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Los últimos días de
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"¡Vámonos!
¡Vámonos!... esta gente no nos |
| ... Viene,
Desde Turbaco dice a Urdaneta el 2 de octubre:
Y desde Soledad tiene que declararle catorce días después:
Carecía de médicos, y por otra parte no deseaba ninguno y se negaba a tomar cualquier medicina. De acuerdo con las ideas de la época, y con su propio carácter, se proponía a hacer ejercicio para combatir el decaimiento que sentía, y:
Es de suponer los estragos que esos desesperados recursos harían en su desgastado organismo.
Encontraba a Soledad demasiado húmeda y siguió a Barranquilla. En esta ciudad, un patriota granadino, que llevó durante cuatro días un diario de lo que le vio hacer y decir, anotó un pormenor que parece una amarga alegoría: dice que El Libertador, para recibirlo, "bajó la escalera apoyado del capitán Iturbide, su edecán". Este capitán Iturbide era hijo de Agustín I de México: ¡qué sarcasmo del destino! El patriota irlandés O´Connell había enviado al Libertador su hijo "para que admirando e imitando vuestro ejemplo, sirva bajo vuestras órdenes"; otro tanto hizo Sir Robert Wilson, veterano de todas las guerras europeas de su tiempo; un sobrino de Kosciusko y un hijo de Murat aspiraron lo mismo, y aquél exclamó al presentársele: "He atravesado el diámetro del globo exaltado por las glorias del héroe del Nuevo Mundo, para tener la honra de servirle". Y sin embargo, para bajar aquella escalera, que parecía simbólica, no tenía como apoyo al hijo del fracasado emperador mexicano. Así mismo, Byron, La Fayette, la familia de Washington, Bernadotte, lo habían glorificado, y, como dice Unamuno, "con el nombre de Simón Bolívar en los labios, en canciones patrióticas, tomaros a París los revolucionarios de 1830". Pero a él no le llegaban en aquellos momentos sino los libelos que sus enemigos esparcían, y exclamaba, ya destrozado:
Este diagnóstico fue confirmado al día siguiente por el doctor N. Night, cirujano de la goleta de guerra GRAMPUS, de los Estados Unidos, que casualmente se hallaba en ese puerto; y entre ambos médicos acordaron el tratamiento que debía seguir el enfermo. Este no mejoraba, sin embargo: "duerme solamente dos o tres horas a prima noche, y el resto lo pasa desvelado, y como con pequeños desvaríos", anota Revérénd el día 3. Tenía, además, hipo, vómitos y dolores en el pecho. Sin embargo, el día 6 se trasladó a la quinta de San Pedro Alejandrino, en las afueras de la ciudad, y experimentó extraordinario alivio: "llegó bastante contento del viaje que decía le había aprovechado, pues le condujeron en berlina", dice la anotación del día. La quinta adonde se había trasladado El Libertador era propiedad de un español llamado don Joaquín de Mier, quién ya había obsequiado a Bolívar, cuando éste se encontraba en Barranquilla, con cerveza, vino y legumbres para su mesa, y que en aquel refugio le aderezó hidalga hospitalidad. Según tradición conservada por el historiador Segundo Gómez, "el señor Mier, que viajaba al lado del enfermo hacia su casa de campo, hizo detener su coche en la puerta de su casa en Santa Marta para despedirse de su esposa, la señora Rovira. Al salir le dijo la señora en francés: --- Detente un momento, y tráenos al Libertador para conversar con él. --- imposible --- repuso su marido --- ¿no ves su estado? No puede dar ni un paso. Y El Libertador, incorporándose trabajosamente dentro del vehículo, interrumpió en el más puro francés:
También el día 7 se mantuvo la mejoría lograda por el enfermo: "S. E. pasó una buena noche y el día contento, alabando mucho la mudanza de temperamento", dice el DIARIO. Con indomable voluntad que ni aún en esa situación cedía, Bolívar había continuado su correspondencia política, y por lo menos dos cartas, que se han conservado, escribió ese día 7. En una de ellas, bastante larga, le participa a Urdaneta:
Pero al día siguiente sufrió una brusca y definitiva recaída: aumentó la fiebre, volvieron el hipo, el desvelo y los desvaríos. "El enfermo ---anota Revérénd--- disimula sus padecimientos, pues estando solo daba algunos quejidos". Algo sorprendente: ninguna mujer acompañó al Libertador en sus últimos momentos; ni siquiera una criada se menciona. Pero entre los compañeros de armas que lo rodeaban estaban los generales José María Carreño, el glorioso mutilado que desde 1813 combatía a su lado, José Laurencio Silva, veterano de Carabobo, Junín y Ayacucho, y Mariano Montilla, que había vuelto a ser su amigo entrañable. Fue Montilla quien tomó la triste responsabilidad de pedir al médico una opinión categórica sobre el estado del Libertador; y cuando escuchó que no había esperanzas de salvarlo, "se dio una fuerte palmada en la frente echando un formidable TACO, al mismo tiempo que las lágrimas se le asomaban a los ojos", narra Revérénd. También por iniciativa de Montilla vino a Santa Marta el Obispo José María Estévez, que hizo saber al Libertador el peligro de muerte en que se hallaba. Era el 10 de diciembre; al día siguiente Bolívar recibió los sacramentos, firmó su testamento, una proclama de despedida a los colombianos, y la última de sus cartas. ¿Había vuelto El Libertador a las creencias religiosas de su juventud? Sólo hemos encontrado un indicio que nos parezca realmente convincente; hasta por su misma insignificancia aparente, que lo hace más sentido y espontáneo. En carta para Montilla el 13 de noviembre, y hablándole de su salud y de lo que proyectaba para restablecerla, agrega en un paréntesis: <<<"si Dios quiere concedernos esta gracia">>>. No vacilamos en afirmar que desde los lejanos días en que hablaba de sus plegarias por la libertad del tío Esteban, en ninguna otra de sus cartas o confidencias familiares habló con esa humildad de la voluntad divina. En su testamento ordenó que sus restos reposaran en la ciudad de Caracas, y legó a su Universidad dos obras de la biblioteca de Napoleón que el general Wilson le había regalado, el "Contrato Social" de Rousseau y "El arte militar" de Montecuculi. En una de sus últimas cartas ya había dejado a los caraqueños el testimonio de su perdón y de su amor. Refiriéndose a los ataques que en su ciudad nativa se le hacían, declaró:
En otra cláusula del testamento disponía:
y el doctor Revérénd comentó en sus recuerdos esa orden, así: "Entre los papeles que por disposición testamentaria mandó El Libertador a que se quemaran me fue enseñado uno, el único que el señor Pavageau apartó para sí, y era un acta o representación de varios sujetos, cuya firma recuerdo muy bien y tal vez conocida por los contemporáneos de la época si estuvieran vivos, en la cual proponían al Libertador que se coronase. Bolívar rechazó la tal proposición en estos términos: <<<"Aceptar una corona, sería manchar mi gloria; más bien prefiero el título de primer ciudadano de Colombia">>>. Estas palabras, afirmo como hombre de honor, haberlas visto estampadas en ese documento, que no se publicó para cumplir con las órdenes del Libertador, y también por no comprometer las firmas de los autores de la proposición". A partir del día 12, El Libertador se agravó por momentos. A menudo deliraba, y en alguno de aquellos desvaríos, creyendo estar entre sus soldados, les ordenaba:
El doctor Revérénd, que con tanta solicitud atendió al Libertador; que a veces, lo cargaba de la hamaca a la cama, y que no quiso aceptar honorarios por aquellos cuidados, también se hizo cargo de vestir el cadáver. Y narra así un episodio que ocurrió entonces, y que a veces ha sido desfigurado: "Entre las diferentes piezas del vestido que trajeron, se me presentó una camisa que yo iba a poner, cuando advertí que estaba rota. No pude contener mi despecho, y tirando la camisa exclamé: "Bolívar, aún cadáver, no viste ropa rasgada; si no hay otra voy a mandar por una de las mías". Entonces fue cuando me trajeron una camisa del general Laurencio Silva...". La última carta del Libertador, del 11 de diciembre, como hemos dicho, fue para pedir al general Justo Briceño que se reconciliara con Urdaneta y lo ayudara a mantener la unión colombiana. Eso mismo fue lo que pidió a todos los colombianos en su última proclama. Decía:
Lo esencial de su obra se salvó, sin embargo: la libertad de América, que debía ser el punto de partida para la conquista de todos los demás bienes, según su exposición al Congreso colombiano. Porque las reformas sociales, que el ambicionaba como objetivo y justificación de la independencia, no podían ser adquiridas por la voluntad de un solo hombre, tenían que ser confiadas a las generaciones futuras. Desde que comenzó a pensar en ellas, de adolescente, al lado de Simón Rodríguez, debió admitir que también en la vida de los pueblos debía aplicarse aquel pensamiento que fue para él enseñanza de perseverancia y de valor moral: que el camino a la perfección se compone de modificaciones favorables. |
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Parte del Capítulo
XXXV |
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Recopilado por J.W. de W de: Augusto
Mijares: |
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© Copyright Johannes W. de Wekker marzo, 2003 |