Bolívar
y La Guerra Social

Por Juan Bosh

Primera Parte Los antecedentes

IV — Una carta expresiva

La política de los Borbones españoles fue una sola a través de Felipe V, de Fernando VI y de Carlos III; y nada lo demuestra mejor que el caso de la Compañía Guipuzcoana. La compañía fue establecida bajo el reinado de Felipe V; la rebelión de Juan Francisco León y su castigo se produjeron bajo el de Fernando VI; sin embargo bajo este mismo rey comenzaron a tomarse las medidas que liberalizaron el sistema monopolista, y bajo Carlos III esas medidas liberales llegaron a su plenitud.

La casa de Juan Francisco León fue destruida -y el solar sembrado de sal— en agosto de 1751; pero un año después, en 1752, se admitió a los criollos como accionistas de la compañía, y dos años más tarde, en 1754, se amplió la capacidad de bodega que en cada barco podían usar los productores de la provincia y se incluyó Maracaibo entre los puertos de operación de las naves.

La libertad económica creciente estimuló a los productores, a tal punto que entre 1760 —cuando ya estaba en el trono Carlos 111— y 1764 se embarcaron hacia España más de 305 mil fanegas de cacao. La situación económica mejoraba en Europa. En 1764, el precio del cacao había subido casi al doble y a más del doble en 1769. Además de cacao, Venezuela exportaba tabaco y algodón. El aumento de la producción y de la exportación favorecía a los productores grandes, pero la política de la monarquía era favorecer también los intereses de los pequeños agricultores y de los comerciantes grandes y pequeños. Hasta el artesano resultaba tomado en cuenta. Hubo, pues, un desarrollo armónico en los sectores de la sociedad colonial que se hallaban sobre el nivel de los esclavos, los indios encomendados y los peones.

Desde luego, a medida que los estratos libres mejoraban, aumentaba la distancia entre ellos y los estratos sometidos. Los latifundistas que se enriquecían compraban títulos de nobleza; los comerciantes que se enriquecían compraban derogaciones de medidas humillantes; los tenderos de las villas que se enriquecían iban formando centros de poder en el interior del país; hasta los artesanos pardos compraban privilegios. Pero los esclavos, los libertos, los zambos, los mulatos, seguían humillados, cada vez más debido a que la nobleza de nuevo cuño era tanto más altanera cuanto más reciente había sido su ingreso en los altos círculos y cuanto más le había costado la adquisición de los títulos. Las contradicciones que se acumulaban en la base de la sociedad colonial se agravaban, pues, al mismo ritmo a que se desarrollaban los sectores más altos.

El imperio español era tan grande, y resultaba tan complicado y difícil mantener a un mismo tiempo una política para el imperio y otra para la metrópoli, que tenían que producirse medidas contradictorias. Así, entre 1777 y 1780 se ordenó para América a la vez, la introducción de negros esclavos y la libertad comercial, dos disposiciones que eran en esencia opuestas entre sí; se estableció el estanco —o monopolio estatal— del tabaco y la desintegración de la Real Compañía Guipuzcoana; se crearon impuestos a causa de la guerra de 1779 declarada por España y Francia a Inglaterra y volvieron a ordenarse restricciones de tipo económico. Para la provincia de Venezuela se destinó al conador Ábalos como Intendente de la Real Hacienda con instrucciones de ser rígido en la cobranza de impuestos.

Al declarar la guerra de 1779, España necesitó fondos y trató de sacarlos de sus colonias americanas. Éstas se hallaban en una era de bienestar como no lo habían conocido nunca, ni aún en los años de las grandes riquezas minerales. El desarrollo de Venezuela, que hemos descrito en forma sucinta, es sólo un reflejo de lo que pasaba en toda América. En poco más de medio siglo la porción española del Nuevo Mundo se había transformado, y agricultores, mineros, mercaderes —todos los productores, en fin, habían alcanzado un nivel de riqueza que no hubieran sido capaces de soñarlo, siquiera, sus abuelos de 1701. La política liberal de los Borbones había desatado en las provincias americanas el poder creador del capitalismo, y la América española sembraba, vendía, cobraba y laboraba las minas libremente, o casi libremente. Y de súbito llegaron las restricciones, comenzaron los delegados de Su Majestad Carlos III a mostrarse demasiado enérgicos en el mantenimiento de los estancos de tabaco y en el cobro de nuevos atributos.

Como ha sucedido siempre en los primeros tiempos de una guerra, la de España y Francia contra Inglaterra de 1779 produjo una paralización en las actividades económicas de los países beligerantes. En las colonias americanas de España que vendían minerales, los efectos fueron inmediatos, pues los metales perdieron precio, con lo que se arruinaron casi todos los criollos dueños de minas, y con ellos fueron lanzados al hambre los negros y los indios que trabajaban las minas de Chile, Perú y Alto Perú. Los impuestos creados para mantener armadas de guerra resultaron muy altos para los pequeños productores y los comerciantes de Buenos Aires, Quito, Nueva Granada y la parte occidental de Venezuela. Los pequeños agricultores que percibían entradas del tabaco en casi toda América, se hallaron perjudicados con el estanco de la hoja.

Los pueblos que han ido acostumbrándose a manejar sus bienes con libertad no toleran las restricciones que de buenas a primeras coartan esa libertad; y cuando en esos pueblos hay grandes masas sometidas a un nivel de vida ínfimo y además a malos tratos, como sucedía en América con los esclavos negros e indios, con los zambos, los mulatos y los libertos, el germen de las revoluciones comienza a desarrollarse en forma casi incontenible. La guerra social venezolana de 1812, como otras que se produjeron en América en los primeros años del siglo XIX, y aun la feroz de Haití, empezó a tomar cuerpo en 1780 y 1781, debido a las restricciones inesperadas que tomó la monarquía española por causa de la guerra de 1779.

Las primeras manifestaciones de una guerra social americana se dieron entre 1780 y 1781. Inicialmente fueron rebeliones de indios en el Perú, organizadas y comandadas por un descendiente de Incas, Tupac Amaru, y su teniente Tupac Catari; pero a poco esos movimientos se extendieron a criollos y españoles afectados por la baja de los minerales, por el estanco del tabaco y por los impuestos de guerra. En Nueva Granada y en las secciones andinas de Venezuela, el movimiento se llamó de "los comuneros" y tuvo caracteres impresionantes. Fue ahogado en sangre sin pérdida de tiempo, especialmente en Nueva Granada, antes de que presentara consecuencias políticas.

Pero en la provincia de Caracas había factores que daban a la situación matices de carácter especial; y entre ellos se destacaban los siguientes: presencia de una clase criolla, aristocrática, latifundista y esclavista, que dominaba la vida económica de la colonia; cohesión férrea de esa clase frente a todas las demás y frente a los españoles peninsulares; apreciable grado de desarrollo cultural y político de los dirigentes de esa clase, a juzgar por lo que escribieron sobre ideas políticas y la forma que usaron para escribirlo; y por último? voluntad de poder político en el grupo.

Esa clase social era conocida del pueblo con el nombre de los mantuanos debido a las mantas que usaban sus mujeres. Sus figuras más destacadas procedían de familias asentadas en el país desde los días de la Conquista, de manera que en el sentir de los colonos, tenían el prestigio del linaje colonial. Generalmente habían heredado de sus antepasados grandes extensiones de tierras, de las habidas por los conquistadores como mercedes de guerra, si bien esas tierras sólo tuvieron valor cuando hubo esclavos para explotarlas y mercado exterior para sus frutos. Muchas de las familias linajudas fueron en sus orígenes encomenderos de indios; después adquirieron esclavos y se dedicaron a la siembra de la cana, de algodón, de cacao. Hacia la época de que estamos tratando, esto es, por el 1780, eran los potentados criollos, los dueños de la mayor fuente de riqueza de la provincia, y además dominaban la vida política de Caracas a través de las posiciones que ocupaban en el Cabildo desde mediados del siglo.

En el año de 1781, la nobleza criolla de Caracas estaba pensando ya en la independencia de la provincia. La independencia venezolana se declaró treinta años después, en julio de 1811; pero no hay la menor duda de que en 1781, la oligarquía aristocrática, latifundista y esclavista de Caracas, la deseaba y estaba dispuesta a luchar por ella. El 24 de febrero de 1782, tres de los personajes más destacados de ese grupo social escribieron a Francisco de Miranda una carta en la cual mencionan otra que le habían enviado en julio de 1781. La de 1781 se ha perdido, pero la de 1782 es un documento notable, que hacemos figurar inmediatamente sin restarle una palabra. En ella no se pierde una sílaba. Todo lo que se dice en esa carta tiene valor político. Es especialmente digna de recomendación para los historiadores y sociólogos que se empeñan en clasificar la lucha de la independencia de América entre los acontecimientos desatados por la revolución francesa, pues esa carta se escribió siete años antes de que estallara la revolución en Francia. La carta fue escrita por don Juan Vicente de Bolívar, don Martín Tovar y el marqués de Mijares, típicos representantes de su clase, actuaran o no en nombre de otros como ellos; y a nuestro juicio es un documento que revela en todos sus alcances el estado de ánimo de los grupos dominantes de la América colonial en su época y una excelente demostración de que las revoluciones de Francia y de América —las dos Américas— tienen un mismo origen y por tanto una no es fruto de otra sino que ambas fueron provocadas por un mismo fenómeno: la aparición del capitalismo occidental.

He aquí la carta:

"Amado paisano nuestro: Ya informamos a usted plenamente, por cartas que le enviamos en el mes de julio pasado de 81, el lamentable estado de esta provincia toda, y la desesperación general en que nos han puesto las tiránicas providencias de este Intendente, que no parece ha venido aquí sino para nuestro tormento, como un nuevo Lucifer, ultrajando él y todos sus secuaces personalmente a todo el mundo, y a su ejemplo todo pícaro godo hace lo mismo; y lo peor es que el maldito señor ministro Gálvez (más cruel que Nerón y Felipe II juntos) lo apruebe todo y sigue tratando a los americanos, no importa de qué estirpe, rango o circunstancias, como si fuesen unos esclavos viles; y acaba de enviar una orden a todos los gobernadores para que ningún Caballero Americano se pueda ausentar a país ninguno extranjero sin licencia del Rey. Que es menester se pida por su mano a Madrid, conque véanos usted aquí ya reducidos a una prisión desdorosa y tratados peor que muchos negros esclavos, de quienes sus amos hacen mayor confianza.

"Y así, no nos queda más recursos que en la repulsa de una insoportable e infame opresión (como usted dice en su carta a don Francisco Arrieta). Usted es el hijo primogénito de quien la madre patria aguarda este servicio importante, y nosotros los hermanos menores que, con los brazos abiertos y puestos de rodillas, se lo pedimos también por el amor de Dios y a la menor señal nos encontrará prontos para seguirle como nuestro caudillo hasta el fin, y derramar hasta la última gota de nuestra sangre en cosas hermosas y grandes. Bien sabemos lo que ha pasado por nuestro vecindario, en Santa Fe y en el Cuzco; pero no nos agrada el resultado, y, temiendo iguales consecuencias (y con la experiencia, además, en casa de la de León), no hemos querido dar un paso, ni le daremos, sin su consejo de usted, en cuya prudencia tenemos puesta toda nuestra esperanza.

"Allá enviamos a usted con el hijo de ... firmas y noticias que hemos creído necesarias para que, en nombre nuestro y de toda la provincia, pacte y contrate, con nuestro poder y consentimiento, y aún más allá, si lo tuviera usted por conveniente, con potencias extranjeras, a fin de conseguir el rescate de tan maldito cautiverio.

"Ésta la fiamos al padre Cárdenas, religioso de la Merced, que va a La Habana, y es sujeto de quien se puede usted fiar y muy de su hermano de usted Arrieta, quien le contará a usted todo a boca muy pormenor, y nos promete traer la respuesta de ésta personalmente, para nuestro alivio: por Dios, que no deje usted de enviárnosla sin falta. Dios le guarde su importante vida muchos años.

"B. L. M. de usted sus fieles y amantes paisanos, etc.".

La carta pudo haber sido solicitada por Miranda, a través de su agente Arrieta, para mostrarla en Inglaterra a fin de negociar ayuda para su empresa, y eso explicaría los plenos poderes que se le dan al Precursor para pactar y contratar, "y aún más allá, si lo tuviera usted por conveniente, con potencias extranjeras". Pero fuera o no solicitada por Miranda, no hay duda de que en toda ella se ve la voluntad de independencia y de que expresa un sentimiento no privado. Se habla en esa carta de que se envían "firmas", es decir peticiones de otros que no son los tres autores del documento; de que se habla de "la madre patria" refiriéndose a Venezuela, aunque no se mencione ese nombre, y no a España.

Es de notar que el odio que resuma la carta al Intendente de la Real Hacienda, el contador Ábalos, alcanzaba también a todos los españoles, llamados "picaros godos" por los firmantes, pues el Intendente, "nuevo Lucifer", ultrajaba a todo el mundo —es decir, a todos los nobles criollos, pues para ellos un esclavo o un tendero canario no tenían categoría de personas—, cosa que también hacían "sus secuaces", "y a su ejemplo, todo pícaro godo hace lo mismo". Ese calificativo de "godo" es expresivo de que ya había un sentimiento de nacionalidad, una conciencia de que los caballeros venezolanos no sólo eran diferentes de los no caballeros de la provincia, sino además diferentes de los españoles, a los cuales tenían tan a menos que ni siquiera les llamaban españoles o peninsulares, sino godos. Por otra parte, comparar a Nerón —universalmente odiado por todo católico— con un rey tan católico como Felipe II indicaba que los sentimientos hacia la institución monárquica no eran de lealtad.

Detalles de mucha significación son las mayúsculas al hablar de los señores distinguidos de América —"ningún Caballero Americano", dicen— así como la mención de lo que pasaba "por nuestro vecindario, en Santa Fe y en el Cuzco". Santa Fe era la capital de Nueva Granada, donde veinticuatro días antes de ser escrita esa carta era descuartizado el jefe de los comuneros, José Antonio Galán —y su descendencia declarada infame y su casa demolida y el solar sembrado de sal—; el Cuzco era la antigua capital de los Incas y había sido sitiada un año antes por Tupac Amaru. El final de las rebeliones de Perú y Nueva Granada les hacía pensar a los firmantes de la carta en el final de la que encabezó en Caracas Juan Francisco León, y "no nos agrada el resultado", decían. Por último, la carta fue enviada con un religioso de la Merced, lo que indica que el sentimiento anti español había alcanzado para esos días a miembros de la Iglesia.

Tómese nota del cuidado con que está escrita la carta. No se habla en ella del rey ni se menciona para nada la posibilidad de hacer a Venezuela independiente de la metrópoli, pero la independencia está ahí palabra por palabra. Desde el punto de vista de las formas, hubiera sido difícil hallar en ella la prueba de que los autores conspiraban contra el rey, y sin embargo eso era lo que estaban haciendo.

Entre los mantuanos que firmaban la carta había alguno de nobleza más o menos dudosa o reciente, pero todos tenían verdadero poderío económico. Juan Vicente de Bolívar, el primero de los firmantes, por ejemplo, murió cuatro años después, en 1786, y al morir dejó a sus herederos una fortuna cuantiosa: más de mil esclavos, dos trapiches de caña en los valles de Aragua y dos fincas de cacao en esos mismos valles; 258.000 pesos en efectivo y 46.000 en joyas; cuatro casas amobladas y con sus sirvientes esclavos en Caracas, nueve casas en La Guaira; fincas de ganado y de añil; minas; y en camino hacia Méjico y España, más de 800 fanegas de cacao y más de 3.500 libras de añil.

Diecisiete meses después de haber firmado la carta a Miranda, a don Juan Vicente de Bolívar le nació un hijo; fue el 24 de julio de 1783, para ser más precisos. Al niño se le bautizó con los nombres de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, pero la historia le llamaría simplemente Simón. . . Simón Bolívar. A los treinta años de edad, Simón Bolívar sería el Libertador.

La carta de los mantuanos caraqueños a Miranda era el producto de ochenta años de desarrollo colonial y era a la vez el anuncio de una nueva época. Hay pocos documentos tan expresivos de lo que había sucedido y de lo que iba a suceder en las provincias americanas de España.
 

Nota)   El texto de este artículo fue obtenido por medio de escáner, cualquier error se debe e ello.

< --- ANTERIOR  /---------------------------------------------/  SIGUIENTE  --- >


Regresa al índice de Bolívar y la Guerra Social
Regresa al menú de Simón Bolívar, el hombre

Página Principal - Los últimos artículos - Biografías - Proclamas - Pensamientos - ACÁ TE DEJO - Historia - Artículos - Escritos - Artículo(s) en InglésENGLISH - Búsqueda - Estudiantes - Ricardo Palma - Download - Consultas/Preguntas - Bolivarianos - Páginas Amigas - Agradecimientos - Wekker & Asociados - Libro de visitas . Acta constitutiva de Simón-Bolívar.Org - COLABORA - Escríbenos

Vuelve al inicio

© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004