Tradiciones de Ricardo Palma

Escritos del tradicionalista, 
sobre Simón Bolívar y su época.

 


Recopilación de:
Daniel Mathews

Universidad Nacional del Centro del Perú

 


I N D I C E

Apuntes Biográficos sobre
RICARDO PALMA
RICARDO PALMA y EL LIBERTADOR
JUSTICIA DE BOLÍVAR
LA VIEJA DE BOLÍVAR
LA CARTA DE LA LIBERTADORA
LAS TRES ETCÉTERAS DEL LIBERTADOR
BOLÍVAR Y EL CRONISTA CALANCHA
UNA CHANZA DE INOCENTES
UN VENTRÍLOCUO
ENTRE LIBERTADOR Y DICTADOR
LA REVOLUCIÓN DE LA MEDALLITA
EL PRIMER CÓNSUL INGLES
EL CLARÍN DE CANTERAC
LA FIESTA DE SAN SIMÓN GARABATILLO
DE GALLO A GALLO
LA ÚLTIMA FRASE DE BOLÍVAR


Una recopilación de: Daniel Mathews

Universidad Nacional del Centro del Perú
Huancayo Perú

Nota. Las tradiciones de esta antología han sido tomadas de Tradiciones peruanas completas, Aguilar, Madrid, 1964, edición y prólogo de Edith Palma, nieta del autor. Agradezco la colaboración prestada por Omar Becerra en la elaboración de esta antología




RICARDO PALMA y
EL LIBERTADOR

Ricardo Palma nació el 7 de febrero de 1833, a 9 años de la batalla de Ayacucho que consolidó la libertad del Perú y América, para incorporarse a las filas de los románticos que, desde la literatura, bregaron entre 1848 y 1860 por aquella otra liberación que debía producirse en el lenguaje y la mente. 

La contribución de Palma fue doble.

Por un lado reivindica nuestra propia historia como tema literario. Para ello, arrepentido de sus primeros intentos con la poesía y el teatro, crea un nuevo genero, la tradición, que él mismo se encargara de definir en carta a un amigo:

          "En el fondo la tradición no es más que una de las formas que podía revestir la Historia pero sin los escollos de ésta. Cumple a la Historia narrar los sucesos secamente, sin recurrir a las galas de la fantasía (.). Menos estrechos y peligrosos son los limites de la tradición. A ella, sobre una pequeña base de verdad le es licito edificar un castillo".

Así, no espere el que lee esta antología bolivariana palmista, encontrar aquí datos enteramente válidos. Las tradiciones son castillos literarios, ficciones de narrador, con una pequeña base de verdad. Son como los cuentos del abuelo, en los que haría mal en fiarse un historiador, pero que nos transmiten esa sabiduría de lo escuchado y de lo vivido, mucho más vital que la de lo leído. Precisamente en las consejas de abuelo tienen su origen muchas de las tradiciones, propias de una Lima aldeana donde había largas horas para la tertulia y para escuchar a los mayores. Otras tantas vienen del afán de Palma por revisar viejos papeles. No es gratuito que su primer libro sea una historia de la Inquisición de Lima. En ambos casos lo importante es la anécdota que se cuenta haciendo gala de caracterizaciones, diálogos y refranes. Cuando hay fuentes históricas se coloca además el parrafillo que proporciona al lector jugosa información de contexto.

Pero en la tradición Palma también reivindica nuestra habla. Son textos que están a mitad de camino entre lo hablado y lo escrito. Los diminutivos, las locuciones, los gestos, acercan los textos a la lengua de la conversación. Pero es sobre todo el léxico el que nos muestra con fuerza y claridad la presencia de una comunidad. Una de las más constantes batallas de don Ricardo fue contra la Real Academia, reticente siempre a acoger los términos acuñados en nuestra América. Los americanos tenemos derecho a apropiarnos del idioma que hablamos. En su Neologismos y americanismos Palma decía:

          "Hablemos y escribamos en americano; es decir en lenguaje para el que creamos las voces que estimemos apropiadas a nuestra manera de ser social, a nuestras instituciones democráticas".

Así, Palma es un tradicionista, un hacedor de tradiciones; pero no es un tradicionalista, un beato admirador del pasado. Por el contrario, nuestra colonia es desmitificada por el tono burlón con que la trata. Se trata para él de terminar el trabajo bolivariano de darnos libertad política, dándonos libertad lingüística y cultural, uno y otro merecen el título de Libertador y lo que pretende esta antología es reunir ambos esfuerzos en su punto de contacto: las tradiciones de Palma que tienen por personaje a Bolívar. Algunas lo tienen de personaje principal, otras sólo lo mencionan, en la tradición "De gallo a gallo" hay más bien un poema de José Joaquín Larriva contra Bolívar. Todas muestran una parte central de nuestra historia o la personalidad de quién la hizo posible.

Daniel Mathews
Universidad Nacional del Centro del Perú

 
 

Nota. Las tradiciones de esta antología han sido tomadas de Tradiciones peruanas completas, Aguilar, Madrid, 1964, edición y prólogo de Edith Palma, nieta del autor. Agradezco la colaboración prestada por Omar Becerra en la elaboración de esta antología 

Al índice



JUSTICIA DE BOLÍVAR

A Ricardo Bustamante


En junio de 1824 hallábase el ejército libertador escalonado en el departamento de Ancash preparándose a emprender las operaciones de la campaña que, en agosto de ese año, dio por resultado la batalla de Junín y cuatro meses más tarde el espléndido triunfo de Ayacucho.

Bolívar residía en Caraz con su Estado Mayor, la caballería que mandaba Necochea, la división peruana de La Mar y los batallones Bogotá, Caracas, Pichincha y Voltíjeros que tan bizarramente se batieron a las órdenes del bravo Córdova.

La división de Lara formada por lo batallones Vargas, Rifles y Vencedores ocupaba cuarteles en la ciudad de Huaraz. Era la oficialidad de esos cuerpos un conjunto de jóvenes gallardos y calaveras, que así eran de indómita bravura en las lides de Marte como en las de Venus. A la vez que se alistaban para luchar heroicamente con el aguerrido y numerosos ejército realista, acometían en la vida de guarnición, con no menos arrojo y ardimiento, a las descendientes de los golosos desterrados del paraíso.

La oficialidad colombiana era, pues, motivo de zozobra para las muchachas, de congoja para las madres y de cuita para los maridos; porque aquellos malditos militronchos no podían tropezar con un palmito medianamente apetitoso sin decir, como más tarde el valiente de Córdova: Adelante, y paso de vencedor, y tomarse ciertas familiaridades capaces de dar retortijones al marido menos escamado y quisquilloso. ¡Vaya si eran confianzudos los libertadores!

Para ellos estaban abiertas las puertas de todas las casas, y era inútil que alguna se les cerrase, pues tenían siempre su modo de matar pulgas y entrar en ella como en plaza conquistada. Además, nadie se atrevía a tratarlos con despego: primero, porque estaban de moda; segundo, porque habría sido mucha ingratitud hacer ascos a los que venían desde las márgenes del Cauca y del Apure a ayudarnos a romper el aro y participar de nuestros reveses y de nuestras glorias; y tercero, porque en la patria vieja nadie quería sentar plaza de patriota tibio.

Teniendo la división Lara una regular banda de música, los oficiales, que, como hemos dicho, era gente amiga del jolgorio, se dirigían con ella después de la lista de ocho a la casa que en antojo les venía, e improvisaban un baile para que la dueña de la casa comprometía a sus amigas de la vecindad.

Una señora, a la que llamaremos la señora de Munar, viuda de un acaudalado español, habitaba en una de las casas próximas a la plaza en compañía de dos hijas y de dos sobrinas, muchachas todas en condición de aspirar a inmediato casorio, pues eran lindas, ricas, bien endoctrinadas y pertenecientes a la antigua aristocracia del lugar. Tenían lo que entonces se llamaba sal, pimienta, orégano y cominillo; es decir, las cuatro cosas que los que venían de la península buscaban en la mujer americana.

Aunque la señora de Munar, por lealtad sin duda a la memoria de su difunto, era goda y requetegoda, no pudo una noche excusarse de recibir en su salón a los caballeritos colombianos, que a son de música manifestaron deseo de armar jarana en el aristocrático hogar.

Por lo que atañe a las muchachas, sabido es que el alma se les brinca en el cuerpo cuando se trata de sarandear a dúo el costalito de las tentaciones.

La señora de Munar tragaba saliva a cada piropo que los oficiales endilgaban a las doncellas, y ora daba un pellizco a la sobrina que se desencatillaba con una palabrita animadora, o en voz baja llamaba al orden a la hija que prestaba más atención de la que exige la buena crianza de las garatusas de un libertador.

Media noche era ya pasada cuando una de las niñas, cuyos encantos habían sublevado los sentidos del capitán de la cuarta compañía del batallón Vargas, sintióse indispuesta y se retiró a su cuarto. El enamorado y libertino capitán, creyendo burlar al Argos de la madre, fuese a buscar el nido de la paloma. Resistíase ésta a las exigencias del tenorio, que probablemente llevaban camino de pasar de turbio a castaño oscuro, cuando una mano se apoderó con rapidez de la espada que el oficial llevaba al cinto y le clavó la hoja en el costado.

Quien así castigaba al hombre que pretendía llevar la deshonra al seno de una familia era la anciana señora de Munar.

El capitán se lanzó al salón cubriéndose la herida con las manos. Sus compañeros, de quiénes era muy querido, armaron gran estrépito, y después de rodear la casa con soldados y de dejar preso a todo títere con faldas, condujeron al moribundo al cuartel.

Terminaba Bolívar de almorzar cuando tuvo noticias de tamaño escándalo y en el acto montó a caballo e hizo en poquísimas horas el camino de Caraz a Huaráz.

Aquel día se comunicó al ejército la siguiente:

"ORDEN GENERAL.- Su Excelencia el Libertador ha sabido con indignación que la gloriosa bandera de Colombia, cuya custodia encomendó al batallón Vargas, ha sido infamada por los mismos que debieron ser más celosos de su honra y esplendor, y en consecuencia, para ejemplar castigo del delito, dispone:

"1º El batallón Vargas ocupará el último número de la línea, y su bandera permanecerá depositada en poder del general en jefe hasta que, por una victoria sobre el enemigo, borre de dicho cuerpo la infamia que sobre él ha caído.

"2º El cadáver del delincuente será sepultado sin los honores de ordenanza, y la hoja de la espada que Colombia le diera, para defensa de la libertad y la moral, se romperá por el furriel en presencia de la compañía."

Digna del gran Bolívar es tal orden general. Sólo con ella podía conservar su prestigio la causa de la independencia y retemplarse la disciplina militar.

Sucre, Córdova, Lara y todos los jefes de Colombia se empeñaron con Bolívar para que derogase al artículo en que se degradaba al batallón Vargas por culpa de uno de sus oficiales. El libertador se mantuvo inflexible durante tres días, al cabo de los cuales creyó político ceder. La lección de moralidad estaba dada, y poco significaba ya la subsistencia del primer artículo.

Vargas borró la mancha de Huaraz con el denuedo que desplegó en /Matará y en la batalla de Ayacucho.

Después de sepultado el capitán colombiano, dirigióse Bolívar a casa de la señora de Munar y la dijo:

- Saludo a la digna matrona con todo el respeto que merece la mujer que, en su misma debilidad, supo hallar fuerzas para salvar su honra y la honra de los suyos.

La señora de Munar dejó desde ese instante de ser goda, y contestó con entusiasmo:

- ¡Viva el Libertador! ¡Viva la patria!

Al índice



LA VIEJA DE BOLÍVAR

Con este apodo se conoce hasta hoy (julio de 1898) en la villa de Huaylas, departamento de Ancash, a una anciana de noventa y dos navidades, y que, a juzgar por sus buenas condiciones físicas e intelectuales, promete no arriar bandera en la batalla de la vida sino después de que el siglo XX haya principiado a hacer pinicos. Que Dios la acuerde la realidad de la promesa, y después ábrase el hoyo, ya que

todo, todo en la tierra
tiene descanso;
todo. hasta las campanas
el Viernes Santo

Manolita Modroño era en 1824 un fresquísimo y lindo pimpollo de dieciocho primaveras, pimpollo muy codiciado, así por los tenorios de mamadera o mozalbetes, como por los hombres graves. La doncellica pagaba a todos con desdeñosas sonrisas, porque tenía la intuición de que no estaba predestinada para hacer las delicias de ningún pobre diablo de su tierra, así fuese buen mozo y millonario.

En una mañana del mes de mayo de aquel año hizo Bolívar su entrada oficial en Huaylas, y ya se imaginara el lector toda la solemnidad del recibimiento y lo inmenso del popular regocijo. El Cabildo, que pródigo estuvo en fiestas y agasajos, decidió ofrecer al Libertador una corona de flores, la cual sería presentada por la muchacha más bella y distinguida del pueblo; claro esta que Manolita fue la designada, como que por su hermosura y lo despejado de su espíritu era lo mejor en punto a hijas de Eva.

A don Simón Bolívar, que era golosillo por la fruta vedada del paraíso, hubo de parecerle manolita boccato di cardinali, y de la fantástica niña antojósele también pensar que era el libertador el hombre ideal por ella soñado. Dicho queda con esto que no pasaron cuarenta y ocho horas sin que los enamorados ofrendasen a la diosa Venus.

Si el fósforo da canela
¡que dará la fosforera!

Y sea dicho en encomio del voluble Bolívar, que desde ese día hasta fines de noviembre, en que se alejó del departamento, no cometió la más pequeña infidelidad al amor de la abnegada y entusiasta serrana que lo acompañó, como valiosa y necesaria prenda anexa al equipaje, en sus excursiones por el territorio de Ancash, y aún lo siguió al glorioso campo de Junín, regresando con el libertador, que se proponía formar en el norte algunos batallones de reserva.

Manolita de Madroño guardó tal culto por el hombre y recuerdo de su amante, que jamás correspondió a pretensiones de galanes. A ella no la arrastraba el río, por muy crecido que fuese.

v

Hoy, en su edad senil, cuando el pedernal no da chispa, se le alegra y siente como rejuvenecida cuando alguno de sus paisanos la saluda diciéndole:

- ¿Cómo está la vieja de Bolívar?

Pregunta a la que ella responde, sonriendo con picardía:

- Como cuando era la moza.
 

Al índice



LA CARTA DE LA LIBERTADORA

I

Los limeños que por los años de 1825 a 1826 oyeron cantar en la catedral, entre la Epístola y el Evangelio a guisa de antífona:

De ti viene todo
lo bueno, señor;
nos diste a Bolívar,
gloria a ti, gran Dios.

transmitieron a sus hijas, limeñas de los tiempos de mi mocedad, una frase que, según ellas, tenía mucho de entripado y nada de cuodlibeto. Esta frase era: La carta de la Libertadora.

A galán marrullero, que pasaba meses y meses en chafalditas y siquiriticas tenaces, pero insustanciales, con una chica, lo asaltaba de improviso la madre de ella con estas palabras:

- Oiga usted, mi amigo, todo está muy bueno; pero mi hija no tiene tiempo que perder, ni yo aspiro a catedrática en echacorbería. Con que así, o se casa usted pronto o da por escrita y recibida la carta de la Libertadora.

- ¿Qué es de Fulano? ¿Por qué se ha retirado de tu casa? - preguntaba una amiga a otra.

- Ya eso se acabó, hija - contestaba la interpelada -. Mi mamá le escribió la carta de la Libertadora.

La susodicha epístola era, pues, equivalente a una notificación de desahucio, a darle a uno con la puerta en las narices y propinarle calabazas en toda regla.

Hasta mosconas y perendecas rebisalseras se daban tono con la frase: "le he dicho a usted que no hay posada, y dale a desensillar. Si lo quiere usted más claro, le escribiré la carta de la Libertadora".

Por su puesto que ninguna limeña de mis juveniles tiempos, en que ya se habían pasado de moda los versitos de la antífona, para ser reemplazados con estos otros; 

Bolívar fundió a los godos
y desde ese infausto día
por un tirano que había
se hicieron tiranos todos;

por su puesto, repito, que ninguna había podido leer la carta, que debió de ser mucha carta, pues de tanta fama disfrutaba. Y tengo para mí que las mismas contemporáneas de doña Manolita Sáenz (la Libertadora) no conocieron el documento sino por referencias.

El cómo he alcanzado yo a adquirir copia de la carta de la Libertadora, para tener el gusto de echarla hoy a los cuatro vientos, es asunto que tiene historia, y, por ende, merece párrafo aparte.

II

El presidente de Venezuela, general Guzmán Blanco, dispuso, allá por los años de 1880, que por la imprenta del Estado se publicase en Caracas una compilación de cartas a Bolívar de las que fue poseedor el general Florencio O'Leary.

Terminada la importantísima publicación, quiso el gobierno completarlas dando también a la luz las Memorias de O'Leary, y, en efecto, llegaron a repartirse 26 tomos. 

Casi al concluirse estaba la impresión del tomo 27 pues lo impreso alcanzó hasta la página 512, cuando, por causa que no nos hemos fatigado en averiguar, hizo el gobierno un auto de fe con los pliegos ya tirados salvándose de las llamas un ejemplar que conserva Guzmán Blanco, otro que posee el encargado de correir las pruebas y dos ejemplares más que existen en poder de literatos venezolanos, que, en su impaciencia por leer, consiguieron de la amistad que con el impresor les ligara y que éste les diera un ejemplar de cada pliego a medida que salían de la prensa.

Nosotros no hemos tenido la fortuna de ver un solo ejemplar del infortunado tomo 27, cuyos poseedores diz que lo enseñaron a los bibliófilos con más orgullo que Rothschild el famoso billete de banco por un millón de libras esterlinas.

Gracias a nuestro excelente amigo el literato caraqueño Arístides Rojas supimos que en ese tomo figura la carta de la Libertadora a su esposo el Doctor Thorne. Este escribía constantemente a doña Manolita solicitando una reconciliación, por su puesto sobre la base de lo pasado, cuenta nueva y baraja idem.

- El médico inglés -me decía Rojas- se había convertido de hombre serio en niño llorón, y era, por tanto, más digno de babador que de corbata.

Y el doctor Thorne era de la misma pasta de aquel marido que le dijo a su mujer

- ¡Canalla! Me has traicionado con mi mejor amigo.

- ¡Malagradecido! - le contestó ella, que era de las hembras que tienen menos vergüenza que una gata de techo - ¿no sería peor que te hubiera engañado con un extraño?

Toro a la plaza. Ahí va la carta.

III

"No, no, no, no más, hombre, ¡por Dios! ¿Por qué me hace usted faltar a mi resolución de no escribirle? Vamos, ¿que adelanta usted sino hacerme pasar por el dolor de decirle mil veces que no? 

"Usted es bueno, excelente, inimitable; jamás diré otra cosa sino lo que es usted. Pero, mi amigo, dejar a usted por el general Bolívar es algo; dejara otro marido sin las cualidades de usted, sería nada.

"¿Y usted cree que yo, después de ser la predilecta de Bolívar, y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer de otro, ni del Padre, ni del Hijo, ni del Espíritu Santo, o sea de la Santísima Trinidad?

"Yo sé muy bien que nada puede unirme a Bolívar bajo los auspicios de lo que usted llama honor. ¿Me cree usted menos honrada por ser el mi amante y no mi marido? ¡Ah!, yo no vivo de las preocupaciones sociales.

"Déjeme usted en paz, mi querido inglés. Hagamos otra cosa. En el cielo nos volveremos a casar; pero en la tierra, no.

"¿Cree usted malo este convenio? Entonces diría que es usted muy descontentadizo.

"En la patria celestial pasaremos una vida angélica, que allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación, en amor se entiende; pues en lo demás, ¿quiénes más hábiles para el comercio? El amor les acomoda sin entusiasmo; la conversación, sin gracia; la chanza, sin risa; el saludar, con reverencia; el caminar, despacio; el sentarse, con cuidado. Todas estas son formalidades divinas; pero a mí, miserable mortal, que me río de mí misma, de usted y de todas las seriedades inglesas, no me cuadra vivir sobre la tierra condenada a Inglaterra perpetua.

"Formalmente, sin reírme, y con toda la seriedad de una inglesa, digo que no me juntaré jamás con usted. No, no y no.

"Su invariable amiga,

Manuela."

IV

Si don Simón Bolívar hubiera tropezado un día con el inglés, seguro que entre los dos habría habido el siguiente diálogo:

- Como yo vuelva a saber
que escribe a mi Dulcinea.
- ¡Pero, hombre, si es mi mujer!
- ¡Qué importa que lo sea!

¿No le parece a ustedes que la cartita es merecedora de la fama que alcanzó, y que más claro y repiqueteado no cacarea una gallina?

Al índice




LAS TRES ETCÉTERAS
DEL LIBERTADOR

I

A fines de mayo de 1824 recibió el gobernador de la por entonces Villa de San Ildefonso de Caraz, don Pablo Guzmán, un oficio del jefe de Estado Mayor del ejército independiente, fechada en Huaylas, en la que se le prevenía, que debiendo llegar dos días más tarde a la que desde 1868 fue elevada a la categoría de ciudad una de las divisiones, apréstese sin pérdida de tiempo cuarteles, reses para rancho de la tropa y forraje para la caballada. Item se le ordenaba que para su excelencia el libertador alistase cómodo y decente alojamiento, con buena mesa, buena cama y etc., etc., etc.

Que Bolívar tuvo gustos sibaríticos es tema que ya no se discute, y dice muy bien Menéndez y Pelayo cuando dice que la Historia saca partido de todo, y que no es raro encontrar en lo pequeño la revelación de lo grande. Muchas veces, sin parar mientes en ello, oí a los militares de la ya extinguida generación que nos dio Patria e Independencia decir, cuando se proponía exagerar el gasto que una persona hiciera en el consumo de determinado artículo de no imperiosa necesidad: "hombre, usted gasta en cigarrillos (por ejemplo) más que el Libertador en agua de Colonia".

Que don Simón Bolívar cuidase mucho del aseo de su personita y que consumiera diariamente hasta un frasco de agua de Colonia, a fe que a nadie debe maravillar. Hacía bien, y le alabo la pulcritud. Pero es el caso que en los cuatro años de su permanencia en el Perú, tuvo el Tesoro nacional que pagar ocho mil pesos, ¡¡¡8,000!!!, invertidos en agua de Colonia para uso y consumo de su excelencia el Libertador, gasto que corre parejas con la partida aquella del Gran Capitán: En hachas, picas y azadones, tres millones".

Yo no invento. A no haber desaparecido en 1884, por consecuencia del voraz (y acaso malicioso) incendio, el archivo del Tribunal Mayor de Cuentas, podría exhibir copia certificada del reparo que a esa partida puso el vocal a quien se encomendó, en 1829, el examen de cuentas de la comisaría del Libertador.

Lógico era, pues, que para el sibarita de don Simón aprestasen en Caraz buena casa, buena mesa, y etc., etc., etc.,

Como las pulgas se hicieron, de preferencia, para los perros flacos, estas tres etcéteras dieron mucho que cavilar al bueno del gobernador, que era hombre de los que tienen el talento encerrado en jeringuilla y más tupido que caldo de habas.

Resultado de sus cavilaciones fue el convocar, para pedirles consejo, a don Domingo Guerrero, don Felipe Gastelumendi, don Justino de Milla y don Jacobo Campos, que eran, como si dijéramos los caciques u hombres prominentes del vecindario. 

Uno de los consultados, mozo que se preciaba de no sufrir mal de piedra en el cerebro, dijo:

- ¿Sabe usted, señor don Pablo lo que en castellano quiere decir etcétera? 

- Me gusta la pregunta. En priesa me ves y doncellez me demandan, como dijo una pazpuerca. No he olvidado todavía mi latín, y sé bien que etcétera significa y lo demás, señor don Jacobo.

- Pues entonces, lechuga, ¿por qué te arrugas? ¡Si la cosa está más clara que agua de puquio! ¿No se ha fijado usted que estas tres etcéteras están puestas a continuación del encargo de buena cama?

- ¡Vaya si me he fijado! Pero con ello nada saco en limpio. Ese señor jefe de Estado Mayor debió escribir como Cristo nos enseña: pan, pan, y vino, vino, y no fatigarse en que le adivine el pensamiento.

- Pero, hombre de Dios, ¡ni que fuera usted de los que no compran cebolla por no cargar rabo! ¿Concibe usted una buena cama sin una etcétera siquiera? ¿No cae en cuenta usted todavía en la cuenta de lo que el Libertador, que es muy devoto de Venus, necesita para su gasto diario?

- No diga usted más, compañero - interrumpió don Felipe Gastelumendi - A moza por etcétera, si mi cuenta no marra.

- Pues a buscar tres ninfas, señor gobernador - dijo don Justino de Milla, en obedecimiento al superior mandato - y no se empeñe usted en escogerlas entre las muchachas de zapato de ponleví y basquiña de chamelote, que su excelencia, según mis noticias, ha de darse por bien servido siempre que las chicas sean como para la cena de Nochebuena.

Según don Justino, en materia de paladar erótico era Bolívar como aquel bebedor de cerveza a quien preguntó el criado de la fonda: "¿Qué cerveza prefiere usted que le sirva: blanca o negra?" "Sírvamela mulata".

-¿Y usted qué opina? - preguntó el gobernador, dirigiéndose a don Domingo Guerrero.

-Hombre -contestó don Domingo- para mí la cosa no tiene vuelta de hoja, y ya está usted perdiendo el tiempo que ha debido emplear en proveerse de etcéteras.

II

Si don Simón Bolívar no hubiera tenido en asunto de faldas aficiones de sultán oriental, de fijo que no figuraría en la Historia como libertador de cinco repúblicas. Las mujeres le salvaron siempre la vida, pues mi amigo Gacía Tosta, que está muy al dedillo informado en la vida privada del héroe, refiere dos trances que en 1824 eran ya conocidos en el Perú.

Apuntemos el primero. Hallándose Bolívar en Jamaica en 1810, el feroz Morillo o su teniente Morales enviaron a Kingston un asesino, el cual clavó por dos veces un puñal en el pecho del comandante Amestoy, que se había acostado sobre la hamaca que acostumbraba a dormir el general. Éste, por causa de una lluvia torrencial, había pasado la noche en brazos de Luisa Crober, preciosa joven dominicana, a la que bien podía cantársele lo de:

Morena del alma mía;
morena, por tu querer
pasaría yo la mar
en barquito de papel.

Hablemos del segundo lance. Casi dos años después, el español Renovales penetró a media noche en el campamento patriota, se introdujo en la tienda de campaña, en la que habían dos hamacas, y mató al coronel Garrido, que ocupaba una de éstas. La de don Simón estaba vacía porque el propietario andaba de aventura amorosa en una quinta de la vecindad.

Y aunque parezca fuera de oportunidad, vale la pena recordar que en la noche del 25 de septiembre, en Bogotá, fue también una mujer quien salvó la existencia del libertador, que resistía a huir de los conjurados, diciéndole: "de la mujer, el consejo", presentándose ella ante los asesinos, a los que supo detener mientras su amante escapaba por una ventana.

III

La fama de mujeriego y que había precedido a Bolívar contribuyó en mucho a que el gobernador encontrara lógica y acertada la decifración que de las tres etcéteras hicieron sus amigos, y después de pasar mentalmente revista a todas las muchachas bonitas de la villa, se decidió por tres de las que le parecieron de más sobresaliente belleza. A cada una de ellas podía, sin escrúpulo, cantársele esta copla:

De las flores, la violeta;
de los emblemas, la cruz;
de las naciones, mi tierra;
y de las mujeres, tú.

Dos horas antes de que Bolívar llegara, se dirigió el capitán de cívicos don Martín Gamero, por mandato de la autoridad, a casa de las escogidas, y sin muchos preámbulos las declaró presas, y en calidad de tales las condujo al domicilio preparado para alojamiento del Libertador en vano protestaron las madres, alegando que sus hijas no eran godas, sino patriotas hasta la pared del frente. Ya se sabe que el derecho de protesta es derecho femenino, y que las protestas se reservan para ser atendidas el día del juicio, a la hora de encender los faroles.

- ¿Por qué se lleva usted a mi hija ? - gritaba una madre.

- ¿Qué quiere usted que haga? - contestaba el pobrete capitán de cívicos -. Me las llevo de orden suprema.

- Pues no cumpla usted tal orden -argumentaba otra vieja.

- ¿Qué no cumpla? ¿Está usted loca, comadre, parece que usted quisiera que la complazca por sus ojos bellidos, para que luego el libertador me fría por la desobediencia. No, hija, no entro en componendas.

Entre tanto, el gobernador Guzmán, con los notables, salió a recibir a su excelencia a media legua de camino. Bolívar le pregunto si estaba listo el rancho para la tropa, si los cuarteles ofrecían comodidad, si el forraje era abundante, si era decente la posada en que iba a alojarse; en fin, lo abrumó a preguntas. Pero, y esto chocaba a don Pablo, ni una palabra que revelase curiosidad entre las cualidades y méritos de las etcéteras cautivas.

Felizmente para las atribuladas familias, el libertador entró en San Idelfonso de Caraz a los dos de la tarde, impúsose de lo ocurrido, y ordenó que se abriese la jaula a las palomas, sin siquiera ejercer la prerrogativa de una vista de ojos. Verdad que Bolívar estaba por entonces libre de tentaciones, pues traía desde Huaylas (supongo que en el equipaje) a Manolita Madroño, que era una chica de dieciocho años, de lo más guapo que dios creara en el género femenino del departamento de Ancash.

En seguida le echó don Simón al gobernadorcillo una repasada de aquellas que él sabía echar y lo destituyó del cargo.

IV

Cuando, corriendo los años, pues a don Pablo Guzmán se le enfrió el cielo de la boca en 1882, los amigos embromaban al ex gobernador hablándole del renuncio que como autoridad cometiera, él contestaba:

- La culpa no fue mía, sino de quien en el oficio no se expresó con la claridad que Dios manda.

Y no me venga un cualquier
con argumentos al aire,
pues no he de decir Volter
donde está escrito Voltaire.

Tres etcéteras al pie de una buena cama, para todo buen entendedor son tres muchachas. y de aquí no me apego ni a balazos.

Al índice





BOLÍVAR Y EL CRONISTA CALANCHA
 

I

Después de la batalla de Ayacucho había en el poder gente que no daba el brazo a torcer; y que todavía abrigaba la esperanza de que el rey Fernando VII mandase de la metrópoli un ejército para someter a la obediencia a los rebeldes vasallos. La obstinación de Rodil en el Callao y la resistencia de Quintanilla en Chiloé, daban vigor a esa loca creencia del circulo godo; y aun desaparecidos de la escena estos empecinados jefes, hubo en Bolivia, a fines de 1828 , un cura, Salvatierra, y un don Francisco Javier de Aguilera que alzaron bandera por su majestad. Verdad es que dejaron los dientes en la tajada.

Lo positivo es que entre republicanos nuevos y monarquistas añejos había una de no entenderse, y cada cual tiraba la manta a riesgo de hacerla jirones. No sin razón decía un propietario de aquellos tiempos: "La madre patria me ha quitado dinero y alhajas, y el padre rey, ganados y granos. No me queda mas que el pellejo, ¿quién lo quiere?"

Existe en el campo de batalla de Ayacucho una choza o casuca habitada por Sucre el día de la acción. Pocas horas después de alcanzada la victoria, uno de los ayudantes del general puso en la pared esta inscripción:

9 DE DICIEMBRE DE 1824

POSTRER DÍA DEL DESPOTISMO

Una semana más tarde se alojaba en la misma choza la marquesita de Mozobamba del Pozo, peruana muy goda, y añadía estas palabras>

Y PRIMERO DE LO MISMO

En el Cuzco, último baluarte del virrey La Serna, había un partido compacto, aunque diminuto, por la causa de España. Componíanlo veinte o treinta familias de sangre azul; como el añil, que no podían conformarse con que la República hubiera venido a hacer tabla rasa de pergaminos y privilegios. Y tan cierto es que la política colonial supo poner raya divisoria entre conquistadores y conquistados, que para probarlo me bastará citar el bando que en 17 de julio de 1706 hizo promulgar la Real Audiencia disponiendo que ningún indio, mestizo, ni hombre alguno que no fuera español, pudiese trafica, tener tienda, ni vender géneros por las calles, por no ser decente que se ladeasen con los peninsulares que tenían ese ejercicio, debiendo los primeros ocuparse sólo de oficios mecánicos.

Mientras los patriotas usaban capas de colores oscuros, los recalcitrantes realistas adoptaron capas de paño grana; y sus mujeres, dejando para las insurgentes el uso de perlas y brillantes, se dieron a lucir zarcillos o aretes de oro.

Con tal motivo cantaban los patriotas en los bailes populares esta redondilla:

¡Tanta capa colorada
y tanto zarcillo de oro!.
Si fuera la vaca honrada 
cuernos no tuviera el toro 

A la sazón dirigióse al Cuzco el Libertador Bolívar, donde el 26 de junio de 1825 fue recibido con gran pompa, por entre arcos triunfales y pisando alfombra de flores. Veintinueve días permaneció don Simón en la ciudad de los Incas, veintinueve días de bailes, banquetes y fiestas. Para conmemorar la visita de tan ilustre huésped se acuñaron medallas de oro, plata y cobre con el busto del Padre y Libertador de esta patria peruana, tan asendereada después.

Bolívar estaba entonces en la plenitud de su gloria, y he aquí el retrato que de él nos ha legado un concienzudo historiador y que tengo la llaneza de copiar:

"Era el Libertador delgado y de algo menos que regular estatura. Vestía bien y su aire era franco y militar. Era muy fuerte y atrevido jinete. Aunque sus maneras eran buenas y sin afectación, a primera vista no predisponía mucho a su favor. Sus ojos negros y penetrantes; pero al hablar no miraba de frente. Nariz bien formada, frente alta y ancha y barba afilada. La expresión de su semblante, cautelosa, triste y algunas veces de fiereza. Su carácter, viciado por adulación, arrogante, caprichoso y con ligera propensión al insulto. Muy apasionado del bello sexo; pero extremadamente celoso. Tenía gran afición a valsar, y era muy ligero< pero bailaba sin gracia. No fumaba ni permitía fumar en su presencia. Nunca se presentaba en publico sin gran comitiva y aparato, y era celoso de formas y etiqueta. Su actividad era maravillosa, y en su casa vivía siempre leyendo, dictando o hablando. Su lectura favorita era de libros franceses, y de allí vienen los galicismos de su estilo. Hablando bien y fácilmente, le gustaba mucho pronunciar discursos y brindis. Daba grandes convites; pero era muy parco en beber y comer. Muy desinteresado del dinero era insaciablemente ávido de gloria"

El Mariscal Miller, que trató con intimidad a Bolívar, y Lorente y Vicuña Mackenna, que no alcanzaron a conocerlo, dicen que la voz del Libertador era gruesa y áspera. Podría citar el testimonio de muchisimos próceres de la Independencia que aun viven, y que sostenían que la voz del Libertador era delgada, y que tenía inflexiones que a veces se la asemejaban a un chillido, sobre todo cuando estaba irritado. 

El viajero Laffond dice: "Los signos más característicos de Bolívar eran un orgullo muy marcado, lo que presentaba un gran contraste con no mirar de frente sino a los muy inferiores. El tono que empleaba con sus generales era extremadamente altanero, sin embargo que sus maneras eran distinguidas y revelaban haber recibido muy buena educación. Aunque su lenguaje fuese algunas veces grosero, esa grosería era afectada, pues la empleaba para darse un aire más militar".

Casi igual retrato hace el general don Jerónimo Espejo, quien en un interesantisimo libro, publicado en Buenos Aires en 1873, sobre la entrevista de Guayaquil, refiere, para dar idea de la vanidad de Bolívar, que en uno de los banquetes que se efectuaron entonces dijo el futuro Libertador: "Brindo señores, por los dos hombres más grandes de la América del Sur: el general San Martín y yo". Francamente, nos parece sospechoso el brindis, y perdone el venerable general Espejo que lo sujetemos a cuarentena, Bolívar pudo ser todo, menos tonto de capirote.

Otro escritor, pintando la arrogancia de Bolívar y su propensión a humillar a los que lo rodeaban, dice que una noche entro el Libertador, acompañado de Monteagudo, en un salón de baile, y que, al quitarse el sombrero, lo pasó para que éste se lo recibiera. El altivo Monteagudo se hizo el remolón, y volviendo la cara hacia el grupo de acompañantes, gritó: "Un criado que reciba el sombrero de su excelencia".

En cuanto al retrato que de Bolívar hace Pruvonena , lo juzgamos desautorizado y fruto del capricho y de la enemistad política y personal.
 
 

II

Pasadas las primeras y más estrepitosas fiestas, quiso Bolívar examinar si los cuzqueños estaban contentos con sus autoridades; y a cuantos lo visitaban, pedía informes sobre el carácter, conducta e ideas políticas de los hombres que desempeñaban algún cargo importante.

Como era natural, recibía informes contradictorios. Para unos tal empleado era patriota, honrado e inteligente; y el mismo, para otros, era godo, pícaro y bruto.

Sin embargo, hubo un animal presupuestívoro (léase empleado) de quien nemine discrepante todos, grandes y chicos, se hacían lenguas para recomendarlo al Libertador.

Maravillado Bolívar de encontrar tal uniformidad de opiniones llegó a menear la cabeza, murmurando entre dientes:

-¡La pin. pinela! No puede ser.

Y luego, alzando la voz, preguntaba:

-¿Juega?

-Ni a las tabas ni a la brisca, excelentísimo señor.

-¿Bebe?

-Agua pura, excelentísimo señor.

-¿Enamora?

-Es marido ejemplar, excelentísimo señor.

-¿Roba?

-Ni el tiempo, excelentísimo señor.

-¿Blasfema?

-Cristiano viejo, señor excelentísimo, y cumple por cuaresma con el precepto.

-¿Usa capa colorada?

-Más azul que el cielo, excelentísimo señor.

-¿Es rico?

-Heredó unos terrenos y una casa y, ayudado con el sueldecito, pasa la vida a tragos, excelentísimo señor.

Aburrido, Bolívar ponía fin a su interrogatorio lanzando su favorita y ya histórica interjección.

Cuando se despedía el visitante, dirigíase el general a su secretario don Felipe Santiago Estenós.

-¿Qué dice usted de esto, doctorcito?

-Señor, que no puede ser - contestaba el hábil secretario -. Un hombre de quien nadie habla mal es más santo que los que hay en los altares.

-¡No -insistía don Simón-, pues yo no descanso hasta tropezar con alguien que ponga a ese hombre como nuevo!

Y su excelencia llamaba a otro vecino, y vuelta al diálogo y a oír las mismas respuestas, y torna a despedir al informante y a proferir la interjección consabida.

Así llegó el 25 de julio, víspera del día señalado por Bolívar para continuar su viaje triunfal hasta Potosí, y las autoridades y empleados andaban temerosas de una poda o reforma que diese por resultado traslaciones y cesantías.

A media noche salió el libertador de su cuarto, con un abultado libro forrado en pergamino, y gritando como un loco:

-¡Estenós! ¡Estenós! Ya saltó la liebre.

-¿Qué liebre, mi general? - preguntó alelado, el buen don Felipe Santiago.

-Lea usted lo que dice aquí este fraile, al que declaro desde hoy más sabio que Salomón y los siete de la Grecia. ¡Boliviano había de ser - añadió con cierta burlona fatuidad.

Estenós tomó el libro. Era la Crónica Agustina, escrita en la primera mitad del siglo XVII por Fray Antonio de la Calancha, natural de Chuquisaca.

El secretario leyó en el infolio: "No es más infeliz el que no tiene amigos sino el que no tiene enemigos; porque eso prueba que no tiene honra que le murmuren, valor que le teman, riqueza que le codicien, bienes que le esperen, ni nada bueno que le envidien".

Y de una plumada quedó nuestro hombre destituido de su empleo, pues don Simón formuló el siguiente raciocinio:

-O ese individuo es un intrigante contemporizador, que está bien con el diablo y con la corte celestial, o un memo a quien todos manejan a su antojo. En cualquiera de los dos casos, no sirve para el servicio, como dice la ordenanza.

En cuanto a los demás empleados, desde el prefecto al portero, no hizo el libertador alteración alguna.

¿Tuvo razón Bolívar?

Tengo para mí que el agustino Calancha. no era fraile de manga ancha.

Al índice

UNA CHANZA DE INOCENTES

Ha pocos días que cayó bajo mis ojos un artículo del escritor boliviano D. C. Balsa, en que, a propósito de los chascos a que el 28 de diciembre está expuesto el prójimo que no tiene el calendario en la punta de la uña, refiere la broma que tres lindas chuquisaqueñas le dieron nada menos que al libertador Bolívar. Sabido es que en ese día conmemora la cristiandad la bárbara degollina de los Inocentes, cuyo número (según San Juan) subió a la enorme cifra de ciento cuarenta y cuatro parvulitos, todos en condiciones de paladeo o de destete.

El jueves de compadres y el 28 de diciembre son días en los que es lícito pegar un petardo, cuya grosería se disimula por medio de una décima o de un romancillo.

En el día de Inocentes no sólo se impone contribución al bolsillo, sino que suelen sacarle a un hombre los colores a la cara haciéndole tragar confites de acíbar, beber té salado o mascar buñuelos de algodón. Y aguante usted la rechifla y sonríase al oír en una boca como un azucarillo estas palabras:

Sea constante y corriente
y quede ejecutoriado, 
sin correrse más traslado,
que es usted un . inocente.

Mal de muchos, consuelo de bobos, dice el refrán, y yo digo que los pequeños no debemos rasgar sangre al ser víctimas de chanzas pesadas, cuando los prohombres han tenido que soportarlas, bien que refunfuñando y mordiéndose los labios. Y sino, oigan ustedes lo que cuenta Balsa, y que yo referiré como Dios me ayude.

Días llevaba ya de permanencia en Chuquisaca don Simón Bolívar, cuando en la mañana del 28 de diciembre de 1825, y en momentos de sentarse a la mesa, llegó hasta él un indiecito conduciendo una sopera de plata, y le dijo:

-Mis señoritas Calvimontes le envían a su merced este chupe de leche para el almuerzo.

Las señoritas Calvimontes pertenecían a una de las más ricas y aristocráticas familias del país.

Bolívar, que, como es notorio, se pirraba por las hijas de Eva, feas o bonitas, pues sobre este punto era de anchas tragaderas, sonrióse ligeramente y contestó:

-Di a tus patronas que estimo el cariño.

Y volviéndose hacia su ayudante, añadió:

-Coronel, dele a este muchacho un par de pesos.

El indiecito se retiró con cara de pascuas, mientras el libertador y sus comensales daban principio al almuerzo.

Llegó el momento de embestir al chupe de leche, y destapando la sopera, viose que el contenido de ella era de imposible masticación. La sopera encerraba una guirnalda de filigrana de plata, adornada con flores de oro. Don Simón dijo entonces:

-Estas Calvimontes son tan lindas como traviesas. Iré luego a visitarlas. Me llenan el ojo más que la guirnalda.

Pero en el fonde la sopera había una tarjeta, y Bolívar empezó a leerla para sí. A medida que adelantaba en la lectura, la fisonomía del libertador se alteraba, y al terminar estrujó entre sus manos la vitela, lanzando su favorita exclamación:

-¡La pin. pinela!

Bolívar se levantó de la mesa con marcado mal humor, y se dispuso no para hacer una visita a las hechiceras Calvimontes sino para abandonar la ciudad.

Al retirarse de Chuquisaca mandó devolver la guirnalda a las obsequiosas jóvenes. Véase la tarjeta que exaltó la bilis de don Simón:

EPITAFIO

Aquí yace la inocencia
en un letargo profundo:
no se la busque en el mundo,
porque perdió al existencia.
Pasajero, tu presencia
puede causarle rubor
no perturbes el sopor
de tus generosos manes;
auséntate, no profanes
este túmulo de honor.

Los dos últimos versos, sobre todo, dice Balsa, se le atragantaron a Bolívar y no los pudo pasar. A buen entendedor, con media palabra basta. El libertador vio en la décima algo que no era chanza de inocentes angelitos.

Al índice




UN VENTRÍLOCUO

El general don Antonio Valero, jefe de Estado Mayor de los patriotas que en 1825 asediaban al Callao, valía por su inteligencia, denuedo, actividad y previsión casi tanto como un ejército.

Pertenecía a esa brillante pléyade de generales jóvenes que realizaron en la guerra de Independencia hazañas dignas de ser cantadas por Pindaro y Homero.

En la época del sitio del Callao, Valero acaba de cumplir treinta y tres años y era el perf4ecto tipo de galán caballeresco. Sus compañeros del ejército de Colombia, siguiendo el ejemplo de Bolívar, eran prosaicos y libertinos en asuntos de amoríos. Valero, como Sucre, era un soldado espiritual, de finisimos modales, culto de palabras, respetuoso con la mujer. El entraba en el cuartel; pero el cuartel no entró en él.

En un salón, Valero eclipsaba a todos sus compañeros de campamento por la elegancia y aseo de su uniforme, gallardía de su persona y exquisita amabilidad de su trato.

En el campo de batalla, Valero, como todos los bravos de la patria vieja, era un león desencadenado. No hacía más, pero no hacía menos que cualquiera de sus camaradas. Militó en España, y fue uno de los defensores de Zaragoza, y más tarde en México, Colombia y el Perú combatió en favor de la Independencia americana.

Valero había sido favorecido por la Naturaleza con una cualidad rarisima hoy mismo, y que a principios del siglo se consideraba como sobrenatural, maravillosa, diabólica; cual;idad de cuya existencia sólo la gente muy ilustrada en el Perú tenía alguna noticia más o menos vaga.

El general Valero era.ventrilocuo.

Son infinitas las anécdotas de ventrilocuísmo que sobre él cuenta la tradición, y la fácil pluma del general colombiano Luis Capellas Toledo ha escrito una historia de amor, en que Valero hizo noble uso de esa habilidad orgánica para obligar a una joven a que no se apartase del camino del deber.

Gracias a esta individual y extraña cualidad salvo el general Valero de ser fusilado por Rodil.

Refiramos el lance.

El castellano del Real Felipe tuvo aviso de que oficiales patriotas, aprovechando de la tiniebla nocturna, se aventuraban a penetrar en el Callao, sin duda para concentrarse con algunos descontentos y conspiradores. Rodil aumentó patrullas de ronda, y, efectivamente, consiguió apresar en diversas noches a un oficial y dos soldados. De más está añadir que los envió a pudrir tierra.

Era una madrugada, y el general Valero, emprendiendo el regreso a su campamento de Bellavista, después de haber pasado un par de horas en conferencia con uno de los capitanes del castillo de San Rafael, iba a penetrar en una callejuela cuando sintió por el extremo de ella el acompasado andar de una patrulla. El audaz patriota estaba irremisiblemente perdido si seguía avanzando y retroceder le era también imposible. Entonces, ocultando el cuerpo tras el umbral de una puerta, apelo a su habilidad de ventrílocuo.

Cada soldado oyó sobre su cabeza, y como si saliera del cañón de un fusil, este grito:

- ¡Viva la patria! ¡Mueran los godos!

Los de la ronda, que eran ocho hombres, arrojaron al suelo esos fusiles, en los que se había metido el demonio; fusiles insurgentes, que habían tenido la audacia de prorrumpir en voces subversivas, y echaron a correr poseídos de terror.

Media hora después el general Valero llegaba a su campamento, riéndose aún de la peligrosa aventura, a la vez que dando gracias a Dios por haberlo hecho ventrílocuo.

Desavenencias entre Salom y Valero obligaron a este a separarse del asedio pocos meses antes de la capitulación de Rodil. 

Al índice




ENTRE LIBERTADOR Y DICTADOR

A Julio S. Hernández

Estando de sobremesa el Libertador Bolívar en Chuquisaca, allá por los años de 1825 versó la conversación sobre las excentricidades del doctor Francia, el temerario dictador del Paraguay.

Lo que algunos comensales referían sobre aquel sombrío tirano, que se asemejaba a Luis XI en lo de tener por favorito a su barbero Bejarano, despertó en el más alto grado la curiosidad de Bolívar.

-Señores -dijo el libertador-, daré un asenso al oficial que se anime a llevar una carta mía para el gobernador del Paraguay, entregarla en propia mano y traerme la respuesta.

El capitán Ruiz se puso en pie y contestó:

-Estoy a las órdenes de vuecelencia.
 
 

II

Al día siguiente, acompañado de una escolta de veinticinco soldados, emprendió Ruiz el camino de Tarija para atravesar el Chaco. Después de un largo mes de fatigas, llegaron a Candelaria, en alto Paraguay, donde existía una guardia fronteriza, que desarmó a la escolta, sin permitirla pasar adelante. El oficial paraguayo, custodio de la frontera, envió inmediatamente un chasqui al gobierno con el aviso de lo que ocurría.

Francia le mandó instrucciones, y el capitán Ruiz, acompañado de dos jinetes paraguayos que no hablaban español sino guaraní, continuó el viaje hasta La Asunción, Sin que en el tránsito se le dejara comunicar con nadie. Pasó Ruiz por algunas calles de la capital hasta llegar al palacio del dictador, donde, sin permitírsele apear del caballo, tuvo que entregar al oficial de guardia el pliego de que era conductor.

Una hora después salió éste, y dio a Ruiz una carta sellada y lacrada, que contenía la respuesta del dictador a Bolívar, y el sobre del oficio con estas palabras de letra del autócrata paraguayo:

"Llegó a las doce.- Despachado a la una, con oficio.- Francia".
 
 

III

El capitán volvió grupa, escoltado por los dos vigilantes paraguayos, que no se apartaron un minuto de su lado hasta llegar a Candelaria, donde lo esperaban los veinticinco hombres de su escolta.

Después de mil contratiempos, naturales a camino tan penoso como el del desierto del Chaco, puso Ruiz en manos del libertador la ansiada correspondencia, y obtuvo el ascenso leal y honrosamente merecido.

Los compañeros de armas de Ruiz acudieron presurosos a su alojamiento, esperando oír de su boca descripciones pintorescas del país paraguayo y estupendos informes sobre la persona del enigmático dictador.

-¿Qué ha visto por allá, compañero?

-Árboles, arroyos y dos soldados que me custodiaban.

-¿Nada más?

-Nada más.

-¿Qué ha oído en ese pueblo? ¿Qué se dice de nosotros?

-No he oído más que el zumbar del viento; con nadie he hablado; sólo mis dos guardianes hablaban; y como lo hacían en guaraní; no les comprendí jota.

-¿Y Francia? ¿Qué tal se portó con usted? ¿Es alto? ¿Es bajo? ¿Es feo? ¿Es buen mozo? En fin, díganos algo.

-¿Qué les he de decir, si yo no he conocido al dictador, ni he pasado del patio de su casa, ni visto de la ciudad sino cuatro o cinco calles, y eso al galope, más triste que un cementerio?

El despotismo extravagante del doctor Francia estuvo más arriba que la curiosidad burlesca del libertador.
 
 

IV

La biografía del dictador paraguayo y las vagas noticias que de las atrocidades que ejecutó han llegado hasta nosotros los peruanos dan a ese personaje y a su pueblo un no sé qué de inverosímil y fabuloso. El libro del médico suizo Rengger, el del literato español don Ildefonso Bermejo, el del inglés Robertson y el opúsculo del argentino don Pedro Somellera, enemigo político y personal del doctor Francia, era cuanto medianamente autorizado podíamos consultar para formarnos concepto del Paraguay y del régimen dictatorial que, a poco de la caída en 1811 del gobernador español don Bernardo Velasco, implantara un doctor en Teología.

Realizada la independencia del Paraguay, se confirió el gobierno del país a dos cónsules: el comandante don Fulgencio Yegros, que se sentaba en un cómodo sillón de vaqueta llamado la curul de Pompeyo y el doctor don Gaspar Rodríguez Francia, que ocupaba la curul de César.

En 1814 César echó la zancadilla a Pompeyo, y se erigió dictador.

"Desde ese momento -dicen sus imparciales biógrafos Rengger y Longchamp- Francia cambió de vida, abandonando por completo el juego y las mujeres, y ostentando hasta la muerte la mayor austeridad de costumbres en su existencia doméstica."

En los primeros días de su gobierno, el dictador profesaba la doctrina de la inviolabilidad de la vida humana: no levantaba cadalzos, pero aplicaba el tormento a sus enemigos, y hacía ostentación de refinada crueldad. Pidió un preso que se le mandase a cambiar de grillos, y Francia contestó:

-Si quieres a comodidad, que se los haga fabricar y que le cuesten su plata.

Corriendo los tiempos, rara fue la semana en que, por lo menos, no decretara u fusilamiento.

Llama la atención que, habiéndose Francia educado para sacerdote, hubiera estimado en poco a la gente de iglesia, si bien la mayoría de ésta, en Paraguay, era corrompidísima. El prior de los dominicos se jactaba de ser padre de veintidós hijos; y eso tuvo en cuenta el mandatario para decretar la secularización de los frailes, y aún para pretender la abolición del celibato sacerdotal a dos religiosos que en el púlpito se ocuparon de política les mandó rapar la cabeza y los puso a vergüenza pública vestidos con una hopalanda amarilla.

Un cura procesó una mujer acusada de bruja, proceso que desaprobó el doctor Francia diciendo: "¡Véase para lo que sirven los sacerdotes y la religión! ¡Para hacer creer a las gentes en el diablo más bien que en Dios!" Desde ese día, Francia se declaró jefe de la iglesia, nombraba y destituía párrocos y prohibió procesiones, dejando subsistente sólo la del Corpus.

-Si el Papa viniera al Paraguay, puede ser que le nombrara mi capellán, pero bien se está él en Roma y yo en La Asunción - decía don Gaspar, familiarmente, a su barbero Bejarano y a su médico Estigarribia.

Hasta 1820, Francia oía misa los domingos y días de obligatorio precepto; pero en ese año dio de baja a su capellán, y no volvió a entrar en los templos. El comandante de una nueva fortaleza le pidió permiso para poner ésta bajo la advocación de un santo. 

-¡Idiota! - le interrumpió el dictador -. Para guardar las fronteras, los mejores santos son los cañones.

A los pocos europeos que llegaban a La Asunción solía decirles:

-Hasta aquí lo que gustéis, profesad la religión que os acomode, nadie os inquietará; pero estar prevenidos que os va el pellejo si os mezcláis en las cosas del Gobierno.

Y, efectivamente, envió a la eternidad a no pocos de esos aventureros que se meten a patriotas en patria ajena. Sólo por esto querría yo un Francia en el Perú, harto como estoy de ver gente de extranjis tomar cartas y doblar baza en juego en que deberían hacer, a lo sumo, papel de mirones. Esto de que un hereje quiera ser más papista que el Papa. no está en mi mano. ¡Vamos! . me carga, se me estomaga y me hace vomitar bilis.

Como los cuáqueros, el doctor Francia daba a todos el tratamiento de tú; pero ¡desgraciado de aquél que por distracción dejase de decirle excelentísimo señor!

Por fin, para dar una idea del terrorífico respeto que inspiró a su pueblo, bástenos copiar las palabras que dirigió un día a un centinela que había tolerado a una mujer que mirase por una ventana los muebles de una de las habitaciones de Palacio.

-Si alguno de los que pasen por la calle se detuviere, fijándose en la fachada de mi casa, has fuego sobre él; si lo yerras, has otro tiro, y si todavía lo yerras, ten por seguro que mi pistola no ha de errarte.

Así, cuantos pasaban por el fatídico antro de la fiera lo hacían bajando los ojos al suelo.

El 20 de setiembre de 1840, a la edad de ochenta y seis años, terminó la existencia de ese déspota verdaderamente fenomenal.

A los que deseen conocer con más amplitud el tipo caracterizado por el; doctor Francia les recomendamos la lectura del libro recientemente escrito por el ilustre médico bonaerense Ramos Mejía, titulado Las neurosis célebres.
 
 

V

La nota del libertador Bolívar al tirano Francia se limitaba a proponerle que sacase al Paraguay del aislamiento con el resto del mundo civilizado, enviando y recibiendo agentes diplomáticos y consulares. La contestación, de que fue conductor el capitán Ruiz, no puede ser más original, empezando por el título de Patricio que da al general Bolívar. Hela aquí tal como apareció en un periódico del año 1826:

"Patricio: Los portugueses, porteños, ingleses, chilenos, brasileros y peruanos han manifestado a este gobierno iguales deseos a los de Colombia, sin otro resultado que la confirmación del principio sobre que gira el feliz régimen que ha libertado de la rapiña y de otros males a esta provincia, y que seguirá constante hasta que se restituya al Nuevo Mundo la tranquilidad que disfrutaba antes que en él apareciesen apóstoles revolucionarios, cubriendo con el ramo de oliva el pérfido puñal para regar con sangre la libertad que los ambiciosos pregonan. Pero el Paraguay los conoce, y en cuanto pueda no abandonará su sistema, al menos mientras yo me halle al frente de su Gobierno, aunque sea preciso empuñar la espada de la justicia para hacer respetar tan santos fines. Y si Colombia me ayudase, me daría un día de placer y repartiría con el mayor agrado mis esfuerzos entre sus buenos hijos, cuya vida deseo que Dios Nuestro Señor guarde por muchos años.- Asunción, 23 de agosto de 1825.- Gaspar Rodríguez de Francia".

Bolívar leyó y releyó para sí, sonrióse al ver que el suscritor lo rebautizaba llamándole patricio en vez de Simón, y pasando la carta a su secretario Estenós, murmuró:

-¡La pin. pinela! ¡Haga usted patria con esta gente!

Al índice




LA REVOLUCIÓN DE LA MEDALLITA

El marqués de Santa Sofía del Real Secreto y barón de Bobaliche era una copia exacta del niño Goyito, tan espiritualmente pintado por Pardo en su Espejo de mi tierra. Por fortuna, el tipo de estos limeños cándidos de empollar huevos ha desaparecido hasta el punto de que nuestra generación lo juzga inverosímil, no embargante el testimonio de gente que alcanzó a conocer prójimos de esa cría.

Don Chombo (que así lo llamaremos para evitar que, apuntando el verdadero nombre y título, nos armen camorra sus descendientes) seguía en política la bandera del más fuerte.

Cuando en 1821 entró San Martín en Lima, retirándose los realistas a espataperros, nuestro marquesito se declaró furioso insurgente y decía:

- ¿Hasta cuándo, pues, querían los chapetones que les dure la mamandurria? ¡No señor: de una vez salgamos de capa rota y seamos dueños de lo nuestro! ¡Viva la patria y mueran los godos!

Cuando en 1824 perdidos los castillos del Callao y en posesión de ellos Rodil, la anarquía entre rivagüeristas y torretaglistas y una larga serie de contrastes pusieron de mal cariz la causa de la República, se apresuró don Jerónimo a voltear casaca y frecuentando los círculos realistas, decía, muy exaltado:

-¡Qué canejo! ¡No puede tolerarse que estos negruzccos de insurgentes vengan con sus manos lavadas a hacer cera y pabilo de lo que pertenece a nuestro amo y señor don Fernando VII, que Dios guarde! ¡Viva el rey y muera la patria!

A principio de diciembre de ese año súpose vagamente en Lima que el ejército republicano había sufrido un descalabro en Corpahuaico y Matará, noticia que alentó mucho a los realistas de la capital.

Punto en tertulia era para estos la tienda de Orcacitas, en la calle del Arzobispo.

Allí se arreglaba la suerte del país a qué quieres boca, y se hacían y deshacían reputaciones, y se inventaban y echaban a rodar bolas estupendas.

A manos del dueño de la tienda había llegado una medalla de las que, con el busto del monarca se acuñaron en España para conmemorar el restablecimiento del régimen absoluto, y mostrábala el mercader a sus correligionarios don Valerio Tamarite y don Alejo Chamichumi, cuando acertó a entrar el barón de Bobaliche; y los tres amigos, fingiendo un airecito de sorpresa, se confabularon para hacerle comulgar con una rueda de molino.

-¡Hola, caballeros! ¿De qué se trata?

- De nada, marques, de nada.

-¿Cómo de nada? ¿Y lo que han escondido ustedes al entrar yo? Me parece señor Orcacitas, que soy de fiar, y la justa causa tiene en mi un leal servidor.

- Mire usted, marqués, es que la cosa es muy importante - contesto el tendero.

- Y nos va el pellejo, si los patriotas gulusmean lo que traemos entre manos - agregó Chamichumi.

- Claro como el agua - añadió Tamarite - . El número uno es mucho número, y hay que cuidarlo, y los tiempos andan como para no tener confianza ni con el cuello de la camisa.

-¡Pues, hombre! ¡Véngase usted con tapujos a mi., al marqués de Santa Sofía del Real Secreto!.¡No faltaba más! Pues sépase usted, amigo Tamarite, que soy de la logía de Aznapuquio, y que estoy en el intríngulis de las cosas - dijo don Chombo, golpeándose el pecho con grotesca fatuidad.

-¡Ah! Si está usted en autos y pertenece a la logia de La Serna y Canterac, no tenemos para que jugar al escondite - repuso Orcacitas, y sacando la medalla, se la enseño a don Jerónimo.

Este la miró y remiró, la tomó al peso, la golpeó con la uña para oír el sonido metálico, y devolivéndola a su dueño, dijo: 

-Plata es. Bien valdrá dos duros. ¿Quiere usted que la juguemos a cara o sello?

-¡Hombre, no hable usted herejías! -interrumpió Tamarite-. Bésela usted para que Dios lo perdone.

-Venga -contestó el marqués- nada se pierde con besar, por ser reliquia de un santo y gano indulgencias.

-No, señor; es más que reliquia - dijo Chamichumi, fingiendo indignación.

-¡Bueno! ¡Bueno! No hay que incomodarse, caballeros; que quien peca por ignorancia, venialmente peca.

-Su Majestad - continuó Chamichumi para recompensar a sus fieles vasallos de Lima, ha creado una nueva orden con más privilegios que las de Isabel La Católica, San Hermenegildo y Carlos III, y ha mandado cincuenta medallas con su real imagen para que se distribuyan entre otros tantos del partido.

-¡Cómo es eso! ¿Y de mí no se ha acordado el Rey, cuando soy más godo que cristiano? -exclamó entre envidioso y picado, el buen marqués.

-¡Hombre, calma y no sulfurarse! ¡Caramba con el geniecito! Las medallas han venido consignadas al Conde de San Isidro, y no tiene usted más que hacérsele presente para que en un santiamén lo condecore.

-Pues donde él me voy, antes que por falta de diligencia me vaya a dejar en claro, diciendo que ocurrí tarde y que espere a la otra remesa.

-Eso es, marqués; así, sobre calientito. ¡Pero, por Dios, guárdenos usted secreto y que nuestros nombres no suenen ni truenen!

-Pierdan cuidado, caballeros, que mi boca es una alcancía.

Y don chombo, desempedrando calles, se dirigió a la de gremios, donde vivía el Conde de San Isidro, jefe de una antigua e importante casa de comercio y a la sazón patriota tibio, aunque había estampado su garabato en el acta de la jura de la Independencia.

Estaba el señor conde en su escribanía, muy ocupado en confrontar unas cuentas, cuando se presentó el marqués y le dijo:

-Señor conde, aquí estoy porque he venido.

El de San Isidro, que hombre seriote y de malas pulgas, le contestó sin dejar de examinar papeles:

-Pues ha venido usted, señor marqués, sin ser llamado; y haría bien en salir por donde entró, que ahora estoy rodeado de ocupaciones que no admiten espera.

-El servicio del rey es ante todo, señor mío -repuso chombito, ahuecando la voz-, y sépase usted que estoy inteligenciado del negocio. La prueba es que vengo por la mía. 

El Conde de San Isidro, que sus razones tenía para andar escamado con la política, dejó la pluma, y poniéndose en pie, balbuceó:

-No entiendo lo que quiere decirme, señor don Chombo.

-Eso es, hágase usted ahora de los del limbo; pero no sabe que tengo muchas agallas. Venga la que el Rey me ha mandado, con su correspondiente diploma, y cuente usted con mi silencio, y con que yo y los míos haremos todo lo que de nosotros exija para que el diablo acabe de llevarse ese pícaro de Bolívar, que está con el agua hasta el pescuezo.

-¡Vamos, señor marqués, usted ha almorzado fuerte, y que me aspen si comprendo jota de lo que tan sin ton ni son está ensartando.

-¡Hola! ¡Sigue usted negativo y contumaz, como si yo no fuera hombre de guardar un secreto! Pues mire usted lo que hace, señor mío; porque sino me entrega mi medalla, suelto lengua y se lleva el diablo la pipa. Conmigo no juega usted ni nadie, y puede que la torta le cueste un pan, y que Bolívar lo fusile sin misericordia. ¡Hombre! ¡Estamos frescos! ¡Habráse visto pechuga de la laya!

Y don Chombo salió viendo lucecitas de rabia de casa del de San Isidro, dejando a éste metido en un mar de confusiones y con un susto mayúsculo dentro del cuerpo.

-El marquesito fue refiriendo a cuanto encontró por el camino (por su puesto, recomendándoles secreto) que consignado al Conde de San Isidro había enviado su Majestad el Borbón un cargamento de condecoraciones, y que el zamarro encargado de repartirlas entre los leales se había propuesto hacerse serrucho con ellas, traicionando el propósito del monarca.

Con más velocidad que si hubiera venido impresa en la Gaceta de Madrid, se corrió la especie entre los partidarios de España y la casa del conde de San Isidro fue un jubileo de entradas y salidas de hombres y hasta de mujeres, que iban a reclamarle la medalla, pues estaban segurísimos de no haber sido olvidados por don Fernando VII el Deseado en la distribución de sus reales mercedes, que debían correr parejas con las llamadas merceden enriqueñas, repartidas a manos llenas por el de Trastamara entre los que le ayudaron a derrocar al rey don Pedro y usurparle la corona.

El malaventurado Conde, que sin saber cómo se encontraba en un laberinto peligroso, sólo pudo escapar de los pedigüeños y el conflicto que preveía refugiándose en una hacienda a cinco leguas de Lima.

Coincidió su repentina ausencia con la fausta noticia de gran victoria alcanzada por el ejército independiente en ayacuho, y algunos de los afanosos antes por la medalla se volvieron al sol naciente, y por congraciarse con el libertador le denunciaron que el de San Isidro poseía los hilos de un plan diabólico, que si a tiempo no se destruía, pondría infaliblemente la república al borde del abismo.

A ser menos circunspecto Bolívar habrían ido a chirona todos los acusados como cómplices en el nefando y misterioso proyecto. Por fortuna, el libertador era hombre de no asustarse con duendes ni musarañas, y fue tan sagaz y hábilmente desenredando la madeja, que a la postre llegó a sacar en limpio que el origen de todo el caramillo estaba en la candorosidad del marqué s de Santa Sofía del Real Secreto y Barón de Bobaliche, quien de una hormiga había hecho un elefante,.

Desde entonces, siempre que le hablaban a Bolívar de maquinaciones contra el gobierno, contestaba sonriendo: 

-¡La pin... pinela! ¿Será esto como la revolución de la medallita?

Al índice



EL PRIMER CÓNSUL INGLES

A principios de 1824, y como acto que implicaba el reconocimiento de la autoridad peruana, acreditó el gabinete de San James a mister Tomás Rowcroft con el carácter de cónsul de Inglaterra en Lima.

Cuando llegó al Perú el agente británico, encontró la capital y el Callao en poder de los realistas por consecuencia de la revolución de Moyano.

Lima, la festiva ciudad de Pizarro, presentaba el sombrío aspecto de un cementerio, y la hierba crecía en l;a calle por falta de transeúntes. El brigadier español don Mateo Ramírez traía, con la ferocidad de sus actos, aterrorizados a los vecinos.

"Asomado a un balcón del convento de La Merced - dice un notable historiador contemporáneo -, se divertía en hacer subir a los pocos jóvenes elegantes que atravesaban la plazuela y les hacía rapar la cabeza, pretextando que llevaban el cabello a la republicana. El señor Besanilla, anciano respetable, fue puesto en cruz frente a la puerta de la Merced, por haber dicho que de un día a otro llegaría Bolívar con fuerzas patriotas. Un farol colocado sobre la cabeza del martirizado caballero permitía leer el siguiente cartel: Aquí estará colgado Besanilla, hasta que venga la insurgente gavilla." 

Aun las mujeres eran víctimas del despótico brigadier, que hacía encerrar por algunas horas en los calabozos del cuartel a las limeñas que lucían aretes de coral o rizos en el peinado, adornos que el Robespierre del Perú, como se le llamaba, calificó de revolucionarios.

Prohibió que las tapadas usaran saya celeste u otras prendas de ese color que estuvo a la moda en la época de San Martín, y condenó al servicio de los hospitales a varias muchachas del genio alegre por el crimen de haber cantado esta copla, muy popular a la sazón:

A don Simón Bolívar
por Dios le pido:
que de sus oficiales
me dé marido.

El brigadier don Ramón Rodil manteníase en el Callao al mando de tres mil soldados, y gozaba de gran prestigio y popularidad en el vecindario, unánimemente realista, de esa plaza. El castellano del Real Felipe no había aún recurrido a las medidas de rigor extremo que más tarde le conquistaron siniestro renombre. 

Tal era la situación as la llegada del cónsul inglés.

Mister Rowcroft frisaba en los cincuenta años, y era el perfecto tipo de gentleman. Acompañado de su hija, miss Ellen, una de esas willis vaporosas y de ideal belleza, que tanto cautivan al viajero en un palco de Regent's Park.

Bolívar se encontraba en el norte y allí envió sus credenciales el agente británico, a las que el Libertador puso inmediatamente el exequatur.

El día 5 de diciembre los realistas emprendieron la retirada al Callao.

Sabíase con fijeza que el 7 debía entrar Bolívar en la capital.

A las diez de la mañana del 6, mister Rowcroft, acompañado de su hija, se dirigió en su coche al Callao, donde ya lo esperaba una embarcación de la fragata inglesa Cambridge. Hasta las cuatro de la tarde permaneció a bordo el cónsul en referencia con el comandante de la nave.

A Rodil no podía dejar de ocurrírsele que aquella entrevista, en vísperas de llegar Bolívar, era motivada por razones de política, adversa a la causa del rey, y se paseaba impaciente en el corredor del resguardo.

Al desembarcar el cónsul se le acercó al brigadier, dió galantemente el brazo a miss Ellen y la acompaño hasta el estribo del coche. 

-Señor general -pregunto en mal español mister Rowcroft- ¿no haber peligro en el camino?

-Ninguno, señor cónsul -contesto Rodil-; sin embargo, aquí tengo listo un pase firmado por mi para las avanzadas del rey.

-Very well! Muchas gracias -repuso el cónsul, guardandose el papel en el bolsillo.

-Sí hay peligro para usted -continuó Rodil- será por parte de la montonera insurgente.

-¡Oh, no! Patriotas conocer mi mucho. Montoneros my friends. estar amigos.

Sonrióse Rodil, se estrecharon la mano, sentóse el cónsul al lado de su hija, y el carruaje se puso en marcha.

La última avanzada de los españoles estaba en Bellavista, protegida por los cañones del castillo. El oficial que la mandaba aproximóse a la portezuela del coche, se impuso del salvoconducto, y dijo:

-Hasta aquí señor cónsul, se ha entendido usia con nosotros y no le ha ido mal. En el resto del camino entiendase con los insurgentes. ¡Buen viaje!

Miss Ellen, a pesar de no entender español, creyó encontrar algo de siniestra burla o de encubierta amenaza en el acento del oficial: tuvo lo que se llama una corazonada, una de esas intuiciones misteriosas de que Dios fue pródigo para con la mujer, y dijo en inglés a su padre:

-Tengo miedo, regresemos al Callao.

-¡Niña, niña! -murmuro el cónsul con tono cariñoso y de paternal reproche- Tengo deberes que cumplir en Lima. Media hora más y habremos llegado.

Y dirigiendose al auriga, añadió: 

-Go head!

Cuatro minutos después, al pasar por el Carrizal de Baquijano, una lluvia de balas cayó sobre el carruaje.

El cochero torció bridas, y a escape tomó el camino del Callao.

La débil joven iba desmayada, y mister Rowcroft, atravesado el vientre por una bala, se retorcía en angustiosas convulsiones.

Rodil, que continuaba su paseo en el corredor del arsenal, se manifestó muy solicito para asistir al herido, que murió doce horas después, auxiliado por el cirujano de la Cambridge.

El día 11, y después de embalsamado el cuerpo, desembarcaron cien marineros de la fragata, la oficialidad inglesa y la de la corbeta francesa Diligente. Embarcóse el fúnebre cortejo en quince lanchas, disparóse de minuto en minuto un cañonazo, y el cadáver fue sepultado en la isla de San Lorenzo. ¿A quién culpar de dicho crimen?
 
 

Don Gaspar Rico y Angulo, periodista español, redactor de El Depositario, literato sin literatura, gran aficionado al chiste grosero, hombre de carácter atrabiliario y confidente de Rodil, pretendió en su infame papelucho echar la responsabilidad sobre los guerrilleros patriotas. Mas, por la descripción que hizo del entierro, hay derecho para juzgar que entre los realistas del Callao se tributaron aplausos al crimen. Y para que no se diga que opinamos a la birlonga o sin fundamento, copiaremos un artículo que, firmadop por Rico y Angulo, apareció en El Depositario del Callao, correspondiente al 17 de diciembre, víspera del día en que llegó a Lima la gran noticia de la victoria de Ayacucho:

"ESPECTÁCULOS PÚBLICOS.- El día 11 se presentó uno muy pomposo a la vista de este pueblo en el entierro de don Tomás Roewcroft sin tripas. Parte de ellas se las achicharraron a balazos los montoneros de la Patria gran p.erra, y el residuo de las que formaban el bandullo se lo extrajeron para embalsamnarlo. Cuando emprendieron esta operación, muy rara en estos países, dijeron los dolientes que la practicaban para poder llevar a Londres reliquias del difunto; pero hubo de ocurrir algún embarazo, y las llevaron a la vecina y desierta isla de San Lorenzo, donde descansan en paz, si no les hacen guerra las aves de rapiña que tienen y no tienen alas. Unas gentes decían que el féretro pesaba mucho porque iba lleno de onzas de oro, y otras propalaban que el difunto olía a azufre porque se lo llevaron los diablos. Si todo eso se oye en un pueblo civilizado y en el siglo de las luces, ¿qué habrían dicho en un siglo de barbarie? Nuestros beatos, beatas y algún fraile de los espectadores repararon en un clérigo, que no hay demonio que les persuada ser eclesiástico de la comunión católica, porque no le vieron capa pluvial, casulla, sobrepelliz, estola, ni vieron adjunto sacristán, cruz, acetre, hisopo, ni agua bendita. Y no digo lo que dijeron de este ministro consolador de luteranos, porque no es bvueno descubrir todos los disparates que se pronuncian"
 
 

Para muestra un botón. Así y con mayor crudeza de palabras, pues el escritor tenía a gala ser erudito en el vocabulario obsceno, están escritos todos los números de El Depositario. Afortunadamente, Rico y Angulo no ha fundado escuela en el periodismo peruano. Fue un borroneador de papel que no valía media oblea partida por la mitad.

Cuando, formalizado el sitio de los castillos, empezaron las enfermedades y la escasez de víveres a hacer estrago entre los realistas, murió víctima del escorbuto el ramplón periodista que hallara en un entierro motivo para burla.

Ocupándonos, para concluir, de la acusación que Rico y Angulo lanzó contra los guerrilleros de la patria, baste para desvanecerla el considerar que los patriotas no tenían por qué sacrificar a quien notoriamente les era adicto, y que ese día regresaba al Callao después de conferenciar con el comandante de la Cambridge en servicio de la causa americana. Fueron, pues, los realistas, los que, a pocas cuadras de distancia de su línea de operaciones, prepararon la emboscada de la que fue víctima el primer cónsul inglés en el Perú.
 

Al índice



EL CLARÍN DE CANTERAC

Recio batallar el de la caballería patriota y realista en Junín.

Un solo pistoletazo (que en Junín no se gasto más pólvora) y media hora de esgrima y sable. Combate de centauros más que de hombres. 

Canterac, seguido de su clarín de órdenes, recorría el campo, y el clarín tocaba incesantemente a degüello.

Ese clarín parecía tener el don de la ubicuidad. Se le oía resonar en todas partes; era como la simbólica trompeta del juicio final. "A la izquierda, a la derecha, en el centro, a la retaguardia, siempre el clarín. Mientras el resonara no era posible la victoria. El clarín español, él solo, mantenía indeciso el éxito". (Capella Toledo).

Necochea y Miller enviaron algunas unidades en direcciones diversas, sin más encargo que hacer enmudecer ese maldecido clarín.

Empeño inútil. El fatídico clarín resonaba sin descanso, y sus ecos eran cada vez más siniestros para la caballería patriota, en cuyas filas empezaba a cundir el desorden.

Necochea, acribillado de heridas, caía del caballo diciendo al capitán Herrán: 

-Capitán, déjeme morir, pero acalle antes ese clarín.

Y la caballería realista ganaba terreno, y un sargento, Soto (limeño, que murió en 1882 en la clase de comandante) tomaba prisionero a Necochea, poniéndolo a la grupa de su corcel.

Puede escribirse que la derrota estaba consumada. El Sol de los Incas se eclipsaba y la estrella de Bolívar palidecía.

De pronto cesó de oírse el atronador, el mágico clarín. ¿Qué había pasado?

Un escuadrón peruano de reciente formación, recluta, digámoslo así, al que por su impericia había dejado el general relegado, carga bizarramente por un flanco y por retaguardia a los engreídos vencedores y el combate se restablece. Los derrotados se rehacen y vuelven con brío sobre los escuadrones españoles.

El general Necochea se reincorpora.

-¡Victoria por la patria! - dice al pelotón de soldados realistas que lo conducía prisionero.

-¡Victoria por el rey! - contesta el sargento Soto.

-¡No¡ - insiste el bravo argentino -. Ya no se oye el clarín de Canterac, están ustedes derrotados.

Y así era, en efecto. La tornadiza victoria se declaraba por el Perú y Necochea era rescatado.

-¡Vivan los húsares de Colombia! - gritaba un jefe aproximándose a Bolívar.

-¡La pin. pinela! - contestó el libertador, que había presenciado los incidentes todos del combate - ¡Vivan los húsares del Perú!

-El capitán Herrán había logrado tomar prisionero al infatigable clarín de Canterac, y en el mismo campo de batalla lo presentaba rendido al general Necochea. Éste, irritado aún con el recuerdo de lasx recientes peripecias o exasperado por el dolor de las heridas dijo lacónicamente:

-Que lo fusilen.

-General. - observó Herrán interrumpiéndolo.

-O que se meta fraile - añadió Necochea, como completando la frase.

-Mi general, me haré fraile - contestó precipitadamente el prisionero.

-¿Me empeñas tu palabra? - insistió Necochea.

-La empeño, me general.

-Pues estás en libertad. Haz de tu capa un sayo.

Terminada la guerra de independencia, el clarín de Canterac vistió en Bogotá el hábito de fraile, en el convento de San Diego.

La Historia lo conoce con el nombre de el padre Tena.


Al índice



LA FIESTA DE SAN SIMÓN GARABATILLO

Faustino Guerra habíase encontrado en la batalla de Ayacucho en condición de soldado raso. Afianzada la independencia, obtuvo licencia final y retiróse a la provincia de su nacimiento, donde consiguió ser nombrado maestro de escuela de la villa de Lampa.

El buen Faustino no era ciertamente hombre de letras; mas para el desempeño de su cargo y tener contentos a los padre de familia, bastábale con leer medianamente, hacer regulares palotes y enseñar de coro a los muchachos la doctrina cristiana.

La e