LA RUINA DEL PODER BOLIVARIANO


03 de Abril de 2005

"Unidad, unidad, o la anarquía os devorará"

Bolívar

"Divídase el país y salgamos de compromisos: nunca seremos dichosos,¡nunca!

Bolívar al General Urdaneta


"Yo repito: todo está perdido"

Bolívar

Al concluir el Congreso de Panamá, Bolívar se encuentra en el punto más alto de su prodigiosa carrera. Es Presidente de la Gran Colombia, Dictador del Perú y Presidente de Bolivia. Ejerce el poder directo en el territorio de seis repúblicas. Por añadidura, el general Guerrero, de México, le ofrece el cargo de generalísimo de los ejércitos americanos. La República de Centroamérica (hoy dividida en cinco repúblicas) ordena colocar su retrato en las oficinas del Estado. Después de la batalla de Carabobo, la actual República Dominicana se incorpora a la Gran Colombia.

La isla de Cuba le envía representantes para pedir su ayuda en la lucha por la independencia y forma un partido revolucionario con el nombre de "Soles de Bolívar". El ex dictador de Chile, O'Higgins, refugiado en Perú, le ofrece "acompañarle y servirle bajo el carácter de un voluntario que aspira a una vida con honor o a una muerte gloriosa y que mira el triunfo del general Bolívar como la única aurora de la independencia en la América del Sur".

La Legislatura de la Provincia de Córdoba, en el centro de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sanciona una resolución: "Levantar tropas para sostener las libertades de la provincia de Córdoba y proteger a los pueblos oprimidos, poniéndose de acuerdo con el Libertador Bolívar, por medio de un enviado encargado de promover una negociación al efecto".

Gobernaba Córdoba en ese momento el general Juan Bautista Bustos, que supo encarnar por un período los intereses del Interior criollo e hispanoamericanista contra la rapacidad y el europeísmo porteño. Esa disposición de la Legislatura de Córdoba en 1826 era simultáneamente con otras dirigidas a rechazar la hegemonía de la burguesía comercial porteña sobre las restantes Provincias Unidas, agravada por un golpe de Estado de los diputados rivadavianos al Congreso Nacional reunido en Buenos Aires, que había elevado a la Presidencia de la República al Señor Rivadavia, a espaldas y contra la voluntad de todas las provincias. El estado de disolución nacional de las Provincias del Río de la Plata y el papel alcanzado por Bolívar en la independencia y unidad de América Latina movieron a la Legislatura de Córdoba a adoptar la resolución citada. ¡No consideraba Córdoba que existían para la Nación latinoamericana otras fronteras que las del idioma! Vicente Fidel López, por el contrario, que junto a Mitre expresó el criterio de la historia porteña oficial juzga así esa disposición de la Legislatura de Córdoba: "Semejante avance era ya un acto de traición del carácter más criminal que podía concebir y llevar a cabo un gobernador de provincia. Equivalía esto a promover la intervención armada de un déspota militar y extranjero, que en esos momentos se hacía proclamar Presidente Vitalicio en el Alto Perú, en Lima y en Colombia, y que abiertamente reclamaba como cosa propia la Dictadura Continental desde Panamá al Cabo de Hornos".

En medio del caos de las guerras civiles argentinas, la posibilidad de una Gran Confederación latinoamericana se abría paso con una fuerza magnética. El Deán Funes escribía a Bolívar: "Las provincias se separarán del Congreso y se echarán en brazos de Vuestra Excelencia".

Los grandes argentinos, como Monteagudo y Dorrego, son bolivarianos. Salvo la gente decente o agodada, y el reducido partido rivadaviano, todo el pueblo de Buenos Aires aclama al Libertador.

1. Estructura jurídica y constitución real.

Su poder militar parece tan inmenso como su influencia política. Pero es una quimera completa. La revolución hispanoamericana ha tocado a su fin sin lograr consumar la independencia en la unidad nacional. La desproporción entre la superestructura ideológica y jurídica y la reducida infraestructura económico-social del continente esclavista y semi-servil no podía ser más patética. De un lado, un jefe militar triunfante, discípulo de un discípulo de Rousseau; por el otro, un sistema de terratenientes, dueños de esclavos, consignatarios de cueros, exportadores de añil, tabaco o algodón, separados entre sí por una selva incomunicante de 8 millones de kilómetros cuadrados y relacionados separadamente con el mercado mundial.

El edificio comienza a crujir en sus mismos cimientos. A las antiguas acusaciones porteñas de aspirar a la dictadura del continente, se suman ahora con renovada fuerza, voces provenientes de la propia Colombia y hasta de su círculo íntimo, que hablan de sus pretensiones a coronarse como Rey. Bolívar ha elaborado una Constitución para las provincias del Alto Perú, que ahora se llaman Bolivia. Según se recordará, la Constitución boliviana escrita por el Libertador, establecía la Presidencia vitalicia y una suma de atribuciones presidenciales cercanas al poder absoluto. El "Evangelio constitucional", como le llamaba utópicamente Bolívar, debía reunir la sonoridad democrática de la palabra República a la estabilidad monárquica sin el nombre.

Ante el espectáculo de América hispánica, propensa a ceder a las fuerzas centrífugas de sus regiones exportadoras, perdido el lazo centralizador de la Metrópoli, y la aversión popular al régimen monárquico, Bolívar traducía en su Presidencia vitalicia las fórmulas monarquistas de San Martín y de Belgrano, nacidas del mismo temor. Así como Napoleón, su admirado modelo, había escrito su Código Civil, el Libertador redactaba ahora la Constitución de la República Boliviana, a la que llamaba su "hija". Pero escribir una carta jurídica pretendiendo corregir una constitución real, no podía conducir sino al fracaso. Del mismo modo, si Napoleón hubiera redactado su Código burgués para una Francia con relaciones precapitalistas de producción, jamás habría tenido la oportunidad de aplicarlo.

La constitución real de América hispánica en esa época no había sido alterada profundamente por la revolución. Muchos de los encomenderos seguían con sus indios esclavizados y eran los más fervientes patriotas. La cadena de puertos exportadores de materias primas -Valparaíso, Arica, El Callao, Guayaquil, Cartagena, Puerto Cabello, La Guaira, Bahía, Santos, Montevideo, Buenos Aires- tendía irresistiblemente al mercado mundial para establecer necesariamente una tarifa arancelaria propia y un régimen político acorde con esa tendencia.

La centralización política sólo podía ser el resultado de una economía convergente hacia un centro interior fundado en la producción capitalista industrial. En casos especiales, como en la Alemania bismarckiana, ese foco interior estaba constituido por una poderosa monarquía militar que, al perseguir fines dinásticos, estaba en condiciones de marcar con la espada los límites estaduales de la nación alemana. Esta existía económicamente antes de la unidad, que por lo demás fue precedida de sucesivos Zollvereins. Nada semejante podía siquiera imaginarse en la América independiente. La centralización política de la Presidencia vitalicia carecía de bases efectivas sobre la cual apoyarse. América Latina ni siquiera contaba con una Cataluña.

2. El separatismo de las oligarquías exportadoras.

El localismo rivadaviano y santanderino brotaba del separatismo real de las economías de materias primas que sólo podían expandirse satisfaciendo las necesidades de un mercado mundial en ascenso. Las oligarquías agrarias exportadoras eran los sectores más poderosos de los nuevos Estados, que recogían en cierto modo el atraso de España, su política de saqueo asiático y una orgánica debilidad industrial. Ese vástago que España lanzaba a rodar por el mundo adolecía de peores insuficiencias todavía que las evidenciadas por la metrópoli en el momento de la independencia.

Al coronar su victoriosa campaña militar y alcanzar el mayor poder político de su azarosa carrera, Bolívar advertía que también había llegado a su fin su magno programa unificador. La tentativa de imponer al Perú, la Gran Colombia y Bolivia la Constitución centralista que había concebido para esta última, desencadenó rápidamente la disgregación de todo el sistema. "El único remedio, escribía, es una Federación general entre Bolivia, el Perú y Colombia, más estrecha que la de Estados Unidos, mandada por un presidente y vicepresidente y regida por la constitución boliviana que podrá servir para los Estados en particular y para la Federación".

Pero en el Perú, y particularmente en Colombia, se resistió abiertamente la aplicación de la Constitución boliviana. El caudillo llanero Páez intrigaba en Caracas y el Vicepresidente Santander lo hacía en Bogotá. El año 1826, en que se reúne el Congreso de Panamá, resulta ser, trágicamente, el año de la destrucción de la Gran Colombia. En el Perú, los mediocres jefes militares peruanos surgidos a la sombra de Libertador, conspiraban contra él para romper los lazos que unían al Perú con Colombia y Bolivia. En Bogotá se distinguen dos tendencias: el partido liberal, encabezado por Santander y partidario de la Constitución de Cúcuta y los bolivarianos, menos numerosos, que sostienen la constitución centralista del Libertador.

3. Santander conspira.

Santander era fuerte en el Senado y el comercio, los dos pilares clásicos de las oligarquías latinoamericanas. Ya desde 1824 había tejido con paciencia de leguleyo una vasta intriga contra Bolívar. Mientras fingía cálidas protestas de lealtad, hacía aprobar por el Congreso una ley que despojaba a Bolívar, cuando éste organizaba la victoria en el Perú y Alto Perú, de las facultades extraordinarias que le permitían otorgar ascensos al ejército en campaña.

Santander tenía sus devaneos puramente retóricos de soldado, como se advierte en su correspondencia al pedir ascensos a Bolívar, así como sus preocupaciones de especulador comercial, cuando pretendía asociar a Bolívar en un negocio en el Istmo de Panamá. Es este Santander, "El Hombre de las leyes", amigo de los ingleses y los norteamericanos, subyugado como Rivadavia y Mitre por las "luces europeas", quien asestará a Bolívar una puñalada por la espalda. Se consideraba discípulo de Bentham, el vulgarísimo utilitarista inglés cuyo liberalismo jurídico convenía perfectamente a la orientación económica del Imperio británico. El "laissez-faire" heredado de Adam Smith y su inocente teoría de "el principio de la mayor felicidad" había deslumbrado al bachiller Santander y satisfacía el hambre filosófica de los cafetaleros y propietarios de esclavos de Nueva Granada.

La resistencia del partido liberal santanderino a la Constitución bolivariana se manifiesta públicamente con la fría recepción organizada a la llegada de Bolívar a Bogotá. La indignación de Bolívar por las intrigas de Santander hacían temer al Vicepresidente una violenta reacción del Libertador a su llegada al palacio presidencial. Los partidarios de Santander estaban preparados para lo peor: "Para estar prevenidos contra todas las eventualidades un gran número de patriotas asistimos a la ceremonia con nuestras pistolas cargadas. Más tarde he sabido por Santander mismo que estaba resuelto a correr todos los azares, hasta el de desconocer a Bolívar", dice en sus Memorias Florentino González, que más tarde atentará contra la vida del Libertador. ¡Hasta allí se había llegado! Bolívar ya era innecesario a los mantuanos.

4. Rebelión en Caracas, Lima y Quito.

Inmediatamente partió hacia Caracas para persuadir al general Páez a someterse a su jefatura. En tales circunstancias se sublevan en Lima las tropas colombianas adictas a Santander, niegan obediencia a la constitución boliviana y aprisionan al General Heres, fiel a Bolívar. Al recibirse la noticia en Bogotá el propio Santander se unió al jubilo que una manifestación demostraba por el atentado contra la autoridad de Bolívar. La Federación colombiano-peruano-boliviana amenaza estallar.

Al regresar Bolívar a Bogotá llega la noticia de que en Lima, un antiguo subordinado suyo, el General La Mar, es designado Presidente del Perú tan sólo para declarar abolida la constitución boliviana. En el Perú de los marqueses y los "pongos", que Bolívar ha liberado del yugo español, la aristocracia limeña, la más parásita y la más cobarde de América, ahora quiere desembarazarse de su libertador.

En enero de 1827 el Cabildo de Quito organizaba una conspiración militar encabezada por el Comandante Ayarza, con propósitos separatistas. El resto de la guarnición la reprimió fusilando a los implicados. Al regresar de Caracas y enfrentarse con estas noticias dramáticas, el Libertador asumió inmediatamente el poder de Colombia: "Ninguna manifestación, ningún aplauso precedió ni siguió a aquel acto; era la primera vez que su presencia no fuese saludada con vivas y aclamaciones en la capital".

En la ciudad colonial de 22.000 habitantes, pacata y gazmoña, "simuladora de virtudes", con sus bachilleres y doctores, dueños de esclavos y adúlteras beatas, en la que reinaba el chisme y el hastío, Bolívar ya era un demente impopular, como lo había sido en Buenos Aires. Los soldados sobraban ya; el comercio reclamaba picapleitos e importadores. Ya no es el "Libertador". Se lo llama en privado "longaniza" o el "zambo". Así pagaba la grey mantuana a quien por sobre todas las cosas temía a la "pardocracia".

Bolívar escribía al general Soublette refiriéndose a su Vicepresidente: "Ya no pudiendo soportar más la pérfida ingratitud de Santander, le he escrito hoy que no me escriba más, porque no quiero responderle ni darle el título de amigo".

Por su parte Santander, el fiel amigo del Libertador, que le había hecho general y Vicepresidente de la Gran Colombia, escribía al mismo tiempo a Rufino Cuervo: "Difícilmente recuperará nuestro querido Libertador su reputación republicana. El abate de Pradt no se ha atrevido a elogiar la Constitución Boliviana... En Filadelfia se está imprimiendo una obra contra la Constitución boliviana".

5. Descrédito de Bolívar en Europa.

Los liberales cipayos que pululaban en Europa iniciaban una campaña contra Bolívar. Eran acompañados por los liberales burgueses europeos del género de Benjamín Constant, y de los liberales españoles emigrados, que si no habían sabido realizar su propia revolución ni otorgar sus derechos a la América revolucionaria, pretendían aconsejarla sobre los fetiches constitucionales a los que eran tan afectos.

El personaje más ridículo de la campaña anti bolivariana en Francia era, sin duda, Benjamín Constant. Enfermo del "mal del siglo", orador abundante, novelista romántico con "Adolfo", Constant es un monárquico liberal. Representa a la más sórdida burguesía europea, que ambiciona reunir el "orden" con la propiedad capitalista, esto es, legitimar con el rey, aunque sea una "cabeza de tocino" como Luis XVIII, su usufructo de la plusvalía. Constant encarna así en el Parlamento francés un régimen a la inglesa. Este satisfecho y obeso liberalismo monárquico sale al cruce en París al régimen centralista instaurado por Bolívar.

El Abate De Pradt, un curioso liberal amigo del Libertador y que se pronunció en sus libros por la independencia americana, polemiza con Constant, este último asistido por los partidarios de Santander y sus acólitos. Después del primer entusiasmo por la guerra contra España, la Europa ilustrada se había tornado contra Bolívar. Se juzgaba a Bolívar en París, Londres y los Estados Unidos como un "autócrata". Bolívar, según este diputado digno de ser retratado por Balzac, "rechaza las súplicas más conmovedoras de perdón de aquéllos que le han resistido. Hace correr, en un país que no es el suyo, la sangre de los indígenas. Arroja lejos de la Patria a hombres cubiertos de gloria en la lucha por la independencia patria y la suerte de esos hombres resta aún envuelta en una sombra siniestra".

Las oligarquías latinoamericanas siempre han tenido buena prensa en Europa y los Estados Unidos. Ataques de este género constituyen signos infalibles para juzgar el mérito histórico de un luchador en América Latina. En cuanto a la "sombra siniestra" de la suerte de los adversarios de Bolívar, según la prosa multicolora del diputado romanti-rentista, la situación era totalmente la inversa.

6. Tentativa de asesinato del Libertador.

Justamente en tales momentos los partidarios de Santander en Bogotá, ante el influjo poderoso del Libertador, se disponían a asesinarlo en el Palacio de Gobierno. Florentino González, uno de los conjurados, de 22 años, dará luego en sus "Memorias" todos los detalles de la conjura, en la que no faltaron las clásicas invocaciones de los Brutos a los Césares, ni el énfasis homicida de todos los Senados oligárquicos de la historia, desde Roma a Bogotá.

Bolívar salvó providencialmente su vida gracias a la entereza de su admirable compañera Manuelita Sáenz. "la Libertadora", que recibió al tropel de los asesinos en camisón y con una espada desnuda en su mano, mientras Bolívar se ponía a salvo. Uno de los conspiradores derribó a aquella mujer que había combatido a lanza en Ayacucho, y una vez caída le golpeó la cabeza con su bota.

Al conocerse en Colombia el atentado contra Bolívar, el general José María Obando se levantó contra el Libertador en Popayán, adonde fueron a reprimirlo las fuerzas al mando del general Córdoba. Pero este siniestro general Obando actuaba en combinación con el general peruano La Mar, que hacía cañonear el puerto de Guayaquil e invadía el territorio de la Gran Colombia al frente de 10.000 hombres. Para destruir la Gran Colombia la agodada oligarquía limeña dispuso de la soldadesca que no logró reunir antes para enfrentar sola a los españoles.

Esta crisis generalizada afectaba directamente todo el sistema político del Libertador y preanunciaba el derrumbe final.

7. Disolución de la Gran Colombia.

Simultáneamente la oligarquía altoperuana jaqueaba al general Sucre en Bolivia. El pérfido doctorcito Olañeta, aquel sobrino del mariscal absolutista, que traicionó a su tío y luego aconsejó a Sucre traicionar a las Provincias del Río de la Plata separando el Alto Perú, ahora encabezaba una conspiración para traicionar, a su vez, a Sucre. También el vencedor de Ayacucho resultaba innecesario y molesto a los mineros y dueños de indios de Bolivia. Olañeta estableció una alianza secreta con el general peruano Gamarra para invadir Bolivia y obligar a la caída de Sucre, al tiempo que perpetraba un atentado contra la vida del general, en el que Sucre resultó herido.

Mientras Gamarra invadía Bolivia, Sucre renunciaba a la presidencia y se marchaba para socorrer a Bolívar que, ya gravemente enfermo, enfrentaba otra invasión peruana por el Sur. Sucre deshizo a las tropas de La Mar en Tarqui el 27 de febrero de 1829.

La Gran Colombia volaba en pedazos. Los encomenderos bolivianos se declaraban independiente; lo mismo hacía Perú. El general Flores, ferviente bolivariano, independizaba los departamentos del Sur de la Gran Colombia y fundaba la República del Ecuador. El rudo llanero Páez, ya enriquecido y rodeado de un núcleo de "iluminados" entre los que figuraba el futuro presidente Antonio Leocadio Guzmán, quien abastecía de letras al separatista de espuelas, rompía el vínculo de Venezuela con Colombia, rehusaba toda subordinación al Libertador y aún toda tratativa de paz. Los grandes tabacaleros, ganaderos y cafetaleros, cuyos negocios habían sufrido por las guerras de la independencia, querían ahora gustar la dulzura de la paz y las delicias del comercio de exportación.

Los abogados terratenientes y los jefes de la soldadesca inactiva exigían ya la soberanía de sus propias republiquetas y poner hacienda. La frase corriente era: "libertarse de los libertadores".

La separación de Venezuela no era, en modo alguno, una decisión popular. Para poder realizarla, el general Páez y su corte de doctores habían preparado cuidadosamente las elecciones del llamado "Congreso Constituyente de Venezuela", según se llamó a esa farsa.

La "voluntad popular", de acuerdo a un documento confidencial de los separatistas, debía simularse siguiendo el método de difundir "instrucciones detalladas para obrar cortando todo nudo que encuentren; y han de llevar escritos de aquí los pronunciamientos que deben hacer las Municipalidades, las juntas de caserío y todo Dios; porque conviene que vengan todas, todas, todas las actas, sin quedar un rincón que no pida tres cosas, a saber: nada de unión con los reinosos; Jefe de Venezuela el General (Páez); y abajo Don Simón. Todo el mundo debe pedir esto o es un enemigo, y entonces...".

Todas las pandillas del separatismo hablaban en la época de lograr "una segunda emancipación". Se declaró a Bolívar fuera de la ley.

8. Bolívar reniega de la unidad latinoamericana.

En la propia Colombia (en los límites de la actual República de ese nombre) el partido liberal tramaba incesantes conspiraciones e introducía el espíritu faccioso en el Ejército. En el Departamento del Cauca "los antiguos realistas se convirtieron en democráticos frenéticos y uno de sus hombres influyentes decía: "Con la idea democrática nos han amolado y con ella nos hemos de vengar".

De este modo, los godos vencidos, se pasaban al partido separatista de Santander y contribuían con maligna alegría a la "balcanización".

Después del atentado contra Bolívar y del levantamiento del general santanderino Obando, Santander fue detenido y recluido en Cartagena. La prensa europea y norteamericana clamaba contra la dictadura de Bolívar y estimulaba el espíritu "federal" que significaba: "dividíos". Pero la burguesía comercial de los puertos y los intereses exportadores tenían poca necesidad de estímulos. "Se quiere imitar a los Estados Unidos, escribía Bolívar, sin considerar la diferencia de elementos, de hombres y de cosas... Nosotros no podemos vivir sino de la unión".

Pero todo estaba perdido. Así lo percibía en ciertos momentos de amargura el Libertador. En una carta reveladora que envía al general Santa Cruz al Perú dice lo siguiente: "Yo pues relevo a Ud. y a mis dignos amigos los ministros del compromiso de continuar en las miras que habían formado algunos buenos espíritus. Yo aconsejo a Uds. que se abandonen al torrente de los sentimientos patrios, y que en lugar de dejarse sacrificar por la oposición, se pongan Uds. a su cabeza; y en lugar de planes americanos adopten Uds. designios puramente peruanos, digo más, designios exclusivos al bien del Perú... primero el suelo nativo que nada: él ha formado con sus elementos nuestro ser; nuestra vida no es otra cosa que la esencia de nuestro pobre país... Sí, general, sirvamos la patria nativa, y después de este deber coloquemos los demás".

Era la melancólica confesión de su derrota. Bolívar se sentía morir pero debía asistir también a la agonía de la Gran Colombia, todo al mismo tiempo. Estaba enfermo de tisis. A los cuarenta y siete años parecía un sexagenario. Aquel pequeño, duro e indomable hombre de hierro que había vivido a caballo durante un cuarto de siglo, se había derrumbado. Sólo vivía por su voz y su pluma. Casi no podía montar ya. Parecía un espectro y toda su política se veía espectral. Por un momento, ante la anarquía que devoraba la tierra por él libertada, piensa en la intermediación de alguna gran potencia, quizá en coronar algún príncipe europeo que reúna las partes en dispersión de la Gran Colombia bajo su cetro. Pero desecha enseguida esa idea, hija de su fiebre y su desesperación.

Sus últimas cartas trasuntan la ironía más amarga y también la confusión que se apodera de su espíritu: "La federación puede ser uno de los sistemas favoritos del pueblo: que la adopten, pues, y no tendremos más reluchas que resistir con tales provincias. Si quisieren la constitución de Cúcuta, o los veinte departamentos con sus asambleas departamentales, nada es más fácil, porque ni aún trabajo tendrán para su redacción. No quieren monarquías ni vitalicios, menos aún aristocracia, ¿por qué no se ahogan de una vez en el estrepitoso y alegre océano de la anarquía? Esto es bien popular y, por lo mismo, debe ser lo mejor, porque, según mi máxima, el soberano debe ser infalible".

9. Vuelve el temor a la "Guerra de razas".

Se equivocaba Bolívar sobre el pueblo; y también erraba al juzgar que sus enemigos representaban la voluntad popular. Era un derrotado quien hablaba, después de haber sido el gran vencedor; y también rebrotaba a la hora de la muerte, el joven mantuano. Sus reservas sobre el pueblo y las "castas" de color se ponían de manifiesto una y otra vez. En sus últimos años vuelve a sus temores: "La pardocracia va ganando terreno en todo lo que pierden los demás partidos", dice a Sucre.

A Santander le ha escrito en 1826, frente a los primeros signos de disolución: "Si la gente de color se levanta y acaba con todo, porque el gobierno no es fuerte... yo no tengo la culpa. Si a Páez y a Padilla los quieren tratar mal sin emplear una fuerza capaz de contenerlos, yo no tengo la culpa. Estos dos hombres tienen en su sangre los elementos de su poder y, por consiguiente, es inútil que yo me les oponga, porque la mía no vale nada para el pueblo".

En otra carta insiste: "Con Páez no se debe usar de este lenguaje, porque el día que se le encienda la sangre, su sangre le sirve de mucho". Juzga así al general Bermúdez: "No le falta más que una cualidad para ser perfecto, la sangre: quiero decir que fuera como Padilla para que lo quisiese el pueblo". Más aún: "Ni federación general ni constituciones particulares son capaces de contener a estos esclavos desenfrenados: sobre todo ahora que cada cual tira para su lado".

¡Y esto se lo decía al blanquísimo Santander que ya estaba organizando secretamente el separatismo colombiano! No eran las castas, ni el mestizo Páez o el puro europeo Santander los que pugnaban por la destrucción de la Gran Colombia. Era el conjunto de las mismas clases criollas privilegiadas que se dirigían a preservar con Estados jurídicamente aislados el núcleo de sus intereses exportadores una vez lograda la independencia. Pues tanto Páez como Santander destruirán la Gran Colombia, prescindiendo de su raza y atendiendo a su respectiva base social.

10. Asesinato de Sucre.

El unificador estaba física y moralmente destruido. Pero también estaba aniquilada la Gran Colombia. Todavía faltaban algunos golpes al corazón de Bolívar. Aquel joven general Córdoba que "a paso de vencedores" decidió con sus lanceros la batalla de Ayacucho, y que terminaba de aplastar la sedición de Obando en Popayán, este mismo Córdoba se levanta en la provincia de Antioquia contra su antiguo jefe. Ahí muere Córdoba y con el joven y legendario soldado también moría la juventud de Bolívar.

Sus capitanes se enfrentan entre sí; mientras unos lo niegan, otros también se preparan para morir. El Congreso de Colombia rechaza la renuncia de Bolívar, pero el Libertador ya no tiene fuerzas para hacerse cargo del gobierno y deja el poder en manos del general Caicedo. Bolívar buscaba la salud alejándose de Bogotá. Se había despedido de Sucre, que iba a reunirse con su mujer en Quito. La prensa bogotana, como la caraqueña, injuriaba diariamente al Libertador y a Sucre. Al lapidar ambos nombres, el partido liberal se condenaba a sí mismo.

En un periódico que por generalizada ironía se titulaba Demócrata se escribía el 1o. de junio de 1830: "El general José Antonio de Sucre ha salido de Bogotá ejecutando fielmente las órdenes de su amo... antes de salir del Departamento de Cundinamarca empieza a manchar su huella con su humor pestífero, corrompido y ponzoñoso de la disociación... bien previmos el objeto de su marcha acelerada cuando dijimos en nuestro número anterior, hablando de las últimas perfidias de Bolívar, que éste había movido todos sus resortes para revolucionar el Sur de la República".

El pasquín bogotano añadía: "Bolívar es hoy un vesubio apagado, pronto a romper su cráter vomitando llamas de odio, de destrucción y de venganza... Puede ser que Obando haga con Sucre lo que no hicimos con Bolívar, y por lo cual el gobierno está tildado de débil, y nosotros todos y el gobierno mismo, carecemos de seguridad".

El general Obando, que debía hacer con Sucre "lo que no hicimos" con Bolívar, era el gobernador de Pasto, región célebre por sus habitantes, todos godos, escenario de varias sublevaciones contra la independencia. Obando había guerreado junto a los españoles; se hizo patriota con agudo sentido de la oportunidad. Naturalmente, era partidario de Santander y protector de ladrones y asesinos en las provincias del Cauca, Popayán y Pasto, individuos que en justa retribución de servicios formaban parte de su guardia personal. El vaticinio de la ralea periodística de Bogotá se cumplió al pie de la letra tres días más tarde.

Al atravesar sin escolta la provincia de Pasto, el Mariscal de Ayacucho fue muerto a tiros por tres sujetos, el comandante Morillo, el comandante Juan Gregorio Sarría y José Erazo, hombres del general Obando, quien había enviado instrucciones en un pliego cerrado.

He aquí las "vidas paralelas" de los asesinos del vencedor de Ayacucho: José Erazo era un notorio saqueador de Salto de Mayo, donde vivía. "Todo el que no quería ser robado o asesinado, tenía que hacer algún regalo a José Erazo, cuya casa, colocada en el paso más preciso del camino, era como una aduanilla... Obando le había nombrado Comandante de la línea del Mayo".

En cuanto al comandante Juan Gregorio Sarría, era analfabeto y, como su jefe Obando, había servido a los españoles contra su patria. Saqueaba haciendas en Popayán y el Cauca. Se hizo "patriota" en 1822. Tenía un proceso criminal por haber castrado a un hombre. Interrogado, dijo que había tenido intención de matarle; pero que la Virgen de los Dolores, de la que era devoto, le inspiró que se limitara a castrarlo. Además, había muerto a una mujer y violado a otra. Pero éstos eran pecadillos veniales del protegido de Obando, a su vez protegido de Santander, el Mitre bogotano y admirador del filósofo Bentham.

El general Obando se apresuró a desmentir toda responsabilidad, pues la opinión pública lo responsabilizó inmediatamente del horrendo crimen. La oficialidad del Estado Mayor de Obando en Pasto, quedó persuadida de que éste había sido el instigador del asesinato; abandonó en masa el servicio en Nueva Granada y se trasladó al Ecuador. Morillo confesó su crimen y fue ejecutado en 1842.

11. Muerte de Bolívar.

Bolívar se encontraba cerca de Cartagena cuando recibió la noticia del asesinato de Sucre, que lo anonadó y precipitó su muerte. Se disponía a viajar a Europa, aunque ya carecía de recursos, pues había regalado su quinta, empeñado su vajilla de plata y distribuído sus últimos dineros entre la multitud de oficiales, soldados y partidarios que huían del Bogotá hostil. Aquel mantuano que al iniciarse la revolución tenía mil esclavos, los había liberado a todos. Ahora, los propietarios de esclavos que él rehusó expropiar, lo echaban de la patria. Sólo esperaba un barco para alejarse de la tierra de sus hazañas. Al sentir agravado su mal, llegó hasta Santa Marta. Allí los médicos comprobaron que sus días estaban por concluir.

Sus partidarios lo llamaban para encabezar de nuevo la República, envuelta en el caos. Páez, el "primer lancero del mundo", gobernaba en Venezuela, y no estaba dispuesto a entrar en negociaciones con Nueva Granada "hasta que Bolívar hubiera evacuado el territorio de Colombia".
En las jornadas de julio que derribaron la monarquía borbónica en 1830, el pueblo de París, al asaltar el "Hotel de Ville", cantaba esta estrofa:

Le feu sacré des républiques

Jaillit autour de Bolívar,
Les rochers des deux Amériques
Des peuples sont les boulevards

Mientras el pueblo revolucionario de París coreaba su nombre, en el Nuevo Mundo agonizaba la revolución hispanoamericana junto al Libertador. Murió el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, en cama ajena, médico gratuito, sin un centavo y con la Gran Colombia dividida en cinco Estados.

"Conque ¿al fin murió don Simón? El tiempo nos dirá si su muerte ha sido o no útil a la paz y a la libertad. Para mí tengo que ha sido no sólo útil sino necesaria" tal fue el epitafio que escribió el separatista Santander en una carta. Inglaterra ya había prestado a las nuevas repúblicas 26.565.000 libras esterlinas. San Martín envejecía en Francia, Artigas estaba sepultado en el Paraguay y Monteagudo había sido asesinado.

Ahora, Morazán lucha por la creación de la República Federal de Centroamérica antes de morir fusilado. El Mariscal Santa Cruz fundará la Confederación del Perú con Bolivia y será expatriado de América. La era de los unificadores se aproxima a su fin.


La Patria Grande
Domingo 03 de Abril de 2005

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