Bolívar
y La Guerra Social

Por Juan Bosh

Primera Parte Los antecedentes

V — Fin del siglo XVIII en España y Venezuela

Don Francisco de Goya y Luciente nos ha dejado numerosos retratos de la pareja real formada por Carlos IV y María Luisa de Parma.

En el rostro de la señora no hay inteligencia ni bondad. La nariz ganchuda, los ojillos hoscos y la pequeña boca de labios finos se distribuyen en una cara más bien desagradable. El rey sale del mágico pincel de Goya con aire de pobre hombre. Se parece enormemente a su mujer, lo que se explica porque los cónyuges eran primos; pero de los rasgos de Carlos IV se desprende cierta bonhomía, aunque no carácter.

Este matrimonio sin verdadera aura de majestad heredó el trono español en 1788, un año antes de que comenzara la revolución en Francia, e iba a tocarle ver la disolución del imperio, su prisión y la de su hijo, y a un corso sin historia sentado en el trono de sus mayores.

La decapitación de Luis XVI fue una fatalidad histórica que nadie pudo evitar. Las cortes europeas, sin faltar una, hicieron cuanto estuvo a su alcance para salvar la vida del nieto de Luis XIV, y necesariamente debían colocarse, y se colocaron, contra la revolución. Cuando el Borbón francés entregó su cabeza al verdugo, el Borbón español se vio empujado a la guerra.

Los vaivenes de la política española frente a la revolución francesa determinaron la liquidación política de hombres eminentes, que seguían la tradición liberal de sus antecesores —todos del siglo XVIII español— y se hallaban, por tanto, más cerca de los liberales franceses que de los monárquicos austriacos o ingleses. Firodiablanca, Campomanes, Jovellanos, tuvieron que abandonar sus cargos de ministros del rey; y en su lugar acabó gobernando casi por si solo Manuel Godoy, Manuel Godoy había pasado de guardia de coros a amante de María Luisa, cuando ésta era princesa. Al comenzar la guerra contra Francia, Godoy de apenas veinticinco años y ya Grande de España, entró a gobernar como ministro de Su Majestad. El oportunismo, explicable en un favorito tan rápida e insólitamente encumbrado, la posición anti francesa del príncipe heredero —el que después iba a ser Fernando VII— enemigo jurado de Godoy, y el hecho mismo de que éste no fuera de origen noble y por tanto no se sintiera obligado con la aristocracia oligárquica, harían después de Godoy un partidario de Napoleón.

La guerra comenzó en 1793. Los ejércitos franceses entraron en España y ocuparon ciudades tan importantes como San Sebastián y Bilbao. Pero en verdad, el peligro mayor no se hallaba en los soldados franceses si no en las ideas que ellos representaban y propagaban. Muchos españoles empezaron a conspirar contra la monarquía, y algunos de ellos fueron enviados en calidad de presos a La Guaira y allí tomaron parte en el complot llamado de "Gual y España", descubierto en 1797 y ahogado en sangre.

Las ideas de la revolución llegaban a América, pues, desde la misma España, pero también por otros caminos. Los acontecimientos de Francia habían tenido repercusiones tremendas en Haití, la colonia francesa situada en la orilla opuesta del mismo mar que bañaba las costas de Venezuela. Los esclavos de Haití se habían sublevado y habían dado figuras notables que se presentaban ante el mundo como adalides de una raza hasta entonces despreciada.

La guerra entre la Francia revolucionaria y la España borbónica terminó en 1795, con la Paz de Basilea. El acuerdo se llevó a cabo sobre una permuta: a cambio de que los franceses evacuaran las ciudades españolas que habían tomado, España cedía a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo; así los franceses tendrían la mejor base posible para luchar contra los negros rebeldes de Haití.

La esclavitud había sido abolida en Haití desde 1793; pero los antiguos eslavos no se conformaban con la simple abolición de su estado social, y querían, además, dejar de ser colonos franceses, convertir la tierra en que habían sido esclavos en una república de hombres libres. Como es de suponer, esa actitud tenía que producir sus efectos en los negros esclavos de las colonias españolas, y también en los amos de esos negros. Los primeros se sentían estimulados a la lucha por la libertad y los segundos llenos de miedo y al mismo tiempo de odio contra la revolución francesa y las ideas que ella propagaba.

No sabemos cuántos esclavos había en Venezuela hacia 1795. Por los estimados hechos en 1810 podemos pensar que en 1795 debió haber unos 50.000, cifra que no era alta si se comparaba con los que había en Haití, pero que era suficiente para justificar el miedo de los amos blancos al contagio haitiano. Por otra parte, los esclavos venezolanos no habían sido ejemplo de sumisión. En el informe que rindió en 1720 don Pedro José Olavarriaga se hablaba de 20.000 esclavos prófugos que atacaban poblados aislados. Sin duda el número es alto, pero algún fondo de verdad habría en cuanto al ataque a poblaciones por parte de esclavos prófugos. Se sabe que a causa de las prisiones y muertes ordenadas con motivo de las sublevaciones habidas contra la Compañía Guipuzcoana hacia 1732 en Yaracuy, los negros de la región trataron de rescatar a sus compañeros en acciones armadas. Antes aún, en el siglo xvi, había habido la insurrección negra que capitaneó el llamado Rey Miguel. Pero sublevación de esclavos con carácter de guerra social, ayudada por negros y pardos libres, no la había conocido Venezuela. Lo conoció aunque en pequeña escala, en 1795, como efecto directo de la rebelión haitiana.

Hacia 1795 había en la jurisdicción de Coro más de tres mil esclavos, pero la población negra y parda llegaba a doce mil personas. Los blancos no pasaban de cuatro mil, y entre ellos, los mantuanos, según Pedro M. Arcaya, "no llegaban a formar más de una octava o décima parte"; esto es, tal vez cuatrocientos, lo que para aquel tiempo significaba unas ochenta familias.

Entre los negros de Coro circulaba hacía tiempo la creencia de que el rey había ordenado la libertad de los esclavos pero no podían disfrutarla porque el cabildo de Caracas se oponía y había pedido al monarca la revisión de la cédula real en que se les declaraba emancipados. Se decía que un negro loango vecino de Coro, que había estado en España, había visto la cédula. Esa creencia, y el exceso de rigor en el cobro de tributos de alcabala, gobernando casi por sí solo Manuel Godoy. Manuel Godoy había pasado de guardia de corps a amante de María Luisa, cuando ésta era princesa. Al comenzar la guerra contra Francia, Godoy, de apenas veinticinco años y ya Grande de España, entró a gobernar como ministro de Su Majestad. El oportunismo, explicable en un favorito tan rápida e insólitamente encumbrado, la posición anti francesa del príncipe heredero —el que después iba a ser Fernando VII— enemigo jurado de Godoy, y el hecho mismo de que éste no fuera de origen noble y por tanto no se sintiera obligado con la aristocracia oligárquica, harían después de Godoy un partidario de Napoleón.

La guerra comenzó en 1793. Los ejércitos franceses entraron en España y ocuparon ciudades tan importantes como San Sebastián y Bilbao. Pero en verdad, el peligro mayor no se hallaba en los soldados franceses si no en las ideas que ellos representaban y propagaban. Muchos españoles empezaron a conspirar contra la monarquía, y algunos de ellos fueron invitados en calidad de presos a La Guaira y allí tomaron parte en el complot llamado de "Gual y España", descubierto en 1797 y ahogado en sangre.

Las ideas de la revolución llegaban a América, pues, desde la misma España, pero también por otros caminos. Los acontecimientos de Francia habían tenido repercusiones tremendas en Haití, la colonia francesa situada en la orilla opuesta del mismo mar que bañaba las costas de Venezuela. Los esclavos de Haití se habían sublevado y habían dado figuras notables que se presentaban ante el mundo como adalides de una raza hasta entonces despreciada.

La guerra entre la Francia revolucionaria y la España borbónica terminó en 1795, con la Paz de Basilea. El acuerdo se llevó a cabo sobre una permuta: a cambio de que los franceses evacuaran las ciudades españolas que habían tomado, España cedía a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo; así los franceses tendrían la mejor base posible para luchar contra los negros rebeldes de Haití.

La esclavitud había sido abolida en Haití desde 1793; pero los antiguos eslavos no se conformaban con la simple abolición de su estado social, y querían, además, dejar de ser colonos franceses, convertir la tierra en que habían sido esclavos en una república de hombres libres. Como es de suponer, esa actitud tenía que producir sus efectos en los negros esclavos de las colonias españolas, y también en los amos de esos negros. Los primeros se sentían estimulados a la lucha por la libertad y los segundos llenos de miedo y al mismo tiempo de odio contra la revolución francesa y las ideas que ella propagaba.

No sabemos cuántos esclavos había en Venezuela hacia 1795. Por los estimados hechos en 1810 podemos pensar que en 1795 debió haber unos 50.000, cifra que no era alta si se comparaba con los que había en Haití, pero que era suficiente para justificar el miedo de los amos blancos al contagio haitiano. Por otra parte, los esclavos venezolanos no habían sido ejemplo de sumisión. En el informe que rindió en 1720 don Pedro José Olavarriaga se hablaba de 20.000 esclavos prófugos que atacaban poblados aislados. Sin duda el número es alto, pero algún fondo de verdad habría en cuanto al ataque a poblaciones por parte de esclavos prófugos. Se sabe que a causa de las prisiones y muertes ordenadas con motivo de las sublevaciones habidas contra la Compañía Guipuzcoana hacia 1732 en Yaracuy, los negros de la región trataron de rescatar a sus compañeros en acciones armadas. Antes aún, en el siglo XVI, había habido la insurrección negra que capitaneó el llamado Rey Miguel. Pero sublevación de esclavos con carácter de guerra social, ayudada por negros y pardos libres, no la había conocido Venezuela. Lo conoció aunque en pequeña escala, en 1795, como efecto directo de la rebelión haitiana.

Hacia 1795 había en la jurisdicción de Coro más de tres mil esclavos, pero la población negra y parda llegaba a doce mil personas. Los blancos no pasaban de cuatro mil, y entre ellos, los mantuanos, según Pedro M. Arcaya, "no llegaban a formar más de una octava o décima parte"; esto es, tal vez cuatrocientos, lo que para aquel tiempo significaba unas ochenta familias.

Entre los negros de Coro circulaba hacía tiempo la creencia de que el rey había ordenado la libertad de los esclavos pero no podían disfrutarla porque el cabildo de Caracas se oponía y había pedido al monarca la revisión de la cédula real en que se les declaraba emancipados. Se decía que un negro loango vecino de Coro, que había estado en España, había visto la cédula. Esa creencia, y el exceso de rigor en el cobro de tributos de alcabala, mantenía cierta levadura de rebeldía en los negros de la región. De ahí que cuando llegaron las noticias de las sublevaciones de Haití y los esclavos oyeron a algunos de sus amos hablar de las ideas que esparcía la revolución francesa, muchos negros decidieron alzarse proclamando "la ley de los franceses, la república, la libertad de los esclavos y la supresión de impuestos de alcabala y demás que se cobraban a la sazón".

Los esclavos se sublevaron en mayo de 1795. Los blancos muertos fueron pocos; los negros, bastantes más, y de manera expeditiva. "He degollado nueve de los aprehendidos, sin más procesos que el de la voz", decía uno de los jefes españoles en nota al gobernador; y el mismo jefe, hablando de veintitrés negros heridos en un combate en que ya habían muerto veinticinco, explicaba que los decapitó "el mismo día por la tarde, por no tener forma de mantenerlos con guardias en la cárcel". Treinta y cinco más fueron ajusticiados "a golpe de pistola", cinco decapitados, otros tres lo fueron en un lugar cercano, y a cuchillo, murieron cinco. El jefezuelo español hablaba de ciento cinco negros muertos como si hubieran sido reses sacrificadas para el consumo.

Allí mismo, en Coro, al seguirse el proceso por la sublevación, hicieron acto de presencia las rivalidades de los blancos. Esas rivalidades dividían a los criollos entre nobles y plebeyos, a todos los criollos de los peninsulares, a los peninsulares entre canarios y españoles. Azuzando todas estas divisiones estaban los prejuicios raciales y de casta. Las propias autoridades reales se mantenían divididas, intrigando unas contra otras, en la corte y en la colonia. La férrea unidad de la oligarquía criolla que podía apreciarse hacia el 1780, había desaparecido en 1795 destruida por el miedo a la revolución francesa. La revolución norteamericana no había tocado la imagen del orden social que tenían los mantuanos de Venezuela; no había estimulado la libertad de los esclavos ni la desaparición, con esa libertad, de los latifundios. La revolución norteamericana, pues, no había asustado a los mantuanos, pero la francesa sí, y al asustarlos los paralizó y los hizo incapaces para actuar, por lo menos en esos años finales del siglo XVIII, y con ello se agravaron las contradicciones del país. Con su organización social basada en el latifundio y en la esclavitud, en la división del pueblo en castas, y aun en razas, y aun en españoles y canarios y criollos, la provincia venezolana era, para decirlo con una imagen usada por el Dr. Jiménez de Asúa, una pistola cargada. Cualquier dedo podía halar el gatillo y producir una matanza como la de Coro. Los altos funcionarios españoles en Venezuela procedían de los medios liberales, lo que se explica porque muchos de ellos habían llegado a la provincia antes de que comenzara la revolución francesa y con ella el cambio de política en España, y porque a pesar de ese cambio, los liberales tenían casi un siglo gobernando y el elemento humano del cual podían escogerse los funcionarios no podía cambiar de mentalidad de un día para otro. Esos funcionarios se escandalizaban cuando llegaban a Caracas. El español no conocía en la Península los prejuicios de raza. El anti judaísmo español había sido religioso, no racial, al grado que los judíos cristianizados siguieron viviendo en España a docenas de millares. Los funcionarios que llegaban de la metrópoli no tenían inconvenientes en codearse con pardos y mulatos y hasta en recomendarlos al trono como casta que merecía mejor trato del que estaba recibiendo.

Para los nobles de Caracas, ése era un crimen imperdonable, y se quejaban de la conducta de tales funcionarios. La nobleza caraqueña era tan altiva que, como hemos dicho, se oponía a los matrimonios de los canarios con muchachas de buenas familias criollas, y se oponía también a esos matrimonios cuando los aspirantes a maridos eran españoles del común, sin títulos de nobleza; esos nobles americanos se oponían a que por la vía del matrimonio entrara en su grupo un comerciante peninsular, porque el comercio era "oficio baxo e impropio de personas blancas".

Los negros de Coro creían que los mantuanos de Caracas se habían opuesto a la cédula real que los declaraba libres, y aunque esa cédula no había existido, no había propiamente calumnia en el rumor, pues la verdad es que los mantuanos se oponían a todo cuanto pudiera beneficiar en el orden social no sólo a los negros, sino a todos los demás grupos.

Lo que había entre los mantuanos y todos esos otros sectores sociales era un estado de enemistad violenta, algo más que una simple división de clases y castas; y como el pueblo sabía que los funcionarios españoles no compartían la actitud del mantuanismo, la masa del pueblo se sentía cada vez más cerca de España que de los criollos poderosos.

No sabemos en qué medida se sintieron alarmados o agraviados los mantuanos por la sublevación negra de Coro, pero un año después, es decir en 1796, se dirigían al rey protestando de los funcionarios españoles "por la abierta protección que escandalosamente prestan a los mulatos o pardos y toda la gente vil para menoscabar la estimación de las familias antiguas, distinguidas y honradas"; decían que esos funcionarios "pintan muy distinto de lo que es en realidad el estado de la provincia, el modo de pensar de las familias distinguidas y limpias, su total separación en el trato y comercio con los mulatos o pardos, olvidando la gravedad de la injuria que concibe una persona blanca en que sólo se diga que se roza con ellos o entre en sus casas, y la imposibilidad de que ese concepto se borre aunque se interponga la ley, el privilegio o la gracia".

Su Majestad desató la cólera santa de los mantuanos cuando promulgó su célebre real cédula de "gracias al sacar", que permitía a un pardo quedar limpio de sangre —es decir, blanco y puro y sin traza de infieles en sus antepasados— pagando 700 reales de vellón, y a un quinterón, pagando 1.000; concedía privilegios de hidalguía a quien pudiera pagar 107.000, y estado de hijo legítimo a los bastardos mediante pagos de cantidades estipuladas según cada caso; en esos casos se incluían hijos de clérigos e hijos de ambos padres solteros.

Para lo mantuanos, esa real cédula desconocía sus privilegios y dislocaba el orden social en que ellos vivían, un orden social que para ellos era cosa sagrada; se volvieron airados contra esa medida del rey, la consideraron como la mejor prueba del despotismo español que ellos estaban sufriendo y profetizaron que su resultado sería la guerra social, una guerra que convertiría "a esta preciosa parte del universo en un conjunto asqueroso de pecados, delitos y maldades", seguramente ejecutados por los "pardos, quinterones, mestizos, blancos de orilla, curanderos, comerciantes" —a todos los cuales despreciaban por igual— que tuvieran dinero con que comprar las dispensas establecidas en la real cédula de marras.

Los mantuanos, que odiaban a los "blancos de orilla", a los pardos, a los mulatos, a los negros libres, a. los zambos y explotaban a los esclavos, iban divorciándose del poder real. Pero como hallaban que los comerciantes eran sus enemigos, porque los comerciantes ganaban con cierta facilidad dinero con el que compraban privilegios que los igualaban a ellos, tan pronto como se descubrió el complot de Gual y España en La Guaira, se pusieron de parte del rey, pues la de Gual y España era una conspiración de comerciantes no de nobles terratenientes.

Precisamente en esos días los mantuanos de Caracas tenían disputa con los comerciantes de la capital por problemas de competencia en negocios. Olvidándose momentáneamente de su actitud frente al rey, los mantuanos más linajudos de Caracas enviaron a Su Majestad un memorial ofreciéndole hacer todo lo que se necesitara para aniquilar la conjura de La Guaira, y ponían a disposición del rey "sus fondos, los de cada uno de sus individuos y los de la nobleza y gente principal y decente de la capital y formar de ésta una o más compañías para la defensa y guarda de su persona".

Por su propia organización social y por presiones de la política exterior española, el imperio americano de España estaba dividido, y de mala manera. En ese imperio, la provincia de Caracas —es decir, Venezuela— se hallaba en estado de peligrosa agitación. Los mantuanos tenían una salida para el fermento que se acumulaba, y era conquistar el poder político mediante la independencia. Pero el miedo al ejemplo de la revolución francesa y a sus resultados en Haití les impedía actuar, y su propio poder inactivo, que no se expresaba políticamente en una acción creadora, se corrompía y los corrompía a ellos como grupo social; en vez de luchar contra la metrópoli luchaban contra los que compartían con ellos la misma tierra y el destino de la provincia. Así, la energía de su casta, que era mucha, fue dedicada a propagar el chisme, a alimentar odios de clase, a dividir. Cultivaron con verdadera pasión no el arte, sino el fanatismo de la división. Odiaban con el mismo ardor al trono y al pueblo, y el odio los envenenaba a tal grado que vivían para alimentarlo.

La conspiración de Gual y España, encabezada por comerciantes y descubierta en julio de 1797, fue francamente independentista. En ella aparecían mezclados curas, comerciantes, abogados y hasta españoles de los que habían sido enviados presos desde España por haber conspirado para establecer una república española.

Clases sociales de menos fuerza y capacidad que la suya parecían a punto de arrebatar a los mantuanos la dirección de los acontecimientos. El país se conmovía. Curas predicantes proclamaban el derecho a la libertad; los pardos de Maracaibo conspiraban; los negros de Cariaco se agrupaban para repetir en su jurisdicción lo que habían hecho los negros de Coro dos años antes. El siglo fecundo de América iba terminando y su final hallaba a Venezuela dividida y conmovida. Los pueblos divididos son pueblos débiles, en los que la guerra intestina encuentra materia inflamable. Ya estaban vivos y algunos bien crecidos, los que iban a hacer la guerra social de 1812.

En mayo de 1799, don José María España, el rebelde de La Guaira, era ajusticiado. Su cuerpo fue cortado en piezas y las diferentes partes se colocaron en los lugares donde había estado conspirando. Era la víctima más prestigiosa de una revolución que estaba ya en marcha.
Todavía pendía España de la horca cuando oyó la voz de un sacerdote que clamaba:

"¿Qué importa la manera con que murió el que está en el cielo?... Quizás, aun a los ojos del mundo, en estos malos días en que la sangre de los reyes mancha las manos del verdugo, el patíbulo venga a ser un título de gloria".

El ministro del Señor no andaba errado.

Nota)   El texto de este artículo fue obtenido por medio de escáner, cualquier error se debe e ello.

< --- ANTERIOR  /---------------------------------------------/  SIGUIENTE  --- >


Regresa al índice de Bolívar y la Guerra Social
Regresa al menú de Simón Bolívar, el hombre

Página Principal - Los últimos artículos - Biografías - Proclamas - Pensamientos - ACÁ TE DEJO - Historia - Artículos - Escritos - Artículo(s) en InglésENGLISH - Búsqueda - Estudiantes - Ricardo Palma - Download - Consultas/Preguntas - Bolivarianos - Páginas Amigas - Agradecimientos - Wekker & Asociados - Libro de visitas . Acta constitutiva de Simón-Bolívar.Org - COLABORA - Escríbenos

Vuelve al inicio

© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004