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Pregunta: "LA
COSIATA" |
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La Cosiata La palabra «Cosiata» ha servido para designar el confuso curso que tomaron los acontecimientos centrados en el departamento de Venezuela entre los meses de abril y diciembre de 1826, con prolongaciones y derivaciones que suelen llegar, según el criterio con que se estudie, hasta 1827 o 1830, bien sea que se lo vea como un proceso cerrado con el regreso de Simón Bolívar a Caracas y la subsecuente reorganización que hizo de la vida político-administrativa del país, o como el proceso global que cubre la secuencia completa de la secesión e independencia definitiva de la «antigua Venezuela» de la Gran Colombia. Por lo general La Cosiata ha sido estudiada desde la perspectiva de la historia episódica a través de la crónica o narración de lo sucedido durante aquellos 8 meses expresivos de la difícil integración de Venezuela en Colombia y el comienzo de su definitiva separación. Se ha prestado atención al examen de las ideas vinculadas a las intrigas y a los intereses personales de los protagonistas, pero se ha concedido menos cuidado al análisis de los factores estructurales y coyunturales sobre los que se fundamenta y se trama la secuencia de los episodios del período. Las dificultades para su aprehensión radican, en orden útil para la exposición pero quizás inverso en importancia:
El profesor Ángel Rosenblat ha aclarado grandemente las posibles dudas en torno al origen y popularización de la denominación y a la precisión de su uso en 1826. Al parecer la utilizó por primera vez un actor cómico en la ciudad de Valencia; de allí fue transmitida a Caracas, donde la habría utilizado también José Ángel Álamo. Pero cuando precisa el surgimiento del vocablo en dicho año para designar «.la cosa embrollada que no tenía nombre.», «.la cosa innominada.», de allí la derivación Cosiata, palabra que se hizo de uso común y que pasó al argot de la época y a la historia, Rosenblat ha clarificado el aspecto filológico de la cuestión sin abordar la investigación propiamente histórica de aquellos sucesos poco claros que el lenguaje percibía como imprecisos. Por lo general, desde la perspectiva didáctica se ha ido formando un estereotipo simple y reiterado que se plasma en la memoria histórica del venezolano común y en el que aquella coyuntura histórica se presenta y explica como consecuencia o resultado directo de las idiosincrasias y de los intereses personales inmediatos: de las intrigas, ambiciones, mezquindades, odios, actitudes y decisiones de unos cuantos protagonistas. De hecho, constituyó un punto de viraje crucial que tuvo una gestación más compleja y un desarrollo inseguro y problemático que, como su mismo nombre indica, implicaba aspectos poco precisables pero más profundos y complicados; era expresivo de la interacción de muy diversos factores, no sólo inmediatos y personales, sino también de orden ideológico, social, político, regional, económico y sobre todo, funcional que en un momento dado se conjugaron, entrecruzándose y reforzándose mutuamente bajo la acción de unos hombres que el destino llevaba, como veremos, a la apertura de nuevas y viejas puertas de la historia. Vale la pena advertir que la denominación «Venezuela», en cuanto se refiere al desarrollo de la «Cosiata» posee 2 acepciones diferentes cuya clarificación es fundamental:
Este orden político-constitucional era, sin embargo, impreciso y en cierto modo provisional, pues se preveía la posibilidad de su reajuste o eventual reforma al cabo de 10 años mediante la convocatoria de una Gran Convención. El poder central de la República tenía su sede en Bogotá, donde el Ejecutivo, por ausencia del presidente Bolívar en sus campañas del sur, era ejercido por el vicepresidente Francisco de Paula Santander. A la cabeza de cada departamento (y por consiguiente en el de Venezuela) se contemplaba la figura de un intendente como máxima autoridad civil; en razón de que los temores a una invasión, amenazas de guerra y de reacción no habían desaparecido del todo en dicho departamento, se había nombrado el mismo año de 1821 una autoridad militar con el título de comandante general en la persona del general José Antonio Páez y a su vez, un director de la guerra en funciones de coordinador para todo el país, que lo fuera el general Carlos Soublette en los primeros momentos. El poder así repartido en aquella circunscripción tenía otras instancias y portadores a distintas escalas y niveles en los ámbitos político-administrativo y militar como los gobernadores de provincia y los comandantes de armas, y el resto de los cargos subalternos dependientes en última instancia del intendente y del comandante general. Pero también existía una peculiar y arraigada concentración de poderes en las municipalidades, y otra no menos importante en los jefes militares que con cargos o sin ellos continuaban participando frecuentemente en la vida pública de un país todavía no pacificado. En consecuencia, se daba el caso de la existencia de instancias de poder insuficientemente perfiladas y poco o nada institucionalizadas en su convivencia que podríamos clasificar en 3 grupos:
Así, coexistían y competían en aquella situación de ensayo político de Colombia, con un reparto de funciones todavía impreciso y carente del hábito institucional, nuevos y viejos poderes, emanados de la Constitución, de la necesidad y del prestigio de la guerra y de la tradición municipal, consecuentemente sustentados en los 3 tipos de legitimidad racional, carismática y tradicional clasificados por Max Weber, en difícil armonía discrónica. A ello se añadía, además, el hecho
de que en una sociedad trastocada por la guerra y que no podía haberse
repuesto aún de los años tremendos de 1812-1821 cuando la lucha
provocara la virtual disolución del orden social, económico y político,
cada uno de estos 3 tipos de poderes con sus distintas legitimidades
podía muy bien ser ejercido por personajes del más diverso origen
social, con la posible excepción, quizás, de los Ayuntamientos que, dado
su carácter, formaban conjuntos más homogéneos. Ello había provocado, primero resistencias y luego condiciones a la jura de la Constitución por las autoridades caraqueñas, al tiempo que había nutrido tendencias federalistas en el seno de la inconforme, y un tanto goda, élite civil. Por otra parte, en su calidad de comandante general del departamento, Páez había tenido violentos roces en 1824 con la Municipalidad de Puerto Cabello con ocasión de una recluta ordenada por el gobierno central a fin de enviar refuerzos a Bolívar en el sur, y relaciones difíciles con el intendente, general Juan de Escalona y con la Municipalidad de Caracas con ocasión de las medidas extraordinarias que tomara para acallar el peligroso curso que en aquel ambiente podía tomar el proceso judicial de los implicados en una asonada realista en Petare. A su vez, las tensiones constantes entre Caracas y Bogotá se habían nutrido asimismo de las diferencias de perspectiva en la concepción del sistema de milicias, especialmente cuando en Caracas, donde ya se había elaborado un plan propio para el establecimiento de milicias cívicas, se tuvo conocimiento del decreto emanado del gobierno en 1824 para su reglamentación centralizada en el país. Así las cosas, en 1824-1825 José Antonio Páez se convirtió en el personaje clave alrededor del cual giraron los acontecimientos en el departamento de Venezuela. El primer suceso relevante del ciclo que, a la larga conduciría a la separación de la «antigua Venezuela» de Colombia lo constituyó el «bando» sobre alistamiento de milicias que el citado general, cumpliendo órdenes del gobierno central dictó en Caracas en diciembre de 1825, reactualizando la medida que en 1824 había tropezado con las resistencias antes señaladas para su cabal efectividad. Dicho «bando» se dirigía, pues, a una población sensibilizada y reacia a esta forma de reglamentación de las milicias, a la que no le era grato el comandante general por motivos que, como hemos señalado, poco se remontaban en el tiempo. Pero como Páez estaba decidido a hacer cumplir la disposición del gobierno central, su insistencia y algún verosímil exceso de sus subalternos agudizaron las tensiones y las diferencias ya existentes con el intendente y con la Municipalidad, celosos de sus competencias de poderes civiles frente al poder militar. Entonces, enemistado con ambos por las supuestas o efectivas vejaciones en la ejecución del «bando», Páez fue acusado por el intendente Escalona ante el Ejecutivo, y por la Municipalidad ante el Congreso de Bogotá. La acusación fue admitida por éste, y Páez cesado de su cargo por el Ejecutivo y sustituido por el ex intendente Escalona, a quien Cristóbal de Mendoza había sucedido en la Intendencia. La tal vez imprudente y desacertada medida, incluso al decir del mismo Santander, no podía ser acogida con beneplácito por el general Páez, quien, sin embargo, la acató y se dispuso a comparecer ante el Senado a defenderse de los cargos que se le hacían. Pero su sucesor había sido Escalona, persona no demasiado grata en Valencia, ciudad en la que residía Páez frecuentemente. Y precisamente allí no se hizo esperar la reacción por parte de la Municipalidad que, el 27 de abril de 1826 manifestó su desagrado por la separación de Páez de la Comandancia general. Tres días después, en medio de una situación de orden público incierta, tensa y hasta violenta, dicha Municipalidad desconoció abiertamente el gobierno constitucional de Bogotá y restituyó a Páez en el mando militar. A continuación se fueron sumando al movimiento promovido en Valencia numerosas municipalidades y curiosamente, la de Caracas que había acusado a Páez, tardó pocos días en adherírsele: tal era el confuso, inseguro aunque no menos apasionado criterio que imperaba. Los otros departamentos no se sumaron entonces a la rebelión: ni Bermúdez en Orinoco, ni Rafael Urdaneta en Zulia se apresuraban por seguir a Páez y optaban por el mantenimiento del orden constitucional. El 8 de julio, Santander, en nombre
del Ejecutivo, declaró a Páez en rebeldía. Los sucesos del 30 de abril
habían roto la precaria línea de desarrollo institucional alterando el
rumbo y el ritmo de las cosas, adelantándose de hecho a la Convención y
a las previstas reformas por vía institucional, colocando a Páez en el
eje de un remolino de tendencias confusas y diversas que coincidían en
el interés por la reforma de la Constitución de 1821 y por la vuelta de
Bolívar para la actualización de una forma política distinta.
Ante este hecho, el general Páez dispuso que Cristóbal de Mendoza fuese expulsado de Venezuela y que lo sustituyese al frente de la Intendencia Mariano Echezuría, adicto a La Cosiata. En toda Venezuela los comienzos de diciembre no fueron tiempos más claros para la cuestión: pronunciamiento en Maracaibo por Páez y la federación abortado por Urdaneta, mientras Angostura se pronunciaba por la Constitución y por Bolívar; constitución del Colegio Electoral en Caracas para elegir diputados al Congreso Constituyente que debía reunirse en Valencia; tensiones, desasosiego e incertidumbre por la vuelta de Bolívar a aquella casa revuelta, cuya llegada anunciaba un Páez cauteloso el 15 de diciembre de 1826. Entre tanto, fuerzas leales a Bolívar avanzaban por los Andes hacia el centro. Por fin, el Libertador llegó a Maracaibo el 16 y convocó la Gran Convención el 19. D e allí pasó a Coro y luego a Puerto
Cabello, adonde llegó el 31 de diciembre. El día 1 de enero de 1827
Bolívar, en virtud de las facultades extraordinarias de que se hallaba
investido, dictó un decreto de amnistía para todos los comprometidos en
el movimiento, advirtiendo que a partir de aquella fecha todo acto de
hostilidad contra él, como presidente de la República que era, sería
considerado un delito de Estado. Páez acató la autoridad de Bolívar y
éste lo nombró jefe superior civil y militar de Venezuela, con lo cual
su poder quedó intacto y más bien se acrecentó. El 4 de enero, en
Valencia, se produjo la entrevista entre Bolívar y Páez. El 10 de enero
de 1827 entraba en una Caracas que estallaba de alegría al verlo llegar
acompañado por Páez, cuyo poder había reconocido, pues aquellas
circunstancias no parecían ofrecerle mejor solución. Habían surgido, en un principio como simples actitudes frente a la Independencia que, como muy bien observaría Páez en su Autobiografía, cubrían un espectro que iba desde la actitud más propiamente patriota decidida por la separación de España, pasando por la demagogia, la indiferencia o, en el caso de los estratos inferiores, la irracionalidad manipulable hasta el godismo más exacerbado. Cuando a partir de 1821 todos los grupos expresivos de estas actitudes tuvieron que convivir bajo la Constitución de Colombia, no se cuestionaba ya la independencia a la que se veía como irreversible, pero las incoadas o expresas inclinaciones de aquellos actores los llevaron a tomar partido, en cada momento, por aquellas tendencias que favorecieran más sus preferencias o intereses predispuestos. De aquí que ya antes de 1826, y entonces más abiertamente, se agruparan alrededor de personas, ideas, instituciones según les fueran más o menos propicios. Eran las suyas tendencias complementarias o excluyentes que no se sistematizaban en una ideología permanente definidora de algo que mereciera cabalmente el nombre de «partido». Eran, en suma, actitudes con fundamento y explicación, pero con manifestaciones episódicas que se expresaban a través de la prensa, de los ayuntamientos o de la pura protesta personal y que, sin duda, estaban en la base de las tensiones y conflictos entre poderes que mencionáramos líneas arriba. Sólo así se explican los cambios de actitud a favor de Páez a partir de abril de 1826 y dentro de ellos el viraje de 180° que dio la Municipalidad de Caracas cuando percibió las ventajas que podría ofrecerle la nueva situación. No pocas veces se percibe en Hispanoamérica que el curso del suceder depende de la confluencia de distintas fuerzas imprecisas que imprimen impulsos a la historia por rumbos y lapsos proporcionales al grado y a la capacidad de coherencia de dichas fuerzas. En medio de aquellos sucesos, y precisamente por la confusión que emanaba de las circunstancias, sólo una voluntad personal se veía capaz de llevar el rumbo, al tiempo que se sabía llevada por tendencias irrefrenables en la coerción de la realidad. El prestigio personal surgido en la guerra era aprovechado por el impulso separatista, y ambos rompían la coexistencia política de Venezuela en Colombia quebrando aquel difícil ensayo institucional fundado en el endeble y complejo orden constitucional de Cúcuta. Por eso La Cosiata señala la plena iniciación de Páez como político: su ascendiente y su posición relativa en aquel esquema de relaciones de poder lo colocaban en situación propicia para asumirlo plenamente a costa de la formalidad constitucional. Páez, quien más de una vez se lamentaría de los sucesos del año 26, sería sin embargo, el principal y más efectivo animador del orden constitucional que la sociedad venezolana iniciaría en 1830 y que tendría una duración de más de 3 lustros. El regreso de Bolívar en 1827 no detuvo el proceso: relevó tensiones, canceló eventuales oposiciones a su persona e impuso la autoridad que emanaba de su todavía incompetible carisma, pero sólo abrió un compás de espera al imponer un nuevo ritmo a los acontecimientos que, a la larga llevarían, en 1830, a la reunión del Congreso Constituyente de Valencia y a la ruptura de una Colombia en la que ya no creía ni el propio Libertador. Los sucesos de 1828-1830, en consecuencia (Convención de Ocaña, Dictadura de Bolívar, Congreso Admirable, etc.) precipitan la escisión y señalan nuevo punto de partida a la vida independiente de los 3 países que habían constituido la Gran República de Colombia. G.S. |
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