Simón Bolívar y Páez

Colonizar el país con
s
us propios habitantes.

PARTE DEL CAPÍTULO XXXII
“EL LIBERTADOR”
POR: AUGUSTO MIJARES

<<<"Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar al Cesar; aun menos a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria: El título de libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano, Por lo tanto, es imposible degradarlo”>>> Simón Bolívar.

<<<< Viene…

 

Fue de Venezuela, sin embargo, de donde partió la clarinada que le advirtió a Bolívar, el desquiciamiento político que se aproximaba. Muchos males afligían a la desvastada patria del Libertador. La miseria general era tal, que según testimonio de un oficial extranjero, en las calles de Caracas se veían Capitanes del ejército libertador pidiendo limosna. Los azares de aquella larga guerra habían mantenido a lo mejor de su población en una especie de nomadismo continuo, que junto a la miseria había hecho prosperar la  ignorancia y los hábitos anárquicos de la imprevisión y atropello.  El espléndido florecimiento colectivo que dio origen a la independencia, y la había realizado, fue dirigido  por una burguesía culta pero bastante próxima al pueblo, que por esas felices circunstancias llegó a ser exponente de las mejores virtudes públicas: patriotismo, desinterés, solidaridad social, equilibrado sentido político, respeto a la legalidad y, sin embargo, bastante independencia de criterio para ser sanamente revolucionaria, laboriosidad y constancia; pero esa burguesía ---que es lo que equivocadamente se he llamado aristocracia u oligarquía--- despareció casi por completo, y sus restos se encontraban dispersos y desorientados.
 

Como es frecuente en las situaciones de descontento general, los venezolanos, y sobre todo los caraqueños, acusaban al gobierno de Bogotá de que nada hacía por remediar sus males; y la tendencia separatista, que había comenzado, como hemos visto desde el propio año 1821, aumentaba cada día más.
 

Otra amenaza, además, que no por parecer superficial era menos grave, se cernía sobre la República: la rivalidad entre militares y civiles, ensoberbecidos alguno de ellos por sus triunfos, y no menos petulantes muchos de los segundos, que usando y abusando de la libertad de prensa o atrincherados en los ayuntamientos y otros cuerpos deliberantes, comenzaban a correr la odiosa consigna de “liberarse de los libertadores”. Con el agravante que no poco de estos presuntos paladines del civismo eran simples integrantes de ínfima calidad moral, como Rafael Diego Mérida, el Malo; o antiguos realistas o hijos de realistas, que buscaban ese medio para trepar o satisfacer viejos rencores.
 

A todas estas, el general Páez que años después, más educado, llegaría a ser un admirable presidente de la Republica, se encontraba todavía muy poco maduro para el papel de primer rango que las circunstancias habían puesto en sus manos. Personalmente había incurrido en excesos que merecía dura cesura y, sin embargo, exasperado por aquella oposición civil ---que más tarde, insistimos, soportó con admirable paciencia cuando menos la merecía---, le pintaba al Libertador el antagonismo entre militares y civiles, con tanta violencia que llegamos a dudar de lo que en sus quejas había de justo.
 

En una carta fechada en Caracas el 1º de octubre de 1825 y que Bolívar recibió en Lima en Marzo de 1826, le decía: “Querido general: Ud. no puede figurarse los estragos que la intriga hace en este país, teniendo que confesar que Morillo le dijo a Ud. una verdad en Santa Ana, sobre <que le había hecho un favor a la República al matar los abogados>; pero nosotros tenemos que acusarnos del pecado de haber dejado imperfecta la obra de Morillo, no habiendo hecho otro tanto con los que cayeron por nuestro lado; por lo contrario, les pusimos la República en sus manos, nos la han puesto a la española, porque el mejor de ellos no sabe otra cosa, y están en guerra abierta con un ejército a quien deben todo su ser, y de cuyo cuartel general han salido los congresos sin tomar la más mínima parte en ellos como corporación, y obrando con aquella buena fe que solo se conoce en la noble profesión de los militares”.
 

Juzgaba también Páez que los hombres “que en cualquiera otra parte que hubiese moral pública ocuparían el cargo más inferior… manejaban a su antojo las elecciones, señalan el primer magistrado de la república”, etc.; y concluía: “A los valientes que han formado esta República se les niega ya lo que las leyes les conceden a las últimas clases del estado. En Caracas se disputó el voto del ejército en las elecciones parroquiales, lo mismo que en Puerto cabello; en Valencia y Maracaibo, se eludió por aquellos medios de que sabe usar la superchería. Yo pude haber usado la fuerza para ello, pero no quise dar ese argumento a la intriga, porque todo esto es parcial y debe curarse con otra cosa que remedie el todo. Los curiales pretenden reducirnos a la condición de esclavos y esto no se puede sufrir ni lo `permite el honor y menos la seguridad del país, que aun no ha transigido (sic) con sus enemigos anteriores. Nuestro ejército se acabará pronto si no se atajan las justas causas de su descontento, y estoy bien seguro que, en caso de guerra, los señores letrados y mercaderes apelarán siempre a la fuga, o se compondrán con el enemigo, y los pobres militares irán a recibir los balazos para volver a proporcionar empleos y fortuna a los que actualmente los están vejando”.
 

Por desgracia, el remedio que proponía Páez era igualmente insensato: “La situación del país ---le indicaba a Bolívar--- es muy semejante en el día a la de la Francia cuando Napoleón el Grande se encontraba en Egipto y fue llamado por aquellos primeros hombres de la revolución, convencidos de que un gobierno que había caído en las manos de la más vil canalla no era el que podía salvar aquella nación, y Ud. está en el caso de decir lo que aquel hombre célebre entonces: <los integrantes van a perder la patria, vamos a salvarla>”.
 

Y para que no hubiera dudas sobre lo que insinuaba, insistía: “Este país, en lo general de su escasa población, no tiene más que los restos de una colonia española, por consiguiente, falto de todo elemento para montar una República”.
 

Bolívar reaccionó reafirmando rotundamente sus principios republicanos: <<<“Usted ---le contestó a Páez--- no ha juzgado, me parece, bastante imparcialmente el estado de las cosas y de los hombres. Ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón. En Francia se piensa mucho y se sabe todavía más, la población es homogénea, y además la guerra la ponía al borde del precipicio. No hay otra República más grande que la francesa y la Francia ha sido siempre un reino. El gobierno republicano se había desacreditado y abatido hasta estar en un abismo de execración. Los monstruos que dirigían la Francia eran igualmente crueles e ineptos. Napoleón era grande y único, y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de eso. Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar al Cesar; aun menos a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria: El título de libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano, Por lo tanto, es imposible degradarlo”>>>.

Y en oposición al pesimismo de Páez, insistía: <<<“La República ha levantado el país a la gloria y a la prosperidad, dado leyes y libertad. Los magistrados de Colombia no son ni Robespierre ni Marrat. El peligro ha cesado cuando las esperanzas empiezan: por lo mismo, nada urge para tal medida. Son repúblicas las que rodean a Colombia, y Colombia jamás ha sido un reino: Un trono espantaría tanto por su altura como por su brillo. La igualdad sería rota y los colores verían perdidos todos sus derechos por una nueva aristocracia”>>>.
 

Con el mismo sentido de salvaguardia contra cualquier tentación, invocó también el título de Libertador en su carta a Santander. Con fecha 19 de septiembre de 1826, le decía: <<<“Libertador o muerto es mi divisa antigua. Libertador es más que todo: y, por lo mismo, yo no me degradaré hasta un trono”>>>.

 

 >>>> Sigue…

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“EL LIBERTADOR”
POR: AUGUSTO MIJARES

 

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004