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Bolívar
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Por Juan Bosh |
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Tercera Parte Efectos de la Guerra Social en la acción Libertadora de Bolívar. |
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En 1820, creada Colombia, con la paz a la vista porque desde enero había en España un gobierno liberal que necesariamente tendría que hacer la paz con las provincias americanas rebeladas, comienzan a aparecer en el ánimo de Bolívar señales de preocupación.
Al finalizar el mes de mayo le habla a Santander de los esclavos y de la responsabilidad que tuvieron los amos de esclavos en los sucesos de Haití; le recuerda que
entiende que
con lo cual indica que se debe decir a los amos de esclavos que los hagan libres si no quieren correr la suerte de los esclavistas haitianos.
En esa misma carta —fechada en el Rosario de Cúcuta (el 30 de mayo de 1820— dice:
Esa ley era la que Bolívar había redactado para que se dieran a los soldados del ejército libertador las tierras confiscadas a los realistas, y como la mayoría de los soldados era gente de pueblo, negros libres y antiguos esclavos, pardos y zambos, al hacerlos propietarios se les daba seguridad. Pero la reforma a la ley trastornaba todos los planes de Bolívar, pues la reformada creaba una nueva oligarquía terrateniente que llegaría a ocupar en la sociedad republicana el lugar que habían ocupado los mantuanos en la sociedad colonial.
Mediante la reforma hecha a la ley, algunos generales y comerciantes no tenían ni siquiera que comprar las propiedades, sino los vales de propiedad que el gobierno daba a los soldados. En una época de gran necesidad, los soldados vendían sus vales por bagatelas. Páez mismo acabó siendo un gran terrateniente gracias a ese subterfugio. Y sucedía que sobre la base del latifundio se mantenía la esclavitud, de manera que todos los decretos de Bolívar liberando a los esclavos carecían de fuerza real. A pesar de esos decretos, la esclavitud duró en Venezuela hasta 1854.
Eso explica que en esos meses de 1820, mientras iba negociando la paz con Morillo, Bolívar se refiriera con frecuencia a la necesidad de enrolar esclavos y libertos en el ejército Libertador, pues haciéndolos soldados podía lograrse que no se rebelaran. El 8 de junio le escribía al coronel Justo Briceño: "...sobre todo mátese Vd. en que los libertos del Sur se instruyan de preferencia a todo. Éstos son hombres seguros"; el 25 del mismo mes le decía a Santander:
Bolívar pedía libertos y esclavos para el ejército —"para el servicio"— porque pensaba que así podría evitar que los esclavos y los libertos de Nueva Granada hicieran lo que habían hecho los de Venezuela bajo el mando de Boves. A la revolución que él estaba haciendo había que "darle buena dirección" porque nadie podía contener su impulso. "Buena dirección" significaba evitar que se desbordara en guerra social, y para lograr eso lo mejor era acabar con las causas de la guerra social antes de que se iniciara. Si los amos no aceptaban la libertad de los esclavos, él haría a los esclavos libres mediante el expediente de convertirlos en soldados, y disciplinaría a los libertos inculcándoles la disciplina de los cuarteles.
El 10 de junio de 1820, el Libertador entreabría su alma a Santander. Le decía:
Y en la mente de Bolívar —especialmente por esos días—, la palabra "unión" no se refería a la unión de venezolanos y neo-granadinos, a la simple suma del antiguo virreinato de Santa Fe con la antigua capitanía general de Venezuela; se refería a la unión de las partes que componían la sociedad de Colombia. Adviértase que desde fines de mayo hasta mediados de julio, es decir, por los días en que escribió el párrafo a que estamos refiriéndonos, habló repetidamente del problema de los esclavos y los libertos.
Pero lo que no le confesaba todavía ni a Santander ni a nadie era que la causa de su preocupación tenía un nombre: se llamaba Venezuela, y cuando profundizaba más en su alma se llamaba Caracas. Venezuela había estado compuesta por varias provincias, y de ellas la mayor era Caracas, y el amor de Bolívar a Venezuela se concentraba, en horas de angustia, en ésa que había sido la antigua provincia de Caracas, y a menudo llamaba Caracas a toda Venezuela, pero tenía horas en que definía en sus sentimientos nítidamente a Caracas y entonces decía que Caracas era su tierra natal, la que mandaba en el fondo de su corazón.
Es fácil darse cuenta de esto que decimos leyendo al Libertador. Así, el 23 de diciembre de 1822, escribía a Santander:
A medida que pasaban los días de ese año de 1825, más se preocupaba Bolívar por Venezuela. El 8 de mayo, desde Ocaña, volvía a escribir a Santander sobre
Y para que no haya duda de que el miedo que manifestaba era miedo a que los venezolanos volvieran a desatar la guerra social, pedía en la misma carta que se le diera a Páez poder y confianza para que actuara enérgicamente contra
Al final de la carta, molesto, decía:
Esa cólera, ese desprecio, esa indignación eran manifestaciones del amor desesperado, pues Bolívar sufría por Venezuela debido a que la amaba. Desde el Cuzco, el 10 de julio de ese mismo año de 1825, escribiendo a su tío Esteban Palacios, el alma apasionada del Libertador se desbordaba en emociones y sentimientos generosos y finos por Caracas. El mismo día, en carta al general Santander, volvía sobre el tema y decía que "más miedo le tengo a Colombia que a la misma España", y en Colombia, a lo que temía era a Venezuela, puesto que anunciaba que se iría a Venezuela, "por supuesto, con muchas fuerzas y muchas facultades", porque su objeto "por ahora no es más que poner orden en Venezuela".
En el mes de septiembre —el día 2—, Bolívar escribía al general Salom diciéndole que
pero a Unanué, que no era ni militar ni venezolano —como lo era Salom—, podía explicarle su desconfianza, y lo hacía con estas palabras, del todo claras:
Para Bolívar, la guerra social era la guerra de razas, y en este mismo capítulo volvemos sobre ese punto; al hablar, pues, de las "aspiraciones muy fuertes" de "aquellos hombres de color" que podían producir "cualquier desorden", estaba manifestando sus temores de que volviera la guerra social a sacudir a Venezuela; y eso lo temía en 1825, casi al cumplirse once años de la muerte de Boves.
Sus temores provenían de que por entonces vivía pensando en Caracas, nostálgico de su tierra. A finales del mismo mes de septiembre —1825— escribía a Santander:
y al general Francisco Rodríguez del Toro, familiar de su esposa muerta, le decía el mismo día:
Al día siguiente le escribía a Páez anunciándole que mandaría al general Lara a Venezuela con 3.000 hombres
y terminaba diciéndole:
Ese día, el Libertador dictó varias cartas con párrafos semejantes. Al coronel Diego Ibarra le decía:
De golpe, toda esa preocupación, todo ese miedo a la guerra social venezolana pareció desvanecerse, y durante meses —casi ocho— el alma del Libertador estuvo tranquila. Pero al finalizar mayo de 1826, cuando empezaron a llegarle noticias de la rebelión de Páez contra el congreso de Colombia, su preocupación resurgió con más fuerza que antes. Así, el 7 de junio, desde Magdalena, le decía a Santander:
Días después —el 23 del mismo mes de junio— le aseguraba a Santander que si a Páez
afirmaba.
Y ya casi terminando esa carta:
¿Qué querían decir todas esas menciones de la sangre, con la palabra a menudo subrayada por el propio Bolívar?
Pues querían decir la raza. El Libertador se refería a que Páez, Padilla y otros muchos líderes militares eran pardos, zambos, mestizos, y por ser así, igual que la mayoría del pueblo, Bolívar entendía que el pueblo podría seguirlos si iniciaban una "guerra de colores". En cambio, Bermúdez tenía un defecto: no era pardo ni zambo; era blanco, y Bolívar entendía que la masa no seguiría a un blanco. A Santander le decía el 8 de julio —1826—: "...el que escape con su cara blanca será bien afortunado"; y a Sucre, casi tres años después —por lo que se ve que sus ideas no cambiaban en ese punto—, el día 28 de septiembre de 1829: "Siembre seremos de nacimiento punible: blancos y venezolanos. Con esos delitos no se puede mandar por estas regiones".
La tendencia del Libertador a ver la guerra de razas como causa fundamental, si no única, de la guerra social, le llevaba a olvidar que Boves y Morales, blancos puros, habían sido jefes
de los ejércitos que hicieron la guerra social; que Antoñanzas, Cervériz, Calzada, Monteverde, españoles y canarios, no eran mestizos, aunque los mantuanos no consideraban a los canarios blancos de buena ley. En su discurso de Angostura, Bolívar había hecho mención de los ilotas de Esparta, pero no recordaba que esos siervos no habían sido negros ni mestizos. El hecho de que la guerra social de Haití y Venezuela hubiera sido hecha por negros y mestizos, confundía a Bolívar, de juicio siempre tan objetivo, pues en la historia había habido muchas guerras sociales que no tuvieron en su seno el ingrediente de las guerras de razas; la más cercana de todas había sido la de Francia, que no menos sangrienta que la de Venezuela porque hubiera sido hecha por blancos del pueblo contra blancos de la aristocracia, sino porque rápidamente encontró su cauce y pasó a convertirse en la guerra de la nación francesa contra los países feudales de Europa.
Bolívar tenía razón en un punto: la guerra social se produciría de nuevo en Venezuela. Pero no era necesario ser pardo o zambo para encabezarla; podía hacerlo también un blanco, la prueba era que Boves, asturiano, no tenía una gota de la sangre de Páez ni de Padilla, y había sido el jefe de la guerra social que tan profundas huellas dejó en Bolívar.
Si nos dedicáramos a recoger todas las menciones, las alusiones y las disquisiciones del Libertador sobre la posibilidad de que Venezuela volviera a ser la víctima de una guerra social, llenaríamos página tras página con ellas. Leyendo lo que él mismo dijo, no puede quedarle a nadie la menor duda de que durante todo lo que le quedó de vida, Bolívar tuvo miedo de que la guerra social se renovara. Pero tampoco debe haber dudas de que el origen de ese miedo estaba más allá de las experiencias que vivió en los años de 1812 a 1814. El origen estaba en su amor a Venezuela, y más que a Venezuela toda, a Caracas. No quería ver a Caracas bajo el terror de las hordas porque la amaba con pasión.
El general Andrés de Santa Cruz no era venezolano; ni siquiera conocía Venezuela, de manera que si Bolívar se desahogaba con él exponiéndole sus sentimientos para Venezuela, no lo hacía con fines políticos. El 26 de octubre de 1826, el Libertador le escribía a Santa Cruz y le decía:
Por fin, su corazón estalla, y el 15 de noviembre (1826) le dice a Páez:
Y casi inmediatamente confiesa, a medias, la razón de ser de todas sus luchas fuera de Venezuela: ha ido hasta los Andes del Sur libertando pueblos para salvar a Caracas, para evitarle el mal que él ha visto siempre agazapado en sus entrañas. Y dice:
Seguramente hubiera sido más explícito si le hubiera estado escribiendo a otra persona. Pero a Páez no podía decirle que había luchado para salvar a Caracas de la guerra social, de la "guerra de colores", pues Páez llevaba el color de la sangre, "en su sangre". Como decía en esa misma carta,
Él no lo dijo todo de una vez. Por ejemplo, no podía decir en esa carta que estaba escribiéndola precisamente por miedo a que el propio Páez usara su prestigio de caudillo mestizo para levantar bandera de guerra contra Colombia, que era decir contra Bolívar, y se llevara tras sí a los llaneros de Boves, a quienes el Libertador consideraba ávidos de botín e impacientes por destruir lo poco que había quedado en pie al paso del feroz jefe asturiano.
El amor a Caracas mantenía en Bolívar el miedo a la guerra social. |
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