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Desde el principio fue el caos Por: Alfredo Coronil Hartmann El Universal, Caracas, domingo 18 de mayo, 1997 |
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Un análisis de nuestra cortísima historia de nación nos obliga a llegar a la conclusión de que estábamos y estamos, aparentemente, predeterminados a militar en la noria de los copistas, más o menos ilustres, de modelos y modas institucionales en boga en otras y lejanas latitudes, en pueblos y culturas que poco o nada tenían que ver con la realidad de ese invento, de esa argamasa de yuxtaposiciones que se llamó, hace escasísimos 220 años, la Capitanía General de Venezuela, destinada a vivir como Cristo apenas 33 años, debido a que el 19 de Abril de 1810 le dábamos la extremaunción con la creación de aquella ficción cómica que fue la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, para cumplir meses después con la formalidad del Acta de Independencia, emanada de aquel primer y despistado Congreso en julio del año 1811, cuyo pecado mortal y mortífero fue la Carta Magna de 1811, copia desvergonzada de la Unión Americana, los Derechos del Hombre y del Ciudadano y textos calcados de la Revolución Francesa, limpia, eso sí, de toda connotación 'venezolana' si es que el gentilicio es aplicable a ese momento histórico el texto constitucional o estatuto político pareciera hecho exprofeso para garantizar el fracaso de la naciente República: organización federal, un poder ejecutivo plural ¡por Dios!, en lugar de las ilustres firmas de los padres fundadores y agazapada tras las vistosas rúbricas se ocultaba el espíritu de Domingo de Monteverde. La utopía federal y rosa y los cabildeos caraqueños ataron las manos del generalísimo Miranda, la caída de Puerto Cabello que le arrancara aquel adolorido 'La Venezuela est blessée aucoeur' y el premonitorio y vigente '¡bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche!' que parece haber quedado tatuado como una maldición bíblica en el corazón de la nación, terminaron en la ominosa madrugada de La Guaira en la que un grupo de mozalbetes inmaduros (entre ellos el futuro Libertador) entregaron al envejecido héroe de Valmy y tantas otras jornadas, al primer venezolano universal, en manos de los españoles, firmando simultáneamente su pasaporte y partida de defunción a La Carraca. Todo ello ocurrió por ignorar que la premisa de toda obra perdurable son unas buenas y sólidas bases, si la obra es un país, esas bases son el conocimiento profundo de su historia, su cultura, su integración o desintegración étnica, social y religiosa, su realidad económica y tantos otros factores vitales. El 'pecado original' de nuestros constituyentes de 1811 ha podido y debido ser enmendado, en lugar de ello perseveramos en el error como claramente se desprende de la monumental Historia Constitucional de Venezuela de don José Gil Fortoul, con altos y bajos como es lógico, la tarea, el verdadero reto era evidente. Concurríamos a la formación de un continente libre con casi dos siglos de desventaja, los virreinatos de La Nueva España (México), del Perú, Del Río de la Plata y de la Nueva Granada empezaron a formarse en el siglo XVI, nosotros hasta fines del siglo XVIII éramos unas provincias desperdigadas, con diferentes lugares de adscripción: Nueva Granada, La Española (Santo Domingo), Cuba o directamente dependientes de la metrópoli. Un habitante de La Nueva Andalucía (Cumaná) en 1807 por ejemplo nada tenía en común con un marabino, ni siquiera con un caraqueño. Había, pues, que empezar por crear una conciencia nacional, un sentido de Estado y de pertenencia, la fe en un futuro mejor y compartido, instituciones comunes y eficientes. Y esta claridad de metas, a despecho de colores políticos y de textos mitológicos, como solían llamar los viejos constitucionalistas a la 'carta' que en el momento 'rigiera' la República, divide y caracteriza a nuestros gobernantes de los siglos XIX y XX. El glorioso general Páez vendido según los textos escolares a una ominosa 'oligarquía conservadora' fue el primero de los constructores de la República, organizador de su incipiente hacienda pública con su ministro Santos Michelena, su segunda presidencia es considerada por calificados historiadores como el mejor gobierno que ha conocido la República, pues bien su obra de unificación y vertebración del país fue retomada después del sangriento y fatal drama de la Guerra Federal por su supuesta antípoda ideológica, el general y abogado Antonio Guzmán-Blanco y a su vez la obra de ese refinado y afrancesado gobernante liberal amarillo fue llevada a su máximo grado de logro por un zamarro e inteligentísimo estadista nato, o si Uds. prefieren denominarlo así, intuitivo genial de escasa educación formal, el Benemérito General Juan Vicente Gómez, la obra justifica el ditirambo: unificador y pacificador de la República después de casi 100 años de guerra civil, creador de la Hacienda Pública, creador del Ejército, la Marina y la Aviación nacionales, liberador de la deuda externa, intransigente defensor de la soberanía territorial, liquidador del caudillismo regional, con él y sólo después de él, Venezuela tuvo un gobierno único en todo el territorio nacional. Los errores y los horrores también son en buena medida ciertos, pero la obra es aplastante. Con este accidentado proceso de marchas y contramarchas, difíciles y costosas en sangre y recursos, como telón de fondo, un círculo de teorizantes de laboratorio unos egg heads en el sentido gringo de la expresión se les ocurrió convertir una necesidad nacional, comprendida y compartida por todos: la descentralización de los servicios públicos y el redimensionamiento del Estado en la desintegración de la unidad nacional todavía incipiente. Este ingrediente, la sacrosanta e incomprendida, absurda y ajena descentralización ha venido a sumarse como explosivo ingrediente a la incoherencia esencial de un sistema condenado desde el espejismo de 1811. Los que aspiren a gobernarnos deben entender que ya casi no hay tiempo para voltear la clepsidra (léase reloj de arena), se trata de crear una democracia aplicable a nuestra realidad, basta de pajaritas gordas, de necias soluciones cosméticas, de inventos publicitarios. Lo que viene es duro y es arduo y quien no lo entienda que se dedique a juegos florales o a hacer florecitas de migajón de pan. La tarea es heroica y tiene que ser colectiva, pensemos bien en el ciudadano que pueda soportar la carga y sumar las voluntades.
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Alfredo Coronil Hartmann |
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© Copyright Johannes W. de Wekker junio, 2004 |