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- 1827 -
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LA NOCHE DEL 25 DE SEPTIEMBRE |
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La Convención de Ocaña
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Capítulo XXXII |
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En 1827 Bogotá era una pequeña ciudad que dormía bajo la protección de las cordilleras. En sus calles estrechas vivían unas veinte mil personas. Allí, en el centro de la ciudad, en el hueco existente entre dos elevados picos, se encuentra la casa quinta que el Municipio regaló a Bolívar en 1820. Todavía hoy esta pequeña vivienda se conoce como La Quinta Bolívar, porque fue allí donde el Libertador pasó todo el tiempo que le dejaban libre los asuntos de gobierno, que trataba en la mansión presidencial. La elevada pared que rodea la propiedad da acceso a la casa a través de un hermoso portal que se abre sobre un bosque de majestuosos cipreses. Es una casa de un piso, de estilo colonial, con techo de tejas rojas y una galería alrededor. Los cuartos tienen piso de ladrillos; los techos son bajos y las ventanas se abren ante cedros centenarios, rosas silvestres y cantidades de madreselvas. Allí los ruidos de la ciudad llegan distantes y débiles, dé modo que la casa tiene la apariencia de aislamiento campestre. Los cuatro cuartos —biblioteca, sala de recibo, comedor y dormitorio, amueblados según el estilo del Imperio en caoba y sin adornos— son acogedores y llenos de colorido. En las tardes frías se obtiene calor por las chimeneas o los braseros a carbón de leña. En la ladera que da sobre la casa existe un modesto pabellón, agregado por Bolívar, y llamado El Mirador porque presenta una vista magnífica de las montañas. Al lado del pabellón hay una piscina de natación donde Bolívar, incluso a dos mil seiscientos metros, se daba su baño diario de agua fría. El tocador de Manuela puede verse todavía en el pequeño cuarto próximo a la piscina.
Manuela se había quedado en Lima. Mientras Perú se
amotinaba y Bustamante traicionaba a Colombia, Manuela había luchado contra
lo inevitable. Había ido a los cuarteles del ejército disfrazado de hombre,
con una pistola en la mano y dinero en la otra, y había implorado a los
soldados que permaneciesen fieles a Bolívar. Pero ni las palabras ni el
dinero fueron de utilidad alguna. El ministro de la Guerra peruano ordenó su
encarcelamiento, pero escapó por bote a Colombia. El general Córdoba, famoso
desde Ayacucho, navegaba en el mismo velero. Ambos se profesaban mutuamente
un odio profundo: Córdoba porque detestaba las extravagancias de Manuela y
Manuela porque creía que Córdoba era culpable de deslealtad a Bolívar,
sospecha que no dejaba de estar bien fundada. Vía Quito, Manuela llegó
finalmente a Bogotá. Bolívar
Ella vivió con Bolívar en su quinta o en su palacio presidencial de San Carlos. La quinta es todavía un sitio de sensacional belleza. Quienes han caminado bajo sus viejos árboles o se han sentado en los bancos de piedra mientras el sol se pone y la luna asciende lentamente tras las montañas, se han sentido en contacto con la vida de Bolívar, la vida de un aristócrata que se movió incansablemente por el continente y cuyo sentido de la belleza surge en tantos sitios. Manuela encontró a su amigo muy cambiado. Ya no era más el brillante conquistador que la había dejado en Lima. Mientras se paseaba de uno a otro lado con su uniforme azul y sus galones de plata, se dio cuenta de lo delgado que estaba. Su cabello era ralo y había retrocedido más de su frente alta y estrecha. Sus ojos, antes tan llenos de emoción, estaban sombríos y sólo reconquistaba su vieja expresión en momentos pasajeros. Manuela cuidó de él mientras se recuperaba lentamente de la fatiga de su largo viaje desde Caracas. No guardó en secreto su amor por el Libertador, apareciendo con él en público siempre que pudo. La sociedad de Bogotá estaba todavía constreñida a sus horizontes provinciales y se consideraba un escándalo que el Presidente viviese abiertamente con su amante. La gente de Bogotá no era más virtuosa que otra, pero mantenía un cierto respeto por las convenciones para ocultar sus flaquezas. Manuela era una extranjera, y Bogotá era hostil a los extraños; además, Manuela hacía de todo para excitar la malquerencia del público. Exhibicionista por naturaleza, salía a caballo con ropa de hombre y cometía locura tras locura. Guando los bogotanos eran amables la llamaban la extranjera; cuando estaban con otro humor le daban nombres mucho menos cordiales. ¡Una amante en el palacio y soldados en las calles! ¿Qué había logrado esta independencia con tantos sacrificios? Así se hablaba de casa en casa. Pero Manuela se había hecho ya indispensable para el envejecido Presidente. Algunas veces ella lo irritaba apareciendo en reuniones a las que no había sido invitada, pero sus cuidados, su ternura, proporcionaban a su trémulo corazón un ardor que no pedía encontrar en ninguna otra parte. Sentado en el pequeño pabellón que dominaba la ciudad, todo le parecía en calma y en paz, pero desde las fronteras del Ecuador hasta el Océano Atlántico el país entero ardía en rebelión.
Bolívar se preocupó primero de la defensa del Sur contra las ambiciones peruanas. Después que hubo entrado en posesión de su cargo de Presidente lanzó una proclama a los habitantes de Guayaquil implorándoles que se mantuviesen leales a la Gran Colombia.
¿Quiénes eran estos líderes que trabajaban por la
separación de Guayaquil y Colombia? En primer lugar, estaba el rebelde
Bustamante, a quien el Perú había prometido una considerable recompensa en
efectivo si tenía éxito su empresa. Su plan había sido ocupar todo el sur de
Colombia y anexarlo al Perú; para consumar este proyecto había partido con
la tercera división. Sin embargo, la noticia de sus intenciones precedió a
su llegada a los territorios amenazados y un grupo de oficiales residentes
en Guayaquil y adictos a Bolívar y a sus ideas sobre una Gran Colombia
improvisaron la defensa y trataron de separar la tercera división de su
traidor jefe. No obstante, las tropas se mantuvieron en sus trece y
declararon que lucharían contra la dictadura de Bolívar, Contaban con razón
con la falta de unidad de los habitantes de Guayaquil.
Flores había nacido en Venezuela y luchado por la independencia desde los días del terror español. El triunfo de la libertad lo había llevado al Sur y en Ecuador había escalado importantes posiciones. Bolívar lo describió con las siguientes palabras:
En la crítica situación arriba descrita, Flores utilizó su influencia para ponerse en contacto con ciertos oficiales de la tercera división. Explicó todas las derivaciones del proyecto de Bustamante y, apelando a su patriotismo, logró obtener su colaboración. Bustamante y cuarenta de sus amigos fueron arrestados y puestos a disposición de Flores. Sólo el puerto de Guayaquil insistió en continuar la rebelión.
Flores fue comisionado para hacer entrar en obediencia a la ciudad rebelde. En ambos campos reinaba la mayor confusión, complicándose aún más la situación por el diario desplazamiento de partidos, comandantes y esferas de influencia. Sin embargo, en cuanto Bolívar asumió la presidencia, el Sur se dio cuenta de que la marea de la guerra estaba cambiando y, a fines de septiembre de 1827, Flores entró en Guayaquil a la cabeza dé un ejército de confianza. Los traidores huyeron por la cercana frontera peruana y Flores declaró nuevamente a Guayaquil bajo las leyes colombianas. Fue el primer triunfo de Bolívar como Presidente y lo tomó como indicio de que podía alcanzar éxito en mantener unida Colombia.
Antes de llegar a Bogotá había dicho que podría salvar a Colombia sólo si se le permitía ejercer poderes ilimitados. Después se había sometido a la Constitución, y las cosas se presentaron más fáciles de lo que había esperado. Mantuvo a los secretarios de Estado con los que Santander había cooperado durante tanto tiempo, y la simple presencia del Libertador pareció limar los antagonismos entre los distintos partidos. El Congreso expresó su confianza en él; se aprobaron los decretos que había dictado en Venezuela y obtuvo la prerrogativa de efectuar nombramientos militares sin la sanción del Congreso. Después se aceptó su plan de reformas administrativas. Pero era evidente que en todo lo que hacía Bolívar estaba tratando de anteponer los intereses de su propio partido. En sus viajes a lo largo del continente había quedado persuadido de que las masas estarían de su lado. Contaba con el ejército para equilibrar la influencia de los abogados y escritores y también, por primera vez en su carrera política, prestó cierta atención a la cooperación del clero. Invitó a su mesa a los dignatarios eclesiásticos; rindió homenaje a los santos de la madre patria y a los pastores que habían guardado el rebaño colombiano. Confirmó este nuevo acercamiento con una serie de decretos favorables a la posición de la Iglesia. Sus motivos eran obvios; buscaba establecer una alianza con todas las fuerzas conservadoras. Desde el primer día de su regreso a Bogotá, la correspondencia de Bolívar estuvo dedicada a la concertación de esta alianza. Su refrán es siempre el mismo: el destino de Colombia será decidido por la gran convención; si esta oportunidad se desaprovecha, todo quedará perdida. En consecuencia, era necesario elegir los diputados con el mayor cuidado. Únicamente hombres moderados de propósitos firmes y corazones puros podían representar al país.
No era sino natural que sus enemigos también comprendieran los puntos que estaban en juego. Santander escribió utilizando casi las mismas palabras:
La diferencia entre las dos afirmaciones reside en los principios que las respaldan. Bolívar deseaba una Gran Colombia unida bajo un régimen conservador; Santander contemplaba la separación de Nueva Granada de la República hermana para formar un Estado liberal. Sin embargo, la disparidad entre los dos jefes trascendió los límites que la diferencia en estas actitudes objetivas respecto a la política estatal parecía señalar; un incidente de carácter personal pronto agravó su conflicto, Ya se ha mencionado que los préstamos foráneos fueron malgastados durante la ausencia de Bolívar de Bogotá. El dinero nunca había sido una tentación para Bolívar. Incluso durante estos años en que su fortuna personal casi se había agotado, cumplía sus obligaciones con gran puntualidad, prefiriendo pagar los gastos en que había incurrido cómo Presidente de su propio bolsillo antes de permitir que sufriera el prestigio nacional. No podía comprender que los funcionarios se enriqueciesen a expensas de la comunidad. Sospechó que Santander había abusado de los préstamos e impulsivamente expresó su sospecha en comentarios casuales. Santander exigió una investigación y Bolívar giró este requerimiento al Congreso. Después de acalorados debates, el Congreso designó una comisión para investigar la cuestión, pero no se llegó a ninguna decisión concreta.
Sin embargo, el asumo resultó fatal, en cuanto se refiere a las relaciones entre ambos. Su enemistad había invadido ahora el campo de las acusaciones personales y cualquier reconciliación parecía fuera de lugar.
Santander se convirtió en el líder reconocido de la oposición, puesto que desempeñó con la habilidad que da la experiencia. Sabia cómo acercarse a está gente y pronto sé hizo popular. Bebía chicha con ellos, iba a las ciudades y pueblos, prometía todo a todos y en general se preparaba para las elecciones con un raro talento demagógico. Estaba resuelto a arrebatar la administración del Congreso del control de Bolívar. Y, lamentablemente, la actitud marcadamente contradictoria de Bolívar durante este período le significó una gran ayuda. Como se ha dicho, Bolívar concedía mucha importancia a la gran convención, pero de todos modos sentía que su reputación no le permitiría intervenir en el proceso electoral. No deseaba ser acusado de utilizar el poder ejecutivo para fomentar sus intereses personales, y con este pensamiento en la mente ordenó a los oficiales del Gobierno que se abstuviesen de intervenir o influir en la votación. Sólo la más grande ingenuidad le pudo hacer creer que sus enemigos le reconocerían el mérito de su actitud objetiva. Por el contrario, aseveraron que estaba preparando una -dictadura militar- que haría empalidecer el gobierno de Morillo. Bolívar rechazó asimismo indignado la sugestión de presentarse en persona ante la Asamblea Nacional para influir en sus deliberaciones. Tenía la seguridad de que no asistiría a sus debates y a veces parecía experimentar un sentimiento premonitorio de que sus esfuerzos serían vanos. «No tengo deseo de ponerme a hacer nada; puesto que nada durará, no tiene sentido trabajar.» Desgarrado por emociones en conflicto, perdió toda base firme para creer o esperar. El tono de sus cartas varía de un extremo a otro; a veces confiado y otras, desesperado, muestra la depresión de un hombre que lucha contra lo inevitable.
En otra oportunidad Bolívar escribe:
Sin embargo, estas muchas y contradictorias reflexiones no lo impulsaron a influir sobre las elecciones; como prueba de este aserto no sólo tenemos la palabra de Bolívar, sino también el testimonio del secretario del Interior. Con todo, la última victoria de Santander enfureció a Bolívar. Escribió: «Santander es el ídolo de esta gente.» Continuó diciendo que sus enemigos habían preparado una elección fraudulenta, acusación infantil, pues el propio Bolívar estaba en el poder. Si hubiese creído realmente que la gran convención tomaría la decisión definitiva con respecto al futuro de Colombia, habría tratado de ganar la Elección asegurando te mayoría para su propio partido. Apoyado por los alcaldes y los sacerdotes, podía haber decidido el resultado de las elecciones. Si miraba con desprecio esas prácticas y se negaba a utilizarlas, no estaba en condiciones de quejarse porque sus enemigos se aprovechasen de subterfugios obvios para alcanzar sus propios objetivos. Con los resultados de las elecciones en su contra, Bolívar no podía hacer otra cosa que dejar que la Convención siguiese su rumbo. Como la había convertido en el punto focal de su programa, no podía tomar una posición opositora. En consecuencia, en sus discursos públicos evitó la cuestión de la Constitución y se limitó a expresar sus deseos de unidad para la nación. Mientras tanto, concentró sus energías en problemas prácticos.
Aunque el Sur permanecía temporalmente en calma, la rebelión estaba latente en Venezuela desde el mismo día en que Bolívar había dejado Caracas. Pandillas que pretendían luchar por el rey de España asolaban las planicies. Otros grupos fuera de la ley saqueaban los alrededores de Caracas. Los españoles los proveían de armas y de dinero desde el próximo Puerto Rico y corrían rumores de que Morales, con doce mil hombres, se estaba preparando para invadir Venezuela. Bolívar estaba gravemente preocupado por estos informes, y no era para menos, pues incluso el rumor de un desembarco español en Venezuela sería suficiente para volver a encender las llamas de la guerra civil, extinguidas tan recientemente y de manera tan poco definitiva. Páez, comandante militar de Venezuela, actuó con energía y rapidez; los líderes insurgentes fueron fusilados, e indultados sus adeptos. Pero estas medidas no lograron extirpar la raíz de la rebelión y Páez pareció incapaz de controlar la situación. Los levantamientos se propagaron al Orinoco, después a Barinas, Gofo, Guayana y por último a Cumaná. Páez y los generales venezolanos hicieron cuanto pudieron para mantener separados estos rebeldes y poder así entenderse con ellos uno por uno. No obstante, nadie podía contemplar la Venezuela de estos días con cierta ecuanimidad, y Bolívar menos que nadie. Pensó que su presencia en Venezuela podía resultar útil para pacificar la provincia y concibió planes para dejar Colombia. Ya no esperaba más grandes cosas de la Convención nacional. «Mis enemigos han logrado hacerme impopular», dijo, y, por tanto, se dedicó al proyecto venezolano con gran energía. En tales circunstancias su decisión de ir a Caracas, tiene, más apariencia de huida que de programa.
Cuando Bolívar estuvo listo para partir, hizo uso nuevamente del artículo 128: esto es, reclamó las prerrogativas que le correspondían en caso de emergencia. Sin embargo, esta vez estaba resuelto a no delegar su poder en el vicepresidente —nominalmente aún Santander— y parecía abrigar la intención de reservarse el poder dictatorial y utilizarlo durante su viaje. El decreto no mencionó siquiera el nombre de Santander y esta omisión equivalió a una nueva herida en los sentimientos ya lacerados del vicepresidente. Bolívar nombró secretario general suyo a Soublette y reforzó c4 gabinete de Bogotá con uno de sus adeptos más leales, Urdaneta.
El 20 de febrero de 1828 Bolívar emitió un decreto que establecía tribunales especiales para casos de alta traición para salvaguardar la República de los conspiradores. Esas medidas fueron interpretadas por sus enemigos únicamente como preparativos para una dictadura inminente. Un periódico de Bogotá publicó vehementes denuncias de los siniestros planes de Bolívar, y la respuesta de los funcionarios de éste fue quemar la edición. Al día siguiente el periódico apareció con el título de El Incombustible. Bolívar consideró estos acontecimientos como síntomas del próximo diluvio. El 13 de marzo declaró perturbado el orden público, afirmación que equivalía a proclamar la ley marcial. Se sucedieron luego enérgicas medidas referentes al presupuesto estatal, y aunque el propósito de Bolívar era adoptar todas las medidas necesarias para suprimir el déficit, sus compatriotas sólo vieron la mano férrea del poder gubernamental y levantaron un gran clamor ante su opresión.
Esas eran las circunstancias en que el Presidente dejó la ciudad rumbo a Venezuela. Mientras estaba en camino se enteró de que el peligro de una invasión española había desaparecido y que la paz había quedado restaurada. Pudo haber regresado a Bogotá, pero dos acontecimientos lo indujeron a no hacerlo: el primero fue el intento de rebelión del almirante Padilla, y el segundo, la inauguración de la Convención nacional en Ocaña. El levantamiento de Padilla había tenido lugar en Cartagena; la gran Convención desarrollaba sus conferencias cerca del Valle de Magdalena. En consecuencia, Bolívar eligió un lugar desde el cual pudiese asumir el control de la situación si las circunstancias hacían necesaria su intervención. Durante más de tres meses estableció sus cuartetes en Bucaramanga.
Padilla, un mulato, se había distinguido en batallas con la flota española. Difería de los demás oficiales en que tenía ideas liberales y era partidario de Santander. Era hombre de apasionados impulsos. Cierta vez, mientras jugaba, observó que su compañero estaba usando dados cargados y con su daga atravesó la mano del fullero hasta la mesa. Ahora se puso decididamente de parte de Santander. Sus intentos de derrocar las autoridades en Cartagena no duraron más de siete días, cuando él fue a su vez derrocado por Mariano Montilla, comandante e Cartagena. Por razones Inexplicables, quizá porque creyó que Santander lo protegería, huyó al interior. En Ocaña, junto a los delegados liberales de la Convención planeó otra rebelión contra Bolívar. De regreso a Cartagena, fue arrestado inmediatamente por Montilla y enviado a Bogotá para ser sometido a juicio. El mismo Padilla era poco más que un aventurero pero su rebelión fue importante en cuanto demostró la seria intención del partido liberal de llegar al poder por la fuerza si las deliberaciones de Ocaña no alcanzasen los resultados que deseaba.
La Asamblea Nacional, o la Convención de Ocaña, como se la conoce en la Historia colombiana, había realizado una solemne sesión de apertura el 2 de abril de 1828, en la iglesia de San Francisco. El primer discurso, pronunciado por el doctor Soto, demostró un odio abierto hacia Bolívar, pero la elección de Castillo y Rada, anterior ministro de aquél, como presidente de la Convención, constituyó un triunfo para el Libertador. El partido de Bolívar era comparativamente pequeño; el de Santander tenía ventaja, y un tercer grupo, llamado los Independientes, en el que había muchos amigos de Bolívar, planeaba actuar según las circunstancias. Puede que Bolívar haya cometido un error al negarse a asistir a las conferencias de Ocaña, pues pudo haber influido fácilmente a este grupo indeciso, pero continuó limitando sus actividades y se dirigió a la Convención sólo mediante un mensaje escrito.
El mensaje de Bolívar tuvo un tono exclusivamente crítico y en sus palabras trasluce un amargo desengaño. Colombia, escribió, alguna vez creadora de su propia existencia, está agotada. Aunque no se mencionaba el nombre de Santander, el mensaje constituye una acusación directa a él y su administración. Bolívar señala que fue Santander quien tuvo el timón del Estado y dio alas a todos para pensar en sus derechos, pero nunca en sus obligaciones. El Gobierno estaba mal organizado; no se ajustaba a la realidad colombiana. El Parlamento había absorbido todo el poder, pero sus leyes no eran completas ni coherentes. El Gobierno, en lugar de ser un centro de fuerza, estaba en letargo y era indiferente. Se necesitaban poderes especiales para todo; era alternativamente una fuente envenenada y una corriente devastadora. La seguridad de los civiles no contaba con protección policíaca. La agricultura estaba arruinada; las pocas industrias habían perecido y el comercio con el exterior no bastaba para satisfacer las necesidades de la existencia. E1 ejército, que había sido orgullo y modelo de Sud-América, estaba desintegrado. Esta disolución interior había culminado con la bancarrota de Colombia, en lo interno y lo externo. Perú, que no podía existir sin Colombia, se había atrevido a desafiarla. Únicamente un Gobierno poderoso podía resolver este caos, y el país, que ansiaba su resurrección, rogaba por un Gobierno fuerte y eficiente. «Sin fuerza no hay virtud; sin virtud, el Estado muere. La anarquía destruye la libertad, pero la unidad la preserva. Dennos leyes inexorables.» Así termina el mensaje de Bolívar a los legisladores de Ocaña.
Estas palabras inflexibles, dirigidas a hombres que en su mayoría habían sido miembros del Parlamento colombiano desde 1821, sólo sirvieron para aumentar la desconfianza con que se miraban las intenciones de Bolívar. Los adictos a Santander intentaron sabotear la lectura del mensaje, pero aunque su oposición fue firme, resultaron derrotados. Durante las primeras sesiones, la Convención quedó abrumada por una marea de peticiones del ejército, de los Ayuntamientos y de las autoridades provinciales que exigían una reforma constitucional como la esbozada en el mensaje de Bolívar, Sin embargo, Santander y sus amigos no las tomaron en cuenta, en la creencia de que habían sido escritas especialmente a petición del Libertador.
La reforma de la Constitución fue el único y exclusivo problema del programa de deliberaciones de Ocaña. La discusión se inició con la propuesta de un diputado venezolano para disolver la unidad de Colombia y reemplazarla por una Federación libre. El rechazo de esta idea fue uno de los pocos triunfos de Bolívar en Ocaña. A renglón seguido la Convención decidió las reformas a introducir en la Constitución y designó una comisión de ambos partidos para elaborar el texto de las enmiendas. Sin embargo, los miembros de la comisión no lograron trabajar en común acuerdo y, como consecuencia, cada grupo presentó su propio proyecto de reformas.
El partido de Santander solicitó la división de la República en veinte departamentos; quería un Senado restringido y una Cámara de Diputados fortalecida. El artículo 128, que concedía facultades dictatoriales en casos de emergencia, debía suprimirse. Por su parte, el partido de Bolívar pidió un Gobierno fuerte y eficiente. El presidente tendría que tener el poder del veto y el derecho de designar y destituir a los funcionarios estatales. El artículo 128 debería ser mantenido. Al debatir estas dos propuestas, los delegados de Ocaña tomaron una resolución que quien escribe entiende que es única en la historia de los procedimientos parlamentarios. Se decidió discutir los dos proyectos al mismo tiempo. El resultado fue precisamente el que el lector debe suponer. Ambos grupos abundaron en apasionados vituperios; se intercambiaron insultos y las palabras: mentiroso y traidor resonaron en los pasillos de la iglesia de San Francisco. Se desvanecieron todas las esperanzas de un acuerdo.
En el ínterin, Bolívar esperaba en Bucaramanga, con su acostumbrada impaciencia, los resultados de la Convención. Escribió cartas a todos los puntos cardinales; envió a sus ayudantes a Ocaña por frecuentes informes. Y vaciló. De vez en cuando pensaba en ir en persona a Ocaña para ejercer su influencia en las reuniones. Demoró en hacerlo sólo porque esperaba que la Convención lo impulsase á ir. Sin embargo, y con gran disgusto suyo, la Convención no pareció sentir la necesidad de su presencia y la invitación no llegó. Santander conocía demasiado bien la irradiación de la personalidad de Bolívar. Confesaba francamente que él mismo se había acercado con frecuencia al Libertador con ideas de odio y venganza, sólo para darse cuenta de que en presencia de Bolívar su enemistad desaparecía y ocupaba su lugar un sentimiento de admiración por este hombre extraordinario, fundador de la madre patria. Si Santander, abogado y lógico, reaccionaba de esta manera, ¿qué probabilidades tenía el diputado promedio, con sus débiles recursos, de defenderse de la influencia personal de Bolívar? Así permaneció Bolívar en Bucaramanga, como una bestia salvaje enjaulada. Atendía sus asuntos diarios, salía a caballo, jugaba a las cartas y se permitía recordar los días gloriosos de la guerra. La vida de Bolívar durante estos meses se refleja en el diario, de su ayudante Perú de la Croix: Guando llegaban malas noticias, Bolívar se encerraba en su cuarto y daba rienda suelta a su sentimiento de depresión. Se negó a asistir a los bailes de fiesta, aun cuando siempre había tenido fama de bailarín apasionado; en cambio, se volcó a los servicios religiosos, comprendiendo que de este modo podría obtener importantes ventajas del clero católico. Su indiferencia por sus viejos pasatiempos incluía su actitud hacía las mujeres; se desentendió de todas, excepto de Manuela, que escribía fielmente y que ocupaba su mente hasta un cierto punto. Sólo en ocasiones, como en la carta al poeta Olmedo, observamos un reflejo de su vieja fuerza literaria.
Sin embargo, hasta en su melancolía, Bolívar mantiene su posición como uno de los hombres más destacados de su siglo. Esboza un carácter humano con unos cuantos rasgos simples; sus ingenuas instantáneas de los funcionarios y estadistas colombianos cobran vida por su perfección; su juicio histórico sigue siendo independiente y filosófico.
La tensión originada por los acontecimientos de Ocaña mantenía a Bolívar despierto durante la noche y arruinó su carácter y su apetito. Estaba humillado por los ataques que le habían dirigido Santander, Azuero y Soto. ¿Cómo era posible que estos hombres se engañasen a sí mismos creyendo que estaba luchando contra la desintegración de Colombia por cuestiones de ambición personal?
Y otra vez:
Fue la desesperación la que indujo a Bolívar a pronunciar estas famosas palabras sobre la ingratitud y la inestabilidad de América. Y ciertamente había tanta inestabilidad como ingratitud, pero ¿qué otra cosa podía haber esperado de países que estaban todavía en proceso de formación? La furia de Bolívar le hizo ser, si no ingrato, cuando menos injusto. Acusó a sus adeptos de que les faltaba su propio entusiasmo fanático, de ser demasiado moderados en su defensa de una gran causa. Escribió:
«El hombre es el hijo del miedo, y el esclavo y el criminal lo son doblemente.»
Pero la falta no residía en los diputados de Ocaña. Eran minoría y apenas capaces de inspirar temor a sus adversarios.
Cuando, por último, se aproximó el momento de debatir la proyectada Constitución, Bolívar exigió una posición inflexible. Era mejor, dijo, defender la República por las armas que transigir. Puso en juego todas sus viejas triquiñuelas, incluso la amenaza de renuncia, pero no surtieron efecto alguno. Cada uno de los dos partidos enfrentó al otro enajenado e implacable; era inconcebible una solución aceptable para ambos. Los fanáticos ya estaban buscando una salida más rápida y efectiva; Bolívar fue informado de que Santander y sus amigos habían comisionado a un oficial para que fuese a Bucaramanga y lo matara, pero no concedió mayor importancia al consejo, afirmando que Santander no era en realidad tan malvado como para llegar a eso.
Por su parte, Santander no podía sentirse muy confiado de su propia seguridad. Bolívar propagó su opinión de que el ejército jamás se sometería a los planes de Santander aunque éste triunfase en Ocaña.
Por último, Santander solicitó protección personal y pidió un pasaporte para ir al extranjero, pero en lugar de facilitar su partida; Bolívar aprovechó esta oportunidad para hacerle sentir su poder. Y así se acumularon las equivocaciones; esta montaña de errores explica el fracaso de la Asamblea Nacional.
El partido de Bolívar había seguido sus instrucciones y cuando resultó evidente que la Constitución de Santander sería aceptada, los bolivaristas boicotearon las sesiones. El 6 de junio este grupo se retiró en forma inequívoca de las reuniones, echando la culpa del fracaso de la Convención directamente sobre Santander y sus amigos. Su ausencia privó de quórum a la asamblea de Ocaña, lo que por ley constitucional indicaba un interregno, pues la Constitución de Cúcuta va no estaba en vigencia y no se había aceptado un nuevo instrumento de gobierno. Tal era la situación según Bolívar, que afirmó que Colombia carecía tanto de Parlamento como de Constitución.
Los acontecimientos se sucedieron ahora con alarmante rapidez. El Parlamento largo de Ocaña puso en marcha la revolución. Se concibieron planes secretos y los diputados se juramentaron. Santander fue elegido como líder y ciertos miembros llegaron a exigir la muerte de Bolívar. Pero Bolívar se había anticipado de nuevo a sus enemigos. Cuando se enteró de que su minoría planeaba hundir la Convención, recomendó a sus adictos en Bogotá que se preparasen para la emergencia y considerasen las medidas a adoptar.
El 13 de junio el gobernador de Cundinamarca convocó una asamblea popular a celebrarse en la plaza de Bogotá. Esta asamblea resolvió anular los mandatos de los diputados de Ocaña, desautorizar toda decisión tomada por la Convención y concentrar todo el poder en manos de Bolívar. El Consejo de ministros se mostró de acuerdo con estas resoluciones y muchas comunidades expresaron su aprobación. Todo el procedimiento fue muy arbitrario, pero le bastó a Bolívar. Recibió la petición de que se hiciese cargo de la dictadura cuando ya estaba en camino de Bucaramanga a Bogotá. Sonriendo, comentó:
«Ahora ha salido el toro y veremos quién es el valiente.»
El 24 de junio entró en Bogotá ante las aclamaciones de la multitud.
«Toda la nación reconoce mi autoridad.»
Bolívar se dirigió inmediatamente a la catedral, pues deseaba evitar todo contacto con los liberales y masones de Santander. Allí, en la gran plaza, en presencia de las autoridades locales y nacionales --- el Gabinete, la Suprema Corte, el gobernador y sus ofíciales ---, Bolívar asumió el poder como Presidente. Recibió las felicitaciones de sus amigos y colegas y declaró que sería siempre el defensor de los derechos y libertades públicos, pero que cuando el pueblo lo quisiera renunciaría al poder y lo devolvería a la nación. A continuación se sirvió un banquete en el palacio, en el que Bolívar brindó por la República de Colombia.
¿Cuáles eran las intenciones de Bolívar? El mismo había acuñado la frase «odiosa dictadura» su peder dictatorial se basaba en el ejército y en parte de la burocracia que le era adicta. Todos los generales de alto rango: Urdaneta, Marino, Páez, Soublette, Arismendi, Flores, Córdoba, Montilla, Bermúdez y Salom, le aseguraron su lealtad. El nombre de Santander era el único que faltaba en esta lista de hombres famosos de la revolución. Sin embargo, Bolívar quería estar seguro del consentimiento del pueblo.
Estas manifestaciones populares sé propagaron por orden dé bolívar.
El programa de Bolívar puede definirse como un cesarismo democrático. Delineó su cometido en el «Decreto Orgánico» del 27 de agosto, en el que bautizó al nuevo régimen. El decreto fue un acta habilitante que le daba plenos poderes dictatoriales para reorganizar el Estado. No obstante, Bolívar no asumió el título de dictador; en vez de ello, recibió el nombre de Presidente-Libertador. Un Consejo de Estado debía cuidar la preservación de los derechos civiles. El 2 de enero de 1830 habría de reunirse una nueva asamblea nacional para dictar una Constitución. En el ínterin, Bolívar quería dedicar todas sus energías a la restauración y desarrollo de la economía nacional. El Decreto Orgánico iba acompañado por una proclama a los colombianos que incluye esta extraña frase:
Exactamente cuatro semanas después Bolívar era víctima de su propia y profética visión. La dictadura resultaba verdaderamente odiosa. Un grupo odiaba al Gobierno dictatorial como tal; otro despreciaba a los bolivaristas y existía aún otro más que se oponía al propio Libertador. Él pueblo de Bogotá no simpatizaba con el ejército: especialmente con un ejército cuyos oficiales de más alto rango eran extranjeros en muchos casos. Aborrecía la dictadura militar y detestaba a Manuela.
Los miembros de la conspiración respondían a diversos intereses. Había jóvenes escritores como Vargas Tejada: hombre que habían experimentado él impacto de la revolución durante su niñez y que ahora querían defender sus conquistas; aventureros, como el misterioso doctor Arganil, que había sido empujado hasta las playas de América por las olas de la Revolución Francesa y que ahora, por razones oscuras y misteriosas, se encontraba envuelto en el complot: Individuos aislados, como el francés Horment, de quien se decía que era un espía pagado por los españoles; como Florentino González y Mariano Ospina, cuyo sentido de la justicia estaba ofendido por la dictadura. Además, había algunas voces poderosas, tales como la del coronel Guerra, jefe de la plana mayor, y el comandante Canijo, quiénes prometían que la rebelión tendría un éxito inmediato. La dirección de la revolución se puso en manos de un comité de siete. Santander era considerado todavía el vicepresidente legal y debía asumir la presidencia en cuanto Bolívar fuese eliminado. En consecuencia, era de vital importancia iniciar la acción mediante la captura de Bolívar y sus ministros. Su plan consistía en practicar los arrestos en el santo de Bolívar, el día de San Simón, protegidos por la confusión general de las festividades.
Sin embargo, el plan original fue modificado y se decidió asesinar a Bolívar a cubierto de un baile de máscaras. No es seguro él modo en que Bolívar escapó de la trampa. Se ha dicho que Manuela lo salvó, pero el autor lo considera extremadamente dudoso; otros dicen que Santander lo protegió, suposición aún menos probable. A pesar de estos acontecimientos siniestros, Bolívar seguía creyendo en su invulnerabilidad.
Ni soñaba con que alguien podría atreverse a poner las manos sobre él y siempre apareció sin armas ni custodia. Sus ministros eran más escépticos y es probable que hayan estado más o menos en conocimiento de los complots revolucionarios y que fueran ellos quienes convencieron a Bolívar de que Santander debía ser exiliado, El 5 de septiembre, sin previo aviso, Bolívar anunció:
«Santander dejará el país de un modo o de otro»,
y pocos días después el que había sido vicepresidente fue designado embajador en Washington. Esta promoción era evidentemente un exilio honorable que llevaba el propósito de privar de su jefe a la oposición. Luego de ciertas dudas, Santander aceptó el puesto, pero continuó su agitación contra Bolívar. Permaneció en Bogotá, secretamente informado del desarrollo de la conspiración, pero aparentemente ignorante de su existencia. Incluso demoró el estallido de la revolución, no porque quisiese proteger a Bolívar, sino porque consideraba que los planes no estaban lo bastante maduros. No rechazó la idea de la revolución ni, por otra parte, notificó a las autoridades del peligro inminente. Pensaba aparecer como un dios descendiendo de una nube si triunfaba la rebelión; acudiría al llamamiento del pueblo, pero con las manos limpias de sangre, pues era el Hombre de la Ley.
Sin embargó, los acontecimientos tomaron un giro completamente insospechado. El 25 de septiembre el capitán Triana regresó a su cuartel en completa borrachera. Al encontrar a su camarada, el teniente Salazar, comenzó a maldecir violentamente, gritando que había llegado el momento de ahogar la tiranía en ríos de sangre. Salazar informó de lo ocurrido y Triana fue arrestado, pero la conspiración ya no pudo seguir considerándose un secreto. Cuando el coronel Guerra se enteró del hecho y comprendió que el complot había sido descubierto, comisionó a su ayudante, el mayor Canijo, la tarea de informar a los demás conspiradores. Estos se vieron entonces obligación a actuar con gran celeridad, pues contaban apenas con unas pocas horas antes de que se generalizase el conocimiento de sus planes. A las siete y media de la tarde los conspiradores se reunieron en la casa de Vargas Tejada y decidieron dar el golpe esa misma noche. Se formaron tres grupos; el primero capturaría a Bolívar a toda costa; el segundo debía apoderarse de los cuarteles y el tercero tenía que estar preparado para cualquier eventualidad. A medianoche el primer grupo cercó el palacio de San Carlos.
Sin embargo, la cama en desorden y la ventana abierta constituían una evidencia clara, y cuando Manuela reiteró su afirmación de que Bolívar estaba en el salón de conferencias, le exigieron que los condujera allí. En el corredor, el herido, Ybarra, le gritó: «¿Está muerto el Libertador?», y Manuela, dejando de fingir, le dijo: «No, está vivo.» Después se arrodilló y vendó la herida de Ybarra con su pañuelo. Los conjurados tuvieron entonces la clara noción de su fracaso, pero cuando el edecán de Bolívar, Fergusson, llegó de la calle y, a pesar de la advertencia de Manuela, entró en el palacio, Canijo lo mató de un tiro. Poco después de este incidente abandonaron la búsqueda y huyeron. Cuando, pocos minutos más tarde, llegaron Urdaneta y Herrán y le preguntaron a Manuela dónde estaba Bolívar, apenas pudo evitar una sonrisa. En medio de toda su confusión y excitación le parecía divertido que todos esperasen que supiese dónde estaba.
En su huida, Bolívar se había encontrado con uno de sus sirvientes y juntos habían corrido hacia el puente de San Agustín. Vieron que los soldados iban y venían y escucharon disparos, de modo que Bolívar decidió esconderse bajo el arco del puente, y allí permaneció durante cuatro horas de fatal incertidumbre, sumergido en el agua, a la espera de lo que pudiese pasar. Finalmente, su sirviente sé aventuré á practicar un reconocimiento y encontró un grupo de soldados que vitoreaban a Bolívar.
Esto dio al Libertador la confianza suficiente para abandonar el puente. Cubierto de barro y calado hasta los huesos, se precipitó a los cuarteles.
El asalto a los cuarteles tampoco había tenido éxito. Aunque los conspiradores habían logrado liberar al almirante Padilla, no llegaron a conseguir su objetivo principal, porque los regimientos habían permanecido leales al Libertador. Urdaneta, que había sido informado del frustrado coup d'état, había asumido el mando y ordenado el arresto dé los conspiradores. Al amanecer todo estaba terminado; la rebelión había resultado vencida.
Al llegar a los cuarteles, Bolívar había pedido un uniforme seco y un caballo y cabalgado hasta la gran plaza. La guarnición entera estaba de pie y todos los generales reunidos. Con voz ronca y sepulcral, Bolívar les agradeció su lealtad y después ordenó la persecución de los traidores. Cuando Santander y Padilla lo felicitaron, los interrumpió con desprecio. Después regresó a palacio, y abrazando a Manuela, le dijo: «Esta noche has sido la libertadora del Libertador.»
Manuela misma estaba enferma y con mucha fiebre, pero Bolívar no se percató de su estado de nerviosidad. El estaba casi delirante. Se cambió de ropa y trató de rehacerse para descansar unos momentos, pero todavía sentía la tensión de las últimas horas. Pidió a Manuela que le contara lo que había pasado durante la noche, pero interrumpió su respuesta con un «No me digas nada». Casi en seguida repitió la pregunta, pero de nuevo la mandó callar. Así transcurrió la mañana trágica del 26 de septiembre.
En el ínterin, los conspiradores habían sido capturados y conducidos a palacio, donde los aguardaba Bolívar para escuchar sus declaraciones. El propio Libertador impidió que el coronel Crofton estrangulase al joven Horment y luego ordenó que trajesen ropas secas para quien había querido asesinarle. El general París, volviéndose hacia los conspiradores, dijo: «¡ Y éste es el hombre a quien quisisteis matar!» «¡No al hombre, sino al sistema», respondió Horment.
¿Cuál fue la reacción de Bolívar ante este serio intento contra su vida, un intento que había señalado una profunda repugnancia hacia sus ideas y hacia él mismo como protagonista? Expresó su decisión de perdonar a los criminales y renunciar después. Si el pueblo le había dado la espalda, si había interpretado mal el carácter de su sacrificio al tratar de salvar a Colombia, no cabía otra alternativa. Mandó llamar a Castillo y Rada, presidente del Consejo de Estado, quien, a su arribo, encontró a Bolívar aparentemente sereno y firme. Bolívar le explico que había meditado sobre los acontecimientos de la noche anterior sin encontrar otra solución al problema que su renuncia. Solicitó a Castillo y Rada que convocase al Gabinete y preparase la resolución. Además, entraba dentro de sus planes decretar una amnistía general para los conspiradores. Ni siquiera quiso conocer sus nombres.
El deseo de renunciar encontró la oposición conjunta de sus generales. Urdaneta, Córdoba y muchos otros alegaron que el ejército había demostrado su lealtad al Libertador y que no podía desertar en esos momentos. Su renuncia, afirmaron, implicaba la aprobación del intento de asesinato. Rechazaron la idea de rendirse y declararon que el motín debía ser sofocado y los conspiradores ahogados en su propia sangre.
Bolívar cedió otra vez. Permaneció en su cargo de Presidente Libertador. La investigación comenzó sin demora mediante un procedimiento especial. Se nombró un tribunal compuesto por cuatro jueces y cuatro oficiales y el 30 de septiembre se dictó la primera pena de muerte. Urdaneta había tomado a su cargo la investigación y, fundándose en el decreto del 20 de febrero, asumió todas las prerrogativas como fiscal y juez. En el ínterin, Córdoba se hizo cargo del Ministerio de la Guerra, aunque no estaba libre de sospechas por su actitud durante la noche del 25 de septiembre: Urdaneta no perdió tiempo y el 2 de octubre el almirante Padilla fue ejecutado, y en seguida siguieron otros fusilamientos.
El 26 de septiembre Santander había sido citado para comparecer en juicio, acusado de participar en el complot. Bolívar estaba convencido de que Santander era el principal cerebro de la conspiración, y aunque el vicepresidente rechazó la acusación, se vio obligado a admitir que conocía los hechos y que había aconsejado a los conspiradores. Era cierto que sólo había afilado la flecha y permitido que otros tirasen de la cuerda del arco, pero Santander era general de la República, embajador ante los Estados Unidos, y como funcionario del Estado su primera obligación era revelar cualquier amenaza que pendiese sobre la República a la primera insinuación de peligro. En consecuencia, Santander fue sentenciado a muerte.
Bolívar sometió el veredicto al Consejo dé Ministros para su aprobación. Los ministros convinieron que su ejecución podía servir de base para una violenta reacción, en tanto que la prisión o el exilio podían producir una impresión favorable. Su actitud razonable enfureció a Bolívar. ¿Por qué Piar y Padilla habían pagado con sus vidas su insurrección si Santander iba a escapar a la pena? Por último, aceptó, sin embargo, su decisión y Santander fue condenado al exilio. Aparentemente Bolívar era el vencedor en esta lucha fundamental entre los dos líderes, pero tiempo después confesó: «Fue nuestra ruina que no llegáramos a un entendimiento con Santander»; desde muchos puntos de vista esta no fue sino una victoria pírrica. La sombra del hasta entonces vicepresidente persiguió a Bolívar de uno al otro confín de la República, y en último análisis fue Santander quien pudo reclamar el triunfo, no porque regresó a Bogotá como Presidente después de la muerte de Bolívar, sino porque representaba un principio político que estaba más cerca de la realidad que el sueño de grandeza de Bolívar.
La opinión pública de Europa y Norteamérica consideró que Bolívar había perdonado a Santander por pura debilidad. Este juicio no valorizaba al Libertador como merecía. En realidad, había sacrificado su pasión vengativa y su deseo de desembarazarse de su mayor enemigo ante su ambición mayor de preservar la República de Colombia. Poco después los ministros recomendaron a Bolívar una amnistía general para los conspiradores que habían escapado de la justicia distributiva.
Sin embargo, los diputados conocidos como enemigos personales de Bolívar fueron desterrados, las logias masónicas cerradas y la educación reorganizada sobre bases conservadoras. Lentamente el país volvía a la normalidad.
Pero el corazón de Bolívar había quedado mortalmente herido. La noche del 25 de septiembre había sonado a toque de difuntos para sus aspiraciones y ambiciones. Por más que reflexionaba sobre los sucesos de esa noche fatal, todavía no alcanzaba a comprender que él, el creador de Colombia, hubiese escapado a la muerte de manos de sus compatriotas por un pelo. ¿Qué habría sido de la República de haber triunfado sus enemigos? La guerra civil, el derramamiento de sangre y la anarquía habrían sumido al Estado en una conflagración general. Esta pesadilla persiguió a Bolívar; en sus sueños veía las armas fatales de sus enemigos que le apuntaban; sentía el acero penetrando en sus carnes. Gritaba a sus íntimos en agonía: «Me han destruido el corazón.» A la decadencia física que había comenzado en Lima, o quizás antes, se agregaba la profunda melancolía de su conocimiento de que su gran esfuerzo había sido vano. América era ingrata para el sacrificio de su Vida y no podía soportarlo más. «Como no soy santo, no tengo deseos de sufrir martirios.» Sin embargo, y pese a todo, no abandonó el mando, sino que permaneció en el puente en un esfuerzo desesperado por llevar a puerto el bajel colombiano. |
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Capítulo XXXII |
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