Bolívar
y La Guerra Social

Por Juan Bosh

Tercera Parte Efectos de la Guerra Social
          en la acción Libertadora de Bolívar.

XV — "Por salvar a Caracas..."

En 1820, creada Colombia, con la paz a la vista porque desde enero había en España un gobierno liberal que necesariamente tendría que hacer la paz con las provincias americanas rebeladas, comienzan a aparecer en el ánimo de Bolívar señales de preocupación.

 

Al finalizar el mes de mayo le habla a Santander de los esclavos y de la responsabilidad que tuvieron los amos de esclavos en los sucesos de Haití; le recuerda que

"el impulso de esta revolución está dado, ya nadie lo puede contener y lo más que se podrá conseguir es darle buena dirección";

entiende que

"se debe escribir tanto a los jefes como a los magnates lo que conviene que sepan, para recomendarles lo que afectan ignorar'",

con lo cual indica que se debe decir a los amos de esclavos que los hagan libres si no quieren correr la suerte de los esclavistas haitianos.

 

En esa misma carta —fechada en el Rosario de Cúcuta (el 30 de mayo de 1820— dice:

"La ley de repartición de bienes es para toda Colombia, y ahora, bien y mal, es para todos. Mas han hecho cierta reforma en la ley, según se asegura, aunque no he visto la ley. Se mandan entregar vales de bienes nacionales a lo>s militares, para que los compren en remate en el mejor postor”.

Esa ley era la que Bolívar había redactado para que se dieran a los soldados del ejército libertador las tierras confiscadas a los realistas, y como la mayoría de los soldados era gente de pueblo, negros libres y antiguos esclavos, pardos y zambos, al hacerlos propietarios se les daba seguridad. Pero la reforma a la ley trastornaba todos los planes de Bolívar, pues la reformada creaba una nueva oligarquía terrateniente que llegaría a ocupar en la sociedad republicana el lugar que habían ocupado los mantuanos en la sociedad colonial.

 

Mediante la reforma hecha a la ley, algunos generales y comerciantes no tenían ni siquiera que comprar las propiedades, sino los vales de propiedad que el gobierno daba a los soldados. En una época de gran necesidad, los soldados vendían sus vales por bagatelas. Páez mismo acabó siendo un gran terrateniente gracias a ese subterfugio. Y sucedía que sobre la base del latifundio se mantenía la esclavitud, de manera que todos los decretos de Bolívar liberando a los esclavos carecían de fuerza real. A pesar de esos decretos, la esclavitud duró en Venezuela hasta 1854.

 

Eso explica que en esos meses de 1820, mientras iba negociando la paz con Morillo, Bolívar se refiriera con frecuencia a la necesidad de enrolar esclavos y libertos en el ejército Libertador, pues haciéndolos soldados podía lograrse que no se rebelaran. El 8 de junio le escribía al coronel Justo Briceño: "...sobre todo mátese Vd. en que los libertos del Sur se instruyan de preferencia a todo. Éstos son hombres seguros"; el 25 del mismo mes le decía a Santander:

"Los libertos que vengan derecho aquí, porque si yo no los hago disciplinar no se disciplinan nunca"; el 11 de julio, al mismo Santander: "Pida Vd. esclavos al Sur y vuelva a pedir.. . Cuantos esclavos vengan, mándelos Vd. a Málaga al comandante Lugo; y hasta que no pasen 4.000 por Bogotá siga Vd. pidiendo para poder sostener la independencia y la guerra. A Montilla le he mandado que tome esclavos para el servicio".

Bolívar pedía libertos y esclavos para el ejército —"para el servicio"— porque pensaba que así podría evitar que los esclavos y los libertos de Nueva Granada hicieran lo que habían hecho los de Venezuela bajo el mando de Boves. A la revolución que él estaba haciendo había que "darle buena dirección" porque nadie podía contener su impulso. "Buena dirección" significaba evitar que se desbordara en guerra social, y para lograr eso lo mejor era acabar con las causas de la guerra social antes de que se iniciara. Si los amos no aceptaban la libertad de los esclavos, él haría a los esclavos libres mediante el expediente de convertirlos en soldados, y disciplinaría a los libertos inculcándoles la disciplina de los cuarteles.

 

El 10 de junio de 1820, el Libertador entreabría su alma a Santander. Le decía:

"...las discordias que nacen de la unión que yo he procurado formar, me hacen sufrir las agonías del suplicio. Haré otra confesión: la causa única, por decirlo así, que me ha animado a proponer la creación de Colombia ha sido la idea de destruir para siempre los motivos de odio, de discordancia y de disolución. ¡Si éstos se aumentan que chasco horroroso!"

Y en la mente de Bolívar —especialmente por esos días—, la palabra "unión" no se refería a la unión de venezolanos y neo-granadinos, a la simple suma del antiguo virreinato de Santa Fe con la antigua capitanía general de Venezuela; se refería a la unión de las partes que componían la sociedad de Colombia. Adviértase que desde fines de mayo hasta mediados de julio, es decir, por los días en que escribió el párrafo a que estamos refiriéndonos, habló repetidamente del problema de los esclavos y los libertos.

 

Pero lo que no le confesaba todavía ni a Santander ni a nadie era que la causa de su preocupación tenía un nombre: se llamaba Venezuela, y cuando profundizaba más en su alma se llamaba Caracas. Venezuela había estado compuesta por varias provincias, y de ellas la mayor era Caracas, y el amor de Bolívar a Venezuela se concentraba, en horas de angustia, en ésa que había sido la antigua provincia de Caracas, y a menudo llamaba Caracas a toda Venezuela, pero tenía horas en que definía en sus sentimientos nítidamente a Caracas y entonces decía que Caracas era su tierra natal, la que mandaba en el fondo de su corazón.

 

Es fácil darse cuenta de esto que decimos leyendo al Libertador. Así, el 23 de diciembre de 1822, escribía a Santander:

"Anoche leí a Rousseau, hablando de la pequeña república de Ginebra, que la mole de un grande estado se conserva y marcha por sí misma, y que la menor falta en uno pequeño lo arruina. Al instante eché la vista sobre la historia y encontré que los grandes imperios se han conservado indestructibles a pesar de las muchas guerras y sacudimientos, y que las pequeñas naciones, como Caracas, han sido sumidas en la nada por un conquistador, un mal ciudadano o un terremoto". Dos años después, desde Lima, decía al mismo Santander: "Veo la guerra civil y los desórdenes volar por todas partes, de un país a otro, mis dioses patrios devorados por el incendio doméstico. Hablo de Venezuela, mi querido país. Esta consideración me ocupa noche y día; porque contemplo que el primer desorden que allí nazca destruye para siempre hasta la esperanza, porque allí el mal será radical y penetra luego a la sangre". Y esto último, que aparecía en carta del 6 de enero de 1825, aparecía reforzado por un párrafo de otra carta, también dirigida a Santander, fechada el 23 de febrero (1825), el cual decía: "Decir a Vd. que las revoluciones populares son contagiosas en grado superlativo es decir una pamplina que todo el mundo sabe. De Buenos Aires viene la revolución al Berú en triunfo y pasa hasta el Janambú en medio de aclamaciones. Es inútil decir a Vd. lo que es Venezuela y lo que puede hacer".

A medida que pasaban los días de ese año de 1825, más se preocupaba Bolívar por Venezuela. El 8 de mayo, desde Ocaña, volvía a escribir a Santander sobre

"las intrigas y las ingratitudes de los señores venezolanos, que, a la verdad, son como Vd. dice, locos e ingratos en sus pretensiones de separarse de la unión, pues a ellos solos es a quien conviene; y si en algo conviene a la Nueva Granada es en evitar el peligro del incendio de Venezuela, que necesariamente va a arder el día después que se haga independiente. Juro a Vd. con la mayor sinceridad que más miedo le tengo a mi querida patria que a toda la América entera. Soy capaz de encargarme con más facilidad de la dirección de todo el Nuevo Mundo, más bien que de Venezuela. Los porteños y los caraqueños que se encuentran en los extremos de la América Meridional son, por desgracia, los más turbulentos y sediciosos de cuantos hombres tiene la América entera".

Y para que no haya duda de que el miedo que manifestaba era miedo a que los venezolanos volvieran a desatar la guerra social, pedía en la misma carta que se le diera a Páez poder y confianza para que actuara enérgicamente contra

"esos malvados, que, por una estúpida ambición, nos van a sepultar en una guerra de colores, o más bien van a destruir nuestra miserable especie".

Al final de la carta, molesto, decía:

"No debo, no puedo ni quiero más gobiernos y el que menos quiero es el de Colombia a causa de mis queridos compatriotas de Venezuela. Si la Nueva Granada estuviera aislada de Venezuela llenaría con esos abominables soldados de Boves; con esos infames aduladores de Morillo; con esos esclavos de Morales y Calzada".

Esa cólera, ese desprecio, esa indignación eran manifestaciones del amor desesperado, pues Bolívar sufría por Venezuela debido a que la amaba. Desde el Cuzco, el 10 de julio de ese mismo año de 1825, escribiendo a su tío Esteban Palacios, el alma apasionada del Libertador se desbordaba en emociones y sentimientos generosos y finos por Caracas. El mismo día, en carta al general Santander, volvía sobre el tema y decía que "más miedo le tengo a Colombia que a la misma España", y en Colombia, a lo que temía era a Venezuela, puesto que anunciaba que se iría a Venezuela, "por supuesto, con muchas fuerzas y muchas facultades", porque su objeto "por ahora no es más que poner orden en Venezuela".

 

En el mes de septiembre —el día 2—, Bolívar escribía al general Salom diciéndole que

"lo más importante en el día es no desprendernos de nuestros colombianos absolutamente, y sin embargo, mandar a Colombia 3.000 hombres para que mantengan en Venezuela el orden";

 pero a Unanué, que no era ni militar ni venezolano —como lo era Salom—, podía explicarle su desconfianza, y lo hacía con estas palabras, del todo claras: 

"Ya le he dicho a Vd. que no irá otra expedición a Colombia este año, sino la que debe embarcarse después de la toma del Callao en ese puerto; con la mira de llevar a Colombia alguna tropa que no pertenezca a Venezuela ni a Colombia tampoco, a fin de evitar cualquier desorden de parte de aquellos hombres de color, que no dejan de tener aspiraciones muy fuertes".

Para Bolívar, la guerra social era la guerra de razas, y en este mismo capítulo volvemos sobre ese punto; al hablar, pues, de las "aspiraciones muy fuertes" de "aquellos hombres de color" que podían producir "cualquier desorden", estaba manifestando sus temores de que volviera la guerra social a sacudir a Venezuela; y eso lo temía en 1825, casi al cumplirse once años de la muerte de Boves.

 

Sus temores provenían de que por entonces vivía pensando en Caracas, nostálgico de su tierra. A finales del mismo mes de septiembre —1825— escribía a Santander:

"Probablemente yo quedaré un año en este país formando la creación de la república Bolivia. Pero después nada me detendrá más en el Sur. Yo voy a consolar a mis parientes y amigos de Caracas y también a descansar un poco en la vida campestre sin dejar de promover mil mejoras al hermoso país que Dios me dio";

y al general Francisco Rodríguez del Toro, familiar de su esposa muerta, le decía el mismo día:

"Yo, ciertamente ansío por saber de su salud, la de su familia que amo como la mía misma y también la de mi querida Venezuela que adoro sobre todos las cosas".

Al día siguiente le escribía a Páez anunciándole que mandaría al general Lara a Venezuela con 3.000 hombres

"a fin de poner ese país a cubierto de toda tentativa anárquica";

y terminaba diciéndole:

"Mil leguas ocuparán mis brazos, pero mi corazón se hallará siempre en Caracas: allí recibí la vida, allí debo rendirla: y mis caraqueños serán siempre mis primeros compatriotas. Este sentimiento no me abandonará sino después de la muerte".

Ese día, el Libertador dictó varias cartas con párrafos semejantes. Al coronel Diego Ibarra le decía:

"...estoy mandando tropas de las que tenemos en el Perú, que tú bien conoces... porque estoy determinado a irme para Colombia a fines del año entrante, llevando 7 u 8.000 hombres, para fijarlos en Venezuela. Con estos buenos soldados podremos asegurar la tranquilidad de nuestra querida patria, cuidar nuestras familias y vivir en paz y sosiego".

De golpe, toda esa preocupación, todo ese miedo a la guerra social venezolana pareció desvanecerse, y durante meses —casi ocho— el alma del Libertador estuvo tranquila. Pero al finalizar mayo de 1826, cuando empezaron a llegarle noticias de la rebelión de Páez contra el congreso de Colombia, su preocupación resurgió con más fuerza que antes. Así, el 7 de junio, desde Magdalena, le decía a Santander:

"Si a Páez lo quieren estrechar los señores del Congreso para que vaya a Bogotá y él desobedeciere, yo no tengo la culpa de semejante desatino... Si la gente de color se levanta y acaba con todo, porque el gobierno no es fuerte, y la locura de todos los convida a tomar su puesto, yo no tengo la culpa. Si a Páez y a Padilla los quieren tratar mal sin emplear una fuerza capaz de contenerlos, yo no tengo la culpa. Estos dos hombres tienen en su sangre los elementos de su poder y, por consiguiente, es inútil que yo me les oponga, porque la mía no vale nada para el pueblo".

 Días después —el 23 del mismo mes de junio— le aseguraba a Santander que si a Páez

"se le enciende la sangre, su sangre le sirve de mucho". "La plata y la sangre son los enemigos natos de Colombia",

afirmaba.

"Vd. duda una destrucción en aquella capital (Caracas), porque la masa del pueblo es buena y amiga del orden. Mi hermana me dice lo contrario, y piensa irse del país por temores que no serán infundados, puesto que tiene que perderlo todo y nada tiene que llevar".

Y ya casi terminando esa carta:

"Me alegro mucho de lo que Vd. me dice de Bermúdez. Ojalá que conserve su buena fama para que nos sirva en Venezuela del modo que lo ha hecho hasta ahora. No le hace falta más que una cualidad para ser perfecto, la sangre: quiero decir, que fuera como Padilla para que lo quisiese el pueblo".

¿Qué querían decir todas esas menciones de la sangre, con la palabra a menudo subrayada por el propio Bolívar?

 

Pues querían decir la raza. El Libertador se refería a que Páez, Padilla y otros muchos líderes militares eran pardos, zambos, mestizos, y por ser así, igual que la mayoría del pueblo, Bolívar entendía que el pueblo podría seguirlos si iniciaban una "guerra de colores". En cambio, Bermúdez tenía un defecto: no era pardo ni zambo; era blanco, y Bolívar entendía que la masa no seguiría a un blanco. A Santander le decía el 8 de julio —1826—: "...el que escape con su cara blanca será bien afortunado"; y a Sucre, casi tres años después —por lo que se ve que sus ideas no cambiaban en ese punto—, el día 28 de septiembre de 1829: "Siembre seremos de nacimiento punible: blancos y venezolanos. Con esos delitos no se puede mandar por estas regiones".

 

La tendencia del Libertador a ver la guerra de razas como causa fundamental, si no única, de la guerra social, le llevaba a olvidar que Boves y Morales, blancos puros, habían sido jefes

 

de los ejércitos que hicieron la guerra social; que Antoñanzas, Cervériz, Calzada, Monteverde, españoles y canarios, no eran mestizos, aunque los mantuanos no consideraban a los canarios blancos de buena ley. En su discurso de Angostura, Bolívar había hecho mención de los ilotas de Esparta, pero no recordaba que esos siervos no habían sido negros ni mestizos. El hecho de que la guerra social de Haití y Venezuela hubiera sido hecha por negros y mestizos, confundía a Bolívar, de juicio siempre tan objetivo, pues en la historia había habido muchas guerras sociales que no tuvieron en su seno el ingrediente de las guerras de razas; la más cercana de todas había sido la de Francia, que no menos sangrienta que la de Venezuela porque hubiera sido hecha por blancos del pueblo contra blancos de la aristocracia, sino porque rápidamente encontró su cauce y pasó a convertirse en la guerra de la nación francesa contra los países feudales de Europa.

 

Bolívar tenía razón en un punto: la guerra social se produciría de nuevo en Venezuela. Pero no era necesario ser pardo o zambo para encabezarla; podía hacerlo también un blanco, la prueba era que Boves, asturiano, no tenía una gota de la sangre de Páez ni de Padilla, y había sido el jefe de la guerra social que tan profundas huellas dejó en Bolívar.

 

Si nos dedicáramos a recoger todas las menciones, las alusiones y las disquisiciones del Libertador sobre la posibilidad de que Venezuela volviera a ser la víctima de una guerra social, llenaríamos página tras página con ellas. Leyendo lo que él mismo dijo, no puede quedarle a nadie la menor duda de que durante todo lo que le quedó de vida, Bolívar tuvo miedo de que la guerra social se renovara. Pero tampoco debe haber dudas de que el origen de ese miedo estaba más allá de las experiencias que vivió en los años de 1812 a 1814. El origen estaba en su amor a Venezuela, y más que a Venezuela toda, a Caracas. No quería ver a Caracas bajo el terror de las hordas porque la amaba con pasión.

 

El general Andrés de Santa Cruz no era venezolano; ni siquiera conocía Venezuela, de manera que si Bolívar se desahogaba con él exponiéndole sus sentimientos para Venezuela, no lo hacía con fines políticos. El 26 de octubre de 1826, el Libertador le escribía a Santa Cruz y le decía: 

"Yo tengo demasiadas atenciones en mi suelo nativo, que he descuidado largo tiempo por otros países de América: ahora que veo que los males han llegado a su exceso, y que Venezuela es la víctima de mis propios sucesos (éxitos, Nota del autor), no quiero más merecer el vituperio de ingrato a mi primitiva tierra.. . Yo voy a hacer todo el bien que pueda a Venezuela sin atender nada más.. . Primero el suelo nativo que nada: él ha formado con sus elementos nuestro ser; nuestra vida no es otra cosa que la esencia de nuestro nacimiento, los creadores de nuestra existencia y los que nos han dado alma por la educación; los sepulcros de nuestros padres yacen allí y nos reclaman seguridad y reposo; todo nos recuerda un deber, todo nos excita sentimientos tiernos y memorias deliciosas; allí fue el teatro de nuestra inocencia, de nuestros primeros amores, de nuestras primeras sensaciones y de cuanto nos ha formado. ¿Qué títulos más sagrados al amor y a la consagración? Sí general, sirvamos la patria nativa, y después de este deber coloquemos los demás".

 

Por fin, su corazón estalla, y el 15 de noviembre (1826) le dice a Páez:  

"Ya estoy en la capital de la república y lleno de celo por salvar a Venezuela y a Vd. He sabido todos los males que padece mi país nativo, los peligros que corren mis primeros y más queridos amigos y compañeros de armas, los que me han dado gloria y me han llevado hasta el Potosí, los hijos de Venezuela, aquellos que han formado montones de cadáveres en sus propios cuerpos para elevarme sobre América. ¿Podría yo ser insensible a sus dolores? ¿Podría yo dejar de aliviarlos hasta con mi sangre?"

 Y casi inmediatamente confiesa, a medias, la razón de ser de todas sus luchas fuera de Venezuela: ha ido hasta los Andes del Sur libertando pueblos para salvar a Caracas, para evitarle el mal que él ha visto siempre agazapado en sus entrañas. Y dice:  

"En el día no tengo más mira que servir a Venezuela; demasiado he servido a la América; ya es tiempo, pues, de dedicar a Caracas todo mi conato (atención, N. del A.), toda mi solicitud; por Caracas he servido al Perú; por Caracas he servido a Venezuela; por Caracas he servido a Colombia; por Caracas he servido a Bolivia; por Caracas he servido a Nuevo Mundo y a la libertad, pues debía destruir a todos sus enemigos para que pudiera ser dichosa: mi primer deber es hacia ese suelo que ha compuesto mi cuerpo y mi alma de sus propios elementos, y en calidad de hijo debo dar mi vida y mi alma misma por mi madre".

Seguramente hubiera sido más explícito si le hubiera estado escribiendo a otra persona. Pero a Páez no podía decirle que había luchado para salvar a Caracas de la guerra social, de la "guerra de colores", pues Páez llevaba el color de la sangre, "en su sangre". Como decía en esa misma carta,

"he sido largo en esta carta y quizá demasiado libre y más que franco, pues nadie debe decirlo todo de una vez".

Él no lo dijo todo de una vez. Por ejemplo, no podía decir en esa carta que estaba escribiéndola precisamente por miedo a que el propio Páez usara su prestigio de caudillo mestizo para levantar bandera de guerra contra Colombia, que era decir contra Bolívar, y se llevara tras sí a los llaneros de Boves, a quienes el Libertador consideraba ávidos de botín e impacientes por destruir lo poco que había quedado en pie al paso del feroz jefe asturiano.

 

El amor a Caracas mantenía en Bolívar el miedo a la guerra social.

Nota)   El texto de este artículo fue obtenido por medio de escáner, cualquier error se debe e ello.

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