Bolívar
y La Guerra Social

Por Juan Bosh

Segunda Parte La Guerra Social

VII — La guerra social en marcha

Hasta el 19 do abril de 1810, la organización social de la provincia venezolana había resultado en el mayor provecho de los mantuanos. Pero los mantuanos vivían con miedo de perder lo que tenían y querían ser los amos del poder político para sentirse seguros de que .su dominio sería estable. Sin embargo he aquí que para lomar el poder político tenían que destruir en la cúspide esa organización social y ponían en riesgo todo lo que habían acumulado en un siglo de desarrollo económico y cultural, y al destruir la organización en la cúspide, estaban destruyendo el arco maestro que sostenía todo el edificio social.

Entre abril de 1810, cuando quedó instalada la Junta Suprema y desconocidas las autoridades españolas, y marzo de 1811, cuando quedó instalado el congreso de representantes del pueblo convocado por la Junta de Caracas, hubo numerosos levantamientos, varias conspiraciones y abundantes manifestaciones contra el nuevo régimen. Desde el primer momento, Maracaibo, Coro y Angostura se habían negado a cambiar el gobierno de la Regencia por el de la Junta —indicio de que en los propios círculos mantuanos faltaba unanimidad—, y en junio de 1810 se unió a esas ciudades la villa de Barcelona. En octubre se supo en Caracas que las autoridades españolas de Quito habían hecho una matanza de ciudadanos partidarios de la independencia, y el pueblo caraqueño se amotinó reclamando que la Junta adoptara una política anti española definida, lo cual indica que los mantuanos de Caracas no se sentían seguros y actuaban con tibieza.

En diciembre de 1810 llegaban a Caracas don Francisco Miranda, el veterano luchador contra el poder de España, y el joven Simún Bolívar, que había sido enviado a Londres meses antes como representante de la Junta. Unidos a jóvenes radicales del mantuanismo, los recién llegados formaron una sociedad política al estilo francés que presionaría sobre el Congreso en favor de la independencia. Otro grupo formó la sociedad club de los sin-camisa, "más demagógica que la anterior", al decir de Juan Vicente González.

En la etapa del tránsito, mientras pasaba de colonia a república, la antigua provincia daba tumbos. Las contradicciones que se habían ido creando en su composición social se hacían cada vez más agudas, y ya no existía el poder monárquico —el arco maestro de la construcción—, que imponía a todos los sectores la convivencia dentro del orden tradicional.

La .situación económica se hacía cada vez más difícil. Corno había sucedido a lo largo de la historia en todas partes, los que disponían de dinero lo escondían, temerosos de lo que pudiera suceder, y la liquidez se hacía cada vez más escasa a la vez que la producción agrícola disminuía debido a que el estado de agitación propio de un cambio político tan importante no favorecía el trabajo en los campos.

El 5 de julio de 1811, el Congreso acordó la independencia, que debía ser jurada el día 14. El día 11 hubo motines en Los Teques, villa cercana a Caracas, con vivas a Fernando VII y mueras a los "traidores, rebeldes y herejes". Poco después se amotinaba también Valencia, al tiempo que entre les mantuanos de Caracas surgían conspiradores que se comunicaban con los realistas de Angostura, Coro y Maracaibo. El levantamiento de Valencia fue pronta y sangrientamente aplastado. Costó más de 800 muertos y más de 1.500 heridos y muchos de los cabecillas murieron en la horca. En total, hubo ocho alzamientos y rebeliones entre abril de 1810 y julio de 1811. Ninguno de ellos daba señales, todavía, de que «e iba a la guerra social; todos, sin embargo manifestaban el descontento general con el nuevo orden.

¿Se debía ese descontento a que el pueblo no quería la independencia? No. Se debía a que el pueblo no quería ser gobernado por los que habían tomado el poder debido a que los consideraba, y con razón, sus enemigos. Para la gran masa, el problema no estaba planteado en términos de colonia o independencia, sino en términos de gobierno del rey o gobierno de los mantuanos, y la gran masa prefería el gobierno del rey porque la monarquía con medidas procedentes de Madrid, pero sobre todo a través do sus funcionarios destacados en Venezuela— había probado sor más benévola con ella que los grandes señores criollos. El rey proporcionaba a los pardos y a los quinterones la manera do convertirse en blancos puros, a un pulpero canario la de tener privilegios de hidalgo, a un hijo bastardo la de pasar a hijo legítimo, y los mantuanos no reconocían esas medidas; por otra parte, ¿qué esclavo ponía en duda que los mantuanos habían pedido la derogatoria de la cédula real que los hacía libres, aquella que había visto el negro Loango de Coro años atrás? En marzo de 1812, el Congreso designó a Valencia capital del país y escogió un triunvirato de mantuanos para que gobernaran la flamante Unión Federal A esa altura, la sociedad venezolana —todavía colonial en todos los órdenes y sólo republicana en las declaraciones del Congreso y en los discursos de los líderes— se hallaba en estado de creciente descomposición económica, política y social. Cualquier acto violento podía iniciar una guerra social. Y el acto violento se produjo con el desembarco en Coro del capitán de fragata Domingo Monteverde, que llegaba de Puerto Rico al triando de un grupo de hombres, no de un ejército.

En su biografía de José Félix Ribas, Juan Vicente González afirma que Monteverde se internó en el país por Coro con doscientos treinta soldados "entre españolea y corianos, un cura de nombro Torellas, un cirujano, diez mil cartuchos, un obús de a cuatro y diez quintales de galletass. Como se ve, la fuerza militar de Monteverde era ridícula. “La fortuna", agrega González, “se encargó do tan vulgar personaje".

Pero no fue la fortuna. nada tuvo que ver la fortuna en la sublevación del indio Reyes Vargas contra el gobierno de Valencia y su adhesión a Monteverde, ni en la deserción masiva de la ciudad de Carora, que se pasó al bando del rey, ni en la entrega de Barquisimeto y San ('arlos, que se rindieron a Monteverde, ni en el levantamiento de Puerto Cabello, que fue obra de criollos. Estaba sucediendo lo que lógicamente tenía que suceder, pues en dos años do gobierno el mantuanismo no había dado señales de que había cambiado o iba a cambiar de mentalidad y de actitud frente a las masas, y las masas se iban con Monteverde, que era el enemigo armado del mantuanismo. Los mantuanos seguían odiando a los "blancos de orilla", a los mestizos de todas las razas y todos los grados, a los negros Libres y esclavos; no habían abierto al pueblo la entrada en los pequeños círculos gobernantes; no habían ofrecido nada que las masas venezolanas hubieran podido tomar como programa liberal, tan liberal, por lo menos, como el de los Borbones.

La verdad es que el historiador Juan Vicente González, y casi todos los historiadores de los sucesos venezolanos de aquellos días, veían los acontecimientos con mirada superficial; creían que la revolución estaba encarnada por los prohombres venezolanos y I» contrarrevolución por Monteverde y sus seguidores, y sucedía todo lo contrario; y el hecho de que Monteverde encarnara la voluntad revolucionaria, igualitaria, de las masas, es lo que explica el buen éxito de su aventura militar.

Una expedición que el Congreso había enviado a la Guayana para someter a los rebeldes de Angostura terminó en un fracaso, y allí no estaba Monteverde y no estaba, por tanto, la buena fortuna del vencedor de San Carlos. Tampoco había estado Monteverde en el levantamiento venezolano del año anterior ni había participado en los otros siete alzamientos habidos entre abril de 1810 y julio de 1811. Monteverde no era portador de una varita mágica sino de la chispa que iba a prender fuego en el polvorín venezolano, y ese polvorín había sido acumulado por el mantuanismo con sus odios de clase y de raza.

Dos acuerdos tomó el ejecutivo designado por el Congreso para hacer frente a Monteverde, y los dos fueron impolíticos: uno, decretar medidas rigurosas contra los enemigos y desertores; otro, designar a Miranda generalísimo de los ejércitos de la república.

La primera medida no hacía sino confirmar las sospechas populares de que las mantuanos querían mantenerse en el poder por medio del terror; la segunda colocaba la suerte de la guerra en las manos de un general que desconocía el fondo social de la crisis.
Miranda podía comandar ejércitos disciplinados. Tenía experiencia militar y valor; había combatido en Europa contra los enemigos de la Francia revolucionaria y en América a favor de los norteamericanos sublevados contra Inglaterra. Pero Miranda no podía comprender lo que estaba sucediendo en el país. Por otra parte, en su caso personal se daba una situación compleja: el pueblo, la masa del pueblo, compuesta de pulperos canarios, agricultores, pobres, mulatos, pardos y negros analfabetos, no sabían quién era Miranda; y la oligarquía mantuanos, que le entregaba el poder militar, no confiaba en él. Para los oligarcas, Miranda era un advenedizo, hijo de un comerciante canario a quien los mantuanos habían humillado prohibiéndole ejercer el mando de un batallón, mando que le había sido conferido por el rey. Miranda había sido excomulgado por haber encabezado la fracasada invasión de 1806; su efigie se quemó en las plazas públicas y el mantuanismo de Caracas y de otras ciudades de la provincia había contribuido a calumniar su nombre. Se le acusó de ser agente de Inglaterra, y esa acusación, como la do enemigo de la religión, estaba agazapada en el fondo de la conciencia venezolana. A los primeros reveses, toda la campaña de descrédito que se había hecho contra Miranda tomaría cuerpo de nuevo.

Monteverde avanzaba con sus tropas de gente del pueblo. No hay que olvidar que la mayoría de sus hombres eran venezolanos. Monteverde había autorizado el saqueo; y los saqueados, ¿quiénes podían ser? Sólo los que tenían propiedades, filtras, bienes; os decir, los mantuanos. En nombre del rey, Monteverde autorizaba el saqueo de los poderosos criollos por parte de los que no tenían nuda. Así, más que militar, la acción de Monteverde era política, y por razones políticas, no porque dispusiera de una fuerza militar incontrastable, iba arrollando a las bisoñas tropas republicanas. De esas tropas republicanas se pasaban a las de Monteverde centenares y centenares de soldados, lo cual se explica en parte por razones políticas y en parte —quizá la mayor— porque la tropa republicana no podía ser autorizada a saquear, visto que las propiedades que podían ser saqueadas eran las de sus jefes y esos jefes reclamaban todo lo contrario: que sus bienes fueran respetados y defendidos.

Desde el punto de vista de la posesión de bienes —tierras y esclavos, ropa, dinero, alhajas, vacas y caballos, muebles, comida y licores— la independencia no significaba un cambio para los mantuanos ni para las masas. La independencia sólo significaba la consolidación del orden económico existente, pero con un cambio en el poder político; es decir, el mantuanos retenía, y podía aumentar, su propiedad, y con la conquista del poder político, cosa que le proporcionaba la independencia» estaba más seguro en la posesión de sus bienes, y mucho más seguro todavía si vencía a Monteverde, pues con la victoria consolidaría su poder político. En cambio, un mulato o un zambo que combatiera en las filas de Monteverde podía salir de un cómbale con algún bien que no tenía antes: ropa, vajilla, muebles, caballo de buen paso. Ahí está el secreto de la victoria de Monteverde, no en favores de la fortuna.

Miranda no tenía bajo su mando un ejército verdadero, que la república no había tenido tiempo de formar, y el temor a las deserciones lo hizo cauto. Por eso no combatió en Valencia, que cayó en manos do Monteverde, y estableció su cuartel general en Maracay, más cerca de Caracas: y por eso no persiguió a los realistas cuando los derrotó en La Cabrera y en Guaira, y ni siquiera se mantuvo en Maracay sino que se retiró a La Victoria, más cerca todavía de Caracas. Miranda no se hallaba seguro porque él no mandaba un ejército sino un amontonamiento de hombres del pueblo que se sentían más atraídos por las banderas realistas de Monteverde que por las republicanas de los mantuanos caraqueños.

Desconfiando de la capacidad militar y sobre todo de la limpieza política de .sus oficiales mantuanos, Miranda comenzó a usar oficiales extranjeros; disgustada por esa medida, la recalcitrante oligarquía caraqueña comenzó a propagar la vieja calumnia de que el generalísimo era un agente inglés y actuaba corno tal, y puso de moda la vieja conseja de que era un excomulgado y por tanto un enemigo de Dios. Entre sus oficiales mantuanos, Miranda descubrió conspiraciones que no pudo aplastar porque su auditor de guerra se negó a firmar sentencias de muerte.

En La Victoria, Miranda guardaba el paso de Caracas. Los ricos valles de Aragua terminan allí, al pie de las montanas de La Victoria. El veterano luchador esperaba detener allí a Monteverde, pero de súbito recibió la noticia de que el castillo San Felipe de Puerto Cabello —que se hallaba bajo el mando de Simón Bolívar—, la única posición fuerte de la república que amenazaba a Monteverde por la espalda, había caído en manos realistas por sublevación de la guarnición, que no estaba compuesta de españoles sino de venezolanos; y supo que en Barlovento, su propio flanco izquierdo, los negros libres y esclavos se levantaban dando vivas al rey. El generalísimo vio perdida la situación y solicitó capitular. Monteverde y sus huestes entraran en Caracas al comenzar el mes de agosto do 1812.

A pesar de los términos de la capitulación —que daban garantías a los vencidos, y que fueron violados— los mantuanos y sus partidarios cayeron en prisión, eran enviados presos a España, huían o se escondían. Sin embarco, los vencidos no tuvieron una suerte tan dura como quieren dar a entender los historiadores. Si se compara su situación bajo Monteverde con la que sufrieron bajo Boves, se advierte que el capitán de fragata canario no fue realmente cruel. Algunos de los jefes de gavillas realistas en el interior del país lo fueron, sin duda, y muchos de ellos comenzaron por su cuenta, en esos días, una especie de guerra a muerte localizada en varios puntos aislados de Venezuela.

El "Regente Heredia escribía por entonces que contra los "apellidos más ilustres de la provincia... se había encarnizado más la persecución de la gente soez que formaba la mayoría del otro partido". Ese "otro partido" era el realista. Cuenta también Heredia que con frecuencia veía a "niñas delicadas, mujeres hermosísimas y matronas respetables solicitando protección hasta del zambo Palomo, un valentón de Valencia, despreciable por sus costumbres, a quien Monteverde había escogido para que siempre le acompañase".

En ese párrafo del regente Heredia está expresado el verdadero fondo de la lucha, que era social, mi política. El zambo Palomo representaba a la gran masa del pueblo, con sus costumbres "despreciables" porque no había razones para que las tuviera mejores, y con el poder de las armas acampando en la altiva ciudad de los mantuanos; y las niñas delicadas y las mujeres hermosísimas encarnaban al mantuanismo vencido por la revolución social, que ya había empezado.

Las grandes guerras sociales se confunden fácilmente con la guerra de razas en países donde hay discriminación racial. Para la época de la entrada de Monteverde en Caracas, la población de la provincia venezolana se calculaba en 800.000; y se descomponía en 62.000 negros esclavos, 406.000 mestizos de varias razas, 120.000 indios y 212.000 blancos europeos y criollos, de loa cuales 12.000 eran españoles y canarios.

Tenemos, pues, que de 800.000 habitantes, más de la mitad. 468.000, eran negros, mulatos, pardos, quinterones y zambos. Como el Zambo Palomo había, pues, millares y millares en Venezuela. Por su raza y por su condición económica, la mayoría del pueblo era enemiga natural de los mantuanos además, entre los 12.000 españoles y canarios, los más odiaban también a la nobleza criolla, porque la nobleza criolla despreciaba a los españoles y canarios que no eran aristócratas, y de ésos había pocos en Venezuela; por último, no todos los 200.000 blancos criollos que quedaban eran partidarios de los mantuanos. Pero ateniéndonos a los 408.000 venezolanos de razas consideradas inferiores, leñemos que convenir en que la lucha contra la oligarquía del país ¿je identificaba, en gran medida, con la guerra de razas.

El 26 de marzo —recordemos que estamos en 1812—. por los días en que Monteverde tomaba Barquisimeto, un terremoto había destruido varias ciudades de Venezuela y gran parte de la ciudad de Caracas, de manera que la capital estaba en ruinas cuando Monteverde y su corte de zambos tomaron posesión de ella, en noviembre se juró la nueva constitución española, que había sido elaborado por diputados de España y América en ausencia de Fernando VII, todavía preso en Bayona, y esa constitución era liberal. En los festejos de ]a juramentación participó con entusiasmo la gente de los barrios.

¿Por que ese pueblo respaldaba a Monteverde? ¿Porque era el vencedor? ¿Y a qué se debió que hubiera conquistad» la victoria tan rápidamente? ¿Por qué, habiendo desembarcado en Coro con menos de doscientos españoles, y habiendo avanzado hacia el interior con .sólo doscientos treinta hombre.-- entre españoles y coríanos —es decir, vecinos de Coro , ese canario audaz dominaba en pocos meses todo el país y echaba por tierra la república con tanta facilidad?

Porque la subversión política que habían producido los mantuanos provocó la subversión social de las masas contra ellos, y Monteverde capitaneó a las masas del pueblo en lucha contra los mantuanos.

Monteverde era arbitrario, violento; un canario con alma de conquistador, audaz, ejecutivo, pero no se impuso por el terror.

La masa del pueblo lo siguió porque e1 encarnaba el poder enemigo de los mantuanos. Para los zambos como Palomo, Monteverde no era un monstruo .sino un justiciero, que los colocaba a ellos a la altura de los mantuanos, o rebajaba a los mantuanos, a la altura de los zambos. Lo que hubo de cruel en el gobierno de Monteverde no fue producto de ninguna maldad innata en el alma de! capitán canario, sino fruto natural del odio que sentía el pueblo hacia el mantuanismo.

Desde el punto de vista de la moral social y de los deberes de un jefe militar en la época, el mayor mal de Monteverde estuvo en no hacer respetar su propia dignidad de jefe vencedor. Monteverde violó los términos de la capitulación que acordó a Miranda, y eso era inmoral. Además, estimuló e] saqueo, la violación, el pillaje, pero no hay duda de que sin ese estímulo .su acción militar no hubiera podido convertirse en una guerra social, y sin el carácter social de la guerra, él no hubiera podido penetrar mucha distancia tierra adentro con los doscientos y tantos hombres con que la inició.

Aunque había habido algunas señales, desde la sublevación de los negros de Coro en 1795, de que en Venezuela se preparaba una guerra social, no hay duda de que ella comenzó con el desembarco de Domingo Monteverde en la ciudad de Coro, en marzo de 1812.

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