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La gesta emancipadora constituyó una ruptura con la concepción
política indiana vigente. Las vicisitudes y excesos propios de una larga guerra civil, donde se enfrentaron
americanos independentistas con americanos partidarios de la monarquía hispana
(1), provocaron un fuerte
rechazo a la organización política existente en las distintas unidades del Imperio Hispánico
en Indias. El repudio a dicho ordenamiento colocó a los nacientes Estados americanos ante el desafío
de crear nuevas fórmulas y estructuras que garantizaren la emancipación, tan difícilmente
lograda, y asegurasen las mínimas condiciones de estabilidad y orden indispensables para la vida en una
comunidad pública.
Correspondería a los conductores militares de la guerra de la Independencia
la gigantesca tarea de dar a sus países de origen, o separados de la Metrópoli por su espada, la
organización política adecuada a su subsistencia como Estados autónomos. Esta pesada
obligación estaba plagada de dificultades: la ruina económica y las profundas divisiones, frutos
del sangriento conflicto; la ausencia de prácticas y tradiciones cívicas
(2); los localismos que
amenazaban con jibarizar los antiguos Virreinatos y Gobernaciones hispánicas; las divergencias étnico-culturales
existentes en la gran mayoría de dichos territorios, las ambiciones personalistas de caudillos y jefes regionales,
los doctrinarismos, serviles imitaciones de instituciones y esquemas foráneos.
Nos interesó por ello analizar el pensamiento político de las
figuras más relevantes de la Emancipación de la América Hispana:
Simón Bolívar,
sin duda el general americano de mayor trayectoria militar en el proceso; consolidador de la derrota decisiva realista
en Ayacucho y gran propulsor de la tesis de una América unida;
Bernardo O'Higgins, Libertador de Chile,
creador de su Ejército y de las bases de su institucionalidad
(3);
José de San Martín,
general victorioso en Maipú, impulsor de la Expedición Libertadora al Perú y creador del Protectorado
en el ex Virreinato.
Utilizamos, en forma preferencial, documentos emanados directamente de los
próceres, la numerosa bibliografía existente y, muy especialmente, las leyes e instituciones que
implantaron o contribuyeron a erigir.
A nuestro juicio, reviste la mayor trascendencia esclarecer lo que permanece
vigente del legado emanado del pensamiento de estos tres grandes forjadores de la Independencia de Hispanoamérica.
Finalidad a la que modestamente aspiramos a contribuir.
La vinculación de las Indias a la Corona de Castilla se origina en
las bulas Inter Caetera del Papa Alejandro VI, emitidas en 1493. En ellas el Romano Pontífice encomendaba
a los Reyes de Castilla y Portugal la tarea de convertir a los naturales de sus respectivas esferas americanas
al catolicismo. Con ello establecía una vinculación personal entre los soberanos, castellano
y lusitano, transmitible a sus sucesores, y los territorios indianos. Esta modalidad encajaba dentro de las
características de la Monarquía Castellano-aragonesa. Los Reyes Católicos ocupaban simultáneamente
los tronos de Argón, Castilla, Navarra, León, Asturias e Indias. Siendo sus personas el nexo
de unión entre dichos reinos, los cuales eran gobernados con la asesoría de Consejos, organismos
que preparaban leyes aplicables a los dominios de las citas Coronas(4).
Esta situación no es alterada durante todo el largo reinado de los
Austrias. A la muerte sin dejar descendencia del último de éstos, Carlos II "El Hechizado",
en 1700, estalla la llamada "Guerra de Sucesión Española" entre los aspirantes rivales
a la vacante Corona de España
(5) y Reinos de Indias Occidentales
(6). Los más
serios pretendientes fueron: el Archiduque Carlos de Austria, a quien llamaban Carlos III, respaldado por Austria,
Holanda y Gran Bretaña, Estados que temían una excesiva dependencia del Imperio Hispánico
hacia Francia en el caso de triunfar su rival y la consiguiente alteración del equilibrio europeo
(7); el
príncipe francés Felipe de Anjou, biznieto de Luis XIV, nominado como Felipe V de España e
Indias. El que logró ser reconocido como soberano de dichos Estados por el Tratado de Utrecht
(8).
Felipe V y sus sucesores (Felipe VI, Luis I, Carlos III y Carlos IV) llevaron
a cabo una serie de reformas unificadoras de la normativa jurídica existente en sus Estados, centralizadoras
o tendientes a incrementar el poder real en desmedro de los organismos representativos de la comunidad (Cabildos
y Consejos). Sin embargo, no alteraron, bajo ningún punto de vista, la relación existente entre
la Metrópoli y los Reinos Indianos: reinos asociados entre sí a través del monarca común.
Habiendo vivido desde fines del siglo XV bajo una monarquía, es natural
que para los españoles nacidos en América esa fuera la única forma de gobierno concebible.
Por ello nada tiene de sorprendente que todos los intentos, emancipadores o autonomistas llevados a cabo antes
de la crisis monárquica española de 1808, pretendiesen instituir monarquías en América
(9).
Asimismo, hombres de Estado españoles, temerosos de una separación
beligerante de los Reinos Indianos, a ejemplo de lo obrado por las 13 colonias británicas de la costa atlántica
americana en relación a Gran Bretaña, plantearon la necesidad de modificar el régimen de vinculación
de Indias Occidentales con la Metrópoli. Sugirieron la creación de monarquías americanas
tributarias de España a cargo de príncipes de la dinastía borbónica reinante en dicho
Estado. En esta actitud destacan, entre otros, el Conde de Aranda y el Duque de Alcudia.
Producida la crisis monárquica hispana, el enfrentamiento entre Carlos
IV y Fernando de Asturias, y la posterior invasión napoleónica a España, en América,
siguiendo lo hecho por diversas provincias españolas, se crearon Juntas para defender los derechos de Fernando
VII a quien consideraban su rey legítimo
(10).
A su vez, la Infanta Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando
de Asturias y esposa del príncipe regente portugués, quien se encontraba refugiada en los dominios
portugueses de América tras la invasión francesa a Portugal, realizó diversos intentos para
obtener que autoridades y población americana le reconociesen como soberana, o al menos como regente, dada
la "cautividad" de Fernando
(11). Dable es destacar que las pretensiones de la Infanta Carlota
Joaquina recibieron el apoyo de numerosos hispano-criollos, en especial en el Río de la Plata
(12).
Es en medio de estos acontecimientos, los que produjeron conmoción
en el Imperio Hispánico, que comienza el actuar de los próceres.
Simón Bolívar, hijo de un acaudalado magnate y cabildante de
Caracas, abrazó con entusiasmo la causa de la Emancipación, convirtiéndose en improvisado
general y estadista. El prócer venezolano fue notoriamente influido por Rousseau: "Bolívar
estuvo muy imbuido, sobre todo al principio de su carrera, de Juan Jacobo Rousseau...-en
Bolívar se insinuaron
aquellas ideas por doble camino, por intermedio de su maestro de la mocedad, don Simón Rodríguez, rousseauniano entusiasta, y por el encanto de la prosa de Rousseau...-. Pero a medida que corre el tiempo
y Bolívar va contrastándola con la realidad americana, va desdibujándose Juan Jacobo.
Aparece en el horizonte la figura de Monstesquieu; más tarde las de Betham y otros pensadores"
(13).
De Rousseau conservó siempre los afanes de perfeccionamiento humano
por medio de la educación: "la preocupación de elevar la moral pública es en él
constante y no desaparece sino con la vida. Quiere ciudadanos verídicos, leales, desinteresados, valientes,
patriotas, capaces de sacrificio. Había concebido desde 1819 lo que llamó 'Poder Moral'.
Era una especie de tribunal de la inquisición, no para la fe sino para la moral social y aún privada.
Peligroso legislador sobre los sentimientos, sobre la conciencia y aún sobre la vida íntima"
(14).
Su concepción, a este respecto, está estrechamente ligada a
la tesis del despotismo ilustrado: "Al hombre hay que hacerle el bien a veces a palos. ¿A
qué no se han sometido los hombres? ¡A qué no se someterán aún! Si hay violencia
justamente es aquella que se emplea en hacer a los hombres buenos y, por consiguiente, felices"
(15).
Por ello fomenta la creación de las escuelas normales en Lima, escuelas de minería en Bolivia.
Introduce el sistema lancasteriano en Caracas. Asimismo, procura atraer a territorios americanos a educadores
a estudiosos. El cree que no puede haber libertad donde haya ignorancia: "la esclavitud es hija
de las tinieblas -escribe-; un pueblo ignorante es el instrumento ciego de su propia destrucción".
"Un hombre sin estudios -pensaba- es un ser incompleto; moral y luces son los polos de una República,
moral y luces son nuestras primeras necesidades"
(16).
En su discurso ante el Congreso de Angostura, 15 de febrero de 1819, aparecen
nítidas muchas de las principales ideas políticas de
Simón Bolívar:
Originalidad de Hispanoamérica: "Tengamos presente que nuestro
pueblo no es el europeo ni el americano del Norte; más bien es un compuesto de África y América
que una emanación de Europa, pues hasta la misma España deja de ser europea por su sangre africana
(árabe), por sus instituciones y por su carácter". "Es imposible asignar con propiedad
a qué rama de la familia humana pertenece". "La mayor parte del indígena se ha aniquilado,
el europeo se ha mezclado con el indio y con el africano. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros
padres, diferentes en origen y sangre, son extranjeros, y todos defieren visiblemente en epidermis; esta desemejanza
trae un reto de la mayor trascendencia".
Esta misma originalidad exigía un nuevo tipo de Gobierno, distinto
de los existentes en Europa y América del Norte; Bolívar expresa: "El sistema de Gobierno más
perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad
política"
(17).
"La excelencia de un Gobierno no consiste en su teoría, en su
forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para
quien se instituya"
(18).
En
América el Gobierno debe ser: "Un Gobierno republicano a
sido y debe ser el de Venezuela" -dice
Bolívar-,
"sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la
división de poderes, la libertad civil, la prescripción
de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los
privilegios". "El fin del Estado -pensaba- no es
la exclusiva realización del derecho: debe
contribuir a que el hombre goce de estos tres bienes
máximos: la razón, la libertad, la felicidad"
(19).
Bolívar rechaza el federalismo porque teme ese sistema: "Bolívar
pensaba que esa Federación en Nuestra América equivalía a dispersión y era lo opuesto
a la Alianza o entendimiento con propósitos determinados, de grandes repúblicas hermanas, con la
concepción de su hermandad y de su interés común. Por eso el Gobierno argentino asintió
sin mucha dificultad a la secesión de Bolivia. Por eso,
Páez y Santander propiciaron la tripartición
de Colombia y el general Flores la vio indiferente o complacido más tarde"
(20).
Bolívar preconiza un Poder Ejecutivo fuerte y estable, por ello asume
el titulo de "Libertador", con derecho al mando militar en la región donde se encontrare
(21),
y en su proyecto de Constitución para Bolivia, 1826, llega a propiciar un Presidente de la República
vitalicio.
Bolívar desconfía del común de los hombres, presenta
diversos rasgos aristocratizantes y teme que la democracia sea inaplicable en América: "Atenas, la
primera, nos da el ejemplo más brillante de una democracia absoluta, y al instante, la misma Atenas nos
ofrece el ejemplo más melancólico de la extrema debilidad de esta especie de Gobierno. El más
sabio legislador de Grecia no vio conservar su república diez años y sufrió la humillación
de reconocer la insuficiencia de la democracia absoluta, para regir ninguna especie de sociedad, ni aún
la más culta, morigera y limitada porque sólo brilla con relámpagos de libertad. Reconozcamos,
pues, que Solón ha desengañado al mundo; y le ha enseñado cuan difícil es dirigir por
simples leyes a los hombres"
(22).
"Si la costumbre de mirar al género humano conducidos por pastores
de pueblos no disminuyese el horror de tan chocante espectáculo, nos pasmaríamos al ver a nuestra
débil especie pacer sobre la superficie del globo como viles rebaños, destinados a alimentar a sus
crueles conductores"
(23).
Para atenuar los defectos de la democracia preconiza un Senado aristocrático
y hereditario. Lo integrarían los elementos que se hubiesen destacado más en las luchas de
la independencia. Los que serían sucedidos por sus descendientes, quienes, desde tierna edad, serían
educados para cumplir eficazmente sus altas funciones: "Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario,
sería, en mi concepto, la base, el lazo, el alma de nuestra República. Este cuerpo en las tempestades
políticas pararía los rayos del Gobierno y rechazaría las olas populares. Adicto al
Gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones
que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados. Debemos confesarle:
los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses, y constantemente procuran asaltarlos en las
manos de sus depositarios: el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad. Por tanto, es
preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido y desarme
al ofensor. Este cuerpo neutro, para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del
Gobierno, ni a la del pueblo; de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema ni espere nada
de estas dos fuentes de autoridad. El Senado
hereditario como parte del pueblo participa de sus intereses
y de su espíritu. Por esta causa no se debe presumir que un Senado hereditario se desprenda de los
intereses populares, ni olvide sus deberes positivos legislativos. Los senadores en Roma y los
loores en Londres
han sido las columnas más firmes sobre las que se ha fundado el edificio de la libertad política
y civil"
(24).
"Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión
pública. El talento sin probidad es un azote"
(25).
El sueño bolivariano de fundar la más grande nación de
la tierra; o un grupo de repúblicas tan fuertes y tan vinculadas entre sí que equivalieran a un super-Estado
republicano, o a una Sociedad de Naciones independientes cuya política interna dirigiría un congreso
de pueblos libres"
(26), habría de fracasar porque: "Sin embargo, fue esa misma guerra de la independencia
la que mató la idea generatriz, la geografía y las discordias alzaron el fantasma de los abismos
psicológicos, más fuertes que la unidad continental y de costumbres. Cuando en 1822,
Bolívar
quiso resucitarla, las reacciones naturales de la América independiente eran ya muy vivas. Los
temperamentos raciales divergentes, heredados de España, se habían agudizado por las rivalidades
políticas y por las luchas intestinas"
(27).
El fracaso de los sueños bolivarianos de unidad continental y el penoso
espectáculo de la anarquía política hispanoamericana harían decir al prócer
desilusionado, en sus últimos días: "He arado en el mar".
José de San Martín y Matorras, hijo de un oficial del Ejército
hispano, se educó en España y participó con brillo en las guerras contra Napoleón.
Obtuvo el grado de teniente coronel. Era, en consecuencia, el único de los tres próceres con
experiencia bélica antes de iniciarse el proceso emancipador.
Designado Gobernador de la Provincia de Cuyo y Comandante del Regimiento de
Granaderos a Caballo, bajo su ejemplo, dicha unidad se convirtió en un modelo digno de ser imitado por los
nacientes ejércitos hispanoamericanos. A su vez, la Provincia entera se alineó, como un solo
hombre tras los planes de su Gobernador, sin escatimar sacrificios personales o pecuniarios. Había
concebido el plan de crear un ejército eficaz, con los recursos de Cuyo, el auxilio de Buenos Aires y el
aporte de los emigrados chilenos. Con esas fuerzas liberar Chile y con los apoyos de este Reino, sumados
a los suyos, organizar una gran expedición que acabase con el poder realista en el Perú, única
forma, a su juicio, de asegurar la independencia americana: "Ya le he dicho a Ud. mi secreto. Un ejército
pequeño y bien disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar allí con los godos, apoyando
un Gobierno de amigos sólidos para acabar también con los anarquistas que reinan
(28). Aliando
las fuerzas, pasaremos por el mar a toma Lima; ese es el camino y no éste, mi amigo. Convénzase
Ud., de que hasta que no estemos sobre Lima, la guerra no se acabará"
(29).
El genio organizador y militar de
San Martín, unido a la abnegada colaboración
de O'Higgins y los emigrados chilenos dio origen al Ejército de los Andes, el más profesional, disciplinado
y eficaz que hasta entonces había conocido la América. Vencedor en Chacabuco, su capacidad,
los recursos y sacrificios del Estado de Chile, crearon a la Expedición Libertadora al Perú:
un ejército de 6.000 hombres, chilenos en un 90% y la más poderosa flota de América española.
Conquistada Lima, se organizó el primer Gobierno peruano independiente con
José de San Martín
como Protector y cabeza del Poder Ejecutivo: el 3 de agosto de 1821 publicaba un decreto de siete artículo:
"Quedan unidas desde hoy en mi persona -decía el primero- el Mando Supremo político y militar
de los departamentos libres del Perú bajo el título de Protector".
En la exposición de principios que lo precedían, formulaba
San
Martín la siguiente declaración: "La experiencia de 10 años de revolución
en Venezuela, Nueva Granada, Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata, me ha hecho conocer los
males que ha ocasionado la convocación intempestiva de Congresos, cuando aún subsistían
enemigos en aquellos países. Primero es asegurar la independencia, después se pensará
en establecer la libertad sólidamente".
Un estatuto provisional de 8 de octubre de 1821 concentró en el Protector
los Poderes Ejecutivo y Legislativo. El Judicial quedó independiente. "Pero me abstendré
de mezclarme jamás en el ejercicio de funciones judiciales". Un Consejo de Estado compuesto de
doce individuos, designados por el Protector, hacía las veces de Senado con votos meramente consultivo.
Este régimen era estrictamente provisional, "La religiosidad con
que he cumplido mi palabra en el curso de mi vida pública, me da derecho a ser creído, y yo la comprometo
ofreciendo solemnemente a los pueblos del Perú que en el momento mismo en que sea libre este territorio,
haré dimisión del Mando para hacer lugar al Gobierno que aquello tengan a bien elegir".
Enfatizaba así el rol provisional de su gestión. El general
San Martín pensaba establecer
en el Perú una monarquía constitucional. Así es que todos sus esfuerzos se encaminaron
a prepararle el terreno. Conservó la nobleza, nacionalizándola, tanto para que sirviera de
ornato al trono, como para no chocar con la fuerza social que representaba. Los títulos de Castilla
pasaron a denominarse títulos del Perú. A su lado constituyó la Orden del Sol,
para crear una aristocracia del talento, del valor y las virtudes cívicas
(30).
Con la finalidad de ofrecer la Corona del Perú a algún príncipe
de las casas reinantes europeas, "San Martín y sus ministros resolvieron enviar a Europa una
misión formada por el ministro de Gobierno, Juan García del Río, y por el coronel Diego Paroissien,
elevado a brigadier, con el encargo de ofrecer la Corona del Perú a un Príncipe de las casas reinantes,
de acuerdo con las instrucciones que se les daría por escrito. El 24 de diciembre de 1821 se reunió
el Consejo de Estado y aprobó el pliego de instrucciones a que deberían ceñirse los enviados:
-
Para conservar el interior del Perú y a fin de que este Estado adquiera
la respetabilidad exterior de que es susceptible conviene el establecimiento de un Gobierno vigoroso, el reconocimiento
de la independencia y la alianza o protección de una de las potencias de primer orden de Europa. La
Gran Bretaña, por su poder marítimo, sus créditos y bastos recursos, como por la bondad de
sus instituciones, y la Rusia, por su importancia política y poderío, se presentan bajo un carácter
más atractivo que las demás: están, de consiguiente, autorizados los comisionados para
explorar como corresponde y aceptar que el Príncipe de Sussex - Coburgo (Ernesto I, 1794 - 1844), Duque
de Sajonia - Coburgo, hermano de Leopoldo I, Rey de los Belgas; y en su defecto, Augusto Federico, Duque de Sussex
(1773 - 1840), noveno hijo de Jorge III de Gran Bretaña, o en su defecto, uno de la dinastía reinante
de la Gran Bretaña pase a coronarse Emperador del Perú. En este último caso darán
la preferencia al Duque de Sussex, con la prcia condición de que el nuevo jefe de estas monarquías
limitadas abrace la religión católica, debiendo aceptar y jurar al tiempo de su recibimiento la Constitución
que le diesen los representantes de la Nación; permitiéndole venir acompañado a lo sumo,
de una guardia que no pase de trescientos hombres. Si lo anterior no tuviese efecto, podrá aceptarse
algunas de las ramas colaterales de Alemania, con tal de que estuviera sostenida por el Gobierno británico;
o uno de los príncipes de la casa de Austria, con las mismas condiciones y requisitos.
-
En caso que los comisionados encuentren obstáculos insuperables
por parte del Gabinete británico, se dirigirán al Emperador de la Rusia como el único poder
que puede rivalizar con Inglaterra. Para entonces están autorizados los enviados para aceptar un Príncipe
de aquella dinastía o algún otro a quien el Emperador asegure su protección.
-
En defecto de la Casa de Brunswick, Austria o Rusia, aceptarán los
enviados a algunos de Francia o Portugal; y, en último recurso, podrán admitir de la Casa de España
al duque de Luca, sujetándose en un todo a las condiciones expresadas, y no podrán de ningún
modo venir acompañado de mayor fuerza armada.
-
Quedan facultados lo enviados para conocer ciertas ventajas al Gobierno
que más nos proteja y podrán proceder en grande para asegurar al Perú una fuerte protección
y para promover su felicidad. Y para constancia lo firmaron en la sala de sesiones del Consejo, a 24 de diciembre
de 1821, en la heroica y esforzada ciudad de los libres. "José de San Marín - el conde
del Valle de Oselle - el conde de la Vega de Ren - Francisco Javier Moreno - Francisco Javier de Echague - el marqués
de Torre Tagle - Hipólito de Unanue - el conde de Toro Velarde - el ministro interino de Gobierno, Bernardo
Monteagudo"
(31).
Este monarquismo de
José de San Martín no obedece a la creencia
en el derecho divino de los reyes ni a apreciaciones de carácter dinástico, sino al convencimiento
de que la monarquía constitucional era una fórmula adecuada para evitar la entronización de
la anarquía en la América española. Asimismo, considera que el instaurar monarquías
autónomas en los antiguos reinos indiano-hispánicos sería un antídoto contra su posible
disgregación causada por el incremento de los sentimientos localistas.
Por otra parte, la creación de estas nuevas monarquías facilitaría
el reconocimiento de la Independencia de América hispana por parte del Viejo Mundo. Máxime
si los ocupantes de los tronos de los noveles Estados pertenecían a las casas reinantes de Europa
(32).
La empresa de consolidar la independencia del Perú mediante la implantación
de una monarquía constitucional bajo el cetro de un príncipe europeo concluyó en un absoluto
fracaso. San Martín debió marchar al exilio en el viejo continente. Desde allí
observó desalentado cómo la Argentina se desangraba en medio de los conflictos entre unitarios y
federales (33). Subsistió, modestamente, gracias a la protección del banquero Aguado,
uno de sus antiguos compañeros de armas, y los sueldos que el pagaban las repúblicas que su espada
ayudó a emancipar del imperio Hispánico
(34).
De
José de San Martín quedó el legado de una fuerza armada
profesional, disciplinada, consagrada a su rol de salvaguardia de la patria. Asimismo, el ejemplo de
su voluntad realizadora, capaz de sobreponerse a todas las dificultades. Pero sus concepciones políticas
no lograron arraigar entre los americanos; su patria, Argentina, vivió aciagos días de pugnas fratricidas;
el Perú, tras el colapso del Protectorado sanmartiniano, cayó bajo la influencia de varios caudillos
rivales y sufrió un largo período de caótica inestabilidad.
A través del estudio hecho en nuestro trabajo: "El Pensamiento
Político del Libertador; Perspectiva y Vigencia"
(35), resumimos los principales aspectos del pensamiento
e inquietudes políticas del Padre de la Patria,
don Bernardo O'Higgins Riquelme:
-
Una República autoritaria, dotada de un Poder Ejecutivo fuerte,
de carácter castrense, que gobierne con un sentido educador y teniendo como meta el desarrollo en constante
progreso;
-
La
existencia de un Ejército y Marina eficaces, capaces de
garantizar la soberanía nacional y la libertad;
-
La preservación de las fronteras fijadas al antiguo Reino de Chile,
procurando la integración de sus habitantes y su sometimiento a la ley nacional;
Promover una expansión ultramarina a través del Pacífico, adquiriendo nuevos territorios
y mercados para nuestros productos;
-
Una
democracia social, donde no existiesen clases ni grupos
privilegiados, pero reduciendo la participación política
a la parte más ilustrada de la población;
-
Traer a nuestras costas una importante inmigración
extranjera que contribuya a promover el desarrollo
económico explotando las riquezas intactas;
-
La
Iglesia debe cumplir un importante rol social, pero está
conminada a respetar los derechos concedidos al Estado
en el Patronato y adherir a la organización política
vigente en Chile;
-
Progresismo, labor educadora del Estado, la que tendría
por misión cambiar favorablemente los hábitos y
mentalidad del pueblo.
El Libertador tuvo ocasión de presenciar la entrada triunfante del
Ejército restaurador a Lima, bajo la conducción del general Manuel Bulnes Prieto y contemplar a Chile
convertido en la primera potencia de la América española. Los conductores de la denominada
República Autoritaria llevarían a cabo la mayor parte de las iniciativas preconizadas por el Padre
de la Patria, quien al morir, cuando se aprestaba a regresar a ésta, exclamó: "¡Magallanes!,
como si pasare revista a la geografía de un Chile, ejemplo del continente.
(*) Profesor Asociado en el Departamento de Ciencias Históricas y Sociales
de la Facultad de Educación, Humanidades y Arte de la Universidad de Concepción. Estudio publicado
por la "Revista Libertador O'Higgins", Año IX / Nº9, páginas 61 - 71, Instituto O'Higginiano
de Chile, Santiago de Chile, 1992.
(1) Por ejemplo, en las guerras de la Independencia de Chile, el mayor contingente
peninsular en los ejércitos realistas lo tuvo el mandado por el brigadier Mariano Osorio en Maipú.
De un total de más de 5.000 hombres, menos de 2.000 eran españoles europeos. Estos constituían
los regimientos Infante don Carlos e Infantes de Burgos.
(2) Si bien, tal como ha demostrado, entre otros, Néstor Meza Villalobos,
existía en le período monárquico una rica vida política e inquietudes cívicas
en el sector ilustrado de la sociedad chilena, ello no significaba un aporte, pues los hombres de la Independencia
se esforzaron por erradicar toda reminiscencia del pasado hispánico.
(3) Al respecto, nos remitimos a nuestros trabajos: "El Pensamiento Político del Libertador: Perspectiva
y Vigencia", Revista Libertador O'Higgins, Nº5, 1988, páginas 29-46; y "O'Higgins y
el Ordenamiento Constitucional de Chile", Revista Libertador O'Higgins, Nº6, 1989, páginas 15-33.
(4) El carácter de reinos asociados entre sí por el soberano común
de las Indias Occidentales y la Metrópoli, junto a los demás dominios europeos de los Austria, ha
quedado sobradamente demostrado por Ricardo Levene, Jaime Eyzaguirre, Fernando Campos Harriet y otros.
(5) Los dos pretendientes hacían valer su parentesco con la extinguida casa
real hispana. Carlos de Austria, al igual que ellos, descendía de "Felipe el Hermoso" (Felipe
I de Castilla) y de "Juana la Loca" (hija de los Reyes Católicos); Felipe de Anjou apoyaba sus
pretensiones en su relación familiar con Ana y María Teresa de Austria, reinas de Francia, esposas
de Luis XIII y Luis XIV, respectivamente, cuya sangre llevaba. Por otra parte, se alegaba que España
no había cumplido diversas obligaciones derivadas del Contrato de Dote de María Teresa de Austria.
(6) Podemos hablar ya de "España", debido a que la labor centralizadora
de los reyes de Austria, en especial Felipe II, ha ido limando las diferencias existentes entre los distintos reinos
peninsulares. En Indias Occidentales, por el contrario, debido a una serie de circunstancias: Arribo
de inmigración diferenciada, origen y calidades; mayor o menor empleo de mano de obra esclava africana;
pacificación definitiva o guerra permanente, entre otras, acentuaban las diferencias existentes entre las
diversas unidades políticas americanas del Imperio.
(7) El concepto de "equilibrio" postula la inexistencia en el área
de ninguna potencia capaz de amenazar la independencia o integridad de las otras. La posible unión
de España y Francia: "Ya no ha Pirineos, señor, somos una sola nación" (Marqués Castell dos Rius, embajador de España a Luis XIV, al proclamar a Felipe V) implicaba una notoria alteración
del equilibrio europeo.
(8) Felipe V debió renunciar a todo posible derecho, para sí y de
sus descendientes a la Corona francesa, en forma tal que nunca estos Estados estuviesen bajo un mismo cetro.
Asimismo, reconocer la legitimidad de la presencia británica, holandesa y francesa en América.
Además, efectuar diversas concesiones económicas a Gran Bretaña y Holanda en Indias Occidentales.
(9) Sobre esta temática, véase: Carlos Villanueva: La Monarquía
en América. Librería Paul Ollendorf. París, Francia, 1911.
(10) Se consideraba que Carlos IV había caído en indignidad por haber
abdicado la Corona en Napoleón, quien, a su vez, la traspasó a José Bonaparte.
(11) El presunto cautivo disfrutaba de un hermoso castillo y todo tipo de distracciones
en Francia.
(12) Al respecto, véase: Carlos A. Villanueva: La Monarquía en América.
Librería Paul Ollendorf, París, Francia, 1911.
(13) Rufino Blanco-Fombona: El Pensamiento Vivo de Bolívar. Editorial
Losada S.A. Buenos Aires, Argentina.
(14) Rufino Blanco-Fombona, obra citada, páginas 30-31.
(15) Carta a Guillermo White, 26 de mayo de 1820.
(16) Discursos y correspondencia del Libertador Simón Bolívar.
(17) Discurso ante el Congreso de Angostura, 15 de febrero de 1819.
(18) Discursos y correspondencia del Libertador Simón Bolívar.
(19) Rufino Blanco-Fombona, Obra citada, página 11.
(20) Rufino Blanco-Fombona, obra citada páginas 46-47.
(21) Se refiere a las repúblicas "bolivarianas", en las cuales
este prócer actuó.
(22) Discurso ante el Congreso de Angostura, 15 de febrero de 1819.
(23) Id. anterior
(24) Id. anterior.
(25) Id. anterior.
(26) Rufino Blanco-Fombona, obra citada, página 50.
(27) Mario Barros van Buren, Historia Diplomática de Chile, 1541-1938. Editorial
Ariel. Barcelona, 1970, página 83 -84.
(28) Alude aquí a Carrera y sus amigos; cabe destacar que aún subsistía "la Patria Vieja".
(29) Carta a Rodríguez Peña, 22 de abril de 1814.
(30) Francisco Antonio Encina Armanet, Historia de Chile, tomo Nº15, página
176. Ediciones Ercilla, Santiago, 1984.
(31) Francisco Antonio Encina Armanet, obra citada, tomo 15, páginas 197-198.
(32) José de San Martín postulaba que las coronas de los reinos hispanoamericanos
fuesen ejercitadas por príncipes europeos, a diferencia de otros, como Francisco de Miranda, que favorecían
a pretendientes incásicos o autóctonos. Estimaba que reyes originarios de América no
serían respetados y no favorecerían el reconocimiento de la Independencia de América por parte
da las monarquías europeas.
(33) San Martín, coincidiendo con Bolívar y O'Higgins en ello, siempre
rechazó el federalismo, al que consideraba causal de anarquía. Asimismo, constantemente rehusó
participar en las pugnas civiles entre americanos.
(34) Entre otras, Chile, lo que fue muy apreciado por el prócer.
(35) Revista Libertador O'Higgins, Nº 5, 1988, páginas 29-46.
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