LA REBELIÓN ANTIESCLAVISTA
DEL NEGRO MIGUEL
Y SU TRASCENDENCIA EN EL TIEMPO.

 

Por: Reinaldo Rojas

I

         El principio conocido de que en toda guerra y confrontación una es la  historia que cuenta el vencedor y otra el vencido, tiene, en el caso de los negros africanos de ayer y de hoy, de los esclavos de ayer y de hoy, una evidencia de cuatro siglo y más de duras e hirientes realidades. Hace 450 años, la historia épica de los conquistadores españoles en estas tierras, historia del vencedor que aún se repite,  tuvo una primera rasgadura. Aparece un hueco, un paréntesis, una advertencia que nos dice, como un eco lejano, que aquí, los negros que habían sido traídos a la fuerza para la explotación de las minas de oro de Buría, que aquellos seres transformados en instrumentos de trabajo, aquellas “propiedades con alma” como los denominó Aristóteles justificando con ello el surgimiento en la antigüedad griega de la esclavitud como institución, aquellos seres sin destino reducidos al trabajo agotador, habían quebrantado la sumisión y la obediencia y se habían alzado con ira y con violencia contra el imperio de sus amos españoles. 

         El cronista, encargado de relatar los acontecimientos de la conquista, de describir las aventuras de los grandes capitanes y de sus huestes descubridoras, abrió espacio y colocó con la rúbrica encadenada de la letra castellana del siglo XVI lo siguiente:  “I. Prosíguense las minas de Barquisimeto con indios y negros esclavos; principios de un alzamiento. II. Viene el negro Miguel con los que le siguieron sobre las minas, y mata algunos españoles.- III. Junta entre negros e indios más de ciento y ochenta personas alzadas con él; nómbrase  Rey, elige Obispo y funda pueblo.”  

         Esto lo escribió no un negro esclavo, porque el negro, en la tradición del blanco no tiene inteligencia que le permita pensar y menos escribir. Tampoco lo escribió un indio que igualmente era analfabeto, además de “encomendado” a un señor blanco para que lo civilizara,   sino un español formado en la cultura clásica de su tiempo, un fraile reconocido como historiador de Indias, me refiero a Fray Pedro Simón.  

         Y con ello, aquellos negros que desembarcaron asustados un día de principios del siglo XVI en el Caribe o en las costas de Coro, enfermos unos, furiosos otros, esos negros que llegaron al territorio hoy venezolano para la labor minera con los Welser primero y luego con los propios españoles, pues bien, esos negros alzados, esas “piezas de negro”,  con la dignidad destrozada por el látigo y los grillos, esos negros entraron a la historia del blanco, a la historia de la España conquistadora, a la historia de Venezuela y a la historia moderna de la Humanidad con un nombre que quedó grabado entonces en letra de molde en las famosísimas Noticias Historiales de Venezuela: El negro Miguel. 

         No tenemos idea hoy de lo que significó para la historia de la esclavitud,  aparecer en la historia escrita de entonces, en aquella crónica oficial, la única vía susceptible de crear memoria,  con este titular:  Viene el negro Miguel...   Junta más de ciento y ochenta personas alzadas con él....Nómbrase Rey, elige Obispo y funda pueblo. Ni más ni menos, Miguel recibe del cronista los atributos de un líder, de un fundador, hasta de un conquistador, rasgos sólo posibles de encontrar en el blanco europeo sobre el resto de los pueblos de color, en especial, sobre esa casta “baxa y servil” de indios y negros que fueron, finalmente, con el blanco la savia vital de nuestra nacionalidad posterior.  

         El negro que vino a la Provincia de Venezuela a explorar y explotar el oro en las vetas fluviales del Buría, si bien llegó sometido a la esclavitud,  un año después entró en la historia de la mano de su bravura, de su decisión de libertad y bajo el liderazgo de Miguel, el negro esclavo cuya memoria honramos hoy, en esta nuestra primera Casa de Estudios, todos los aquí convocados para hablar, para exponer, para discutir sobre la investigación histórica actual, sus senderos de desarrollo, sus nuevos y viejos compromisos con el hombre y la verdad, pero también de su enseñanza, de su divulgación, de su tergiversación y manejo por el poder en todos los tiempos.  

         De este acontecimiento tan preciso, de aquella narración y sus repercusiones cuanta reflexión no podemos y debemos hacer quienes nos asumimos como historiadores en este presente, en este aquí y en este ahora de crisis y transformaciones globales.  Una primera enseñanza la encontramos en el acontecimiento y su papel en la historia.  

II 

         La historia tradicional,  fundada en el relato de las grandes hazañas, colocó el acontecimiento en el centro de su discurso y en el eje de la interpretación de la historia. Hechos pasados, encadenados cronológicamente, daban sentido a la historia y determinaban el papel del historiador como coleccionista de antigüedades. El Cronista de Indias tenía el encargo de relatar los acontecimientos que acompañaban los hechos de armas de las huestes españolas. Como una recopilación historial denomina Aguado su obra primigenia sobre Venezuela,  noticias historiales, llama Fray Pedro Simón su obra, mientras que siglos más tarde, la conquista y el poblamiento de la provincia es lo que interesa a José de Oviedo y Baños cuando redacta nuestra primera historia de Venezuela, escrita según sus palabras “para sacar a la luz los memorables acontecimientos de su conquista”.  El acontecimiento político o militar se hace histórico cuando pasa por las manos del cronista,  del historiador,  que es quien le da sentido cultural cuando lo ubica en el tiempo y lo jerarquiza para el consumo posterior. Antecedentes, causas y consecuencias. Aún pensamos la historia saltando del 12 de octubre de 1492 al 19 de abril de 1810, o del 23 de enero de 1958 al 4 de febrero de 1992 o del 14 de julio de 1989 al 11 de septiembre de 2001.  La fecha como un hito, como una señal en el tiempo. 

         Esta historia encadenada dio paso en el siglo XX a la historia de procesos, de estructuras y de conceptos.  El tiempo cronológico, dividido en días, semanas, años y siglos y la historia dividida en etapas y periodos, dio paso a la idea del tiempo como producto histórico y social. Si fue Marc Bloch quien nos legó aquel concepto según el cual la historia puede y debe entenderse como la ciencia de los hombres en el tiempo, fue más tarde Fernand Braudel, quien a partir de la noción de duración nos llamó a trabajar el tiempo histórico a partir de tres dimensiones: la larga, la mediana y la corta duración.  

Y más en  nuestro presente  Pierre Vilar, maestro de toda una generación de historiadores latinoamericanos, donde figura, entre otros, el maestro Federico Brito Figueroa, espiritualmente entre nosotros, quien nos convoca no a revivir el pasado sino a comprenderlo y más que a describir hechos y acontecimientos históricos,  a pensar históricamente, es decir, a “comprender  y esforzarse en hacer comprender lo fenómenos sociales en la dinámica de sus secuencias.”, y en la multiplicidad de combinaciones que  pueden establecerse desde las perspectivas de una historia global o historia síntesis, entre el tiempo de lo económico, que incluiría lo demográfico, el tiempo de lo social que incluiría lo político y el tiempo de lo mental que incluiría el hecho religioso o cualquier sustituto de éste.   

         Ahora bien, en este cuadro teórico, conceptual y de método, es evidente que los sucesos de Nueva Segovia de Buría, en 1553, el alzamiento de Miguel y los actos que realiza para crear un reino bajo su mando, tal como lo relata el cronista, se inscriben inicialmente en una historia del acontecimiento, en una historia de la corta duración. Y así es que ha sido estudiado, leído,  aquel levantamiento  por nuestros historiadores. Sin embargo, de aquella definición del acontecimiento, para Braudel la más caprichosa, la más engañosa de las duraciones, por su condición explosiva, tonante y breve, hemos pasado al tratamiento del acontecimiento como síntoma, como paradoja, no tanto por lo que traduce como por  lo que revela, al decir de Pierre Nora, no tanto por lo que parece que es, sino por lo que desencadena y puede llegar a ser.   

Y sabemos los historiadores del presente, hombres y mujeres de la era de la Galaxia Marconi, del imperio de los medios radioeléctricos y del acontecimiento audiovisual que previó McLuhan, que el acontecimiento no sólo desencadena acciones sino que pasa a la memoria para sufrir mutaciones y generar nuevas historias.  

Marc Augé, en su Diario de Guerra. El mundo después del 11 de septiembre,  enfrentado al impacto psicológico de un suceso puntual transformado en espectáculo de dimensiones planetarias por los nuevos cronistas de nuestro tiempo, los medios audiovisuales de información,  nos llama nuevamente a reflexionar acerca del acontecimiento y de las palabras que intentan definirlo en un orden simbólico de regularidades y que como sabemos, en el caso del 11 de septiembre, el acontecimiento ha tenido varias calificaciones periodísticas que nos colocan en un cuadro de múltiples significados: atentado terrorista, guerra o cruzada,  lo que nos coloca en un escenario de acciones que van desde individuos y grupos hasta estados y movimientos religiosos.  

Y es que en la historia como torrente, como proceso continuo, el acontecimiento es apreciado inicialmente como efecto, como consecuencia, pero luego se transforma en causa que nos obliga a buscar responsables no tanto para castigarlos sino para darle sentido al mismo acontecimiento. El acontecimiento no es pues el suceso puntual en si mismo,  es más bien, el principio o el final de una y muchas historias, de las cuales una será oficial y otras serán sepultadas en el segmento de la contra historia. Y es aquí donde entendemos con Foucault el papel dominante de la historia construida con sentido genealógico desde el poder o de los micro poderes, historia de anticuario dirigida a reconocer las continuidades en las que se arraiga nuestro presente.       

         Así pasó con el acontecimiento de Miguel. No sólo fue historia real, en su sentido de acción política contra un estado de cosas. Es,  fundamentalmente, historia conocimiento que ha llegado a nosotros como acontecimiento narrado, construido  por el cronista en el tiempo, porque ni Aguado ni Simón fueron testigos directos de aquel evento. Así, el suceso fue transformado en acontecimiento pero dentro de un discurso histórico elaborado por el cronista español como una irregularidad, como un accidente, frente a otras historias que aún desconocemos pero a las cuales podemos acercarnos a partir  de la tradición oral diseminada por sus propios actores y transformada en mito y leyenda que es, tal vez, la más permanente de las historias, porque es la historia de los de abajo. Miguel es, por un lado,  el esclavo que se levanta contra el orden español;  pero es también el rey Miguelito de la leyenda yaracuyana. Tenemos en la mano, por lo menos, dos historias.   

Y este es el reto del historiador crítico, entender que más que con hechos positivos, realidades del mundo físico, los hechos históricos son por esencia, hechos psicológicos, realidades del espíritu humano que llegan a nosotros como ideas y toman forma de ideología, y que la historia real, hecha del azar y de la necesidad, de hechos de masa, hechos institucionales y de acontecimientos, no ha sido condenada sino por el historiador a seguir una sola línea de desarrollo, tal como ha observado Joseph Fontana es su obra critica sobre la escritura de la historia. ¿Qué significa esto?  Que el suceso está allí, el cronista lo transforma en acontecimiento, le da vida como discurso y luego el historiador le da sentido temporal, lo transforma en historia. Miguel es el antiesclavismo, es la libertad, en nuestra lectura critica de hoy, pero para otros es el accidente de quien contraviene un orden natural de dominación y que finalmente se levanta para construir otro. La historia lineal construye su propio camino, pero nosotros preferimos transformar esta historia receta en historia problema para recordar con el Prof. Joseph Fontana como todas estas resistencias al orden establecido, en los planos económico, político, social y religioso, se nos muestran generalmente como anomalías en el curso supuestamente normal de la historia.  

Esta es la verdadera esencia de la historia oficial de larga duración, la historia construida desde los parámetros de la dominación europea del mundo, la historia colonial que si bien reconoce la acción de Miguel la trata como un accidente, como una irregularidad.  Lo normal es la esclavitud, lo natural es el dominio español, lo anormal es la pretensión de tomar otro camino, de construir otra salida. La historia y filosofía de la liberación que ha corrido paralela a la historia y filosofía de la dominación, es una anomalía, en todo caso, una utopía.   

Marc Ferro en su Historia de las colonizaciones, parte de esta europeización del pasado colonial que ha proyectado en nuestra mente una  especie de versión rosa de la expansión europea en el mundo, situación que no ha permitido a los pueblos colonizados construir su propia interpretación de la historia, en especial, para poder abordar las secuelas del racismo que está en el corazón mismo de toda colonización y que se ha traslado a las repúblicas independientes del siglo XIX y a las modernas sociedades del siglo XX obstaculizando la comprensión de lo que somos y hemos sido como pueblos sometidos a la dominación colonial que denunciara en su tiempo Frantz Fanón en su obra Los condenados de la tierra, pueblos cuya historia oficial ha sido elaborada desde los parámetros de la historia metropolitana.  

¿Cuál es nuestra imagen de la colonización?. ¿Civilización contra barbarie? Es allí donde está el problema. El gran poeta negro Aimé Cesaire en su Discurso sobre la Colonización, en 1955, observa el problema de la colonización y sus secuelas en estos términos: “Eso que el más cristiano de los burgueses del siglo XX no le perdona a Hitler, no es el crimen en si, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en si, es el crimen contra el hombre blanco; el haber aplicado en Europa los procedimientos colonialistas que no habían sido levantados sino para los árabes, los coolies de la India y los negros africanos.” Hace pocos días el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal se preguntaba en relación a la reacción internacional que ha generado la ejecución de tres personas en Cuba y la puesta en prisión de otras 75, por qué no se es igualmente severo contra los centenares de presos afganos que los Estados Unidos mantienen incomunicados en Guantánamo, vendados y en completo silencio. Es evidente, en consecuencia, que la historia, ciencia de los hombres en el tiempo, la hacen los hombres de todas las clases y colores, pero la escriben los vencedores. Esa es la historia de Miguel, la historia del vencido que hoy vence. Reconstruyamos ese discurso empezando por preguntarnos: ¿Qué nos recuerda el cronista español de aquel acontecimiento.      

III 

En primer lugar, que en la búsqueda afanosa del oro, Buría forma parte del mito de El Dorado. Así relata la “Relación Geográfica de la Nueva Segovia de Barquisimeto, año de 1579” el descubrimiento de las minas y la fundación de Barquisimeto: 

“Y del pueblo de El Tocuyo salió el dicho Juan de Villegas con cierta cantidad de soldados, y descubrió minas de oro en la Cordillera de San Pedro, que es una tierra de serranía doblada. Dícese(le) Buría, porque es el nombre de un río (y) así lo llaman los naturales. Y el río de San Pedro llámese así porque se descubrió el día de San Pedro. Y de allí se vino y pobló este pueblo de Nueva Segovia (el) año de 1552, el cual pueblo se pobló junto al dicho río de Buría, (a) un tiro de arcabuz de él y (a) ocho leguas del dicho río de minas de San Pedro.” 

Pues bien, tras el oro, viene la fundación del Real de Minas de San Felipe de Buría, en 1551, y enseguida la llegada de los primeros esclavos mineros para dar paso, en mayo de 1552, a la fundación de la Nueva Segovia de Barquisimeto, en el sitio de Buría. La Capitulación de 1528, entre los Welser y la Corona de Castilla ya había dictado la pauta para la instauración de la esclavitud de la población autóctona, siendo “amonestados y requeridos” si no se sometían al conquistador y transformados en esclavos por rebeldía, pero “pagándonos el quinto de los dichos esclavos”, es decir, haciendo de la esclavitud del indio una fuente de ingreso de la hacienda real.  

Sin embargo, este relato se quedaría limitado a lo local, sería inofensivo, sino lo ubicamos en el contexto mayor de la esclavitud como sistema de explotación y de la trata internacional de esclavos como el mecanismo más eficiente de acumulación originaria de capital, tal como la calificó Marx al estudiar los orígenes del capitalismo. Porque es allí  donde aparecen los factores de poder que construyen aquel sistema de dominio económico, el estado y la iglesia. Es el propio Obispo de Coro, Miguel Jerónimo de Ballesteros, quien solicita la importación de los primeros esclavos negros a la región en 1550, no por casualidad, para dar curso a la labor de exploración y explotación de las minas de oro en el macizo de Nirgua.  En su carta, el Prelado solicita a las autoridades españolas el envío de “... hasta de treinta...negros mineros para que descubran las minas y secretos de la tierra...”, con la particularidad de que el Obispo pide que a tales mineros se les ofrezca la libertad a cambio de los descubrimientos que pudieran realizar. Un año más tarde, según Fray Pedro de Aguado, ya había en las minas de San Pedro y Buría más de ochenta negros esclavos. Y entre ellos, nuestro personaje, el negro Miguel. La esclavitud llega, pues,  a nuestro continente como un hecho natural de conquista avalado por Dios.  

Cuando indagamos en los orígenes de este ignominioso sistema al que tanto debe el capitalismo moderno su triunfo como modo de producción, nos encontramos que si bien es cierto, como lo establece Hugh Thomas en su monumental obra sobre La Trata de Esclavos que antes del siglo XVI, la esclavitud existía como parte del comercio entre el Africa occidental y septentrional y el Mediterráneo dominado por los musulmanes, comercio transahariano que luego se abrirá al Atlántico en el siglo XV por acción de los portugueses, es evidente que es con el llamado descubrimiento de América que la trata toma forma como el primer sistema empresarial capitalista de dimensión internacional,  que hará del Atlántico el espacio de un comercio triangular Africa-América-Europa que si bien es asunto económico, tendrá en los nuevos estados ibéricos de España y Portugal los primeros instrumentos políticos y militares de conquista, luego asumidos por Inglaterra y Francia y en el papado romano, la justificación ideológica de una acción a todas luces contraria a los derechos humanos. La primera bula que da el visto bueno al tráfico de negros para beneficio de los portugueses es de 1442, la bula Illius Qui anunciada por el papa veneciano Eugenio IV.  

La cúspide de esta alianza la tenemos en la bula de Concesión de las islas y tierra firme a los reyes católicos por parte del papa Alejandro VI en 1493, donde se concede todo un continente, con sus tierras y gentes a la corona española con “autoridad,, ciencia y plenitud de Potestad Apostólica...por don especial...para poseer y gozar libre y lícitamente de todas y cada una de las gracias, privilegios, exenciones, libertades, facultades, inmunidades e indultos..” según reza este documento- monumento que funda ideológicamente el colonialismo moderno, que orienta la conducta imperial de Europa occidental frente al resto del mundo no cristiano, y que explica porque un negro como Miguel aparece en Buría, por qué la esclavitud y por qué  aquella aventura de Miguel en Nueva Segovia de Buria, año de 1553, es un grito de humanidad que rompe el silencio del orden esclavista colonial que apenas se estaba imponiendo a sangre y fuego en nuestro continente.   Por eso hablamos de la diversidad de historias que aquel suceso desencadena. Conocemos una solamente. El desafío es descubrir las otras.         

IV

El relato oficial de los acontecimientos lo podemos seguir a través de las crónicas de Fray Pedro Aguado, Fray Pedro Simón y José de Oviedo y Baños, aunque la primera noticia es la de Aguado, quien escribió su Recopilación Historial de Venezuela en 1581. En todos se presenta a Miguel como esclavo de Pedro de los Barrios o Pedro del Barrio y el suceso que llevó al esclavo a huir de las minas promoviendo, posteriormente, entre sus compañeros de infortunio la huida colectiva de todos los negros hacia las montañas en busca de su libertad.  

Se describe el proceso en el cual Miguel logra constituir con indios y negros fugitivos un poblado fortificado en la serranía, con una organización social que los Cronistas -con ojos europeos- identificaron con toda una estructura imperial. Es aquí donde lo real maravilloso, para decirlo con palabras del escritor cubano Alejo Carpentier, toma cuerpo en la interpretación y visión que de aquel acontecimiento captó Aguado y quienes después le repitieron. La forma más acabada de este reinado lo presenta Fray Pedro Simón, quien nos describe en sus Noticias Historiales de Venezuela, publicada en 1627, a Miguel con su reina Guiomar, su pequeño príncipe, su casa real, con ministros, oficiales y hasta un Obispo. Así describe el Cronista la organización de aquel particular Estado: 

“El rey Miguel ordenó luego que en un sitio fuerte y acomodado para la vivienda humana, cercado, se hiciesen casas fuertes a su modo, como hombre que tenía intentos de permanecer en aquel sitio, y hacerse señor de toda la tierra”. 

Hay, además, una parte del relato de Fray Pedro Simón de gran significado. Allí, tomando a Miguel como interlocutor, el Cronista expone las razones del alzamiento de los esclavos, utilizando una argumentación que habiendo sido pronunciada o no por Miguel – ya que éste no pregonó el antiesclavismo sino que lo practicó - da cuenta de las ideas del fraile ante la esclavitud. Dice Fray Pedro Simón, narrando el discurso del Negro Miguel: 

“Prevenido en todo esto y dejado orden en la defensa del pueblo, que ya estaba acabado, y cómo se había de gobernar en su ausencia, sacó de él su gente Miguel. Y, en un llano, fuera de la empalizada con que lo dejaban cercado, les hizo una plática, diciendo: que la razón que les había movido a retirarse de los españoles, ya sabían había sido por conseguir su libertad, que tan justamente la podían procurar, pues habiéndolos Dios criado libres como las demás gentes que los indios, a quienes el Rey mandaba fuesen libres, los españoles los tenían sujetos y puestos tiránicamente en perpetua y miserable servidumbre, usando esto sólo la nación española, sin que en otra parte del mundo hubiese tal costumbre, pues en Francia, Italia, Inglaterra y en todas otras partes eran libres”

Según el Cronista, la ocupación de la Nueva Segovia era, en consecuencia, un objetivo inevitable en la conquista de la ansiada libertad. Por eso, dice Miguel a sus hombres: 

“... que también lo serían allí se peleasen con el ánimo y brío que era razón en aquella jornada que iban, donde se prometía darles la victoria en las manos, pues demás de ser poco el número de españoles que había en Barquisimeto, estaban descuidados, confiados en que no tendrían atrevimiento a acometerlos”. 

Como se sabe,  Miguel quema con sus negros e indios aliados, el primitivo asiento de Barquisimeto. Luego viene la persecución y la muerte del esclavo insurrecto, tocándole a Diego de Losada la tarea de combatirlo y desmantelar su ejército en nombre del poder español. Pero no todo quedó ahí, aunque para la historia colonial el hueco se cierra y  el proceso natural de la colonización sigue adelante. Pero no fue así. Los compañeros de Miguel prosiguen la historia y a ratos aparecen rasguñando el orden de la historia oficial.  Y es que por todo el resto del siglo XVI, los sobrevivientes del ejército del Negro Miguel continuaron la lucha, no enfrentando directamente a las tropas españolas ni atacando las ciudades principales de la región, sino saboteando la labor de los mineros en la zona y molestando el tráfico hacia los llanos, vía a la Nueva Granada que, por razones geográficas, tenía que pasar necesariamente por Buría.  

Fue una lucha tenaz de la cual podemos rescatar algunos testimonios para construir la otra historia: En primer lugar, la presencia del negro en la constitución étnica de la población de la zona, la toponimia que nos habla del negro fundador de pueblos, donde aparecen nombres como Cabimba, Corumbo, Guarataro, Macagua, Obonte, Cobalongo, Oram, Urero, caceríos esparcidos entre Nirgua y Aroa, de innegable origen africano y la fundación del primer pueblo de negros reconocido por la Corona española, la Villa Nueva de Londres, formada por Capitulación realizada en 1601 por el Gobernador interino Alonso Arias Vaca “... con los mulatos libres y negros...” cuyas acciones, junto a los indios de Nirgua, “... no sólo han impedido la labor de las dichas minas, sino cerrar los caminos reales que iban por la dicha provincia (de Nirgua) a las ciudades de Santiago de León, Nueva Valencia y San Sebastián...”.             

         Más adelante, hemos seguido esta historia de los negros africanos y sus descendientes en la región yaracuyana donde además del grupo de esclavos que vinieron a Buria en 1551 y cuyo desenlace hemos comentado, hubo también importación de negros esclavos en  1605 para la explotación de las minas de cobre de Cocorote y más tarde, en el siglo XVIII, para la agricultura de la caña y del cacao que se extendió por los valles del Yaracuy, Barquisimeto y Aroa, además de El Tocuyo y Curarigua, donde encontramos la impronta demográfica, social y cultural de los negros en aquellas comunidades posteriores.  

         Sin embargo, capítulo aparte lo encontramos en dos zonas del Yaracuy donde los negros esclavos y sus descendientes jugaron un papel estelar: en primer lugar, en la fundación de Nirgua en el año de 1628, bajo la advocación de la Santa María de la Victoria del Prado de Talavera, y también fundada alrededor de la explotación de las minas de oro descubiertas en 1551 por Juan de Villegas en el río Buría, cuyas nacientes se localizan cerca de la población de Nirgua.  

Pues bien, la ciudad se funda gracias al concurso de aquellos negros libres y mulatos al que se refieren con insistencia los  documentos de la época y que nosotros no dudamos en señalar como los descendientes de Miguel. Se trata de una ciudad de blancos fundada y administrada por pardos, situación que como ha señalado la historiadora Irma Mendoza en su estudio inédito denominado Significación de los Pardos en Nirgua colonial: La recién fundada población viola lo dispuesto en Cédulas y ordenanzas pues a mulatos, zambahigos y negros les está prohibido administrar oficios y cargos de república y recibir indios en encomienda.”  

         Pues bien, estos pardos fundadores de Nirgua lograron de la Corona española una serie de beneficios prohibidos por la legislación indiana a la población negra y mestiza de color como la ocupación de cargos en el Cabildo y la obtención de encomiendas. Y hay aquí otro dato curioso que empalma con un posible origen del culto religioso popular a Maria Lionza, de base indígena caquetía pero con innegable influencia de las cosmovisiones africanas. Sucede que los mulatos de Nirgua lograron la concesión del beneficio de recibir indígenas en Encomienda, tal como se aprecia en los documentos relativos a la petición de Encomienda realizada por el mulato Simón Díaz,  “…natural de El Tocuyo, ante el Gobernador Don Juan de Meneses, con exposición de sus méritos y servicios, como uno de los primeros Conquistadores Pobladores y Pacificadores de la Provincia de Nirgua…” El título de Encomienda dado a este Simón Díaz, homónimo de nuestro gran cantante y compositor llanero, “...por su fin y muerte lo sucedió su mujer Doña  María Alonso, Años 1629 a 1635.”, la misma que una tradición de la leyenda señala como la reina de Sorte.  

         Fue tal la importancia del levantamiento de Miguel en el siglo XVI, así como la fundación y gobierno de Nirgua por pardos, que Alejandro de Humboldt, en su obra cumbre Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, escrito entre 1799 y 1804, nos dejó esta interesante visión de ambos fenómenos, los cuales le llamaron poderosamente la atención. Después de comentar el levantamiento del negro Miguel en 1553 y la inmediata fundación de una “monarquía africana”, nos presenta, como continuidad de aquel acontecimiento,  esta interesante descripción: “A esta monarquía africana siguió en Nirgua una república de zambos,  descendientes de negros y de indios. Toda la municipalidad o cabildo se ha formado con gente parda, a la que el Rey de España dió el título de fieles y leales súbditos, los zambos de Nirgua.  

         La otra área geográfica que queremos destacar es la llamada “zona negra del Yaracuy”, conformada por las poblaciones de Farriar, Palmarejo, Agua Negra, Taría y El Chino, comunidades fundadas por negros esclavos huidos de Valencia y Puerto Cabello, es decir, por cumbes de negros cimarrones, de donde surgió el zambo Andresote, quien dirigió un levantamiento popular  contra la Compañía Guipuzcoana, entre 1730 y 1733. Al comentar el informe elaborado  sobre el levantamiento por Juan de Manzanedo, encargado de actuar contra Andresote, Carlos Felice Cardot señala:  

“Del contexto de las declaraciones se colige que el zambo Andresote es conocido en todos los parajes de Cabría y Taría y que reside generalmente en el sitio que llaman Riecito y sale a oir misa al pueblo de Cabría acompañado de hombres de sus facciones. Es esclavo de un “hombre de Valencia” que anda siempre acompañado de negros e indios, uno denominado Ascención  “y un negro huído de los Martínez”; las armas que usa son carabinas y chafarrones. Se retira con frecuencia ente Urama y Canoicito, se ejercita en robos, muertes, asaltos; se opone a los ministros de justicia, mató en la ranchería de Cabría a dos soldados de don Pedro de Olavarriaga...”    

            Esta presencia de los negros africanos en nuestra región tuvo su expresión cultural más destacada no sólo en el tamunangue o sones de negro que se baila todos los 13 de julio en El Tocuyo, Curarigua y muchas otras poblaciones del Estado Lara  en honor a San Antonio, si no también en los tambores negros de Farriar, que retumban en la noche del 24 de junio en honor a San Juan Bautista, ecos de la memoria del Africa negra entre nosotros. Se trata de una influencia que ha calado en lo más  profundo de nuestra sociedad regional y en su cultura, influencia que nos viene del otro lado del Atlántico y que nos obliga, en consecuencia, a mirar aquel acontecimiento de 1553 en Buria, en un contexto también geográficamente más amplio, como es el de la historia de la trata negrera que unió tres continentes y multitud pueblos y culturas creando lo que John Elliott ha denominado una “historia atlántica” fundada en el desplazamiento por este espacio acuático de gentes, bienes e ideas.

V

         Y es en este contexto mayor, más allá de nuestras historias regionales y nacionales, que debemos estudiar este fenómeno del comercio de esclavos sacados del Africa, movilizados a Europa y luego trasladados como mercancía a América, comercio triangular que nos coloca frente a los parámetros de una historia global, de dimensiones intercontinentales,  donde el océano deja de ser barrera y obstáculo, para transformase en vía de comunicación entre pueblos y culturas. La trata de esclavos es el primer capítulo de esta historia atlántica, inspirada en El Mediterráneo de Braudel pero cuyos antecedentes podemos encontrar en la obra clásica de Earl Hamilton, El Tesoro americano y revolución de los precios en España, publicada por primera vez en 1934, o en la obra de los historiadores  franceses  Huguette y Pierre Chaunu, quienes en la década de los 50  impulsaron una historia cuantitativa a partir de la historia estadística y serial de los precios y elaboraron su monumental obra en ocho volúmenes Sevilla y el Atlántico 1504-1650, ambos dedicados al Atlántico español o la obra de Frederic Mauro sobre Portugal y el Atlántico en el siglo XVII, cuya primera edición es de 1960.  

Para Elliott, se trata de plantear un enfoque unificado de la historia de Europa, Africa y América, integradas bajo la forma de una historia de la “civilización atlántica” tal como lo sugirió en 1953 Charles Verlinden en su artículo sobre los orígenes coloniales de la civilización atlántica, destacando el hecho de que la colonización del mundo atlántico fue una empresa compartida que recurrió a diferentes tradiciones y nacionalidades y que efectivamente determinó el destino de los pueblos costeros del gran océano.    

         En esta X Jornada, no sólo estará presente el estudio de los acontecimientos de Buría y la acción antiesclavista de Miguel, sino que también haremos un primer acercamiento a los movimientos seculares de poblaciones en el Atlántico, a través de la óptica que van a brindar cuatro investigadores en esta área bajo la coordinación del Prof. Miguel Suárez Bosa, visión que primeramente se desliza del México caribeño al Brasil fijado territorialmente en nuestra América pero unido al Africa a través del Atlántico. Y en segundo lugar, del Atlántico británico y portugués al Atlántico hispanoamericano que se cruza en las islas Canarias, punto obligado de encuentro de todas las rutas trasatlánticas. La  del norte, dividido entre británicos, franceses y holandeses, la del Atlántico portugués de Enrique el navegante y la del Atlántico español de la carrera de Indias abierto por Colón en 1492.  

VI 

         Esta visión atlántica de la esclavitud, este enfoque global de la trata ya se encuentra en autores del área británica como Frank Tannenbaum, con su obra Esclavos y ciudadanos: El negro en las Américas publicada en Nueva York en 1946, y Hebert Klein, con su obra La esclavitud en las Américas, publicado en Chicago en 1967;  y para el área hispanoamericana en el estudio de Enriqueta Vila Vilar Hispanoamérica y el comercio de esclavos, editado en Sevilla en 1977.  Dos obras muy contemporáneas marcan hito en estos nuevos enfoques del problema, como son la obra del historiador norteamericano Philip Curtin Auge y caída del complejo de plantación. Ensayos de historia atlántica,  publicado en Cambridge en 1990, “complejo de plantación” que se desarrolló en las islas del Caribe, las colonias sureñas de la América británica, la Hispanoamérica tropical y el Brasil portugués como un sistema económico al que se asimila el tráfico de esclavos como mecanismo de abastecimiento de mano de obra, y el monumental estudio de Hugh Thomas, La trata de esclavos, publicado en Londres en 1997. Son obras, que sin lugar a dudas orientan los nuevos derroteros por los que transcurre la investigación histórica actual, en esta época también de globalización de los intercambios económicos y de revolución telemática que parece que exige también una visión más amplia, más global en términos geográficos y culturales de la investigación histórica, sin  que ello niegue la pertinencia de los estudios nacionales y menos los enfoques de investigación concreta en espacios regionales y locales.  

En el caso de Venezuela, es evidente la necesidad de darle mayor impulso a los estudios afrovenezolanos. La última obra de José Marcial Ramos Guédez, Contribución a la historia de las culturas negras en Venezuela colonial, editado en 2001, da cuenta de lo realizado y de lo que está por realizarse sólo en el tiempo histórico colonial, dándole con ello continuidad a una tradición de estudios que se representa en autores como Juan Pablo Sojo, Juan Liscano, Isabel Arets, en el área de las culturas populares y el folclor, en Manuel Rodríguez Cárdenas, Arturo Uslar Pietri,  Ramón Díaz Sánchez, Juan de Dios Martínez, Raúl Agudo Fréitez y Miguel Arroyo en la literatura, estos dos últimos con obra novelística sobre el negro Miguel, en Alfredo Chacón, Michelle Ascencio y Angelina Pollaks Eltz en la antropología, Pedro Manuel Arcaya, Carlos Felice Cardot, Miguel Acosta Saignes y Federico Brito Figueroa en el campo histórico social, seguidos por José Marcial Ramos Guédez, Marcos Andrade Jaramillo, Irma Mendoza y los estudios socioculturales de Jesús Chucho García.  

Sin embargo, la deuda con el Africa de ayer y con el Africa de hoy es un problema pendiente que requiere mirar hacia adentro el aporte de los negros a nuestra cultura nacional, valorando su contribución a la formación de nuestra personalidad de pueblo mestizo, con profundo sentido de igualdad social y amante de la libertad y el progreso humano.  Esa valoración se hace con reconocimientos como el presente, evento que nos convoca a cultivar en la memoria acciones como la de Miguel, grito de libertad que nos acompaña desde los orígenes mismos de la dominación colonial.  Grito de libertad presente en el negro Primero de Carabobo en la hora de la independencia y en la voz recia de nuestro poeta de la negritud, Manuel Rodríguez Cardenas cuyo libro Tambor publicado en 1938, es un canto al negro y una denuncia de su situación de marginalidad en la que se encontraba aún en pleno siglo XX y que nos abrió nuestra mente al reconocimiento del universo de los negros como parte constitutiva de nuestro ser social y cultural.  

VII 

Tenemos, pues, los historiadores de inicios del siglo XXI una serie de temas y problemas que abordar frente a un mundo en crisis no sólo social y económica, sino fundamentalmente,  de valores y visiones del mundo, lo cual incluye nuestras interpretaciones del pasado.  Por un lado, la emergencia de una especie de conciencia planetaria parece que obliga al historiador a reconocer los procesos históricos en una escala global y planetaria. Ya hemos comentado el tema de la historia atlántica que nos propone cultivar el historiador inglés John Elliott en su conferencia inaugural de apertura el XIV Coloquio de Historia Canario-Americana celebrada en 2000 en las Palmas de Gran Canaria. Es una perspectiva sugestiva que nos lleva a integrar equipos polivalentes e internacionales de investigación con temas a esa escala como el que propone revisar en esta misma jornada el simposio acerca de los movimientos seculares de poblaciones en el Atlántico.  

Pero no es sólo el criterio de la dimensión geográfica el que debe definir esta perspectiva de análisis. Hay problemas de enfoque metodológico, de interpretación, también involucrados. La revista Annales,  en su edición de enero-febrero de 2001 plantea casualmente el tema de las implicaciones teóricas, conceptuales y de método que supone la elaboración de una historia a escala mundial, a partir de dos ensayos publicados por los historiadores Serge Gruzinski y Sanjay Subrahmanyan, el primero denominado “Los mundos mezclados de la Monarquía Católica y otras “conected histories”.” Y el segundo, “Del Tajo al Ganges en el siglo XVI: una coyuntura milenarista a escala euroasiática.”   

Para Subrahmanyan, historiador indio, se trata de abordar fenómenos y acontecimientos históricos que se han desarrollado a escala mundial, como la difusión de los microbios, el comercio de metales perciosos, como la plata,  y en el área que lo ocupa, el o los milenarismos que atraviesan todo el continente euroasiático en el siglo XVI. En este ejemplo, para este autor, el estudio tanto del milenarismo como de la plata nos permite abordar un problema de dimension global, que en sus manifestaciones locales difiere mucho. Eso significa que no  podemos  intentar elaborar una macrohistoria del problema si nos hundimos en la microhistoria. Es decir, que hay problemas históricos que sólo se reconocen en su escala global, como lo suguiere la experiencia del historiador norteamericano Cornell Fleischer, citado por el autor como especialista del mundo otomano, y cuyo libro A Mediterranean Apocalypse, señala que los ritmos de la historia sobre las riveras norte y sur del Mediterráneo al debut del periodo moderno estarían ligados entre ellos, no solamente por el clima y la geografía, las fuerzas económicas y las rivalidades políticas, tesis de Braudel, sino también, por ciertas testimonios culturales comunes entre los cuales destaca la atención acerca de la división del milenio durante el siglo que sigue a la muerte de Colón. Fleischer sugiere que una coyuntura milenarista reina desde los tiempos de Carlos V a Felipe II sobre el Mediterráneo entero y para ello ha tenido que elaborar una historia escala mundial, por encima de naciones, geografías y culturas supuestamente desligadas entre si.  

Gruzinsky, por su parte, al abordar el tema de los mundos mezclados en la monarquía católica y partiendo de una reflexión acerca de las miradas eurocentristas de los procesos americanos, se pregunta cómo ampliar los horizontes de la reflexión ya que la llamada “historia comparada” ha aparecido, desde hace mucho tiempo, como una alternativa fructífera, pero no deja de tener sus problemas a la hora de escoger los criterios de comparación que siempre terminan en una “résurgence insideuse de l’européocentrisme”.

De su experiencia advierte que el estudio de los fenómenos de aculturación en México lo han confrontado con procesos que pertenecen a diversos mundos a la vez. Lejos de visiones dualistas como “el occidente y los otros”, “españoles e indios”, “vencedores y vencidos”  y de análisis concebidos en términos de alteridad, las fuentes nos colocan frente a paisajes mezclados, desconcertantes, siempre imprevisibles.  Mas bien parece que más que una historia comparada, aproximativa y elaborada a priori, se trata de una investigación desde las perspectivas de la connected histories que propone Subrahmanyan en su artículo arriba citado.  La conducta que propone es transformarse en una especie de electricista capaz de reestablecer las conexiones continentales e intercontinentales que los historiadores nacionales han tratado, por largo tiempo, de interrumpir o escamotear impermeabilizando sus fronteras. 

Pero a esta perspectiva global, de escala mundial, de la investigación histórica que parece tomar cuerpo en algunos centros de investigación internacional, conviene presentar finalmente una reflexión entre ontológica y ética de la labor de los historiadores y de la función social de la historia en estos albores del siglo XXI, siglo de globalización económica orientada por los intereses del capital financiero transnacional, que debe equilibrarse con una globalización equivalente de progreso social y de desarrollo cultural para toda la Humanidad; siglo que nace bajo las amenazas de construcción no de una sociedad de naciones sino de un imperio también global que se construye bajo los dictados de la hiperpotencia norteamericana; siglo de desafíos ambientales y de inseguridad e incertidumbre por los avances del terrorismo como negocio y de la guerra como inversión de capital.  En este siglo, a pesar de la sociedad de espectáculo que construyen los medios masivos de información o desinformación, el pasado está allí y el presente aquí.  

Más allá de nuestras diferencias hemos descubierto las ilusiones de una historia lineal que surgida de la barbarie debe culminar en el progreso de la sociedad de consumo, blanca e industrializada.  La historiografía del siglo XIX y parte del siglo XX fue la historiografía del progreso, de la evolución lineal, marcada por Europa y luego por los Estados Unidos. Fue una historia de vencedores y vencidos. Pero en la historia real, es cuestión de valores saber quien es finalmente el vencedor y quien el vencido. Muchas veces es mejor, más ético y más humano, estar con el vencido que con el vencedor.  Por eso,  el reto es construir una historia de todos, empezando por reivindicar a los de abajo, a los vencidos, a los sin voz, historia de todos en la que también se reconozca la pluralidad de discursos elaborados en diferentes espacios y desde diversas culturas, sin calificativos a priori y sin exclusiones, porque todos hemos hecho la historia que ha pasado y a todos nos compete construir un mejor destino para la historia que viene, porque en fin, a todos nos pertenece  por entero el futuro de la Humanidad.  

LECCIÓN MAGISTRAL DICTADA POR EL DR. REINALDO ROJAS EN EL ACTO DE INSTALACIÓN DE LA X JORNADA NACIONAL SOBRE INVESTIGACIÓN Y DOCENCIA EN LA CIENCIA DE LA HISTORIA.

Barquisimeto, 23 de julio de 2003.

 

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004