y filósofo de la Dictadura": "Todavía es un gran pecado en América profesar los principios políticos del Libertador Simón Bolívar. Pero yo continúo imperturbable mi camino, porque tengo una fe absoluta que a medida que la cultura científica vaya generalizándose en nuestros países y fortaleciéndose por medio de la inmigración europea y el fomento de la riqueza los órganos de selección democrática, las bases fundamentales del Código Boliviano, serán un día las del Derecho Constitucional en Hispanoamérica [20]" De esta manera, Bolívar, a partir de la interpretación selectiva elaborada por el director de El Nuevo Diario, vendría a ser el propiciador teórico de la tesis del "gendarme necesario" y en el mismo acto era convertido, por obra y gracia de la pluma de Vallenilla, en el más calificado aval de la dictadura gomecista. Esta interpretación era la misma que esgrimían los sectores más recalcitrantes de la derecha colombiana. En 1937 salía publicado en el vecino país un libro titulado No hay enemigos da la derecha[21], su autor era Silvio Villegas, polémica figura del conservadurismo colombiano, defensor del fascismo de Mussolini y del Nacional Socialismo de Hitler, promotor de un frente nacional de la reacción y fundador de la organización Acción Nacionalista Popular, expresión criolla del fascismo colombiano. Villegas, de la misma manera que lo había hecho Vallenilla, defendía y utilizaba los principios contenidos en la obra de Bolívar para justificar la necesidad de adelantar un gobierno fuerte que permitiese “reconstruir el orden y la autoridad”. No se trataba de instaurar en Colombia una dictadura de tipo fascista como la de Italia o la de Alemania, bastaba con recurrir directamente a las ideas de Bolívar quien, sin lugar a dudas, era el fundador y el maestro de la doctrina conservadora colombiana. Las principales figuras del partido conservador así lo habían interpretado y habían sido sus fieles seguidores: Sergio Arboleda al erigirse en defensor de la religión, el orden, la autoridad, la jerarquía y la disciplina daba continuidad al ideario bolivariano; Rafael Núñez había sido ferviente promotor de los principios contemplados en la Constitución Boliviana; Miguel Antonio Caro, de inspiración monarquista y cultor del ideal bolivariano y, por último, Marco Fidel Suárez, autoritario y republicano. Cada uno en su momento había dado muestras de su bolivarianismo, argumentaba el señor Villegas. Era esa herencia bolivariana del partido conservador la que había que rescatar para sacar a Colombia del caos inspirándose en la palabra del Libertador quien había procurado establecer en América una “república lacedemónica, atemperada y autoritaria”. La relación entre el fascismo y la doctrina de Bolívar no fue una ocurrencia exclusiva del exaltado bolivarianismo de derecha propugnado por Villegas. Unos años antes de que saliera el folleto del colombiano se conmemoraba en Italia el primer centenario de la muerte del Libertador. En la sesión solemne de la Cámara de Diputados, Ezio Garibaldi, nieto del gran héroe italiano y ministro plenipotenciario del Rey, pronunciaba el discurso de orden. Afirmaba Garibaldi que el Duche Mussolini era “…la encarnación histórica” en la cual podían verse reproducidos “…algunos aspectos del espíritu bolivariano”.[22] Pocos años más tarde, en 1933, se publicaba la primera traducción italiana de la obra de Vallenilla. En el prólogo a la edición se saludaba al autor y al contenido de su libro por su “…..espíritu exquisitamente fascista”. A los italianos les resultaba útil y oportuna la versión que ofrecía Vallenilla de Simón Bolívar; de esta manera podían colocar al prócer de la libertad americana como fundador remoto del fascismo y convertir a Mussolini en émulo y continuador de la doctrina del Libertador. En España, ocurrió algo similar, aunque décadas más tarde. Al comienzo de los setenta se promovió una especie de reconciliación del espíritu hispano con el pensamiento bolivariano. Hubo develación de estatua ecuestre del Libertador, actos protocolares, ceremonias oficiales, discursos y banquetes y no falto quien hiciera el “parangón entre Bolívar y Franco”. Francisco Franco en palabras de uno de sus apologistas era el “…auténtico intérprete del pensamiento bolivariano, el cual no había sido realizado ni siquiera por el propio Bolívar, sino por Franco, gran lector y meditador sobre esa auroral y precursora figura hispanoamericana”[23] Franco no había hecho otra cosa que seguir al pie de la letra el pensamiento de Bolívar. La figura del Jefe de Estado vitalicio y la creación de un Senado o Cortes Orgánicas llevados adelante por el “Caudillo de España” constituían la materialización en tierra española del presidente vitalicio y el senado hereditario, propuestos por Bolívar en el siglo XIX. Bolívar, por obra de la interpretación elaborada por Vallenilla, la derecha colombiana, los fascistas italianos y los franquistas españoles, terminó convertido en soporte ideológico de las más aberrantes expresiones del autoritarismo del siglo XX, y en defensor entusiasta de los gobiernos de Gómez, Mussolini y Franco, quienes aparecían como los continuadores directos del ideario del Libertador y cuyos regímenes eran justificados como la vía necesaria para alcanzar el orden y la estabilidad política, tal como, según Vallenilla, lo había preconizado Bolívar, cien años atrás. Pero si esto resulta disparatado y absolutamente ajeno a la especificidad histórica de la acción y el pensamiento del Libertador, no menos descabellado y distorsionador ha sido el ejercicio contrario. |
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Bolívar marxista-leninista y revolucionario |
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| La interpretación
autoritaria del Libertador elaborada por Vallenilla Lanz generó una
respuesta proveniente de la izquierda Uno de los primeros marxistas en
levantarse contra la tesis del “gendarme necesario” fue Carlos Irazábal,
miembro de la generación del 28, activista en las luchas políticas del año
36 y primer autor venezolano en realizar un análisis de la historia de
Venezuela inspirado en el marxismo. En su obra Hacia la Democracia, publicada en 1939, expuso argumentadamente su rechazo a lo que calificó como una tergiversación histórica de la palabra del Libertador para quien la democracia era la forma ideal de gobierno, aun cuando hubiese propiciado un ejecutivo fuerte y vitalicio [24]. El problema de las dictaduras hispanoamericanas, insistía Irazábal, se debía fundamentalmente a la pervivencia de una economía semifeudal. Había sido la “intangibilidad de las relaciones de producción” reforzadas por la “penetración imperialista” la clave efectiva, la razón última de nuestros despotismos. Por tanto, era una absurda mixtificación pretender invocar el ideario de Bolívar para justificar los despotismos presentes en Hispanoamérica. Los dictadores y gendarmes necesarios de nuestra América no han podido ser más perniciosos, no podía ser eso el ideal del Libertador, afirmaba Irazábal. Cuando en uno de sus escritos Bolívar había asentado que "los estados americanos han de menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y de la guerra", se refería al despotismo español y a la guerra de independencia. Era, pues, una monstruosa interpretación invocarlo para dar base teórica al despotismo [25]. Sin embargo, no era suficiente desmentir y denunciar la equívoca interpretación del funesto intelectual y apologista de la dictadura; era preciso elaborar una argumentación que desmontase la que había fraguado la derecha y que permitiese convertir a Bolívar en figura de signo contrario, en símbolo de las luchas por la democracia, en el vocero primigenio de los oprimidos, en indoblegable combatiente contra el imperialismo y la injusticia. Había, pues, que arrebatárselo a la derecha para que sus palabras y su trayectoria política estuviesen al servicio de los revolucionarios de izquierda. Pero no fue Irazábal el responsable de la tarea. Le correspondió a la izquierda marxista latinoamericana difundir y popularizar el “genio revolucionario” de Bolívar. El luchador cubano Julio Antonio Mella tempranamente, en 1923, invocó el ideal del Libertador como fuente inspiradora de las luchas redentoras del continente americano. También el peruano José Carlos Mariátegui alcanzó a entender "la actualidad revolucionaria del genio de Bolívar", y el poeta chileno Pablo Neruda, en su célebre poema Un Canto a Bolívar, llamó a todos los pueblos del continente a "..tomar inspiración para sus luchas en la ejemplar figura del Libertador” En Colombia aparecía, finales de la década del treinta, un opúsculo titulado “Sobre la estela del Libertador. El criterio marxista acerca de Bolívar” escrito por Gilberto Vieira, secretario general del Partido Comunista colombiano. Pretendía el camarada Vieira recuperar para los latinoamericanos el legado democrático de Bolívar y su condición de revolucionario efectivo ya que, no solamente había llevado adelante la independencia, sino la destrucción de todos los moldes coloniales; convirtiéndose así en adalid de la revolución anti-colonial[26]. El folleto también perseguía salirle al paso al funesto precedente que constituían los juicios emitidos por Carlos Marx sobre Simón Bolívar cuando escribió su biografía para The New American Cyclopaedia en 1858. En la citada entrega Carlos Marx se hacía eco de todas aquellas opiniones contrarias a Bolívar escritas por sus adversarios. El resultado fue la elaboración de una interpretación profundamente sesgada en la cual Marx daba muestras de una especial animadversión hacia el Libertador. El autor de El Capital en la polémica biografía sobre el héroe de la independencia americana, afirmaba que Bolívar era un hombre “incapaz de todo esfuerzo de largo aliento”, lo acusaba de haber huido de Ocumare en 1816, exponía que en Bolivia había dado curso libre a sus tendencias al despotismo, calificaba a la Constitución Boliviana de ser un remedo del Código Napoleónico y sostenía que la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá había tenido como propósito unificar a toda América del Sur en una república federal cuyo dictador quería ser el propio Bolívar. Un fragmento de las primeras páginas puede dar una idea al lector del tono utilizado por Marx: “…como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento y su dictadura degeneró pronto en una anarquía militar, en la cual los asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que arruinaban las finanzas públicas y recurrían luego a medios odiosos para reorganizarlas” [27] En otro párrafo recurre a un testigo ocular para descalificar al Libertador quien en 1816 en la zona de Ocumare, según decía el testigo citado “….perdió toda presencia de ánimo y sin pronunciar palabra, en un santiamén volvió grupas y huyó a rienda sueltas hacia Ocumare, atravesó el pueblo a toda carrera, llegó a la bahía cercana, saltó del caballo, se introdujo en un bote, subió a bordo del Diana dando orden a toda la escuadra de que lo siguiera a la pequeña isla de Bonaire y dejando a todos sus compañeros privados del menor auxilio” Todos estos juicios concluían con una larga cita tomada de uno de los más fervientes detractores de Bolívar el alemán Ducoudray Holstein quien participó en la contienda americana y escribió un libro titulado Memoirs of Simon Bolivar, publicado en 1829 y cuyo contenido era abiertamente desafecto al Libertador. Los comentarios hechos por el propio Marx eran una calamidad para los marxistas de América Latina, ya que les dificultaba apropiarse limpiamente de un personaje sobre el cual su principal ideólogo había hecho juicios tan severos y contundentes, enajenándoles cualquier posibilidad de incorporarlo al panteón de los verdaderos revolucionarios. Incluso, para complicar aún más el asunto, había algunos latinoamericanos marxistas que secundaban fielmente las opiniones de Marx. Uno de ellos era el argentino Anibal Ponce, quien, según señala José Aricó, fue el primero en publicar la biografía de Marx en español el año 1936 en la revista Dialéctica de Buenos Aires[28]. En esa ocasión, Ponce, no solamente ratificaba la interpretación hecha por Marx en 1858 sino que le añadía juicios aún más severos. Decía Ponce que los documentos de Bolívar confirmaban ampliamente la opinión de Marx “…’ampulosa fraseología’, enciclopedista o federalista, encubriendo a duras penas un despotismo aristocrático. Desprecio de las masas populares, senado hereditario, presidente vitalicios…Cuando al final de su vida Bolívar prohibió en las cátedras de Bogotá la enseñanza de Bentham e impuso a los estudiantes la obligación de asistir uno o dos años a un curso de fundamentos y apología de la religión católica, ‘el Libertador’ no traicionaba sus convicciones más íntimas. Para asegurar ‘la tranquilidad de los pueblos’ y defenderla de los ‘sofismas de los impíos’ nada mejor sin duda que la religión unida al despotismo” [29] Gilberto Vieira si bien no hace alusión alguna a los comentarios del argentino, sí le sale al paso a la terrible disyuntiva que constituía los feroces juicios de Marx sobre el Libertador. Su respuesta fue categórica, el camarada Marx, en este tema absolutamente específico de Simón Bolívar, se había equivocado. El Marx que había escrito esas líneas “…no estaba en condiciones de juzgar acertadamente al Libertador, porque a mediados del siglo pasado en Europa se tenía el concepto más confuso y equívoco sobre el héroe americano”. Además, argumentaba a su favor: ¡ningún marxista verdadero acudiría nunca a una simple opinión de Marx para juzgar a una personalidad histórica![30]. Quedaba así subsanado el error y recuperado Bolívar como modelo y ejemplo para los comunistas, marxistas y revolucionarios de América Latina. Las cosas no habían ocurrido como decía Marx, sino en dirección absolutamente contraria. Más adelante en la edición rusa del año 1959 de las Obras completas de Marx y Engels se hacía una aclaratoria que pretendía subsanar en parte, la tendenciosa opinión de Marx, el argumento esgrimido en esta ocasión era que los errores del padre del marxismo se debían a la escasa disponibilidad de fuentes y a la parcialidad de los autores a quienes había recurrido, lo cual “…no pudo dejar de influir en la actitud de Marx hacia Bolívar”[31] Unas décadas más tarde, en la obra Bolívar: pensamiento precursor del antimperialismo, Premio Casa de las Américas 1977, el historiador y diplomático cubano, Francisco Pividal, reivindicaba el significado revolucionario del pensamiento y acción de Bolívar como propulsor de la unidad americana contra las tendencias expansionistas y hegemónicas de los Estados Unidos. Como el título lo indica, en la tradición de las luchas anticolonialistas de América, Bolívar fue el iniciador del antimperialismo. En Venezuela, luego de la obra pionera de Carlos Irazábal, se editó casi medio siglo más tarde, en 1986, un libro titulado Bolívar visto por Marxistas. La obra la preparó Jerónimo Carrera, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Venezuela. En el prólogo, Carrera advertía que su iniciativa no debía interpretarse como un gesto con evidente dosis de intencionalidad política, sino como una obra cuyo objetivo primordial era promover el estudio y la discusión del pensamiento bolivariano en el seno de todos los movimientos de carácter revolucionario del continente [32]. Se trataba, pues, de dar a conocer una serie de textos interpretativos de las ideas y acciones de Bolívar, en su condición de "primer protagonista en las luchas revolucionarias independentistas, a comienzos del siglo XIX, y de inspirador fundamental, junto con los grandes teóricos del marxismo -leninismo, de toda lucha antiimperialista surgida en suelos de América en el curso del siglo XX" [33] Recuperaba así, para los luchadores revolucionarios de Hispanoamérica, las interpretaciones que permitían invocar la palabra de Bolívar a favor de la empresa revolucionaria de sus efectivos herederos ideológicos: la izquierda marxista-leninista. Al igual que lo había hecho Vieira en Colombia, el camarada venezolano desestimaba el “lamentable y absurdo” escrito de Marx, consecuencia, sin embargo, de una explicable desinformación. Felizmente, estos desacertados juicios del economista alemán sobre el Libertador habían sido subsanados por todos aquellos marxistas que después de Marx sí supieron aquilatar el sentido revolucionario de Bolívar. En esta valoración marxista de Bolívar, según apuntaba Carrera, ha ocupado un lugar fundamental el riguroso análisis de los latinoamericanistas soviéticos quienes, armados de los principios del materialismo histórico, han evolucionado positivamente en la interpretación del papel histórico de Bolívar, dejando atrás para siempre los equívocos que cometiera el autor de El Capital. Del conjunto destaca especialmente el esfuerzo realizado por Anatoli Shulgovski, historiador soviético, profesor del Instituto de Relaciones Exteriores y quien en 1983 se desempeñaba como jefe de la Sección de Problemas Políticos y Sociales del Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias de la URSS. En ocasión de la conmemoración del Bicentenario del Nacimiento del Libertador, el historiador soviético publicó en Moscú un artículo en el cual hacía explícita la validez y actualidad del pensamiento de Bolívar para los luchadores marxistas leninistas de América Latina [34]. La acción revolucionaria, democrática y reformadora de Bolívar constituye, según Shulgovski, una valiosísima herencia espiritual para los comunistas y la colectividad progresista latinoamericana en su lucha contra el imperialismo y por el progreso social. De la obra del Libertador el historiador soviético recuperaba su lucha por la liberación política de los pueblos de América Latina, la importancia de sus reformas sociales a favor de las masas explotadas y desheredadas y su condición de fiel aliado de los luchadores por la libertad y la justicia de todas las generaciones posteriores. Su empeño por alcanzar la liberación de los esclavos y sus constantes medidas a favor de los indígenas, serían la más fehaciente demostración de ello. En su concepto, el Ejército Bolivariano fue un "ejército popular", expresión de protesta de las grandes masas que aspiraban a la justicia social y a la igualdad. Su concepción del Estado se encontraba sostenida sobre el reconocimiento del principio de la igualdad en la sociedad como prioridad absoluta. Era, pues Bolívar, desde la óptica del marxismo leninismo soviético, símbolo y guía para los revolucionarios de América Latina. Para el venezolano Jerónimo Carrera, la trascendencia política de Bolívar iba más allá de lo contemplado por el camarada soviético. Bolívar, durante gran parte de su vida fue un revolucionario que se situó siempre en posiciones de "extrema izquierda"[35]; baluarte indiscutible de las luchas de los oprimidos contra los opresores. Tal condición "izquierdista" de Bolívar la fundamenta Carrera al invocar ejemplos de su actuación pública. Desde la Sociedad Patriótica fue uno de los jóvenes que se lanzó a la calle para agitar al pueblo a favor de la plena independencia; en el terremoto de 1812 con su arenga de "si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella" puso de manifiesto su inspiración extremista; su cabal comprensión de los principios que rigen los procesos revolucionarios quedó demostrada al decretar la guerra a muerte. Dos de sus más importantes documentos, la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura, constituyen lo más notable de su producción ideológica revolucionaria y la concepción bolivariana de la lucha armada, de la lucha revolucionaria en general, pasa a ser la de la lucha de masas en el sentido más amplio, "…tal como la concebimos en América Latina quienes creemos en el marximo-leninismo como teoría revolucionaria"[36] Su vocación de unir a los pueblos de América Latina en una gran nación como piedra angular de su fortaleza frente a las agresiones foráneas, a los ojos de Carrera, era similar en muchos rasgos a la unión de pueblos que un siglo más tarde logró el partido comunista de Lenin en la Unión Soviética. Bolívar, desde la mirada del marxismo leninismo, constituye, en síntesis, una fuente de inspiración fundamental para las luchas revolucionarias hispanoamericanas. Es esta perspectiva revolucionaria, esgrimida por el marxismo leninismo, la misma que invocan quienes han pretendido en el pasado y en presente erigirse en continuadores de una gesta bolivariana de izquierda. Es esa exactamente la misma utilización que hicieron los hombres del M-19 en Colombia cuando hurtaron la espada del Libertador en abril de 1974. Según decían en su proclama, la espada de Bolívar en manos del M-19, salía de las telarañas del Museo para lanzarse al “…combate del presente contra los explotadores del pueblo, contra los amos nacionales y extranjeros, contra los que deformaron las ideas del Libertador. …¡Por una Colombia socialista!. ¡Bolívar tu espada vuelve a la lucha, con el pueblo con las armas!” De la misma manera que pretende hacerlo Chávez con su verbo bolivariano cuando se levantó en armas el 4-F invocando al padre de la Patria, cuando recurrió a las palabras de Bolívar en los actos de su toma de posesión, cuando al igual que los del M-19 empuñó la espada del Libertador en el Panteón Nacional en el 217 aniversario del nacimiento de Bolívar para ofrecerse como continuador de las luchas de los oprimidos y cada vez que recurre a la palabra del Libertador para mostrarse como el más fiel seguidor de su condición revolucionaria. Si desde la derecha se pretendió convertirlo en fundamento del autoritarismo, el ejercicio realizado por la izquierda nos lo ofrece como el más genuino revolucionario del continente americano. En ambos casos, tanto la derecha como la izquierda, no hacen otra cosa que violentar la unidad de su pensamiento, desconocer las condiciones variables y exigentes de su práctica política y desvirtuar su originalidad y audacia con el fin de elaborar un modelo rígido y tergiversado de sus ideas, ajeno por completo a la complejidad e ineludible historicidad de su acción política. Bolívar fue un hombre que actuó y respondió a las exigencias de su tiempo. Su mayor valor reside, precisamente, en su creatividad para enfrentar su propia circunstancia política. Pretender otorgarle a sus palabras motivaciones y contenidos ajenos a su momento histórico, extraer del conjunto los fragmentos que se adecuan a intencionalidades políticas absolutamente diferentes a las de su tiempo, constituye una práctica que no favorece en absoluto la ajustada valoración de su relevancia histórica sino que, por el contrario, se traduce en la inconducente construcción de disparates, tal como Bolívar pronosticó que ocurriría. |
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Por: Inés Quintero |
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| NOTAS: | ||||||
[1] Carta de Simón Bolívar a Antonio Leocadio Guzmán, Popayán, 6 de diciembre de 1829. En Obras Completas, Tomo II, pp. 836-837. |
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