La esquizofrenia bolivariana

Más preocupante resulta observar cómo a la apropiación de la personalidad de Bolívar se suman otros desdoblamientos esquizofrénicos

Por: William Dávila Barrios

Voy a contarles una historia verdadera, entresacada de la revista dominical del diario colombiano El Espectador, que por lo cercana a nuestros afectos puede resultar conmovedora, y por lo desgarradora, aleccionadora.

Los venezolanos de mi generación seguramente recordamos con admiración la serie histórica televisada hace veinte años Bolívar, el hombre de las dificultades, que causó un grato impacto entre quienes la vimos y la seguimos con pasión patriótica. Uno de los aspectos que quizá más nos impactó fue la manera tan patética como el actor Pedro Montoya caracterizó a nuestro Libertador. Su pequeña y fina figura, su apariencia, su gesticulación y la energía de su voz nos hacían pensar que, de verdad, estábamos reviviendo nuestra historia. Nos cuenta Freddy Canchón, autor de la crónica en referencia, que la gran tragedia de la vida de Montoya fue haber representado a la perfección la personalidad de Bolívar, a tal punto que fue poseído por el personaje a niveles tan inimaginables que cuando llegó el final de la serie y debió grabar la muerte del Libertador, el actor no necesitó retoques de maquillaje porque sudaba, tenía fiebre, tosía fuerte y temblaba.

A partir de ese momento, con el personaje acabó la vida actoral de Montoya, porque no fue capaz de representar otro papel y, después de ser la gran estrella, ninguna programadora volvió a contratarlo por el temor a que siempre se le saliera el Bolívar. Hoy su desgracia la describen sus propias palabras, cuando dice que 'vive en el edificio más feo del barrio Santafé y sus vecinos son los travestis y las prostitutas que deambulan en el centro', acompañado de un computador destartalado y un televisor viejo, sentado en una silla de ruedas, víctima de una embolia.

Sus compañeros de rodaje recuerdan que Pedro siguió representando a Bolívar fuera de cámaras, y que lo único que le faltó broma que Montoya hoy soporta fue cobrar regalías por los servicios prestados en la gesta libertadora. El mismo Montoya reconoce orgulloso que 'no fingí, sino fungí'.

Después de leer 50 biografías del Libertador, aprender equitación y esgrima, ensayar caminados, imitar los movimientos y hasta la forma de levantar la ceja y vestir la propia ropa de nuestro héroe, es comprensible que la obsesión por parecerse a Bolívar transmitiera tantos signos de veracidad que en los sitios donde se grababa la serie, el alcalde y el cura párroco le brindaban honores, y la gente le pedía soluciones a sus problemas. 'Las mismas fuerzas militares con gran generosidad prestaban sus guarniciones para ver de cerca al 'General'. Muchas adolescentes, jóvenes y señoras se ofrecían a compartir una noche con el actor, como sucedía con el Libertador'. El desdoblamiento de su personalidad llegó al extremo no se sabe si es cierto que tiempo después lo veían por los pueblos cabalgando con Palomo, vistiendo los trajes de Bolívar, agitando su espada y recitando los parlamentos del pasado. 'Daba órdenes a la tropa, y dicen que incluso, durante la remodelación de la quinta de Bolívar, llegó hasta allí a inspeccionar las obras en construcción y a despedir personal'.


El final feliz de esta historia es que en la actualidad Pedro Montoya se recupera de su 'reencarnación', y hasta se ríe de las cosas que hizo o dicen que hizo creyéndose Bolívar. Mi preocupación, entonces, no está en el temor de que nuestros actores sean poseídos por el fantasma de sus personajes, sino que nuestros gobernantes enfermen de esquizofrenia, e irresponsablemente involucren a nuestra nación en la repetición de gestas y episodios ya superados, pero cuyo final seguramente no será feliz, y sí más bien nos llevará a consecuencias impredecibles.

Existen ya suficientes señales de que puede ser así. En las campañas electorales recientes hemos padecido recurrentes elogios a los patriotas' y descalificadores epítetos a los 'realistas'. La espada del Libertador se ha agitado amenazante en los balcones presidenciales. Todo se violenta para acomodarle una camisa de fuerza para que quepa en el molde bolivariano. Ahora tenemos hasta sindicalismo bolivariano, como si en su época y en su lucha independentista Bolívar hubiera fungido como ideólogo de un sindicalismo y de una clase obrera que, si existieron, no estuvieron en la prioridad de sus apremios.

Lo que sí es claro es la intención de reencarnar, no sólo al Libertador sino su propósito de convertir a toda América en una sola nación y un solo Estado, no por la vía de la integración, que es el camino concertado, como corresponde a los tiempos de la democracia civilizada, sino por la vía de ejércitos y guerrillas de objetivos inéditos pero disfrazados de bolivarianos.

Más preocupante resulta observar cómo a la apropiación de la personalidad de Bolívar se suman otros desdoblamientos esquizofrénicos que muestran la intención de clonar y completar la vida y obra de Fidel con su revolución inconclusa y la resurrección del Che creando muchos Vietnam, ya no sólo en América Latina sino en las polaridades tricontinentales, incluyendo la asiática y la africana.

Unámonos y organicémonos en un gran frente democrático de proposición alternativa para frenar tanta locura.

 EL UNIVERSAL -
Caracas, jueves 16 de noviembre, 2000

 
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© Copyright Johannes W. de Wekker  Noviembre, 2002