Bolívar
y La Guerra Social

Por Juan Bosh

Tercera Parte Efectos de la Guerra Social
          en la acción Libertadora de Bolívar.

XII — El tránsito de la Guerra Social a la Independencia

Aunque con la muerte de Boves terminaba la guerra social, no podemos pensar que Boves hizo toda la guerra social. En realidad, el gran jefe que fue Boves actuó como jefe sólo en el año 1814, y la guerra social había durado tres años, desde marzo de 1812. Boves fue el fruto de la guerra social; desde el punto de vista de las masas que hicieron esa guerra, el mejor fruto, el más sazonado y el más legítimo. Cuando la guerra social comenzó, ni los adivinos mejor dotados y más atrevidos hubieran podido anunciar la ascensión de Boves hacia la jefatura de las masas; como los adivinos más osados hubieran sido incapaces de profetizar en 1910 que Emiliano Zapata y Pancho Villa, dos desconocidos del pueblo, iban a ser los grandes jefes de la revolución mexicana.

 

A Boves lo produjo la guerra social, la movilidad tremenda que esa guerra determinó. El feroz asturiano estaba en Venezuela, y vivía del comercio ambulante en los Llanos de Guárico, cuando comenzó la guerra, y allí hubiera vivido hasta su muerte si no se hubiera dado la guerra social. Sus cualidades hubieran ido con él a la tumba o se hubieran manifestado en la actividad que había escogido como medio de vida, y por enérgico y conocedor de los hombres, hubiera llegado a ser un comerciante rico. Pero la guerra social fue la oportunidad para que sus condiciones de jefe se impusieran. Así, fue un fruto que maduró y realizó su destino a cabalidad.

 

Al proclamar la independencia de Venezuela, los nobles mantuanos que se habían propuesto organizar el país para gobernarlo ellos, en defensa de sus intereses, no sospechaban que el pueblo iba a rebelarse contra los que hasta ese momento habían sido sus jefes naturales. Con una ingenuidad suicida, que se ha producido muchas veces en la historia, creyeron que las masas no tenían ideas ni sentimientos ni fuerza; creyeron que las masas seguirían ciegamente lo que ellos dijeran. Hasta un líder tan excepcional como Simón Bolívar fue incapaz de atribuirle, en los primeros tiempos, capacidad de decisión a la masa, porque la capacidad de decisión de la masa reside en un caudillo, en el que la dirige, y Bolívar no alcanzó a ver ese caudillo sino después de la primera batalla de La Puerta. Fue esa batalla la que le hizo abrir los ojos y ver que Boves era el jefe de la guerra social, y que a su lado, los jefes realistas con carácter oficial, como Cajigal y Ceballos, no representaban sino una abstracción.

 

Al comenzar la guerra social, los robos eran más que los crímenes; y el propio Bolívar, que necesariamente, por razones de utilidad política, debía exagerar la actuación de sus enemigos, habló poco de asesinatos y torturas y mucho de exacciones y despojos cuando escribió sobre los sucesos de 1812. En septiembre de 1813, cuando ya era Libertador de Venezuela, escribiendo desde Valencia —es decir, en el propio terreno de los hechos— sobre los días en que la capitulación de Miranda entregó el poder a Monteverde, decía que "partidas de isleños, catalanes y otros europeos" comenzaron a prender a los criollos. Refería:

"Viéronse los hombres más condecorados del tiempo de la República arrancados del seno de sus mujeres, hijos y familias en el silencio de la noche; atados a las colas de los caballos de los tenderos, bodegueros y gente de la más soez: conducidos con ignominia a las cárceles: llevados a pie unos y otros en enjalmas amarrados de pies y manos hasta las bóvedas de La Guaira y Puerto Cabello: encerrados allí con grillos y cadenas y entregados a la inhumana vigilancia de hombres feroces, muchos de ellos perseguidos en el tiempo de la revolución...".

(Nótese que Bolívar pensaba, como los antiguos mantuanos, que los tenderos y bodegueros —los pequeños comerciantes— estaban entre la "gente más soez"; pero esto era parte de los resabios de su grupo social, que no tardarían en desaparecer en Bolívar).

 

La nobleza criolla huyó de las ciudades, pero allí adonde fue a refugiarse, allí fue a buscarla la guerra social. Bolívar lo dice en esta forma:

"...huyeron a los montes a buscar seguridad entre las fieras, dejando desiertas las ciudades y los pueblos, en cuyas calles y caminos públicos no se veían sino europeos y canarios cargados de pistolas, sables y trabucos, echando fieros, vomitando venganzas, haciendo ultrajes sin distinción de sexos y cometiendo los más descarados robos, de tal manera, que no había oficial de Monteverde que no llevase puesta la camisa, casaca o calzones de algún americano a quien había despojado; y aun algunos oficiales que hacían de comandantes de las plazas como el de La Guaira, el atroz Cerveris, entraba en las bóvedas de aquel puerto con el objeto de cubrir de dicterios a las mismas víctimas de cuyos despojos se hallaba vestido de los pies a la cabeza".

Bolívar no hablaba de crímenes, sino de robos, y los achaca a los españoles, a los jefezuelos de las tropas que comandaba Monteverde; pero la verdad es que tanto como esos jefezuelos españoles y canarios, robaban los venezolanos que iban con ellos. Dice Bolívar que ésos de quien él habla "haciéndose... dueños de todo", que "ocuparon las haciendas y casas de los vecinos; y destrozaban lo que no podían poseer". Como se advierte, la guerra social empezó por la igualación de la propiedad, mediante la apropiación y la destrucción de lo que tenían los mantuanos.

 

Pero a medidla que avanzaban los meses la situación se hacía grave y del robo se pasaba al crimen. Ya en diciembre de ese año de 1813, Bolívar reconocía que su proclama de guerra a muerte había fracasado, por lo menos en el propósito de llevar a los venezolanos al lado de la república. Decía:

"... nuestros compatriotas... se han prestado a ser el instrumento odioso de los malvados españoles... y los unos entregados al robo han establecido en los desiertos su residencia, y los otros huyen por los montes, prefiriendo esta suerte desesperada a volver al seno de sus hermanos...".

Y aseguraba el indulto a

"todo americano que se presente al juez de su pueblo u otra cualquiera autoridad pública, en el término de un mes... y no se le perseguirá en manera alguna por haber servido en el ejército español o por haberse alistado en las cuadrillas de salteadores".

Esas "cuadrillas de salteadores" eran los que estaban haciendo la guerra social.

 

El Año Terrible llegaba. En febrero de 1814 Bolívar lanzó una proclama que comenzaba así:

"Un jefe de bandidos, conocido por su atrocidad, el perverso Boves, ha podido penetrar hasta la Villa de Cura, reuniendo esas cuadrillas de salteadores esparcidos en los caminos de los Llanos". Y en el mismo mes de febrero, el día 24, contaba como Zuazola había aniquilado a los pobladores de Aragua, cómo eran los hombres desollados de las plantas de los pies y obligados a caminar por caminos pedregosos después del desuello; cómo se les cortaba a los barbudos el cutis de la cara con barba y todo, cómo en Cumaná se desorejaba a vivos y muertos y se adornaban las casas realistas con esas orejas clavadas en las paredes. "Partidas de bandidos salen a ejecutar la ruina. El hierro mata a los que respiran; el fuego devora los edificios y lo que resiste al hierro. En los caminos se ven tendidos juntos los de ambos sexos; las ciudades exhalan la corrupción de los insepultos",

dice, en lengua que parece bíblica.

 

Bolívar, pues, reconocía que la guerra social estaba desatada.

 

En la proclama del 24 de febrero pretendía justificar la muerte de los ochocientos prisioneros españoles que tenía la república en La Guaira diciendo que iban a sublevarse de acuerdo con las partidas de Rósete —jefezuelo realista— que merodeaban "distante de Caracas sólo el tránsito de siete horas", por Ocumare, donde los partidarios de la república "son mutilados sin diferencia de sexo, ni edad: tres en el templo y sobre los altares ; trescientos troncos de nuestros hermanos están esparcidos en la calles y cercanías del pequeño pueblo: en las ventanas y en las puertas clavan aquellas partes de sus cuerpos que el pudor prohíbe nombrar".

 

La guerra social fue, pues, extendiéndose por todo el país y al mismo tiempo creciendo en intensidad, yendo del robo al crimen, y del crimen aislado al colectivo, hasta que el 24 de marzo del Año Terrible de 1814, Bolívar, en reconocimiento de que ya esa guerra era incontenible, confesaba: "Los bandidos han logrado lo que ejércitos disciplinados no habían obtenido". Con esa frase, Bolívar admitía que "los bandidos" eran ya una fuerza organizada; y lo eran, sin duda, puesto que habían hallado un jefe que decidía por ellos, que los unía, los conducía y los llevaba a matar y a morir. Boves, en fin, dio trama y dirección a la guerra social, y la muerte de Boves descabezó a las fuerzas que hacían la guerra social.

 

Pero no debe pensarse que la muerte de Boves produjo la paz. Después de Úrica no hubo grandes batallas durante algún tiempo, pero no hubo una paz absoluta porque se siguió combatiendo, aunque en pequeña escala, en diversos puntos del país.

 

Puede decirse que entre el final de la guerra social capitaneada por Boves y el inicio de la verdadera guerra de independencia, que iba a organizarse en 1817, hubo una especie de intermedio de guerra civil llevada a cabo en varios puntos del país; una guerra de guerrillas que hacían criollos partidarios de la república contra criollos partidarios del rey, con algunos españoles en ambos bandos, y que esa guerra de guerrillas comenzó a definirse en el sentido de una especie de preguerra de independencia a mediados de 1815, gracias a la expedición de Morillo.

 

El mariscal de campo don Pablo Morillo llegó a las costas de Venezuela a principios de abril de 1815, con un ejército español de más de diez mil hombres. Fernando VII, que se sentía seguro ya en su trono, quería paz en el imperio americano; pero una paz impuesta a cañonazos.

 

La expedición de Morillo marcó el punto de partida de la definición de la guerra debido a que le quitó el aspecto de contienda civil entre venezolanos y le dio el aspecto de lucha de venezolanos contra españoles. En buena cuenta, los hombres de Boves, sin Boves, no tenían por delante ya más venezolanos a quien matar ni despojar, por lo menos venezolanos blancos y ricos, pues de hecho, no quedaban venezolanos de esa clase; y por otra parte sucedía que los soldados que Morillo llevaba a Venezuela no tenían nada que ver con los hombres de Boves; no eran sus amigos, no les ofrecían seguridad alguna. Los canarios, los catalanes, los asturianos y los vascos que vivían en el país desde los días de la colonia se habían mezclado con los criollos, y algunos de ellos se apegaron tanto a la gente venezolana que murieron combatiendo contra los realistas. Unos eran agricultores, otros eran pulperos, otros eran artesanos, otros eran pescadores; habían pasado parte de su vida en los Llanos, en La Guaira, en Valencia, en Caracas; el que más y el que menos tenía hijos mestizos o amigos mulatos o compadres zambos. Pero esos soldados de Morillo eran verdaderamente extranjeros, gente que no tenía ninguna vinculación con el país; gente que llegaba desde España dispuesta a matar venezolanos, y desde el primer momento llegaba con una actitud de enemigo.

 

Ningún acontecimiento histórico se produce en cortes nítidos. Hubiera sido de tontos esperar que al pasar de guerra social a guerra de independencia, la lucha de Venezuela lo hubiera hecho de un día para otro y dejando de golpe en el pasado todas sus características de guerra social. Ésta iría reduciéndose gradualmente o iría tomando poco a poco su debida proporción, pero no desaparecería del todo. Iría en el morral de los soldados de la independencia, como una semilla siempre viva. Los llaneros, los libertos, los mulatos y los zambos, ascenderían de batalla en batalla, ganarían preeminencia según avanzara la marcha de la historia; pero entre ellos habría muchos que llegarían a los grados más altos sin dejar de ser díscolos, dañinos a la disciplina de los ejércitos republicanos e incapaces de adaptarse a ambientes de paz y orden.

 

Cuando Morillo estaba en Caracas, Bolívar estaba en Cartagena. Morillo se dio cuenta de que Nueva Granada y Venezuela formaban una unidad geográfica y militar, a pesar de la Cordillera de los Andes, y sin perder tiempo se dirigió de Venezuela a Nueva Granada, tomó Bogotá —donde fusiló a unos cientos de patriotas— y puso sitio a Cartagena. Con Cartagena en poder, suyo, el general español dominaba toda la costa venezolana del Caribe. Bolívar había pasado a Jamaica y de esa isla se fue a Haití en diciembre de 1815.

 

Bolívar estuvo dos veces en Haití, ambas en 1816, además de los siete días finales de 1815. Pocos meses antes de su primer viaje se refirió a Haití, como dijimos en el capítulo XI, con las palabras de "el ejemplo de Santo Domingo", de lo cual podría inferirse que había estado estudiando la situación haitiana desde antes de ir a ese país.

 

En Haití, el joven Libertador consiguió ayuda del presidente Alejandro Petión y al comenzar el mes de mayo de 1816 llegaba a la isla Margarita al frente de una flotilla con unos doscientos cincuenta expedicionarios. En Margarita fue reconocido como jefe supremo de las fuerzas libertadoras de Venezuela, con Marino como segundo jefe; e inmediatamente comenzó a actuar. El día 8 de mayo proclamó el final de la guerra a muerte, aunque condicionado, pues si los españoles seguían haciendo ese tipo de guerra, "tomaremos una justa represalia y seréis exterminados". En Carúpano, el 2 de junio, decretó la libertad de los esclavos y al mismo tiempo ordenó la incorporación de todos ellos al ejército libertador, "desde la edad de catorce hasta los sesenta años". En Ocumare, el 6 de julio, abolió otra vez, sin condiciones, la guerra a muerte y la esclavitud.

 

Bolívar, pues, reconocía a mediados de 1816 que ya no había guerra social y de manera implícita admitía que quedaban sus gérmenes y que había que evitar que esos gérmenes evolucionaran como lo habían hecho años antes. La guerra social se había producido porque había habido injusticia social; y aunque no hay duda de que al libertar a los esclavos Bolívar cumplía una promesa hecha a Petión, tampoco debe haber duda de que Bolívar había acabado dándose cuenta de que la guerra social había tenido razón de ser, entre otras causas, en la esclavitud.

 

Después de su llegada a Carúpano en 1816, Bolívar despachó a Marino a Guiria —hacia el este— y a Piar hacia Maturín, mientras él se dirigía por la vía de la costa al centro vital del país, que era Caracas. Su plan era tomar Ocumare de la Costa, entre La Guaira y Puerto Cabello, y lanzarse sobre Caracas, tal vez porque pensaba que si tomaba la capital mediante un golpe de audacia sería inmediatamente reconocido jefe del gobierno revolucionario por los jefes de las diversas guerrillas que estaban operando en regiones apartadas de Venezuela. La operación fracasó y Bolívar se dirigió a Guiria, donde halló a Marino y a Bermúdez rebelados contra él. De Guiria embarcó otra vez hacia Haití, y hasta Haití le llegó una solicitud de los jefes de las guerrillas venezolanas para que volviera a hacerse cargo del mando supremo. El presidente Petión volvió a ayudarle, y al finalizar el mes de diciembre de 1816, el joven caudillo se encontraba en Margarita, y el primer día de 1817, en la tierra continental de la antigua Costa Firme.

 

En ese momento, agotada del todo la guerra social, iba a comenzar la verdadera guerra de independencia, hecha por los mismos soldados que con Boves habían destruido la república. Esos antiguos llaneros realistas, bajo el mando de jefes republicanos, iban a llegar hasta Potosí derrotando ejércitos realistas.

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