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Apuntes sobre
Historia del Ecuador
La independencia y la etapa Grancolombiana
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SEGÚN SALAS
Sucre y Bolívar con sus generales
Fotografía tomada de Mario Monteforte,
Los Signos del hombre,
Plástica y Sociedad en el Ecuador. |
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La Independencia y la Etapa Gran colombiana
(1809-1830)
Carlos Landázuri Camacho*
El presente artículo estudia el proceso
mediante el cual el Ecuador consiguió su independencia de España, primero
formando parte de la Gran Colombia y luego estableciéndose como república
autónoma.
La independencia de España (1809 1822)
La etapa de la independencia, a su vez, tiene dos
momentos diferenciados: el inicial o de la "Revolución Quiteña"
(1809-1812) en el cual se declara pero no se consigue la independencia, y
al final, en el cual las fuerzas patriotas termina por imponerse
(1820-1822).
La Revolución Quiteña (1809-1812)
Damos el nombre de "Revolución Quiteña" al primer
momento de la lucha por la independencia ecuatoriana, durante el cual la
iniciativa correspondió a la ciudad de Quito, cuyas clases dirigentes
trataron de establecer un proyecto económico político original, pero
fracasaron en su empeño. Para comprender el sentido y alcance de ese
movimiento, así como las razones de su fracaso, es necesario analizar tres
de sus causas más importantes: los recortes de jurisdicción territorial,
la fragmentación interna de la presidencia y la incapacidad de los
gobernantes locales.
Los recortes de jurisdicción territorial
Durante los últimas décadas colonial y en gran
parte como consecuencia de la relativa decencia económica y política de la
audiencia quiteña fue a otras regiones del imperio español, el control de
Quito sobre sus provincias más periféricas se fue debilitando.
Concomitantemente, esas provincias comenzaron a ser gobernadas cada vez
más directamente desde Lima o Bogotá, las capitales virreinales.
Ese fue el caso, por ejemplo, de Tumaco, La Tola,
Limones y Atacames, es decir la actual provincia de Esmeraldas, cuyo
gobierno, por lo menos en la práctica, fue segregando de Quito entre 1764
y 1807 y ejercido desde Bogotá a través de Popayán.
Algo parecido sucedió a partir de 1802 con la
región de Maynas, que comprendía ambas márgenes del río Amazonas. La
Cédula Real del 15 de julio de 182 creó el Obispado y la Comandancia
General de Maynas y los hizo depender de la autoridades religiosas y
militares de Lima y no de las Quito.
Un tercer problema fue el originado por la Real
Orden de 7 de julio de 1803, a consecuencia del cual el gobierno militar y
político y los asuntos comerciales de Guayaquil y su provincia pasaron a
depender de Lima.
En síntesis, la autoridad de Quito sobre la Costa
y gran parte del Oriente quedó muy debilitada. Las élites quiteñas jamás
se resignaron ante tal situación y llegaron a proponer que la Presidencia
de Quito, con inclusión de todas sus provincias, fuera elevada a Capitanía
General, independiente de la pesada tutela de Bogotá y Lima. Ese proyecto
era viable y representaba una vieja aspiración de Quito, pero el gobierno
de Madrid no se decidió a aprobarlo. Por eso, cuando ese gobierno entró en
crisis por la invasión de Napoleón a España, las élites quiteñas creyeron
que no les quedaba otro recurso que el de tomar el poder para satisfacer
sus aspiraciones geopolíticas.
La fragmentación interna de la presidencia
De lo dicho ya se puede colegir que la
Presidencia de Quito a fines de la época colonial era un espacio
desarticulado en lo geográfico, social, económico y político. Para
comenzar, extensas zonas apenas si estaban conectadas con la
"civilización": tal era el caso de casi todo el Oriente y la Costa norte,
donde la presencia europea era tenue. Pero también la zona "civilizada"
eta profundamente dividida en cuatro regiones, nucleadas por otras tantas
ciudades: La Sierra norte (Popayán), la Sierra centro (Quito), la Sierra
sur (Cuenca) y la Costa centro sur (Guayaquil. Cada región tenía su
propia economía, sus propias relaciones de trabajo, sus propios ritmos
demográficos y la autoridad del gobierno quiteño sobre ellas era limitada.
Quito sentía que el control de su provincias se
le iba de las manos y procuraban reafirmarlo, a la vez que procuraba
aflojar los lazos que le sujetaban a las sedes virreinales. Algo parecido
ocurría en cada región: cada capital veía con desagrado los intentos
centralistas de Quito, pero al mismo tiempo insistía en su propia
hegemonía interregional, que a la vez causaban resentimiento en las
ciudades menores.
Dentro de este marco, la Revolución Quiteña de
agosto de 1809 puede entenderse como un intento de la capital por
recuperar todos sus territorios y reafirmar su autoridad en todas sus
provincias.
La incapacidad de los gobernantes locales
Al momento de iniciarse la Revolución Quiteña,
gobernaba la Audiencia don Manuel de Urriez, conde Ruiz de Castilla. El
Conde era un anciano de 75 años, poco apto para enfrentar las tareas
propias de su cargo. Pero el suyo no era sólo un gobierno ineficaz; a ojos
de los nobles quiteños, la administración del Conde contrastaba
bruscamente con la de su antecesor, el barón de Carondelet. No sólo que la
administración del Barón había sido más eficiente sino que, sobre todo, él
había permitido que la nobleza criolla, y en especial la poderosa familia
de los Montúfares, tuviera enorme influyo y participación en el poder, al
punto que el de Carondelet ha sido llamado "el gobierno criollo". Ruiz de
Castilla nunca tuvo la suficiente visión como para atraerse a la
aristocracia local, con la que mantuvo desde el principio relaciones más
bien tensas.
Así, el golpe de 1809 también pretendía quitar de
en medio de una administración abúlica y que no tomaba suficientemente en
cuenta los interesados locales, para entregar el poder a quienes se
sentían los líderes naturales del país.
*Dr. en Historia, Docente de la Universidad
Católica del Ecuador.
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MONUMENTO
Al 10 de Agosto de 1809 |
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El diez de agosto de 1809
La causa inmediata de la independencia
hispanoamericana, fue la crisis de la monarquía española, provocada a su
vez por la invasión de Napoleón a España (1808). Apenas las noticias de
esos acontecimientos fueron llegando a sus oídos, las clases dirigentes
quiteñas comenzaron a analizar las diversas y confusas implicaciones de
los acontecimientos de España y decidieron que había llegado el momento de
tomar el poder en sus propias manos, antes de que Lima o Bogotá tratasen
de imponer sus propios intereses. Así comenzó la Revolución Quiteña.
Después de algunos titubeos iniciales, la
conspiración estalló el 10 de Agosto de 1809. En la noche del 9 de
reunieron en casa de doña Manuela Cañizares algunos patriotas,
intelectuales y miembros de las familiares más destacadas de Quito, y
decidieron deponer a las autoridades y en su lugar formar una Junta
Suprema. Consiguieron sin dificultad el apoyo de las tropas locales y
tomaron presos a los miembros del gobierno En síntesis, el golpe cogió
desprevenidos a las autoridades y triunfó sin oposición.
Pero el fácil triunfo no logró ocultar algunas
carencias de la revolución, que en el breve lapso de menos de tres meses
habrían de causar un fracaso: la falta de apoyo popular, de líderes
adecuados y de apoyo de las demás provincias de la Presidencia.
En efecto, si bien el pueblo de Quito no se opuso
al golpe del 10 de Agosto e incluso participó con alegría en los primeros
actos públicos del nuevo gobierno, no sentía como propia la causa de los
insurgentes, ni estaba dispuesto a arriesgarse demasiado para ella.
De la misma manera, los dirigentes del movimiento
de agosto, lejos de ser revolucionarios convencidos, eran conservadores
por nacimiento, vocación y convicción. Con algunas excepciones, eran
sinceramente realistas y ambiguas. Se atrevieron a dar el golpe ante el
peligro de que la prisión de los reyes legítimos culminara en una
independencia de facto, por la disolución del imperio. En esa posibilidad,
consideraban necesario que Quito se adelantara a organizar su propio
espacio, de acuerdo a sus propios intereses. Pero eso no significaba que
estuvieran dispuestos a tomar decisiones radicales, como el triunfo de la
revolución hubiera exigido.
Por último, la revolución no contó con el apoyo
de las demás provincias. Hubo algunos intentos de respaldarla en Cuenca y
Guayaquil, que no tuvieron ningún resultado concreto y que no fueron más
que excepciones dentro del rechazo generalizado al movimiento quiteño por
parte de las otras regiones de la Audiencia. Guayaquil, Cuenca y Popayán
no podían sentir que la Revolución Quiteña las representaba porque ni
había sido consultadas por ella ni sus intereses habían sido tomados en
cuenta por los patriotas de Quito. Por el contrario, era revolución
promovía los intereses de las clases dominantes de la Sierra central, que
no siempre coincidían con los de las otras provincias.
No les fue muy difícil, pues, a las autoridades
provinciales organizar cuerpos de tropas para someter a los insurrectos
quiteños, que se sumaron a los que enviaron los virreinatos. Las fuerzas
de Quito fueron derrotadas tanto en el norte como en el sur, en pequeños
combates que fueron suficientes para que los soldados desertaron o se
pasaron al bando realista y el ejército patriota se deshiciera.
Los líderes revolucionarios, dándose cuenta de la
realidad, capitularon sin siquiera intentar en serio la defensa armada del
movimiento. Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, renunció a la
Presidencia de la Junta el 12 de octubre en favor de Juan José Guerrero y
Mateu, conde de Selva Florida, criollo realista que sirvió de
intermediario con Ruiz de Castilla. Las negociaciones con éste no fueron
muy largas y el 24 del mismo mes se acordó mantener la Junta, pero
subordinada a la de Castilla, quien no tomará represalias. El anciano
funcionario asumió de nuevo el mando el 29 de octubre y al principio
cumplió lo pactado. Pero cuando llegaron a Quito las tropas enviadas por
el virrey de Lima y comandas por el teniente coronel Manuel Arredondo,
disolvió la Junta y restableció el gobierno anterior. El primer acto del
drama había concluido.
El dos de agosto de 1810
La represión comenzó pronto. El 4 de diciembre
fueron apresados muchos de los que habían participado en la insurrección.
El fiscal pidió la pena de muerte contra 46 personas y las de presidio o
destierro contra muchas más. No se trataba de imponer una justicia
abstracta, sino de escarmentar a los criollos de todo el continente.
Con el paso de los días, la situación se fue
volviendo más tensa. Las tropas de Arredondo se comportaban más como
ejército de ocupación que como custodios del orden. Robos, groserías,
atropellos de todo tipo, contra todos los sectores sociales, en la ciudad
y en los lugares circunvecinos, eran asunto diario. Así, la represión
realista logró lo que no había conseguido la propia revolución: unificar a
la población contra el gobierno que tales abusos cometía. Los presos se
convirtieron en símbolo de la ciudad oprimida y la gente se angustiaba con
los rumores de que serían ejecutados o se consolaba cuando se urdían
planes para liberarlos.
Así llegó el 2 de Agosto de 1810. En la tarde de
aquel día un grupo de quiteños atacó los cuarteles para liberar a los
presos. Algunos, en efecto, lograron escapar, pero muchas más fueron
asesinados por los soldados en sus propias celdas. La tropa salió a la
calle y la violencia se propagó por toda la ciudad. Las gentes se armaron
de lo que pudieron y resistieron a sus enemigos. Algunas casa fueron
saqueadas por la soldadesca descontrolada y muchos cadáveres de ambos
bandos quedaron tirados en calles, plazas y quebradas. No se sabe a
ciencia cierta el número de los muertos, pero se calcula que quizá
fallecieron entre 100 y 300 personas, número enorme si se toma en cuenta
el tamaño de la ciudad. Quito perdió de un golpe gran parte de sus líderes
y toda Hispanoamérica se conmovió ante la magnitud de la tragedia.
La violencia de aquel aciago día sobrepasó las
intenciones de los participantes e impresionó vivamente a todos. Ruiz de
Castilla se allanó a la petición del obispo y otros criollos de convocar
una reunión ampliada del Real Acuerdo (la Audiencia en pleno) con
delegados de la Iglesia, el Cabildo civil y demás instituciones
representativas. Tal asamblea se efectuó el 4 de agosto y resolvió: (1)
que se corte la causa sobre la revolución del 10 de Agosto de 1809 y se
restituya a todos los implicados sobrevivientes al goce de su libertad,
bienes, cargos, honores, etc.; (2) que igual actitud se observe con
cuantos participaron en los acontecimientos de las antevíspera; (3) que
salgan de Quito las tropas limeñas y de las otras provincias y que se las
reemplace con un batallón reclutado localmente y, por último (4) que se
reciba al "Comisionado Regio", don Carlos Montúfar y Larrea, hijos del
Marqués de Selva Alegre, coronel del ejército español que peleaba contra
los franceses en la Península, quien había sido enviado por el Consejo de
Regencia para pacificar la provincia quiteña, y cuya autoridad no quería
reconocer el gobierno local.
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CAMPAÑA
Libertaria de Quito
Foto tomada de Salvat Editores Ecuatoriana,
Historia del Ecuador, Vol. 5,
Salvat Editores Ecuatoriana, Quito, 1988. |
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El comisionado logró la creación de una Junta
Superior de Gobierno que, aunque teóricamente subordinada al Consejo de
Regencia y presidida por Ruiz de Castilla, era en realidad una
reencarnación de la Junta anterior, sólo que ya sin la ingenuidad política
que había caracterizado a los revolucionarios de 1809.
La Junta formó un ejército que salió a combatir a
los realistas. Carlos Montúfar se dirigió al sur, derrotó a Arredondo en
Alausí y estuvo a punto de tomarse Cuenca. Su tío, Pedro Montúfar, avanzó
hacia el norte y llegó en triunfo hasta Popayán. Otro pequeño contingente,
al mando del inglés William B. Stevenson, logró controlar Esmeraldas.
Mientras tanto, el movimiento se fue
radicalizando hacia dos ideas que hoy nos parecen obvias, pero que en
aquellos días despertaban desconfianza y temor: la independencia de España
y la adopción de un sistema republicano de gobierno. Como signos de esa
radicalización podemos citar la adopción de una bandera roja con aspa
(cruz en forma de "X") blanca, la creciente participación popular, la
renuncia de Ruiz de Castilla a la presidencia de la Junta (octubre 11,
1811), cargo que asumió el obispo Cuero y Caicedo y, sobre todo, la
convocatoria de un congreso constituyente que declaró la independencia de
España (diciembre 11, 1811) y promulgó la primer constitución
"ecuatoriana" los "Artículos del Pacto Solemne de Sociedad y Unión entre
Provincias que forman el Estado de Quito" (febrero 15, 1812).
La radicalización de los patriotas significó
también su división en dos grupos antagónicos: los montufaristas o
moderados, que aceptaban la independencia de España pero seguían siendo
monárquicos y fieles a Fernando VII, y los sanchistas (pues su líder era
Jacinto Sánchez de Orellana, marqués de Villa Orellana) o radicales, que
exigían la total independencia de España y de sus reyes y propugnaban un
sistema republicano de gobierno.
La oposición entre sanchistas y montufaristas
impidió la continuación de los éxitos militares de los patriotas y señaló
el comienzo del fin de su causa. Además, el avance de las fuerzas
realistas desde el sur, bajo el comando del mariscal del campo Toribio
Montes, resultó incontenible, pese a los esfuerzos de los insurgentes.
Hubo numerosos combates que favorecieron a uno u otro bando, pero
finalmente Montes entró a Quito (noviembre 8, 1812),
La ciudad estaba desierta. El obispo
presidente, los nobles, el pueblo, lo que quedaba del ejército, habían
huido hacia Imbabura. Allá los alcanzó el coronel Juan Sámano, subordinado
de Montes, quien finalmente deshizo lo que quedaba de las fuerzas
patriotas, incluyendo su ejército del norte, que también había ido
retrocediendo desde el sur de la actual Colombia hasta Ibarra. Unos pocos
de los líderes patriotas lograron escapar, pero la mayoría fueron
apresados y varios de ellos murieron fusilados. Era el fin de la
Revolución Quiteña.
El triunfo de la independencia, 1820-1822
El nueve de octubre de 1820
La etapa final de la independencia ecuatoriana se
inició en Guayaquil el 9 de Octubre de 1820, cuando los patriotas del
puerto destituyeron a las autoridades realistas y se pronunciaron por la
libertad.
Las circunstancias eran de las que enfrentó la
Revolución Quiteña en 1809. Ahora la independencia tenía un carácter
continental y parecía que todos los pueblos debían tomar partido frente a
ella. Por el norte, la Nueva Granada había sellado su libertad en la
batalla de Boyacá (7 de agosto de 1819), mientras que por el sur Argentina
y Chile eran libres, San Martín había desembarcado en Paracas (8 de
septiembre de 1820) y preparaba sus operaciones sobre Lima. La marina
chilena había roto la supremacía naval española en el Pacífico. Además,
las contribuciones que Guayaquil venía haciendo para el sostenimiento de
la causa realista se hacía cada vez más pesadas. Por último, un buen
número de los puertos con los que Guayaquil podía comerciar eran ahora
patriotas, al revés de 1809.
El golpe, en sí mismo, fue tan exitoso como el de
Quito de hacía once años. Las tropas y el pueblo respaldaron el movimiento
y una vez asegurado el control del poder, se nombró una Junta de Gobierno
presidida por José Joaquín Olmedo. Guayaquil se declaró en libertad para
reunirse a cualquiera de los futuros estados sudamericanos y de hecho se
formaron tres partidos: los que propugnaban la unión con el Perú, los que
querían pertenecer a la Gran Colombia y los que aspiraban a la
independencia total, sea de la antigua Audiencia de Quito o de la antigua
Provincia de Guayaquil.
Como se ve, ya no había ninguna duda respecto a
la independencia de España, pero, en cambio, no existía todavía un
proyecto consensual sobre la organización del nuevo estado.
En todo caso, los patriotas guayaquileños estaban
convencidos de su primer objetivo debía ser la liberación de la Sierra,
sin la cual su propia revolución no podía estar segura. Se enviaron
mensajeros tanto a San Martín como a Bolívar para solicitar ayuda, se
reorganizó el ejército y se creó la División Protectora de Quito, que de
inmenso se puso en camino hacia el interior.
La campaña libertadora de 1820-1822
Al principio pareció que la campaña libertadora
iba a ser fácil y rápida. Los pueblos de la Costa se sumaron con
entusiasmo a la revolución; Cuenca proclamó su independencia el 3 de
Noviembre de 1820; el 11 del mismo mes se dieron parecidos movimientos en
Machachi, Latacunga y Riobamba, el 12 en Ambato y el 13 en Alausí. Más
todavía, la División Protectora venció a los realistas en Camino Real el 9
de noviembre y ocupó Guaranda. Luego, ya en plena Sierra, llegó hasta
Ambato.
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ÓLEO DE ANTONIO SALAS
El Armisticio de la Batalla del Pichincha
Foto tomada de Enrique Ayala Mora,
Ed. Nueva Historia del Ecuador, Vol. 6
Corporación Editora / Grijalbo, 1989. |
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Pero allí se detuvo el avance patriota. Los
realistas acantonados en Quito enviaron para contenerlo una división de
unos mil veteranos al mando del coronel Francisco González. Los
republicanos quizá llegaban unos 1.800 hombres, pero bisoños. El encuentro
se produjo en los campos de Huachi, al sur de Ambato, y la victoria
correspondió a las realistas. La División Protectora debió retirarse hacia
Babahoyo. González no la persiguió, sino que prefirió continuar por la
Sierra hacia el sur, sometiendo a los insurrectos. El 20 de diciembre
derrotó a las fuerzas de Cuenca y ocupó la ciudad. Toda la Sierra volvió a
estar controlada por los realistas, si bien la Costa se mantuvo
independiente.
Mientras tanto habían llegado a Guayaquil los
emisarios de San Martín y el general Antonio José de Sucre, del ejército
colombiano. Entonces revivieron las viejas tensiones entre Perú y Colombia
por la posesión de esa rica provincia. A la larga fue prevalecido Sucre,
no sólo por su habilidad diplomática, sino porque Bolívar les envió armas,
municiones y unos 700 soldados. Así, Guayaquil quedó bajo la protección de
Colombia y Sucre asumió el comando unificado de todas las tropas.
Para entonces los realistas intentaron conquistar
la Costa, pero fueron derrotados en Cone, cerca de Yuguachi, el 19 de
agosto de 1821. A su vez, cuando las fuerzas patriotas intentaron ganar la
Sierra fueron también derrotadas a la segunda batalla de Huachi, el 12 de
septiembre del mismo año. Evidentemente, se había llegado a un punto
muerto.
Para romperlo, Sucre tomó dos decisiones
difíciles. En primer lugar, renunció a una marcha directa sobre Quito y
subió a la Sierra por el sur, para irla liberando poco a poco. En segundo
lugar, solicitó el auxilio del general José de San Marín, ya declarado
Protector del Perú, auxilio peligroso dada la antigua rivalidad de los dos
países sobre los territorios quiteños. San Martín envió una división al
mando del coronel boliviano Andrés de Santa Cruz.
Las fuerzas de Sucre y Santa Cruz se reunieron al
sur de Cuenca a mediados de febrero de 1822. Los realistas no tenían
posibilidad de resistir con éxito al ejército unido y abandonaron Cuenca,
retirándose hacia el norte. Sucre, quien había asumido al comando general
del ejército libertador, logró también, tras largas negociaciones, que
Cuenca y su provincia se declarasen parte de la Gran Colombia.
De allí hasta Quito el avance patriota fue
relativamente fácil, pues los realistas se retiraban constantemente, sin
presentar batalla. Sólo de cuando en cuando se daban algunos combates,
entre los que sobresale la batalla de Tapi (21 de abril), que dio libertad
a Riobamba.
En Quito, en cambio, se había fortificado todo el
período realista, que no estaba dispuesto a rendirse, pero tampoco a salir
a combatir al enemigo, que se localizó al sur de la capital. Por eso Sucre
decidió pasar con su ejército al norte de la ciudad, para atacarla por su
flaco menos defendido y para interrumpir las comunicaciones con la
realista Pasto, que todavía no había podido ser conquistada por el
ejército de Bolívar. Con eses objeto, la noche del 23 de mayor, el
ejército patriota inició el ascenso del Pichincha, volcán que domina a la
ciudad por el occidente. Pero las faldas del monte son enormes y el
amanecer el día 24 las tropas de Sucre se hallaban recién sobre la parte
sur occidental de Quito, donde fueron atacadas por los realistas,
trabándose el combate en condiciones no previstas por ninguno de los
comandantes. La victoria correspondió a los patriotas y Quito fue
liberada. Pasto, en completo aislamiento, no podía resistir y se rindió en
breve. Sólo el Alto y Bajo Perú quedaban bajo el poder español, cada vez
más débil. Parecía que la causa americana había triunfado para siempre.
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Abdón Calderón
Entre el mito y la realidad
Carlos Landázuri
Entre los personajes que obtuvieron renombre
en las gesta de la independencia, quizá ninguno ha cautivado tanto la
imaginación popular de los ecuatorianos como Abdón Calderón. Ello se
debe a que fue un héroe nacional, a quien las tres ciudades más
importantes pueden considerar suyo, pues nació en Cuenca, perteneció a
una destacada familia guayaquileña y murió en Quito. Además, su figura
tiene el encanto de la juventud, ya que murió antes de cumplir los 18
años, aureolado por el inimitable desprendimiento y arrojo de los
jóvenes y sin haber participado en actos de gobierno, en los que es tan
difícil obtener la aprobación general. Se destacó en numerosos combates,
pero especialmente en la Batalla de Pichincha, que selló la
Independencia del Ecuador. Por último, la importancia de su familia y el
reconocimiento de Sucre y de Bolívar impidieron que su heroísmo pasase
desapercibido y que él se convirtiera en un héroe anónimo.
Varios detalles de la vida de Abdón Calderón
permanecieron por muchos años en la penumbra, por falta de una
investigación histórica meticulosa. Ello posibilitó que su figura se
fuera embellecimiento y adornando de muchos detalles románticos no
necesariamente verídicos. Tal tendencia halló más influyente expresión
el las Leyendas del Tiempo Heroico (1905) del afamado periodista Manuel
J. Calle, que por muchos años se convirtió en libro la lectura escolar.
Cuando tal versión y sus variantes a veces deformadas pasaron a los
manuales de historia patria sin beneficio de inventario, se había creado
un "héroe niño" con perfiles que rayan en el ridículo.
Abdón Calderón Garaycoa nació en Cuenca en
julio de 1804, seguramente el día 30, en que se celebraba la fiesta de
San Abdón, y fue bautizado el 31 del mismo mes. Fue hijo del matrimonio
de Francisco García Calderón, nacido en Cuba, quien era Contador de las
Cajas Reales, es decir, funcionario del gobierno colonial en Cuenca, y
de Manuela de Jesús de Garaycoa y Llaguno, guayaquileña, quien
pertenecía a una de las más destacadas familias del puerto.
Don Francisco Calderón apoyó el golpe
patriota del 10 de Agosto de 1809, por lo que fue apresado y enviado a
Guayaquil y luego a Quito. Libertado al establecerse la Junta Superior
de Gobierno de 1810, se incorporó al ejército patriota con el grado de
coronel. Como tal participó en oda la campaña de 1810 1812, militando
en el bando de las sanchistas o radicales. Tras la derrota final del
ejército patriota, fue fusilado en Ibarra el primero de diciembre de
1812.
Como los bienes de coronel Calderón fueron
confiscados por el gobierno realista, su viuda y sus hijos fueron a
vivir en Guayaquil en 1813. Allí continuó Abdón sus estudios, contando
entre sus maestros a Vicente Rocafuerte, su pariente lejano, futuro
presidente del Ecuador, quien en 1842 habría de contraer matrimonio con
Baltasara Calderón, hermana menor de Abdón, nacida en Cuenca en 1806.
Abdón tenía apenas 16 años cuando estalló en
Guayaquil la revolución del 9 de Octubre de 1820 y él se incorporó al
ejército patriota con el grado de subteniente. Se destacó de inmediato
por su "valor heroico", según palabras del coronel patriota Luis
Urdaneta, quien pidió para Abdón el grado de teniente después del
triunfo de Camino Real (9 de noviembre de 1820). Con ese grado militar
tomó parte en los diversas acciones de la campaña libertadora de
1820-1822: la primera derrota de Huachi, la de Tanizagua, la victoria de
Cone, la segunda derrota de Huachi, el avance de Guayaquil a Cuenca y de
Cuenca a Quito. Para cuando peleó en Pichincha, Abdón Calderón, pese a
su juventud, era todo un veterano.
Pichincha fue el escenario del máximo
sacrificio de Abdón Calderón, el lugar de su gloria. Sus hechos en aquel
memorable 24 de mayo de 1822 han sido narrados innumerables veces con
toda suerte de adjetivos grandilocuentes, que sin embargo no logran
superar la fuerza del propio general Antonio José de Sucre en su escueto
parte de la Batalla de Pichincha, fechado el 28 de mayo del aquel año: "
hago una particular memoria de la conducta del teniente Calderón, que
habiendo recibido sucesivamente cuatro heridas, no quiso retirarse del
combate. Probablemente morirá, pero el Gobierno de la República sabrá
compensar a la familia los servicios de este oficial heroico".
En eso consistió el heroísmo de Abdón
Calderón: en que se consagró a luchar por la libertad de su patria sin
escatimar sacrificios. Y en su hora suprema, en Pichincha, a pesar de
haber recibido cuatro heridas que al final le ocasionarían la muerte,
prefirió permanecer en la línea de fuego, alentando a los suyos para que
dieran también su máximo esfuerzo y consiguieran la victoria. Al
terminar el combate fue trasladado a la ciudad, donde murió al cabo de
cinco días, el 29 de mayo de 1822.
Cuando Bolívar llegó a Quito y se enteró de
estos hechos, ascendió póstumamente a Calderón al grado de capitán y
decretó que su sueldo fuera entregado a su madre. La compañía del
batallón Yaguachi a la que perteneció Calderón no tendría capitán y en
las revistas, al mencionarse su nombre, la tropa habría de contestar:
"Murió gloriosamente en Pichincha, pero vive en nuestros corazones".
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ÓLEO DE JUAN MANOSALVAS
El Libertador
Simón Bolívar
Museo Nacional, Quito.
Fotografía tomada de Correspondencia del Libertador
con el General Juan José Flores 1825 - 1830,
Archivo Juan José Flores, Banco Central del Ecuador, Quito, 1977. |
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La Gran Colombia
La formación de la Gran Colombia
Después del triunfo de Boyacá que selló la
Independencia de Nueva Granada (1819), Bolívar pidió al Congreso reunido
en Angostura que decretara la unión de aquella provincia con la de
Venezuela. El Congreso acogió la idea y el 17 de diciembre de 1819 dictó
la Ley Fundamental de la República de Colombia, por la cual la antigua
Capitanía General de Venezuela y el Virreinato del Nuevo Reino de Granada
formaban el nuevo estado, dividido en tres grandes departamentos:
Venezuela, con su capital Caracas; Quito, capital Quito, y Cundinamarca
(la ex Nueva Granada), con capital en la ciudad de Santa Fe de Bogotá, que
lo habría de ser también de Colombia.
Para entonces tan sólo la Nueva Granada y una
parte de Venezuela habían logrado liderarse del poder español. El resto
del flamante estado, y particularmente Panamá y Quito, ni eran
independientes ni tenían conocimiento de las resoluciones del Congreso.
Este, sin embargo, se sentía con derecho a decidir la suerte de aquellos
países basándose en el principio del Uti possidetis, de acuerdo con el
cual los nuevos estados americanos se habían de formar con los límites de
las antiguas circunscripciones coloniales. Si el antiguo Virreinato del
Nuevo Reino de Granada, del cual formaban con Venezuela la República de
Colombia, parecía obvio que tal determinación incluía a esas dos
provincias.
Pero también resultaba natural que en los
territorios quiteños las cosas se vieran desde una perspectiva diferente.
Los patriotas quiteños aceptaban el Uti possidetis, pero como unidad para
aplicarlo pensaban en las audiencias, y particularmente en la Audiencia de
Quito, no en los virreinatos. Por lo mismo, no sentían que el Congreso de
Angostura los representaba ni que sus decisiones fueran obligatorias para
ellos. Más todavía, como hemos visto, el movimiento que comenzaron en 1809
tenía como propósito, precisamente, librarse de la paralizarte tutela
virreinal, que parecía continuarse en la Gran Colombia.
En las otras regiones de la Audiencia la
situación era todavía más complicada. En Guayaquil, por ejemplo, cuya vida
económica, política y social se había independizado tanto en Quito, y en
donde el centralismo quiteño haría tantas susceptibilidades, parecía
perfectamente lógico analizar si era más convenientes unirse a uno de los
grandes estados que se estaban formando al norte y al sur o mantenerse
independiente de ellos.
Por eso le resultó tan difícil a Sucre cumplir su
objetivo de incorporar los territorios quiteños a la Gran Colombia. En
Guayaquil debió conformarse con que esa provincia se declarase bajo la
protección de Colombia y dejase para después la decisión definitiva. En
Cuenca, donde también existían importantes conexiones con el Perú y
parecidos temores frente a la autoridad quiteña, pudo, sin embargo,
aprovecharse de su prestigio de libertador de la provincia y lograr que se
declarase parte de Colombia. Quito, por su parte, en la embriaguez del
triunfo después de la batalla de Pichincha, declaró que el antiguo Reino
de Quito formaba parte integrante de la República de Colombia. En cambio
la Sierra Norte, con Popayán a la cabeza, ni siquiera pudo discutir el
tema: liberada por los ejércitos grancolombianos comandados personalmente
por Bolívar, fue automáticamente incorporada a Colombia.
El triunfo de Pichincha y la capitulación de las
fuerzas realistas causaron el aislamiento de la realista Pasto, que ya no
pudo resistir el empuje de las fuerzas de Bolívar. El libertador entró en
esa ciudad el 8 de junio de 1822 y de allí salió para Quito, donde ingresó
el 16 del mismo mes, en medio de grandes muestras de popularidad en la
capital, pues le urgía ir a Guayaquil y definir de una vez por todas su
incorporación a Colombia. Llegó al puerto 12 de julio y en pocos días
logró su cometido: externamente consiguió mantener las apariencias de una
decisión democrática, aunque en realidad el peso de su prestigio y la
presión de su ejército fueron los que decidieron la suerte de Guayaquil en
favor de Colombia.
Cuando pocos días después, el 26 de julio, llegó
a Guayaquil el general José de San Martín, Protector del Perú, Bolívar ya
había logrado la incorporación de Guayaquil al Perú, pero en ese y otros
temas tuvo que aceptar las decisiones del Bolívar. Guayaquil era parte de
Colombia y el Perú lo reconoció así. La Gran Colombia, el sueño del
Libertador, había nacido no sólo en la teoría, sino también en la
práctica.
La campañas finales por la independencia
El triunfo de Pichincha no significó el fin de
las guerras por la independencia. Fue necesario organizar nuevas campañas
militares, para vencer definitivamente al realismo de Pasto y para
derrotar al poder español en el Perú.
La provincia de Pasto era realista y había
representado un serio obstáculo para el avance de Bolívar hacia el sur.
Después de Pichincha, en octubre de 1822, el realismo pastuso volvió a
organizarse, esta vez bajo el mando de Benito Boves. El propio Libertad
dispuso el ataque inmediato a los insubordinados, que fueron finalmente
sometidos por el general Sucre, y después impuso castigos terribles contra
toda la provincia.
Pero la dureza con que lo trataba la República
sólo servía para alinear al pueblo pastuso y para volverlo más
apasionadamente realista. En junio de 1823 se produjo una nueva
insurrección realista, acaudillada por el teniente coronel Augusto
Agualongo, de origen indígena. Las mal armadas huestes de Agualongo
derrotaron la guarnición colombiana al mando del general Juan José Flores
y avanzaron rápidamente hasta Ibarra. Bolívar salió de Quito al frente del
ejército y dirigió personalmente la batalla de Ibarra (17 de junio), en la
que logró derrotar a los pastusos.
Al día siguiente, las fuerzas colombianas
marcharon hacia Pasto bajo el mando del general Bartolomé Salom, con el
propósito de destruir completamente a los facciosos. Un año duró la
ingrata tarea y sólo en junio de 1824 se logró capturar y fusilar a
Agualongo y sus últimos seguidores. Pasto había sido pacificado, pero
también se habían destruido buena parte de su estructura social y de su
economía.
Mientras esto sucedía en el norte, fue también
preciso emprender la liberación del Perú. San Martín había abandonado el
país (septiembre de 1822) sin haber logrado independizarlo y el antiguo
virreinato se había sumido en el caos. Por eso Bolívar debió ir a Lima
(septiembre de 1823) y crear un nuevo ejército, exprimiendo los recursos
del norte del Perú (la única parte del país que controlaba) y del actual
Ecuador. Sólo después de lograrlo pudo atacar a los realistas y
derrotarlos en Junín (6 de agosto de 1824) y Ayacucho (8 de diciembre).
En costo de todas esas campañas militares para el
Ecuador fue enorme. Hombres, armas, municiones, víveres, vestuario,
transporte todo hubo que destinarlo a las necesidades de la guerra. A
veces las contribuciones eran voluntarias, pero otras se las extraía por
la fuerza. El reclutamiento forzoso de más y más hombres para el ejército,
realizando en todas las regiones del Sur, por ejemplo, llegó a ser
percibido como un acto de violencia del gobierno colombiano. Las campañas
de Pasto y del Perú dejaron hondas heridas en la economía y aun en la
demografía del actual Ecuador.
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RETRATO
Manuela Sáenz
según
Oswaldo Viteri |
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Los años colombianos, 1822 1830
El gobierno de Bogotá
Colombia resultó en la práctica un país difícil
de integrar. Las comunicaciones eran riesgosas y lentas. Los Departamento
periféricos, y muy particularmente el del Sur, estaban subrepresentados en
el gobierno central, porque algunos diputados y otros funcionarios ni
siquiera llegaban a tiempo a la capital para ejercer sus funciones. Así,
el Sur percibía el gobierno bogotano como ajeno a sus intereses,
desconocedor de sus problemas y heredero el centralismo virreinal que
tantos resentimientos había provocado. Muchas veces las decisiones
gubernamentales alineaban profundamente a los habitantes del Sur.
Eso pasó con la orientación de Colombia, liberal
en lo político y librecambista en lo económico, que llevó a tomar una
serie de medidas muy a tono con el liberalismo europeo, pero opuesta a las
tradiciones y a los intereses del Sur. Por ejemplo, la supresión de los
vínculos y mayorazgos, la extinción o disminución de los censos, la
supresión del tributo indígena, la imposición de contribuciones directas,
etc., chocaron con los intereses de la aristocracia local, del clero, de
los nuevos contribuyentes y hasta de las propias rentas fiscales.
Pero todavía fue el efecto de las medidas que
pretendían liberalizar el comercio y abrir los mercados a los productos
extranjeros. Algunas regiones costaneras se beneficiaron a esa política,
pero muchas zonas interandinas, que en el Sur era las más pobladas,
poseedoras de una apreciable producción artesanal y manufacturera, vieron
arruinarse sus industrias de textiles y harinas, por ejemplo, que fueron
perdiendo terreno frente a las mercaderías extranjeras.
Pero donde el gobierno de Bogotá tomó medidas más
opuestas a los intereses del Sur fue en lo relacionado a sus límites. A
mediados de 1824 expidió una nueva Ley de División Territorial, que
establecía como frontera entre los Departamento del Cauca y del Ecuador la
boca del Ancón en el Pacífico y el río Carchi en la Sierra. Como es
sabido, la antigua Gobernación de Popayán había pertenecido a la Audiencia
de Quito desde 1563. Posteriormente, el control de esa zona había estado
dividido, en la práctica, entre Santa Fe de Bogotá y Quito, aunque en lo
jurídico no se habían modificado los antiguos límites. Ahora, debido a la
nueva ley, no solo Cali, Popayán y Buenaventura pertenecían a Cundinamarca,
sino también Pasto, la parte meridional de la antigua Gobernación, que
nunca estuvo en disputa. Las protestas del Sur no tuvieron eco y los
nuevos límites quedaron consagrados en la legislación, dando origen a un
problema que sólo lo habían de terminar en el presente siglo, si bien con
tal menoscabo de los intereses ecuatorianos.
La guerra con el Perú
A estas tensiones internas se sumó el peligro
externo, representado por la invasión peruana de 1828, bajo el mando del
general José de La Mar y Cortázar, nacido en Cuenca, pero desde 1827
presidente del Perú.
La invasión de La Mar se inscribe, por una parte,
dentro del desarrollo del nacimiento peruano, tan débil respecto a España
y tan fuerte contra sus vecinos. Por otra parte, también se relaciona con
el sentimiento nacionalista de Cuenca y Guayaquil frente a la idea
grancolombina. En todo caso, el motivo final para la guerra fue la
retención por parte del Perú de las provincias de Jaén y Maynas, que
Colombia consideraba suyas. El conflicto estalló en agosto de 1828, cuando
el gobierno peruano decretó el bloqueo de los puertos colombianos. Unos
meses después, en diciembre, el ejército peruano de unos 8.400 solados
invadió la provincia de Loja y avanzó hasta cerca de Cuenca, contando con
la neutralidad y a veces con el respaldo de muchos terratenientes de esa
región, en la cual La Mar tenía relaciones familiares y era visto como un
libertador frente a la dominación colombiana y posiblemente como el
fundador de un nuevo estado independiente en el territorio de las
provincias colombianas Sur.
Contra La Mar se hallaba Flores, quien se había
preparado para la guerra, tanto porque la juzgaba inevitable como porque
la veía la oportunidad de consolidar su propio poder en el Sur. Su
ejército, el del Sur de Colombia, era apenas la mitad del peruano, pero lo
superaba ampliamente en disciplina y experiencia, pues estaba formado por
los veteranos de la independencia. Poco antes del encuentro llegó a la
ciudad de Cuenca el mariscal Antonio José de Sucre, quien había dejado la
presidencia de Bolivia y había sido nombrado nuevo Jefe Superior del Sur:
a él correspondió dirigir las acciones militares.
El encuentro se dio en el Portete de Tarqui, al
sur de Cuenca, el 27 de febrero de 1829. La superior estrategia se Sucre y
Flores y la calidad de las tropas colombianas se impusieron y derrotaron
al ejército peruano. Al día siguiente se firmó el Convenio de Girón, en el
que Sucre no quiso aprovecharse de la victoria y concedió al Perú
generosas condiciones.
Por desgracia, eso no puso fin a las
hostilidades. En los meses siguiente el Perú se negó a cumplir las
estipulaciones de Girón y a entregar al puerto de Guayaquil, que había
ocupado. Por el contrario, redobló el esfuerzo militar con miras a
continuar la campaña. Pero un golpe de estado en Lima depuso el gobierno
de La Mar y el nuevo gobierno reinició las negociaciones de paz con
Colombia, cuyo fruto fue el Tratado de Guayaquil, celebrado entre los dos
países el 22 de septiembre de 1829.
Los límites entre Perú y Colombia, según el
Tratado de Guayaquil, habrían de ser los mismos de los antiguos
virreinatos del Perú y de la Nueva Granada, con aquellas variaciones que
por mutua conveniencia acordaran las partes. El Tratado fue debidamente
ratificado, pero los límites precisos no llegaron a fijarse: la
inestabilidad política de ambos países y la disolución de la Gran Colombia
impidieron el logro de tal objetivo.
El nacimiento de la República del Ecuador
Los años colombianos no fueron particularmente
felices para el Sur. Guerras constantes, continua sangría de hombres y
recursos, agudización de la crisis económica, despojo de los territorios
que habían sido quiteños, desconocimiento de la personalidad histórica del
antiguo Reino de Quito, postergación de sus intereses por parte del
gobierno bogotano No hacía falta tanto para que despertara el viejo
nacionalismo quiteño, aquel que había motivado a los hombres de agosto de
1809, igual que a los de octubre y noviembre de 1820, a luchar por la
independencia, tanto de Madrid como de Lima y Bogotá.
Así, pues, la separación del Ecuador del a Gran
Colombia no se debió principalmente a la ambición del general Flores, como
ingenuamente se ha repetido tantas veces, sino a causas más profundas, que
tomaron fuerza gracias a las dificultades de los años colombianos. Desde
esta perspectiva es fácil comprender que la separación del Ecuador era
inevitable, con o sin Flores. Es muy posible, incluso, que la sucesión se
hubiera dado antes, de no ser por una serie de asuntos sobre los que era
difícil ponerse de acuerdo y que conviene mencionar, ya que aclaran las
condiciones en las que nacía el nuevo estado.
El primer problema consistía en definir el
territorio que lo integraría. La solución más obvia y más justa hubiera
sido la de respetar los límites históricos de la Audiencia de Quito, que
incluían la Gobernación de Popayán al norte y la de Maynas al sur. Pero,
en la práctica, el control de Quito sobre aquellas provincias casi había
desaparecido, mientras que las pretensiones del Perú y de la Nueva Granada
se habían fortalecido. A la larga el tema desató un conflicto secular en
que la República del Ecuador llevó la peor parte.
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POR HONORATO VÁSQUEZ
La Ciudad de Cuenca
Museo Camilo Egas
Fotografía tomada de Mario Monteforte,
Los Signos del Hombre,
Plástica y Sociedad en el Ecuador. |
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El segundo tema era el de la integración del
territorio. ¿Qué fuerza debía tener la autoridad quiteña en las demás
provincias? Quito pretendía un estado centralista y unitario, fuertemente
cohesionado.
Guayaquil y Cuenca deseaban una unión casi
federal entre provincias iguales y casi soberanas. Los compromisos a que
dio lugar este asunto explican, al menos en parte, por qué el primer
congreso constituyente se reunió en Riobamba, no en Quito; por qué el
nuevo estado debió abandonar su histórico nombre de "Quito", para adoptar
una "neutral", que nada decía, pero que nadie ofendía, "Ecuador", y por
qué las primeras constituciones ecuatorianas concedían igual número de
diputados a cada una de las tres regiones que finalmente integraron el
país, sin tener en cuenta ni el tamaño de su territorio ni el número de
sus habitantes.
Por último, quedaba el problema del jefe del
estado. Las guerras de la independencia habían quebrantado seriamente la
legitimidad del anterior sistema de autoridades política y, a la vez,
habían creado la figura del caudillo militar, que se había convertido en
el árbitro del poder. Así, pues, parecía lógico escoger a militar, sin
importar que no hubiera nacido en territorio ecuatoriano: por el
contrario, eso podía ser incluso una ventaja, dada la subyacente rivalidad
regional. Los principales candidatos eran tres. El primero en ser
eliminado fue José de La Mar, cuya invasión quedó para siempre
estigmatizada como la de un país enemigo y, lo que es más grave, fue
derrotada. El segundo candidato era posiblemente el más fuerte de todos:
Antonio José de Sucre, uno de los más notables generales de la
independencia, vinculado a los más notables generales de la independencia,
vinculado a la más rancia aristocracia criolla por su matrimonio con
Mariana Carcelén y Larrea, marquesa de Solanda. Tenía gran experiencia
militar y política y aunque no deseaba el mando, le hubiera sido difícil
rehusarlo. Pero su asesinato en las selvas de Berreuecos, cerca de Pasto
(4 de junio de 1830) lo eliminó de la contienda.
La muerte de Sucre despejó el camino para el
triunfo de Flores, quien había ido acrecentando su poder en el Sur durante
los daños colombianos. Una vez de Colombia y que la viabilidad del gran
país se había mostrado prácticamente imposible, Flore movió los resortes
que tenía en su manos y una asamblea de notables reunida en Quito lo
proclamó jefe supremo del Estado del Ecuador el 13 de mayo de 1830. Tal
decisión fue ratificada por similares asambleas de las demás provincias.
La Gran Colombia había pasado a la historia y el Ecuador iniciaba su vida
independiente.
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Glosario
Alto Perú,
nombre con que se designaba a la Audiencia de Charcas o Chiquisaca, la
actual Bolivia, en contraposición al "Bajo Perú", la Audiencia de Lima.
Audiencia, institución de gobierno
en el Imperio Español. En esencia, era una corte de justicia compuesta
de presidente, oidores (jueces) y fiscal. De acuerdo a la teoría
jurídica española, la más importante de las funciones del estado era la
de administrar justicia y las audiencias americanas fueron la unidad
básica del imperio, la inmensa mayoría de las cuales dieron origen a
países independientes. Habían audiencias "virreinales" (presididas por
un virrey), pretoriales o capitanías generales (dirigidas por un
"capitán general") y subordinadas (regidas por un presidente letrado).
Capitanía general, en el imperio
español, audiencia regida por un militar con el título de "capitán
general" e independiente, en la práctica del virreinato al que
pertenecía.
Gran Colombia, país creador por el
Congreso de Angostura en 1819, a petición de Simón Bolívar, que incluía
los actuales estados de Venezuela, Panamá, Colombia y Ecuador. Su nombre
era simplemente el de "Colombia", peor se la conoce con tal apelativo
para distinguirla del a actual república sudamericana. La Gran Colombia
se disolvió en 1830.
Presidencia, en el Imperio
Español, una audiencia "subordinada", regida por un "presidente", quien
usualmente era un "letrado" o profesional universitario. Ver Audiencia.
Real Audiencia, ver Audiencia.
Uti possidetis ("como poseéis"),
locución latina empleada como fórmula diplomática que basa el derecho
territorial en las actuales posesiones de los estados. En el caso
americano, ese principio, aceptado generalmente por las nuevas
repúblicas, supone establecer los límites entre ellas de acuerdo a lo
que poseían las anteriores circunscripciones coloniales. Se opone a
otras formas de establecer fronteras, como, por ejemplo, la "libre
determinación de los pueblos".
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Orientación
bibliográfica
La bibliografía sobre la
independencia, tanto en el Ecuador como en otros países hispanoamericanos,
en muy abundante, si bien algo repetitiva. Se han publicado no sólo
trabajos secundarios sobre el tema (estudios sobre algún personaje,
acontecimiento o proceso) sino también varias colecciones de documentos
primarios, entre las cuales se podría señalar al menos las siguientes, a
manera de ejemplos:
ARCHIVO Juan José Flores,
Correspondencia de Libertador con el General Juan José Flores, 1825-1830,
Quito, Pontifica Universidad Católica del Ecuador / Banco Central del
Ecuador, 1997, pp. 579.
PONCE RIBADENEIRA, Alfredo, Quito:
1809-1812, según los documentos del Archivo Nacional de Madrid, Madrid,
1960, pp. 299.
SALVADOR LARA, Jorge, Ed., La
Revolución de Quito, 1809-1822, según los primero relatos e historias por
autores extranjeros, Quito, Corporación Editora Nacional, pp. 486.
La mejor visión de conjunto del
proceso emancipador en hispanoamérica quizá sigue siendo el siguiente
libro:
LYNCH, John, Las revoluciones
hispanoamericanas, 1808-1826, Barcelona, Editorial Ariel, 1976, pp. 430.
En cuanto al caso ecuatoriano, el
siguiente trabajo ofrece una visión general moderna:
--------- Nueva Historia del Ecuador,
vol. 6, Quito, Corporación Editora Nacional / Grijalbo, 1989, pp. 79-126.
El período Grancolombiano puede
consultarse en:
NUÑEZ S., Jorge, "El Ecuador en
Colombia", en Enrique Ayala Mora, Ed., Nueva Historia del Ecuador, vol. 6,
Quito, Corporación Editora Nacional / Grijalbo, 1989, pp. 211-261.
En general, el volumen 6 de la Nueva
Historia, que se refiere a la "Independencia y período Colombiano", en un
buen punto de partida para estudiantes y profesores del período.
Un tratamiento más completo y
especializado sobre la independencia ecuatoriana, dentro de la panorámica
del imperio español, puede encontrarse en:
RAMOS PEREZ, Demetrio, Entre El Plata
y Bogotá: Cuatro claves de la emancipación ecuatoriana, Madrid, Ediciones
Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación, 1978, 415 pp.
Diversos otros aspectos de la
independencia se enfocan en los siguientes trabajos:
BORRERO, Alfonso María, Cuenca en
Pichincha, 2a. ed., 2 vols., Cuenca, Casa de la Cultura Ecuatoriana,
Núcleo del Azuay, 1972.
BORRERO, Manual María, La revolución
quiteña, 1809-1912, Quito, Editorial Espejo, 1962, 458 pp.
DESTRUGE, Camilo, Historia de la
revolución de octubre y campaña libertadora de 1820-22, 2a. ed.,
Guayaquil, Banco Central del Ecuador, 1982.
FAZIO FERNANDEZ, Mariano, El
Guayaquil colombiano, 1822-1830, Guayaquil, Banco Central del Ecuador,
1988, 453 pp.
HAMERLY, Michael T., Historia social
y económica de la antigua Provincia de Guayaquil, 1763-1842, Guayaquil,
Publicaciones del Archivo Histórico del Guayas, 1973, 212 pp.
NAVARRO, José Gabriel, La Revolución
de Quito del 10 de Agosto de 1809, Quito, Instituto Panamericano de
Geografía e Historia, 1962, 532 pp.
NUÑEZ S., Jorge, El mito de la
Independencia, Quito, Universidad Central del Ecuador, 1976.
SALVADOR LARA, Lara, La Patria
Heroica: Ensayos críticos sobre la Independencia, Quito, Ediciones
Quitumbe, 1961.
DE LA TORRE REYES, Carlos, La
Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, sus vicisitudes y su
significación del proceso general de la emancipación hispanoamericana,
Quito, Talleres Gráficos de Educación, 1961, 721 pp.
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