Manuela:
Llegaste
de improviso, como siempre. Sonriente. Notoria. Dulce. Eras tú. Te miré. Y
la noche fue tuya. Toda. Mis palabras. Mis sonrisas. El viento que respiré
y te enviaba en suspiros. El tiempo fue cómplice por el tiempo que alargué
el discurso frente al
Congreso
para verte frente a mí, sin moverte, quieta, mía…
Utilicé
las palabras más suaves y contundentes; sugerí espacios terrenales con
problemas qué resolver mientras mi imaginación te recorría; los generales
que aplaudieron de pie no se imaginaron que describía la noche del martes
que nuestros caballos galoparon al unísono; que la descripción de
oportunidades para superar el problema de la guerra, era la descripción de
tus besos. Que los recursos que llegarían para la compra de arados y
cañones, era la miel de tus ojos que escondías para guardar mi figura
cansada, como me repetías para esconder las lágrimas del placer que te
inundaba.
Y
después,
escuché tu voz. Era la misma. Te di la mano, y tu piel me recorrió entero.
Igual… que los minutos eternos que detuvieron las mareas, el viento del
norte, la rosa de los vientos, el tintineo de las estrellas colgadas en
jardines secretos y el arco iris que se vio hasta la media noche. Fuiste
todo eso, enfundada en tu uniforme de charreteras doradas, el mismo con el
que agredes la torpeza de quienes desconocen cómo se construye la vida.
Mañana
habrá otra sesión del Congreso. ¿Estarás?
Simón.
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Nota: Desde que se conocieron en 1822, en
Quito, Simón Bolívar y Manuelita Sáenz hicieron méritos suficientes para
integrar la antología romántica de la historia al lado de parejas tan
insignes como Napoleón y Josefina, y Marco Antonio y Cleopatra. Su amor,
prohibido como muchos de los amores inmortales, quedó reflejado en una
amplia correspondencia que se alimentó aún más con la aparición del
libro Patriota y amante de usted (1993), de Editorial Diana, que incluye
el diario y algunas cartas inéditas de Manuelita.
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