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IMAGEN DE ESPEJO ROTO (*) |
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| CUENTO | ||||||
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Por: Pablo
García Dussán |
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¡Ayer fueron anaqueles, nichos repletos de papeles, yo los vi!, grita el miope. Ya nada puede sorprenderme, todo lo he leído, y acerca de todo he tenido noticia. Y ya nada me podrá impresionar después de haber contemplado el rostro borroso de la verdad. Esta es la razón por la que me dirijo a ustedes y por la que me levanto del sillón, camino entre las sillas y hablo con desafuero.
Todo principiaba, según entendía, en las ranuras sinuosas de las criptas, en los vivos trazos de las pinturas en la piel de mejillas y torsos, en los cánticos y palabras de invocación. En el grafo y el garabato. En la mezcla de voces sagradas, en su posterior fusión y galimatías. Esto me enseñaron, esto aprendí, esto compartí. Luego, postulé mis propias especulaciones y lecturas. Refuté, corregí, también creé. Propuse una teoría que entreví como totalidad. Escudriñando en los legajos, se me encendió el foco. Vi en el aracateño y el rioplatense los caminos coincidir, en el cosmopolita azteca los mitos mezclarse con la ceniza del papel en un revoltijo del tiempo que señalaba, como la aguja de los almirantes, no el norte, sino el origen.
Quien tenga oídos oiga, quien tenga disponibilidad escuche. Quien quiera pasear por los pasillos intrincados del cambio continuo hágalo y aténgase a la respuesta engañosa de las imágenes, a sus peligrosos acertijos empapados de tiempos intrincados, a la voz de los baúles acarreados por mula, a la voz del Escorial.
Todas estas sillas conforman una red. Sobre ellas se alzan altas columnas y éstas apuntalan aquello que sólo es en su vivencia... La voz del símbolo, aquella por la que hay aproximación a lo anterior y lo posterior. Por esta razón ni vosotros ni yo, por más esfuerzo que hagamos, vemos lo apuntalado. El puente hacia lo eterno es un túnel que tiene los muros labrados de vanidad y obstinación. Yo los vi, yo los palpé, yo también labré. Llevo sus marcas en las manos. Las marcas, superpuestas como tatuajes, hablan con cierta forma. Fingidora es la litera sobre la que se confunde la piel con la piel. Como caracoles copulan sentidos y como lianas de Babilonia se desprenden hasta aquí abajo. Eros sabe muy bien de junturas y modula a la perfección los labios de la boca abierta del caos. Finjo tan bien como vosotros lo hacéis. Por eso me levanto enfrente vuestro y os hablo, fingidores. De fingidoras losas está cubierta la litera de los reyes. Grandilocuentes piedras apiladas conforman la escalera hacia la eternidad, hacia lo innombrable, lo mediato, aquello que no remite más: el seductor Thánatos. Luego, la letra, la pincelada, el cincelazo, vuestra saliva y la mía, licuefacción del aliento, cauce de agua de río, arquetipo.
La pirámide es la piedra que converge en la piedra. Su vértice es vórtice y su base es agua de lago. Su sangre es la arena. Alberga el todo como una madre rusa, y como una serpiente se devora a sí misma. Debajo suyo yace el huevo. Arriba, la asíntota rodea la litera de las pieles... Es el nido del águila. Su chillido es el mío, es el vuestro. Abre muchos caminos, muchas brechas. Cuando el capilar se dilata, la semilla explota... Es el proemio. Es el árbol. Su celulosa colada apara la sangre, y ésta se extiende en una procesión de literas en las que el sentido se revuelve entre gemidos y dolores de parto.
Son bellas, seductoras. Una por cada intención, una por cada creador. Tienen su estilo, su porte. Van con ligeros velos, observadlas... Descubrid, los que aún no profundizan, su esencia en la forma ondulante de su piel velada. Luchan entre sí, hablan de lo mismo, se contradicen, refutan, postulan, actualizan, y yo las dirijo con una batuta de tiempo. Ellas se mezclan, se refunden, se me van de las manos y del pensamiento. Se confunden en medio de tanto papel; las busco, las encuentro, las ordeno, las desordeno...
Observadlas bien, fraternos fingidores. Ellas son capaces de coronar plebeyos, canonizar rameras, destronar dioses, derrocar imperios. Son uno y muchos sentidos, tantos como el parpadeo del pitagórico. Su memoria es la de Funes, y su ley, la del conquistador.
Todos los caminos son lenguaje y conducen a la Roma eterna. Eso pensaba, epígono, pero todos los hombres llevan su Roma a cuestas; se juntan en bares, en barras, en estadios, en clubes, en diarios, en pantallas y su Roma es muchas y una sola que habla y parlotea y chismorrea. Mirad, epígono, estas mujeres mezclan en la piel, como en el Evangelio de san Juan, eternidad y palabra... ¡Es su piel la Historia, el origen, el polvo hecho carne polvo!
Terminado su acto, decido proseguir. En mi actuación dramatizo una historia que tiene que ver con la representación. Entonces, imagino-represento, finjo-escribo, actúo-continúo.
En un recoveco del espejo roto vislumbré la figura de dos hombres históricos. Las mujeres ánima salían de entre bastidores para atender mis imágenes. Escuché con atención a varias de ellas disertar en torno a los dos hombres sentados a una mesa de diálogo. Observé con atención una de las columnas de papel. Las primeras hojas eran relaciones, cartas y actas. Me sorprendieron dos actores que caracterizaban el papel de efebos. Introdujeron un baúl repleto de folios amarillentos. Abrí su tapa. Las mujeres vinieron a mí desde las columnas en las que folios más blancos se confundían con otros de igual matiz. Mi atención se la robó aquello en su cuerpo que cubrían con sus manos: tatuajes, signos, trazos. En el cuerpo de una de ellas hablaba el poeta neogranadino, dialogaba con la piel cenicienta de otra mujer que juntaba su piel con la primera. Una tercera se les sumó en un ejercicio sexual que desorbitó los ojos de académicos y científicos espectadores. Era un panegírico al arte de Dédalo, a su ingeniería extendida, heredada. Excitados los sentidos por aquella proeza lésbica, estalló el Sentido. Su Excelencia, testigo del último rostro, de la piel cenicienta y libertaria, aparece en el escenario, en medio de un juego surreal, fornicando, desvirgando; ora sus canas mezclándose con el pelo indio azabache, ora con bucles castaños de caucásica. La piel negra contrasta con la suya, arrugada y de criollo terso. La verga flácida, erecta arremete inclemente como un arado. Deméter... La Virgen, Deméter... La Virgen, corean las ánimas mientras copula Su Excelencia. Entonces, me abalanzo sobre el baúl y abrazo el estallido de un inicio. Los velos de las mujeres descubren con la intermitencia de las luciérnagas a un hombre un joven un viejo una dama una meretriz un padre. Ellas lo maquillan, lo visten, lo desnudan... ¿¡Cómo fue, cómo era, cómo sucedió...!? El juego surreal es un relámpago que señala con su luz los baches sobre los que camina el público en un medio donde la Historia cae desde lo alto y no brota como la semilla. Su Excelencia es Gloria, Pobre diablo, Barbie, Kent... Guiñapo. Un muñeco de paja que cambia de disfraz dependiendo de la casa de muñecas. El Gran Sueño se expande en el interior de un rito único que celebra la máscara en una dinámica sisífica.
Escudriño el baúl mientras las bellas me desnudan y encuentro cartas de invitaciones entre Su Excelencia y el Pacificador.
La visión en el recoveco del espejo aparecía ahora en medio del escenario: dos hombres históricos dialogan mientras yo, desnudo, releo los folios del baúl. El encuentro era el producto de una necesidad humanitaria. Necesidad e interés difieren, pero también pueden ser uno bajo el cristal. Entonces corearon las ánimas.
Dos heraldos entran en la escena. Ambos traen noticias imperiales. Esto es lo que leo en uno de los folios y esto mismo anuncian: “en los platos de la balanza serán pesados sus destinos...”; y el otro: “el judío vendrá a cortar el peso exacto de la piel del deudor”.
Hay un bache en la escena. Uno de los actores ha olvidado su parlamento. Entonces, su antagonista improvisa: Dios bendiga a Rafaelito del Riego, dice. Y el otro le sigue: al diablo con él.
Registro con avidez las frases en los folios. Pero, ¿quién dijo qué? Entonces, descubro que pudo haber sido cualquiera de los dos, pues los dos hombres son uno, cuya voz, modulada por la conveniencia, nace detrás del bastidor.
La imprecisión viene a mí como uno de los chisguetes de Su Excelencia. ¿¡Cómo fue-era, cómo era-es, cómo suce(dió)de...!? Frase geométrica, esférica. Imagen, estuche, cáliz, piel, cuerpo, vagina inseminada... Palabra hecha cuatro mil trizas, cuatro mil trizas hechas una imagen. Los folios conocen las palabras, son un río, son una y toda fémina. El ojo no alcanza, la voz no alcanza y nos rendimos ante el amor porque nos da el sentido de lo que se desconoce.
Los dos hombres se callan, se (s)ciegan, no ven la piel abierta, pero se juegan su amor en una partida de cartas. Ambos esperan noticias de fuego con sus alas caídas mientras barajan su suerte.
El acto no se suspende, no se acaba. El telón no baja, no es un ensayo, no es un estreno. Los actores copulan con la Erinia y desdeñan el ánima. Y el aliento sigue ahí, como el vaho del recién nacido. Desconfío de los que ven y dicen haber visto, pues el signo remite al signo como la piel a la piel. El rostro de la verdad es borroso por fortuna y al igual que el Nombre, insondable. Las posibilidades se abren desde el borde, desde el límite propio, cuna del que continúa.
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Pablo García
Dussán |
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