Bolívar
y La Guerra Social

Por Juan Bosh

Primera Parte Los antecedentes

II — El siglo de oro americano

El XVIII fue el siglo fecundo de América. Todo lo que nuestros países acumularon en riqueza, cultura, organización civil y contradicciones sociales durante doscientos años, entró a florecer en esa centuria decimoctava.


En cierta medida, en el siglo xviii retornaron a América los galeones que habían cruzado el Atlántico cargados de oro, plata y piedras preciosas. Las riquezas americanas habían tenido una participación notable en el desarrollo de la sociedad europea, y por tanto habían contribuido en mucho a la formación de ese fenómeno social de fuerza arrolladora llamado capitalismo.


Aunque la América de origen español tuviera su manera peculiar de ir hacia su porvenir, era una dependencia política de España, y a través del poder político la metrópoli manejaba la vida económica y social de nuestros países. Un cambio en España no podía tardar en producir efectos en América. Y precisamente al nacer el siglo XVIII, la casa real francesa de los borbones —que en esos días reinaba en Francia con el Rey Sol, Luis XIV—, entró a gobernar en España con un nieto de Luis XIV, el Duque de Anjou, llamado a asumir el poder en el imperio español bajo el nombre de Felipe V.

 

Al iniciarse el siglo XIII, Francia era el país europeo de cultura más desarrollada, lo que explica que Felipe V solicitara con frecuencia la ayuda de políticos, hacendados y hasta militares de otros países de Europa para organizar el imperio español; pues siendo francés, daba importancia a la superioridad intelectual.

 

No conocemos un estudio en que se exponga la influencia herederos de Felipe V— en la formación de la corriente de ideas que acabó transformando a España y su imperio; pero sabemos que esa corriente fue encabezada por un hijo de Felipe V y que culminó con el despotismo ilustrado de Carlos III.

 

Las medidas de tipo liberal que adoptaron los Borbones en España, afectaron a América. Algunas fueron de carácter directo para una provincia americana; otras modificaron las relaciones comerciales de la metrópoli con las colonias, y por tanto tuvieron consecuencias inmediatas en el alza o la baja de precio en productos americanos; otras fueron impositivas y provocaron rebeliones en varias partes del Continente, lo que contribuyó a crear el espíritu de nacionalidad en nuestros países.

 

Ejemplo de una medida de carácter directo para una provincia americana fue la fundación de la Compañía Guipuzcoana en Venezuela, punto que se tratará en el próximo capítulo.

 

El hecho de que la dinastía borbónica española estuviera ligada a la dinastía borbónica francesa por lazos de sangre, influyó en la política europea de Felipe V y sus sucesores. Los reyes de Francia se mantenían mezclados en todas las intrigas europeas de la época, y, arrastrados por los franceses, los reyes borbones españoles se vieron en el caso de tener que tomar parte en todas las guerras provocadas por sucesiones dinásticas que tenían lugar en Europa, y cada una de esas guerras producía consecuencias en América.

 

A veces una provincia americana se hallaba de buenas a primeras autorizada a vender determinados productos a uno de los beligerantes, lo cual significaba casi siempre aumento de la riqueza para algún sector de los colonos, y en consecuencia se producía el ascenso de ese sector en la escala social, puesto que los reyes Borbones vendían títulos de nobleza; a veces la marina española, ocupada en la acción militar, no podía atender las necesidades del comercio con América, y el resultado era que nuestros productos de exportación no tenían salida y su precio era "abatido", como se decía en los memoriales de la época; a veces las guerras provocaban cambios de soberanía, como sucedió con la ocupación de La Habana por los ingleses en 1762 o con las cesiones a Francia de la parte española de la Isla de Santo Domingo en 1795 y a Inglaterra de la Isla Trinidad en 1798.

 

Carlos II, el Hechizado, el último de los Austria, murió en 1700, al terminar el siglo XVIII. La estirpe de Carlos V y de Felipe II se extinguió con él en España. Aprovechándose de que el Hechizado era un débil mental, años antes de que muriera había comenzado a tejerse alrededor sllyó una red dé intrigas qué cubrió toda Europa. El fin de las intrigas era asegurar para una de las casas reinantes europeas la herencia del trono español, con su rico imperio ultramarino; pues en esa época todavía un rey testaba dejando el reino a favor de quien quisiera, como si el reino fuera una propiedad privada. Los enviados de Luis XIV, cuya mujer era tía de Carlos II, consiguieron que éste diera testamento a favor del Duque de Anjou, nieto, como hemos dicho, del rey francés.

 

El Duque de Anjou, convertido en Felipe V, tuvo que guerrear para que no le quitaran el trono, pues los Austria reclamaron sus derechos a cañonazos y hallaron aliados que querían aprovechar la oportunidad para entrar a saco en el imperio español. Inglaterra, Holanda, Portugal, el imperio austro-alemán y hasta Amadeo de Saboya, suegro del afortunado Duque de Anjou, se lanzaron a la guerra como aliados del pretendiente Carlos de Austria. Regiones importantes del país, como Cataluña, Valencia y Aragón, dieron su apoyo a Carlos de Austria; Castilla, en cambio, peleó por Felipe V.

 

La guerra en territorio español duró hasta 1710, año en que tuvo lugar la batalla de Villaviciosa, en la cual las fuerzas invasoras quedaron decisivamente vencidas en el territorio de España. Pero fuera de España, en los territorios que tenía España en Europa, se siguió combatiendo hasta 1713, año en que la parte europea del imperio español quedó liquidada con el tratado de Utrecht

En ese tratado se reconocía a Felipe V como heredero legítimo de Carlos II, el Hechizado; pero a cambio de ese reconocimiento España tuvo que entregar a sus enemigos todos sus territorios europeos —Flandes, Nápoles, Cerdeña, La Toscana, el Milanesado, Sicilia— y partes del propio territorio español, como Gibraltar, Menorca, la Gueldres española; y tuvo además que reconocer el derecho de Inglaterra a comerciar con las colonias americanas.

 

Como se ve, el siglo XVIII entró en España y sus colonias con ímpetus renovadores.

 

En 1715 Felipe V firmó la paz con Portugal, y parecía que España iba a recogerse en sus posesiones de América y Asia para buscar en ellas lo que ya no podía hallar en Europa: medios con qué resucitar el poderío hispánico, dinero para sostener la economía nacional y el trono mismo, oro con que organizar una fuerza militar que hiciera al país respetable y una fuerza naval que le permitiera mantener libres de enemigos las líneas comerciales de la Metrópoli con las colonias. Sin embargo no sucedió así, y ya en 1717 las naves españolas estaban atacando a Cerdeña y Sicilia.

 

Esa guerra de 1717 terminó en 1720 con la Paz de Cambray. Felipe V, que comenzaba a dar señales de conducta extraña, abdicó la corona en favor de su hijo Luis I, el cual gobernó sólo un año, pues murió de viruelas en 1724. Felipe V volvió al trono, que no abandonaría hasta su muerte, ocurrida en 1746.

 

En 1739, siete años antes de morir el rey, España se había enfrascado en otra guerra. Al principio el adversario fue Inglaterra, cuya flota atacó a Cartagena de Indias y a la Guaira en 1739 y en 1742. Poco a poco, el número de adversarios fue ampliándose, y en 1746, a la muerte de Felipe V, los españoles combatían otra vez en varios lugares de Europa: en Austria, en el Piemonte, en Cerdeña y en Milán.

 

Felipe V fue un hipocondríaco que a medida que envejecía iba abandonándose a sus manías, pero tuvo un mérito como rey: supo rodearse de buenos consejeros. A lo largo de sus cuarenta y cinco años de reinado gobernó con ministros franceses, italianos, españoles, y aunque entre ellos apareciera un aventurero como el barón de Ripperdá, la mayoría de sus colaboradores fue gente que acertó a dar salidas, con medidas de gobierno, a la inquietud que iba creando en los círculos directores de Europa el movimiento creciente del capitalismo.

 

Los consejeros y ministros del rey fueron hombres como Amelot, Orry, Alberoni, Orendain, Arriaza, Grimaldi, el marqués de Castelar, Zabala, Patino, y el autor del "Nuevo Sistema de Gobierno Económico para la América", don José Campillo y Cosío, hombre capaz de decir en 1743 que el capital humano era el bien más importante de un país y que quien gobernara la vida económica de otro pueblo no necesitaba dominarlo ni militar ni políticamente.

 

Esos hombres no produjeron un cuerpo de doctrinas, pero formaron un conjunto de ideas avanzado para la época, ese conjunto que los historiadores calificarían más tarde con el nombre de "neo mercantilismo español", con el de "liberalismo español del siglo XIII", o, al definirse y personalizarse en Carlos III, con el más conocido de "despotismo ilustrado".

 

Al neo mercantilismo se debieron medidas como la reducción de los derechos de aduana para los artículos destinados a América y para algunos productos americanos cuyo mercado era España; la substitución de la Flota de Indias por los navíos de registro y la autorización para que ciertas regiones americanas comerciaran entre sí y dispusieran de espacio, para ese comercio, en los barcos imperiales; autorización, casi siempre por tiempo limitado, para que algunas provincias pudieran vender determinados artículos a países y colonias extranjeros; la formación de compañías comerciales, asociadas al Estado, como la de Filipinas y la Guipuzcoana; y por último, la libertad comercial de las provincias americanas.

 

Algunas medidas de otra índole, como el estancamiento del tabaco o la creación de impuestos para atender a gastos de guerra, provocaron reacciones y movimientos populares como las rebeliones de los cultivadores de tabaco de Cuba, en los años de 1717 y 1724, y la de Juan Santos en el Perú, en 1742.

 

Las guerras de Felipe V provocaron cambios importantes en las colonias americanas, bien porque los colonos se veían aislados de España y tenían que producir más para atender a muchas de las necesidades que antes satisfacía España —con lo cual se formaban nuevos grupos de poder económico—, bien porque los enemigos victoriosos del rey presionaban, a la hora de la paz, para obtener libertades comerciales que les permitieran negociar con las provincias de ultramar. En casi medio siglo de gobierno de Felipe V, los cambios fueron extraordinarios.

 

En lo que se refiere a Venezuela, esos cambios son notables en la historia del país, según veremos en el próximo capítulo, y es casi seguro que sin ellos no habría habido guerra social en 1812, y por tanto quizá no habría habido un ejército libertador venezolano que llegara hasta Potosí.

 

Fernando VI, el sucesor de Felipe V, se impuso la tarea de lograr la paz y de hacer de España un país neutral en las luchas europeas. Igual que su padre, tuvo a su lado ministros excelentes, entre los cuales descolló el marqués de la Ensenada, discípulo de Campillo y Cosío. El marqués de la Ensenada encabezó un movimiento organizador de la hacienda pública, de la producción agrícola e industrial de España y sus colonias y de relaciones más justas entre la metrópoli y sus dominios de ultramar, que dio en pocos años frutos notables. Durante los años de gobierno del marqués, la América española alcanzó el más alto grado de desarrollo económico conocido hasta entonces.

 

Ese alto grado de desarrollo económico se reflejaba, como es lógico, en formación de grupos de poder político en las provincias americanas; en formación de grupos de más cultura; en nuevos nobles, y por tanto en fortalecimiento de los sectores aristocráticos criollos.

 

Casi inmediatamente después de la formación de esos grupos iba a llegar una nueva etapa: la de una política más liberal para los sectores no oligárquicos. Esa política se produjo en el reinado de Carlos III, hijo de Felipe V y medio hermano de Fernando VI, a quien sucedió en el trono cuando Fernando VI murió en 1759. Ese Carlos III fue el jefe del movimiento bautizado por los historiadores con el mote de "despotismo ilustrado", que en cierto sentido equivale, a la aplicación de la fuerza para lograr el progreso. El mismo rey describía gráfica y graciosamente esa política cuando decía: "Mis vasallos son como los niños; lloran cuando los lavan”.

 

Carlos III era rey de Nápoles cuando heredó la monarquía española. Al llegar a Madrid llevó con él refinamiento e ideas muy propias de la Italia del siglo XVIII. Rodeado durante sus veintinueve años de gobierno de ministros de gran capacidad, fue, en cierta medida, un rey revolucionario. Y en verdad, tenía que serlo, pues Europa se hallaba entonces en los umbrales de una gran revolución que iba a comenzar en territorio colonial inglés, es decir, en las colonias inglesas de América del Norte.

 

A pesar de su deseo de mantener a España neutral, Fernando VI se vio en el caso de entrar en la Guerra de los Siete Años del lado de Francia. La guerra iba avanzada cuando Carlos III heredó la corona. Francia negoció con su aliada España la devolución de Menorca, que estaba en manos inglesas, pero en cambio obtuvo la cesión de algunas de las Antillas menores. Inglaterra tomó La Habana en 1762 y sólo la abandonó en 1763 a cam bio de la Península de la Florida y otros territorios españoles de la América del Norte.

 

La guerra terminó con la Paz de París, firmada en 1763; pero las consecuencias de esa guerra iban a ser largas y sorprendentes, para España y para todo el mundo occidental. Pues la revolución norteamericana fue la hija legítima de esa guerra de siete años.

 

Mientras Inglaterra combatía en Europa y América contra Francia, España, Austria y Rusia, sus colonos americanos se vieron obligados a suplir el comercio inglés y a prepararse militarmente para hacer frente a una posible agresión de cualquiera de los países enemigos de Inglaterra, y en siete años las trece colonias inglesas alcanzaron tal grado de desarrollo económico y militar, que se habían convertido de hecho en un poder autónomo.

 

En realidad, la revolución norteamericana comenzó en 1765, dos años después de la Paz de París, y desde ese año de 1765 empezó España a intervenir en favor de los colonos ingleses de Norteamérica. Catorce años después, en 1779, cuando la guerra de los colonos del Norte contra Inglaterra se hallaba en su apogeo, Carlos III se lanzó abiertamente a la lucha, otra vez aliado a Francia. Las fuerzas españolas recapturaron Menorca —que los ingleses habían conquistado después que había vuelto a manos de España—, asediaron Gibraltar, reconquistaron la Florida y expulsaron a los ingleses de Honduras.

 

La guerra terminó con el Tratado de Versalles, firmado en 1783. España aparecía vencedora; pero sucedía que la expulsión de los ingleses de sus colonias americanas había dado lugar a un hecho de enorme importancia para todo imperio colonial: había nacido la primera república libre de los tiempos modernos, los Estados Unidos de América. España, imperio colonial, quedaba herida de muerte por ese hecho, pues el ejemplo norteamericano sería seguido más temprano o más tarde por las colonias españolas del Hemisferio. Carlos III y algunos de sus ministros lo sospecharon, a juzgar por la propuesta de uno de ellos para que se les diera autonomía política y económica a las colonias españolas de América.

 

De Nápoles había llegado a Madrid, en el séquito de Carlos III, el siciliano Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache. Esquiladle fue el principal inductor de la política progresista que adoptó Carlos III. Fue él quien aconsejó derogar las medidas que impedían el desarrollo del comercio español —incluyendo en éste el colonial—; fue él quien llevó la voz cantante en las disposiciones contra los privilegios eclesiásticos y quien encabezó la conspiración contra la Orden de los Jesuitas, que fue expulsada de España y de todos los dominios en 1767. Alrededor de Esquiladle se formó un grupo de prohombres activos en la creación y la propaganda de ideas nuevas; entre ellos estaban el conde de Campo-manes, el peruano Pablo de Olavide, Gaspar Jovellanos, el conde de Aranda, y José Minino y Redonda, conde de Floridablanca.

 

Este grupo de consejeros y ministros, el más brillante que se reunió junto a un monarca español en toda la historia del imperio, sacudió a España y a América con sus reformas en la economía, en la administración, en el orden civil, en la enseñanza. A su acción se debieron cambios y renovaciones que causaron agitaciones serias en las colonias americanas. Las rebeliones de Tupac Amaru y Tupac Catari en el Perú y lo que hoy es Bolivia, la de los Comuneros en Nueva Granada y los Andes venezolanos, fueron reflejos de esos cambios. La inercia social, económica y política de las colonias quedó rota, y tanto los aciertos como los errores de Carlos III y sus ministros contribuyeron a que así sucediera.

 

Carlos III murió en 1788, un año antes de que se iniciara la revolución en Francia. Su sucesor, Carlos IV, fue desde el primer momento un juguete de los acontecimientos que desató en el mundo la revolución francesa.

Nota)   El texto de este artículo fue obtenido por medio de escáner, cualquier error se debe e ello.

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004