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Para 1828 ni larga ni pesada podía considerarse la autoridad presidencial
de Bolívar, puesto que no la había ejercido sino cortos meses en los intervalos de sus largas campañas.
Lo más que podían atribuirle sus enemigos eran "proyectos liberticidas". Sin embargo, ya
en los diarios de Bogota se había hecho la apología del "tiranicidio", y en aquellas "tertulias
de los patriotas", de que hablaba Santander en su carta a Madiedo, se recitaban estos versos de Vargas Tejada:
Si de Bolívar la letra con que empieza
y aquella con que acaba le quitamos
"Oliva" de la paz símbolo, hayamos.
Esto quiere decir que la cabeza
al Tirano y Los pies cortar debernos
si es que una paz durable apetecemos.
Todavía sesionando la Convención de Ocaña, Le llegaron al Libertador informes de que se pensaba
asesinarlo; a los cuales, como sucede siempre en esos casos, no dio crédito. "Aunque le es bien conocida
la maldad del general Santander y de sus compañeros, no podía creer que llegase hasta formar tal
proyecto", anotó Perú' de Latroix. Otra conspiración con el mismo objeto se tramó
para realizarla el 10 de agosto durante un gran baile de mascaras con que se debía celebrar el aniversario
de la entrada de Bolívar en Bogotá después de la Victoria de Boyacá. Se frustró
debido a una desesperada estratagema de Manuelita Sáenz: Se presentó en la fiesta desgreñada,
sucia y haciendo contorsiones, lo cual enfureció al Libertador y lo hizo abandonar el baile prematuramente.
El proyecto estaba, pues, en marcha, cuando Bolívar asumió la dictadura a consecuencia de la disolución
de aquella asamblea y del pronunciamiento de Bogotá. Uno de los principales conjurados, el doctor Florentino
Gonzáles (esposo de la bella Bernardina Ibáñez, tan cortejada por el Libertador) cuenta en
una Narración publicada muchos años después: "Era nuestro objeto destruir este régimen,
apoderándonos de las personas de Bolívar y sus Ministros, venciendo la resistencia que pedíamos
encontrar en algunos grupos de la fuerza armada; y poner en seguida a la cabeza del gobierno al jefe constitucional
de la nación (Santander), quien dispondría de la suerte de los usurpadores".
Tan desprevenido estaba Bolívar, que el 21 de septiembre fue de paseo, acompañado solamente por dos
amigos, al pueblo de Soacha, cerca de Bogotá; lo cual quiso aprovechar otro de 1os conjurados, el venezolano
Pedro Carujo, para realizar, acompañado por cuatro asesinos, el diabólico proyecto. parece que desistieron
debido a la intervención de Santander, y entonces fijaron los comprometidos una nueva fecha, el 28 del mismo
mes. Pero el día 25 en la tarde, habiendo sido arrestado por amenazas imprudentes que profirió en
publico, un tal capitán Benedicto Triana, que estaba en el plan. todos se creyeron descubiertos, y decidieron
intentar aquella misma noche el asesinato. Contaban con la cooperación de algunos militares, entre ellos
el jefe de Estado Mayor de la plaza y "resolvimos (narra González) arrostrar todos los peligros, tomar
a viva fuerza los cuarteles de Vargas y Granaderos y el palacio del Dictador, y apoderarnos de la persona de éste,
vivo o muerto, según fuese posible, en medio de la lid en que íbamos a entrar. Ya no podíamos
lisonjearnos de triunfar sino con la impresión de terror que causase en nuestros contrarios la noticia de
la muerte de Bolívar, y ella fue resuelta, en aquel momento 5upremo, en que ya era imposible arreglarnos
al plan primitivo.
A las doce de la noche acometieron el asalto al palacio presidencial, lograron asesinar al centinela y a un cabo
que se les resistió; dominaron al resto de la guardia, que nada sospechaba; al teniente Andrés Ibarra,
único edecán del Libertador que dormía allí y que salió, casi desnudo, a hacerles
frente, lo hirieron de un sablazo, "creyendo que era Bolívar", dice González, y llegaron,
ya como vencedores, y profiriendo gritos y amenazas, al propio dormitorio del Libertador.
Pero entonces, narra el mismo conjurado, "me salió a1 encuentro una hermosa señora, con 'una
espada en la mano; y con admirable presencia de ánimo, y muy cortésmente, nos preguntó que
queríamos".
Era Manuelita Sáenz, que Bolívar había llamado a su lado aquella noche porque se sentía
enfermo, y que según su costumbre le cuidó y le leyó hasta verlo dormido. Fue ella también
quien oyó los primeros ruidos del asalto, despertó al Libertador, lo ayudó a vestirse y logró
convencerlo de que se tirase a la calle por una ventana que 1os asesinos habían descuidado. "no fui
a encontrarme con ellos" narró después ella misma, "para darle tiempo a que se fuese, pero
no tuve tiempo para verle saltar ni para cerrar la ventana. Desde que me vieron1 me agarraron y me preguntaron:
¿dónde está Bolívar? Les dije que en el Consejo, que fue lo primero que Se me ocurrió.
Registraron la primera pieza con tenacidad, pasaron a la segunda, y viendo la ventana abierta, exclamaron: huyó,
se ha salvado.
Los conjurados mataron también al coronel Ferguson, otro de los edecanes, que estaba enfermo fuera de palacio
y corrió hacia este para cumplir con su deber; y en el cuartel de artillería, que atacaron para libertar
a Padilla, asesinaron al coronel José Bolívar, venezolano pero no pariente del Libertador.
Bolívar entre tanto se refugió bajo un puente, mientras su repostero, al cuál encontró
por casualidad en el momento de lanzarse por la ventana, iba a informarse cual era la situación en los cuarteles.
Estos, naturalmente, se habían conservado fieles, y muy pronto la indignación que despertó
en el pueblo y en el ejército la noticia del atentado, atemorizó a los conjurados. Grupos enardecidos
recorrían las calles dando vivas al Libertador y grito. de muerte contra los asesinos; y al general Santander
tuvo que buscar refugio en la casa del general Urdaneta, Ministro de la Guerra, porque desde el primer momento
todos le señalaban como el autor intelectual del crimen.
El primer impulso del Libertador file perdonar a todos los comprometidos, y quiso prohibir que Manuelita fuera
llamada para identificar a los que habían entrado en palacio. "Esta señora, dijo, jamás
será el instrumento de muerte ni la delatora de desgraciados". Y acerca de Santander decía en
carta a Sucre 'un mes después' de los acontecimientos: "estoy desbaratando el abortado plan de conspiración;
todos los cómplices serán' castigados más o menos; Santander es el principal, pero es el más
dichoso, porque mi generosidad lo defiende.
Sin embargo, juzgados conforme a la ley de conspiradores, catorce de los acusados. fueron condenados a muerte,
cinco de ellos individuos de tropa anónimos y, entre los principales, el general Padilla; Florentino González,
Pedro Carujo y otros de los mas culpables solo fueron sentenciados a prisión y, debido a diferentes circunstancias,
quedaron libres poco después'; a Santander le conmutó Bolívar la pena de muerte por la de
destierro, y antes de terminar el año fueron indultados los que se habían fugado u ocultado. "Seguimos
la causa de los conspiradores -informaba Bolívar a O'leary-. y se van ejecutando las sentencias con más
0 menos rigor, según lo exigen 1os hechos y los delitos; pero mí corazón esta' quebrantado
.de pena por esta negra ingratitud; mi dolor será' eterno, y la sangre de los culpables reagrava mis sentimientos.
Yo estoy devorado por sus suplicios y por los míos.
En todas sus determinaciones se reflejaba ese escrúpulo de orden moral que atormentaba al Libertador: bajo
la obsesión de que sus adversarios se habían hecho dueños de los principios de libertad y
justicia en cuyo nombre había procedido siempre, no osaba tomar ninguna determinación sino después
de dudas mortales, a menudo se contradecía y desconcertaba a sus amigos, 0 Se exasperaba cuando estos le
aconsejaban proceder con la energía que nunca le había faltado. Toda su actuación durante
aquellos tres últimos años de su vida está marcada por esta angustia incesante, y por eso
hemos dicho que fue entonces en el momento de su fracaso como político cuando alcanza, por ese dolor de
tan fina calidad espiritual, el máximum de su grandeza intima. Bajo el peso de una autoridad al parecer
omnipotente y que en realidad no se atrevía a usar, la Lucidez con que analiza su tragedia no lo ayuda sin
embargo a salir de ella. En carta a Urdaneta lo había comentado así: "debo irme a romper con
el mal. Lo ultimo seria tiranía y lo primero no se puede llamar debilidad, pues no la tengo. Estoy convencido
de que Si combato triunfo y salvo el Pals y UD. sabe que yo no aborrezco los combates. Mas, ¿Por qué
he de combatir contra la voluntad de los buenos que se llaman libres y moderados? Me responderán a esto
que no consulte' a estos mismos buenos y libres para destruir a los españoles y que desprecie' para esto
la opinión de los pueblos; pero los españoles se llamaban tiranos, serviles, esclavos, y los que
ahora tengo al frente se titulan con los pomposos nombres de republicanos, liberales, ciudadanos. He aquí
lo que me detiene y me hace dudar"
"He aquí lo que me detiene y me hace dudar": preciosa prueba, ante la posteridad, de que aquellos
principios de moral pública eran más sinceros en el que en sus enemigos. Y de que ni Santander, ni
Páez lo detuvieron, sino ese valladar invisible que ó1 mismo colocaba ante si.
En vano se esforzaba a veces en identificar su situación presente con la de sus mejores días. Hasta
en esos momentos, la esperanzada invocación terminaba en el dilema hamletiano que lo paralizaba: "Cuando
me hablan de valor y de audacia ~escribe~ siento revivir todo mi ser, y vuelvo a nacer, por decirlo así,
para la patria y para la gloria. ¡Cuán dichosos fuéramos Si nuestra sabiduría se dejara
conducir por la fortaleza! Entonces yo ofrecería hasta lo imposible; entonces se salvaría Colombia
y el resto de la América también. Que se unan, pues, todos nuestros amigos en este sentimiento y
se alejarán para siempre de mi boca esas indignas palabras de peligro y de temor; que me manden salvar la
Republica, y salvo la América toda; que me manden desterrar la anarquía, y no queda ni su memoria.
Cuando la ley me autoriza, no conozco imposibles"
Este dolor insomne, y el quebranto producido en su vacilante salud por las horas que pasó a la intemperie
en la noche fatal, lo habían reducido al mis lastimoso estado. El representante diplomático de Francia
lo vio así: "Llegamos a la quinta y nos recibió doña Manuela Sáenz. Nos dijo que
aun cuando el héroe estaba muy enfermo, anunciaría nuestra visita. Pocos momentos después
apareció 'el hombre de cara muy larga y amarilla, de apariencia mezquina, con un gorro de algodón,
envuelto en su bata, con las piernas nadando en un ancho pantalón de franela. A las prime ras palabras que
le dirigimos respecto a su salud: "¡Ay! -nos respondía enseñándonos sus brazos
enflaquecidos no son las leyes de la naturaleza las que me han puesto en este estado, sino las penas que me roen
el corazón. Mis conciudadanos, que no pudieron matarme a puñaladas, tratan ahora de asesinarme moralmente
con sus ingratitudes -y calumnias. Cuando yo deje de existir, esos demagogos se devoraran' entre si, como lo hacen
los lobos, y el edificio que construí con esfuerzos sobrehumanos se desmoronara' en el fuego de las revoluciones.
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