IMAGEN DE ESPEJO ROTO (*)

CUENTO

Por: Pablo García Dussán
Pontificia Universidad Javeriana

(*) Este cuento aborda la figura de Simón Bolívar desde una óptica desacralizadora propia de la nueva narrativa histórica con el ánimo de hacer manifiestas las circunstancias sociales y políticas que recurren a su figura mítica para diferentes fines. El tema del relato es entonces develar los distintos intereses que se escudan tras la figura de Su Excelencia El Libertador. Asimismo, es una puesta en escena que busca exponer la literatura como fundación de la realidad y de la Historia en momentos en los que ésta se repite en Colombia: los diálogos de paz entre la guerrilla y el gobierno Pastrana (2000):: el armisticio entre el Pacificador Pablo Morillo y Su Excelencia El Libertador Simón Bolívar.

   Esta historia que escribo comienza con la historia de un miope empleado de biblioteca. Alguien que en medio de un esmerado afán, ordena folios sobre las sillas dispuestas en el proscenio. Sentado en su sillón, frente al monumental acopio, acomoda ideas sobre el trabajo del día, las consigna y las relaciona en folios níveos que resplandecen ante los ojos del atento espectador. 

¡Ayer fueron anaqueles, nichos repletos de papeles, yo los vi!, grita el miope. Ya nada puede sorprenderme, todo lo he leído, y acerca de todo he tenido noticia. Y ya nada me podrá impresionar después de haber contemplado el rostro borroso de la verdad. Esta es la razón por la que me dirijo a ustedes y por la que me levanto del sillón, camino entre las sillas y hablo con desafuero. 

   De esta manera comenzaba el miope su acto. Era un acto sacro, un discurso de hierofanta en donde la frase cabalística era: ¿¡Cómo fue, cómo era, cómo sucedió...!?

   Todo principiaba, según entendía, en las ranuras sinuosas de las criptas, en los vivos trazos de las pinturas en la piel de mejillas y torsos, en los cánticos y palabras de invocación. En el grafo y el garabato. En la mezcla de voces sagradas, en su posterior fusión y galimatías. Esto me enseñaron, esto aprendí, esto compartí. Luego, postulé mis propias especulaciones y lecturas. Refuté, corregí, también creé. Propuse una teoría que entreví como totalidad. Escudriñando en los legajos, se me encendió el foco. Vi en el aracateño y el rioplatense los caminos coincidir, en el cosmopolita azteca los mitos mezclarse con la ceniza del papel en un revoltijo del tiempo que señalaba, como la aguja de los almirantes, no el norte, sino el origen. 

   Después de un hondo suspiro, el miope, de manos en las caderas, bajó su cabeza y le dio la espalda al público. Nos habló con voz cansada, con dejo de yerbatero, de culebrero mientras observaba a una mosca darse topes tercamente contra un espejo.

   Quien tenga oídos oiga, quien tenga disponibilidad escuche. Quien quiera pasear por los pasillos intrincados del cambio continuo hágalo y aténgase a la respuesta engañosa de las imágenes, a sus peligrosos acertijos empapados de tiempos intrincados, a la voz de los baúles acarreados por mula, a la voz del Escorial. 

   Parecía hablar para sí mismo. Sin embargo, incorporándose, adoptó el inclemente tono de los doctos de antaño y se dirigió a su público.

   Todas estas sillas conforman una red. Sobre ellas se alzan altas columnas y éstas apuntalan aquello que sólo es en su vivencia... La voz del símbolo, aquella por la que hay aproximación a lo anterior y lo posterior. Por esta razón ni vosotros ni yo, por más esfuerzo que hagamos, vemos lo apuntalado. El puente hacia lo eterno es un túnel que tiene los muros  labrados  de  vanidad  y obstinación. Yo los vi, yo los palpé, yo también labré. Llevo sus marcas en las manos. Las marcas, superpuestas como tatuajes, hablan con cierta forma. Fingidora es la litera sobre la que se confunde la piel con la piel. Como  caracoles copulan sentidos y como lianas de Babilonia se desprenden hasta aquí abajo. Eros sabe muy bien de junturas y modula a la perfección los labios de la boca abierta del caos. Finjo tan bien como vosotros lo hacéis. Por eso me levanto enfrente vuestro y os hablo, fingidores. De fingidoras losas está cubierta la litera de los reyes. Grandilocuentes piedras apiladas conforman la escalera hacia la eternidad, hacia lo innombrable, lo mediato, aquello que no remite más: el seductor Thánatos. Luego, la letra, la pincelada, el cincelazo, vuestra saliva y la mía, licuefacción del aliento, cauce de agua de río, arquetipo. 

   Después, el miope, de ojos aguados, sonrío con desconcierto y murmuró para sí mismo: esto parece signado por la pluma solitaria del laberíntico. Y empezó a hablar en un lenguaje arquitectónico, revelador, ecléctico.

   La pirámide es la piedra que converge en la piedra. Su vértice es vórtice y su base es agua de lago. Su sangre es la arena. Alberga el todo como una madre rusa, y como una serpiente se devora a sí misma. Debajo suyo yace el huevo. Arriba, la asíntota rodea la litera de las pieles... Es el nido del águila. Su chillido es el mío, es el vuestro. Abre muchos caminos, muchas brechas. Cuando el capilar se dilata, la semilla explota... Es el proemio. Es el árbol. Su celulosa colada apara la sangre, y ésta se extiende en una  procesión  de  literas  en  las que el sentido se revuelve entre gemidos y dolores de parto. 

   Asistís vosotros al alumbramiento, continuó diciendo el miope mientras que desde atrás de las columnas de papel apilado brotaban profundos sonidos. Se trataba de tantas actrices como el escenario podía albergar. Se enredaban en las columnas de folios y los lamentos de unas se confundían con los gemidos de placer de otras. Había unas que hablaban entre sí, asiéndose a su respectiva columna de papel y el murmullo que llegaba a oído de nosotros los espectadores era desconcertante. El miope lo sabía muy bien. Descubrió en mi mirada esto que él bien conocía. Observando al público, riendo de mi gesto develado, siguió hablándonos y paseando por el proscenio. Lo que sigue reproduce su narración y es mi versión.

   Son bellas, seductoras. Una por cada intención, una por cada creador.  Tienen su estilo, su porte. Van con ligeros velos, observadlas... Descubrid, los que aún no profundizan, su esencia en la forma ondulante de su piel velada. Luchan entre sí, hablan de lo mismo, se contradicen, refutan, postulan, actualizan, y yo las dirijo con una batuta de tiempo. Ellas se mezclan, se refunden, se me van de las manos y del pensamiento. Se confunden en medio de tanto papel; las busco, las encuentro, las ordeno, las desordeno...  

   El silencio repentino del miope le dio la razón al público: era un juego de nunca acabar. Un juego parecido a la arena que derrumba y siega milenarios sentidos mientras erige castillos de corredores enmarañados. ¿Qué otra cosa sino polvo es  la Historia?  Como  el  grano  de  arena  en  el  reloj, los gemidos continuaron creciendo, trasegando los matices del Nombre. Los velos de las actrices diferían en color como las modelos en edad. Casualmente, el miope siguió hablando sobre lo que yo reflexionaba y registraba –recuerdo haberlas descrito en mis apuntes como ánimas-.

   Observadlas bien, fraternos fingidores. Ellas son capaces de coronar plebeyos, canonizar rameras, destronar dioses, derrocar imperios. Son uno y muchos sentidos, tantos como el parpadeo del pitagórico. Su memoria es la de Funes, y su ley, la del conquistador. 

   En un gesto de devoción subí al escenario en medio de miradas de desconcierto. Morirás de hambre, gritó alguien entre el público. Aquí las cosas pesan mucho, son atlas estos hombres, dije, volviéndome a los espectadores.  Entonces, el miope continuó, dirigiéndose a mí.

   Todos los caminos son lenguaje y conducen a la Roma eterna. Eso pensaba, epígono, pero todos los hombres llevan su Roma a cuestas; se juntan en bares, en barras, en estadios, en clubes, en diarios, en pantallas y su Roma es muchas y una sola que habla y parlotea y chismorrea. Mirad, epígono, estas mujeres mezclan en la piel, como en el Evangelio de san Juan, eternidad y palabra... ¡Es su piel la Historia, el origen, el polvo hecho carne polvo!  

   Tras esta contradictoria afirmación entendí por qué tachaban al miope de reduccionista, de absolutista... y de terco. Después de un ademán de reflexión, agregó: no me digas nada. Y después del origen canónico qué, pensarás.  Entonces, acercó  el  espejo  y  lo  dejó  caer a mis  pies.  Míralo  por  ti  mismo,  dijo. Luego salió de escena.

   Terminado su acto, decido proseguir. En mi actuación dramatizo una historia que tiene que ver con la representación. Entonces, imagino-represento, finjo-escribo, actúo-continúo.

 

En un recoveco del espejo roto vislumbré la figura de dos hombres históricos. Las mujeres ánima salían de entre bastidores para atender mis imágenes. Escuché con atención a varias de ellas disertar en torno a los dos hombres sentados a una mesa de diálogo. Observé con atención una de las columnas de papel. Las primeras hojas eran relaciones, cartas y actas. Me sorprendieron dos actores que caracterizaban el papel de efebos. Introdujeron un baúl repleto de folios amarillentos. Abrí su tapa. Las mujeres vinieron a mí desde las columnas en las que folios más blancos se confundían con otros de igual matiz. Mi atención se la robó aquello en su cuerpo que cubrían con sus manos: tatuajes, signos, trazos. En el cuerpo de una de ellas hablaba el poeta neogranadino, dialogaba con la piel cenicienta de otra mujer que juntaba su piel con la primera. Una tercera se les sumó en un ejercicio sexual que desorbitó los ojos de académicos y científicos espectadores. Era un panegírico al arte de Dédalo, a su ingeniería extendida, heredada. Excitados los sentidos por aquella proeza lésbica, estalló el Sentido. Su Excelencia, testigo del último rostro, de la piel cenicienta y libertaria, aparece en el escenario, en medio de un juego surreal, fornicando, desvirgando; ora  sus  canas mezclándose con el pelo indio azabache, ora con bucles castaños de caucásica.  La  piel  negra contrasta con la suya, arrugada y de criollo terso. La verga flácida, erecta arremete inclemente como un arado. Deméter... La Virgen, Deméter... La Virgen, corean las ánimas mientras copula Su Excelencia. Entonces, me abalanzo sobre el baúl y abrazo el estallido de un inicio. Los velos de las mujeres descubren con la intermitencia de las luciérnagas a un hombre un joven un viejo una dama una meretriz un padre. Ellas lo maquillan, lo visten, lo desnudan... ¿¡Cómo fue, cómo era, cómo sucedió...!? El juego surreal es un relámpago que señala con su luz los baches sobre los que camina el público en un medio donde la Historia cae desde lo alto y no brota como la semilla. Su Excelencia es Gloria, Pobre diablo, Barbie, Kent... Guiñapo. Un muñeco de paja que cambia de disfraz dependiendo de la casa de muñecas. El Gran Sueño se expande en el interior de un rito único que celebra la máscara en una dinámica sisífica.

 

Escudriño el baúl mientras las bellas me desnudan y encuentro cartas de invitaciones entre Su Excelencia y el Pacificador.

 

La visión en el recoveco del espejo aparecía ahora en medio del escenario: dos hombres históricos dialogan mientras yo, desnudo, releo los folios del baúl. El encuentro era el producto de una necesidad humanitaria. Necesidad e interés difieren, pero también pueden ser uno bajo el cristal. Entonces corearon las ánimas.  

   Los hombres se contemplan se abrazan se justifican se provocan se hieren se consienten se manosean se enfurecen se reconcilian y todo en medio de un hilo de sangre que recorre periódico y vertical las aristas del espejo.

Dos heraldos entran en la escena. Ambos traen noticias imperiales. Esto es lo que leo en uno de los folios y esto mismo anuncian: en los platos de la balanza serán pesados sus destinos...; y el otro: el judío vendrá a cortar el peso exacto de la piel del deudor.

 

Hay un bache en la escena. Uno de los actores ha olvidado su parlamento. Entonces, su antagonista improvisa: Dios bendiga a Rafaelito del Riego, dice. Y el otro le sigue: al diablo con él.

 

Registro con avidez las frases en los folios. Pero, ¿quién dijo qué? Entonces, descubro que pudo haber sido cualquiera de los dos, pues los dos hombres son uno, cuya voz, modulada por la conveniencia, nace detrás del bastidor. 

   Quema la casa del ofensor el ofendido porque sobre él pesa la ley que atiza la flama de su corazón espinado. Sienten los dos cómo la llama se divide bajo sus pies antes de envolver sus cuerpos. Agonizan abrazados, mirándose. Y finalmente arden juntos porque son el mismo hombre.

La imprecisión viene a mí como uno de los chisguetes de Su Excelencia. ¿¡Cómo fue-era, cómo era-es, cómo suce(dió)de...!? Frase geométrica, esférica. Imagen, estuche, cáliz, piel, cuerpo, vagina inseminada... Palabra hecha cuatro mil trizas, cuatro mil trizas hechas una imagen. Los folios conocen las palabras, son un río, son una y toda fémina. El ojo no alcanza, la voz no alcanza y nos rendimos ante el amor porque nos da  el  sentido  de  lo  que  se desconoce.

 

Los dos hombres se callan, se (s)ciegan, no ven la piel abierta, pero se juegan su amor en una partida de cartas.  Ambos  esperan  noticias de fuego con sus alas caídas mientras barajan su suerte.

    No admite medio hombre a otro medio hombre en su mesa porque le recuerda su forma incompleta. El eco vuelve impertérrito sobre la pena de los fallecidos y los medios hombres contemplan cómo sus enviados se balancean sobre la cuerda. Echan mano de los Mil Hijos de San Luis. Tanto les cuesta dejar que la simiente se deslice y valla a encajar en los espacios que dejan las palabras para que el hilo escarlata recorra a toda marcha los pasillos laberínticos que abre el espejo roto.  

El acto no se suspende, no se acaba. El telón no baja, no es un ensayo, no es un estreno. Los actores copulan con la Erinia y desdeñan el ánima. Y el aliento sigue ahí, como el vaho del recién nacido. Desconfío de los que ven y dicen haber visto, pues el signo remite al signo como la piel a la piel. El rostro de la verdad es borroso por fortuna y al igual que el Nombre, insondable. Las posibilidades se abren desde el borde, desde el límite propio, cuna del que continúa.  

Ya lo sabes, mi fraterno, el telón aún no cae, no ha caído...

(*) Este cuento aborda la figura de Simón Bolívar desde una óptica desacralizadora propia de la nueva narrativa histórica con el ánimo de hacer manifiestas las circunstancias sociales y políticas que recurren a su figura mítica para diferentes fines. El tema del relato es entonces develar los distintos intereses que se escudan tras la figura de Su Excelencia El Libertador. Asimismo, es una puesta en escena que busca exponer la literatura como fundación de la realidad y de la Historia en momentos en los que ésta se repite en Colombia: los diálogos de paz entre la guerrilla y el gobierno Pastrana (2000):: el armisticio entre el Pacificador Pablo Morillo y Su Excelencia El Libertador Simón Bolívar.

Pablo García Dussán
Pontificia Universidad Javeriana
pagardus@hotmail.com

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004