El Pensamiento
Bolivariano
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Por:
Dr. Enrique
Ayala Mora, |
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Los hechos y las ideas Estamos acostumbrados a explicar la historia a partir de la acción de los individuos. América fue descubierta porque Colón quería probar que el mundo era redondo. Fue la acción personal de Napoleón la que cambió el destino de Europa. Si se lograba asesinar a Lenin jamás hubiera triunfado la Revolución en Rusia. La independencia de la India es fruto de la acción individual de Gandhi. Cuando tenemos al frente, a veces aún en medio del análisis más riguroso, a las grandes personalidades de la historia, sufrimos una “ilusión óptica”, como la llama Plejanov. (1) Para nosotros los latinoamericanos, Simón Bolívar es quizá el caso más extremo. La independencia fue obra de su “genio”, que explica la magnitud del hecho y sus consecuencias. El Libertador es el paradigma de esos “patriotas” superhombres que “nos dieron la libertad”, con una mítica acción bélica que asombró a la humanidad. Las complejas realidades de veinte años de guerra independentista se reducen, al fin y al cabo, a la participación individual de Bolívar y, a más tardar, también de sus tenientes. Para que esta visión se mantenga, han contribuido, no solo los sistemas educativos, sino también una tendencia a la simplificación que caracteriza al sentido común del pensamiento dominante. Pero no por enraizada y persistente que sea esta manera de ver las cosas es verdadera. Porque la acción de los individuos en la historia no la determina; porque sus acciones personales pueden ser cabalmente comprendidas solo en elmarco de los grandes movimientos sociales en que los actores son colectivos. Por eso el esfuerzo de los estudios bolivarianos debe orientarse en buena proporción, a enmarcar su acción y su pensamiento en el contexto social en que se dieron. Desde luego que es un grave error pensar que las sociedades se mueven por fuerzas impersonales, mecánicas, neutras. Pero también es incorrecto “personalizar”, como lo dice Vilar, los grandes movimientos económicos o sociales. (2) Con ello no entendemos la realidad, ni siquiera a los propios personajes a quienes se adjudica protagonismo determinante. Por eso tiene gran relevancia acercarse al bolivarianismo, tratando de hacer confluir en su análisis el conocimiento biográfico del Libertador, las condiciones generales de la sociedad latinoamericana que le tocó vivir, en otros términos, un marco social de la independencia y un esbozo de su pensamiento político. Habida cuenta de que tenemos ya una idea general de la trayectoria biográfica de Bolívar, (3) las páginas siguientes ofrecen al lector una revisión rápida pero comprensiva del proceso de la independencia latinoamericana, seguida de una sistematización de los principales elementos del pensamiento político del Libertador. Parece que de este modo podrá comprenderse mejor las propuestas políticas de alguien que no fue solo un pensador o un guía intelectual, sino también un hombre de acción, un conductor de nuestros pueblos. La independencia Hispanoamericana El siglo XVIII estuvo marcado por una aguda crisis en la relación España-América, que acentuó el proceso de decadencia de la Metrópoli y provocó hondas transformaciones en las colonias del Nuevo Mundo. Cuando las minas de oro y otros metales preciosos, que habían alimentado la economía española por siglo y medio, se agotaron definitivamente o al menos redujeron drásticamente su producción, los centros de explotación minera, fundamentalmente el Alto Perú (actual Bolivia) y Nueva España (actual México), entraron en una recesión muy pronunciada, arrastrando consigo a las áreas cuyas economías estaban articuladas a esos grandes polos económicos. España a su vez, privada de los metales americanos que habían soportado su edad de oro, y luego prolongado su crisis, intentó hallar una nueva forma de relación económica con sus posesiones en América. Los sucesivos gobiernos de la dinastía Borbón que había llegado al trono español a principios del siglo XVIII, hicieron repetidos esfuerzos por establecer un nuevo “pacto colonial”. Este supondría un esfuerzo de industrialización rápida y eficiente, que lograría transformar a España en proveedora de artículos manufactureros para sus colonias. A su vez, estas últimas serían incentivadas para producir nuevos bienes exportables, y comerciar entre si más activamente con productos que no competían con los peninsulares. En este ambicioso esfuerzo transformador, los gobiernos borbónicos, especialmente el de Carlos III, llevaron adelante una serie de cambios en la legislación para América; en los sistemas de gobierno, en los mecanismos de control administrativo y funcionamiento fiscal. Se crearon dos nuevos virreinatos, se establecieron las llamadas “intendencias”, se modificaron impuestos, se tomaron medidas como la expulsión de los jesuitas, etc. El proyecto, empero, terminó por fracasar a mediano plazo. España, que siglos antes había detenido represivamente el desarrollo de una burguesía manufacturera, conservándose el poder en manos del viejo latifundismo de origen medieval, no pudo a esas alturas de la historia europea alcanzar el nivel de desarrollo económico de otras naciones del Continente, quedando cada vez más reducida a una potencia de segundo o tercer orden, cuya economía era un satélite de aquellas donde se asentaba el centro del sistema capitalista en ascenso. (4) Tanto la propia decadencia española, como las reformas que intentaron establecer el nuevo “pacto colonial”, tuvieron serias consecuencias en tierras americanas. La ruptura de los ciclos de producción y comercialización, ligados a la explotación de los metales, llevó a una readecuación de las economías hispanoamericanas, que a su vez robusteció el poder económico de los propietarios locales (los criollos) frente al poder de control de los funcionarios de la corona, quienes perdieron paulatinamente su alta cuota de injerencia sobre las actividades económicas coloniales. Un divorcio entre el poder político y el poder económico, latente desde antaño, fue patentizándose conforme avanzaba el siglo XVIII. Los notables criollos fueron acrecentando su control económico y consolidando sus mecanismos de dirección de la sociedad, frente a los funcionarios españoles, que cada vez veían disminuida su capacidad efectiva de dirección política. (5) |
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Pensamiento político de Simón Bolívar Con Simón Bolívar acontece lo que con muchos grandes hombres, con retazos aislados de sus escritos se intenta probar su identificación con las posturas ideológicas más disímiles. Pero una visión global de su pensamiento, tiene necesariamente que ir al análisis de los grandes ejes que articulan toda su formulación ideológico-política. Y esto supone no solamente una revisión de los elementos integradores del pensamiento bolivariano, sino también el carácter de sus contradicciones. Uno de los rasgos más sobresalientes, y quizá el más original del pensamiento de Bolívar es que considera a Hispanoamérica en conjunto como objeto de su análisis. El Libertador inaugura la visión de un subcontinente como sujeto de la acción histórica. Antes existían colonias españolas en América, un “Imperio” colonial quizá; pero solo desde el ideario bolivariano encontramos perfectamente delineada una problemática hispanoamericana específica. Y esto, al menos en dos direcciones fundamentales, la una como un esfuerzo por hallar la identidad común de todos nuestros pueblos, pese a sus diferencias y heterogeneidad. La otra, complementaria a la primera como un intento de encontrar la distinción frente a Europa y Norteamérica. Muchos autores y líderes contemporáneos se esforzaron por encontrar la identidad histórica de sus comarcas. Bolívar fue más allá, intentó abarcar toda Hispanoamérica como objeto de su consideración. Esta ambiciosa visión de la realidad lo anticipó por décadas a sus coterráneos, pero significó al mismo tiempo que muchos de sus planes concretos carecieran de la viabilidad y solidez necesarias para ponerse en acto. El Libertador fue un estadista ambicioso en su programa, pero no un iluso. Al contrario, puede establecerse que otro elemento fundamental de su pensamiento es el realismo. Este debe entenderse desde diversos ángulos. En primer lugar, Bolívar fue “realista” en la medida en que siempre trató de entender la realidad como es y no como se decía que debía ser. Desde el Manifiesto de Cartagena hasta sus últimos escritos, su esfuerzo es el de dar con la naturaleza específica y última de nuestros pueblos. “No somos europeos ni indígenas” insistía, para luego hurgar en las raíces étnicas y culturales de la identidad mestiza. En segundo lugar, Bolívar fue un “realista” cuando propuso sus fórmulas de organización política de los nuevos países hispanoamericanos. Las leyes solo son buenas, repetía, cuando contemplan la realidad concreta de los pueblos en que van a ser aplicadas. Por ellos postulaba un “justo medio” entre los sistemas coloniales autocráticos y la democracia ideal, imposible al momento de la constitución de nuestra república. Ya desde su Discurso de Angostura, incluyó varios elementos políticos que estabilizarían la vida de los nacientes estados. En su mensaje a la Constituyente de Bolivia desarrolló con gran énfasis el tema: la realidad impone ciertas concesiones al antiguo régimen para ganar en estabilidad, para mantener la paz, la libertad sin límites es antecedente del despotismo. En tercer lugar, fue Bolívar “realista” como gobernante. Es decir, que se vio atrapado por las urgencias de la realidad, frente a sus propios enunciados. Su acto de proclamación dictatorial es elocuente. No cabe duda ninguna de que al lanzarse a la ruptura de la Constitución y del régimen democrático propugnado por él, actuaba en la convicción de que salvaba al país. Pero el hecho es que incurrió en una contradicción. Y esta contradicción se hace todavía más evidente cuando se observa que el “realismo” de Bolívar, enfrentado al “utopismo” de sus adversarios, revela un conflicto más de fondo. En efecto, al defender la democracia posible, frente a las formulas “Utópicas” de sus adversarios, Bolívar expresa su temor de la movilización popular, es decir la participación política ampliada. Al denunciar a los “demagogos” y fomentadores de la “anarquía”, el Libertador pone las bases de ese discurso de “orden”, que ha caracterizado a la derecha hispanoamericana desde entonces hasta ahora. El “realismo” bolivariano tiene pues claras connotaciones conservadoras. Otro elemento fundamental del pensamiento de Bolívar es su esfuerzo por hacer posible la democracia en Hispanoamérica; es decir… por construir sistemas políticos nuevos y a la vez estables en las nacientes repúblicas: En realidad a esto dedicó su vida el Libertador: Pero el esfuerzo puede ser considerado y medido desde varios ángulos. Bolívar creyó que una garantía esencial de la supervivencia de la democracia, era la vigencia del régimen unitario. Consideraba que el federalismo podía ser perfecto, pero era absolutamente inconveniente para Hispanoamérica. Con ello trató de superar una lucha feroz que desangró al Continente por casi cincuenta años. Pero pese a la lucidez de sus pensamientos, es evidente que las fuerzas centrifugas locales y regionales pudieron más que la voluntad unitaria. De allí que la derrota política del Libertador, fuese también el triunfo de las posturas federalistas y separatistas. En una época en que se daba una enorme incertidumbre sobre la conveniencia de adoptar uno u otro sistema de gobierno, Bolívar fue claro y tajante partidario de la República. Sus argumentos para esa preferencia eran múltiples, pero quizá el más recurrente era que no existía en estas tierras ningún antecedente que soportara este sistema. Carecíamos, según el Libertador, de las tradiciones y hasta de las desigualdades necesarias para la existencia del aparato que rodea al monarca: familia real, nobleza, etc. Todo, insiste varias veces nos lleva a adoptar la forma republicana. Sin embargo, Bolívar consideraba que era necesario mantener algunos rasgos del sistema monárquico; justamente aquellos que podían garantizar la estabilidad de los nuevos regimenes. De allí su propuesta insistente de que una parte del Congreso represente un factor de continuidad, mediante la calidad vitalicia y hereditaria de los legisladores. De allí también su defensa de un sistema político mixto en el que hubiera ciertas dignidades de elección, pero otras, entre ellas la Presidencia y la Vicepresidencia de la República de carácter vitalicio y con capacidad de transmisión por transferencia personal. El Libertador pensaba que éstas eran necesarias limitaciones de la democracia, que garantizaban su vigencia y que permitían un equilibrio político en la etapa de transición entre la colonia y la “autentica” república. El que dentro de los partidarios del Libertador hubieran fervorosos entusiastas de la monarquía no era, pues, extraño. En realidad, como se ha visto, si por un lado el bolivarianismo promovía la república, por otro se declaraba su enemigo. Y esta contradicción se daba en la medida en que las élites gobernantes temían que la vigencia total del régimen republicano-democrático trajera consigo la movilización y participación de las mayorías populares, cuya presencia en la escena política se consideraba inconveniente y peligrosa. Lo dicho nos lleva a la revisión del concepto que Bolívar tiene sobre la participación, como eje del sistema democrático. En realidad cuando el Libertador habla del origen del poder en la voluntad de los miembros de la sociedad, plantea la tesis de la soberanía popular. Pero ese “pueblo” sujeto a la soberanía no es el mismo al hablar de la composición de la sociedad, o de su gobierno. En un primer momento el “pueblo” es para Bolívar toda la población de la república. Está compuesta de blancos, criollos, mestizos, pardos, indígenas y negros. Todos ellos por principios tendrían iguales derechos e igual garantía de participación. En un segundo momento, empero, cuando se trató de definir el gobierno, es decir, de participar en la dirección de la sociedad, ese “pueblo” soberano se vio drásticamente reducido a los “notables”. Las masas se consideraban políticamente incapacitadas. Puede, y aún debe, argumentarse diciendo que en la práctica, la participación real no podía extenderse sino a unos pocos propietarios, soldados y clérigos. En ese sentido Bolívar, el “realista” por excelencia, estaría una vez más hablando no del gobierno ideal, sino del mejor gobierno posible. Pero todo ello nos lleva a ubicar al Libertador como hombre de su tiempo y como ideólogo orgánico de una clase social usufructuaria de la Independencia y la formación de nuestras repúblicas. En último análisis así el pensamiento como la practica política bolivarianos respondían a las demandas de las oligarquías criollas, para quienes la revuelta anticolonial no podía pasar a ser al mismo tiempo reforma social en beneficio de la mayoría popular. Pero sería empobrecedor el que nos quedáramos con esta visión sobre los principios políticos de Bolívar, aunque admitiéramos los grandes límites de la realidad contemporánea. Junto a sus conceptos elitistas sobre la participación en el Gobierno, coexisten también sus postulados sobre la consolidación de las nacionalidades latinoamericanas. Para muchos de sus adversarios y detractores, es el autoritarismo y el centralismo el principal vicio y la más visible contradicción del pensamiento bolivariano. Tenemos, sin embargo, que encontrar detrás de las propuestas autoritarias un intento de afirmación nacional, ausente de las propuestas localistas del gamonalismo pos-independentista. El gobierno fuerte era una condición esencial para la vigencia del estado-nación. Así lo entendía Bolívar. Y esta vigencia del estado-nación no se consideraba solamente como una unificación represiva del territorio y la población, sino como un esfuerzo de integración étnica y cultural de los diversos grupos sociales que componían los países. Difícil precisar el alcance real de este rasgo del pensamiento bolivariano, puesto que corremos el riesgo de poner en boca del Libertador, palabras que son del día de hoy; pero innegable la presencia de este elemento radicalmente progresista de su pensamiento. Así pues, si el filo monarquismo y el autoritarismo son, por una parte, la negación de la república liberal, y la declaración de incapacidad de las masas para participar en la escena política; por otra parte, esos son rasgos que reflejan la necesidad de ir consolidando, aunque fuera conflictivamente los estados nacionales hispanoamericanos. Bolívar pudo siempre ir más allá de las pugnas de poder local y de los conflictos regionales. Ello nos trae de nuevo sobre las preocupaciones latinoamericanas. Se dijo ya que para él Hispanoamérica era un conjunto y una unidad. Pues bien, esta convicción se tradujo en renovados esfuerzos por concretar esa unidad en programas de integración política de los diversos países del continente. Hay que recordar que uno de sus planteamientos claves fue siempre la mantención de naciones grandes como la Gran Colombia, con capacidad de negociación y peso internacionales. Por otra parte, el Libertador realizó reiterados esfuerzos por construir un organismo y un sistema de coordinación e integración del Subcontinente. Estos esfuerzos estuvieron destinados al fracaso en términos inmediatos, pero pusieron las bases de un proceso que se ha ido concretando paulatinamente a lo largo de varias décadas. Por fin, hay un rasgo fundamental del pensamiento bolivariano en su concepción internacional, y es que la afirmación de la identidad hispanoamericana y de su unidad, se plantea como una garantía frente a la amenaza del creciente poder de los Estados Unidos. En esto fue el Libertador un visionario. Desde el principio advirtió el peligro que la república del norte representaba para la unidad y real independencia de las antiguas colonias españolas del sur. Y la historia de nuestros pueblos le ha dado dolorosamente la razón. |
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| El Autor: | ||||||
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Enrique Ayala Mora Universidad Andina Simón Bolívar Teléfono: 593-2-2221493 Fax: 593-2-2508156 Quito, Ecuador
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