LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Proceso social y político acaecido en Francia entre 1789 y 1799, cuyas principales consecuencias fueron el derrocamiento de Luis XVI, perteneciente a la Casa real de los Borbones, la abolición de la monarquía en Francia y la proclamación de la I República, con lo que se pudo poner fin al Antiguo Régimen en este país. Aunque las causas que generaron la Revolución fueron diversas y complejas, éstas son algunas de las más influyentes: la incapacidad de las clases gobernantes -nobleza, clero y burguesía- para hacer frente a los problemas de Estado, la indecisión de la monarquía, los excesivos impuestos que recaían sobre el campesinado, el empobrecimiento de los trabajadores, la agitación intelectual alentada por el Siglo de las Luces y el ejemplo de la guerra de la Independencia estadounidense. Las teorías actuales tienden a minimizar la relevancia de la lucha de clases y a poner de relieve los factores políticos, culturales e ideológicos que intervinieron en el origen y desarrollo de este acontecimiento. EL ANTIGUO RÉGIMEN Al promediar el siglo XVIII, la sociedad europea se caracterizaba por la acentuada desigualdad entre las clases privilegiadas, que detentaban el poder, y las clases populares, sobre las que recaían las mayores obligaciones. El rey se hallaba al frente de una sociedad aristocrática, y su autoridad, que era absoluta y despótica, no reconocía límites de ninguna especie. Ejercía el poder fundado en el concepto del derecho divino, pues afirmaba que su autoridad provenía de Dios y que sólo a El debía rendir cuenta de sus actos.- En Francia, donde las características de este sistema alcanzaron mayor intensidad, el monarca y sus familiares vivían en la opulencia y, aunque la capital de la nación era París, preferían residir en Versalles, donde el marco era propicio para las actividades de una corte frívola y derrochadora. Si bien el rey se preocupaba poco de los asuntos de gobierno, nada podía hacerse sin su autorización. Todas las órdenes emanaban de su persona y, aún las decisiones más trascendentes se tomaban sin la fiscalización de ningún cuerpo legislativo. Dueño de omnímodos poderes, el rey disponía a su voluntad de todos los resortes del Estado. Los habitantes carecían de garantías para su libertad individual, pues la policía podía encarcelar a cualquier ciudadano, sin juicio previo, merced a una orden del rey llamada carta sellada. además era común el uso del tormento para lograr la confesión de los sospechosos y acusados. La crítica a su política estaba prohibida mediante una rígida censura que fiscalizaba las expresiones orales o escritas. El monarca dirigía también los asuntos económicos y, no sólo disponía con libertad y para su uso personal de las rentas oficiales, sino que fijaba impuestos y cargas, los que recaían despiadadamente sobre las clases no privilegiadas. No obstante este centralismo, la estructura política y administrativa de Francia carecía de unidad. El país se hallaba dividido en provincias a cargo de dóciles intendentes, que solo procuraban no contradecir al rey. Sin embargo, esos territorios conservaban sus costumbres, instituciones y legislaciones locales, todo lo cuál contribuyó a empeorar la situación, pues, a la arbitrariedades derivadas del régimen absolutista, se sumaron los conflictos de jurisdicción en materia económica y de justicia. LAS CLASES SOCIALES En la sociedad francesa del siglo XVIII, regida por el principio de la desigualdad, se distinguían claramente dos órdenes o categorías:
LOS PRIVILEGIADOS EL CLERO. Poseía el 10% de las tierras de la nación, lo que significaba una gran riqueza. Además de los derechos feudales que abonaban los ocupantes de esas tierras, percibía el diezmo, impuesto que debían pagar los agricultores. Estas rentas eran destinadas al sostenimiento de parroquias, escuelas, instituciones de beneficencia, etc. LA NOBLEZA. Se hallaba representada en unas 30.000 familias que poseían el 30% de las tierras. A sus privilegios honoríficos sumaban numerosos beneficios, tales como la exención de impuestos, cobro de derechos feudales sobre los campesinos, prerrogativas judiciales (tribunales propios), etc. LOS NO PRIVILEGIADOS EL ESTADO LLANO. A él pertenecía la mayor parte de la población (24 millones) y podían distinguirse tres clases: la burguesía, los obreros y los campesinos. La burguesía. Estaba constituida por profesionales y comerciantes enriquecidos que, conscientes de su importancia, reclamaban reformas radicales en el régimen a fin de destruir los privilegios de la nobleza. De esta clase, en la que militaban filósofos y economistas representantes de las nuevas ideas, surgieron los principales elementos de la Revolución. Los obreros. Vivían miserablemente, pues sus salarios eran muy bajos y sus actividades estaban entorpecidas por las antiguas reglamentaciones sobre trabajo. La disciplina férrea y las jornadas agotadoras a que estaban sometidos, provocaron violentas reacciones que fueron fácilmente sofocadas. Los campesinos. Soportaban las mayores cargas y, aunque muchos eran propietarios de sus tierras, se hallaban agobiados por los impuestos que les absorbían las cuatro quintas parte de sus ingresos. El injusto sistema impositivo del antiguo régimen francés era más opresivo a medida que eran mayores los gastos que demandaba el lujo desmedido de la corte. Como las clases privilegiadas se hallaban eximidas de las grandes contribuciones, éstas recaían en el estado llano, principalmente entre la burguesía y los campesinos, ya que los obreros y artesanos, que nada poseían, poco podían aportar. LOS PROPÓSITOS DE LA REVOLUCIÓN El gran movimiento de la Revolución Francesa respondió a una triple aspiración:
LAS RAZONES HISTÓRICAS DE LA REVOLUCIÓN
EL INICIO DE LA REVOLUCIÓN
La caída de la Bastilla constituye la primera gran jornada de la Revolución. Desarrollada con rapidez, sus efectos fueron prodigiosos pues al conocer su verdadera fuerza, el pueblo se halló dispuesto a sostener con firmeza sus ideales de libertad. En hecho, en sí, careció de significación, pero desbordó en simbolismo al asestar un golpe decisivo a las arbitrariedades del antiguo régimen. Antes de que estallara la revolución en París, ya se habían producido en muchos lugares de Francia esporádicos y violentos disturbios locales y revueltas campesinas contra los nobles opresores que alarmaron a los burgueses no menos que a los monárquicos. El conde de Artois y otros destacados líderes reaccionarios, sintiéndose amenazados por estos sucesos, huyeron del país, convirtiéndose en el grupo de los llamados émigrés. La burguesía parisina, temerosa de que la muchedumbre de la ciudad aprovechara el derrumbamiento del antiguo sistema de gobierno y recurriera a la acción directa, se apresuró a establecer un gobierno provisional local y organizó una milicia popular, denominada oficialmente Guardia Nacional. El estandarte de los Borbones fue sustituido por la escarapela tricolor (azul, blanca y roja), símbolo de los revolucionarios que pasó a ser la bandera nacional. No tardaron en constituirse en toda Francia gobiernos provisionales locales y unidades de la milicia. El mando de la Guardia Nacional se le entregó al marqués de La Fayette, héroe de la guerra de la Independencia estadounidense. Luis XVI, incapaz de contener la corriente revolucionaria, ordenó a las tropas leales retirarse. Volvió a solicitar los servicios de Necker y legalizó oficialmente las medidas adoptadas por la Asamblea y los diversos gobiernos provisionales de las provincias.
LA REDACCIÓN DE UNA CONSTITUCIÓN La Asamblea Nacional Constituyente comenzó su actividad movida por los desórdenes y disturbios que estaban produciéndose en las provincias (el periodo del 'Gran Miedo'). El clero y la nobleza hubieron de renunciar a sus privilegios en la sesión celebrada durante la noche del 4 de agosto de 1789; la Asamblea aprobó una legislación por la que quedaba abolido el régimen feudal y señorial y se suprimía el diezmo, aunque se otorgaban compensaciones en ciertos casos. En otras leyes se prohibía la venta de cargos públicos y la exención tributaria de los estamentos privilegiados. A continuación, la Asamblea Nacional Constituyente se dispuso a comenzar su principal tarea, la redacción de una Constitución. En el preámbulo, denominado Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano, los delegados formularon los ideales de la Revolución, sintetizados más tarde en tres principios, "Liberté, Égalité, Fraternité" ("Libertad, Igualdad, Fraternidad"). Mientras la Asamblea deliberaba, la hambrienta población de París, irritada por los rumores de conspiraciones monárquicas, reclamaba alimentos y soluciones. El 5 y el 6 de octubre, la población parisina, especialmente sus mujeres, marchó hacia Versalles y sitió el palacio real. Luis XVI y su familia fueron rescatados por La Fayette, quien les escoltó hasta París a petición del pueblo. Tras este suceso, algunos miembros conservadores de la Asamblea Constituyente, que acompañaron al rey a París, presentaron su dimisión. En la capital, la presión de los ciudadanos ejercía una influencia cada vez mayor en la corte y la Asamblea. El radicalismo se apoderó de la cámara, pero el objetivo original, la implantación de una monarquía constitucional como régimen político, aún se mantenía. El primer borrador de la Constitución recibió la aprobación del monarca francés en unas fastuosas ceremonias, a las que acudieron delegados de todos los lugares del país, el 14 de julio de 1790. Este documento suprimía la división provincial de Francia y establecía un sistema administrativo cuyas unidades eran los departamentos, que dispondrían de organismos locales elegibles. Se ilegalizaron los títulos hereditarios, se crearon los juicios con jurado en las causas penales y se propuso una modificación fundamental de la legislación francesa. Con respecto a la institución que establecía requisitos de propiedad para acceder al voto, la Constitución disponía que el electorado quedara limitado a la clases alta y media. El nuevo estatuto confería el poder legislativo a la Asamblea Nacional, compuesta por 745 miembros elegidos por un sistema de votación indirecto. Aunque el rey seguía ejerciendo el poder ejecutivo, se le impusieron estrictas limitaciones. Su poder de veto tenía un carácter meramente suspensivo, y era la Asamblea quien tenía el control efectivo de la dirección de la política exterior. Se impusieron importantes restricciones al poder de la Iglesia católica mediante una serie de artículos denominados Constitución civil del Clero, el más importante de los cuales suponía la confiscación de los bienes eclesiásticos. A fin de aliviar la crisis financiera, se permitió al Estado emitir un nuevo tipo de papel moneda, los asignados, garantizado por las tierras confiscadas. Asimismo, la Constitución estipulaba que los sacerdotes y obispos fueran elegidos por los votantes, recibieran una remuneración del Estado, prestaran un juramento de lealtad al Estado y las órdenes monásticas fueran disueltas. Durante los quince meses que transcurrieron entre la aprobación del primer borrador constitucional por parte de Luis XVI y la redacción del documento definitivo, las relaciones entre las fuerzas de la Francia revolucionaria experimentaron profundas transformaciones. Éstas fueron motivadas, en primer lugar, por el resentimiento y el descontento del grupo de ciudadanos que había quedado excluido del electorado. Las clases sociales que carecían de propiedades deseaban acceder al voto y liberarse de la miseria económica y social, y no tardaron en adoptar posiciones radicales. Este proceso, que se extendió rápidamente por toda Francia gracias a los clubes de los jacobinos, y de los cordeliers, adquirió gran impulso cuando se supo que María Antonieta estaba en constante comunicación con su hermano Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Al igual que la mayoría de los monarcas europeos, Leopoldo había dado refugio a gran número de émigrés y no había ocultado su oposición a los acontecimientos revolucionarios que se habían producido en Francia. El recelo popular con respecto a las actividades de la reina y la complicidad de Luis XVI quedó confirmado cuando la familia real fue detenida mientras intentaba huir de Francia en un carruaje con destino a Varennes el 21 de junio.
RADICALIZACIÓN DEL GOBIERNO
El 17 de julio de 1791 los sans-culottes (miembros de una tendencia revolucionaria radical que exigía la proclamación de la república) se reunieron en el Campo de Marte y exigieron que se depusiera al monarca. La Guardia Nacional abrió fuego contra los manifestantes y los dispersó siguiendo las órdenes de La Fayette, vinculado políticamente a los feuillants, un grupo formado por monárquicos moderados. Estos hechos incrementaron de forma irreversible las diferencias existentes entre el sector burgués y republicano de la población. El rey fue privado de sus poderes durante un breve periodo, pero la mayoría moderada de la Asamblea Constituyente, que temía que se incrementaran los disturbios, restituyó a Luis XVI con la esperanza de frenar el ascenso del radicalismo y evitar una intervención de las potencias extranjeras. El 14 de septiembre, el rey juró respetar la Constitución modificada. Dos semanas después, se disolvió la Asamblea Constituyente para dar paso a las elecciones sancionadas por la Constitución. Durante este tiempo, Leopoldo II y Federico Guillermo II, rey de Prusia, emitieron el 27 de agosto una declaración conjunta referente a Francia en la que se amenazaba veladamente con una intervención armada. La Asamblea Legislativa, que comenzó sus sesiones el 1 de octubre de 1791, estaba formada por 750 miembros que no tenían experiencia alguna en la vida política, dado que los propios integrantes de la Asamblea Constituyente habían votado en contra de su elegibilidad como diputados de la nueva cámara. Ésta se hallaba dividida en facciones divergentes. La más moderada era la de los feuillants, partidaria de la monarquía constitucional tal como se establecía en la Constitución de 1791. El centro de la cámara acogía al grupo mayoritario, conocido como el Llano, que carecía de opiniones políticas definidas pero que se oponía unánimemente al sector radical que se sentaba en el ala izquierda, compuesto principalmente por los girondinos, que defendían la transformación de la monarquía constitucional en una república federal, un proyecto similar al de los montagnards (grupo que por ocupar la parte superior de la cámara, recibió el apelativo de La Montaña) integrados por los jacobinos y los cordeliers, que abogaban por la implantación de una república centralizada. Antes de que estas disensiones abrieran una profunda brecha en las relaciones entre los girondinos y los montagnards, el sector republicano de la Asamblea consiguió la aprobación de varios proyectos de ley importantes, entre los que se incluían severas medidas contra los miembros del clero que se negaran a jurar lealtad al nuevo régimen. Sin embargo, Luis XVI ejerció su derecho a veto sobre estos decretos, provocando así una crisis parlamentaria que llevó al poder a los girondinos. A pesar de la oposición de los más destacados montagnards, el gabinete girondino, presidido por Jean Marie Roland de la Platière, adoptó una actitud beligerante hacia Federico Guillermo II y Francisco II, el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano, que había sucedido a su padre, Leopoldo II, el 1 de marzo de 1792. Ambos soberanos apoyaban abiertamente las actividades de los émigrés y secundaban el rechazo de la aristocracia de Alsacia a la legislación revolucionaria. El deseo de entablar una guerra se extendió rápidamente entre los monárquicos, que confiaban en la derrota del gobierno revolucionario y en la restauración del Antiguo Régimen, y entre los girondinos, que anhelaban un triunfo definitivo sobre los sectores reaccionarios tanto en el interior como en el exterior. El 20 de abril de 1792 la Asamblea Legislativa declaró la guerra al Sacro Imperio Romano.
LA LUCHA POR LA LIBERTAD Los ejércitos austriacos obtuvieron varias victorias en los Países Bajos austriacos gracias a ciertos errores del alto mando francés, formado mayoritariamente por monárquicos. La posterior invasión de Francia provocó importantes desórdenes en París. El gabinete de Roland cayó el 13 de junio, y la intranquilidad de la población se canalizó en un asalto a las Tullerías, la residencia de la familia real, una semana después. La Asamblea Legislativa declaró el estado de excepción el 11 de julio, después de que Cerdeña y Prusia se unieran a la guerra contra Francia. Se enviaron fuerzas de reserva para aliviar la difícil situación en el frente, y se solicitaron voluntarios de todo el país en la capital. Cuando los refuerzos procedentes de Marsella llegaron a París, iban cantando un himno patriótico conocido desde entonces como La Marsellesa. El descontento popular provocado por la gestión de los girondinos, que habían expresado su apoyo a la monarquía y habían rechazado la acusación de deserción presentada contra La Fayette, hizo aumentar la tensión. El malestar social, unido al efecto que generó el manifiesto del comandante aliado, Charles William de Ferdinand, duque de Brunswick, en el que amenazaba con destruir la capital si la familia real era maltratada, provocó una insurrección en París el 10 de agosto. Los insurgentes, dirigidos por elementos radicales de la capital y voluntarios nacionales que se dirigían al frente, asaltaron las Tullerías y asesinaron a la Guardia suiza del rey. Luis XVI y su familia se refugiaron en la cercana sala de reuniones de la Asamblea Legislativa, que no tardó en suspender en sus funciones al monarca y ponerle bajo arresto. A su vez, los insurrectos derrocaron al consejo de gobierno parisino, que fue reemplazado por un nuevo consejo ejecutivo provisional, la denominada Comuna de París. Los montagnards, liderados por el abogado Georges Jacques Danton, dominaron el nuevo gobierno parisino y pronto se hicieron con el control de la Asamblea Legislativa. Esta cámara aprobó la celebración de elecciones en un breve plazo con vistas a la constitución de una nueva Convención Nacional, en la que tendrían derecho a voto todos los ciudadanos varones. Entre el 2 y el 7 de septiembre, más de mil monárquicos y presuntos traidores apresados en diversos lugares de Francia, fueron sometidos a juicio y ejecutados. Los elementos desencadenantes de las denominadas 'Matanzas de Septiembre' fueron el temor de la población al avance de los ejércitos aliados contra Francia y los rumores sobre conspiraciones para derrocar al gobierno revolucionario. Un ejército francés, dirigido por el general Charles François Dumouriez, obtuvo una importante victoria en la batalla de Valmy frente a las tropas prusianas que avanzaban hacia París el 20 de septiembre. Un día después de la victoria de Valmy se reunió en París la Convención Nacional recién elegida. La primera decisión oficial adoptada por esta cámara fue la abolición de la monarquía y la proclamación de la I República. El consenso entre los principales grupos integrantes de la Convención no fue más allá de la aprobación de estas medidas iniciales. Sin embargo, ninguna facción se opuso al decreto presentado por los girondinos y promulgado el 19 de noviembre, por el cual Francia se comprometía a apoyar a todos los pueblos oprimidos de Europa. Las noticias que llegaban del frente semanalmente eran alentadoras: las tropas francesas habían pasado al ataque después de la batalla de Valmy y habían conquistado Maguncia, Frankfurt del Main, Niza, Saboya y los Países Bajos austriacos. Sin embargo, las disensiones se habían intensificado seriamente en el seno de la convención, donde el Llano dudaba entre conceder su apoyo a los conservadores girondinos o a los radicales montagnards. La primera gran prueba de fuerza se decidió en favor de estos últimos, que solicitaban que la Convención juzgara al rey por el cargo de traición y consiguieron que su propuesta fuera aprobada por mayoría. El monarca fue declarado culpable de la acusación imputada con el voto casi unánime de la Cámara el 15 de enero de 1793, pero no se produjo el mismo acuerdo al día siguiente, cuando había de decidirse la pena del acusado. Finalmente el rey fue condenado a muerte por 387 votos a favor frente a 334 votos en contra. Luis XVI fue guillotinado el 21 de enero. La influencia de los girondinos en la Convención Nacional disminuyó enormemente tras la ejecución del rey. La falta de unidad mostrada por el grupo durante el juicio había dañado irreparablemente su prestigio nacional, bastante mermado desde hacía tiempo entre la población de París, más favorable a las tendencias jacobinas. Otro factor que determinó la caída girondina fueron las derrotas sufridas por los ejércitos franceses tras declarar la guerra a Gran Bretaña, las Provincias Unidas (actuales Países Bajos) el 1 de febrero de 1793, y a España el 7 de marzo, que se habían unido a la Primera Coalición contra Francia. Las propuestas de los jacobinos para fortalecer al gobierno ante las cruciales luchas a las que Francia debería enfrentarse desde ese momento fueron firmemente rechazadas por los girondinos. No obstante, a comienzos de marzo, la Convención votó a favor del reclutamiento de 300.000 hombres y envió comisionados especiales a varios departamentos para organizar la leva. Los sectores clericales y monárquicos enemigos de la Revolución incitaron a la rebelión a los campesinos de La Vendée, contrarios a tal medida. La guerra civil no tardó en extenderse a los departamentos vecinos. Los austriacos derrotaron al ejército de Dumouriez en Neerwinden el 18 de marzo, y éste desertó al enemigo. La huida del jefe del ejército, la guerra civil y el avance de las fuerzas enemigas a través de las fronteras de Francia provocó en la Convención una crisis entre los girondinos y los montagnards, en la que estos últimos pusieron de relieve la necesidad de emprender una acción contundente en defensa de la Revolución.
EL REINADO DEL TERROR
Desde el punto de vista militar, la situación era extremadamente peligrosa para la República. Las potencias enemigas habían reanudado la ofensiva en todos los frentes. Los prusianos habían recuperado Maguncia, Condé-Sur-L'Escaut y Valenciennes, y los británicos mantenían sitiado Tolón. Los insurgentes monárquicos y católicos controlaban gran parte de La Vendée y Bretaña. Caen, Lyon, Marsella, Burdeos y otras importantes localidades se hallaban bajo el poder de los girondinos. El 23 de agosto se emitió un nuevo decreto de reclutamiento para toda la población masculina de Francia en buen estado de salud. Se formaron en poco tiempo catorce nuevos ejércitos -alrededor de 750.000 hombres-, que fueron equipados y enviados al frente rápidamente. Además de estas medidas, el Comité reprimió violentamente la oposición interna.
Durante este tiempo, el signo de la guerra se había vuelto favorable para Francia. El general Jean Baptiste Jourdan derrotó a los austriacos el 16 de octubre de 1793, iniciándose así una serie de importantes victorias francesas. A finales de ese año, se había iniciado la ofensiva contra las fuerzas de invasión del Este en el Rin, y Tolón había sido liberado. También era de gran relevancia el hecho de que el Comité de Salvación Pública hubiera aplastado la mayor parte de las insurrecciones de los monárquicos y girondinos. LA LUCHA POR EL PODER
La moral de los ejércitos franceses permaneció inalterable ante los acontecimientos ocurridos en el interior. Durante el invierno de 1794-1795, las fuerzas francesas dirigidas por el general Charles Pichegru invadieron los Países Bajos austriacos, ocuparon las Provincias Unidas instituyendo la República Bátava y vencieron a las tropas aliadas del Rin. Esta sucesión de derrotas provocó la desintegración de la coalición antifrancesa. Prusia y varios estados alemanes firmaron la paz con el gobierno francés en el Tratado de Basilea el 5 de abril de 1795; España también se retiró de la guerra el 22 de julio, con lo que las únicas naciones que seguían en lucha con Francia eran Gran Bretaña, Cerdeña y Austria. Sin embargo, no se produjo ningún cambio en los frentes bélicos durante casi un año. La siguiente fase de este conflicto se inició con las Guerras Napoleónicas. Se restableció la paz en las fronteras, y un ejército invasor formado por émigrés fue derrotado en Bretaña en el mes de julio. La Convención Nacional finalizó la redacción de una nueva Constitución, que se aprobó oficialmente el 22 de agosto de 1795. La nueva legislación confería el poder ejecutivo a un Directorio, formado por cinco miembros llamados directores. El poder legislativo sería ejercido por una asamblea bicameral, compuesta por el Consejo de Ancianos (250 miembros) y el Consejo de los Quinientos. El mandato de un director y de un tercio de la asamblea se renovaría anualmente a partir de mayo de 1797, y el derecho al sufragio quedaba limitado a los contribuyentes que pudieran acreditar un año de residencia en su distrito electoral. La nueva Constitución incluía otras disposiciones que demostraban el distanciamiento de la democracia defendida por los jacobinos. Este régimen no consiguió establecer un medio para impedir que el órgano ejecutivo entorpeciera el gobierno del ejecutivo y viceversa, lo que provocó constantes luchas por el poder entre los miembros del gobierno, sucesivos golpes de Estado y fue la causa de la ineficacia en la dirección de los asuntos del país. Sin embargo, la Convención Nacional, que seguía siendo anticlerical y antimonárquica a pesar de su oposición a los jacobinos, tomó precauciones para evitar la restauración de la monarquía. Promulgó un decreto especial que establecía que los primeros directores y dos tercios del cuerpo legislativo habían de ser elegidos entre los miembros de la Convención. Los monárquicos parisinos reaccionaron violentamente contra este decreto y organizaron una insurrección el 5 de octubre de 1795. Este levantamiento fue reprimido con rapidez por las tropas mandadas por el general Napoleón Bonaparte, jefe militar de los ejércitos revolucionarios de escaso renombre, que más tarde sería emperador de Francia con el nombre de Napoleón I Bonaparte. El régimen de la Convención concluyó el 26 de octubre y el nuevo gobierno formado de acuerdo con la Constitución entró en funciones el 2 de noviembre. Desde sus primeros momentos, el Directorio tropezó con diversas dificultades, a pesar de la gran labor que realizaron políticos como Charles Maurice de Talleyrand-Périgord y Joseph Fouché. Muchos de estos problemas surgieron a causa de los defectos estructurales inherentes al aparato de gobierno; otros, por la confusión económica y política generada por el triunfo del conservadurismo. El Directorio heredó una grave crisis financiera, que se vio agravada por la depreciación de los asignados (casi en un 99% de su valor). Aunque la mayoría de los líderes jacobinos habían fallecido, se encontraban en el extranjero u ocultos, su espíritu pervivía aún entre las clases bajas. En los círculos de la alta sociedad, muchos de sus miembros hacían campaña abiertamente en favor de la restauración monárquica. Las agrupaciones políticas burguesas, decididas a conservar su situación de predominio en Francia, por la que tanto habían luchado, no tardaron en apreciar las ventajas que representaba reconducir la energía desatada por la población durante la Revolución hacia fines militares. Existían aún asuntos pendientes que resolver con el Sacro Imperio Romano. Además, el absolutismo, que por naturaleza representaba una amenaza para la Revolución, continuaba dominando la mayor parte de Europa
EL ASCENSO DE NAPOLEÓN AL PODER No habían pasado aún cinco meses desde que el Directorio asumiera el poder, cuando comenzó la primera fase (de marzo de 1796 a octubre de 1797) de las Guerras Napoleónicas. Los tres golpes de Estado que se produjeron durante este periodo -el 4 de septiembre de 1797 (18 de fructidor), el 11 de mayo de 1798 (22 de floreal) y el 18 de junio de 1799 (30 de pradial)-, reflejaban simplemente el reagrupamiento de las facciones políticas burguesas. Las derrotas militares sufridas por los ejércitos franceses en el verano de 1799, las dificultades económicas y los desórdenes sociales pusieron en peligro la supremacía política burguesa en Francia. Los ataques de la izquierda culminaron en una conspiración iniciada por el reformista agrario radical François Nöel Babeuf, que defendía una distribución equitativa de las tierras y los ingresos. Esta insurrección, que recibió el nombre de 'Conspiración de los Iguales', no llegó a producirse debido a que Babeuf fue traicionado por uno de sus compañeros y ejecutado el 28 de mayo de 1797 (8 de pradial). Luciano Bonaparte, presidente del Consejo de los Quinientos; Fouché, ministro de Policía; Sieyès, miembro del Directorio y Talleyrand-Périgord consideraban que esta crisis sólo podría superarse mediante una acción drástica. El golpe de Estado que tuvo lugar el 9 y 10 de noviembre (18 y 19 de brumario) derrocó al Directorio. El general Napoleón Bonaparte, en aquellos momentos héroe de las últimas campañas, fue la figura central del golpe y de los acontecimientos que se produjeron posteriormente y que desembocaron en la Constitución del 24 de diciembre de 1799 que estableció el Consulado. Bonaparte, investido con poderes dictatoriales, utilizó el entusiasmo y el idealismo revolucionario de Francia para satisfacer sus propios intereses. Sin embargo, la involución parcial de la transformación del país se vio compensada por el hecho de que la Revolución se extendió a casi todos los rincones de Europa durante el periodo de las conquistas napoleónicas.
LAS TRANSFORMACIONES PRODUCIDAS POR LA REVOLUCIÓN Una consecuencia directa de la Revolución fue la abolición de la monarquía absoluta en Francia. Asimismo, este proceso puso fin a los privilegios de la aristocracia y el clero. La servidumbre, los derechos feudales y los diezmos fueron eliminados; las propiedades se disgregaron y se introdujo el principio de distribución equitativa en el pago de impuestos. Gracias a la redistribución de la riqueza y de la propiedad de la tierra, Francia pasó a ser el país europeo con mayor proporción de pequeños propietarios independientes. Otras de las transformaciones sociales y económicas iniciadas durante este periodo fueron la supresión de la pena de prisión por deudas, la introducción del sistema métrico y la abolición del carácter prevaleciente de la primogenitura en la herencia de la propiedad territorial. Napoleón instituyó durante el Consulado una serie de reformas que ya habían comenzado a aplicarse en el periodo revolucionario. Fundó el Banco de Francia, que en la actualidad continúa desempeñando prácticamente la misma función: banco nacional casi independiente y representante del Estado francés en lo referente a la política monetaria, empréstitos y depósitos de fondos públicos. La implantación del sistema educativo -secular y muy centralizado-, que se halla en vigor en Francia en estos momentos, comenzó durante el Reinado del Terror y concluyó durante el gobierno de Napoleón; la Universidad de Francia y el Institut de France fueron creados también en este periodo. Todos los ciudadanos, independientemente de su origen o fortuna, podían acceder a un puesto en la enseñanza, cuya consecución dependía de exámenes de concurso. La reforma y codificación de las diversas legislaciones provinciales y locales, que quedó plasmada en el Código Napoleónico, ponía de manifiesto muchos de los principios y cambios propugnados por la Revolución: la igualdad ante la ley, el derecho de habeas corpus y disposiciones para la celebración de juicios justos. El procedimiento judicial establecía la existencia de un tribunal de jueces y un jurado en las causas penales, se respetaba la presunción de inocencia del acusado y éste recibía asistencia letrada. La Revolución también desempeñó un importante papel en el campo de la religión. Los principios de la libertad de culto y la libertad de expresión tal y como fueron enunciados en la Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano, pese a no aplicarse en todo momento en el periodo revolucionario, condujeron a la concesión de la libertad de conciencia y de derechos civiles para los protestantes y los judíos. La Revolución inició el camino hacia la separación de la Iglesia y el Estado.
LECTURA ADICIONAL: Maximilien de Robespierre fue una de las principales figuras radicales de la Revolución Francesa. El siguiente discurso es obra suya, fue pronunciado el 7 de febrero de 1794 ante la Convención Nacional y en él expone la necesaria unión de la virtud y la política revolucionaria para lograr la igualdad.
Discurso de Robespierre del 7 de febrero de 1794. La democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son de obra suya, actúa por sí mismo siempre que le es posible, y por sus delegados cuando no puede obrar por sí mismo. Es, pues, en los principios del gobierno democrático donde debéis buscar las reglas de vuestra conducta política. Pero para fundar y consolidar entre nosotros la democracia, para llegar al reinado apacible de las leyes constitucionales, es preciso terminar la guerra de la libertad contra la tiranía y atravesar con éxito las tormentas de la Revolución; tal es el fin del sistema revolucionario que habéis organizado. Debéis aún regir vuestra conducta según las tormentosas circunstancias en que se encuentra la República, y el plan de vuestra administración debe ser el resultado del espíritu del gobierno revolucionario combinado con los principios generales de la democracia. Pero ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, el resorte esencial que lo sostiene y que le hace moverse? Es la virtud. Hablo de la virtud pública, que obró tantos prodigios en Grecia y Roma, y que producirá otros aún más asombrosos en la Francia republicana; de esa virtud que no es otra cosa que el amor a la Patria y a sus leyes. Pero como la esencia de la República o la democracia es la igualdad, el amor a la patria incluye necesariamente el amor a la igualdad. En verdad, ese sentimiento sublime supone la preferencia del interés público ante todos los intereses particulares, de lo que resulta que el amor a la patria supone también o produce todas las virtudes, pues ¿acaso son éstas otra cosa sino la fuerza del alma, que se vuelve capaz de tales sacrificios? ¿Y cómo podría el esclavo de la avaricia o de la ambición, por ejemplo, inmolar su ídolo a la Patria? No sólo es la virtud el alma de la democracia, sino que, además, solamente puede existir con este tipo de gobierno. En la monarquía, sólo conozco un individuo que pueda amar a la Patria, y que para ello no necesita siquiera virtud: el monarca. La causa de ello es que, de todos los habitantes de sus estados, el monarca es el único que tiene una patria. ¿Acaso no es el soberano, al menos de hecho. ¿No está en el lugar del Pueblo? ¿Y qué es la Patria sino el país del que se es ciudadano y partícipe de la soberanía? Por una consecuencia del mismo principio, en los Estados aristocráticos, la palabra «patria» sólo tiene algún significado para quienes han acaparado la soberanía. Sólo en la democracia es el Estado verdaderamente la Patria de todos los individuos que lo componen, y puede contar con tantos defensores interesados en su causa como ciudadanos tenga. Si Atenas y Esparta triunfaron de los tiranos de Asia y los suizos de los tiranos de Austria y España, no hay que buscar otra causa que ésta. Pero los franceses son el primer pueblo del mundo que ha establecido una verdadera democracia, llamando a todos los hombres a la igualdad y a la plenitud de los derechos de ciudadanía; ésta es, a mi juicio, la verdadera razón por la cual todos los tiranos coaligados contra la República serán vencidos. Es el momento de sacar grandes consecuencias de los principios que acabamos de exponer. Puesto que el alma de la República es la virtud, la igualdad, y vuestra finalidad es fundar y consolidar la República, la primera regla de vuestra conducta política debe ser encaminar todas vuestras medidas al mantenimiento de la igualdad y al desarrollo de la virtud, pues el primer cuidado del legislador debe ser el fortalecimiento del principio del gobierno. Así, todo aquello que sirva para excitar el amor a la patria, purificar las costumbres, elevar los espíritus, dirigir las pasiones del corazón humano hacia el interés público, debe ser adoptado o establecido por vosotros; todo lo que tiende a concentrarlas en la abyección del yo personal, a despertar el gusto por las pequeñas cosas y el desprecio de las grandes, debéis eliminarlo o reprimirlo. En el sistema de la Revolución francesa, lo que es inmoral es impolítico, lo que es corruptor es contrarrevolucionario. La debilidad, los vicios, los prejuicios, son el camino de la monarquía. LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO NAPOLEÓNICO La Revolución Francesa significó la liquidación en Europa occidental de las instituciones del llamado Antiguo Régimen, muchas de las cuales se mantenían desde la Edad Media. La burguesía sustituyó a la nobleza como clase dominante, y el Imperio napoleónico sirvió para extender las ideas de las que se nutrió la Revolución. LA ILUSTRACIÓN El desarrollo natural del racionalismo, sumado al escepticismo que generó el fracaso de la política de Luis XIV, condujo en Francia al florecimiento de un pensamiento crítico y humanista, penetrado de ideales democráticos, que no se formuló como un sistema filosófico, sino que se encauzó a través de la divulgación (enciclopedismo, novelas, artículos en periódicos) y se extendió al margen de lo académico (salones, sociedades cultas). La Iglesia, la corona y las instituciones de lo que se ha dado en llamar Antiguo Régimen constituyeron los objetivos predilectos de las críticas ilustradas. Las principales figuras de este ciclo fueron autores como Montesquieu, teórico político, todavía monárquico; Voltaire, Rosseau, Diderot y D'Alembert, promotores de dos últimos de la Enciclopedia, síntesis del saber de la época y obra concebida con criterio sistemático moderno. Las ideas ilustradas se extendieron por toda la Europa absolutista e inspiraron el movimiento emancipador en la América hispana. Mucha menos influencia tuvieron en Inglaterra, donde el empirismo, las amplias libertades de expresión, la influencia ya consolidada de la burguesía y la monarquía constitucional, traída por los Hannover, quitaban sentido a las reivindicaciones de los ilustrados. En el terreno de las artes, se sucedieron en esta época un paroxismo decorativista llamado rococó, la única fase del barroco y el neoclasismo, que representó una vez más el regreso a los armoniosos cánones de la antigüedad clásica, inspirados en buena medida por las excavaciones arqueológicas que por entonces se realizaba. ETAPAS DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Los Estados generales (mayo-julio de 1789) El absolutismo real, el exceso de impuestos que gravitaba sobre las clases bajas y sobre la burguesía (la nobleza y la Iglesia estaban exentas), el despilfarro de la corte de Versalles y los escándalos financieros, las arbitrariedades de la justicia, el avance de la mentalidad ilustrada, así como el deseo de las nuevas clases emergentes de contar con una representación, se unieron a una grave crisis económica. La presión de todos los estamentos impulsó a Luis XVI a convocar por primera vez en varios siglos los Estados generales (parlamento). Pero los intentos de modernizar el sistema y dar adecuada representación a toda las clases sociales tropezaron con la negativa de la nobleza y del clero. Los representantes de tercer estado (pueblo llano, burguesía) fueron expulsados y constituyeron una asamblea paralela en la cancha de Juego de Pelota, donde se juramentaron para implantar la monarquía constitucional. La Asamblea Constituyente (1789-1791) Luis XVI acabó accediendo a la constitución de la Asamblea, y ordenó que los nobles y el clero (primero y segundo estados) se incorporasen a ella. Durante este período se registraron varios sucesos importantes. Así, la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789), punto de partida simbólico de la revolución, ya que a pesar de que en aquel momento la fortaleza estaba prácticamente vacía, era la prisión donde se internaba a las víctimas de las arbitrariedades de sistema. También se redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, documento marco a partir del cual se elaboró la constitución, y cuyo contenido se resumía en la famosa divisa "libertad, igualdad, fraternidad". Según constaba en la Declaración, los hombres nacen y permanecen libres y son iguales en derechos. Estos derecho naturales, es decir, propios de su condición humana, son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. La soberanía reside en la Canción y en consecuencia, el rey es un mandatario del pueblo. La ley es la expresión de la voluntad general y todos los hombres son iguales ante ella, La Declaración consagraba además, la libertad religiosa, de opinión y de expresión escrita. Sostenía también un distribución más equitativa de los impuestos (proporcional a la fortuna), y la inviolabilidad de la propiedad privada. La Declaración garantizaba: la igualdad ante la ley, la libertad, la propiedad la seguridad y la resistencia de la opresión. Aunque el espíritu de la Declaración era de corte republicano,, nadie hablaba de república, el gobierno continuaba siendo monárquico y en los documentos oficiales se leía: "Luis, rey de los franceses por la gracia de Dios y por la Ley constitucional del Estado..."
La Asamblea Nacional nombró una comisión encargada de elaborar un proyecto constitucional el 6 de julio. Este grupo entregó un informe tres días después en el que recomendaba que la nueva constitución incluyera como preámbulo una exposición general de los principios universales que se pretendían consagrar en la misma. El marqués de La Fayette, que contó con la colaboración del autor de la Declaración de Independencia estadounidense, Thomas Jefferson, embajador en París en aquel tiempo, presentó un borrador el 11 de julio que fue criticado inmediatamente por los reformistas moderados, quienes consideraban que la naturaleza abstracta de sus principios provocaría la abolición de la monarquía y el caos social, temor que se extendió durante las siguientes semanas cuando la intranquilidad del pueblo generó una incontrolable espiral de violencia.
Este debate se decidió finalmente en favor de los radicales, pero provocó una serie de disputas sobre los mecanismos constitucionales que adoptaría el nuevo orden, en el que "el origen fundamental de toda soberanía recae en la nación" (artículo 3). La discusión se centró en torno al papel del monarca: los radicales consiguieron incluir una norma que denegaba a las proclamas reales carácter legislativo, pero la propuesta central de que la legislación aprobada por la Asamblea no fuera vetada por el poder ejecutivo quedó mitigada para que el rey pudiera anular determinadas leyes con las que estuviera en desacuerdo. La Declaración definía los derechos naturales del hombre, entre los que consideraba básicos la libertad (individual, de pensamiento, de prensa y credo), la igualdad (que debía ser garantizada al ciudadano por el Estado en los ámbitos legislativo, judicial y fiscal), la seguridad y la resistencia a la opresión. Aunque estos principios fundamentales constituyeron la base del liberalismo político del siglo XIX, no fueron aplicados en la Francia revolucionaria: el monarca no aceptó que sus anteriores súbditos fueran ahora soberanos, y la Asamblea Legislativa aceptó el veto del rey. Al cabo de tres años, se abolió la monarquía y se proclamó la República. Otras dos declaraciones de los derechos del hombre y del ciudadano fueron aprobadas posteriormente durante el transcurso de la Revolución Francesa. La Declaración de 1793 tuvo un carácter más democrático (defendía el derecho a la sublevación frente a la tiranía y prohibía la esclavitud) y precedió a la Constitución de 1793. La Declaración de 1795, más próxima a la de 1789, supuso el preámbulo de la Constitución del año III. La Declaración tuvo gran repercusión en España y en la América española y fue uno de los elementos fundamentales que estimularon la implantación de nuevas ideas. La Declaración definía los derechos naturales del hombre, entre los que consideraba básicos la libertad (individual, de pensamiento, de prensa y credo), la igualdad (que debía ser garantizada al ciudadano por el Estado en los ámbitos legislativo, judicial y fiscal), la seguridad y la resistencia a la opresión. Los derechos feudales fueron suprimidos y se autorizó la constitución de clubes, que en la práctica funcionaban como partidos en la cámara: jacobinos, franciscanos y fuldenses. El rey se sintió abrumado porque los acontecimientos se le escapaban de las manos, sobre todo tras la constitución civil del clero, que pretendía controlar la Iglesia, a la cual se tenía por sospechosa de fomentar el mantenimiento del Antiguo Régimen. Finalmente Luis XVI huyó de París (junio de 1792) con el propósito de organizar un ejército de fieles y poner fin al proceso constituyente, pero reconocido y detenido fue obligado a regresar. Los partidos. En la capital, el rey y la Asamblea se encontraron bajo la vigilancia directa de los revolucionarios. En el seno de la Asamblea Constituyente (cuya mayoría era monárquica) los representantes procuraban actuar en forma individual. En consecuencia, no había partidos políticos organizados, pero las distintas tendencias eran fácilmente identificables merced a su ubicación en el recinto. Los partidarios de las reformas profundas se sentaban en las bancas de la izquierda; los conservadores, en las de la derecha, y por su parte, los moderados, se ubicaban en el centro. Los clubes. Si bien en el seno de la Asamblea no habían partidos organizados, fuera de ella las distintas tendencias se agrupaban en clubes o sociedades, donde se pronunciaban discursos y se efectuaban animados debates. La más importante fue la Sociedad de los amigos de Constitución, que se organizó en Vasalles y luego se trasladó a París cuando lo hizo la Asamblea. Allí se instaló en un convento abandonado de los monjes dominicos vulgarmente llamados jacobinos, por lo cuál la sociedad comenzó a llamarse Club de los Jacobinos. Otro club importante fue el de los Cordeleros o Franciscanos, así llamado porque se reunía en un convento de esa orden religiosa. La Asamblea Legislativa (1791-1792) Una vez aprobada la Constitución, la nueva Asamblea comenzó sus tareas, pero la acción de los partidos fue creando las condiciones para que la frágil estructura de la monarquía constitucional se deslizara hacia la república. En primer lugar, las potencias europeas con sistemas absolutistas y la nobleza francesa, apoyadas por Inglaterra, tradicional enemiga de Francia, organizaron a lo largo de éste y los siguientes períodos tres coaliciones (1791-1805) a las que tuvo que derrotar por las armas el nuevo régimen. La Convención (1792-1795) El mismo día que las tropas francesas vencían a las prusianas en Valmy (durante la primera coalición, 1792), la Asamblea proclamó la República y aprobó su propia transformación en Convención Nacional. Los partidos se habían dividido en derecha (girondinos), centro e izquierda (jacobinos y franciscanos). La recién nacida República procesó y condenó a muerte a Luis XVI y a la reina María Antonieta, hermana del emperador de Austria. La ejecución se llevó a cabo el 21 de enero de 1793. este suceso redobló los esfuerzos exteriores e interiores para derribar la República, por lo que se instituyó una serie de mecanismos para preservarla (Comités de Seguridad y de Salvación Pública, Tribunal Revolucionario), y los jacobinos se hicieron con el poder, que aplicaron dictatorialmente. El impulso burgués de la Revolución cedió el paso al populismo más exaltado y se inauguró un período llamado del Terror (1793-1794), en cuyo transcurro los derechos tan arduamente conquistados fueron ignorados, multiplicándose las ejecuciones y encarcelamientos. Robespierre ejerció una auténtica dictadura durante esta etapa, y al final también fue guillotinado. Pero no todo resultó negativo para el país, pues la Convención, al vencer a los coaligados extranjeros, consiguió realizar el designio de todos los monarcas absolutos desde el Renacimiento: fijar unas fronteras definitivas por el E en el Rin. También se implantaron un nuevo calendario (más tarde abolido por Napoleón) y el sistema métrico decimal, y se crearon numerosas instituciones culturales y educativas. El Directorio (1795-1799) La burguesía, principal inspiradora del proceso revolucionario, se vio desbordada, y se apresuró a reconducir la situación por cauces más moderados. La llamada Constitución del año III puso el poder legislativo en manos de dos asambleas, y el ejecutivo, en las de cinco directores nombrados por aquéllas. Durante este período comenzó a destacar la figura del general Napoleón Bonaparte (1769-1821),que protagonizó el golpe de Estado del 19 de brumario (fecha del calendario revolucionario, que corresponde al 10 de noviembre de 1797), tras el cuál se implantó una nueva Constitución que entregaba el poder en manos de tres cónsules (1799). Bonaparte se hizo nombrar después primer cónsul con carácter vitalicio (1802), y en este punto puede darse por terminada la agitación revolucionaria. El Consulado (1799-1804) Dueño virtual de Francia, Napoleón no sólo tuvo ocasión mostrar su talento como estratega, sino que llevó a cabo una reorganización del país que anunciaba las grandes transformaciones que se proponía imponer en su patria y en Europa; saneó la hacienda, racionalizó la fiscalidad con la implantación del impuesto directo, creó el Banco de Francia, dividió el país en prefecturas y reestructuró la judicatura, asegurando su independencia respecto del ejecutivo. Asimismo, promovió una reforma legislativa, el denominado código de Napoleón, llamado a tener una influencia enorme en gran número de países, y que era una sistematización de los Derechos romano y consuetudinario e incorporaba disposiciones del período revolucionario. También promulgó una amnistía para los emigrados y regularizó las relaciones con la Iglesia, muy dañadas tras los agitados sucesos de los años anteriores. EL IMPERIO NAPOLEÓNICO
En 1804, Napoleón se coronó emperador de los franceses, e implantó una dictadura militar encargada de velar por las conquistas civiles de la Revolución y extender el espíritu revolucionario a Europa. No constituyó una corte a la manera de los Borbón, sino que se rodeó, ennobleciéndolos, en generales, administradores y técnicos. Fomentó la industria y el comercio. Napoleón libró unas serie de guerras, como continuación de la Revolución Francesa, contra una alianza de varias monarquías europeas cuyos gobernantes temían que la popularidad de las reformas democráticas francesas se extendiera a otros países. Así pues, Austria, Gran Bretaña, Prusia, España, los Países Bajos y Cerdeña formaron la Primera Coalición, cuyo objetivo era derrotar a Napoleón y restaurar a la nobleza en el trono francés. Inglaterra no intervenía directamente en las operaciones, pero prestaba apoyo a todos los enemigos de Francia. Aunque la superioridad naval británica era abrumadora, y así se mantuvo hasta la guerra de 1914-1918, los ejércitos ingleses nunca destacaron especialmente por su capacidad. Eludían medirse con potencias de cierta importancia, y en general Inglaterra prefería sostenerte financieramente el esfuerzo bélico de terceros países. Así, en estos años y durante todo el siglo XIX, sus fuerzas consistían más bien en contingentes pensados por la guerra colonial, esto es, para enfrentarse a soldados indígenas armados y organizados de forma rudimentaria. Bonaparte se propuso la invasión de Inglaterra, pero hubo de desistir al formarse la tercera coalición. La flota británica venció en Trafalgar (1805) a las escuadras de Francia y España, momentáneamente aliadas, pero en tierra los franceses vencieron en Austerlitz a la coalición austrorrusa. A continuación, Bonaparte reorganizó los países germánicos de acuerdo con sus conveniencias. Esto le enfrentó a Prusia, a la que acabó venciendo en 1806. tras poner de toda su parte a Europa y colocar en los diversos tronos a parientes y colaboradores, impuso a Inglaterra un bloqueo (1807) con el propósito de asfixiarla económicamente. Una vez más, sin embargo, los sucesos del continente aliviaron la situación en aquellas islas. En España, donde Napoleón había depuesto a los Borbón (Carlos IV) e instalado en el trono a su hermano José, estalló el primer levantamiento popular contra los franceses (guerra de la Independencia española, 1808-1814), y también allí se rindió por primera vez un ejército napoleónico (batalla de Bailén). Napoleón se trasladó a la Península, y aunque se desencadenó una gran ofensiva, no les fue posible a los franceses acabar con la guerra de guerrillas ni con el hostigamiento continuo. Esta circunstancia la aprovechó Austria, alentada por Inglaterra, pero de nuevo las armas francesas prevalecieron (batalla de Wagram, 1809). A continuación, conjurado de momento el peligro austriaco, sólo quedaba indemne un adversario importante aliado de Inglaterra: Rusia. En 1812, la Grande Armée avanzó sin obstáculos hasta Moscú, pero la retirada fue catastrófica, y el ejército napoleónico nunca se recuperó. Una coalición formada por Suecia, Prusia, Austria y Rusia venció a Napoleón en Leipzig (1813), liberó los países germánicos y entró en París, destronando al emperador, que fue confinado en la isla italiana de Elba. Las potencias vencedoras se reunieron en Viena en un congreso para delinear un nuevo mapa de fronteras tras la caída de Napoleón. Pero éste, mientras tanto, huyó de Elba y reunió un ejercito que le permitió recuperar el poder durante cien días, aprovechando la impopularidad de Luis XVIII, restaurado en el trono borbónico. Vencido definitivamente Bonaparte en Waterloo (1815), los inglese lo hicieron prisionero y lo confinaron en la isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur. Cuando Napoleón I ascendió al trono de Francia por segunda vez, tras escapar de su exilio en la isla de Elba en 1815, las fuerzas aliadas volvieron a desafiarle militarmente. Las tropas prusianas, rusas, austriacas y británicas se reunieron cerca de Waterloo (en Bélgica en la actualidad), donde derrotaron a los ejércitos de Napoleón y pusieron fin a su reinado en Europa. Éste firmó su abdicación definitiva el 22 de junio de 1815 y fue confinado a la isla de Santa Elena, en el sur del Atlántico. EL CONGRESO DE VIENA Y LA NUEVA EUROPA Inglaterra, Austria, Prusia y Rusia fueron las potencias protagonistas del Congreso de Viena (1814-1815), y el canciller autriaco Metternich, el arquitecto de la nueva Europa. Los acuerdos llamados a tener más trascendencia fueron la restauración de las dinastías destronadas por Napoleón y el trazado de nuevos límites. Francia perdió todas sus conquistas, aunque se mantuvo la frontera del Rin; Austria volvió a configurarse como antes de la primera coalición y se incorporó además el N de Italia; Suecia se anexó a Noruega; se reorganizó el reino de Holanda absorbiendo el Flandes austriaco; Prusia ganó en extensión; y Rusia se incorporó gran parte de Polonia, toda Finlandia y otros territorios del E europeo. Para combatir la Revolución, se constituyó la Santa Alianza, inspirada por el zar Alejandro I. Sus signatarios se comprometían a la mutua defensa de los que tenían por valores intangibles: la monarquía y la religión, para lo que se recurriría si era preciso, a acciones bélicas comunes. SANTA ALIANZA. Nombre que recibió el pacto concluido por los soberanos europeos que acordaron defender los principios del cristianismo, conforme a un tratado elaborado por el zar ruso Alejandro I que se firmó en París el 26 de septiembre de 1815, y cuyos signatarios iniciales fueron Francisco I, emperador de Austria (y último emperador del Sacro Imperio Romano Germánico bajo la denominación de Francisco II), Federico Guillermo III, rey de Prusia, y el propio Zar. El acuerdo fue adoptado tres meses después de la finalización del Congreso de Viena (1814-1815) y todos los gobernantes europeos acabaron suscribiéndolo, con la excepción del príncipe regente de Gran Bretaña (el futuro rey Jorge IV), el papa Pío VII y el sultán otomano Mahmud II (a estos dos últimos no se les invitó a unirse a la Alianza). La importancia de este convenio residió en su valor como símbolo del absolutismo. Los monarcas autocráticos invocaron el derecho de intervención sancionado por la Santa Alianza para mantener el statu quo en Europa. Muchas sublevaciones democráticas y nacionalistas que ocurrieron a mediados del siglo XIX fueron sofocadas en nombre de la Santa Alianza. En España, el gobierno constituido en 1820 y que dio inicio al llamado Trienio Liberal sufrió la intervención de la Santa Alianza, acordada en el Congreso de Verona reunido desde octubre hasta noviembre de 1822, a raíz de la cual los denominados Cien Mil Hijos de San Luis pusieron fin al año siguiente a este periodo constitucional y posibilitaron el regreso de la política absolutista del rey Fernando VII. |
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Texto e ilustraciones tomados de:Región Comechingones |
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