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Cubierto de oro, el cacique indígena se sumergió en las aguas de
la laguna sagrada desde una balsa mientras los chamanes arrojaban ofrendas de oro y de esmeraldas a sus dioses.
La ancestral ceremonia de El Dorado desapareció años antes de la llegada de los españoles
a América, pero su leyenda atrajo oleadas de conquistadores y buscadores de fortuna a esta pequeña
laguna en los Andes colombianos. El Dorado, fantaseaban los invasores, ha de vivir en un país donde todo
es de oro.
La mítica ciudad de oro nunca fue descubierta, pero la búsqueda de El Dorado y sus fabulosas variantes
se extendió por el Nuevo Mundo a medida que se iba explorando, alimentado la avaricia y la imaginación
de los europeos.
Muchos exploradores regresaron sin fortuna y diezmados por las enfermedades, pero el nombre de El Dorado quedó
asociado desde entonces a un lugar de magníficas riquezas.
Varios países de Suramérica reivindican ser la fuente original de El Dorado, pero muchos historiadores
coinciden en afirmar que la Laguna Guatavita, a unas dos horas al norte de Bogotá, es el centro de la leyenda.
Desde la llegada de los españoles a la sabana de Bogotá en 1536, unos 100 kilos de oro han sido rescatados
del turbio fondo de la laguna por exploradores, y en 1968 una miniatura de oro representado al cacique dorado y
a los chamanes a bordo de la balsa fue descubierta en una cueva, lejos de Guatavita.
"El oro era un metal sagrado para las comunidades indígenas. Era un símbolo de fertilidad y
de vida. Pero para los europeos era moneda y riqueza", dijo Eduardo Londoño, un antropólogo
del Museo del Oro en Bogotá.
Hoy la laguna descansa tranquila, molestada sólo por el viento que forma remolinos sobre su superficie de
color verde azulado. El gobierno cerró la laguna al público este año porque los visitantes
lavaban los coches en sus aguas y arrojaban basura en vez de oro. Un vigilante solitario armado con una escopeta
es el único guardián del secreto de la laguna.
UN MITO DEL NUEVO MUNDO
Cristóbal Colón fue el primer europeo en registrar en su diario la existencia de tierras espléndidas
de oro tras su llegada a las islas de las Antillas.
Conscientes de la fascinación que el oro ejercía sobre los conquistadores, los indígenas empezaron
a contar historias de "sierras y montañas todas doradas" para alejar a los españoles de
las poblaciones, escribió Fray Bartolomé de Las Casas en su "Historia de Las Indias" en
el siglo XVI.
A medida que el Nuevo Mundo se iba descubriendo, el paradero mágico de El Dorado cambiaba de lugar. El Dorado
siempre estaba al otro lado de la montaña o más adentro en la jungla, con lo que las descripciones
se volvían cada vez más ricas: hasta árboles de oro había, afirmaron los más
exaltados.
Del mito y de las imágenes del Nuevo Mundo que brotaban ante los ojos de los españoles, surgieron
los primeros textos de una nueva literatura, la literatura hispanoamericana, conocida universalmente por su naturaleza
mágica.
Aventureros buscaron en vano El Dorado en Colombia, Ecuador, Perú, México y Venezuela, y se adentraron
en los ríos Amazonas y el Orinoco. Todos estos países reivindican ser la cuna de El Dorado.
"Los países americanos nos peleamos por la propiedad de El Dorado. Es un mito que forma parte de la
identidad de los países de América", dijo Londoño.
Ningún europeo presenció la ceremonia de El Dorado que los indios muiscas celebraban en Guatavita,
pero en 1636 el cronista Juan Rodríguez Freyle describió el rito basándose en testimonios
de generaciones posteriores de indígenas.
La balsa de oro, la cual se cree es del año 1400 después de Cristo, es exhibida orgullosamente en
el Museo del Oro como prueba de la veracidad de Guatavita.
Enloquecidos por el oro, muchos intentaron vaciar la laguna.
En 1545, el conquistador Hernán Pérez de Quesada, valiéndose de esclavos portando cubos hechos
de calabazas, logró reducir el nivel del agua en tres metros después de tres meses de trabajo, y
extrajo unos 18 kilos de oro.
Le siguió un rico comerciante español unos 40 años más tarde, quien habiendo cortado
una gigante brecha en la orilla, logró reducir el nivel en 20 metros. La brecha colapsó y un alud
de agua y tierra mató a cientos de indígenas. No hay registros de cuánto oro sacó el
comerciante.
En 1911, una empresa inglesa secó la laguna con un ingenioso sistema de túneles, pero como si de
una maldición del cacique de oro se tratara, el fondo fangoso se secó hasta convertirse en cemento
y la lluvia la cubrió de nuevo.
La empresa, al borde de la quiebra, vendió los pocos objetos de oro que rescató de Guatavita para
subastarlos en la casa Sotheby's de Londres.
Otros exploradores que sucumbieron al hechizo de El Dorado incluyeron el poeta y aventurero Sir Walter Raleigh,
quien en 1595 navegó por el Orinoco.
El inglés, tras enfrentarse al hambre, las enfermedades y a indios de flechas venenosas, regresó
sin haber encontrado gran cantidad de oro.
Pese a ello, escribió en su "Descubrimiento de Guyana" que en algún lugar de la selva había
"ciudades más ricas y hermosas que las que Cortés encontró en México o Pizarro
en Perú".
Carl Langebaek, arqueólogo y autor de la Universidad de los Andes en Bogotá, dijo que El Dorado era
el producto de la imaginación de los descubridores, muchos de los cuales se vieron forzados a comer sus
caballos y perros para sobrevivir.
"Nunca se encontrará El Dorado. Siempre habrá gente buscando oro en los lugares más insólitos.
No importa si se encuentra un castillo dorado, siempre habrá otro El Dorado", dijo Langebaek.
Jaime Beltrán, el guardia de la Laguna Guatavita, afirma estar convencido de que la laguna esconde el secreto
de El Dorado. Beltrán dice que a veces llena las largas horas sentándose en un roca sobre la laguna
e imaginándose a su antepasado, cubierto de oro, zambulléndose en la laguna.
"Yo creo que todavía hay oro de El Dorado allá abajo", dice mientras mira a las quietas
aguas oscuras. "Pero una gran parte se lo han llevado ya". |