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En 1822, a los veinticuatro años, Manuela ya era la esposa de un acaudalado comerciante inglés, James Thorne, natural de Aylesbury. Era señora de una gran casa en Lima y de otra en las afueras (Magdalena); había sido condecorada con la Orden del Sol, el 23 de enero de 1822, por haber convencido a su medio hermano, un capitán del regimiento de Numancia del ejército realista, y a los demás oficiales de la unidad, para que se pasaran al campo de los patriotas.
En 1823 Bolívar fue a Lima para poner fin a la guerra civil que se había desatado, y allí se instaló Manuela, aun cuando en esa ciudad estaba su residencia con Thorne (él estaba en Chile), menospreciando las consecuencias sociales que esta circunstancia pudiera traerle. Sin embargo, esto resultó ser un punto a favor para sus intereses personales y para los intereses políticos de la independencia. Manuela sabía moverse tanto entre la "buena sociedad" de Lima, como entre los comerciantes (ingleses y limeños) y los patriotas, y estar al tanto de lo que pasaba y podía pasar en la ciudad. En octubre de ese año fue incorporada en forma oficial al Estado Mayor de Bolívar, a petición del coronel Daniel O'Leary. Fue encargada de los archivos personales del Libertador y se le otorgó el grado de coronela, por lo que vistió casaca azul, vueltas y cuello rojos. En la batalla de Ayacucho (1824), Manuela siguió a Bolívar a discreción por los Andes. El 1 de diciembre de 1827 salió para Bogotá, ante la solicitud de Bolívar de reanimar «una vida que está expirando». En esta ciudad debió enfrentar un grupo grande de detractores, entre los que se encontraban Francisco de Paula Santander y José María Córdova, enemigos declarados de la Sáenz. «Tendría 29 a 30 años cuando la conocí en toda su belleza. Algo gruesa, ojos negros, mirada indecisa, tez sonrosada sobre fondo blanco, cabellos negros, artísticamente peinados y los más bellos dedos del mundo [...] era alegre, conversaba poco; Fumaba con gracia. Poseía un secreto encanto para hacerse amar», así la describió Jean-Baptiste Boussingault, un profesor de ciencias francés que Santander trajo a Colombia en 1824, y con quien Manuela compartió muchos momentos políticos y sociales. Durante los primeros meses
de vida en Bogotá, Manuela vivió en la Quinta de Bolívar, una casa situada «a la sombra
de los cerros de Monserrate», construida por José Antonio Portocarrero a principios de siglo y que,
por motivos de las guerras de independencia, pasó a manos de Bolívar en 1820. El 24 de julio de 1828,
no obstante encontrarse Bolívar en el Palacio de San Carlos, ejerciendo sus poderes dictatoriales sobre
la república (luego de la disolución de la Convención de Ocaña, el 11 de junio, y,
consecuentemente, del Congreso), Manuela celebró el cumpleaños de Bolívar en la Quinta. En
el transcurso de la fiesta, ella realizó un fusilamiento simbólico de Santander, «ejecutado
por traición», según rezaba el letrero colgado del muñeco. Parece que la descarga se
escuchó perfectamente en todo Bogotá. Con este acto, la política de reestructuración
de la República que adelantaba Bolívar, estuvo a punto de derrumbarse. En la primera semana de agosto
de ese mismo año, y a pesar de la orden de Bolívar de que permaneciera alejada del público,
Manuela Sáenz puso treinta y dos pesos de plata en manos de don Pedro Lasso de la Vega por la casa marcada
con el número 6-18 de la calle 10, para así estar más cerca al Palacio de San Carlos, es decir,
de Bolívar. Esta cercanía y la conjugación de sus talentos físicos con sus habilidades
políticas le permitieron a Manuela saber de la conspiración para matar al general, conspiración
que tomó fuerza por el descontento en casi todos los estratos. Los soldados se quejaban por el atraso en
los pagos, las mujeres, de la carestía, la aristocracia, de la pérdida de privilegios, los comerciantes,
por el detrimento en sus negocios, y los intelectuales, por la falta de libertad. En la conspiración, se
rumoraba, estaba implicado Santander. El primer intento fue en el mes de agosto, en la fiesta de máscaras
en el teatro El Coliseo (Colón), del que se salvó gracias a la acción involuntaria de Manuela.
El segundo intento fue el 25 de "setiembre", en el Palacio de San Carlos. Esta vez fue la acción
premeditada de Manuela la que hizo que saliera ileso, y por ello fue llamada por Bolívar «la libertadora
del Libertador». El 20 de enero de 1830,
Bolívar presentó renuncia a la presidencia. El 8 de mayo emprendió el viaje hacia la muerte,
ocurrida el 17 de diciembre en Santa Marta. Desde su partida, los ataques contra Manuela tomaron forma y nombre:
Vicente Azuero se encargó de incitar a la gente a manifestar su descontento con La Sáenz, mediante
carteles, "papeluchas" y actos como la quema de dos muñecos en la fiesta del Corpus Christi, en
los que personificaron a Manuela y a Bolívar bajo los nombres de Tiranía y Despotismo. La reacción
de Manuela fue obvia: destruyó las figuras y todo el andamiaje que las sostenía. El resentimiento
santafereño cedió a las acciones de Azuero; sin embargo, Manuela recibió el apoyo del sector
que menos esperaba, las mujeres: «Nosotras, las mujeres de Bogotá, protestamos de esos provocativos
libelos contra esta señora que aparecen en los muros de todas las calles [...] La señora Sáenz,
a la que nos referimos, no es sin duda una delincuente». El gobierno estuvo a punto de considerar éste
y otros llamados de "las mujeres liberales", como ellas mismas se llamaron, pero un folleto, "La
Torre de Babel", escrito por Manuela Sáenz, en el que no sólo ponía de manifiesto la
ineficacia e ineptitud de los rectores del gobierno, sino que revelaba secretos de gobierno; hizo que se le acusara
de actos «provocativos y sediciosos», y se procediera a encarcelarla, por lo menos virtualmente. En
los últimos días de 1830, Manuela emprendió el viaje hacia Santa Marta para cuidar la salud
de Bolívar, pero sólo llegó hasta Honda. Allí recibió una carta de Louis
Perú
de Lacroix, un joven veterano de los ejércitos de Napoleón, edecán del general hasta hacía
poco, que decía: «Permítame usted, mi respetada señora, llorar con usted la pérdida
inmensa que ya habremos hecho, y que habrá sufrido toda la república, y prepárese usted a
recibir la última fatal noticia» (18 de diciembre de 1830). Desde este momento, Manuela perdió
su objetivo en la vida. Con la muerte de Bolívar, el desprecio por ella se desbordó, por lo que decidió
partir hacia Guanacas del Arroyo; sin embargo, la persecución no cedió. El 1 de enero de 1834 Santander
firmó el decreto que la desterró definitivamente de Colombia. Fue a Jamaica, y de allí a Guayaquil,
a donde llegó en octubre de 1835. También tuvo que partir de Guayaquil, pues el gobierno de Ecuador no la quería allí. Viajó, entonces, a Paita, un puerto en el desierto peruano sin agua y sin árboles, y formado por una sola calle y un muelle al que sólo llegaban balleneros de Estados Unidos. Allí, en un desvencijado edificio, se leía: «Tobbaco. English spoken. Manuela Sáenz». La pobreza la acompañó durante los últimos años, y finalmente también la invalidez. El 11 de agosto de 1847 se enteró de la muerte de su marido, James Thorne, asesinado el 19 de junio de ese año. En su testamento, Thorne devolvía a Manuela los ocho mil pesos de la dote de los intereses; sin embargo, ese dinero nunca Llegó a sus manos. Así, inválida, acompañada por Simón Rodríguez (el Maestro del Libertador), quien también terminó su vida en Paita (1854), y las cartas del General O'Leary, acabó la vida de Manuela Sáenz, víctima de una extraña epidemia que llegó al puerto en algún ballenero, el 23 de noviembre de 1856. |
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Textos tomados de: http://kkooll.netfirms.com/vv.htm |
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© Copyright Johannes W. de Wekker Noviembre, 2002 |