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Bolívar
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Por Juan Bosh |
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| Segunda Parte La Guerra Social | ||||||
| 1814 fue el año
en que la guerra social venezolana alcanzó su mayor profundidad de horror y
destrucción, y por lo mismo es el año determinante en la vida de Simón
Bolívar. Las huellas que dejó el 1814 en el ánimo del Libertador iban a
producir varias repúblicas americanas. El recuerdo de la ferocidad desatada
por los llaneros de Boves le empujó hasta las alturas de Potosí, en los
Andes del Sur. Simón Bolívar había recibido de la municipalidad de Caracas el título de Libertador y el de capitán general de los ejércitos republicanos en octubre de 1813, cuando acababa de cumplir treinta años; y en esos días comenzaba a destacarse en los Llanos como jefe de hombres del pueblo el asturiano José Tomás Boves, que también cumplía treinta años. Como Simón Bolívar, Boves había nacido en 1783. Boves era el anti-Bolívar; no porque se enfrentara a éste en la guerra, ni porque él hubiera abrazado la bandera del rey mientras Bolívar abrazaba la de la república; no porque él fuera inculto y el otro cultísimo, él español y el otro criollo, él pobre y Bolívar rico; sino porque Bolívar pensaba y actuaba en términos de sociedad, y por eso su lucha se dirigía ala creación de un Estado, y Boves sentía y actuaba en términos de masa, y esa masa se hallaba en guerra contra la sociedad de la cual había sido parte. La masa no es la sociedad; no lo es en ningún momento histórico. La masa está contenida en la sociedad, lo que quiere decir que es parte de ella; y nunca la parte es e. todo. Puede suceder que la parte insurja y someta el todo a su dominio, pero en situaciones normales la parte no se rebela ante el todo. Si la parte —esto es, la masa— se rebeló en Venezuela contra el todo —es decir, la sociedad— se debió a que los tiempos no eran normales; y cuando lo fueron, antes de la rebelión de la masa, los que se beneficiaban eran una minoría que sostenía a hierro y sangre una organización social intolerable, que no permitía el menor cambio. La época apropiada para sostener una organización social como la mantuana había pasado ya, y sin embargo los mantuanos se empeñaban en sostener sus privilegios y no alcanzaban a darse cuenta de que la masa del país se hallaba en insurgencia contra ellos, y cuanta más oposición encontrara la masa en su insurgencia, más dura sería en su decisión de destruir la sociedad mantuana. La masa es siempre un enemigo oculto o abierto del Estado, es decir, de la sociedad organizada. Esto se debe a que la masa es la depositaría de los innumerables resentimientos que provoca la sociedad organizada. En una organización rígida y cerrada, como era la sociedad mantuana, donde el individuo sometido a las leyes de los privilegiados no podía hacer oír sus quejas o sus reclamaciones, por justas que fueran, en los centros directores de la sociedad, la masa se convierte fácilmente en un depósito de resentimientos que pueden hacer crisis ante cualquier provocación, y la provocación puede estar en agresiones exteriores —una guerra internacional, por ejemplo— o en conmociones políticas domésticas. El poder ofensivo de la masa venezolana de 1813 fue proporcionado a los resentimientos que esa masa había estado acumulando durante los años del predominio mantuano. Si se le presenta una coyuntura que le permita usar su poder, la masa resentida se vuelve contra la sociedad, la desorganiza y la destruye, que es lo que en fin de cuentas ha sucedido en las pocas grandes revoluciones que conoce la historia. Dejada a su propio impulso, e independizada ya de la sociedad, la masa, como un satélite salido de su órbita que de pronto arremete contra el planeta madre, se lanza a chocar con la sociedad. La masa venezolana se hallaba saliendo del orden social mantuano cuando Monteverde la impulsó a la pelea contra ese orden social. Entre 1812 y 1813, la masa venezolana quedó disparada fuera de órbita y lista a arremeter contra el planeta madre a que había vivido sometida hasta entonces. Al mismo tiempo sucedía que ya no existía el orden social mantuano —aunque seguían sobreviviéndole las familias mantuanas— porque de hecho la sociedad mantuana se había desintegrado al rebelársele la masa. Esto no lo sabía y quizá ni siquiera lo sospechaba Simón Bolívar cuando entraba en Caracas, vencedor de Monteverde. El joven caudillo bajaba de los Andes con la idea de un Estado fuerte, pero sucedía que unos pasos más allá de los cuarteles en que acampaba la tropa que había hecho bajo su mando la Campaña Admirable, había sólo un vacío político, y eso se debía a que ya no existía la sociedad que debía dar sustento al tipo de Estado que Bolívar pretendía edificar. La sociedad venezolana se había desintegrado; por tanto, Bolívar era el jefe de las fuerzas armadas de un Estado que no podía organizarse, pues el Estado es la expresión jurídica y política de una sociedad organizada. Antes de la desintegración, es decir, antes de 1812, la parte más fuerte de la sociedad era el círculo mantuano; después de la desintegración, la parte más fuerte era la masa. La masa no estaba con Bolívar, sino con Boves; los restos del mantuanismo no apoyaban a Bolívar porque mal podían apoyar a quien había decretado que todas las propiedades eran del Estado. La única fuerza en que podía apoyarse Bolívar era su ejército, y un ejército sin pueblo, en medio de una, guerra, se mueve en el vacío; esto es, carece de poder aunque1-tenga fuerza en hombres y armas. Bolívar, pues, tenía que ser derrotado. No siempre se ve a la masa en el momento en que se coordina para actuar contra la sociedad. Siendo, como es, un valor social permanente, en tiempos normales se halla como sumergida en el cuerpo social, y allí está, sumergida y sin que se note su presencia, hasta que se presenta la oportunidad para su acción propia. Hoy nos resulta difícil advertir esto debido a que tenemos conciencia diaria de la existencia de la masa; se halla organizada en partidos políticos, en sindicatos obreros y en otros grupos de actuación permanente. Pero al comenzar el siglo XIX —sobre todo en una América sin experiencia de vida política— la masa era una fuerza oculta aún a los ojos de los observadores más sagaces. En esos tiempos, para la gente culta la masa no era sino la chusma, y si se hallaba en rebeldía, había que someterla a hierro y fuego. Entregado a su idea de un Estado nacional, creado en lucha contra España, Bolívar no veía a la masa venezolana. Para él, sólo había un enemigo al que combatir, y era Monteverde, representación oficial de España; y cuando Monteverde fue depuesto, el enemigo a derrotar era Cajigal, designado sucesor del capitán de fragata canario. Las partidas que andaban por los Llanos eran, a su juicio, bandoleros que se desbandarían con una operación de limpieza tan pronto quedara aniquilada la fuerza militar realista. Eso explica que Bolívar atendiera más al sitio de Puerto Cabello y a la concentración realista que destruyó en Araure, que al creciente poderío que iba tomando Boves en los Llanos de Apure. Tal vez por eso le resultó tan dura la lección que recibió cuando las masas venezolanas, comandadas por Boves, destruyeron su sueño de un Estado nacional. Años después, en el conocido discurso con que abrió las actividades del Congreso de Angostura, diría que "el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad"; y autoridad, en este caso, significaba para Bolívar sociedad organizada civilmente en Estado, no simple mando de un hombre o de un grupo de hombres. En el misterioso laboratorio de la historia la masa tiene un papel renovador, originado en que es la depositaría de los resentimientos individuales, de las injusticias, las frustraciones, las inquietudes y los dolores que la sociedad, organizada en Estado, provoca en los individuos. De una injusticia, de una frustración, de una inquietud insatisfecha, de un dolor a veces ni siquiera conscientemente valorado, sale una idea renovadora o un deseo de cambio —y a menudo un deseo de destrucción— que va extendiéndose por entre los que sufren, los despojados, los perseguidos, los sometidos, y llega la hora en que esa idea o ese deseo se convierte en una corriente avasalladora, que domina los movimientos de la masa. Se organiza, en una o en otra forma, bajo líderes que saben qué es lo que ella desea o necesita, y cómo deben conquistarse eso que la masa desea o necesita; la masa actúa con una fuerza incontenible. En los inicios del siglo xix, la masa no tenía conciencia creadora en ninguna parte, menos aún en América. En esos años, la masa sólo sabía qué cosa no quería, qué cosa odiaba, qué cosa! deseaba destruir; y nada más. Lanzada a la lucha por virtud de sus resentimientos, de sus dolores, de sus odios, era un poder que destruía para igualar; pero no sabía cómo construir, ni qué construir, sobre los escombros de aquello que había destruido José Tomás Boves o Tomás Rodríguez Boves —o Boves a secas— era el jefe de una masa americana en los primeros años del siglo XIX. A esa masa no podían pedírsele propósitos creadores ; y así como ella, era su caudillo. Frente a Boves, Bolívar comandaba el instrumento armado de una sociedad que ya no existía. La lucha, pues, fue el encuentro de un ejército sin base social y una masa convertida en ejército. Años después, esa masa con vertida en ejército se pasó a las filas republicanas, y entonces Bolívar la comandó y realizó la obra que había soñado, porque esa masa se integró en la sociedad nueva, que ya no podía ser la mantuana. Si la masa es parte de la sociedad, es lógico admitir que ésta sólo puede organizarse en Estado en tanto contenga en su seno a la masa. La masa es parte del todo social, pero el todo pierde su razón de ser si le falta la parte. La integración de la masa en el Estado nacional que Bolívar deseaba crear sólo hubiera podido lograrse en 1813 si Bolívar se hubiera puesto al frente de la masa con un programa anti-mantuano; y eso no podía suceder debido a que la república había sido obra de los mantuanos, y debido también en que siendo él, como lo era, mantuano por origen, posición y cultura, le hubiera sido casi imposible volverse de la noche a la mañana anti-mantuano. En 1813 Bolívar no estaba en condiciones de comprender que él estaba sirviendo a la idea de un Estado abstracto, que sólo existía en su mente y que no podía existir en los hechos porque una parte de la sociedad, la más fuerte en ese momento —es decir, la masa— había insurgido contra ella y estaba en lucha con la sociedad. En 1813, Bolívar era un romántico que no comprendía la raíz de los sucesos en que él mismo era actor de primera categoría. Hasta el final del Año Terrible de 1814, el Libertador creía, con toda la vehemencia de su alma, en los conceptos abstractos de Nación, República, Libertad, todos escritos con mayúsculas en su corazón apasionado. En 1813, Boves, que era la encarnación de la guerra social y estaba a gran distancia de los románticos, afilaba la lanza con que iba a quedar destruido el sueño de Bolívar. El I9 de junio de 1813, el duque de Wellington derrotó en Victoria al ejército francés que se hallaba en España. Ese ejército estaba bajo el mando de José Bonaparte, el rey que su hermano Napoleón impuso en el trono de Fernando de Aragón e Isabel la Católica. Después de la victoria de Wellington, fuerzas inglesas y españolas, aliadas contra Napoleón, avanzaron sobre Francia. Las noticias de esos acontecimientos llegaban a Venezuela y daban alientos a los partidarios de Fernando VII, es decir, a los caudillos de la guerra social. En diciembre, Napoleón comenzó a negociar con Fernando VII el retorno a España del monarca preso. Las fuerzas realistas de Europa, España y América, se reponían después de muchos años de luchas sin mayores esperanzas. Es posible que esa conjunción de fuerzas contribuyera a fortalecer en Bolívar la idea de que el verdadero enemigo a quien debía vencer era el ejército oficial realista, esto es, el comandado por los jefes de tropas regulares, y que en consecuencia prestara poca atención a las hordas de Boves. Pero esas hordas de Boves eran ya una amenaza seria al comenzar el año de 1814. Bolívar se preocupó, al fin, y mandó al general Campos Elias a hacer frente a Boves en los Llanos mientras él se dirigía a Puerto Cabello para reforzar el sitio de esa plaza. La entrada de los Llanos a la parte norte de Venezuela —la parte poblada y rica donde se asientan Caracas, Valencia, Puerto Cabello, Maracay, La Victoria— es La Puerta, una verdadera puerta de montaña, paso estratégico de fácil defensa para quien lo ocupa. Pues bien, ahí, en La Puerta, destruyó Boves a Campo Elías en los primeros días de febrero del Año Terrible, a pesar de que Campo Elías era quien defendía la posición. Con esa batalla Boves se abrió el camino hacia Valencia, lo que equivalía a decir hacia Puerto Cabello, donde podía reunirse con la guarnición sitiada por Bolívar; pero se abría también el camino de La Victoria y Caracas, si prefería marchar sobre la capital en vez de dirigirse a Valencia. Temeroso de que Boves siguiera hacia Caracas y de que se rebelaran los prisioneros españoles de La Guaira para unírsele, como año y medio antes se habían rebelado los prisioneros realistas del castillo de San Felipe para unirse a Monteverde, Bolívar ordenó que se les pasara por las armas. Ochocientos españoles fueron ejecutados en pocos días. Y en verdad, tantos prisioneros situados a corta distancia de Caracas eran una amenaza para la república. Bolívar no había calculado mal: la horda de Boves se dirigió a La Victoria, la antepuerta de Caracas, y estuvo combatiendo en La Victoria y San Mateo —la hacienda familiar de los Bolívar— hasta fines de marzo. En los últimos días de ese mes, Boves tuvo noticias de que Marino se acercaba a San Mateo con el ejército de Oriente, y temeroso de ser cogido entre Marino y Bolívar —que se había puesto personalmente al frente de las fuerzas republicanas en San Mateo—, movió sus tropas hacia el sur, buscando cruzar La Puerta para internarse en los Llanos. Marino cruzó La Puerta antes que Boves y le presentó batalla en la salida de la garganta por el lado norte, en el campo de Bocachica. El Libertador, que esperaba la derrota de Boves, se movió rápida mente hacia el oeste de Bocachica para taponar el único camino por el cual podía retirarse el jefe de la guerra social. Otra vez acertó Bolívar: Marino derrotó a Boves, éste buscó retirarse por el camino de Valencia con la idea de unirse a las tropas realistas que sitiaban Valencia desde que Bolívar se movió hacia San Mateo; en el camino de Valencia los restos de la horda de Boves fueron dispersados por el Libertador, y éste entró en Valencia el 3 de abril. A su llegada, los realistas levantaron el sitio. Parecía que la república de Bolívar se había impuesto a golpes de audacia militar. Pero la guerra social es un fenómeno de caracteres peculiares. Recuerda a los volcanes activos en que su poder es permanente. Su fuerza no se agota mientras tiene razón de ser en los odios del pueblo, como no se agotan los volcanes mientras tengan lava en las entrañas. Cuando Boves ordenó el ataque a La Victoria, en el mes de febrero, disponía de 7.000 hombres; cuando huyó hacia los Llanos la noche del 1? de abril, le quedaban sólo 400. Y sin embargo al comenzar el mes de junio reapareció en los Llanos a cabeza de miles de seguidores, tan fieros como los que mandaba dos meses antes. El pueblo engrosaba las filas de Boves sin cesar, como aumenta la lluvia el agua de los ríos. Entre abril y junio, mientras Boves se rehacía en los Llanos, Bolívar combatió sin descanso. Llevaba en la cabeza el sueño de su Estado nacional y tenía a sus órdenes el ejército de ese Estado abstracto, y con ese ejército combatía creyendo que se trataba de la fuerza armada de una república verdadera. Si hay un momento en la historia americana en que la energía de un hombre se manifestó en todo su esplendor, al grado de que dio entonces, y por siglo y medio más, la idea de que tras él había todo un pueblo, fue durante esos dos meses. Pues Bolívar se movía, organizaba, combatía y vencía sólo merced a la monstruosa energía que desplegaba. Él arrastraba a jefes, soldados y ciudadanos a la lucha y a la muerte con la fuerza de un huracán histórico al que nada podía oponerse. Unidos los ejércitos de Marino y Bolívar, el Libertador dejó a Marino en Valencia y marchó a Puerto Cabello, dispuesto a forzar la caída de esa plaza. El capitán general español operaba en Coro y Barquisimeto, mientras la columna de Ceballos —también realista— lo hacía al oeste de Valencia. Marino salió a destruir esta última fuerza y quedó derrotado en el Arao. Bolívar abandonó el sitio de Puerto Cabello y retornó a Valencia. Ceballos y el capitán general Cajigal unieron sus ejércitos. Esto sucedía a mediados de abril de ese Año Terrible de 1814. La victoria de Arao, y las noticias que llegaban de España —favorables a la restauración de Fernando VII, que volvió al trono, por fin, el 22 de marzo, aunque esto no se supo en Caracas sino en el mes de mayo— daban mayor impulso a las fuerzas realistas de Venezuela. Parecía que nada podía salvar la república. Pero Bolívar no estaba dispuesto a ceder. Su voluntad, tensa e indomable, mantenía la guerra. No hay ejemplo de energía igual. El 28 de mayo, esa energía parecía a punto de ser premiada por el dios de la historia, pues ese día el Libertador se enfrentó a Cagigal y Ceballos juntos en la primera batalla de Carabobo; y él mismo dio la carga de caballería que desmoralizó el centro enemigo, donde estaba la artillería realista, con lo cual toda la línea realista perdió su orden, y con él la batalla. ¿ De qué podía valer, sin embargo, una victoria tan brillante ? Pues la guerra social estaba en marcha, y el 15 de junio —diecisiete días después— el Libertador fue destrozado por Boves en la segunda batalla de La Puerta. El ejército vencedor de Carabobo quedó deshecho allí, y muchos mantuanos de campanillas murieron a lanzazos. Los caminos hacia Caracas se llenaron de fugitivos de todos los lugares de la zona central, y los llaneros de Boves los lanceaban sin piedad. Boves, que no se distraía persiguiendo fugitivos, se lanzó sobre Valencia, la sitió durante tres semanas y la tomó el 10 de julio. Tres días antes, el Libertador salía de Caracas encabezando la doliente emigración a Oriente; muertos de sed, de hambre, de cansancio, se abrían camino por la costa huyendo de las hordas llaneras. Mientras tanto Boves desataba el terror en Valencia y después se dirigía a Caracas, donde entró el 16 de julio entre juegos de artificio, música, repique de campanas en todas las iglesias, y se le ofreció un Tedeum en acción de gracias por sus victorias, que cantó el arzobispo de la capital. El jefe de las hordas llaneras, el que mató gente dentro de los templos, al pie de los altares, fue alojado con toda ceremonia en el palacio arzobispal. Los esclavos y sus hijos, los libertos y los mulatos y los zambos de Venezuela, a quienes Boves comandaba y representaba, habían domado, al fin, a los altivos mantuanos que les habían sembrado en el alma la semilla del odio. |
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