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Repaso de la Historia de Venezuela:
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J. L. Salcedo-Bastardo * |
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En la conmemoración del V Centenario de Venezuela, la reflexión sobre el origen propiamente tal de nuestra nacionalidad surge como tema primordial. El Descubrimiento de América significó para la Europa agotada en la estéril anquilosis del feudalismo, una formidable posibilidad de realización. En particular para la España emergente de -la Reconquista, el súbito hallazgo de un escenario nuevo donde imponer sus valores cristianos, contenía un reto magnífico a la altura de su optimismo y sus ilusiones. España se consagró con la pujanza de su sangre mestiza, y con el vigor de su idealismo, a sembrarse en América, a hacer de la vasta heredad recién hallada otra Iberia. Aquí trajo España sus esquemas institucionales, y comenzó la elaboración de un mundo. Cuando en 1533 Francisco Pizarro clava su pendón en el Templo del Sol, en el Cuzco, cerraba España la fulminante y cruenta empresa que en tres decenios completó la conquista americana y abrió paso a la colonización. Bastaron tres siglos a la Madre Patria para hacer la América. Ni el territorio ni la población aborigen son propiamente América. Ni el territorio ni la población aborigen son propiamente América. No existe a la sazón siquiera el nombre, ni tampoco hay- para la aurora del siglo XVI- el hombre de América, éste habrá de resultar de la fusión acá de todas las razas del planeta. Mas si en un principio el sistema de la nación conquistadora pudo resultar novedoso, el paso de los tiempos sin la debida renovación lo petrifica y al fin para la centuria decimonona es francamente anacrónico. Por todo ello trescientos años luego del Descubrimiento la situación de América deviene inaceptable descansando pluralmente sobre la desigualdad, la esclavitud, la negación de la libertad, la injusticia, que practica el aislamiento, y que esgrime temores y terrores para detener el vuelo del espíritu: Colonia y despotismo Para los umbrales del siglo XIX el coloniaje está agotado como sistema americano. El siglo XVIII ha sido el de los precursores. Francisco de Miranda (1750-1816) fue, en importancia, el primero y culminante. Participó en los tres grandes movimientos históricos y políticos de su tiempo: Revolución de Independencia de los Estados Unidos, Revolución Francesa y Revolución de nuestra Independencia Latinoamericana. Miranda es la primera persona significativa, de valor intelectual, político y humano, que llega a poseer y expresar una visión integral del Continente Latinoamericano. El genial Precursor llega incluso a inventar un nombre: Colombia, para una sola nación que se extendería desde el río Mississippi hasta el Cabo de Hornos. Además, apunta desde entonces a una ciudad capital equidistante: Panamá, que se llamaría Colombo; y más todavía ser aquel más sonoro y majestuoso". Miranda concibe la unidad latinoamericana y se dedica a servirla en sus recorridos por el mundo y en su relación con las individualidades más conspicuas de aquella hora. Combatió bravamente en las macrodivisiones de la tierra, salvo en Oceanía y Asia -aunque pensó en traer cipayos de la India-, recorrió y escudriñó Iberia, Noráfrica, Europa Occidental, Europa Central, Europa Oriental, Gran Bretaña, Rusia, Escandinavia, Asia Menor, América del Norte y América del Sur, Antillas Grandes y Menores. Fue el único hombre que tuvo contacto personal y directo con todos los máximos de su hora; Miranda conoció y trató a Jorge Washington, Napoleón Bonaparte, Simón Bolívar, Catalina II, Federico de Prusia, Wellington, O'Higgins, Peel, La Fayette, Sucre, Stanislao Poniatowski, Potemkin, Cochrane, Adams, Lavater. Fue de positivos efectos su relación con personajes latinoamericanos de la categoría de San Martín, Moreno, Montúfar, Alvear, Fray Teresa de Mier, Domingo José Martins, Palacio Fajardo, Roscio, Manuel y Pedro Gual, Hipólito Costa, José Bonifacio, Matías de Irigoyen y Rodríguez Peña. Francisco de Miranda además de ser el primero en concebir la independencia independencia y la unidad de América, es el primero en ocuparse, de manera consciente y declarada, con verdadero celo y coherencia, de la Educación. Todas las antenas de su espíritu estaban abiertas al orbe, buscando en lo que él llamaba "el gran libro del Universo", la visión del mundo, las verdades fundamentales para construir su país. Con él se articula Simón Bolívar (1783-1830). En cuanto concierne a Venezuela es de indicar que desde 1589 se establece la familia Bolívar en el país. De Vizcaya, pasando por Santo Domingo, llega a Tierra firme la simiente hispana de ese linaje que habrá de dar aquí su mejor exponente. Bolívar ha de responder, con ejemplar fidelidad al mestizaje del cual fue producto: conjunción de humanidad cabal total que implica un extraordinario compromiso. De los doce años data el primer testimonio escrito que existe de palabras e ideas de Bolívar. Es curioso que ellas versen sobre los que habrán de ser, por siempre, sus temas favoritos: la libertad y el desprendimiento. El niño había escapádose de la casa de su tutor; resistido ante la autoridad, manifestó: "Que los tribunales bien podían disponer de sus bienes, y hacer de ellos lo que quisiesen mas no de su persona; y que si los esclavos tenían libertad para elegir amo a su satisfacción, por lo menos no debía negársele a él la (libertad) de vivir en la casa que fuese de su agrado". De sus maestros, el caraqueño don Simón Rodríguez fue el más importante y el más amado por su discípulo. Rodríguez prepara en Bolívar un espíritu independiente, le inculca el sentimiento de libertad y autonomía por el cual obviamente ha de empezar el individuo que será libertador de un continente, Bolívar lo reconocerá de modo expreso: "Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló". En Madrid, donde residió tres años y medio, se completó y cuajó la personalidad intelectual de Simón Bolívar. Bajo la dirección entrañable y competente del sabio marqués don Jerónimo de Ustáriz, por quien sentía viva y honda veneración, cursó idiomas modernos, matemáticas, equitación, esgrima, baile. Allí leyó los clásicos de la antigüedad y los modernos, de España, Francia, Italia y gran parte de los ingleses. Con una gentil prima suya, María Teresa Rodríguez del Toro, el mozo Bolívar contrajo matrimonio. Regresados a Venezuela, ocho meses duró la felicidad conyugal. La viudez resulta gran acontecimiento de su vida personal. Esa sacudida moral lo pone en la ruta cierta: su destino público. En efecto, en París donde procura distraerse de su catástrofe sentimental se reencuentra con Rodríguez. Al frustrado mantuano de Caracas el maestro le devuelve la fe de vivir. Juntos emprenden un viaje sin programa preciso, pero con meta. Francia, Suiza, Italia. Además de ese encuentro providencial con Rodríguez, en París el joven Bolívar recibe la influencia de otros dos impactos: En el salón de tertulia de Fanny du Villars conoce al sabio Alejandro de Humboldt recién venido de América. Hablan de todas las cosas. Abordan el tema político. Humboldt está seguro de que un cambio va a ocurrir pronto allí. Bolívar i inquiere la opinión del sabio germano sobre la independencia: Humboldt la siente no lejana, pero le confiesa que no divisa al hombre capaz de realizarla. Lo tenía frente a sí, y éste para ese instante, tampoco lo sabía. La conversación con Humboldt estimula al joven americano y prende en él un germen que no tarda en definirse de modo inequívoco. El otro encuentro, es a cielo abierto en contagio multitudinario, con Napoleón: el corso está en el ápice del poder y la fama. A Bolívar lo impacta, hasta el fondo del alma, la aclamación de tan inmensa y delirante muchedumbre: "Aquel acto o función magnifica me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba al héroe francés... Napoleón vitoreado por más de un millón de individuos... Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que cabría al que lo libertase". La excursión de los Simones culmina al año siguiente en Italia. En Roma hay otro paso extraordinario en el curso de esta carrera prodigiosa. Una sofocante tarde de agosto, salen en procura de aire fresco. Suben a una suave colina. Es el Monte Aventino. La inspiración se desata en Bolívar, todo bulle y se agita en su espíritu: los episodios de Caracas, su respuesta al Virrey de México; los ingenuos alegatos sobre la libertad que el niño suponía en los esclavos; la constante palabra de Rodríguez; el acicate de Humboldt; "Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor, y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español". A su regreso a Caracas, en la casa de recreo de los Bolívar se conspira en favor de un cambio, para los criollos sustituir a las autoridades coloniales. Lo que en otro tiempo hubiera bastado para un juicio severo, apenas merece ahora un leve confinamiento disciplinario extramuros de la villa capital. Por eso Bolívar no estaba en Caracas el Jueves Santo -19 de Abril- de 1810. Día inaugural de la Revolución. Los criollos suben por fin al mando ejecutivo. El Cabildo de Caracas motoriza el acontecimiento; son depuestos el Gobernador y Capitán General, el Intendente de Ejército y Real Hacienda, el Auditor de Guerra, Asesor General de Gobierno y Teniente Gobernador, el Presidente y los señores de la Audiencia. Para no alarmar a las masas que siguen fieles al rey, el gobierno que se instala ese día adopta una denominación complaciente y eufememística: "Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VIII". La independencia es el objetivo final, pero la prudencia recomienda evitar las precipitaciones de otras veces cuando se actuó con ligera franqueza. La Junta Suprema envía misiones al exterior: a Nueva Granada marcha Madariaga. Juan Vicente Bolívar y Telésforo de Orea van a los Estados Unidos. Para Londres salen Simón Bolívar -coronel reciente- y Luis López Méndez, los acompaña Andrés Bello. Por milagro de las circunstancias, la capital inglesa verá la reunión única de los tres hijos sobresalientes de Caracas que habrán de ser los más grandes personajes de América: Miranda, Bolívar y Bello. De este viaje queda emitida en Londres la formulación -5 de septiembre 1810- por primera vez, del pensamiento integracionista de Simón Bolívar: "Estamos comprometidos a presencia del Universo, y sin desacreditarnos para siempre, no podemos desviarnos un punto del sendero glorioso que hemos abierto a la América". Otro testimonio bien revelador de la naciente personalidad bolivariana entonces, será del prestigioso pedagogo inglés José Lancaster quien habrá de recordar en 1824 que "en la habitación del general Miranda, en Grafton Street, Piccadilly, Londres, hacia el 26 o 27 de septiembre de 1810, mostró Bolívar un interés tan vivo y poderoso por la educación". Política de unidad y política de cultura quedan así datadas con fechas ciertas -en una simultaneidad de tres semanas-, que son por lo demás fechas de inicio de una carrera pública de sincera profundidad y consecuencia revolucionarias. A Caracas retorna Bolívar y, en seguida, también llega Miranda. El Precursor regresa a tiempo para ser elegido Diputado. Consigue encabezar la Sociedad Patriótica -partido dinámico-, procura reconciliarse con sectores que fueron adversos a su padre y a él mismo. Despliega una actividad demagógica con los pardos, los negros libres y hasta los esclavos. El 5 de julio de 1811 el Congreso declara con solemnidad la Independencia. Miranda es marginado temporalmente de la superior conducción; vuelve al primer plano cuando, ante la reacción que encarna Monteverde, el triunvirato ejecutivo es impelido a otorgarle plenos poderes como "dictador". Miranda resulta así el primer venezolano que llega a titular de la suprema magistratura individual en su patria. Miranda fracasa en aquella trágica emergencia. Capitula ante Monteverde. Sus relaciones con Bolívar no eran buenas. El viejo general no quiso recibirlo en el ejército y, para desgracia de ambos y de todos, en manos de Bolívar se perdió la importante plaza de Puerto Cabello. La diferencia de edad (33 años) más la similitud de temperamento, carácter e ideas, los distancian y empujan al rompimiento. Al caer la república, Bolívar busca escapar. El puerto de La Guaira ha sido cerrado por orden de Miranda. Un grupo juvenil, desesperado, sintiéndose como en una trampa, se apodera del glorioso Precursor. Piensan fusilarlo. No comprenden su conducta que es apenas la resultante menguada de su dramática y larga desvinculación del medio: cuarenta años de ausencia. Miranda morirá en 1816 prisionero en Cádiz. El conflicto entre Miranda y Bolívar fue el de dos generaciones y dos actitudes, con variantes secundarias hasta parecer irreconciliables. Andando el tiempo, cuando las aguas bajaron al nivel de la serenidad y el sosiego, y era mejor el momento para la justicia, Simón Bolívar dio rotunda muestra de respeto y consideración hacia la figura de su notable coterráneo. Fue el 11 de julio de 1826 cuando para la posteridad hizo el cabal y reivindicador reconocimiento: titulaba a Francisco de Miranda -nada menos- "el más ilustre colombiano". Meses después, en la postrer visita a Caracas, la evocación mirandina trae a su mente "ideas gloriosas y tristes a la vez", y de nuevo el epíteto "ilustre" -célebre, insigne-, el título de honor más alto que se otorgaba en el Imperio Romano, y que en España se aplicaba sólo a los reyes y a las personas de más distinguida condición, es rediscernido por Bolívar al egregio Precursor. Ese derrumbe de la república permite conocer mejor la personalidad de Bolívar. Es el derrotado invencible. Indoblegable, recio y tenaz. Se yergue sobre si mismo, suelta toda su energía y reitera su entusiasta pasión por el pueblo y por la libertad. Del fracaso se lanza a la acometividad, siempre adelante. En manifiesto razonado, desde Cartagena explica los sucesos infaustos de Caracas. El personaje gana nitidez. El bravo combatiente se muestra ahora, de cuerpo entero, como agudo observador político, como analista de situaciones complejas que pocos alcanzan a penetrar con la clarividencia suya. Una a una, pasa revista a las causas del descalabro. Su estilo, que rehuye la ambigüedad, es convincente. Otra vez el espíritu unionista se hace patente: Bolívar invita a los neogranadinos a no ser indiferentes a la suerte de sus hermanos de Venezuela. Entrando por el Táchira, de triunfo en triunfo -en la Campaña Admirable- llega el otrora fugitivo de Caracas a su ciudad natal. Trae consigo el fresco honor de un título: Libertador. Así lo aclama Mérida y luego así, por Venezuela toda, lo confirma Caracas. Las acciones militares de esta serie victoriosa permiten restaurar la República -es la II-. Cuando pasó por Trujillo, tuvo la inspiración de una proclama tremenda: La Guerra a Muerte. El viene, en ese 1813, poseído de una idea exclusiva política. En el deseo de los grupos dirigentes criollos no hay, en verdad, otro propósito que la ruptura de la sumisión política a la metrópoli, sobre esto fue bien clara la frustrada experiencia de 1810-1811; la Revolución no pasaba más allá de la epidermis política. Nada concreto a favor del pueblo, nada práctica ni material contra la esclavitud ni respecto a las tierras. Todo declaraciones hermosas sobre la libertad y la justicia. La declaración de Guerra a Muerte fue un error, si bien evidencia la grandeza del firmante, líder sólido capaz de prometer el exterminio incluso a los indiferentes, y capaz de asegurar la vida hasta los culpables. Los resultados no correspondieron a la expectativa. Las filas realistas continuaron nutridas por gente del país que, tras de José Tomás Boves, darían en seguida otro golpe mortal a la nacionalidad. El pueblo no era lerdo, escogía a sabiendas, lo guiaba su pura conveniencia: en el rey encontraba más comprensión y esperanza. La II República cayó bajo los cascos de la caballería llanera. De Caracas sale una migración empavorecida. Bolívar marcha con ellos. Es el fin, otra vez. Bolívar en Carúpano hace un alto antes de empezar el segundo exilio. Justo allí forja uno de sus lemas: "Dios concede la victoria a la constancia". En el "Manifiesto de Carúpano" trasciende su percepción de que el pueblo no siente suya la revolución. Nuestra lucha es "civil" en cuanto que la contienda se libra entre hermanos. Promete: "Yo os juro, amados compatriotas,... que Libertador o muerto, mereceré siempre el honor que me habéis hecho; sin que haya potestad humana sobre la tierra que detenga el curso que me he propuesto seguir hasta volver segundamente a libertaros". Por las Antillas transcurre la existencia infeliz del desterrado indomable. En Jamaica sólo por una casualidad no pereció a manos de un asesino que, sobornado y pagado, ultimó al caballeroso coronel Félix Amestoy, amigo de Bolívar. Un distinguido súbdito británico, Mr. Henry Cullen, inquiere del combatiente, un análisis sobre la situación americana en su conjunto. Surge así la "Carta de Jamaica". Otra vez el genio globaliza, se atreve a juicios y predicciones cuya exactitud la posteridad certifica con asombro y admiración. Meditando en la isla Simón Bolívar consiguió al fin la explicación útil, breve y exacta sobre el porqué lo vano del esfuerzo en la incorporación popular a la causa nueva: Los independientes no habían ofrecido la libertad absoluta, como lo hicieron las guerrillas españolas". De ahí una resolución: la próximo vez será distinto. Para finales de 1815, en las vecinas posesiones inglesas se cierran las posibilidades de ayuda a la revolución. Haití es ahora la esperanza. No estaba equivocado. En el magnánimo Alejandro Petion, presidente de la hermosa nación antillana, consiguió Bolívar comprensión y afecto. Con el apoyo del valiente y generoso almirante Luis Brión y del espléndido Roberto Sutherland, reconstruye el desterrado invencible su maquinaria para la libertad. Ocho goletas, armamento bastante, recursos variados. Es la Expedición de Los Cayos. Al arribar a Margarita anuncia su nueva política. apertura hacia los asuntos que interesan al pueblo: terminará la esclavitud. En Carúpano, por cuyo puerto saliera a la odisea de ese exilio segundo que ahora lo devuelve recio, decreta la sustancial reforma: "La libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los tres siglos pasados... De aquí en adelante sólo habrá en Venezuela una clase de hombres, todos serán ciudadanos". Prosiguiendo la guerra, y cuando se apresta a anunciar los pasos complementarios del complejo esquema de la revolución, sobreviene otro colapso: Ocumare. Será el exilio tercero, se iba a dar un pistoletazo, dispuesto a no dejarse capturar por los realistas, cuando el bravo antillano Bideau lo rescata de la playa. ¿A dónde ir? A cualquier parte -"hasta el polo"- donde pueda conseguir los medios para la lucha. De nuevo en Haití, ya no se atreve Bolívar a pedir más a quien con tanta largueza lo auxilió antes. Pero la grandeza de Petión se sublima en la bondad hacia el golpeado combatiente. "Si la fortuna se ha reído de usted por dos veces, quizá le sonría en la tercera oportunidad. Yo por lo menos, tengo ese presentimiento, y si algo puedo hacer para mitigar su pesar y su dolor, cuente con todo lo que esté al alcance de mis posibilidades. Dese prisa y venga a esta ciudad. Deliberaremos juntos", ahora es la definitiva expedición de Jacmel. Al llegar a Venezuela desde Jacmel se retoma la senda igualitarista. La esclavitud debe pasar a las instituciones obsoletas. Ya el pueblo comienza a entender la revolución. No se trata más de abstracciones incomprensibles. El tema palpitante es la igualdad: "Ley de las leyes" Y a semejante proyección social no tarda en añadirse la económica que el propio pueblo ha determinado: tierras y justicia en el disfrute de los bienes nacionales. Para Venezuela, para América y el mundo, ya está claro y orgánico el programa de la Revolución. Es una empresa -"proyecto agigantado"- que opera en cinco campos por la felicidad sustancial de nuestra América. En lo político procura la Independencia, alcanzar la autonomía; una república soberana, democrática, representativa y popular. En lo social es la libertad -"único objeto digno del sacrificio de la vida de los hombres"-. En lo económico es la Justicia, reparto de los bienes nacionales y nacionalización de la riqueza minera. En lo jurídico todo se cifra en la unidad; verdadera unión de nuestras patrias en un haz vigoroso, fuerte y triunfal. El programa se corona con un soberbio esfuerzo creador: Educación. Moral y Luces. La toma de Guayana dio a la república la plataforma práctica que necesitaba para esa cuarta tentativa. Angostura brindó la sede para establecer allí el gobierno que por cuarta vez se pretendía erigir en Venezuela. Allá en 1810, luego en 1813, después en el cercano 1816 y ahora en 1819, el esfuerzo era el mismo, terco y decidido. Esta vez plantaríase para siempre el árbol perenne de la libertad sudamericana. El hecho debía repercutir en la gloria y ventura de la humanidad, porque la verdad era que si de la libertad de América estaba pendiente el mundo, de la libertad de Venezuela dependía la suerte de la revolución en nuestro hemisferio. A orillas del Orinoco tiene lugar el alumbramiento de la patria definitiva; nace ya veterana en vicisitudes, consciente, experta y diáfana en sus objetivos. En la vieja urbe orinoquense monta Bolívar la capital. El río le sirve de barrera protectora; la provincia, que hasta entonces permaneció a salvo de la destrucción, contiene todos los recursos: gente, ganado, abastecimiento, frutos exportables, posibilidades de comercio. En Angostura se radica el Poder Ejecutivo, la Presidencia con las secretarías, entre ellas la muy importante de las Relaciones Exteriores. También en Angostura se instala la Corte de Justicia, y un Consejo de Estado. Por si fuera poco, para redondear el auténtico Estado de derecho y de cultura, Bolívar funda el vocero de la patria redimida: el "Correo del Orinoco". De Angostura sale la nota brillante, fraterna y cordial, para el Río de la Plata. "Cuando el triunfo de las armas de Venezuela complete la obra de su independencia, o que circunstancias más favorables nos permitan comunicaciones más frecuentes, y relaciones más estrechas, nosotros nos apresuraremos con el más vivo interés, a entablar, por nuestra parte, el pacto americano, que formando de todas nuestras repúblicas un cuerpo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas. La América así unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones, y la madre de las repúblicas. Una sola debe ser la patria de todos los americanos". La línea está tendida entre los polos sudamericanos; una misma causa, un mismo sentimiento. En febrero de 1819 el anhelo bolivariano de la estabilidad y de la superación política culmina con la apertura del Congreso. Ante ese cuerpo soberano Bolívar saluda a la representación nacional que confiere legitimidad a su mando y a todas las instituciones. Entrega como guía un proyecto de Constitución; glosa y comenta el esquema jurídico-político que propone, demuestra su admirable madurez y su sagacidad, y finalmente ofrece una especie de memoria de lo actuado, con especial insistencia sobre aquello que del pretérito reciente debe ser salvado para lo venidero. Al referirse a "los actos más notables de su mando", es enfático sobre el reparto de tierras -el cual "suplica", como premio a sus servicios, y sobre la abolición de la esclavitud la "implora", "como imploraría su vida y la vida de la república"-. Recuerda además, el compromiso de Venezuela con sus benefactores: la deuda nacional; instituye la Orden de los Libertadores; reafirma la decisión de patria o muerte como una irrevocable toma de conciencia. Bolívar marcha de allí para cruzar los Andes, es fruto de tamaña osadía es la liberación de la Nueva Granada: Boyacá. La redención neogranadina fortalece el propósito bolivariano de empezar la materialización de la unidad. Al Congreso de Angostura pide la ley constitutiva de Colombia. Venezuela se asocia a Nueva Granada bajo ese nombre nuevo: un nombre mirandino de "justicia y gratitud". Honra al descubridor, padre y creador del Nuevo Mundo. Colombia era la base para impulsar la integración. De su prestigio es buen índice que pronto logre las incorporaciones del Ecuador y Panamá; y que a poco se manifieste una disposición de igual afinidad y de entusiasta solidaridad, en Santo Domingo y Costa Rica. Los pueblos dominicano y costarricense evidenciaron el voto de sumarse a la empresa política bolivariana -la Gran Colombia- a través de dos líderes: José Núñez de Cáceres y Rafael Francisco Osejo, respectivamente, pedagogos y paradigmas los dos de una conciencia americanista de vasto alcance. Deplorables y limitaciones de aquellas confusas circunstancias dejan en el vacío ambos pronunciamientos. Cuba y Puerto Rico, otros dos países de la comunidad hispanoamericana, figurarían en la previsión del Libertador -"¿No son americanos estos insulares? ¿No son vejados? ¿No desean su bienestar?". había preguntado él en Jamaica-. No poco se trató sobre estas islas que a la postre conformarían la decena de pueblos que ahora en el siglo XXI debemos estimar sustancialmente bolivarianos: Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Panamá, Costa Rica, República dominicana, Cuba y Puerto Rico. Bolívar quería que su Gran Colombia fuera -y en algún sentido lo fue- la primera nación de su hora. La más avanzada. La primera en un orden categórico de calidad política. No en la secuencia cronológica, ni en extensión ni en población, ni la más rica, si la primera en la posesión del más coherente y compacto conjunto de metas para la dignificación del hombre, para la efectivación de la justicia, la igualdad, la libertad y la democracia. En Europa no existía una nación en tales aspectos aventajara a Colombia. Los Estados Unidos abocados a su macrodesarrollo industrial y disfrutando un alto grado de libertad civil padecían sin embargo el cáncer de la esclavitud y las antipatías raciales. Sólo Colombia ofrecía en aquella época -conjuntamente- libertad, democracia, justicia, igualdad, unidad y cultura. Era al fin, y en síntesis, el triunfo de la mente lógica, esclarecida y jerarquizada de Símón Bolívar. Bien sabía el Libertador lo que decía al afirmar que la revolución de América era "la esperanza del universo". Para la humanidad llegaba -precisamente en nuestra América- el tiempo de la justicia cabal, con signo colectivo. Colombia debía realizar todas las aspiraciones entrañables del hombre americano, y del hombre universal que por doquier ha sufrido de opresión e injusticia. La modernidad de la concepción social bolivariana salta a la vista en la comparación con la Europa coetánea. Cuando allá se hablaba de una ilusoria libertad de contratos, aquí Bolívar regula el trabajo con normas rigurosas, intervencionistas, dispone el pago del salario en dinero, la previa contratación, etc... A tanto llega su celo popular que en la promulgación de sus normas al respecto, incluye una cláusula inusitada: "El presente decreto no sólo se publicará del modo acostumbrado, sino que los jueces políticos instruirán de su contenido a los naturales, instándolos a que representen sus derechos aunque sea contra los mismos jueces y a que reclamen cualquiera infracción. Personalidad clave para los tres momentos de la construcción americana: liberación, fortalecimiento y relación. El sentido de la existencia bolivariana es el de romper cadenas, dar estructura a la nacionalidad, ligarla y comunicarla al universo. Tres temas capitalizaron la atención preferente del Libertador. A todo, en verdad, el hubo de atender, pero a la Guerra, la Educación y la Diplomacia les dio su minucioso celo. Su cuidado se distribuyó en forma simultánea sobre esos tres frentes, cada uno de ellos suficiente por sí, para la dedicación gloriosa y creadora, y todos tres, de consumo, esenciales para la integridad excelsa del nuevo orden. La obra de empuje cultural que se realiza en el ámbito de la acción bolivariana guiada por el gran hijo de Caracas no tiene precedentes ni similares en América. De lo mayor a lo menor, todo lo abarcó su capacidad prodigiosa. Ejemplos sobran de ese esmero que nada despreciaba por elemental o ínfimo que padeciera. En el especializado y diverso afán de la Educación, puntualiza: "El método que me parece más fácil para enseñar a leer es, primero poner muy diestros a los niños en el conocimiento de las letras, después en la pronunciación del silabario, pero sin deletrear, y de aquí pasar a leer en cualesquiera libro". Desde tan sencillos fundamentos, Bolívar se remonta a la cumbre educativa: fundación y reforma de universidades: Caracas, Quito, Trujillo, Arequipa, Antioquía. Su recepción en San Marcos. La concepción eximia del Poder Moral, el Areópago bicameral para un mundo ciertamente nuevo. escuelas militares: Caracas, La Paz, Escuela Náutica: Guayaquil. Escuela de Minas. Educación para las Niñas. Seminarios. Becas. Imprenta. Libros. Exaltación del maestro sobre todo: "El objeto más noble que pueda ocupar al hombre es ilustrar a su semejantes". Respecto a la Guerra, allí están sus hazañas. Su rutina era hacer mucho con muy poco. Levantarse de lo más hondo a lo más alto era un ejercicio habitual para su personalidad indoblegable. Duro, fuerte, aguerrido, indiferente a la adversidad; luchando contra todos los factores enemigos coaligados, su ejemplo es insuperable. Al paso de los Andes lo consideró un autorizado General francés: "el episodio más sorprendente de la historia militar del mundo". Las batallas fundamentales: Boyacá, Carabobo, Junín, dispensan cualquier elogio. Desde 1819 hay testimonios seguros de sus conocimientos tácticos castrenses. Al general Bermúdez le escribe: "Regla general: si no hay obstáculos invencibles en el campo de batalla, o si nosotros no ocupamos posiciones ventajosísimas, debemos observar al enemigo constantemente, y desde muy lejos, para atacarlo en la misma formación en que venga marchando; mas siempre prontos a seguir sus movimientos con la última celeridad, procurando muy cuidadosamente oponerle un frente igual, o poco mayor, aunque nuestro fondo sea un poco menos que el del enemigo, una ala sobresaliente tiene mucho adelantado para flanquear al enemigo. Hará usted que las primeras compañías sean de hombres selectos, para ponerlas siempre al frente, porque las tres primeras filas deciden regularmente de la suerte de la columna y aun de la victoria. El resto de la columna sigue el impulso de su cabeza". En su concepción general de la campaña continental de liberación esplende el sobresaliente estratego. Tampoco en el ámbito de la Diplomacia hubo nada que fuera extraño para él. Inicióse en 1810 en la gestión internacional, difícil por lo ambiguo de las posiciones, ante la Gran Bretaña; buscaba apoyo para una independencia que no debía descubrirse precipitadamente como tal sino como movimiento conservador de status contra el cual se insurgía con cauta firmeza. Para 1820 la diplomacia venezolana consigue bajo su inspiración un sustancial éxito: el triunfo lo suscribe Sucre: tratados de Trujillo. En la misma zona de la Guerra a Muerte alumbra el Derecho Internacional Humanitario. La escrupulosidad en el sutil quehacer diplomático, se revela con pedagógica sencillez en la fina recomendación a Heres: "Una buena máxima: calma, calma, calma; retardo, retardo; cumplimientos; palabras vagas; consultas; exámenes; retorsiones de argumentos y de demandas; referencias al nuevo congreso; divagaciones sobre la naturaleza de la cuestión y de los documentos... y siempre firme en los buenos principios y en la justicia universal... Tengamos una conducta recta y dejemos al tiempo hacer prodigios". Otra muestra de la misma sagacidad, brilla en las instrucciones para Sucre y su ardua misión al Ecuador: "El General Sucre añadirá a todas estas razones, todas las que su prudencia y talentos y las circunstancias del país a donde va y la opinión general de él le dicten, reforzándolas y sosteniéndolas con todo el interés que se promete la República de su celo; pero con moderación, prudencia y circunspección para que no produzca alarma o disgustos, que en negocios de esta naturaleza es muy fácil sembrar por una sola expresión o gesto". Colombia era la nación para la democracia. El sostén de la esperanza para los liberales del mundo. Desde Colombia fue Bolívar tejiendo una red de vinculaciones diplomáticas con vistas al gran día: el de la América que aún para 1822 estaba distante. Con la cooperación de ilustres mentalidades: Pedro Gual, José Rafael Revenga, Joaquín Mosquera, Miguel Santa María y Bernardo Monteagudo, buscó estructurar ese aparato diplomático que oportunamente operaría para la integración. En los tratados bilaterales suscritos por Colombia con Chile, Perú y México se estipula con toda claridad: "Ambas partes se obligan a interponer sus buenos oficios con los Gobiernos de los demás Estados de la América antes española, para entrar en este pacto de unión, liga y confederación perpetua". La creación legal de Colombia no significaba al fin del trabajo bolivariano en Venezuela. Dos nuevos empeños serían necesarios todavía, entre 1820 y 1821, para consolidar las bases previas del orden que debía establecerse acá. Uno diplomático y otro de guerra. Fue el primero el acuerdo -ya aludido- que dio paso al Armisticio y a la Regularización de la Guerra, encargo encomendado a Sucre, y coronado con absoluta felicidad: la metrópoli orgullosa reconocía por primera vez la independencia, y ya no trataba como rebeldes ni como insurgentes malhechores a los que reivindicaban la libertad americana. En el contacto de Trujillo, con el distinguido adversario Pablo Morillo, los brindis evidencian la madurez de aquella hora estelar. La segunda faena iba a ser Carabobo. Desde abril de 1821 dispuso Bolívar que las fuerzas de los cuatro bastiones patriotas: Oriente, Los Llanos, los Andes y el Zulia, marcharan a reunirse en las sabanas de Aragua y Valencia. El 24 de junio fue el día de gloria: "Se ha confirmado con una espléndida victoria el nacimiento político de la República de Colombia". ¿En quién, y qué pensó Bolívar en el propio teatro de los hechos? Su dictado es concluyente: "Al General José de San Martín: Mi primer pensamiento en el campo de Carabobo, cuando vi mi patria libre, fue V.E., el Perú y su ejército libertador. Al contemplar que ya ningún obstáculo se oponía a que yo volase a extender mis brazos al libertador de la América del Sur, el gozo colmó mis sentimientos". Otra vez funciona la comunicación para la solidaridad continental, y no se equivoca el héroe al evaluar -dentro del esquema dramático de las vitales prioridades- la urgencia de quebrar el poderío realista en el Sur. Así se entiende su relativo descuido y la postergación de llamados muy honrosos y enaltecedores de los pueblos hermanos en el Caribe. Por cinco años agónicos, decisivos y esenciales, el Libertador hubo de alejarse a Colombia. A Venezuela volverá en 1827, succionado por la onda de La Cosiata. Colombia es para entonces un "laberinto horrible". A su patria -aquella con cuyos elementos se formó su ser- viene a ofrendarle el desvelo unitario y fraternizador. Le trae su madurez y su experiencia administrativa, Ahora, más que nunca convencido de que "moral y luces son nuestras primeras necesidades" se consagra sobre todo a la educación. Adopta medidas que procura eficaces en pro e la manumisión de los esclavos. Pone orden en el ramo fiscal: reglamentación aduanera. Las oportunidades sobran para lecciones de pulcritud: a la propuesta para una costosa edición de sus documentos políticos, hace responder por su fiel secretario: "S.E. siente decir que no le es posible disponer de ninguna cantidad en favor de esta empresa porque ella no tiene el interés del Estado sino el de S.E.. Si el Libertador tuviera fondos particulares, entonces los emplearía en un objeto que le es tan honroso; pero desgraciadamente su escasa fortuna apenas le da para sostener la eminencia de su puesto". Triste desilusión la de este viaje. Parece que mediara un siglo entre el optimismo de Angostura en 1819, y esta recolección desnuda de los testimonios de la quiebra, a los cuales ha de reunir pronto en el doloroso mensaje a la Convención de Ocaña. Después ante el Congreso Admirable la confesión balance. "Compatriotas me ruborizo al decirlo: La independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de todos los demás". Luego sería el adiós, para regresar: huesos y cenizas en un féretro plúmbeo en 1842. Cuando tras la victoria de Carabobo surcara las rutas del mediodía, lo animaba la fe inmortal y que a saltos colosales acrece hoy su vigencia, era la voluntad de culminar la obrar; la libertad y la integración. En Lima, en 1824, anuda los dos hechos supremos. No hay tiempo que perder, sino que ganar: 48 horas de adelanto nos dan el símbolo cierto de aquel que corrió contra los años, los lustros, los decenios y los siglos para la afirmación de una vigorosa y potente unidad latinoamericana. Cuarentiocho horas antes del golpe de gracia que termina la dependencia en América (Ayacucho) y que sepulta definitivamente el coloniaje trisecular, nace plena y pujante la más cabal decisión integracionista: la Convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá. Vendrá el tiempo para el Mundo Nuevo en el Nuevo Mundo. Con Bolívar y por Bolívar, tres siglos llegaban al ocaso. Con
Bolívar y de Bolívar una aurora de integración y paz surgía radiante. |
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© Copyright Johannes W. de Wekker junio, 2004 |