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Bolívar
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Por Juan Bosh |
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Primera Parte Los antecedentes |
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Los hijos de América conocemos cuatro tipos de guerra: las coloniales, las de independencia, las internacionales y las civiles.
Las coloniales fueron cortas o limitadas a pequeños espacios, pero en términos generales crueles y costosas, especialmente en bienes; y entre ellas las hubo desde los ataques de piratas a ciudades marítimas o de tierra adentro, hasta las que se llevaron a cabo para reconquistar colonias tomadas por ejércitos de naciones enemigas de España. Las primeras alcanzaron un número alto y cubrieron de hecho tres siglos —el XVI, el XVII y buena parte del XVIII—; en cuanto a las segundas, dos ejemplos son las reconquistas de Buenos Aires y de la colonia de Santo Domingo, hechas a principios del siglo XIX por fuerzas coloniales en lucha contra ingleses y franceses respectivamente.
Las guerras de independencia tuvieron diferentes aspectos antes de que se perfilaran como guerras nacionales contra los poderes -metropolitanos. Casi todos los países de América conquistaron su independencia con las armas, pero es muy difícil hacer una clasificación de conjunto de esas guerras, porque algunas se definieron desde el primer momento como luchas para lograr la independencia, otras comenzaron como movimientos defensivos contra la agresión napoleónica, otras se iniciaron como guerras civiles, en alguno o algunos de los variados matices que presentan las contiendas civiles. Sin embargo, dado que esas guerras se distinguen en la historias de cada país porque terminaron produciendo el establecimiento de un nuevo Estado, se conocen con el nombre de guerras de independencia.
Las internacionales han sido entre dos países, como la de Estados Unidos contra México en el siglo XIX y la de Bolivia y Paraguay en el siglo XX; han sido de varios países contra uno, como la de Brasil, Uruguay y Argentina contra Paraguay; o de un país contra varios como la de Chile contra Perú y Bolivia, ambas en el siglo pasado. Entre ellas hay casos peculiares, como el de la guerra centroamericana contra los filibusteros, que participó a la vez de características de guerra civil entre nicaragüenses y de guerra centroamericana contra extranjeros que no eran fuerzas de un Estado enemigo; y el de la guerra mexicano-francesa, que era al mismo tiempo una guerra internacional y una contienda civil.
Las guerras más frecuentes en el mundo americano han sido las civiles, al grado que pueblos que no tuvieron guerra de independencia propiamente dicha, como algunos de la América Central, han conocido numerosas guerras civiles.
En América se han producido muchos tipos de guerras civiles, y en ocasiones se han mezclado varios tipos en una sola guerra. Es en ese campo de las guerras civiles donde nuestros pueblos tienen, al mismo tiempo, el renombre más penoso y el terreno de estudios sociales y políticos más rico y más sorprendente.
Las guerras civiles han sido simples, ideológicas y sociales.
Las guerras civiles simples, llevadas a cabo por dos facciones caudillistas que se disputan el poder, han sido las más abundantes y son las que menos deben llamarnos la atención.
A las simples han seguido en número las de cierto mantenido ideológico, con una alta proporción de caudillaje en busca del poder, como las de liberales y conservadores, no tan simples como las de facciones caudillistas pero no tan complejas como las guerras sociales, si se exceptúan la revolución liberal mexicana que acabó llevando al poder a Benito Juárez y a la liberal de Venezuela que se llamó Guerra Federal. Además de guerras civiles hechas por los partidos liberales de ambos países, estas dos fueron guerras sociales.
La guerras sociales fueron las provocadas por antagonismos raciales, económicos y sociales que no tenían solución pacífica. En número, han sido las menos; pero en intensidad y en resultados, han sido las más importantes.
De las guerras sociales americanas, la más compleja fue la de Haití —a fines del siglo XIII y principios del siglo XIX—, porque tuvo todas estas características: guerra social, de esclavos contra amos; guerra racial, de negros contra blancos guerra de de independencia, de haitianos contra franceses; guerra colonial ofensiva, de haitianos contra la colonia española de Santo Domingo; guerra colonial defensiva, de haitianos contra ingleses ; y guerra civil entre facciones caudillistas, la de Toussaint contra Rigaud.
Entre las llamadas guerras de independencia, la que más ha atraído la atención de los historiadores es la de Venezuela. Hay varias causas para que cautivara la imaginación de escritores, pintores, poetas; una de ellas es la presencia de Simón Bolívar a la cabeza de la facción americana; otra es la participación, en las filas de los libertadores, de figuras militares tan atractivas como el mariscal Sucre y el general Páez —para mencionar sólo dos de la legión de jefes que tomaron parte en la guerra—; otra es el amplio escenario en que se libró la larga campaña militar, y otra es el fruto que dio: cinco repúblicas libres por acción directa y varias más por acción indirecta.
Pero sucede que esa guerra, que cubrió costas de tres mares, llanuras inmensas y montañas gigantes en varios millones de kilómetros cuadrados, no fue una simple guerra de independencia. Pocos acontecimientos históricos, en el mundo americano, tienen causas tan diversas operando a la vez como esa guerra de trece años. Lo que comenzó siendo en 1810 una declaración de autonomía de la provincia de Venezuela y se convirtió en julio de 1811 en declaración de independencia y en establecimiento de un Estado federal —todo ello sin que apenas se derramara sangre—, pasó a ser en 1812 una guerra social que fue creciendo en intensidad, en crueldad y en capacidad destructora, hasta llegar a ser la razón oculta de la vasta acción libertadora de Simón Bolívar.
Los resultados de la guerra social venezolana de 1812-1814 fueron inmediatos y tardíos. Los primeros significaron la destrucción física de la nobleza criolla, los mantuanos que proclamaron la independencia; los segundos resultaron, desde el punto de vista de la lógica aparente de la historia, los más inesperados. Pues fueron los mismos hombres que aniquilaron a los independentistas de Venezuela los que hicieron bajo el mando de Bolívar la independencia de ese país y de varios más, y fue el miedo de Bolívar a que la guerra social venezolana se reprodujera en Venezuela lo que le llevó hasta el Potosí y lo que le hubiera llevado, de permitirlo la situación política internacional, hasta Cuba y Puerto Rico. Bolívar libertó media América porque les buscó ocupación en lugares lejanos a los hombres que podían resucitar en Venezuela la guerra social; esto es, convirtió en libertadores de Nueva Granada, de Ecuador, Perú y Bolivia a los llaneros de Boves y Morales, y faltó poco para que los llevara a las islas españolas del Mar Caribe, por miedo a que hicieran de nuevo lo que ya habían hecho una vez.
Simón Bolívar no hizo eso de manera inconsciente o por afán de gloria, aunque él amaba la gloria en forma casi desesperada. En muchos de sus manifiestos, en muchas de sus cartas, dejó dichas cuáles fueron las razones que lo llevaron a derramar ejércitos libertadores por lugares lejanos; y no lo dice de manera confusa o sibilina, sino en forma que no deja lugar a dudas.
El país que Bolívar quiso verdaderamente, con pasión casi primitiva, fue el suyo, Venezuela, "Caracas", como le llamaba él en las horas en que se quedaba a solas con los recuerdos de su infancia; y esa Caracas, desorganizada primero por Monte-verde y destruida después por Boves, fue la imagen que tuvo siempre en el corazón. Bolívar llegó como Libertador hasta los Andes del Sur porque necesitaba alejar de Venezuela a los que podían reiniciar en cualquier momento la obra de Boves. Vano intento el suyo, pues como las condiciones sociales que hicieron posible la aparición de Boves permanecieron sin transformación, a mitad del siglo XIX, cuando todavía no habían comenzado a pudrirse los huesos del Libertador, Venezuela volvió a ser el escenario de otra guerra social de poder destructor parecido al de la primera.
Ésta fue la llamada Guerra Federal. Su jefe no era el asturiano José Tomás Boves sino el venezolano Ezequiel Zamora; su bandera no era la del absolutismo de Femaiidu Séptimo sino la del liberalismo que predicó Antonio Leocadio Guzmán; sin embargo, a pesar de las diferencias entre las nacionalidades, las ideas y las banderas de sus jefes, la Guerra Federal fue una segunda parte de la Guerra Social, ni más ni menos. De manera que el miedo de Bolívar había tenido razón de ser, y la historia lo justificó.
La segunda parte de la guerra social venezolana hubiera podido evitarse únicamente mediante la transformación de las condiciones sociales y económicas del país; no, como lo pretendió Bolívar, sacando de Venezuela a los que podían hacerla. Ésos no la hicieron, pero la hicieron los que eran o podían ser sus hijos. Ahora bien, el genio de Bolívar produjo resultados de gran utilidad a la historia americana, pues con los llaneros que sacó de Venezuela libertó a Nueva Granada, Ecuador, Perú y Bolivia. Otro con no menos categoría que él hubiera pretendido resolver el problema llevando al patíbulo a los jefes de los posibles revolucionarios —y de hecho, él comenzó a actuar así cuando fusiló a Piar—. A su claro juicio político, pues, hay que atribuir la desviación de la guerra social venezolana hacia una guerra libertadora americana, y no a falta de condiciones para imponer el terror.
Bolívar fue el hombre de la guerra a muerte, el que ordenó los fusilamientos de La Guaira. No le temía a la sangre derramada. De manera que si hubiera creído que con el uso de terror podía evitar el renacimiento de la guerra social en su país, lo habría hecho sin la menor duda. Pero el Libertador sabía que los alcances del terror tienen un límite. El terror puede evitar un levantamiento caudillista, paralizar ambiciones pequeñas, contener durante cierto tiempo una fuerza social. Pero es incapaz de detener para siempre una verdadera revolución.
Ahora bien, en el punto en que se hallaban los conocimientos de la época, hubiera sido imposible que Bolívar tuviera idea de cómo podía evitarse, en forma radical, el renuevo de la guerra social venezolana. La guerra social que inició Monteverde y que encarnó Boves había tenido el propósito inconsciente de igualar a los de abajo con los de arriba mediante la destrucción de los de arriba. Para hacer iguales al llanero sin más amparo que su lanza y su caballo y al mantuano dueño de tierras, esclavos, casas y oro, el camino más corto era hacer desaparecer a los mantuanos; y eso hicieron los soldados de Boves. La igualación no se buscó mediante la creación de un Estado que la garantizara y la mantuviera con la autoridad de la ley; se buscó mediante la destitución del mantuanismo; La guerra social venezolana cíe 1812 a 1814 fue, pues, destructora, no creadora. Sólo Bolívar trató de buscarles, y les ofreció, una salida creadora a los que la habían hecho.
Desde el punto de vista del historiador que busque un ejemplo puro de fenómeno histórico, la guerra social de Haití tiene más definiciones categóricas que la de Venezuela. En Haití hubo la lucha de los esclavos contra los amos, y en Venezuela no sucedió eso, aunque con Boves pelearon esclavos fugitivos. La libertad de los esclavos vino a alcanzarse en Venezuela en 1854, es decir, cuarenta años después de haber terminado la primera guerra social. En Haití, además, hubo la guerra racial, de negros contra blancos; y si bien en las filas de Monteverde y Boves abundaban los negros, los zambos, los mulatos y hasta los indios —y sin duda el factor racial fue un ingrediente de mucha importancia en la lucha—, la verdad es que también había blancos, y la lista de éstos puede ser encabezada por los jefes, los propios Monteverde y Boves. La guerra social haitiana fue llevada a cabo por negros de Haití contra blancos franceses —si se exceptúa aquella parte de la guerra en que combatieron haitianos contra haitianos bajo el mando de Toussaint L'Overture de un lado y Rigaud del otro—, mientras que en la de Venezuela pelearon de un lado españoles y venezolanos contra los venezolanos de todas las razas que estaban con Miranda, primero, y con Bolívar al final.
Para convertir esa guerra social en nacional libertadora —es decir, de independencia—, Bolívar decretó en 1813 la guerra a muerte. Mediante el debatido decreto de Trujillo, el joven general mantuano dividió a los combatientes de la guerra social en dos bandos: españoles y venezolanos. En ese momento, Bolívar pretendía separar a los jefes de la guerra social, que eran españoles, de los venezolanos que les seguían. Pero sucedía que en la lucha estaba presente, aunque en medida menos importante, un factor que podríamos calificar como guerra civil entre españoles; había republicanos españoles combatiendo contra españoles realistas. Bolívar quiso preservar para Venezuela a esos españoles republicanos, y así se explica que en el decreto de Trujillo ofreciera garantías a los españoles y canarios que combatieran en las filas libertadoras. De todos modos, el esfuerzo que hizo Bolívar en 1813 estaba destinado a fracasar, porque había una guerra social en marcha y sólo la muerte de sus jefes la detendría. El decreto de guerra a muerte que Bolívar lanzó como un rayo en medio de la tormenta, no logró darle regularidad a la guerra a muerte que se llevaba a cabo en toda Venezuela desde hacía algún tiempo. Si el joven general venezolano hubiera dicho como el general haitiano Jean Jacques Dessalines, que debía desaparecer del país toda una raza, hubiera podido definir mejor la guerra social, como se definió en Haití.
La guerra social de Venezuela no tuvo definiciones tan categóricas como la de Haití; pero por esa misma razón tiene más matices, resulta más compleja y ofrece más material para el análisis. Un amasijo histórico tan complicado no se encuentra fácilmente en América, y para los fines de ver con claridad en el espejo del porvenir, la guerra social venezolana de 1812-1814 es ejemplar.
En la segunda mitad del siglo xx un alto número de americanos ven en cualquiera actividad subversiva a lo largo de todo el Hemisferio la mano comunista; pero cuando estallaron las guerras sociales de Haití y de Venezuela no había comunismo y pasarían todavía muchos años antes de que Marx y Engels escribieran el manifiesto comunista. ¿Por qué, pues, se produjeron esas dos guerras sociales, tan feroces, relativamente, como la rusa de 1917?
Los acontecimientos de Venezuela fueron, desde luego, sólo una parte de los que se presentaron en toda América al comenzar el siglo XIX. La revolución estalló casi simultáneamente en varios puntos: en La Paz, en Quito, en Caracas, en México, en Buenos Aires. Todos esos brotes eran hechos que obedecían a las mismas causas que habían provocado la revolución norteamericana y la francesa, esto es, el paso, en la sociedad occidental, del sistema feudal al capitalista. Pero el movimiento venezolano tenía algunas de sus raíces bien cerca; pues aunque la desigualdad social y las diferencias raciales venían desde los orígenes de la colonia, la desigualdad económica se había producido, por lo menos en sus aspectos más violentos, en el siglo XVIII.
Para comprender la trayectoria de esa revolución, que terminó con varios países libres en más de cinco millones de kilómetros cuadrados, tenemos que volver los ojos hacia el siglo XVIII en América t ver después que produjo ese siglo en Venezuela. |
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