Mi estimado coronel y
amigo:
Tengo la honra de
acusar a Vd. el recibo de la apreciable carta de Vd. de 31 de mayo fecha en
Bogotá.
No puedo dejar de
empezar por dar a Vd. las gracias por la multitud de bondades que Vd.
derrama en toda su carta hacia Colombia y hacia mí. ¿Cuántos títulos no
tiene Vd. a nuestra gratitud? Yo me confundo al considerar lo que Vd. ha
pensado, lo que Vd. ha hecho desde que está entre nosotros por sostener el
país y la gloria de su jefe.
El ministro inglés
residente en los Estados Unidos, me honra demasiado cuando dice que espera
en Colombia sola, porque aquí hay un Bolívar. Pero no sabe que su existencia
física y política se halla muy debilitada y pronta a caducar.
Lo que Vd. se sirve
decirme con respecto al nuevo proyecto de nombrar un sucesor de mi autoridad
que sea príncipe europeo, no me coge de nuevo, porque algo se me había
comunicado con no poco misterio y algo de timidez, pues conocen mi modo de
pensar.
No sé que decir
a Vd. sobre esta idea, que encierra en sí mil inconvenientes. Vd. debe
conocer que, por mi parte, no habría ninguno, determinado como estoy a dejar
el mando en este próximo congreso, mas ¿quién podrá mitigar la ambición de
nuestros jefes y el temor de la desigualdad en el bajo pueblo? ¿No cree Vd.
que la Inglaterra sentiría celos por la elección que se hiciera en un
Borbón? ¿Cuánto no se opondrían
todos los nuevos estados americanos, y los Estados Unidos que parecen
destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de
la Libertad? Me parece que
ya veo una conjuración general contra esta pobre Colombia, ya demasiado
envidiada de cuantas repúblicas tiene la América. Todas las prensas se
pondrían en movimiento llamando a una nueva cruzada contra los cómplices de
traición a la libertad, de adictos a los Borbones y de violadores del
sistema americano. Por el Sur encenderían los peruanos la llama de la
discordia; por el Istmo los de Guatemala y Méjico, y por las Antillas los
americanos y los liberales de todas partes. No se quedaría Santo Domingo en
inacción y llamaría a sus hermanos para hacer causa común contra un príncipe
de Francia. Todos se convertirían en enemigos sin que la Europa hiciera nada
por sostenernos, porque no merece el Nuevo Mundo los gastos de una Santa
Alianza; a lo menos, tenemos motivo para juzgar así, por la indiferencia con
que se nos ha visto emprender y luchar por la emancipación de la mitad del
mundo, que bien pronto será la fuente más productiva de las prosperidades
europeas.
En fin, estoy muy
lejos de oponerme a la reorganización de Colombia conforme a las
instituciones experimentadas de la sabia Europa. Por el contrario, me
alegraría infinito y reanimaría mis fuerzas para ayudar en una obra, que se
podrá llamar de salvación y que se conseguiría no sin dificultad sostenidos
nosotros de la Inglaterra y de la Francia. Con estos poderosos auxilios
seríamos capaces de todo, sin ellos, no. Por lo mismo, yo me reservo para
dar mi dictamen definitivo cuando sepamos que piensan los gobiernos de
Inglaterra y de Francia sobre el mencionado cambio de sistema y elección de
dinastía.
Aseguro a Vd., mi
digno amigo y con la mayor sinceridad, que he dicho a Vd. todo mi
pensamiento y que nada he dejado en mi reserva. Puede Vd. usar de él como
convenga a su deber y al bienestar de Colombia. Está es mi condición, y en
tanto reciba Vd. el corazón afectuoso de su atento obediente servidor.