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Bolívar
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Por Juan Bosh |
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Tercera Parte Efectos de la Guerra Social en la acción Libertadora de Bolívar. |
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En el capítulo XI de este libro dijimos que en una carta escrita para ser publicada en la Gaceta Real de Jamaica —septiembre de 1815— Bolívar se refirió por vez primera a la revolución haitiana mencionándola como "el ejemplo de Santo Domingo".
Se sabe que por los días de esa carta, el joven caudillo tenía una amante en Kingston. Algunos historiadores dicen de ella que era de Santo Domingo; pero Santo Domingo era entonces la traducción española de Saint-Domingue, y Saint-Domingue había sido el nombre colonial de Haití. La amante de Bolívar era, pues, una emigrada de Haití, ya que las familias emigradas de la parte española de Santo Domingo se fueron a Puerto Rico, a Cuba y a la misma Venezuela y no hay constancia de que ninguna de ellas fuera a dar a Jamaica.
Es posible que de su amante haitiana de Kingston recibiera el Libertador las noticias sobre la guerra social que había acabado con la riqueza haitiana. No nos referimos a las noticias de conjunto, puesto que ésas debía conocerlas Bolívar ya que la revolución haitiana había sido un acontecimiento demasiado importante para que un político de su categoría las ignorara; nos referimos a las noticias de detalles, a las que podía dar un testigo presencial de los acontecimientos; a las descripciones de cómo había sido Haití antes de 1790 y qué había quedado de su antiguo esplendor; de cuánta había sido la crueldad desplegada en la revolución y de cómo morían las familias blancas propietarias de esclavos e ingenios de azúcar; de cómo los esclavos habían pasado a jefes militares y políticos, a emperadores y reyes, condes, duques, y marqueses.
Difícilmente nadie mejor que Bolívar podía hacerse cargo de lo que había sucedido en Haití, pues él había sido testigo, actor y víctima de la guerra social venezolana. Lo único que tenía que hacer el joven caudillo caraqueño para comprender a fondo a qué punto destructor y fiero había llegado la revolución haitiana, era comparar a los jefes de la revolución de Haití con Boves y Antoñanzas. Necesariamente, los haitianos, por razones de educación, hábitos y posición social, tenían que ser más crueles, puesto que habían nacido esclavos y habían sufrido todo el rigor de su estado. Al fin y al cabo, Boves y Antoñanzas no habían sido esclavos como Dessalines y Cristóbal.
Por otra parte, la colonia francesa de Saint-Domingué, con todo y no sobrepasar los 15.000 kilómetros cuadrados, había sido más rica y más fastuosa que la Venezuela colonial con su 1.000.000 de kilómetros cuadrados y sus 800.000 habitantes. Haití tenía más de 500.000 esclavos trabajando para unos cuantos millares de franceses y para el rico mercado metropolitano de Francia. Al comenzar la guerra social venezolana, el país tenía 62.000 esclavos, esto es, ocho veces menos que Haití cuando Haití comenzó la suya, y un mercado comprador mucho más pobre que el de la antigua colonia francesa. A pesar de las divisiones de castas, tan marcadas en Haití como en Venezuela, en Haití había muchos mulatos ricos y blancos franceses cargados de oro que casaban con mulatas, y había mulatas amancebadas con blancos que derrochaban fortunas de sus amantes, cosa que no se había visto en Venezuela. El lujo, el refinamiento y la corrupción de los colonos franceses y de los mulatos ricos de Haití era proverbial y pocas veces visto en otra parte. La revolución, pues, tuvo en Haití más bienes para destruir que los que tuvo la revolución en Venezuela. Y por último, si Boves fue fiero. Dessalines no lo fue menos; si Morales degolló cientos de hombres y mujeres, Cristóbal convirtió en cenizas a la fastuosa ciudad de Cabo Haitiano.
La revolución haitiana había sido más radical porque había cumplido al mismo tiempo el doble papel de guerra social y guerra de independencia, cosa que no sucedió en Venezuela porque Boves era español y peleaba a nombre de España, de manera que no le interesaba hacer independiente al país. Dessalines, el antiguo esclavo, estableció la doctrina de que el mal de Haití estaba en el color blanco, y en consecuencia degolló a todos los blancos, y como sucedía que en Haití no había haitianos blancos, blanco y francés quería decir lo mismo. En Haití, pues, la guerra de razas fue al mismo tiempo la guerra contra la metrópoli; y eso no sucedió en Venezuela, donde los ricos blancos criollos se habían declarado en lucha contra España. Boves, que era español, y cuyo ejército estaba compuesto en su casi totalidad por venezolanos, murió como jefe militar español; Dessalines murió como jefe del Estado haitiano, con el título de Emperador Jacques I.
Jacques I fue asesinado en octubre de 1806. Como no había dejado vivo un blanco francés, y como éstos habían sido de hecho los amos de toda la tierra de Haití, al terminar la guerra la nación había quedado dueña de las tierras. Los dos sucesores de Dessalines usarían esa riqueza agraria en dos formas distintas.
Esos sucesores fueron Cristóbal, delegado del emperador en el Norte con su asiento en Cabo Haitiano, y Alejandro Petión, delegado en el Sur con su sede en Puerto Príncipe.
A la muerte de Jacques I, una convención constituyente transformó el imperio en república y designó presidente a Cristóbal. Pero Cristóbal temía que Puerto Príncipe —donde el prestigio de Petión era dominante— no lo aceptaría como presidente, y marchó hacia esa ciudad al frente del ejército del Norte. El general negro no pudo tomar Puerto Príncipe y la asamblea constituyente lo declaró fuera de la ley. De vuelta a Cabo Haitiano, Cristóbal estableció la república del Norte, presidida por él. (Más tarde, en junio de 1811, la república del Norte fue convertida en monarquía y su presidente en Su Majestad Henri Cristophe I; y fue monarquía hasta la trágica muerte del rey, ocurrida en octubre de 1820).
A principios de marzo de 1807 la convención constituyente eligió a Alejandro Petión presidente de Haití, pero en verdad sólo lo fue de la república del Sur, pues las dos porciones de la antigua colonia francesa de Saint-Domingue no volverían a unirse sino después de la muerte de Henri Cristophe, y para entonces ya Petión había muerto. Alejandro Petión gobernó, pues, desde su capital de Puerto Príncipe en un territorio que no podía tener más de 8.000 kilómetros cuadrados. Petión murió el 29 de marzo de 1818, al cumplir diecisiete años en el ejercicio del poder.
Henri Cristophe I y Alejandro Petión usaron de manera muy distinta las tierras de la nación. El rey volvió al latifundio colonial, para beneficio suyo y de la nobleza que él había formado, y con el latifundio resucitó la esclavitud de hecho, aunque no de derecho. El fruto lógico de una monarquía latifundista tenía que ser, y eso fue, la tiranía política, basada en un ejército que el rey mantenía reclutando campesinos sin tierra. Petión, en cambio, distribuyó entre los campesinos del Sur las tierras del Estado, y a menudo él mismo hacía los repartos. Con una población de vida frugal, en la que todos los adultos habían nacido esclavos o a lo sumo negros y esclavos libertos, la república v agraria de Petión vivió de manera sencilla y pacífica en una especie de democracia patriarcal, a la vez nacionalista y sosegada.
Así la conoció Bolívar cuando llegó a Los Cayos, primero, y a Puerto Príncipe después, a fines de 1815; y estaba en Haití del Sur de nuevo en 1816, en su segundo viaje, cuando Alejandro Petión fue exaltado a la presidencia vitalicia con derecho a nombrar sucesor. A principios de octubre de 1816, hallándose en Puerto Príncipe, el Libertador escribió felicitándole por haber sido declarado presidente de por vida; y no lo hizo para halagar al gobernante o para ganar su simpatía, pues contaba con ésta; y además, Petión era un hombre austero, a quien no le gustaban los halagos. Bolívar lo hizo porque sabía que el pueblo haitiano le había pedido a su gobernante que fuera presidente vitalicio sin que mediaran presiones oficiales. Diez años después, Bolívar recordaría esos días y usaría sus recuerdos de Haití a la hora de escribir la constitución política de Bolivia; pero Bolivia era tierra de latifundistas y señores con siervos indios, no la república agraria y democrática de Alejandro Petión, lo cual explica el fracaso de la presidencia vitalicia de Sucre en el antiguo Alto Perú.
A pesar de la paz, de la vida casi arcádica que vio el Libertador en Haití del Sur, también vio los efectos de la guerra social. Esa guerra había terminado hacía años, y sin embargo Haití no era la tierra fabulosa que había sido en 1790. No conocemos una descripción de Haití del Sur en 1816, pero sabemos que a las grandes plantaciones trabajadas por esclavos habían sucedido los pequeños fundos de producción primitiva, familiar y pobre; y podemos imaginarnos, porque lo hemos visto en nuestros días en diversos países de la América Latina, que al lado de las viejas casonas de piedras de los días coloniales, y aun dentro de ellas mismas, debían estar viviendo los antiguos esclavos con los mismos hábitos que habían tenido antes de ser libertados por la revolución; que los baños de piscina de los grandes patios arbolados estarían convertidos en depósitos de basura, que en vez de los carruajes dorados que transitaron años antes por las calles empedradas, llevando caballeros empolvados y mulatas cubiertas de sedas y joyas, se verían los enanos borricos cargados de plátanos y yuca caminando despaciosamente por callejuelas de tierra. En 1816 Haití del Sur era feliz pero pobre, y ya nunca más volvería a ser la tierra espléndida de otros tiempos; Haití del Norte era una tiranía de espanto. Ante ese espectáculo, Bolívar debía pensar necesariamente que lo que la guerra social había hecho de Haití lo haría de Venezuela.
La influencia de Haití en la vida de Bolívar, y por tanto en la historia americana, tuvo varias manifestaciones: gracias a la ayuda de Petión, el Libertador pudo terminar la obra que había iniciado a orillas del río Magdalena en 1813; basado en el recuerdo de la república de Petión concibió la constitución boliviana. Sin embargo lo más importante de esa influencia fue lo que Bolívar no quiso decir de manera abierta, aunque lo dejó dicho en varias formas: había que evitar que la guerra social produjera en Venezuela las consecuencias que produjo en Haití. La espina dorsal oculta de la obra de Bolívar sería ésa: impedir que la guerra social resucitara en Venezuela.
Desde luego, el Libertador no llegó a esa conclusión por sorpresa, sólo a la vista del estancamiento haitiano. Ya antes había intuido los resultados de la guerra social. En 1812 no aceptaba que la lucha era sólo una guerra social; pero al terminar ese año decía en Cartagena que en Venezuela había una "subversión de principios y cosas", y que con tal subversión "el orden social se resintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada"; y en septiembre de 1813, al hacer historia de los acontecimientos de 1812, dice claramente: "Tal era el infeliz estado de Caracas cuando reventó en los valles de la costa del Este, la revolución de los negros, libres y esclavos, provocada, auxiliada y sostenida por los emisarios de Monte-verde"; y a seguidas hace una larga descripción de lo que ya era la guerra social, aunque él no la calificaba así.
A pesar de que rehusaba llamar a la guerra social por su nombre, Bolívar tuvo que admitir que era una guerra social. En febrero de 1814, en pleno Año Terrible, recordaba que "dos años han pasado, y se ven aún en las empalizadas de San Juan de los Morros los esqueletos humanos"; relata escenas de exterminios verdaderamente espantosos, pero afirma que fueron obra de los españoles. Se pregunta: "¿Cuál ha sido el blanco de tantas traiciones, crueldades, conspiraciones, perfidias, transgresiones repetidas de las leyes, de los pactos, del derecho de las naciones, y de esa devastación de Venezuela, que nunca la pluma podrá describir?" Y se contesta: "No aspiran a establecer un imperio: es su objeto arruinarlo todo. La tiranía misma, para que pueda existir, está obligada a conservar. Las plantaciones, los ganados, las obras de arte, las preciosidades del lujo, la opulencia de las ciudades son el incentivo de los conquistadores. Los españoles no son ni estos conquistadores: son las bandas de tártaros que quieren borrar los rasgos de la civilización, echar por tierra con su hacha salvaje los monumentos de las artes, sofocar la industria, las mismas materias de primera necesidad". ¿No es eso lo que hacen los hombres lanzados a la guerra social, destruirlo todo? Y por otra parte, ¿no sabía Bolívar que aunque unos pocos españoles mandaran las fuerzas destructoras, éstas eran de venezolanos? Según dijo en esa misma ocasión, Venezuela había sido destruida: "La agricultura, la industria y el movimiento del comercio no se percibían más, en un país muerto bajo la esclavitud. Las máquinas eran inutilizadas, los almacenes pillados; quedaban sólo vestigios de la antigua grandeza; en las ciudades casi desiertas, no se veían más que algunos brutos pastando...". (Debemos aclarar que al decir "en un país muerto bajo la esclavitud", Bolívar se refería a la esclavitud impuesta por la tiranía de las armas, no a la de los esclavos negros.)
Todo lo que Bolívar había visto y conocido en Venezuela entre 1812 y 1814 tenía que cristalizar en su inteligencia y en su imaginación ante el espectáculo que le presentó Haití. Haití del Sur era el mejor ejemplo de lo que podía producir la guerra social, pues esa república de Petión era feliz. ¿Cómo sería, pues, un país en el que la guerra social lo destruyera todo y no pudiera disfrutar de un gobierno como el de Petión?
La guerra social no había sido en Venezuela, como hemos dicho antes, la suma de las batallas que ganó o perdió Boves. La guerra social venezolana había sido la devastación y el crimen extendidos por todo el país; habían sido las partidas innumerables actuando en cada lugarejo, matando, violando, quemando, robando, torturando. Bolívar la había visto en todo su horror; y en algún momento había pensado que la manera de evitarla en lo sucesivo era conseguir que los hombres que la hacían se dedicaran a combatir por la libertad. El 13 de enero de 1815 había terminado un discurso en Bogotá con estas palabras: “Hagamos que el amor ligue con un lazo universal a los hijos del hemisferio de Colón, y que el odio, la venganza y la guerra se alejen de nuestro seno y se lleven a las fronteras a emplearlos contra quienes únicamente son justos, a saber, contra los tiranos". En el lenguaje de Bolívar, "tiranos" eran los españoles.
Pero fue después de haber estado en Haití cuando Bolívar se resolvió a actuar en el sentido de destruir en Venezuela los gérmenes de la guerra social. Así, a la vuelta de su primer viaje a Haití declaró la libertad de los esclavos y su incorporación al ejército libertador (en Carúpano, el 2 de junio de 1816), como ya dijimos, y siguió preocupado durante toda la campaña que llevó a cabo más tarde, hasta culminar en el armisticio de Morillo, por mantener a los esclavos bajo la disciplina militar.
Esto se prueba con sus medidas y sus palabras. El 11 de marzo de 1918 insistía, con un decreto, en la abolición de la esclavitud y en que "todos los hombres que antes eran esclavos se presentarán al servicio para defender su libertad"; ese mismo mes, en La Victoria y en el Consejo —villa cercana a Caracas— repetía lo mismo; en julio, de vuelta a Angostura, le comunicaba a la Alta Corte de Justicia que la esclavitud había sido abolida, y ante el Congreso de Angostura, el día de su instalación —15 de febrero de 1819— en el célebre discurso que lleva el nombre de la ciudad, afirmaba que las bases de la república debían ser "la división de los Poderes, la Libertad civil, la proscripción de la Esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios".
Allí dijo: "La atroz e impía esclavitud cubría con su negro manto la tierra de Venezuela, y nuestro Cielo se hallaba recargado de tempestuosas nubes, que amenazaban un diluvio de fuego", "...vosotros sabéis la historia de los Helotas, de Espartaco y de Haití". Y tanto valor daba él a ese temor que le hacía recordar ante el Congreso los sucesos de Haití, que dejaba en libertad a los congresistas de aceptar o no sus decretos, pero reclamaba que se aprobaran los que habían dado libertad a los esclavos. Dijo: "Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis Estatutos y Decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República".
Si Bolívar comenzó liberando esclavos en 1816 para satisfacer un compromiso hecho con el presidente Petión, no hay duda de que siguió libertándolos para evitar la guerra social. A lo largo de su lucha, y cuando Petión ya no existía, se mantuvo preocupado por el problema de la esclavitud como razón de ser, o parte de la razón de ser, de la guerra social; y más adelante veremos pruebas de esta afirmación. En cuanto el ejemplo ¿de Haití, ése estuvo presente en sus preocupaciones durante muchos años. El 30 de mayo de 1820, en carta a Santander, escribía algo verdaderamente revelador. Decía:
"Lo de los esclavos, si andan alborotando el avispero, resultará lo que en Haití: la avaricia de los colonos hizo la revolución, porque la república francesa decretó la libertad, y ellos la rehusaron, y a fuerza de resistencia y oposiciones irritaron los partidos naturalmente enemigos".
Lo que Bolívar quería decir con esos párrafos un tanto confusos era que Francia había decretado la libertad de los esclavos, a lo cual se opusieron los amos (colonos) de Haití, y con su oposición provocaron las sublevaciones negras. "El impulso de esta revolución", seguía diciendo Bolívar, refiriéndose a la que él encabezaba, "está dado, ya nadie lo puede detener y lo más que se podrá conseguir es darle buena dirección... Debemos triunfar por el camino de la revolución, y no por otro. Los españoles no matarán (a) los esclavos, pero matarán (a) los amos y entonces se perderá todo". Eso, matar a los amos era lo que habían hecho las hordas de Boves en 1814.
Entre los diez puntos por los cuales el Libertador consideraba que debía celebrarse el Congreso de Panamá y debía llegarse a un anfictionado americano, había uno —el noveno— dictado por el recuerdo de la revolución haitiana. Por lo menos, así lo dijo Bolívar mismo en el borrador que hizo en 1826 con el objeto de organizar sus ideas sobre el congreso de Panamá; y éstas son las palabras que usó:
"La América no temerá más a ese tremendo monstruo que ha devorado a la isla de Santo Domingo; ni tampoco temería la preponderancia numérica de los primitivos habitadores".
En el punto octavo de ese borrador había aludido a la guerra social venezolana con esta frase: "La diferencia de origen y colores perdería su influencia y poder"; pero en el noveno habló directamente de Haití. Pues allí donde él escribía "isla de Santo Domingo" —ya lo hemos dicho— se refería a Haití, la antigua Saint-Domingue de los franceses.
Por último, el 9 de noviembre de 1830, cinco semanas antes de morir, en carta al general Juan José Flores, insistía en que la guerra social destruiría a América; afirmaba que Colombia caería "infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas"; aseguraba que "si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de América", y recordaba a Haití con esta alusión: "La primera revolución francesa hizo degollar las Antillas...".
"Las Antillas" era Haití, pues sólo Haití, en las tierras antillanas, había sido el teatro de la guerra social. |
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