DOÑA MANUELA SÁENZ,
LA LIBERTADORA

Ricardo Palma ( Lima, 1856) 

El puerto de Paita, por los años de 1856, en que era yo contador a bordo de la corbeta Loa, no era, con toda la mansedumbre de su bahía y excelentes condiciones sanitarias, muy halagüeña estación naval para los oficiales de Marina. La sociedad de familias con quienes relacionarse decorosamente era reducidísima. En cambio, para el burdo marinero, Paita, con su barrio de Maintope, habitado una puerta si y otra también por proveedoras de hospitalidad (barata por el momento pero carísima después por las consecuencias), era otro paraíso de Mahoma, complementado con los nauseabundos guisotes de la fonda o cocinería de don José Chepito, personaje de inmortal renombre en Paita.

De mi se decir que rara vez desembarcaba, prefiriendo permanecer a bordo entretenido con un libro o con la charla jovial de mis camaradas de nave.

Una tarde, en unión de un joven francés dependiente de comercio, paseaba por calles que eran verdaderos arenales. Mi compañero se detuvo a inmediaciones de la iglesia y me dijo:

¿ Quiere usted, don Ricardo, conocer lo mejorcito que hay en Paita? Me encargo de presentarlo y le aseguro que será bien recibido.

Ocurriome que se trataba de hacerme conocer alguna linda muchacha; y como a los veintitrés años el alma es retozona y el cuerpo pide jarana, conteste sin vacilar:

  • A lo que estamos, benedicamos, franchute. Andar y no tropezar.

  • Pues en route, mon cher.

Avanzamos media cuadra de camino y mi cicerone se detuvo a la puerta de una casita de humilde apariencia. Los muebles de la sala no desdecían en pobreza. Un ancho sillón de cuero con rodaje y manizuela, y vecino a este un escaño de roble con cojines forrados en lienzo; gran mesa cuadrada en el centro; una docena de silletas de estera, de las que algunas pedían inmediato reemplazo; en un extremo, tosco armario con platos y útiles de comedor, y en el opuesto una cómoda hamaca de Guayaquil.

En el sillón de ruedas, y con la majestad de una reina sobre su trono, estaba una anciana que me pareció representar sesenta años a lo sumo.

Vestía pobremente, pero en aseo, y bien se adivinaba que ese cuerpo había usado en mejores tiempos gro, raso y terciopelo.

Era una señora abundante en carnes, ojos negros y nimadisimos, en los que parecía reconcentrado el resto de fuego vital que aun le quedara, cara redonda y mano aristocrática.

  • Mi señora doña Manuela - dijo mi acompañante- presento a usted a este joven, marino y poeta, porque se que tendrá usted gusto en hablar con el de versos.

  • Sea usted, señor poeta, bien venido a esta su pobre casa - contesto la anciana, dirigiéndose a mi con un tono tal de distinción, que me hizo presentir a la dama que había sido en la alta esfera social.

Y con ademán de cortesana naturalidad me brindo asiento.

Nuestra conversación esa tarde fue estrictamente ceremoniosa. En el acento de la señora había algo de mujer superior acostumbrada al mando y a hacer imperar su voluntad. Era un perfecto tipo de la mujer altiva. Su palabra era fácil, correcta y nada presuntuosa, dominando en ella la ironía.

Desde aquella tarde encontré en Paita un atractivo y nunca fui a tierra sin pasar una horita de sabrosa compañía con doña Manuela Sáenz. Recuerdo también que casi siempre me agasajaba con dulces, hechos por ella misma en un braserito de hierro que hacia colocar cerca del sillón.

La pobre señora hacia muchos años que se encontraba tullida. Una fiel criatura la vestía y desnudaba, la sentaba en el sillón de ruedas y la conducía a la salita.

Cuando yo llevaba la conversación al terreno de las reminiscencias históricas; cuando pretendía obtener de doña Manuela confidencias sobre Bolívar y Sucre; San Martín y Monteagudo u otros personajes a quien ella había conocido y tratado con llaneza, rehuía hábilmente la respuesta. No eran de su agrado las miradas retrospectivas y aun sospecho que obedecía a calculado propósito el evitar toda charla sobre el pasado.

Desde que doña Manuela se estableció en Paita, lo que fue en 1850, si la memoria no me es ingrata, cuanto viajero de alguna ilustración o importancia pasaba con los vapores, bien con rumbo a Europa o con procedencia de ella, desembarcaba atraído por el deseo de conocer a la dama que logro encadenar a Bolívar. Al principio doña Manuela recibió con agrado las visitas; pero comprendiendo en breve que era objeto de curiosidades impertinentes, resolvió admitir únicamente a personas que fueran presentadas por sus amigos del vecindario.

Esbocemos ahora la biografía de nuestra amiga.

Doña Manuela Sáenz, perteneciente a familia de holgada posición, nació en Quito, en las postrimerías del pasado siglo, y se educo en un convento de monjas de su ciudad natal. Era, en dos o tres años, mayor que su compatriota la guayaquileña Campusano. En 1817 contrajo matrimonio con don Jaime Thorne, medico ingles, que pocos años mas tarde vino a residir a Lima, acompañado de su esposa.

No podré precisar la fecha en que, rota la armonía del matrimonio por motivos que no me he empeñado en averiguar, regresó doña Manuela a Quito; pero debió ser a fines de 1822, pues entre las ciento doce caballerescas de la Orden del Sol figura la señora Sáenz de Thorne, que indudablemente fue una de las mas exaltadas patriotas.

Después de la victoria de Pichincha, alcanzada por Sucre en mayo del 22, llego el Libertador a Quito y en esa época principiaron sus relaciones amorosas con la bella Manuelita, única mujer que, después de poseída, logro ejercer imperio sobre el sensual y voluble Bolívar.

Durante el primer año de permanencia del Libertador en el Perú, la Sáenz quedo en el Ecuador entregada por completo a la política. Fue entonces cuando, lanza en ristre y a la cabeza de un escuadrón de caballería, sofoco un motín en la plaza y calles de Quito.

Poco antes de la batalla de Ayacucho se reunió doña Manuela con el Libertador que se encontraba en Huaura.

Todos los generales del ejercito, sin excluir a Sucre, y los hombres más prominentes de la época tributaban a la Sáenz las mismas atenciones que habrían acordado a la esposa legitima del Libertador. Las señoras únicamente eran esquivas para con la favorita, y esta, por su parte, nada hacia para conquistarse la simpática benevolencia entre los seres de su sexo.

Al regresar Bolívar a Colombia quedo en Lima doña Manuela; pero cuando estallo en la división colombiana la revolución encabezada por Bustamante contra la Vitalicia de Bolívar, revolución que hallo eco en el Perú entero, la Sáenz penetro disfrazada de hombre en uno de los cuarteles con el propósito de reaccionar un batallón. Frustrado su intento, el nuevo gobierno la intimo que se alejase del país, y doña Manuela se puso en viaje hasta juntarse con Bolívar en Bogotá. Allí Bolívar y su favorita llevaron vida intima, vida enteramente conyugal, y la sociedad bogotana tuvo que hacerse de la vista gorda ante tamaño escandallo. La dama quiteña habitaba en el palacio de gobierno con su amante.

La providencia reservaba a la Sáenz el papel de salvadora de la vida del Libertador, pues la noche en que los septembristas invadieron el Palacio, doña Manuela obligo a Bolívar a descolgarse por un balcón y viéndolo ya salvo en la calle, se encaro con los asesinos, deteniéndolos y extraviándolos en sus pesquisas para ganar tiempo y que su amante se alejase del lugar del conflicto.

Corazón altamente generoso, obtuvo doña Manuela que Bolívar conmutase la pena de muerte que el Consejo de guerra había impuesto, entre otros de los revolucionarios, a dos que fueron los que más ultrajes la prodigaron.

Bolívar se resistía a complacerla; pero su amada insistió enérgicamente y dos existencias fueron perdonadas. Nunca una favorita pudo emplear mejor su influencia para practicar acción más noble.

Muchos años después de la muerte de Bolívar, acaecida en diciembre de 1830, el Congreso del Perú (y entiendo que también uno de los tres gobiernos de la antigua Colombia) asigno pensión vitalicia a la Libertadora, apodo con que hasta en la historia contemporánea es conocida doña Manuela. Algo más. En

Su vejez no se ofendía de que así la llamasen, y en diversas ocasiones vi llegar a su casa personas que, como quien hace la más natural y sencilla de las preguntas, dijeron: "¿Vive aquí la Libertadora?" Doña Manuela sonreía ligeramente y contestaba: "Pase uses, ¿'qué quiere con la Libertadora?".

Qué motivos tuvo la amada de Bolívar para venir a establecerse y a morir en uno de los, por entonces, mas tristes lugarejos del Perú? La pobre baldada me dijo, un día en que aventure la pregunta, que había elegido Paita por consejo de un medico, quien juzgaba que con baños de arena recobrarían los nervios de la enferma la flexibilidad perdida. Alguien ha escrito que por orgullo no quiso doña Manuela volver a habitar en las grandes ciudades, donde había sido admirada como astro esplendoroso: temía exponerse a vengativos desdenes.

Cuando vino doña Manuela a residir a Paita, ya su esposo, Jaime Thorne, había muerto, y de mala manera. Thorne, asociado con un señor Escobar, trabajaba en la hacienda de Huayto, sobre cuya propiedad mantuvo ruidoso litigio con el coronel don Justo Harcelles, que alegaba también derechos al fundo como parte de su herencia materna. Una tarde de 1840 o 1841 en que Thorne, de bracero con una buena moza, que lo consolaba probablemente de las ya rancias infidelidades de doña Manuela, paseaba por uno de los callejones de la hacienda, tres enmascarados le dieron muerte a puñaladas. La voz publica (que con frecuencia se equivoca) acuso a Harcelles de haber armado el brazo de los incógnitos asesinos. También Harcelles concluyo trágicamente uno o dos años mas tarde, pues, caudillo de una revolución contra el gobierno del presidente general Vidal, fue fusilado en Huaraz.


  Articulo de Ricardo Palma ( fechado Lima, 1856).

Tomado de: Ricardo Palma, Tradiciones peruanas completas,
Madrid, Ed. Aguilar, 1964, pp. 1132-1135

Recopila : Daniel Mathews
Universidad Nacional del Centro del Perú
Huancayo Perú


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