Bolívar
y La Guerra Social

Por Juan Bosh

Segunda Parte La Guerra Social

XI — El final de la guerra social

Se equivocaría quien pensara que el Año Terrible de Venezuela fue terrible debido al número de batallas que tuvieron lugar en los doce meses de 1814 o porque el Libertador fue vencido y echado del país.

En verdad, hubo más bajas y más destrucción fuera de los campos de batalla que en las batallas mismas. Las dos acciones de La Puerta, las de La Victoria y San Mateo, las de Bocachica, Magdaleno, el Arao, Carabobo, Barcelona, Maturín y Úrica, los sitios de Puerto Cabello y Valencia, todos esos encuentros de las fuerzas de Boves con las republicanas son apenas los puntos salientes de una guerra que no era sólo entre ejércitos y que no se llevaba a cabo exclusivamente en los campos de batalla. La guerra era en todo el país, en todas partes, en las ciudades y en despoblado, en los puntos fuertes y en los caminos; una guerra que se libraba de la costa al confín de los Llanos, de las bocas del Orinoco a la cordillera de los Andes. Era la guerra a muerte de las que habían sido hasta entonces masas sometidas contra todo lo que oliera a mantuanismo.

Y sucedió lo que tenía que suceder; que cuando esa guerra a muerte se generalizó, a la matanza hecha por los realistas contestaron los republicanos matando con igual ferocidad; y en 1814 había matanzas en las ciudades que se hallaban bajo el mando de Bolívar como las había en las ciudades que caían en manos de Boves.

Los presos de ambos sexos eran lanceados en el punto mismo en que caían agotados por el cansancio. El país era recorrido por partidas que no respetaban ni mujeres ni niños ni ancianos. En los hogares divididos por la guerra, la madre lloraba al hijo que caía en el combate del lado republicano y a la vez rezaba a Dios para que le conservara la vida a otro hijo que se hallaba en las filas realistas. Como las ciudades de la cordillera de la costa norte, que eran los centros más poblados, se alimentaban con el producto de los pequeños valles, y en esos valles no quedó nadie en pie ni se encontraba hombre dedicado a sembrar, el hambre se generalizó, y en Caracas las mujeres de familias linajudas recorrían los barrios buscando desperdicios para alimentar con ellos a sus deudos. Los niños tiernos morían de consunción, los ancianos enloquecían de hambre y miedo, los hombres lloraban de cólera.

Una idea de lo que sucedía en el país —de cómo no había garantías ni seguridades para nadie en ningún bando— puede verse en el siguiente episodio: Cuando Bolívar abandonó Caracas con la emigración a Oriente, los realistas de la ciudad despacharon una comisión para que se adelantara a recibir, en nombre de los habitantes de la capital, a las avanzadas de Boves. La comisión estaba compuesta por el conde de La Granja y don Manuel Marcano, buenos especimenes de aristócratas de la época. El conde y el señor Marcano se engalanaron con sus mejores ropas y sus insignias de nobleza, y se encaminaron al encuentro de las avanzadas del vencedor; pero al tropezar con ellos, una partida realista los mató a lanzadas. Viajar con vestiduras tan galanas era comprarse la muerte. Los hombres de Boves mataban a los mantuanos sin importarles, ni preguntarles, a qué partido pertenecían; los de Bolívar mataban españoles, canarios y a cualquier venezolano sospechoso de ser realista.

Casos como el del conde de La Granja y don Manuel Marcano se daban todos los días en cada una de las ciudades, las villas y las aldeas de Venezuela. El 18 de junio de 1814, esto es, cuando todavía Boves no había tomado Valencia ni había entrado en Caracas ni sus fuerzas habían asolado el Oriente —pues hacía sólo tres días que se había dado la segunda batalla de La Puerta—, el asesor de la Intendencia de Venezuela, doctor José Manuel Oropeza, escribió un informe de la situación en que se hallaba el país bajo la guerra social, cuyo resumen hizo con las siguientes palabras:

"No hay ya Provincias; las poblaciones de millares de almas han quedado reducidas: unas, a centenas; otras, a docenas, y de otras no quedan más que los vestigios de que allí vivieron racionales... Arrasadas las poblaciones, familias enteras que no existen sino en la memoria, y tal vez sin más delito que haber tenido una rica fortuna de que vivir honradamente. La agricultura, enteramente abandonada, sin que se encuentren en las ciudades ni granos ni frutos de primera necesidad... Los templos, polutos y llenos de sangre y saqueados hasta los sagrarios".

Ni los templos se salvaron. Hay descripciones de Boves entrando a caballo en las iglesias; las hay de degollaciones masivas frente a los altares mayores. En la capitulación de Valencia se garantizaba la vida de los vencidos, y Boves juró ante la hostia sagrada cumplir esa capitulación, y violó su juramento horas más tarde. El Regente Heredia, realista, decía que Boves estaba exterminando la raza blanca en Venezuela. Blanco criollo, mantuano y republicano quería decir lo mismo para los hombres de Boves. Uno de ellos, su teniente Francisco Tomás Morales, que le sucedió en el mando como comandante general del ejército de Oriente cuando Boves murió en la batalla de Úrica, escribía en febrero de 1815 que había exterminado a los republicanos. ".. .no han quedado ni reliquias de esta inicua raza en toda Costa Firme", aseguraba. Y era verdad, hasta cierto punto, pues esa "raza" iba a resucitar en el alma de los propios hombres que él comandaba.

La llamada emigración a Oriente fue una página en verdad patética. Los enfermos morían por el camino sin que la marcha pudiera detenerse para que los deudos o los amigos les dieran sepultura; los ancianos y los debilitados por el hambre se rezagaban y se internaban después en los bosques, donde morían atacados por las fieras o por partidas de esclavos rebelados. Todos sufrían de hambre, de sed, de miedo. Dormían en la tierra, bajo los árboles. Día y noche se oía el llanto de los niños, que no podían resistir aquella prueba, o los gritos de las mujeres agotadas por el sufrimiento. Ninguno de los emigrados sospechaba que al final de esa marcha estaban esperándoles Boves y sus hordas en Barcelona, en Cumaná, en Maturín. Huyeron de Caracas sólo para morir un poco después, quizá en peor forma que como hubieran muerto en la capital. Sólo se salvaron los pocos que pudieron huir a las islas antillanas.

La emigración a Oriente duró tres semanas —veintiún días infernales, para ser descritos por el Dante— y terminó en Barcelona. Pero como tras los fugitivos avanzaban las fuerzas de Boves comandadas por Morales, Bolívar y Bermúdez se hicieron fuertes en Aragua de Barcelona con tres mil hombres. Morales atacó y tomó la plaza el 17 de agosto. Bolívar se retiró a Barcelona y Bermúdez a Maturín. De Barcelona, Bolívar pasó a Cumaná, donde un consejo de oficiales, celebrado el 25 de agosto, lo desconoció como jefe de las fuerzas republicanas. El 8 de septiembre, Bermúdez vencía a Morales en Maturín, y ese mismo día Bolívar y Mariño salían hacia Cartagena. El Libertador había sido echado de su patria por la guerra social.

A partir de ese momento comenzaron a irse acumulando en el alma de Bolívar los hechos de esa guerra; los recuerdos de las matanzas, de los incendios, de las violaciones. Él mismo salvó la vida de milagro. Hasta su propio tío, el general José Félix Ribas, un verdadero héroe mantuano, se volvió contra él y lo hizo preso.

No se sabe cuántos, pero tal vez más de cien mil muertos atestiguaban ante Bolívar la ferocidad de la rebelión. En mayo de 1815, desde Kingston —Jamaica—, el joven caudillo diría:

"Yo vi, amigo y señor mío, la llama devoradora que consume rápidamente a mi desgraciado país".

Y en un resumen hecho con su lengua directa, describía los acontecimientos así:

"Provincias enteras están convertidas en desiertos; otras son teatros espantosos de una anarquía sanguinaria. Las pasiones se han excitado por todos los estímulos, el fanatismo ha volcanizado las cabezas, y el exterminio será el resultado de estos elementos desorganizadores".

Temeroso de que la guerra social se extendiera a toda América —con un temor que ya no le abandonó más mientras vivió— anunciaba en esa misma carta que una parte de la humanidad iba a fenecer "y que la más bella mitad de la tierra será desolada".

En el mes de agosto de 1815, al cumplirse un año del día en que tuvo que dejar su país, el Libertador relataba algunos de los crímenes que se habían cometido en Venezuela y en otras regiones americanas. Contaba las atrocidades de Antoñanzas en San Juan de los Morros, las de Zuazola en Aragua, las de Rósete en Ocumare, las de Ceballos en Valencia. Pero creía que la guerra social era de orden político. En el mes de septiembre de ese mismo año de 1815 afirmaba que:

"las contiendas domésticas de la América nunca se han originado de la diferencia de castas; ellas han nacido de la divergencia de las opiniones políticas, y de la ambición particular de algunos hombres, como todas las que han afligido a las demás naciones".

Tampoco creía entonces Bolívar que en Venezuela había habido guerra de razas, aunque podríamos pensar que simulaba no creerlo por conveniencia política. Pues a lo largo de los quince años que iba a vivir, a partir de 1815, Bolívar hablaría a menudo de la guerra social venezolana calificándola como una "guerra de colores", es decir, de negros contra blancos.

De todas maneras —tal vez por razones políticas, como hemos dicho— en septiembre de 1815 Bolívar negaba la guerra de razas, y destinó la mayor parte de una larga carta que dirigió al editor de la Gaceta Real de Jamaica, a probar que en Venezuela no había habido guerra de razas. En esa carta decía lo siguiente:

"...los jefes españoles de Venezuela, Boves, Morales, Rósete, Calzada y otros, siguiendo el ejemplo de Santo Domingo, sin conocer las verdaderas causas de aquella revolución, se esforzaron en sublevar toda la gente de color, inclusive los esclavos, contra los blancos criollos, para esta blecer un sistema de desolación, bajo las banderas de Fernando VIL Todos fueron instados al pillaje, al asesinato de los blancos; les ofrecieron sus empleos y propiedades; los fascinaron con doctrinas supersticiosas en favor del partido español, y, a pesar de incentivos tan vehementes, aquellos incendiarios se vieron obligados a recurrir a la fuerza, estableciendo el principio, que los que no sirven en las armas del rey son traidores o desertores".

Esa carta es el primer documento de Bolívar en que se menciona "el ejemplo de Santo Domingo" en cartas del Libertador. Ahora bien, ese Santo Domingo era Haití, y al mencionarlo, Bolívar se refería a la sublevación de los esclavos de Haití ocurrida a fines del siglo anterior; a la destrucción total de la raza blanca y a la de los mulatos acaudalados, a la destrucción casi total de la riqueza del país a causa de la guerra racial que, como dijimos en las primeras páginas de este libro, fue uno de los ingredientes de la guerra social haitiana.

En esa misma carta Bolívar usa un argumento que aparentemente confirma su juicio sobre la inexistencia de causas raciales o de casta en la guerra social venezolana, pero que en realidad lo que hace es negarlo. Dice él que después de haber quedado destruida la república en Venezuela:

"... por un suceso bien singular se ha visto que los mismos soldados libertos y esclavos que tanto contribuyeron, aunque por fuerza, al triunfo de los realistas, se han vuelto al partido de los independientes, que no habían ofrecido libertad absoluta, como lo hicieron las guerrillas españolas. Los actuales defensores de la independencia son los mismos partidarios de Boves, unidos ya con los blancos criollos...".

Eso era cierto, pero precisamente por las razones opuestas a las que creía Bolívar. Ya Boves había muerto y Venezuela estaba ocupada por los ejércitos de Morillo; y los llaneros de aquel feroz asturiano, que se habían ido tras él para conquistar algo —libertad, rangos militares, bienes—, no, como dice Bolívar "por fuerza", buscaron entre los jefes republicanos a aquellos que podían confirmarles lo que habían conquistado con Boves, a los que podían conceder rangos más altos que los que les dio Boves, o donarles tierras o pensiones. Los ejércitos de Morillo eran fuerzas militarmente organizadas, compuestas en su totalidad por españoles; y los antiguos soldados de Boves no iban a conseguir nada con Morillo, un desconocido que traía consigo el origen militar europeo y debía rechazar necesariamente las peticiones de esos llaneros analfabetos e indisciplinados que habían formado la horda de Boves. Por otra parte, para esos hombres la única garantía de que no serían juzgados alguna vez por sus crímenes era seguir peleando, mantenerse con el arma en la mano y hacerse indispensables en la lucha, y después del Año Terrible siguieron peleando bajo el mando de caudillos venezolanos con la misma fiereza con que antes lo habían hecho bajo el mando de Boves. Fue precisamente uno de los mejores oficiales de Boves el que años después dio la carga decisiva en la batalla de Boyacá, con que Bolívar aseguró la libertad de Nueva Granada y con ella la creación de Colombia.

Boves no tuvo, en realidad, sustitutos españoles, aunque tuviera sucesores españoles. Los verdaderos sustitutos de Boves fueron venezolanos; fueron Páez y Monagas y Cedeño y Anzoátegui. Boves era asturiano de nacimiento y raza, pero era un llanero por sus hábitos y sus inclinaciones, y sólo jefes llaneros podían ser sustitutos suyos.

Como dijimos antes, Bolívar salía de Venezuela el mismo día que Bermúdez vencía a Morales en Maturín, es decir, el 8 de septiembre de 1814. Morales huyó hacia Úrica con los restos de sus tropas, y allí en Úrica trataría dé reponerse. La intención de Boves, que seguía los pasos de Morales, fue dirigirse a Úrica pata completar su ejército con las tropas que le quedaban a Morales. Pero sucedió que el general Piar, puesto al frente de 800 hombres para que los trasladara a Maturín —donde los republicanos al mando de Ribas planeaban hacerse fuertes—, resolvió irse a Cumaná y esperar allí a Boves. Boves destrozó a Piar, entró en Cumaná y repitió en Cumaná los horrores de Barcelona, de Valencia, de todas las ciudades que había tomado. Las matanzas eran continuas, de día y de noche.

Sin embargo, Maturín quedaba como una isla de la república. En Maturín los republicanos eran fuertes, y si se movían con rapidez y con inteligencia, podían atacar a Morales en Úrica, acabar con él y lanzarse después sobre Boves y destruirlo. Pero hubo discordias en el campo republicano y debilitados por ella no pudieron usar su poder. En marcha hacia Maturín, Boves los destruyó en la batalla de los Magueyes, el día 9 de noviembre y siguió a Úrica donde, sumando a sus hombres los que tenía Morales, se halló con un ejército de 7.000 soldados, de ellos, 4.000 jinetes llaneros que eran verdaderos demonios de la lanza.

Reuniendo sus restos, los republicanos tenían 4.000 hombres, que usados sin salir de la plaza de Maturín podían hacer frente a Boves; pero Ribas era partidario de que debían atacar a Boves en Úrica, es decir, al tigre en su cueva, y Ribas impuso su criterio. Las fuerzas republicanas atacaron con tal ímpetu que llegaron al centro del poblado de Úrica. Boves, el caudillo de los lanceros, fue lanceado y cayó de su potro alazán sin que los atacantes se dieran cuenta, pues José Tomás Boves peleaba entre sus llaneros como si fuera uno más. Boves, pues, murió en Úrica; y sin embargo la batalla de Úrica fue perdida por los republicanos.

Muerto el gran jefe de la guerra social sus tenientes designaron sucesor a Morales y declararon en una acta que Morales no estaba obligado a recibir órdenes del capitán general español. Siete capitanes se opusieron; los siete fueron fusilados en el acto y se envió sus cabezas a Caracas para que fueran colocadas en sitios públicos. Morales no iba a aceptar autoridad ninguna sobre la suya. Pero Morales no era Boves. Con el fin de Boves sobrevino el final de la guerra social.

Boves, el que violó templos y sagrarios, el que ordenó matanzas frente a los altares y juró en vano ante la hostia bendita, fue enterrado en el altar mayor de Úrica; en todas las iglesias del país se le hicieron pomposas honras fúnebres y los sacerdotes predicaron desde los pulpitos la bondad del gran desalmado.

De él dijo Bolívar, el 18 de agosto de 1815:

"La pluma se resiste a describir las execrables atrocidades del archimonstruo Boves, el devastador de Venezuela; más de ochenta mil almas han bajado a la silenciosa tumba por su orden o por los medios y aun por las manos de este caníbal, y el bello sexo ha sido deshonrado y destruido por los medios más abominables y de la manera más innatural y horrenda. Los ancianos y los niños han perecido al par de los combatientes. Nada se ha escapado a la furia despiadada de este tigre... Los llanos de Calabozo, los valles de Ara-gua, la ciudad de Valencia donde violó Boves una capitulación que había ofrecido cumplir bajo el más solemne y sagrado juramento, por los santos evangelios y en presencia de la Majestad Divina, la capital de Caracas, las provincias de Barcelona y Cumaná son monumentos eternos de la más espantosa carnicería. ¡De todas esas bellas ciudades, de todos esos campos risueños, apenas quedan vestigios, excepto escombros, esqueletos y ceniza! La memorable y desgraciada ciudad de Maturín, combatiendo valerosamente contra las armas españolas, tuvo al fin que rendirse rodeada por las llamas y la espada, y pronto quedó convertida en inmenso cementerio: ¡allí yacen los infortunados restos de Venezuela!"

Pero unos meses antes, el 17 de febrero, escribiendo desde Mompox, el Libertador decía:

"La muerte de Boves es un gran mal para los españoles, porque difícilmente se encontrarán en otro las cualidades de aquel jefe".

Y tenía razón. Con las "cualidades de aquel jefe" la masa del pueblo hizo la guerra social que dejó deshecho el poder mantuano, sobre cuya tumba cabían como epitafio las palabras del Libertador: "¡Allí yacen los infortunados restos de Venezuela!". Pero de la Venezuela de los mantuanos, no la de los llaneros, los negros, los zambos, los mulatos.

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004