EL MANIFIESTO DE CARTAGENA
Según Fernando González

Por: Álvaro Caballero.
Marzo del 2003

Dentro de las tareas que nos hemos propuesto realizar se encuentra el estudio y análisis de los documentos fundamentales de Simón Bolívar tratados por diversos autores y biógrafos, siendo el Manifiesto de Cartagena el primero de ellos. Tócale en esta oportunidad referirnos al escritor colombiano, antioqueño, Fernando González Ochoa, 1895-1964, quien en su magnífico libro Mi Simón Bolívar pretende con éxito interpretar al Libertador para sí, por supuesto, reflejando esto al lector que es su ulterior intención. Dicho ensayo, que no es una biografía, presenta una visión de Bolívar con fuerte acento personal, erudito, psicológico si se quiere. No pretendo en estas líneas hacer una crítica literaria de dicha obra, recomiendo altamente su lectura.

Fernando González dentro de su obra inserta un capítulo que denomina ENSAYO DE MENSURA DE BOLÍVAR.

Después de una serie de disquisiciones previas a dicho ensayo en las cuales plasma y define lo que él llama el “metro cósmico” suerte de instrumento psíquico para medir a los hombres, concluye, cito: “Ha llegado la hora de medir a Su Excelencia, el Libertador Simón Bolívar.”

El autor establece que las obras escritas y esenciales del Libertador son el Manifiesto de Cartagena, la Carta de Jamaica, el Discurso de Angostura y la Constitución Boliviana. Considera que ellas constituyen la literatura íntima del Libertador, de donde se han sacado sus máximas y pensamientos. Asienta que son las obras que meditó, siendo las dos primeras las que tienen especial relevancia, y observa que fueron escritas fuera de su tierra natal, en el extranjero, en el destierro. Para González, es de suma importancia, y en ello se detiene, el hacer percibir al lector quién fue Bolívar desde el punto de vista de la conciencia.

Nos presenta el autor a un hombre joven que ya tenía para aquel entonces –fecha del Manifiesto- la conciencia del gran destino de su continente. “Era Bolívar, en verdad, de concepciones grandiosas y de corazón hirviente pero había en él mucho más que el énfasis de un Quijote. “Ha llegado el momento de bajar al Libertador del caballo gomoso de las esculturas encargadas por los caudillos tropicales y de montarlo en su mula orejona, porque en caballo no se pueden atravesar y recorrer los Andes.”

Sirven estas aseveraciones para ponernos en el camino trazado por González, nos recuerda que el 19 de abril de 1810 se inició la revolución en Venezuela con la formación de una Junta de Gobierno, imitación de las creadas en España por la invasión napoleónica. El 5 de julio de 1811 se declara la independencia y se crea una república federal. Esta “patria boba” terminó en julio de 1812 con la capitulación de San Mateo. El Manifiesto de Cartagena fue escrito en diciembre de 1812. Bolívar contaba 29 años de edad.

“Es muy interesante observar que durante estos acontecimientos únicamente en Bolívar estaba la conciencia de Colombia, la realidad, y el secreto del modo para hacerla aparecer: Fue el instigador de la independencia contra la Junta; fue el crítico del gobierno federal, y fue el joven terrible del general Miranda el desarraigado.” Esta reflexión que cito literalmente pareciera un tanto exagerada, sin embargo, el autor observa y conjuga la actuación de aquel joven impulsivo con tres momentos históricos que objetivamente así se sucedieron y que tuvieron en él un actor determinante.

Continúa el autor aseverando, cito: “Únicamente en Simón Bolívar estaba personificada la fundación de una Patria, la creación de una conciencia colectiva, la creación de un nuevo continente político.”

Nos relata que el joven terrible pone preso a Miranda en La Guaira, se fue a meditar para Curazao y se vino a Cartagena donde publica el Manifiesto, “... en el cual parece que hablara la revolución misma, la Gran Colombia”, nos asoma el autor, pasando a transcribir íntegramente, dentro de su obra, el documento político:

“Libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela y redimir a ésta de la que padece, son los objetos que me he propuesto en esta Memoria.” Con esta primera reflexión el futuro Libertador comienza su magnífico documento.

Después de ser leído íntegramente, Fernando González no duda en decir que el Manifiesto está redactado en el estilo de Maquiavelo, claro, limpio y que consiguió el fin que se propuso: crear espíritu nacional y preparar las grandes campañas de 1813. Y asevera: “Es un organismo ideológico que muestra el alma realista de Bolívar como era, como una florescencia del continente. ¿En donde está el romanticismo? Está allí la historia de la revolución hasta 1813, y es y será siempre una enseñanza para Sudamérica.”

“En la Nueva Granada vivía un hombre comprensivo, el letrado Camilo Torres; desde el momento en que leyó el Manifiesto, hasta su muerte, repetía, a pesar de ser federalista, que en Bolívar estaba la emancipación.”

“El Manifiesto lo escribió... desesperado con la ruina de la primera república venezolana, incitado por las dolorosas experiencias de sus luchas con la Junta, con el Gobierno federal y con el general Miranda; incitado por el desespero de quien se sabe poseedor de los secretos del éxito y que no es comprendido.”

“Haberlo comprendido fue la gloria de Camilo Torres, y con ello, la gloria de la Nueva Granada:

Simón Bolívar

Camilo Torres } Ahí está la obra de la emancipación, y están reconciliadas Nueva Granada y Venezuela. De la comprensión de estos dos hombres resultaron los años de gloria de 1813 y 1814; puede decirse muy bien que los dos fueron los creadores de Girardot y de Ricaurte.”

“El Manifiesto de Cartagena despertó a los granadinos, y, junto con la actividad guerrera de su autor, unió a Venezuela y a Colombia, por primera vez, aunque momentáneamente, en los hermosos días de 1813 y 1814.”

Estos párrafos, además de ser admirablemente hilvanados dentro del contexto histórico que aquí nos ocupa, nos dejan ver un punto de vista que muchas veces pasamos por alto, y que nos hace cometer error en nuestra apreciación respecto a las consecuencias del Manifiesto, haciéndolo ver solamente bajo la mirada venezolanista. Aquí podemos ver con toda claridad el punto de vista de los colombianos de hoy, de los de allende la frontera. Para F. González tiene el Manifiesto el inmenso valor histórico de haber unido a Colombia con Venezuela. Concluyendo, dentro de este peculiar estudio de la conciencia de un hombre: “Tenemos, pues, la conciencia continental pura, la única que ha tenido América.”

Plantea el autor que es necesario compenetrarse con el estado social, espiritual y material de Sudamérica durante los primeros años de la revolución para comprender el Manifiesto de Cartagena: la timidez de los próceres, el regionalismo, la incomunicación, la limitación geográfica, explica: “para el gran Nariño no existía sino Bogotá... Y para el gran Páez no existía sino el Río Apure;...”

“Bolívar concibió una nacionalidad y la formó en luchas más terribles contra los americanos que contra los españoles; concibió un ejército y lo formó, un plan y lo realizó. No es propiamente que halla creado, sino que estaba tan personificado con el continente que podía aprovechar todo, evitar los obstáculos, vencer las dificultades, etc. La vida evolucionaba por su intermedio.”

Estas magníficas conclusiones a que llega el autor donde la objetividad – y sí que la tiene- a veces se confunde con el sentimiento de admiración que sinceramente tiene por el Libertador. Y como epílogo de sus reflexiones, nos resume:

“De 1810 a 1820 América era realista; apenas después de la batalla de Boyacá comenzó a aparecer el americanismo.”

“Fue un centro de conciencia. Pero los mismos venezolanos vencieron a Bolívar en 1814 con José Tomás Boves.”

“Y vuelve a Nueva Granada a crear otro entusiasmo, pero ya únicamente Camilo Torres creía en él; Santander y Castillo, los hombres de aldea, se le opusieron. Entonces se desterró a Jamaica; comprendía que nada estaba preparado.”

Aquí Fernando González entrelaza sus reflexiones y estudios con la Carta de Jamaica. Documento que estudiaremos en su oportunidad.

Por: Álvaro Caballero.
Marzo del 2003

Material Tomado de:

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© Copyright Johannes W. de Wekker  abril, 2003