Los últimos días de
El Libertador

"¡Vámonos!  ¡Vámonos!... esta gente no nos
quiere en esta tierra...  ¡Vamos, muchachos!...
lleven mi equipaje a bordo de la fragata"
SIMÓN BOLÍVAR

... Viene,

   Su salud, además, decaía por momentos, inexorablemente.  Como se mezclan y confunden las imágenes en la mente de un calenturiento --- y probablemente eso era lo que sucedía en realidad ---, en sus cartas de aquellos días se atropellan fragmentos contradictorios de proyectos irrealizables, la angustia y el dolor.  A Briceño Méndez le escribe desde Cartagena el 20 de Septiembre (1830): 

<<<"Uds. verán mi proclama:  aunque parece que ofrezco mucho, no ofrezco nada, sino servir como soldado.  No he querido admitir el mando que me confieren las actas, porque no quiero pasar por un jefe de rebeldes y nombrado militarmente por los vencedores.  He ofrecido al gobierno servirle porque no me puedo excusar en peligros semejantes.  Si me dan un ejército lo aceptaré, y si me mandan a Venezuela iré...  Yo no puedo vivir entre asesinos y facciosos; yo no puedo ser honrado entre semejante canalla, y no puedo gozar del reposo en medio de las alarmas.  A nadie le piden tantos sacrificios como a mí, y esto para que todos hagan lo que les tiene más en cuenta.  Aquí no hay equidad, mi amigo: por consiguiente, yo debo tomar por mí mismo la parte de mi justicia.  Yo estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado.  Yo no pido por recompensa más que el reposo y la conservación de mi honor; por desgracia es lo que no consigo">>>

   Desde Turbaco dice a Urdaneta el 2 de octubre: 

<<<"Yo he venido aquí de Cartagena un poco malo, atacado de los nervios, de la bilis y del reumatismo.  No es creíble el estado en que se encuentra mi naturaleza.  Está casi agotada y no me queda esperanza de restablecerme completamente en ninguna parte y de ningún modo.  Solo un clima como el de Ocaña puede servirme como alivio, pues la tierra caliente me mata y en la fría no me va bien...">>>

Y desde Soledad tiene que declararle catorce días después:

<<<"...mis nervios sufren extraordinariamente de este inmenso calor; de suerte que con mucho dolor, puedo menearme y dar un paseo por la casa, sin poder subir una escalera por lo mucho que sufro... Todo esto, mi querido general, me imposibilita de ofrecer volver al gobierno, o más bien de cumplir lo que había prometido a los pueblos de ayudarlos con todas mis fuerzas, pues no tengo ninguna que emplear ni esperanzas de recobrarlas">>>

   Carecía de médicos, y por otra parte no deseaba ninguno y se negaba a tomar cualquier medicina.  De acuerdo con las ideas de la época, y con su propio carácter, se proponía a hacer ejercicio para combatir el decaimiento que sentía, y:

 <<<"navegar unos días en la mar para remover ---decía--- mis humores biliosos y limpiar mi estómago por medio del mareo">>>.

   Es de suponer los estragos que esos desesperados recursos harían en su desgastado organismo. 

<<<"Mi mal se va complicando ---observa el 6 de noviembre--- y mi flaqueza es tal que hoy mismo me he dado una caída formidable, cayendo en mis propios pies sin saber como y medio muerto">>>

   Encontraba a Soledad demasiado húmeda y siguió a Barranquilla.  En esta ciudad, un patriota granadino, que llevó durante cuatro días un diario de lo que le vio hacer y decir, anotó un pormenor que parece una amarga alegoría: dice que El Libertador, para recibirlo, "bajó la escalera apoyado del capitán Iturbide, su edecán".  Este capitán Iturbide era hijo de Agustín I de México: ¡qué sarcasmo del destino! El patriota irlandés O´Connell había enviado al Libertador su hijo "para que admirando e imitando vuestro ejemplo, sirva bajo vuestras órdenes"; otro tanto hizo Sir Robert Wilson, veterano de todas las guerras europeas de su tiempo; un sobrino de Kosciusko y un hijo de Murat aspiraron lo mismo, y aquél exclamó al presentársele: "He atravesado el diámetro del globo exaltado por las glorias del héroe del Nuevo Mundo, para tener la honra de servirle".  Y sin embargo, para bajar aquella escalera, que parecía simbólica, no tenía como apoyo al hijo del fracasado emperador mexicano.

   Así mismo, Byron, La Fayette, la familia de Washington, Bernadotte, lo habían glorificado, y, como dice Unamuno, "con el nombre de Simón Bolívar en los labios, en canciones patrióticas, tomaros a París los revolucionarios de 1830".  Pero a él no le llegaban en aquellos momentos sino los libelos que sus enemigos esparcían, y exclamaba, ya destrozado:

<<<"mi aflicción no tiene medida, porque la calumnia me ahoga como aquellas serpientes de Laocoonte">>>.

   De acuerdo con lo que había proyectado, se trasladó por mar a Santa Marta, a donde llegó en la noche del 1º de diciembre.  Allí encontró a un médico francés, Alejandro Próspero Revérénd, el cual se dedicó a cuidarlo y desde ese mismo día llevó un DIARIO en donde anotaba el curso de la enfermedad.  El primer asunto dice: "S. E. llegó a esta ciudad de Santa Marta a las siete y media de la noche, procedente de Sabanilla, en el bergantín nacional MANUEL; y habiendo venido a tierra en una silla de brazos, por no poder caminar, le encontré en el estado siguiente: cuerpo muy flaco y extenuado; el semblante adolorido y una inquietud de ánimo constante.  La voz ronca, una tos profunda con esputos viscosos y de color verdoso.  El pulso igual, pero comprimido.  La digestión laboriosa.  Las frecuentes impresiones del paciente indicaban padecimientos morales.  Finalmente, la enfermedad de S. E. me pareció ser de las más graves, y mi primera opinión fue que tenía los pulmones dañados".

   Este diagnóstico fue confirmado al día siguiente por el doctor N. Night, cirujano de la goleta de guerra GRAMPUS, de los Estados Unidos, que casualmente se hallaba en ese puerto; y entre ambos médicos acordaron el tratamiento que debía seguir el enfermo.  Este no mejoraba, sin embargo: "duerme solamente dos o tres horas a prima noche, y el resto lo pasa desvelado, y como con pequeños desvaríos", anota Revérénd el día 3.  Tenía, además, hipo, vómitos y dolores en el pecho.

   Sin embargo, el día 6 se trasladó a la quinta de San Pedro Alejandrino, en las afueras de la ciudad, y experimentó extraordinario alivio:  "llegó bastante contento del viaje que decía le había aprovechado, pues le condujeron en berlina", dice la anotación del día.

   La quinta adonde se había trasladado El Libertador era propiedad de un español llamado don Joaquín de Mier, quién ya había obsequiado a Bolívar, cuando éste se encontraba en Barranquilla, con cerveza, vino y legumbres para su mesa, y que en aquel refugio le aderezó hidalga hospitalidad.

   Según tradición conservada por el historiador Segundo Gómez, "el señor Mier, que viajaba al lado del enfermo hacia su casa de campo, hizo detener su coche en la puerta de su casa en Santa Marta para despedirse de su esposa, la señora Rovira.  Al salir le dijo la señora en francés: --- Detente un momento, y tráenos al Libertador para conversar con él. --- imposible --- repuso su marido --- ¿no ves su estado? No puede dar ni un paso.  Y El Libertador, incorporándose trabajosamente dentro del vehículo, interrumpió en el más puro francés:

--- <<<"Señora, aún me quedan alientos para ir a besar a usted las manos">>>.

   También el día 7 se mantuvo la mejoría lograda por el enfermo:  "S. E. pasó una buena noche y el día contento, alabando mucho la mudanza de temperamento", dice el DIARIO. Con indomable voluntad que ni aún en esa situación cedía, Bolívar había continuado su correspondencia política, y por lo menos dos cartas, que se han conservado, escribió ese día 7.  En una de ellas, bastante larga, le participa a Urdaneta:

<<<"Aquí han llegado ocho jefes de Venezuela y entre ellos los generales Infante, Silva y Portocarrero">>>.

   Pero al día siguiente sufrió una brusca y definitiva recaída: aumentó la fiebre, volvieron el hipo, el desvelo y los desvaríos. "El enfermo ---anota Revérénd--- disimula sus padecimientos, pues estando solo daba algunos quejidos".

   Algo sorprendente: ninguna mujer acompañó al Libertador en sus últimos momentos; ni siquiera una criada se menciona.  Pero entre los compañeros de armas que lo rodeaban estaban los generales José María Carreño, el glorioso mutilado que desde 1813 combatía a su lado, José Laurencio Silva, veterano de Carabobo, Junín y Ayacucho, y Mariano Montilla, que había vuelto a ser su amigo entrañable.  Fue Montilla quien tomó la triste responsabilidad de pedir al médico una opinión categórica sobre el estado del Libertador; y cuando escuchó que no había esperanzas de salvarlo, "se dio una fuerte palmada en la frente echando un formidable TACO, al mismo tiempo que las lágrimas se le asomaban a los ojos", narra Revérénd.

   También por iniciativa de Montilla vino a Santa Marta el Obispo José María Estévez, que hizo saber al Libertador el peligro de muerte en que se hallaba.   Era el 10 de diciembre; al día siguiente Bolívar recibió los sacramentos, firmó su testamento, una proclama de despedida a los colombianos, y la última de sus cartas.

   ¿Había vuelto El Libertador a las creencias religiosas de su juventud?  Sólo hemos encontrado un indicio que nos parezca realmente convincente; hasta por su misma insignificancia aparente, que lo hace más sentido y espontáneo.  En carta para Montilla el 13 de noviembre, y hablándole de su salud y de lo que proyectaba para restablecerla, agrega en un paréntesis: <<<"si Dios quiere concedernos esta gracia">>>.  No vacilamos en afirmar que desde los lejanos días en que hablaba de sus plegarias por la libertad del tío Esteban, en ninguna otra de sus cartas o confidencias familiares habló con esa humildad de la voluntad divina.

   En su testamento ordenó que sus restos reposaran en la ciudad de Caracas, y legó a su Universidad dos obras de la biblioteca de Napoleón que el general Wilson le había regalado, el "Contrato Social" de Rousseau y "El arte militar" de Montecuculi.  En una de sus últimas cartas ya había dejado a los caraqueños el testimonio de su perdón y de su amor.  Refiriéndose a los ataques que en su ciudad nativa se le hacían, declaró:

<<<"Diré no obstante, que no les aborrezco, que estoy muy distante de sentir el deseo de venganza, y que ya mi corazón les ha perdonado, porque son mis queridos compatriotas y, sobre todo, caraqueños...">>>.

   En otra cláusula del testamento disponía:

<<<"que los papeles que se hallan en poder del señor Pavageau se quemen">>>;

y el doctor Revérénd comentó en sus recuerdos esa orden, así: "Entre los papeles que por disposición testamentaria mandó El Libertador a que se quemaran me fue enseñado uno, el único que el señor Pavageau apartó para sí, y era un acta o representación de varios sujetos, cuya firma recuerdo muy bien y tal vez conocida por los contemporáneos de la época si estuvieran vivos, en la cual proponían al Libertador que se coronase.  Bolívar rechazó la tal proposición en estos términos: <<<"Aceptar una corona, sería manchar mi gloria; más bien prefiero el título de primer ciudadano de Colombia">>>.  Estas palabras, afirmo como hombre de honor, haberlas visto estampadas en ese documento, que no se publicó para cumplir con las órdenes del Libertador, y también por no comprometer las firmas de los autores de la proposición".

   A partir del día 12, El Libertador se agravó por momentos.  A menudo deliraba, y en alguno de aquellos desvaríos, creyendo estar entre sus soldados, les ordenaba:

<<<"¡Vámonos!  ¡Vámonos!... esta gente no nos quiere en esta tierra...  ¡Vamos, muchachos!... lleven mi equipaje a bordo de la fragata">>>.

   El día 17 de diciembre, al mediodía, Revérénd, que estaba como siempre a su lado, comprendió que sus últimos momentos se aproximaban.  "Me senté ---narra--- en la cabecera, teniendo en mi mano la del Libertador, que ya no hablaba sino de modo confuso.  Sus facciones expresaban una perfecta serenidad; ningún dolor o seña de padecimiento se reflejaban sobre su noble rostro.  Cuando advertí ya la respiración se ponía estertorosa, y el pulso trémulo, casi insensible, y que la muerte era inminente, me asomé a la puerta del aposento, y llamando a los generales, edecanes y los demás que componían el séquito de Bolívar: "Señores, exclamé, si queréis presenciar los últimos momentos y el postrer aliento del Libertador, ya es tiempo".  Inmediatamente fue rodeado el lecho del ilustre enfermo, y a los pocos minutos exhaló su ultimo suspiro Simón Bolívar..."

   El doctor Revérénd, que con tanta solicitud atendió al Libertador; que a veces, lo cargaba de la hamaca a la cama, y que no quiso aceptar honorarios por aquellos cuidados, también se hizo cargo de vestir el cadáver.  Y narra así un episodio que ocurrió entonces, y que a veces ha sido desfigurado:  "Entre las diferentes piezas del vestido que trajeron, se me presentó una camisa que yo iba a poner, cuando advertí que estaba rota.  No pude contener mi despecho, y tirando la camisa exclamé: "Bolívar, aún cadáver, no viste ropa rasgada; si no hay otra voy a mandar por una de las mías".  Entonces fue cuando me trajeron una camisa del general Laurencio Silva...".

   La última carta del Libertador, del 11 de diciembre, como hemos dicho, fue para pedir al general Justo Briceño que se reconciliara con Urdaneta y lo ayudara a mantener la unión colombiana. Eso mismo fue lo que pidió a todos los colombianos en su última proclama.  Decía:

<<<"Colombianos:

Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.

Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales.

¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.">>> 

Hacienda de San Pedro, en Santa Marta, a 10 de diciembre de 1830. 20º.

SIMÓN BOLÍVAR>>>

   No fue escuchado, y Colombia iba a desaparecer hasta el nombre; porque fue solo a mediados del siglo cuando la Nueva Granada lo tomó para si.

   Lo esencial de su obra se salvó, sin embargo: la libertad de América, que debía ser el punto de partida para la conquista de todos los demás bienes, según su exposición al Congreso colombiano.  Porque las reformas sociales, que el ambicionaba como objetivo y justificación de la independencia, no podían ser adquiridas por la voluntad de un solo hombre, tenían que ser confiadas a las generaciones futuras.   Desde que comenzó a pensar en ellas, de adolescente, al lado de Simón Rodríguez, debió admitir que también en la vida de los pueblos debía aplicarse aquel pensamiento que fue para él enseñanza de perseverancia y de valor moral: que el camino a la perfección se compone de modificaciones favorables.

Parte del Capítulo XXXV
"LLEVEN MI EQUIPAJE
A BORDO DE LA FRAGATA"
de EL LIBERTADOR,

Recopilado por J.W. de W de:

Augusto Mijares:
EL LIBERTADOR
Academia Nacional de la Historia,
ediciones de la Presidencia de la República,
Caracas, 1987

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© Copyright Johannes W. de Wekker  marzo, 2003