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La lucha contra la miseria |
| ¿Y después de la victoria militar? |
Introducción: Ya
se ha
triunfado en Ayacucho, el Imperio Español se bate en retirada... pocos
focos de resistencia quedan, ha llegado el momento de
recordar las frases de "La
Carta de Jamaica":
O de su Discurso de Angostura:
J.W. de W. |
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Tomado de: |
| Viene... |
Por cierto, ni aun después de Ayacucho, la gloriosa miseria que siempre
había acompañado al ejército republicano, quería abandonarla. Tres
días después de la batalla, Sucre escribe al Libertador:
Pero entrar como libertadores en el Cuzco había sido el sueño de aquellos combatientes durante sus largas penalidades, y antes fe finalizar el año (1824), el 30 de diciembre, le participa Sucre a Bolívar, con in-disimulable emoción:
Sólo dos jefes españoles quedaban en armas: el general Olañeta, que había permanecido como disidente absolutista en el Alto Perú y no fue incluido en la capitulación de Ayacucho, y el general José Ramón Rodíl que desconoció aquel convenio, y encerrado con sus tropas en el Callao, sufrió el asedio de los republicanos hasta 1826, en que se vio obligado a rendir la plaza. El general Bartolomé Salom, aquel veterano que diez años antes se conformó con realizar funciones de subalterno entre los 250 hombres de la expedición de los Cayos, había dirigido el sitio y fue el que recibió el último baluarte de España en América. Libre, pues, todo el Perú, el Libertador se apresuró a convocar el Congreso y este se reunió el 10 de Febrero de 1825, justamente el día en que se cumplía un año de haberle conferido ese mismo cuerpo la dictadura. Pocas veces en la historia un hombre investido con el poder supremo por una nación, pudo presentar a ésta, en tan corto tiempo, resultados tan espléndidos. En febrero de 1824 habían llegado al máximo los infortunios del Perú: casi todo el territorio ocupado por las fuerzas españolas, arruinado el erario, destruidos los mejores cuerpos del ejército, desalentado el pueblo, desesperados o anarquizados sus dirigentes; y el propio Libertador tan enfermo que ni siquiera podía cabalgar una mula mansa, según el episodio que ya hemos narrado. Un año después: dos espléndidas victorias habían puesto en manos de los republicanos el simbólico estandarte de Pizarro; en ambos triunfos el ejército peruano, admirablemente organizado, había competido en valor, eficacia y disciplina con los veteranos que desde 1810 se adiestraban en Venezuela y la Nueva Granada; ahora Perú era libre, no sólo por la reconquista de su vasto territorio, sino porque de nuevo en todas las clases sociales renacía el patriotismo, el entusiasmo y la confianza. Naturalmente, las demostraciones de regocijo y de agradecimiento al Libertador fueron delirantes. El Congreso le pidió que continuara en el ejercicio del poder supremo durante un año más; le ofreció un millón de pesos para él y otro para el ejército; le decretó honores de Presidente Perpetuo con el título de Padre y salvador del Perú; dio el nombre de Bolívar a la ciudad de Trujillo. Sucre recibió de los peruanos el títulos de Gran Mariscal de Ayacucho, y Bolívar, por su parte, le cedió en cierta manera la gloria máxima de la emancipación americana al declarar en una proclama que aquel jefe había ganado "la más gloriosa victoria de cuantas han obtenido las armas del Nuevo mundo". El Libertador rehusó el millón de pesos que le ofrecía el Perú, porque "jamás he querido ---respondió--- aceptar de mi patria ninguna recompensa de ese género"; y aunque el Congreso lo dejó a su disposición, a fin de que lo dedicase "a obras de beneficencia en favor del dichoso pueblo que le vio nacer y demás de la República de Colombia que tuviese V.E. por conveniente", en definitiva, tampoco con ese fin dispuso de aquel dinero. Pero de todos los honores que le tributó el Perú, el más conmovedor para él fue, sin duda, la medalla que sus representantes mandaron a acuñar con esta inscripción: "A su Libertador Simón Bolívar". Extendíase así hasta las fronteras de Chile el título que once años antes le había dado Caracas, la insignia de obligación y gloria que él reputaba superior a una corona. A pesar de tantos agasajos, Bolívar no permaneció en Lima sino cuatro meses. En abril de 1825 salió en visita a los departamentos del sur. Quería ver, personalmente, en qué estado estaban y continuar en ellos el trabajo de reorganización administrativa que desde su llegada al Perú había emprendido. Uno de los problemas que consideraba más graves para el país era el tremendo desnivel entre sus clases sociales. Desde 1815, en su La Carta de Jamaica, había apuntado el profundo desajuste que aquello significaba para la reorganización republicana del Perú, y ahora, al verlo de cerca, le parecía más alarmante e injusto. Ya hemos narrado las medidas que dictó en Trujillo para la protección de los esclavos que quisieran cambiar de dueño. Pero tanto como los infelices negros, los indígenas sufrían horrible opresión. Sucre, a pesar de ser tan comedido en sus juicios, le refería en una carta pormenores que asombran, y aunque esta correspondencia es de 1826, y se refiere al Alto Perú, narra lo que Bolívar veía sin duda todos los días:
Desde luego, si eso se le les permitía a los curas, es fácil suponer lo que por su cuenta harían los grandes propietarios y las autoridades; sin excluir a los propios caciques, que en lugar de dolerse de sus hermanos de raza, ejercían contra ellos la más desenfrenada explotación. En realidad, negros, indios, mestizos y la masa general del pueblo se encontraban en el fondo de una profunda espiral jerárquica que parecía descender hasta el infierno. Ya desde el 8 de marzo de 1824 Bolívar había decretado en Trujillo repartos de tierras entre los indígenas y la abolición de los cacicazgos; el 4 de julio amplió aquellas disposiciones y declaró que para siempre los indios quedaban exentos de cualquier clase de servicio personal obligatorio. "El trabajo de la mita ---narra O´Leary--- que desde el año anterior había abolido, no era la única carga bajo la cual gemía el indio miserable; un sinnúmero de injusticias le oprimían y cualquiera de ellas hubiese bastado a abrumarle. El corregidor, el cura, el agricultor, el minero, el mecánico, todos y cada uno de ellos eran sus opresores, obligándole a cumplir los contratos más onerosos y fraudulentos; la vida para él era una maldición bajo tamaña servidumbre; hasta los consuelos de la religión se le vendían a precio de oro. Pero en defensa de los indios impuso el Libertador su autoridad expidiendo decretos para extirpar tantos abusos; prohibiendo bajo las penas más severas que se les emplease en ningún trabajo sin que precediese un ajuste libremente estipulado. En las obras públicas de utilidad general, en que hasta entonces habían sido ocupados indios exclusivamente, ordenó que los demás ciudadanos compartiesen con ellos la carga por iguales partes, y que cesasen las extorsiones a que antes se les habían compelido". ¡Cuánto entusiasmo pondría el Libertador en aquellas medidas! En el Perú se daba el caso ---sólo repetido en México--- de que los dos principales afluentes étnicos que habían concurrido a la formación del país, poseían igual abolengo de grandeza y cultura. La defectuosa organización social engendrada por la conquista ---que llegó hasta pervertir a los hijos de Dios--- había convertido también aquella felicísima herencia en una maldición para ambas razas, adormecida la blanca en su opulencia, y la indígena en su miseria. ¿Pero no sería posible todavía iniciar entre ellas una aproximación fecunda? A lo menos, Bolívar no dejaría de indicar a las generaciones futuras aquella rica veta de oro espiritual abandonada. Un desgarrador pensamiento nos hiere sin embargo al considerar aquellas generosas medidas del Libertador: cuántos disimulados odios, cuántos arteros resentimientos, suscitarían contra él entre los que estaban acostumbrados a usar sin resentimientos tantos privilegios; y cuantos de esos malos resentimientos prevalecerán todavía en los juicios de los que son herederos --a veces sin advertirlo ellos mismos--- de aquella inicua tradición. Porque los desamparados, para los cuales quiso él también ser el Libertador, todavía no tienen voz que hable por ellos. Naturalmente, el desarrollo de la educación pública, y que fuera accesible a todos, volvía a ser, como en Colombia, preocupación cotidiana del Libertador. En la ciudad de Trujillo ---que había declarado capital provisional del Perú antes de la campaña de Junín--- fundó una Universidad; en sus instrucciones al Consejo de Gobierno que dejó encargado del poder al comenzar su viaje al sur, le indicaba enviar "diez jóvenes con los comisionados a Inglaterra, o por separado, para que aprendan allí las lenguas europeas, el derecho público, la economía política y cuantos conocimientos forman al hombre de Estado"; decretó el establecimiento de una Escuela Normal en la capital de cada Departamento, según sistema de Lancaster; fundó varios colegios de educación media ---tanto para varones como para niñas--- aprovechando en alguno de ellos los edificios que se habían tomado a los jesuitas, y en todos los casos organizó cuidadosamente las rentas que debían sostener cada instituto. Pero interesábale especialmente la educación primaria y artesanal, para elevar social y económicamente el nivel del pueblo. Y la protección de los más desvalidos. los que jamás habían tenido ocasión de aprender un oficio para ganarse la vida, las mujeres, los huérfanos y los ancianos. Para esto esperaba encontrar un precioso auxiliar en don Simón Rodríguez. Como hemos dicho en uno de los primeros capítulos de esta biografía, Bolívar había pedido insistentemente a Santander que se lo enviase, en diciembre de 1823 y mayo de 1824, apenas supo la llegada a Bogotá de su extraordinario maestro; y durante la enfermedad de Plativilca, le escribió directamente a don Simón aquella apasionada carta en que le decía:
A pesar de estas demostraciones de afecto Rodríguez no se había apresurado en venir; en parte por el justificado escrúpulo de considerarse parásito al lado de su omnipotente discípulo, en parte porque su carácter iba haciéndose cada vez más huraño e inestable. Cuando al fin llegó a Lima, "yo vi ---narra O´Leary--- al humilde pedagogo desmontarse en la puerta del palacio dictatorial, y en vez del brusco rechazo, que acaso temía del centinela, halló la afectuosa recepción del amigo, con el respeto debido a sus canas y a su antigua amistad. Bolívar le abrazó con filial cariño y le trató con una amabilidad que revelaba la bombad de un corazón que la prosperidad no había logrado corromper". Prueba de que aquella compenetración entre ambos no era netamente sentimental, como no lo era el empeño del Libertador en crear institutos de enseñanza, la tenemos en la explicación del plan que se proponían seguir según el propio Rodríguez. Decía éste, algunos años después:
Para apreciar debidamente el alcance de este plan en aquellos días, debemos recordar que en la propia Europa no existían para entonces, para los hijos del pueblo, sino aquellas Casas de misericordia, aquellos Conventos, Cárceles y Hospicios, que indignaban a Bolívar y a don Simón; y que hasta principios de este siglo (XX) las mujeres, sin oficio y esclavizadas por los prejuicios, crecían aterrorizadas por la disyuntiva de prostituirse abiertamente o de aceptar en el matrimonio otra forma de prostitución, disimulada. En cuanto del proyecto ---colonizar el país con sus propios habitantes--- se anticipaba a uno de los problemas más graves que ocasionó después en la América española la inmigración: que los recién llegados podían desplazar u subordinar a los criollos, víctimas de su escasa preparación y hábitos sociales defectuosos. Lo cual hizo temible al inmigrante que nos debía servir de ejemplo, ha despertado xenofobias odiosas, le da a veces al extranjero, por reacción, una idea exagerada de su superioridad, y, en algunos países, ha detenido aquel aporte bienhechor. Comenzar por colonizar al país con sus propios habitantes articula en la forma más justa y feliz los beneficios de la educación y de la inmigración y favorecía a ambas provocando entre ellas influencias recíprocas. |
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Parte del
Capítulo: XXXI |
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