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En el primer plano del
lienzo de Tito Salas, el cuerpo del Negro Primero yace cerca de un pequeño
árbol en la llanura de Carabobo, vocablo compuesto por dos voces indígenas
-cara y bobo- que designa a los musgos que se encuentran sobre el agua del
riachuelo. Tiene los ojos cerrados, perdidos para siempre, y su arma,
instrumento con el que intentó salvar la vida y la honra de un país, aún
humea como si todavía quedara mucho por hacer.
Al observar el plano general de la batalla el espectador percibe una extraña
sensación, mezcla de pena, violencia e ímpetu desbordado. Los muertos, los
que ya no respiran, se los tragó la tierra del campo. Los que sobreviven con
el corazón en la boca -por esa excitación que genera toda cercanía con la
muerte- levantan sus lanzas y espadas hacia el cielo y, sobre el lomo de
briosos caballos, piensan en cómo se le puede encontrar sentido a la vida un
24 de junio de 1821.
Hoy el campo que vio nacer la independencia de Venezuela, hace 180 años, es
distinto al que Salas recreó. Sus hierbas y musgos no están manchados con
gotas de sangre o sudor de libertad. En todo caso, la sabana exhibe un
fresco verdor en los albores del siglo XXI aunque también, en ocasiones,
pueda escucharse -como eco solitario del pasado- el galopar de un caballo
desenfrenado.
El historiador Tomás Polanco Alcántara señala que la Batalla de Carabobo fue
una obra maestra de la estrategia militar trazada por Simón Bolívar. Se
dice, de acuerdo a datos encontrados en documentos, que se realizó en horas
de la mañana y que no duró más de tres horas. Enfrentó a 4.279 soldados
realistas, bajo la conducción del mariscal de campo Miguel de la Torre,
contra 6.500 guerreros venezolanos que estaban organizados en tres
divisiones.
El catire José Antonio Páez, quien comandaba la primera división, se
convirtió en el héroe de la jornada y fue ascendido a general en jefe en el
propio campo de batalla. Hubo 2.908 bajas en las filas realistas y 206
patriotas. Entre los muertos más llorados, por la valentía que expresó en el
brutal y desalmado escenario de la guerra, se recuerda con especial atención
a Pedro Camejo, el Negro Primero.
"Bolívar
-dice Polanco Alcántara- ordenó realizar una estrategia de orden oblicuo que
consiste en atacar a las fuerzas enemigas por un lado cuando no es posible
hacerlo por la parte frontal. Esto trajo como consecuencia un desorden total
en el ejército español que nuestros soldados supieron aprovechar. La
victoria fue relativamente sencilla y rápida. Si el Libertador hubiese
perdido esta batalla le habría costado mucho trabajo conseguir
posteriormente la emancipación. Por eso la épica de Carabobo es la partida
de nacimiento de Venezuela".
En los círculos de investigadores de la historia hay quienes comentan que
una de las mejores crónicas sobre el heroico combate fue escrita por Rafael
María Baralt: "El enemigo no contaba con aquella atrevida operación, y por
consiguiente nada había hecho para embarazarla o precaverla, debió cambiar
el plan de su defensa y hacer ésta con la desventaja que trae consigo una
sorpresa. De hecho, algunos batallones llegaron a la quebrada a tiempo de
que el Apure empezaba a pasarla y allí se rompió el fuego de infantería,
vigorosamente sostenido por ambas partes. El cuerpo republicano al fin logró
pasar, pero no pudiendo resistir la carga que dieron, se arremolinaba y ya
cedía, cuando llegaron en su auxilio los ingleses al mando del coronel John
Ilderton Ferriar".
Sin embargo, la campaña de Carabobo, iniciada el 28 de abril de 1821, no
concluyó aquel decisivo 24 de junio con el triunfo arrasador de Bolívar, ni
tampoco con la capitulación del coronel Pereira. El acto final de este lento
drama por la libertad lo protagonizó el general Páez el 8 de noviembre de
1823 cuando, a la cabeza de 400 hombres del batallón Anzoátegui y 100
lanceros, tomó por asalto la plaza fuerte de Puerto Cabello. |