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Bolívar
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Por Juan Bosh |
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| Primera Parte Los antecedentes | ||||||
| Los siglos
políticos, como las edades geológicas, no se cuentan por años. En el orden
político, el siglo XIX del Hemisferio occidental nació con el
establecimiento de la Efe pública Federal norteamericana, y el de Europa,
con la destrucción de la monarquía francesa. En España y sus dominios, sin
embargo, la nueva centuria nació en 1808. Si algún hecho marca el inicio de la revolución que convirtió en repúblicas las colonias españolas de América, ése fue la prisión de la casa real de España, acaecida en Bayona, al comenzar el mes de mayo de 1808; pues la metrópoli y las provincias de ultramar se quedaron sin el centro de su vida administrativa y política, que era el rey, y en el proceso de hallar una fórmula que mantuviera el imperio funcionando, los vínculos legales e históricos se rompieron, las partes quedaron al garete, y con ello sobrevino la conmoción revolucionaria que trastornó el orden antiguo y dio nacimiento al orden nuevo. La prisión de los Borbones de España fue obra de Napoleón, el hacedor y deshacedor de reyes; pero también fue obra de la corrupción de la corte hispánica; de la liviandad de María Luisa, la reina; de la debilidad de Carlos IV, el rey; de la cobardía de Fernando VII, el hijo de la liviana y el débil; de la ambición de Manuel Godoy, el antiguo sargento de la guardia real, cuyos amoríos con María Luisa lo llevaron a ministro, a duque de Alcudia, a Príncipe de la Paz, a jefe del gabinete y al tratamiento de Alteza Serenísima; y en fin de cuentas fue la obra de la revolución que estaba trastocando todo el orden conocido y tenía que trastornar, por lo tanto, el orden imperial en España y sus colonias americanas. España había tenido que acabar atándose al carro francés, pero Napoleón era tan peligroso para sus enemigos como para sus aliados. La historia de las concesiones españolas a Napoleón es larga, y no es del caso enumerarlas ahora. La alianza hispano-francesa tuvo efectos desastrosos para España, como por ejemplo, la pérdida de la Isla Trinidad, cedida a Inglaterra en 1798, y la pérdida de la flota de guerra y de sus mejores marinos en la batalla de Trafalgar, donde las escuadras de Francia y España fueron aniquiladas por los ingleses. La batalla de Trafalgar tuvo efecto en octubre de 1805. Esos desastres fueron colocando al pueblo español en una posición cada vez más anti francesa y por tanto cada vez más antiliberal, pues el pueblo entendía que el poder español estaba descalabrándose por haberse atado al francés; y poco a poco el pueblo fue personalizando en Manuel Godoy su odio a Napoleón y a las ideas de la revolución, y al mismo tiempo iba personalizando su creciente sentimiento conservador en el príncipe heredero, Fernando de Borbón Parma. En junio de 1807, Bonaparte, que había resuelto tomar Portugal para cerrar la costa de ese país a los ingleses, negociaba con Godoy el libre paso de los ejércitos franceses por España. Los rumores de la negociación provocaron tanto malestar que la inquietud llegó al círculo real. En octubre, Napoleón y Godoy estaban listos para firmar un tratado —el de Fontainebleau— en que se convenían los detalles de la acción sobre Portugal, y Fernando y sus amigos de la corte se dispusieron a dar un golpe palaciego contra Godoy. Ésa fue la llamada conspiración del Escorial, descubierta en el mismo mes de octubre. Acusado de querer destronar al padre y de haber organizado un complot para quitarle la vida a la reina, Fernando delató a sus compañeros de conjura y pidió perdón. Carlos IV comunicó la noticia a Napoleón, por cierta en una carta indigna, y el Emperador, ni corto ni perezoso, aprovechó la división de la casa real para aumentar su presión sobre el débil Carlos IV. España firmó el Tratado de Fontainebleau el 27 del propio mes de octubre de 1807. Según ese tratado, España cedía su territorio para que las tropas de Napoleón operaran en él de paso hacia Portugal; a cambio de ese servicio, Godoy recibiría una porción de Portugal a título de reino, con monarquía hereditaria; otra parte se destinaría a ser cambiada por los territorios españoles que se hallaban en manos inglesas —como Gibraltar y la Isla de Trinidad—; otra se daría a los reyes de Etruria —la reina era hija de Carlos IV— que habían sido despojados de su reino por Napoleón; y por último Carlos IV sería coronado Emperador de las Amé-ricas, un cambio de palabras que no hacía variar en lo más mínimo la situación del rey en relación con las colonias americanas. En noviembre, Napoleón había barrido las fuerzas portuguesas, y el regente de Portugal, con toda la familia real, huía a Brasil. Sin embargo ya en febrero de 1808 el impetuoso vencedor desconocía el tratado que él mismo había impuesto a España a través de Manuel Godoy, y en vez de un permiso para el paso ocasional de sus tropas hacia Portugal, pedía un camino permanente a través de España para enlazar Francia con Portugal; además, no esperó la concesión que solicitaba, sino que hizo que sus tropas avanzaran por España. Espantados por el nuevo giro que tomaban los acontecimientos, Carlos IV y Godoy decidieron que la familia real siguiera el ejemplo de la portuguesa y se trasladara a América. Pero entonces entró en escena el pueblo español, cuyo fuerte sentimiento nacional lo había llevado ya a una posición radicalmente anti francesa; y el pueblo no admitía que los reyes huyeran de la tierra de sus mayores. Sus Majestades debían luchar y morir con el pueblo. La noche del 17 de marzo de 1808, las multitudes asaltaron el palacio donde se alojaba Godoy en Aranjuez, y ése es el episodio conocido en la historia española como "el motín de Aranjuez". El poderoso ministro pudo esconderse en los sótanos del palacio, entre rollos de alfombras y tapices, y allí estuvo treinta y seis horas, sin comer y sin beber nada. Obligado por el hambre y la sed, resolvió salir, y la multitud, que no había abandonado la vigilancia del lugar, le golpeó y maltrató a tal grado que el resto de su vida llevó una cicatriz en la cara. Como desde la conspiración del Escorial el príncipe Fernando aparecía a los ojos del país como el jefe de los enemigos de Godoy, el motín de Aranjuez se convirtió en un movimiento en favor de Fernando, lo que determinó la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo. Así, el príncipe heredero pasó a ser Fernando VII, rey: de España y de los dominios españoles de ultramar. Mientras se producían esos hechos, las tropas napoleónicas, bajo el mando de Murat, avanzaban hacia el sur en dirección de Madrid, y entraron en la capital española el 23 de marzo. Un día después llegó a Madrid Fernando VII. Marchando lentamente tras sus tropas, Bonaparte se había quedado en Burgos, la vieja ciudad castellana, situada a corta distancia al norte de Madrid. Murat pidió a Fernando que visitara a Napoleón en Burgos, pero el nuevo rey, que temía caer en una trampa no quiso ir. Sin embargo la situación de Fernando era débil, pues sus padres habían comenzado a conspirar para quitarle la corona un día después de habérsela cedido. Fernando supo que sus padres organizaban viaje a Burgos para ver a Napoleón, y como Napoleón hacía y deshacía reyes, Fernando quiso adelantarse a los padres y salió en busca del Emperador. Cuando el nuevo rey llegó a Burgos halló que Napoleón se había movido hacia Victoria, que quedaba al noreste, vecina a la frontera de Francia, y él se encaminó a Victoria. Al llegar allí encontró una carta de Bonaparte invitándole a seguir hacia Bayona, ciudad francesa que se halla en las inmediaciones de Biarritz. Cuando todavía no se había decidido a cruzar la frontera, Fernando supo que sus padres se dirigían a Bayona, y él partió para llegar antes que ellos. El hijo y los padres competían en una carrera de indignidades. El pueblo español, con mejor instinto que su rey, no quería que Fernando entrara en territorio de Francia, y se agolpaba en los caminos cerrándole el paso, y llegó hasta cortar los correajes del coche para que no pudiera avanzar. Pero Fernando pensaba que su corona dependía de Napoleón, no del pueblo, y prosiguió su camino. Llegó a Bayona el 20 de abril, y a partir de ese momento sería durante cinco años prisionero del vencedor de Europa. El episodio de Bayona es un capítulo triste en la historia de España. Bonaparte no quiso darle al joven rey trato de monarca y el pobre Fernando aceptó la humillación. El Emperador pidió que Fernando abdicara en favor de Carlos, y como Fernando se negara, se produjo una escena lastimosa, durante la cual Carlos y María Luisa insultaron al hijo, le gritaron como verduleros, y la madre llegó a llamarle bastardo. Por fin, abrumado y acobardado, Fernando aceptó volver a ser Príncipe de Asturias, denominación de los herederos de la corona española; el padre recuperó su título de Carlos IV, rey de España, y de inmediato abdicó sus derechos en favor de Napoleón. A cambio de la humillante sumisión, Fernando recibiría 400.000 francos de renta a cargo del tesoro de Francia y el padre 30.000.000 de reales españoles para sostener su real figura y su corte de amigos. Carlos IV pasaría a vivir en Compiegne, cerca de Marsella, y Fernando sería alojado en Valency; es decir, los dos quedaban de rehenes, como prisioneros en jaulas doradas. Cuando Fernando partía hacia Burgos en busca de Napoleón dejó en Madrid una junta de gobierno encabezada por su tío, el infante don Antonio. Durante la rebelión del pueblo madrileño contra las tropas de Murat, ocurrida el 2 de mayo —recuérdese que era el año 1808—, esa junta se puso del lado de los franceses con lo cual perdió toda autoridad sobre el pueblo. Para sustituirla, y de manera tan espontánea que sólo se explica como una emanación del genio popular español, comenzaron a brotar por toda España las "juntas de defensa de los derechos de Fernando VII". Los acontecimientos que se desarrollaron en España a partir de esa hora pertenecen a la historia de España, no a la de América, pues España y América tomaron cursos diferentes en esa encrucijada histórica. Las "juntas de defensa de los derechos de Fernando VII" obedecían a un principio de conservación de la unidad nacional, pero su autoridad era local; ninguna tenía potestad más allá del lugar donde se establecía; ninguna desde luego, podía tenerla en ultramar, y en ultramar estaban las colonias americanas. La prisión del rey en Bayona, su abdicación en favor del padre y la subsiguiente cesión de derechos de Carlos IV sobre América dejaron a las colonias sin vínculo político con España, y lo que es peor, ni siquiera quedaban vínculos políticos entre todas las provincias americanas. (En diciembre de 1813, es decir, cinco años y nueve meses después del día en que comenzó el cautiverio del joven rey español, Napoleón, asediado por sus enemigos de toda Europa, reconocía a Fernando VII y sus herederos como reyes de España y de América. Pero en lo que se refería a América, el reconocimiento era una ficción, porque de los que habían sido los vastos dominios americanos del prisionero de Bayona sólo quedaban territorios insulares: Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo. Los demás o eran libres o se hallaban luchando por la libertad.) Ahora volvamos un poco atrás para comprender lo que sucedía en Venezuela. Cuando España perdió su flota de guerra en Trafalgar, Inglaterra tomó ventaja de la ocasión para atacarla en el flanco americano. En marzo de 1806, Francisco de Miranda, protegido por el gobierno inglés, se presentó en Puerto Cabello con tres barcos armados, de los cuales perdió dos. Algunos norteamericanos tomados en esos dos barcos fueron colgados y la cabeza de Miranda fue puesta a precio. En esa oportunidad, los mantuanos de Caracas ofrecieron sus bienes para perseguir al "traidor''. Miranda había participado en la revolución francesa, había alcanzado rango de general francés, lo que reforzaba el odio que originalmente le habían tenido los círculos mantuanos —a pesar de las cartas de 1781 y 1782— por el delito de ser hijo de un comerciante canario de Caracas. En agosto del mismo año, Miranda desembarcó en Coro y estuvo en tierra diez días; durante esos días sólo dos esclavos prófugos y una negra presa se presentaron voluntarios ante el Precursor de la independencia americana. Coro había sido, once años atrás, escenario de la pequeña, pero intensa sublevación de los negros de 1795. En Coro, los negros recordaban la fiereza con que fue combatida aquella sublevación y los blancos recordaban la violencia con que se había iniciado. ¿Quién iba a levantarse en Coro contra el orden establecido? La situación se había vuelto muy inestable y por tanto muy peligrosa, y la nobleza venezolana no había salido aún del estado de parálisis y de intoxicación psicológica en que la habían puesto la revolución francesa y sus reflejos en Haití. Para los mantuanos de Caracas, el problema no era zafarse del poder español para caer en el inglés o para pasar a manos de Francia o, peor aún, de sus propios esclavos, el problema que tenían ellos que resolver era cómo conquistar el poder político de la colonia sin poner en peligro —sino todo lo contrario— el poder económico que tenían. Si iban a la lucha, lo harían para conservar y aumentar su poder, no para conquistar posiciones que ya dominaban ni para arriesgar lo que tenían. La coyuntura favorable que esperaban no se les presentaría sino en 1808, al quedar rotos, por la prisión de Fernando VII en Bayona, los vínculos que ataban a España y sus colonias de América. A mediados de julio de 1808 llegó a La Guaira un bergantín con pliegos del Consejo de Indias —que era, como si dijéramos, el ministerio de colonias americanas del gobierno español— en que se reclamaba el reconocimiento de José Bonaparte como rey de España. Al saberse la noticia en la calle, el pueblo se amotinó dando vivas a Fernando VII y mueras a Napoleón. Claro, Napoleón había destruido en Europa a la antigua nobleza y la nobleza de Caracas se sentía amenazada. Ella encabezó el motín. Fueron jóvenes mantuanos, como Simón Bolívar y José Félix Ribas, los que encabezaron al pueblo ese día. El cabildo, compuesto por mantuanos,, pidió al capitán general que jurara públicamente fidelidad al rey preso. El capitán general accedió, las autoridades sacaron a las calles el pendón real y el pueblo se pasó el día dando vivas a Fernando Vil-Diez días después de esos sucesos, los mantuanos estaban conspirando para crear una Junta Suprema Gubernativa que debía declarar la independencia de la provincia. La conspiración se fraguaba en reuniones que tenían lugar en una casa de Simón Bolívar. Vista la inestabilidad de la situación, las autoridades no actuaron contra los conjurados. En el mes de noviembre, sin embargo, los mantuanos hicieron público su juego. En Sevilla se había formado una Junta Suprema que reclamaba obediencia de todas las juntas que se habían formado en España y solicitaba el establecimiento de juntas similares en América; y los mantuanos, sin esperar que las autoridades coloniales opinaran sobre el asunto, nombraron delegados suyos e invitaron al Ayuntamiento y a los altos funcionarios españoles a integrar la junta que debía funcionar en Caracas. Entre los ocho delegados del mantuanismo, había dos marqueses y cinco condes criollos. Había llegado el momento de actuar, el de expulsar del alma colectiva del grupo mantuano el veneno que lo paralizaba, pues en España había un rey llamado José Bonaparte, hermano del ogro que estaba diseminando por el mundo las ideas de la revolución francesa, y los mantuanos caraqueños intuían que bajo ese rey iban a quedar liquidados. La prisión de Fernando VII en Bayona había roto los vínculos de España con América, y la exaltación de José Bonaparte a rey de España había roto el hechizo que había mantenido a los mantuanos inactivos. Los mantuanos se lanzaban a la lucha, pero como en la sociedad de la provincia había un fermento de odios que dividía a los grupos sociales y raciales, los pardos se asustaron y se movieron a la defensiva. Los pardos, pues, reclamaron que la situación se mantuvieran sin cambios, y en su nombre hablaron los oficiales del Batallón de Pardos. Las autoridades coloniales tuvieron miedo del conflicto que se avecinaba y ordenaron la detención de todos los firmantes del documento mantuano; y unos fueron detenidos en sus hogares, otros en cuarteles, otros fueron confinados fuera de Caracas, y uno de los delegados escogidos por los firmantes fue enviado a España como reo de Estado, lo cual en el lenguaje de la época quería decir delincuente político. Pero la marcha de los acontecimientos era inexorable y lo que parecía peligroso un día no lo era al día siguiente. Napoleón entró en Madrid en diciembre de ese año de 1808, y el año de 1809 comenzó con avances irresistibles de las tropas francesas por todos los rumbos de España. Nadie sabía lo que iba a pasar en la Península y no era político mantener detenidos a los hombres más prestigiosos de Caracas. Por otra parte, en el mes de mayo llegó a la provincia un nuevo capitán general, don Vicente Emparan, que traía ideas claras sobre la situación en España. Puestos en libertad, los mantuanos se prepararon para el segundo golpe. En noviembre de 1808 habían fallado porque no tenían fuerzas militares que los apoyaran. Frente al Batallón de Pardos, esos mestizos de negros a quienes tanto despreciaban, ellos, los amos de Venezuela, no tenían autoridad efectiva. Para los grandes cambios históricos en pueblos que desconocen todavía el ejercicio de los derechos políticos, la palanca de Arquímedes es el fusil; en esa época, el trabuco, la lanza o el cañón de mecha. Con todo su poder económico y su soberbia de clase, los mantuanos sin armas eran débiles frente a los partidos organizados en milicias. La lección fue aprendida, y después del fracaso de noviembre de 1808, los señores de la oligarquía caraqueña se dedicaron a organizar milicias o a hacer valer los nombramientos de oficiales de las que existían, grados que muchos de ellos habían recibido del rey años antes y no los habían ejercido porque pensaban que ser capitanes o tenientes de milicias era indigno de sus altas posiciones. Algunos de los jóvenes mantuanos, los más radicales, se dedicaron a frecuentar el trato de pardos y mulatos de los barrios caraqueños. Una vez seguros de que contaban con el apoyo del Batallón de Aragua y de que la gente del pueblo no se opondría a sus planes, los mantuanos prepararon el golpe del 19 de abril, día de Jueves Santo de 1810. Ese golpe fue una obra maestra de habilidad política. Además de ganarse la adhesión del Batallón de Aragua y la de la gente de los barrios, los mantuanos habían reforzado su poder en el Ayuntamiento colocando en él a hombres jóvenes y radicales partidarios de la independencia, entre ellos el sacerdote chileno José Cortés de Madariaga, cuya actuación fue decisiva en el golpe. Las mantuanos constituyeron el Ayuntamiento y enviaron una delegación al capitán general Emparan para invitarlo a ir junto con los representantes del pueblo a las ceremonias religiosas del día, que era de las más importantes en el ritual católico porque el Jueves Santo se conmemora la muerte de Jesús. Al mismo tiempo que enviaban su delegación al capitán general, los mantuanos se movían en las calles y colocaban en las vecindades del Ayuntamiento y de la iglesia, hombres y mujeres de los ba rrios, y entre ellos, capitaneándolos, algunos de los mantuanos más jóvenes y más enérgicos. De buenas a primeras, en vez de salir hacia la iglesia, el cabildo decidió tratar la situación política en España y en Venezuela, pero el capitán general advirtió que ya era hora de asistir a los oficios religiosos, rompió la discusión y salió hacia la iglesia mayor. Pero los conjurados no le dejaban avanzar. Alegaban, en plena calle, que el problema que se discutía era más importante que la función religiosa, argumento en verdad osado y escandaloso para esos tiempos, y le invitaban a volver al Ayuntamiento. Don Vicente Emperan no quería ceder y hasta llegó a invocar su autoridad para imponerse a los revoltosos, pero en ese momento el jefe del Batallón de Aragua le empujó por un hombro en dirección al Ayuntamiento. Era la rebelión sin sangre. Lo que vino después fue relativamente simple. Consultado el pueblo si quería que siguiera gobernándolo Emparan, el pueblo gritó que no, a lo que el capitán general respondió con triste majestad: "Yo tampoco quiero mando". El Ayuntamiento de Caracas, que era el centro de poder del mantuanismo en la provincia, quedó como autoridad máxima en la capital; después pidió a los ayuntamientos del resto de la colonia que reconocieran su autoridad y se proclamó Junta Suprema de Gobierno. Los mantuanos habían logrado lo que se habían propuesto, y lo hicieron con respaldo del pueblo de Caracas, pero las masas del país no tardarían en reaccionar. Si los zambos y los mulatos de la capital se dejaron engañar, los de las villas y aldeas del interior no caerían en la trampa. Para ellos, el enemigo era el mantuano no España. |
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