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La casa Carmania
albergo a nuestro Libertador en su paso por el estado Trujillo.
¿Qué pensó Simón? ¿Qué sintió esa noche en estas cuatro paredes? ¿Se lo
imaginan ustedes?
Pensemos en eso unos segundos, cerremos los ojos y soñemos con Bolívar:
“Simón los soldados se encuentran alborotados le comenta a El Libertador el
marabino Rafael Urdaneta. Dicen que debemos de ser más duros con el enemigo.
Se han recibido noticias de Venezuela y son muy malas, demasiado malas diría
yo.”
Si, me imagino cuales son, los desmanes de los españoles cada día que pasa
son mas duros. Si supieras Rafael como me duele, como me duele lo que pasa
mi tierra. A veces me pregunto si Antonio Nicolás tendría razón.
Pienso que tenemos que ser más duros el que no este con nosotros esta en
nuestra contra.
Pasaron los días y ya en Venezuela las tropas patriotas van conociendo el
salvajismo que sufre su tierra asolada por hombres crueles que no
escatimaron esfuerzos para hacer pagar al pueblo sus ansias de libertad.
Bolívar en las noches de campamento junto a su fiel “Nevado” meditaba en la
manera de vengar tanta sangre derramada por sus compatriotas. ¿Qué hacer?
¿Como actuar sin ser igual a Monteverde o a Zuazola y convertirse en un
asesino igual que ellos?
“No puedo olvidarme de la caída de Puerto Cabello, si hubiera sido mas duro
y menos confiado no me hubieran traicionado como lo hicieron” Pensaba
Bolívar en los coloquios consigo mismo.
Al Libertador le llegaban noticias sobre los desmanes cometidos por los
españoles de Monteverde. Él sufría a ver lo que pasaban sus compatriotas.
Bolívar frenaba el deseo de actuar, debía ser precavido, era demasiado lo
que pondría en juego. Debía frenar sus impulsos.
Sus oficiales lo presionaban para que Bolívar tomara una desición clara
vengándose de todas las atrocidades cometidas por el enemigo. Los
venezolanos que acompañaban a Simón en la campaña habían dejado sus
familiares en Venezuela y sabían que muchos de ellos se encontraban
sufriendo en carne propia todo el peso de las injusticias unos siendo
asesinados y otros estando prisioneros.
Bolívar con su personalidad resuelta a toda prueba, tenía que mantener el
equilibrio emocional de sus tropas que se encontraban heridos en su amor
propios y deseosos de vengar las vejaciones echas a sus familiares y amigos.
No quería que su gente se convirtieran en salvajes y crueles vengadores.
El 13 de junio de 1813 el Libertador pernocta en la casa de Carmania del
sacerdote Francisco Antonio Rosario. Las horas de la noche son aprovechadas
para conversar; Bolívar dialoga con el sacerdote, este de mayos edad y con
una vasta experiencia con 52 años a cuestas, pero apasionado por la libertad
del país igual que el joven héroe que solo cuenta con 30 años y se dejara
aconsejar por la palabras sabias del presbítero.
¿Quién lo sabe? ¿Habrá influido el padre Rosario en el pensamiento de
Bolívar?
Hablaran ellos de la guerra a muerte, ya a esta hora ha sido muerto Antonio
Nicolás Briceño y todo se perfila que la guerra será mas cruel.
Simón hay que tomar una decisión muy fuerte hay que combatir fuego contra
fuego le comenta el padre Rosario a el héroe.
Si; le responde al sacerdote Simón pensativo, debemos dar una proclama para
que los habitantes de estas tierras sepan a que hemos venido.
Un decreto donde se establezca una diferencia entre España y Venezuela y de
esa manera podamos aislar los realistas del pueblo.
“Debemos responder a los que escudados bajo la bandera del rey de España
cometen atropellos y crímenes en contra de los venezolanos”:
“Antonio; tuteaba Bolívar al sacerdote por la gran confianza que se había
creado entre los dos hombres a pesar de la diferencia de edad; al tomar
Venezuela debemos de crear un gobierno fuerte, firme que actué con mano dura
y que no sea débil como el de la Primera Republica.”
Los dos hombre conversan, la casa de La hacienda Carmania los cobija, el
frío de la montaña se hace sentir, pero quizás un poco menos de aquel frío
merideño, de los paramos que tuvieron que atravesar los patriotas para
llegar a donde ahora se encuentran.
Siempre
Bolívar acompañado por su fiel perro y su cuidador Tinjaca que no se aparta
del perrote Mucuchíes, también José Palacios que acomoda el cuarto donde el
padre Rosario ofreció para que pasara la noche.
A lo lejos cientos de fogatas alumbran el campamento de los patriotas que se
dirigen a libertar Venezuela, en este campamento los hombres murmullan,
comentan están prestos ya que saben que pronto un acontecimiento se
producirá. Su jefe los llevara al triunfo y esta dispuesto para que el éxito
corone sus esfuerzos.
Pasan las horas y Antonio Rosario lleva a su huésped a su alojamiento, al
llegar a esa bella habitación de sabrosa cama en donde El Libertador
descansara cómodamente después de mucho tiempo cobijado por las estrellas y
durmiendo en el duro suelo el sacerdote le muestra un baúl de madera,
hermosamente pulido y con la voz cortada por la emoción le dice al jefe de
los ejércitos patriotas:
“Toma, Simón, este es un humilde obsequio de mi parte para la causa. Se que
lo necesitaras, la libertad debe triunfar y debes de ser duro como el acero.
Necesitas recursos para derrotar a esa bestia llamada Domingo Monteverde…….”
“Gracias Antonio, se te agradece, me da mucha pena, pero se tu manera de
pensar y tu odio en contra de la tiranía, esto es lo que se esperaba de ti.
Tu amistad, tus consejos y ahora esto, sinceramente no se como
agradecértelo.” Le agradece el libertador al Padre Rosario.
Te dejo para que descanses y tengas la mente clara para tomar las más sabias
decisiones en esta dura campaña que se te acerca. Todavía te falta mucho
para llegar a Caracas. Termina de hablar el clérigo con el héroe.
El sacerdote sale y deja a Bolívar en el cuarto, el caraqueño se sienta en
la mecedora y sin sueño piensa, recuerda todo lo vivido desde aquel día en
que pronuncio aquel discurso ante el congreso y dijo: “…es que trescientos
años no bastan” cuando los diputados conformistas abogaban por un separación
de España poco a poco, a su mente llegaban las discusiones con Miranda
cuando este no le daba el mando que el merecía.
Recordaba como si fuera ayer los pormenores de su fracaso en Puerto Cabello,
sentía todavía un dolor en su pecho y una rabia sorda al recordar como fue
esa traición y después aquel mudo reproche de Miranda.
Le dolía acordarse de cuando su amigo español Iturbe lo llevo ante
Monteverde para pedir un salvoconducto para salir del país, así viviera mil
años nunca olvidaría la humillación que le hizo el jefe realista.
Evocaba su llegada a la Nueva Granada, sus setenta hombres que fieles a él
lo siguieron, convirtiéndolos en aguerridos combatientes y muchos de ellos
se encontraban durmiendo en las afuera de la Hacienda dispuestos a seguirlo
a donde fuera.
Ellos confiaban en él y debía llevarlos al triunfo. Simón esa noche sabía
que haría lo que estuviera en sus manos para lograr la libertad de la Patria
y no fracasaría. Pero tenía la certeza de que no se podía pelear con unos
salvajes como Monteverde y sus hombres con normas de caballerosidad y
decencia.
Esto mis amigos debieron de ser los pensamientos de Bolívar aquella noche.
No podía defraudar a Padre Rosario que tan generosamente lo había ayudado.
Los informes que le llegaban eran aterradores, debía de fortalecer al
ejército patriota con más hombres y recursos. Aquí en Trujillo los jóvenes
huían para no ser reclutados, los españoles habían planteado la lucha por la
defensa del Rey y el odio a los patriotas por que decían que eran ateos,
rebeldes.
Esa noche Bolívar ideo El Decreto de Guerra a Muerte, sabía que con esto
haría estremecer el suelo patrio, pero lograría hacer temblar al enemigo. La
guerra a muerte que ya practicaban los españoles debía de ser también
declarada por los patriotas.
Bolívar se levanta de la mecedora y camina alrededor del cuarto piensa,
medita, recuerda las palabras del padre Rosario:
“Simón no debemos de ser clementes con ellos, los españoles no lo serán con
nosotros recuerda lo que te paso en Puerto Cabello. Combátelos con crueldad
hazles pagar lo que hacen contra tu gente. Briceño tenía razón hay que hacer
que nos teman.
Después de unas horas y ya bien entrada la noche El Libertador Simón Bolívar
se acuesta para tener un dormir inquieto ligero y levantándose al otro día
con la mente clara y dando forma a una proclama que piensa redactar a su
llegada a la ciudad de Trujillo.
Las tropas ya listas para seguir, impacientes en luchar por la libertad de
sus tierras, dispuestas a combatir sin cansancio en pos de un ideal parten
junto a sus jefes que los conducirá a la tan ansiada victoria.
Al llegar a Trujillo la noche del 14 al 15 de junio no fue de descanso para
el Brigadier Simón Bolívar. Inquieto, preocupado, nervioso igual que la
noche anterior en la casa de su amigo el sacerdote Rosario, camina por el
cuarto, se sienta en una silla embutidos en los mismos pensamientos que lo
inquietaron la noche de ayer y todo el día de hoy.
“Tenemos que definir la lucha, de cobrar agravios, hay que vencer o morir,
Antonio me lo repitió ayer varias veces y al despedirnos me dijo:
Simón hazle honor a ese apodo de Libertador haz que los realistas nos teman
y respeten.”
Las palabras del padre Rosario no se le apartaban de su mente y anoche al
meditar le llego una proclama que tenía que dictar a sus tropas y a los
venezolanos.
Son las tres de la mañana camina incansablemente por su habitación, sale de
ella y llama a su Secretario Briceño Méndez:
“¡Pedro, Pedro, ven por favor!
Paseándose de un extremo a a otro de la sala empieza a dictar:
Venezolanos: un ejercito de hermanos… ha venido a libertaros y ya lo tenéis
entre vosotros”
Briceño Méndez escribe ya esta acostumbrado a ser levantado por las noches
para escribir una carta o una proclama pero ahora sabe que lo que escribe
cambiara la guerra y esta decisión será trascendente.
Bolívar continua: “…No hemos podido con ver indiferencia la aflicción que os
hacían experimentar los bárbaros españoles que os han aniquilado con la
rapiña y os han destruido con la muerte.”
El Libertador habla con voz pausada pero grave, sabe que esta decisión trae
el triunfo o la derrota para la causa de la libertad.
“Que desaparezcan para siempre del suelo colombiano los monstruos que lo
infectan…..Que su escarmiento sea igual a la enormidad de su perfidia…”
Bolívar hace una pausa y mira a la puerta sorprendido al ver llegar a varios
de sus oficiales que al escuchar el ruido de la voz de su jefe se levantan y
sospechando desde ayer que ocurrirá un acontecimiento importantísimo no
quieren perderse de aquella proclama que dicta su Brigadier.
“A pesar de nuestros justos resentimientos contra los inicuos españoles,
nuestro magnánimo corazón se digna aún brindarles por ultima vez una vía a
la reconciliación y a la amistad… todavía se les invita a vivir
pacíficamente entre nosotros….”
Se levanta y con voz dura imponente y con un tono más fuerte exclama:
“Españoles y canarios: contad con la muerte aún siendo indiferentes.
Americanos contad con la vida aún cuando seáis culpables”
Después de lo fuerte de su voz concluye cansadamente sentándose en el
humilde catre: “Cuartel general de Trujillo 15 de junio de 1813. Simón
Bolívar. |